Part 7
—¡Yo..., insensata, yo milagros, el último de los siervos de Dios! ¿De dónde sacas que a mí, que nada soy, que nada valgo, pudo concederme Su Divina Majestad el don maravilloso que solo gozaron en la tierra algunos, muy pocos elegidos, ángeles más que hombres? Desdichada, quítate de mi presencia, que tus simplezas, no hijas de la fe sino de una credulidad supersticiosa, me enfadan más que de lo que yo quisiera.
Y en efecto, tan enojado parecía, que hasta llegó a levantar el palo con ademán de pegarle, hecho muy raro en él y que solo ocurría en extraordinarios casos.
—¿Por quién me tomas, alma llena de errores, mente viciada, naturaleza insana en cuerpo y espíritu? ¿Soy acaso un impostor? ¿Trato de embaucar a la gente?... Entra en razón, y no me hables más de milagros, porque creeré, o que te burlas de mí, o que tu ignorancia y desconocimiento de las leyes de Dios son hoy tan grandes como lo fue tu perversidad.
No se dio Ándara por convencida, atribuyendo a modestia las palabras de su protector; pero, sin volver a mentar el milagro, insistió en llevarlo a ver a sus amigas y a la niña moribunda.
—Eso sí..., visitar a esa pobre gente, consolarla, y pedir al Señor que las conforte en su tribulación, lo haré..., ya lo creo. Es mi mayor gusto. Vamos allá.
Ni cinco minutos tardaron en llegar; con tanta prisa le llevó la tarasca por callejuelas fangosas y llenas de ortigas y guijarros. En un bodegón mísero, con suelo de tierra, paredes agrietadas que más bien parecían celosías por donde se filtraban el aire y la luz, el techo casi invisible de tanta telaraña, y por todas partes barricas vacías, tinajas rotas, objetos informes, vio Nazarín a la triste familia, dos mujeres arrebujadas en sus mantones, con los ojos enrojecidos por el llanto y el insomnio, escalofriadas, trémulas. La Fabiana ceñía su frente con un pañuelo muy apretado, al nivel de las cejas: era morena, avejentada, de carnes enjutas, y vestía miserablemente. La Beatriz, bastante más joven, si bien había cumplido los veintisiete, llevaba el pañuelo a lo chulesco, puesto con gracia, y su ropa, aunque pobre, revelaba hábitos de presunción. Su rostro, sin ser bello, agradaba; era bien proporcionada de formas, alta, esbelta, casi arrogante, de cabello negro, blanca tez y ojos garzos, rodeados de una intensa oscuridad rojiza. En las orejas lucía pendientes de filigrana, y en las manos, más de ciudad que de pueblo, bien cuidadas, sortijas de poco o ningún valor.
En el fondo de la estancia habían tendido una cuerda, de la cual pendía una cortina, como telón de teatro. Detrás estaba la alcoba, y en ella la cama o más bien cuna de la niña enferma. Las dos mujeres recibieron al ermitaño andante con muestras de grandísimo respeto, sin duda por lo que de él les había contado Ándara; hiciéronle sentar en un banquillo, y le sirvieron una taza de leche de cabras con pan, que él tomó por no desairarlas, partiendo la ración con la mujerona de Madrid, que gozaba de un mediano apetito. Dos vecinas ancianas se colaron, por refistolear, y acurrucadas en el suelo, contemplaban con más curiosidad que asombro al buen Nazarín.
Hablaron todos de la enfermedad de la pequeñuela, que desde el principio se presentó con mucha gravedad. El día en que cayó mala, su madre tuvo el barrunto desde el amanecer, porque al abrir la puerta vio dos cuervos volando, y tres urracas posadas en un palo frente a la casa. Ya le hizo aquello malas tripas. Después salió al campo, y vio al chotacabras dando brinquitos delante de ella. Todo esto era de muy mala sombra. Al volver a casa, la niña con un calenturón que se abrasaba.
Habiéndoles preguntado don Nazario si la visitaba el médico, contestaron que sí. Don Sandalio, el titular del pueblo, había venido tres veces, y la última dijo que solo Dios, con un milagro, podía salvar a la nena. Trajeron también a una saludadora, que hacía grandes curas. Púsole un emplasto de rabos de salamanquesas, cogidas a las doce en punto de la noche... Con esto parecía que la criaturita entraba en reacción; pero la esperanza que cobraron duró bien poco. La saludadora, muy desconsolada, les había dicho que el no hacer efecto los rabos de salamanquesa, consistía en que era el menguante de la luna. Siendo creciente, cosa segura, segurísima.
