Nazarín

Part 6

Chapter 64,162 wordsPublic domain

Fueron dándole las prendas y él recogiéndolas con entusiasmo. Acostáronse todos, y a la mañana siguiente, el bendito Nazarín, descalzo, ceñida la faja sobre el chaleco de Bayona, encima el capote, encasquetada la montera y un palo en la mano, despidiose alegremente de sus honrarlos bienhechores, y con el corazón lleno de júbilo, el pie ligero, puesta la mente en Dios, en el cielo los ojos, salió de la casa en dirección a la Puerta de Toledo: al traspasarla creyó que salía de una sombría cárcel para entrar en el reino dichoso y libre del cual su espíritu anhelaba ser ciudadano.

TERCERA PARTE

I

Avivó el paso, ya fuera de la Puerta, ansioso de alejarse lo más pronto posible de la populosa villa, y de llegar a donde no viera su apretado caserío, ni oyese el tumulto de su inquieto vecindario, que ya en aquella temprana hora empezaba a bullir, como enjambre de abejas saliendo de la colmena. Hermosa era la mañana. La imaginación del fugitivo centuplicaba los encantos de cielo y tierra, y en ellos veía, como en un espejo, la imagen de su dicha, por la libertad que al fin gozaba, sin más dueño que su Dios. No sin trabajo había hecho efectiva aquella rebelión, pues rebelión era, y en ningún caso hubiérala realizado, él tan sumiso y obediente, si no sintiera que en su conciencia la voz de su Maestro y Señor con imperioso acento se lo ordenaba. De esto no podía tener duda. Pero su rebelión, admitiendo que tan feo nombre en realidad mereciese, era puramente formal; consistía tan solo en evadir la reprimenda del superior, y en esquivar los dimes y diretes y vejámenes de una justicia que ni es justicia ni cosa que lo valga... ¿Qué tenía él que ver con un juez que prestaba atención a delaciones infames de gentezuela sin conciencia? A Dios, que veía su interior, le constaba que ni del provisor ni del juez huía por miedo, pues jamás conoció la cobardía su alma valerosa, ni los sufrimientos y dolores, de cualquier clase que fueran, torcían su recta voluntad, como hombre que de antiguo saboreaba el misterioso placer de ser víctima de la injusticia y maldad de los hombres.

No huía de las penalidades, sino que iba en busca de ellas; no huía del malestar y la pobreza, sino que tras de la miseria y de los trabajos más rudos caminaba. Huía, sí, de un mundo y de una vida que no cuadraban a su espíritu, embriagado, si así puede decirse, con la ilusión de la vida ascética y penitente. Y para confirmarse en la venialidad y casi inocencia de su rebeldía, pensaba que en el orden dogmático sus ideas no se apartaban ni el grueso de un cabello de la eterna doctrina, ni de las enseñanzas de la Iglesia, que tenía bien estudiadas y sabidas al dedillo. No era, pues, hereje, ni de la más leve heterodoxia podían acusarle, aunque a él las acusaciones le tenían sin cuidado, y todo el Santo Oficio del mundo lo llevaba en su propia conciencia. Satisfecho de esta, no vacilaba en su resolución, y entraba con paso decidido en el _yermo_; que tal le parecieron aquellos solitarios campos.

Al pasar el puente, unos mendigos que allí ejercían su libérrima industria le miraron sorprendidos y recelosos, como diciendo: «¿qué pájaro es este que viene por nuestros dominios sin que le hayamos dado la patente? Habrá que ver...». Saludoles Nazarín con un afable movimiento de cabeza, y sin entrar en conversación con ellos, siguió su camino, deseoso de alejarse antes de que picara el sol. Andando, andando, no cesaba de analizar en su mente la nueva existencia que emprendía, y su dialéctica la cogía y la soltaba por diferentes lados, apreciándola en todas las fases y perspectivas imaginables, ya favorables, ya adversas, para llegar, como en un juicio contradictorio, a la verdad bien depurada. Concluía por absolverse de toda culpa de insubordinación, y solo quedaba en pie un argumento de sus imaginarios acusadores, al cual no daba satisfactoria respuesta. «¿Por qué no solicita usted entrar en la Orden Tercera?» Y conociendo la fuerza de esta observación, se decía: «Dios sabe que si encontrara yo en este caminito una casa de la Orden Tercera, pediría que me admitiesen en ella, y entraría con júbilo, aunque me impusieran el noviciado más penoso. Porque la libertad que yo apetezco, lo mismo la tendría vagando solo por laderas y barrancos que sujeto a la disciplina severa de un santo instituto. Quedamos en que escojo esta vida, porque es la más propia para mí, y la que me señala el Señor en mi conciencia, con una claridad imperativa que no puedo desconocer».

