Nazarín

Part 8

Chapter 84,094 wordsPublic domain

—Loca, señor, loca de alegría. Dice que si usted no entra en su casa, la niña se muere. Y yo también lo creo. ¿Y sabe usted lo que hacen las viejas del pueblo? Entran en nuestra casucha, y nos piden por favor que las dejemos sentar en la misma banqueta en que el bendito de Dios se sentó.

—¡Vaya un desatino! ¡Qué simplicidad! ¡Qué inocencia!

Reparó entonces don Nazario que Beatriz iba descalza, con falda negra, pañuelo corto cruzado en el busto, un morral a la espalda, en la cabeza otro pañuelo liado en redondo.

—¿Vas de viaje, mujer? —le preguntó; y no es de extrañar que la tutease, pues esta era en él añeja costumbre, hablando con gente del pueblo.

—Viene con nosotros —afirmó Ándara con desenfado—. Ya ve, señor. No tiene más que dos caminos: el que usted sabe, allá, con la Seve, y este.

—Pues que emprenda solita su campaña piadosa. Idos las dos juntas, y dejadme a mí.

—Eso nunca —replicó la de Móstoles—, pues no es bien que usted vaya solo. Hay mucha gente mala en este mundo. Llevándonos a nosotras, no tenga ningún cuidado, que ya sabremos defenderle.

—No, si yo no tengo cuidado, ni temo nada.

—¿Pero en qué le estorbamos? ¡Vaya con el señor!... —dijo la de Polvoranca con cierto mimo—. Y si se nos llena el cuerpo de demonios, ¿quién nos los echa? ¿Y quién nos enseña las cosas buenas, lo del alma, de la gloria divina, de la misericordia, y de la pobreza? ¡Esta y yo solas! Apañadas estábamos. ¡Mire que...! ¡Vaya, que quererle una tanto, sin malicia, todo por bien, y darle a una este pago!... Malas _semos_; pero si nos deja atrás, ¿qué va a ser de nosotras?

Beatriz nada decía, y se limpiaba las lágrimas con su pañuelo. Quedose un rato meditabundo el buen Nazarín, haciendo rayas en el suelo con su palo, y por fin les dijo:

—Si me prometéis ser buenas, y obedecerme en todo lo que os mandare, venid.

Despedidos los chicuelos mostolenses, para lo cual fue preciso darles los poquísimos ochavos de la colecta de aquel día, emprendieron los tres penitentes su marcha, tomando un senderillo que hay a la derecha del camino real, conforme vamos a Navalcarnero. La tarde fue bochornosa; levantose a la noche un fuerte viento que les daba de cara, pues iban hacia el oeste, brillaron relámpagos espantosos, seguidos de formidables truenos, y descargó una violentísima lluvia que les puso perdidos. Felizmente, les deparó la suerte unas ruinas de antigua cabaña, y allí se guarecieron del furioso temporal. Ándara reunió leña y hojarasca. Beatriz que, como mujer precavida, llevaba mixtos, prendió una hermosa hoguera, a la cual se arrimaron los tres para secar sus ropas. Resueltos a pasar allí la noche, pues no era probable encontraran sitio más cómodo y seguro, Nazarín les dio la primera conferencia sobre la Doctrina, que las pobres ignoraban o habían olvidado. Más de media hora las tuvo pendientes de su palabra persuasiva, sin retóricas ociosas, hablándoles de los principios del mundo, del pecado original, con todas sus consecuencias lamentables, hasta que la infinita misericordia de Dios dispuso sacar al hombre del cautiverio del mal por medio de la redención. Estas nociones elementales las explicaba el ermitaño andante con lenguaje sencillo, dándoles más claridad a veces con la forma de ejemplos, y ellas le oían embobadas, sobre todo Beatriz, que no perdía sílaba, y todo se lo asimilaba fácilmente, grabándolo en su memoria. Después rezaron el rosario y letanías, y repitieron varias oraciones que el buen maestro quería que aprendiesen de corrido.