Con severidad y casi casi con enojo, las reprendió Nazarín por su estúpida confianza en tales paparruchas, exhortándolas a no creer más que en la ciencia, y en Dios por encima de la ciencia y de todas las cosas. Hicieron ellas ardorosas demostraciones de acatamiento al buen sacerdote, y llorando y poniéndose de hinojos, le suplicaron que viese a la niña, y la curara.
—¿Pero, hijas mías, cómo pretendéis que yo la cure? No seáis locas. El cariño maternal os ciega. Yo no sé curar. Si Dios quiere quitaros a la niña, Él se sabrá lo que hace. Resignaos. Y si decide conservárosla, ya lo hará con solo que se lo pidáis vosotras, aunque no está de más que yo también se lo pida.
Tanto lo instaron a que la viera, que Nazarín pasó tras la cortinilla. Sentose junto al lecho de la criatura, y largo rato la observó en silencio. Tenía Carmencita el rostro cadavérico, los labios casi negros, los ojos hundidos, ardiente la piel, y todo su cuerpo desmayado, inerte, presagiando ya la inmovilidad del sepulcro. Las dos mujeres, madre y tía, se echaron a llorar otra vez como Magdalenas, y las vecinas que allí entraron hicieron lo propio, y en medio de aquel coro de femenil angustia, Fabiana dijo al sacerdote:
—Pues si Dios quiere hacer un milagro, ¿qué mejor ocasión? Sabemos que usted, padre, es de pasta de ángeles divinos, y que se ha puesto ese traje y anda descalzo y pide limosna por parecerse más a Nuestro Señor Jesucristo, que también iba descalzo, y no comía más que lo que le daban. Pues yo digo que estos tiempos son como los otros, y lo que el Señor hacía entonces, ¿por qué no lo hace ahora? Total, que si usted quiere salvarnos a la niña, nos la salvará, como este es día. Yo así lo creo, y en sus manos pongo mi suerte, bendito señor.
Apartando sus manos para que no se las besaran, Nazarín con reposado y firme acento les dijo:
—Señoras mías, yo soy un triste pecador como vosotras, yo no soy perfecto, ni a cien mil leguas de la perfección estoy, y si me ven en este humilde traje, es por gusto de la pobreza, porque creo servir a Dios de este modo, y todo ello sin jactancia, sin creer que por andar descalzo valgo más que los que llevan medias y botas, ni figurarme que por ser pobre, pobrísimo, soy mejor que los que atesoran riquezas. Yo no sé curar; yo no sé hacer milagros, ni jamás me ha pasado por la cabeza la idea de que, por mediación mía, los haga el Señor, único que sabe alterar, cuando le plazca, las leyes que ha dado a la naturaleza.
—¡Sí puede, sí puede, sí puede! —clamaron a una todas las mujeres, viejas y jóvenes, que presentes estaban.
—¡Que no puedo digo..., y conseguiréis que me enfade, vamos! No esperéis nunca que yo me presente ante el mundo revestido de atribuciones que no tengo, ni que usurpe un papel superior al oscuro y humilde que me corresponde. Yo no soy nadie, yo no soy santo, ni siquiera bueno...
—Que sí lo es, que sí lo es.
—Ea, no me contradigáis, porque me marcharé de vuestra casa... Ofendéis gravemente a nuestro Señor Jesucristo suponiendo que este pobre siervo suyo es capaz de igualarse, no digo a Él, que esto sería delirio, pero ni tan siquiera a los varones escogidos a quienes dio facultades de hacer maravillas para edificación de gentiles. No, no, hijas mías. Yo estimo vuestra simplicidad; pero no quiero fomentar en vuestras almas esperanzas que la realidad desvanecería. Si Dios tiene dispuesto que muera la niña, es porque la muerte le conviene, como os conviene a vosotros el consiguiente dolor. Aceptad con ánimo sereno la voluntad celestial, lo cual no quita que roguéis con fe y amor, que oréis, que pidáis fervorosamente al Señor y a su Santísima Madre la salud de esta criatura. Y por mi parte, ¿sabéis lo único que puedo hacer?
—¿Qué, señor, qué?... Pues hágalo pronto.