Sintiéndose un poco fatigado, a la mitad del camino de Carabanchel Bajo se sentó a comer un mendrugo de pan, del bueno y abundante que en el morral le puso la _Peluda_, y en esto se le acercó un perro flaco, humilde y melancólico, que participó del festín, y que por solo aquellas migajas se hizo amigo suyo y le acompañó todo el tiempo que estuvo allí reposando el frugal almuerzo. Puesto de nuevo en marcha, seguido del can, antes de llegar al pueblo sintió sed, y en el primer ventorrillo pidió agua. Mientras bebía, tres hombres que de la casa salieron hablando jovialmente le observaron con importuna curiosidad. Sin duda había en su persona algo que denunciaba el mendigo supuesto o improvisado, y esto le produjo alguna inquietud. Al decir «Dios se lo pague» a la mujer que le había dado el agua, acercósele uno de los tres hombres, y le dijo:

—Señor Nazarín, le he conocido por el metal de voz. Vaya que está bien disfrazado... ¿Se puede saber..., con respeto, a dónde va vestidito de pobre?

—Amigo, voy en busca de lo que me falta.

—Que sea con salud... ¿Y usted a mí no me conoce? Yo soy aquel...

—Sí, aquel... Pero no caigo...

—Que le habló no hace muchos días más abajo..., y le brindó..., con respeto, un sombrero de teja.

—¡Ah!, sí..., teja, que yo rehusé.

—Pues aquí estamos para servirle. ¿Quiere su reverencia ver a la Ándara?

—No señor... Dile de mi parte que sea buena, o que haga todo lo posible por serlo.

—Mírela... ¿Ve usted aquellas tres mujeres que están allí, al otro lado de la carretera _propiamente_, cogiendo cardillo y verdolaga? Pues la de la enagua colorada es Ándara.

—Por muchos años. Ea, quédate con Dios... ¡Ah!, un momento: ¿tendrías la bondad de indicarme algún atajo por donde yo pudiera pasar de este camino al de más allá, al que parte del puente de Segovia, y va a tierra de Trujillo?...

—Pues por aquí, siguiendo por estas tapias, va usted derechito... Tira por junto al Campamento, y adelante, adelante..., la vereda no le engaña..., hasta que llega _propiamente_ a las casas de Brugadas. Allí cruza la carretera de Extremadura.

—Muchas gracias, y adiós.

Echó a andar, seguido del perro, que por lo visto se ajustaba con él para toda la jornada, y no había recorrido cien metros cuando sintió tras de sí voces de mujer que con apremio le llamaban:

—¡Señor Nazarín, don Nazario...!

Parose y vio que hacia él corría desalada una falda roja, un cuerpo endeble, del cual salían dos brazos que se agitaban como aspas de molino.

—¿Apostamos a que esta que corre es la dichosa Ándara? —se dijo deteniéndose.

En efecto, ella era, y trabajillo le costara al caminante reconocerla, si no supiese que andaba por aquellos campos. Al pronto, se habría podido creer que un espantajo de los que se arman con palitroques y ropas viejas para guardar de los gorriones un sembrado, había tomado vida milagrosamente y corría y hablaba, pues la semejanza de la moza con uno de estos aparatos campestres era completa. El tiempo, que las cosas más sólidas destruye, había ido descostrando y arrancando de su rostro la capa calcárea de colorete, dejando al descubierto la piel erisipelatosa, arrugada en unas partes, en otras tumefacta. Uno de los ojos había llegado a ser mayor que el otro, y entrambos feos, aunque no tanto como la boca, de labios hemorroidales, mostrando gran parte de las rojas encías, y una dentadura desigual, descabalada, y con muchas piezas carcomidas. No tenía el cuerpo ninguna redondez, ni trazas de cosa magra, todo ángulos, atadijo de osamenta... ¡y qué manos negras, qué pies mal calzados de sucias alpargatas! Pero lo que más asombro causó a Nazarín fue que la mujercilla, al llegarse a él, parecía vergonzosa, con cierta cortedad infantil, que era lo más extraordinario y nuevo de su transformación. Si el descubrimiento de la vergüenza en aquella cara sorprendió al clérigo andante, no le causó menos asombro el notar que Ándara no mostraba ninguna extrañeza de verle en facha de mendigo. La transformación de él no la sorprendía, como si ya la hubiese previsto o por natural la tuviera.