Al día siguiente, después de orar los tres de rodillas, emprendieron la marcha con buena fortuna: las dos mujeres, que se adelantaban a pedir en las aldeas o caseríos por donde pasaban, recogieron bastantes ochavos, hortalizas, zoquetes de pan y otras especies. Pensaba Nazarín que iban demasiado bien aquellas penitencias para ser tales penitencias, pues desde que salió de Madrid llovían sobre él las bienandanzas. Nadie le había tratado mal: no había tenido ningún tropiezo; le daban limosna casi siempre que la pedía, y éranle desconocidas el hambre y la sed. Y a mayor abundamiento, gozaba de preciosa libertad, la alegría se deabordaba de su corazón, y su salud se robustecía. Ni un triste dolor de muelas lo había molestado desde que se echó a los caminos, y además, ¡qué ventura no cuidarse del calzado ni de la ropa, ni inquietarse por si el sombrero era flamante o viejo, o por si iba bien o mal pergeñado! Como no se afeitaba, ni lo había hecho desde mucho antes de salir de Madrid, tenía ya la barba bastante crecida: era negra y canosa, terminada airosamente en punta. Y con el sol y el aire campesino, su tez iba tomando un color bronceado, caliente, hermoso. La fisonomía clerical habíase desvanecido por completo, y el tipo arábigo, libre ya de aquella máscara, resaltaba en toda su gallarda pureza.

Cortoles el paso el río Guadarrama, que con el reciente temporal venía bastante lleno; pero no les fue difícil encontrar más arriba sitio por donde vadearlo, y siguieron por una campiña menos solitaria y estéril que la de la orilla izquierda, pues de trecho en trecho veían casas, aldehuelas, tierras bien labradas, sin que faltaran árboles y bosquecillos muy amenos. A media tarde divisaron unas casonas grandes y blancas, rodeadas de verde floresta, destacándose entre ellas una gallarda torre, de ladrillo rojo, que parecía campanario de un monasterio. Acercándose más, vieron a la izquierda un caserío rastrero y pobre, del color de la tierra, con otra torrecilla, como de iglesia parroquial de aldea. Beatriz, que estaba fuerte en la geografía de la región que iban recorriendo, les dijo:

—Ese lugar es Sevilla la Nueva, de corto vecindario, y aquellas casas grandonas y blancas con arboleda y una torre, son la finca o estados que llaman la Coreja. Allí vive ahora su dueño, un tal don Pedro de Belmonte, rico, noble, no muy viejo, buen cazador, gran jinete, y el hombre de peor genio que hay en toda Castilla la Nueva. Quién dice que es persona muy mala, dada a todos los demonios, quién que se emborracha para olvidar penas, y hallándose en estado peneque, pega a todo el mundo, y hace mil tropelías... Tiene tanta fuerza que un día, yendo de caza, porque un hombre que pasaba en su burra no quiso _desapartarse_, cogió burra y hombre, y levantándolos en vilo los tiró por un despeñadero... Y a un chico que le espantó unas liebres le dio tantos palos que le sacaron de la Coreja entre cuatro, medio muerto. En Sevilla la Nueva le tienen tanto miedo que, cuando le ven venir, aprietan todos a correr, santiguándose, porque una vez, no es broma, por no sé qué pendencia de unas aguas, entró mi don Pedro en el pueblo a la hora que salían de misa, y a bofetada limpia, a este quiero, a este no quiero, tumbó en el suelo a más de la mitad... En fin, señor, que me parece prudente que no nos acerquemos, porque suele andar el tal de caza por estos contornos, y fácil es que nos vea y nos dé el quien vive.

—¿Sabes que me pones en curiosidad —indicó Nazarín—, y que la pintura que has hecho de esa fiera más me mueve a seguir hacia allá que a retroceder?

VI

—Señor, no busquemos tres pies al gato —dijo Ándara—, que si ese hombre tan bruto nos arrima una paliza, con ella hemos de quedarnos.

En esto llegaban a un caminito estrecho, con dos filas de chopos, el cual parecía la entrada de la finca, y lo mismo fue poner su planta en él los tres peregrinos, que se abalanzaron dos perrazos como leones, ladrando desaforadamente, y antes que pudieran huir, les embistieron furiosos. ¡Qué bocas, que feroces dientes! A Nazarín le mordieron una pierna, a Beatriz una mano, y a la otra le hicieron trizas la falda, y aunque los tres se defendían con sus palos bravamente, los terribles canes habrían dado cuenta de ellos, si no los contuviera un guarda que salió de entre unos matojos.