—Eso mismo; pedir a Dios que devuelva su ser sano y hermoso a esta inocente niña, y ofrecerle mi salud, mi vida en la forma que quiera tomarlas; que a cambio del favor que de Él impetramos, me dé a mi todas las calamidades, todos los reveses, todos los achaques y dolores que pueden afligir a la humanidad sobre la tierra..., que descargue sobre mí la miseria en su más horrible forma, la ceguera tristísima, la asquerosa lepra..., todo, todo sea para mí, a cambio de que devuelva la vida a este tierno y cándido ser, y os conceda a vosotras el premio de vuestros afanes.
Dijo esto con tan ardoroso entusiasmo y convicción tan honda y firme, fielmente traducidos por la palabra, que las mujeres prorrumpieron en gritos, acometidas súbitamente de una exaltación insana. El entusiasmo del sacerdote se les comunicó como chispa que cae en montón de pólvora, y allí fue el llorar sin tasa, y el cruzar de manos convulsivamente, confundiendo los alaridos de la súplica con los espasmos del dolor. El peregrino, en tanto, silencioso y grave, puso su mano sobre la frente de la niña, como para apreciar el grado de calor que la consumía, y dejó transcurrir en esta postura buen espacio de tiempo, sin parar mientes en las exclamaciones de las desoladas mujeres. Despidiose de ellas poco después, con promesa de volver, y preguntando hacia dónde caía la iglesia del pueblo, Ándara se ofreció a enseñarle, y fueron, y allá se estuvo todo el santo día. La tarasca no entró en la iglesia.
IV
Al anochecer, cuando salió del templo, las primeras personas con que tropezó don Nazario fueron Ándara y Beatriz, que iban a encontrarle.
—La niña no está peor —le dijeron—. Aun parece que está algo despejadita... Abrió los ojos un rato, y nos miraba... Veremos qué tal pasa la noche.
Añadieron que le habían preparado una modesta cena, la cual aceptó por no parecer huraño y desagradecido. Reunidos todos en el bodegón, la Fabiana parecía un poquito más animada, por haber notado en la niña, hacia el mediodía, algún despejo; pero a la tarde había vuelto el recargo. Ordenole Nazarín que siguiese dándole la medicina prescrita por el médico.
Alumbrados por un candilejo fúnebre pendiente del techo, cenaron, extremando el convidado su sobriedad hasta el punto de no tomar más que medio huevo cocido y un platito de menestra con ración exigua de pan. Vino, ni verlo. Aunque le habían preparado una cama bien mullida con paja y unas mantas, se resistió a pernoctar allí, y defendiéndose como pudo de las afables instancias de aquella buena gente, determinó dormir con su perro en el espacioso solar donde pasado había la anterior noche. Antes de retirarse al descanso, estuvieron un ratito de tertulia, sin poder hablar de otra cosa que de la niña enferma, y de cuán vanas son, en todo caso de enfermedad, las esperanzas de alivio.
—Pues esta —dijo Fabiana señalando a Beatriz—, también está malucha.
—Pues no lo parece —observó Nazarín, mirándola con más atención que lo había hecho hasta entonces.
—Son cosas —dijo Ándara— de los condenados nervios. Está así desde que vino de Madrid; pero no se le conoce en la cara, ¿verdad? Cada día más guapa... Todo es por un susto, por muchísimos sustos que le hizo pasar aquel _chavó_...
—Cállate, tonta.
—Pues no lo digo...
—Lo que tiene —agregó Fabiana— es pasmo de corazón, vamos al decir, maleficio, porque crea usted, padre Nazarín, que en los pueblos hay malos quereres, y gente que hace daño con solo mirar por el rabo del ojo.
—No seáis supersticiosas os he dicho; y vuelvo a repetíroslo.
—Pues lo que tengo —afirmó Beatriz no sin cierta cortedad— es que hace tres meses perdí las ganas de comer, pero tan en punto, que no entraba por mi boca ni el peso de un grano de trigo. Si me embrujaron o no me embrujaron, yo no lo sé. Y tras el no comer, vino el no dormir; y me pasaba las noches dando vueltas por la casa, con un bulto aquí, en la boca del estómago, como si tuviera atravesado un sillar de berroqueña de los más grandones.
—Después —añadió Fabiana—, le daban unos ataques tan fuertes, pero tan fuertes, señor de Nazarín, que entre todos no la podíamos sujetar. Bramaba y espumarajeaba, y luego salía pegando gritos, y _pronunciando_ cosas que la avergonzaban a una.