—Señor —le dijo la criminal—, no quería que usted pasara sin hablar conmigo..., sin hablar yo con él. Sepa que estoy allí desde el día del fuego, y que nadie me ha visto, ni tengo miedo a la justicia.

—Bueno, Dios sea contigo. ¿Que quieres de mí ahora?

—Nada más que decirle que la _Canóniga_ es mi prima, y por eso me vine a esconder ahí, donde me han tratado como a una princesa. Les ayudo en todo, y no quiero volver a ese apestoso Madrid, que es la perdición de la gente honrada. Conque...

—Buenos días... Adiós.

—Espérese un poquito. ¿Qué prisa lleva? Y dígame: ¿se han metido con usted los _caifases_ del juzgado? ¡Valientes ladrones! Me da el corazón que algo le han hecho, y que la _Camella_, que es muy pendanga, habrá llevado la mar de cuentos a las Salesas.

—Nada me importan a mi ya _Camellas_, ni _caifases_, ni nada. Déjalo... Y que lo pases bien.

—Aguarde...

—No puedo detenerme, tengo prisa. Lo único que te digo, Ándara corrompida, es que no olvides las advertencias que te hice en mi casa; que te enmiendes...

—¡Más enmendada que estoy...! Yo le juro que aunque volviera a ser guapa, o tan siquiera pasable, que no me caerá esa breva, no me cogía otra vez el demonio. Ahora, como me tiene miedo, de puro asquerosa que estoy, no se llega a mí el indino. _Lo cual_ que, si no se enfada, le diré una cosa.

—¿Qué?

—Que yo quiero irme con usted... a donde quiera que vaya.

—No puede ser, hija mía. Pasarías muchos trabajos, sufrirías hambre, sed...

—No me importa. Déjeme que le acompañe.

—Tú no eres buena. Tu enmienda es engañosa; es un reflejo no más del despecho que te causa tu falta de atractivos personales; pero en tu corazón sigues dañada, y en una u otra forma llevas el mal dentro de ti.

—¿A que no?

—Yo te conozco... Tú pegaste fuego a la casa en que te di asilo.

—Es verdad, y no me pesa. ¿No querían descubrirme, y perderle a usted por el olor? Pues el aire malo con fuego se limpia.

—Eso te digo yo a ti, que te limpies con fuego.

—¿Qué fuego?

—El amor de Dios.

—Pues _diéndome_ con usted..., se me pegarán esas llamas.

—No me fío... Eres mala, mala. Quédate sola. La soledad es una gran maestra para el alma. Yo la voy buscando. Piensa en Dios, ofrécele tu corazón, acuérdate de tus pecados, y pásales revista para abominar de ellos, y tomarlos en horror.

—Pues déjeme ir...

—Que no. Si eres buena, algún día me encontrarás.

—¿Dónde?

—Te digo que me encontrarás. Adiós.

Y sin esperar a más razones se alejó a buen paso. Quedose Ándara sentada en un ribazo, cogiendo piedrecillas del suelo, y arrojándolas a corta distancia, sin apartar sus ojos de la vereda por donde el clérigo se alejaba. Este miró para atrás dos o tres veces, y la última, muy de lejos ya, la veía tan solo como un punto rojo en medio del verde campo.