Ándara se puso en jarras, y no fueron injurias las que echó de su boca contra la casa y sus endiablados perros. Nazarín y Beatriz no se quejaban. Y el maldito guarda, en vez de mostrarse condolido del daño causado por los fieros animales, endilgó a los peregrinos esta grosera intimación:

—Váyanse de aquí, granujas, holgazanes, taifa de ladrones. Y den gracias a Dios de que no les ha visto el amo; que si les ve, ¡Cristo!, no les quedan ganas de asomar las narices a la Coreja.

Apartáronse medrosas las dos mujeres, llevándose casi a la fuerza a Nazarín, que, al parecer, no se asustaba de cosa alguna. En una frondosa olmeda, por donde pasaba un arroyuelo, se sentaron a descansar del sofoco, y a lavarle las heridas al bendito clérigo, vendándoselas con trapos que la previsora Beatriz llevaba. En todo el resto de la tarde y prima noche, hasta la hora del rezo, no se habló más que del peligro que habían corrido, y la de Móstoles contó nuevos desmanes del señor de Belmonte. Decía la fama que era viudo y que había matado a su mujer. La familia, de la nobleza de Madrid, no se trataba con él, y le recluía en aquella campestre residencia como en un presidio, con muchos y buenos criados, unos para cuidarle y asistirle en sus cacerías, otros para tenerle bien vigilado, y prevenir a sus parientes si se escapaba. Con estas noticias se avivó más y más el deseo que Nazarín sentía de encararse con semejante fiera. Acordando pasar la noche en la espesura de aquellos olmos, allí rezaron y cenaron, y de _sobremesa_ dijo que por nada de este mundo dejaría de hacer una visita a la Coreja, donde le daba el corazón que encontraría algún padecimiento grande, o cuando menos castigos, desprecios, y contrariedades, ambición única de su alma.

—¡Y qué, hijas mías, todo no ha de ser bienandanzas! Si no nos salieran al encuentro ocasiones de padecer, y grandes desventuras, terribles hambres, maldades de hombres y ferocidades de bestias, esta vida sería deliciosa, y buenos tontos serían todos los hombres y mujeres del mundo si no la adoptaran. ¿Pues qué os habíais figurado vosotras? ¿Que íbamos a entrar en un mundo de amenidades y abundancias? ¡Tanto empeño por seguirme, y en cuanto se presenta coyuntura de sufrir, ya queréis esquivarla! Pues para eso no hacía ninguna falta que vinierais conmigo; y de veras os digo que si no tenéis aliento para las cuestas enmarañadas de abrojos, y solo os gusta el caminito llano y florido, debéis volveros y dejarme solo.

Trataron de disuadirle con cuantas razones se les ocurrieron, entre ellas algunas que no carecían de sentido práctico, verbigracia, que cuando el mal les acometiese, debían apechugar con él y resistirlo; pero que en ningún caso era prudente buscarlo con temeridad. Esto arguyeron ellas en su tosco estilo, sin lograr convencerle ni aquella noche, ni a la siguiente mañana.

—Por lo mismo que el señor de la Coreja goza fama de corazón duro —les dijo—, por lo mismo que es cruel con los inferiores, sañudo con los débiles, yo quiero llamar a su puerta y hablar con él. De este modo veré por mí mismo si es justa o no la opinión, la cual a veces, señoras mías, yerra grandemente. Y si en efecto es malo el señor... ¿cómo dices que se llama?

—Don Pedro de Belmonte.

—Pues si es un dragón ese don Pedro, yo quiero pedirle una limosna por amor de Dios, a ver si el dragón se ablanda y me la da. Y si no, peor para él y para su alma.

No quiso oír más razones, y viendo que las dos mujeronas palidecían de miedo y daban diente con diente, les ordenó que le aguardasen allí, que él iría solo, impávido, y decidido a cuanto pudiera sucederle, desde la muerte, que era lo más, a las mordidas de los canes, que eran lo menos. Púsose en marcha, y ellas le gritaban:

—No vaya, no vaya, que ese bruto le va a matar... ¡Ay, señor Nazarín de mi alma, que no le volvemos a ver!... Vuélvase, vuélvase para atrás, que ya salen los perros, y muchos hombres, y uno que parece el amo, con escopeta... ¡Dios mío, Virgen Santísima, socorrednos!