—No seáis simples —dijo Ándara con sincera convicción—; eso es tener los demonios metidos en el cuerpo. Yo también los tuve cuando pasé de la edad del pavo, y me curé con unos polvos que los llaman... cosa de _broma dura_..., o no sé qué.
—Fueran o no demonios —manifestó Beatriz—, yo padecía lo que _no hay idea_, señor cura, y cuando me daba, yo era capaz de matar a mi madre si la tuviera, y habría cogido un niño crudo o una pierna de persona para comérmela, o destrozarla con los dientes... Y después, ¡qué angustias mortales, qué ganitas de morirme! A veces no pensaba más que en la muerte, y en las muchas maneras que hay de matarse una. Y lo peor era cuando me entraban los horrores de las cosas. No podía pasar por junto a la iglesia sin sentir que se me ponían los pelos de punta. ¿Entrar en ella? Antes morir... Ver a un cura con hábitos, ver un mirlo en su jaula, un jorobado, o una cerda con crías, eran las cosas que más me horrorizaban. ¿Y oír campanas? Esto me volvía loca.
—Pues eso —dijo Nazarín— no es brujería ni nada de demonios; es una enfermedad muy común y muy bien estudiada, que se llama histerismo.
—_Esterismo_, cabal; eso decía el médico. Me entraba el ataque sin saber por qué, y se me pasaba sin saber cómo. ¿Tomar? ¡Dios mío las cosas que he tomado! Los palitos de saúco puestos de remojo un viernes, el suero de la vaca negra, las hormigas machacadas con cebolla... ¡Pues y las cruces, y medallas, y muelas de muerto que me he colgado del pescuezo!
—¿Y está usted curada ya? —le preguntó Nazarín mirándola otra vez.
—Curada no. Hace tres días me dio la malquerencia, esto de aborrecer una; pero ya menos fuerte que antes. Voy mejorando.
—Pues la compadezco a usted. Esa dolencia debe de ser muy mala. ¿Cómo se cura? Mucha parte tiene en ella la imaginación, y con la imaginación debe intentarse el remedio.
—¿Cómo, señor?
—Procurando penetrarse bien de la idea de que tales trastornos son imaginarios. ¿No dice usted que le causaba horror la santa iglesia? Pues vencer ese horror y entrar en ella, y pedir fervorosamente al Señor el alivio. Yo le aseguro a usted que no tiene ya dentro del cuerpo ningún demonio, llamemos así a esas extrañas aberraciones de la sensibilidad que produce nuestro sistema nervioso. Persuádase usted de que esos fenómenos no significan lesión ni avería de ninguna entraña, y no volverá a padecerlos. Rechace usted la tristeza, pasee, distráigase, coma todo lo que pueda, aleje de su cerebro las cavilaciones, procure dormir, y ya está usted buena. Ea, señoras, que es tarde, y yo voy a recogerme.
Ándara y Beatriz le acompañaron hasta su domicilio, en el solar, y dejáronle allí después de arreglarle con hierba y piedras el mejor lecho posible.
—No crea usted, padre —le dijo Beatriz al despedirse—; me ha consolado mucho con lo que me ha dicho de este mal que padezco. Si son demonios, porque son demonios, si no, porque son nervios..., ello es que más fe tengo en usted que en todo el medicato facultativo del mundo entero... Conque..., buenas noches.
Rezó largo rato Nazarín, y después se durmió como un bendito hasta el amanecer. El canto gracioso de los pajarillos, que en aquellos ásperos bardales tenían sus aposentos, le despertó, y a poco entraron Ándara y su amiga a darle las albricias. ¡La niña mejor! Había pasado la noche más tranquilita, y desde el alba tenía un despejo y un brillar de ojos que eran señales de mejoría.
—¡Si no es esto milagro, que venga Dios y lo vea!
—Milagro no es —les dijo con gravedad—. Dios se apiada de esa infeliz madre. Habríalo hecho quizás sin nuestras oraciones.