II

Tuvo el fugitivo, en aquel primer día de su peregrinación, encuentros que no merecen verdaderamente ser relatados, y tan solo se indican por ser los primeros, o sea el estreno de sus cristianas aventuras. A poco de separarse de Ándara, oyó cañonazos, que a cada instante sonaban más cerca, con estruendo formidable que rasgaba los aires y ponía espanto en el corazón. Hacia la parte de donde venía todo aquel ruido vio pelotones de tropa que iban y venían, cual si estuvieran librando una batalla. Comprendió que se hallaba cerca del campo de maniobras donde nuestro ejército se adiestra en la práctica de los combates. El perro le miró gravemente, como diciéndole: «No se asuste, señor amo mío, que esto es todo de mentirijillas, y así se están todo el año los de tropa, tirando tiros y corriendo unos en pos de otros. Por lo demás, si nos acercamos a la hora en que meriendan, crea que algo nos ha de tocar, que esta es gente muy liberal y amiga de los pobres».

Un ratito estuvo Nazarín contemplando aquel lindo juego, y viendo cómo se deshacían en el aire los humos de los fogonazos, y a poco de seguir su camino, encontró un pastor que conducía unas cincuenta cabras. Era viejo, al parecer muy ladino, y miró al aventurero con desconfianza. No por esto dejó el peregrino de saludarle cortésmente, y de preguntarle si estaba lejos de la senda que buscaba.

—_Paice_ que _seis_ nuevo en el oficio —le dijo el pastor—, y que nunca _anduviéis_ por acá. ¿De que parte viene el hombre? ¿De la tierra de Arganda? Pues pongo en su conocimiento que los _ceviles_ tienen orden de coger a toda la mendicidad, y de llevarla a los _recogimientos_ que hay en Madrid. Verdad que luego la sueltan otra vez, porque no hay allá _mantención_ para tanto vago... Quede con Dios, hermano. Yo no tengo qué darle.

—Tengo pan —dijo Nazarín, metiendo la mano en su morral—, y si usted quiere...

—¿A ver, buen hombre? —replicó el otro examinando el medio pan que se le mostraba—. Pues este es de Madrid, del de picos, y de lo bueno.

—Partamos este pedazo, pues aún tengo otro, que me puso la _Peluda_ al salir.

—Estimando, buen amigo. Venga mi parte. Conque siguiendo _palante_, siempre _palante_, llegará en veinte minutos al camino de Móstoles. Y dígame, ¿vino bueno trae?

—No señor, ni malo ni bueno.

—Milagro... Abur, paisano.

Encontró luego dos mujeres y un chico que venían cargados de acelgas, lechugas, y hojas de berza, de las que se arrancan al pie de la planta para echar a los cerdos. Ensayó allí Nazarín su flamante oficio de pordiosero, y fueron las campesinas tan generosas, que apenas oídas las primeras palabras, diéronle dos lechugas respingadas y media docena de patatas nuevas, que una de ellas sacó de un saco. Guardó el peregrino la limosna en su morral, pensando que si por la noche encontraba algún rescoldo en que le permitieran asar las patatas, asegurada tenía ya, con las lechugas de añadidura, una cena riquísima. En la carretera de Trujillo vio un carromato atascado, y tres hombres que forcejeaban por sacar del bache la rueda. Sin que se lo mandaran les ayudó, poniendo en ello toda su energía muscular, que no era mucha, y cuando quedó terminada felizmente la operación, tiráronle al suelo una perra chica. Era el primer dinero que recogía su mano de mendicante. Todo iba bien hasta entonces, y la humanidad que por aquellos andurriales encontraba, pareciole de naturaleza muy distinta de la que dejara en Madrid. Pensando en ello, concluía por reconocer que los sucesos del primer día no eran ley, y que forzosamente habrían de sobrevenir extrañas emergencias, y producirse más adelante las penalidades, dolores, tribulaciones y horribles padecimientos que su ardiente fantasía buscaba.

Avanzó por el polvoroso camino hasta el anochecer, en que vio casas que no sabía si eran de Móstoles, ni le importaba saberlo. Bastábale con ver viviendas humanas, y a ellas se encamino para solicitar que le permitieran dormir, aunque fuese en una leñera, corraliza o tejavana. La primera casa era grande, como de labor, con un ventorrillo muy pobre, o aguaducho, arrimado a la medianería. Ante el portalón, media docena de cerdos se revolcaban en el fango. Más allá vio el caminante un herradero de mulas, un carromato con las limoneras hacia arriba, gallinas que iban entrando una tras otra, una mujer lavando loza en una charca, una sarmentera y un árbol medio seco. Acercose humildemente a un vejete barrigudo, de cara vinosa y regular vestimenta, que del portalón salía, y con formas humildes le pidió que le consintiera pasar la noche en un rincón del patio. Lo mismo fue oírlo, ¡María Santísima!, que empezar el hombre a echar venablos por aquella boca. El concepto más suave fue que ya estaba harto de albergar ladrones en su propiedad. No necesitó oír más don Nazario, y saludándole gorra en mano se alejó.