Fue don Nazario en derechura de la entrada del predio, y avanzó resuelto por la calle de árboles sin encontrar a nadie. Ya cerca del edificio, vio que hacia él iban dos hombres, y oyó ladrar de perros; mas eran de caza, no los furiosos mastines del día anterior. Avanzó con paso firme, y ya próximo a los hombres, observó que ambos se plantaron como esperándole. Él les miró también, y encomendose a Dios, conservando su paso reposado y tranquilo. Al llegar junto a ellos, y antes de que pudiera hacerse cargo de cómo eran los tales, una voz imperativa y furibunda le dijo:

—¡A dónde va usted por aquí, demonio de hombre! Esto no es camino, ¡rayos!, no es camino más que para mi casa.

Parose en firme Nazarín ante don Pedro de Belmonte, pues no era otro el que así le hablaba, y con voz segura y humilde, sin que en ella la humildad delatara cobardía, le dijo:

—Señor, vengo a pedirle una caridad, por amor de Dios. Bien sé que esto no es camino más que para su casa, y como doy por cierto que en toda casa de esta cristiana tierra viven buenas almas, por eso he entrado sin licencia. Si en ello le ofendí, perdóneme.

Dicho esto, Nazarín pudo contemplar a sus anchas la arrogantísima figura del anciano señor de la Coreja, don Pedro de Belmonte. Era hombre de tan alta estatura que bien se le podía llamar gigante, bien plantado, airoso, como de sesenta y dos años; pero vejez más hermosa difícilmente se encontraría. Su rostro, del sol curtido, su nariz un poco gruesa y de pronunciada curva, sus ojos vivos bajo espesas cejas, su barba blanca, puntiaguda y rizosa, su ancha y despejada frente revelaban un tipo noble, altanero, más amigo de mandar que de obedecer. A las primeras palabras que le oyó, pudo observar Nazarín la fiereza de su genio, y la gallardía despótica de sus ademanes. Lo más particular fue que después de echarle a cajas destempladas, y cuando ya el penitente, con humilde acento, gorra en mano, se despedía, don Pedro se puso a mirarle fijamente, poseído de una intensísima curiosidad.

—Ven acá —le dijo—. No acostumbro dar a los holgazanes y vagabundos más que una buena mano de palos, cuando se acercan a mi casa. Ven acá, te digo.

Turbose Nazarín un instante, pues con todo el valor del mundo era imposible no desmayar ante la fiereza de aquellos ojos, y la voz terrorífica del orgulloso caballero. Vestía traje ligero y elegante, con el descuido gracioso de las personas hechas al refinado trato social, botas de campo, y en la cabeza un livianillo oscuro, ladeado sobre la oreja izquierda. A la espalda llevaba la escopeta de caza, y en un cinto muy majo las municiones.

«Ahora —pensó Nazarín—, este buen señor coge la escopeta, y me destripa de un culatazo, o me da con el cañón en la cabeza y me la parte. Dios sea conmigo».

Pero el señor de Belmonte seguía mirándole, mirándole, sin decir nada, y el hombre que iba en su compañía, también armado de escopeta, les miraba a los dos.

—Pascual —dijo el caballero a su criado—, ¿qué te parece este tipo?

Como Pascual no respondiese, sin duda por respeto, don Pedro soltó una risotada estrepitosa, y encarándose con Nazarín añadió:

—Tú eres moro... Pascual, ¿verdad que es moro?

—Señor, soy cristiano —replicó el peregrino.

—Cristiano de religión... ¡Y a saber...! Pero eso no quita que seas de pura raza arábiga. ¡Ah!, conozco yo bien a mi gente. Eres árabe, y de Oriente, del poético, del sublime Oriente. ¡Si tengo yo un ojo...! ¡En seguida que te vi...! Ven conmigo.

Y echó a andar hacia la casa, llevando a su lado al pordiosero, y detrás al sirviente.

—Señor —repitió Nazarín—, soy cristiano.