Fueron todos allá, y encontraron a Fabiana loca de contento. Echó al curita los brazos, y aun quiso besarle, a lo que él resueltamente se opuso. Había esperanzas; pero no motivo aún para confiar en la curación de la niña. Podía venir un retroceso, y entonces, ¡cuánto mayor sería la pena de la pobre madre! En fin, cualquiera que fuese el resultado ya lo verían ellas, que él, si no mandaban otra cosa, se marchaba en aquel mismo momento, después de tomar un frugalísimo desayuno. Inútiles fueron las instancias y afabilidades de las tres hembras para detenerle. Nada tenía que hacer allí; estaba perdiendo el tiempo muy sin sustancia, y érale forzoso partir para dar cumplimiento a su peregrina y santa idea.
Tierna fue la despedida, y aunque reiteradamente exhortó a la feróstica de Madrid a que no le acompañara, ella dijo, en su tosco estilo, que hasta el fin del mundo le seguiría gozosa, pues se lo pedía el corazón de una manera tal, que su voluntad era impotente para resistir aquel mandato. Salieron, pues, juntos, y tras ellos multitud de chiquillos y algunas vejanconas del lugar; tanto que, por librarse de una escolta que le desagradaba, Nazarín se apartó de la carretera, y, metiéndose por el campo a la izquierda del camino real, siguió en derechura de una arboleda que a lo lejos se veía.
—¿No sabe? —le dijo Ándara, cuando se retiraron los últimos del séquito—. Me ha dicho anoche Beatriz que si la niña cura hará lo mismo que yo.
—¿Qué hará, pues?
—Pues seguirle a usted a donde quiera que vaya.
—Que no piense en tal cosa. Yo no quiero que nadie me siga. Voy mejor solito.
—Pues ella lo desea. Dice que por penitencia.
—Si la llama la penitencia, adóptela en buen hora; pero para eso no necesita ir conmigo. Que abandone toda su hacienda, en lo cual paréceme que no hace un gran sacrificio, y que salga a pedir limosna..., pero solita. Cada cual con su conciencia, cada cual con su soledad.
—Pues yo le contesté que sí, que la llevaríamos...
—¿Y quién te mete a ti...?
—Me meto, sí señor, porque quiero a la Beatriz, y sé que le probará esta vida. Como que le viene bien el ejercicio penitente para quitarse de lo que la está matando el alma, que es un mal hombre llamado el _Pinto_, o el _Pintón_, no estoy bien segura. Pero le conozco, buen mozo, viudo, con un lunar de pelo aquí. Pues ese es el que le sorbe el sentido, y el que le metió los demonios en el cuerpo. La tiene engañada: hoy la desprecia, mañana le hace mil figuras, y _vele_ aquí por qué se ha puesto tan _estericada_. Le conviene, sí señor, le conviene el echarse a peregrina para limpiarse la cabeza de maldades, que si no, lleva los demonios en el vientre y pecho, y en los vacíos, en la cabeza cerebral sí que tiene sin fin de ellos. Y todo desde un mal parto; y por la cuenta fueron dos...
—¿Para qué me traes a mi esas vanas historias, habladora, entrometida? —le dijo Nazarín con enfado—. ¿Qué tengo yo que ver con Beatriz, ni con el Pinto, ni con...?
—Porque usted debe ampararla, que si no se mete pronto a penitente con nosotros, mirando un poco para lo del alma, se meterá a otra cosa mala, tocante a lo del cuerpo, ¡mal ajo! ¡Si estuvo en un tris! Cuando la niña cayó mala, ya tenía ella su ropa en el baúl para marcharse a Madrid. Me enseñó la carta de la Seve llamándola y...
—Que no me cuentes historias, ea.
—Acabo ya... La Seve le decía que se fuera pronto, y que allá..., pues...
—¡Que te calles! Vaya la Beatriz a donde quiera... No, eso no: que no acuda al llamamiento de esa embaucadora..., que no muerda el anzuelo que el demonio le tiende, cebado con vanidades ilusorias... Dile que no vaya, que allí la esperan el pecado, la corrupción, el vicio, y una muerte ignominiosa, cuando ya no tenga tiempo de arrepentirse.
—¿Pero cómo le digo todas esas cosas, padrito, si no volvemos a Móstoles?
V
—Puedes ir tú, y yo te espero aquí.
—No se convencerá por lo que yo le hable. Yendo usted en persona y parlándoselo bien, es seguro que no se pierde. En usted tiene fe, pues con lo poquito que le oyó explicar de su enfermedad, ya se tiene por curada, y no le entra más el arrechucho. Conque volvamos, si le parece bien.
—Déjame, déjame que lo piense.
—Y con eso, sabremos si al fin se ha muerto la nena, o vive.
—Me da el corazón que vive.
—Pues volvamos, señor..., para verlo.
—No; vas tú, y le dices a tu amiga... En fin, mañana lo determinaré.
En una corraliza hallaron albergue, después de procurarse cena con los pocos cuartos que les produjo la postulación de aquel día, y como al amanecer del siguiente emprendiera Nazarín la marcha con el mismo derrotero que desde Móstoles traía, le dijo Ándara:
—¿Pero usted sabe a dónde vamos?
—¿A dónde?
—A mi pueblo, ¡mal ajo!
—Te he dicho que no pronuncies más delante de mí ninguna fea palabra. Si una sola vez reincides, no te permito acompañarme. Bueno: ¿hacia dónde dices que caminamos?
—Hacia Polvoranca, que es mi pueblo, señor; y yo, la verdad, no quisiera ir a mi tierra, donde tengo parientes, algunos en buena posición, y mi hermana está casada con el del fielato. No se crea usted que Polvoranca es cualesquiera cosa, que allá tenemos gente muy rica, y los hay con seis pares... de mulas, quiere decirse.
—Comprendo que te sonrojes de entrar en tu patria —replicó el peregrino—. ¡Ahí tienes! Si fueras buena, a todas partes podrías ir sin sonrojarte. No iremos, pues, y encaminémonos por este otro lado, que para nuestro objeto es lo mismo.
Anduvieron todo aquel día, sin más ocurrencia digna de mencionarse que la deserción del perro que acompañaba a Nazarín desde Carabanchel. Bien porque el animal tuviese también parentela honrada en Polvoranca, bien porque no gustase de salir de su terreno, que era la zona de Madrid en un corto radio, ello es que al caer de la tarde, _se despidió_ como un criado descontento, tomando soleta para la Villa y Corte, en busca de mejor acomodo. Después de hacer noche en campo raso, al pie de un fresno, los caminantes avistaron nuevamente a Móstoles, a donde Ándara guiaba, sin que don Nazario se enterase del rumbo.
—¡Calle!, ¿ya estamos otra vez en el poblachón de tus amigas? Pues mira, hija, yo no entro. Ve tú y entérate de cómo está la niña, y de paso le dices de mi parte a esa pobre Beatriz lo que ya sabes, que no haga caso de las solicitudes del vicio, y que si quiere peregrinar y hacer vida humilde, no necesita de mí para nada... Anda, hija, anda. En aquella noria vieja, que allí se ve entre dos árboles raquíticos, y que estará como a un cuarto de legua del pueblo, te espero. No tardes.
Fuese a la noria despacito, bebió un poco de agua, descansó, y no habían pasado dos horas desde que se alejó la andariega, cuando Nazarín la vio volver, y no sola, sino acompañada de otra que tal, en quien, cuando se aproximaron, reconoció a la Beatriz. Seguíanlas algunos chicos del pueblo. Antes de llegar a donde el mendigo las esperaba, las dos mozas y los rapaces prorrumpieron en gritos de alborozo.
—¿No sabe?... ¡La niña, buena! ¡Viva el santo Nazarín! ¡Vivaaa! La niña, buena..., buena del todo. Habla, come, y parece resucitada.
—Hijas, no seáis locas. Para darme la buena noticia, no es preciso alborotar tanto.
—¡Sí que alborotamos! —gritaba Ándara dando brincos.
—Queremos que lo sepan los pájaros del aire, los peces del río, y hasta los lagartos que corren entre las piedras —dijo la Beatriz radiante de júbilo, con los ojos echando lumbre.
—Que es milagro, ¡contro!
—¡Silencio!
—No será milagro, padre Nazarín; pero usted es muy bueno, y el Señor le concede todo lo que lo pide.
—No me habléis de milagros, ni me llaméis santo, porque me meteré avergonzado y corrido donde jamás volváis a verme.
Los muchachos alborotaban no menos que las mujeres, llenando el aire de graciosos chillidos.
—Si entra el señor en el pueblo, le llevan en volandas. Creen que la niña estaba muerta y que él, con solo ponerle la mano en la frente, la volvió a la vida.
—Jesús, ¡qué disparate! Cuánto me alegro de no haber ido allá. En fin, alabemos la infinita misericordia del Señor... Y la Fabiana, ¡qué contenta estará!