—Eso lo veremos... ¡A mí con esas! Para que te enteres, yo he sido diplomático, y cónsul, primero en Beirut, después en Jerusalén. En Oriente pasé quince años, los mejores de mi vida. Aquello es país.

Creyó Nazarín prudente no contradecirle, y se dejó llevar, hasta ver en qué paraba todo aquello. Entraron en un largo patio, donde oyó ladrar los perros del día anterior... Les conocía por el metal de voz. Luego atravesaron una segunda portalada, para pasar a otro corralón más grande que el primero, donde algunos carneros y dos vacas holandesas pastaban la abundante hierba que allí crecía. Tras aquel patio, otro más chico, con una noria en el centro. Tan extraña serie de recintos murados pareciéronle a Nazarín fortaleza o ciudadela. Vio también la torre que desde tan lejos se divisaba, y que era un inmenso palomar, en torno del cual revoloteaban miles de parejas de aquellas lindas aves.

Desembarazose el caballero de su escopeta, que entregó al criado, mandándole que se alejara, y se sentó en un poyo de piedra.

Las primeras frases de la conversación entre el mendigo y Belmonte fueron de lo más extraño que puede imaginarse.

—Dime: si ahora te arrojara yo a ese pozo, ¿qué harías?

—¿Qué había de hacer, señor? Pues ahogarme, si tiene agua; y si no la tiene, estrellarme.

—¿Y tú que crees? ¿Que soy capaz de arrojarte?... ¿Qué opinión tienes de mí? Habrás oído en el pueblo que soy muy malo.

—Como siempre hablo con verdad, señor, en efecto, le diré que la opinión que traigo de usted no es muy buena. Pero yo me permito creer que la aspereza de su genio no quita que posea un corazón noble, un espíritu recto y cristiano, amante y temeroso de Dios.

Volvió a mirarle el caballero con atención y curiosidad tan intensas, que Nazarín no sabía qué pensar, y estaba un sí es no es aturdido.

VII

De pronto, Belmonte empezó a reñir con los criados, por si habían o no habían dejado escapar una cabra que se comió un rosal. Llamábales gandules, renegados, beduinos, zulúes, y les amenazaba con desollarles vivos, cortarles las orejas o abrirles en canal. Nazarín estaba indignado; pero se reprimía. «Si de este modo trata a sus servidores, que son como de la familia —pensaba—, ¿qué hará conmigo, pobrecito de las calles? Lo que me maravilla es que todos mis huesos estén enteros a la hora presente». Volvió el caballero a su lado, pasada la borrasca, y aún estuvo bufando un ratito, como volcán que arroja escorias y gases después de la erupción.

—Esta canalla le acaba a uno la paciencia. A propósito hacen las cosas mal para fastidiarme y aburrirme. ¡Lástima que no viviéramos en los tiempos del feudalismo, para tener el gusto de colgar de un árbol a todo el que no anduviese derecho!

—Señor —dijo Nazarín, resuelto a dar una lección de cristianismo al noble caballero, sin temor a las consecuencias funestísimas de su cólera—, usted pensará de mí lo que guste, y me tendrá por impertinente; pero yo reviento si no le digo que esa manera de tratar a sus servidores es anticristiana, y antisocial, y bárbara y soez. Tómelo usted por donde quiera, que yo, tan pobre y tan desnudo como entré en su casa, saldré de ella. Los sirvientes son personas, no animales, y tan hijos de Dios como usted, y tienen su dignidad y su pundonor, como cualquier señor feudal, o que pretende serlo, de los tiempos pasados y futuros. Y dicho esto, que es en mi un deber de conciencia, deme permiso para marcharme.

Volvió el señor a examinarle detenidamente, cara, traje, manos, los pies desnudos, el cráneo de admirable estructura, y lo que veía, así como el lenguaje urbano del mendigo, tan desconforme con su aparente condición, debió de asombrarlo y confundirle.

—Y tú, moro auténtico, o pordiosero falsificado —le dijo—, ¿cómo sabes esas cosas, y cuándo y dónde aprendiste a expresarlas tan bien?

Y antes de oír la respuesta, se levantó y ordenó al peregrino imperiosamente que le siguiera.

—Ven acá... Quiero examinarte, antes de responderte.

Llevole a una estancia espaciosa, amueblada con antiguos sillones de nogal, mesas de lo mismo, arcones y estantes, y señalándole un asiento, se sentó él también; mas pronto se puso en pie, y fue de un lado para otro mostrando una inquietud nerviosa, que habría desconcertado a hombres de peor temple que el gran Nazarín.

—Tengo una idea..., ¡oh, qué idea!... ¡Si fuera...! Pero no, no puede ser. Sí que es... El demonio me lleve si no puede ser. Cosas más extraordinarias se han visto... ¡Rayos! Desde el primer momento lo sospeché... No soy hombre que se deja engañar... ¡Oh, el Oriente! ¡Qué grandeza!... Solo allí existe la vida espiritual...

Y no decía más que esto, paseo arriba, paseo abajo, sin mirar al clérigo, o parándose para mirarle de hito en hito con asombro y cierta turbación. Don Nazario no sabía qué pensar, y ya creía ver en el señor de la Coreja el mayor extravagante que Dios había echado al mundo, ya un tirano de refinada crueldad, que preparaba a su huésped algún atroz suplicio, y jugaba con él, como el gato con el ratón antes de comérselo.

«Si me achico —pensó—, seré sacrificado de una manera desairada y estúpida. Saquemos partido de la situación, y si este gigante furioso ha de hacer en mí una barbaridad, que no sea sin oír antes las verdades evangélicas».

—Señor mío, hermano mío —le dijo levantándose, y tomando el tono sereno y cortés que usar solía para reprender a los malos—, perdone a mi pequeñez que se atreva a medirse con su grandeza. Cristo me lo manda: debo hablar y hablaré. Veo al Goliat ante mí, y sin reparar en su poder, me voy derecho a él con mi honda. Es propio de mi ministerio amonestar a los que yerran; no me acobarda la arrogancia del que me escucha; mis apariencias humildes no significan ignorancia de la fe que profeso, ni de la doctrina que puedo enseñar a quien lo necesite. No temo nada, y si alguien me impusiera el martirio en pago de las verdades cristianas, al martirio iría gozoso. Pero antes he de decirle que está usted en pecado mortal, que ofende a Dios gravemente con su soberbia, y que si no se corrige, no le servirán de nada su estirpe, ni sus honores y riquezas, vanidad de vanidades, inútil peso que le hundirá más cuanto más quiera remontarse. La ira es daño gravísimo, que sirve de cebo a los demás pecados, y priva al alma de la serenidad que necesita para vencer el mal en otras esferas. El colérico está vendido a Satanás, quien ya sabe cuán poco tiene que luchar con las almas que fácilmente se inflaman en rabia. Modere usted sus arrebatos, sea cortés y humano con los inferiores. Ignoro si siente usted el amor de Dios; pero sin el del prójimo, aquel grande amor es imposible, pues la planta amorosa tiene sus raíces en nuestro suelo, raíces que son el cariño a nuestros semejantes, y si estas raíces están secas, ¿cómo hemos de esperar flores ni frutos allá arriba? La sorpresa con que usted me escucha, me prueba que no está acostumbrado a oír verdades como estas, y menos de un infeliz haraposo y descalzo. Por eso la voz de Cristo en mi corazón me dijo una y otra vez que entrase, sin temor a nada ni a nadie, y por eso entré, y heme puesto delante del dragón. Abra usted sus fauces, alargue sus uñas, devóreme si gusta; pero expirando le diré que se enmiende, que Cristo me manda aquí para llamarlo a la verdad, y anunciarle su condenación si no acude pronto al llamamiento.

Grande fue la sorpresa de Nazarín al ver que el señor de la Coreja no solo no se enfurecía oyéndole, sino que le oía con atención y hasta con respeto, no ciertamente humillándose ante el sacerdote, sino vencido del asombro que tales conceptos en boca de persona tan humilde le causaban.

—Ya hablaremos de eso —le dijo con calma—. Tengo una idea..., una idea que me atormenta..., porque has de saber que de algún tiempo acá, la pérdida de la memoria es el mayor suplicio de mi vida, y la causa de todas mis rabietas...