La mujer que lavaba en la charca le señaló un solar, en parte cercado de ruinosa tapia, en parte por un bardal de zarzas y ortigas. Se entraba por un boquete, y dentro había un principio de construcción, machones de ladrillo como de un metro, formando traza arquitectónica, y festoneados de amarillas hierbas. En el suelo crecía cebadilla como de un palmo, y entre dos muros, apoyado en la pared alta del fondo, veíase un tejadillo mal dispuesto con palitroques, escajos, paja y barro, obra sumamente frágil, mas no completamente inútil, porque bajo ella se guarecían tres mendigos, una pareja o matrimonio, y otro más joven y con una pierna de palo. Cómodamente instalados en tan primitivo aposento, habían hecho lumbre y en ella tenían un puchero, que la mujer destapaba para revolver el contenido, mientras el hombre avivaba con furibundos resoplidos la lumbre. El cojitranco cortaba palitos con su navaja para cebar cuidadosamente el fuego.

Pidioles Nazarín permiso para cobijarse bajo aquel techo, y ellos respondieron que el tal nicho era de libre propiedad, y que en él podía entrar o salir sin papeleta todo el que quisiere. No se oponían, pues, a que el recién venido ocupase un lugar; pero que no esperara participación en la cena caliente, pues ellos eran más pobres que el que inventó la pobreza, y estaban a recoger y no a dar. Apresurose el penitente a tranquilizarles, diciéndoles que no pedía más que el permiso de arrimar unas patatitas a la lumbre, y luego les ofreció pan, que ellos tomaron sin hacerse los melindrosos.

—¿Y qué tal por Madrid? —le dijo el mendigo viejo—. Nosotros, después que _hagamos_ todos estos poblachos, pensamos caer por allá en los días de san Isidro. ¿Cómo se presenta el año? ¿Hay miseria, y siguen tan mal las cosas del comercio?... Me han dicho que cae Sagasta. ¿A quién tenemos ahora de alcalde?

Contestó don Nazario con buen modo que él no sabía nada del comercio, ni de negocios, ni le importaba que mandase Sagasta o no, y que conocía al señor Alcalde casi tanto como al Emperador de Trapisonda. Con esto acabó la tertulia; cenaron los otros en un cazolón, sin convidar al nuevo huésped, asó este sus patatas, y ya no se pensó más que en tumbarse los cuatro, buscando el rincón más abrigado. Al novato le dejaron el peor sitio, casi fuera del amparo de la tejavana; pero nada de esto hacía mella en su espíritu fuerte. Buscó una piedra que le sirviera de almohada, y envolviéndose en su manta lo mejor que pudo, se acostó tan ricamente, contando con la tranquilidad de su conciencia y el cansancio de su cuerpo para dormir bien. A sus pies se hizo un ovillo el perro.

A las altas horas de la noche despertáronle gruñidos del animal, que pronto fue un ladrar estrepitoso, y alzando su cabeza de la durísima almohada, vio Nazarín una figura, hombre o mujer, que esto no pudo determinarlo en el primer momento, y oyó una voz que le decía:

—No se asuste, padre, soy yo; soy Ándara, que, aunque usted no quiera, vine siguiéndole esta tarde.

—¿Qué buscas aquí, loca? Repara que estás molestando a estos... _señores_.

—No, déjeme acabar. El maldito perro se puso a ladrar..., pero yo, tan calladita. Pues vine siguiéndole y le vi entrar aquí... No se enfade... Yo quería obedecerle y no venir; pero las piernas solas me han traído. Es cosa de _sin pensarlo_... Yo no sé lo que me pasa. Tengo que ir con su reverencia hasta el fin del mundo, o si no, que me entierren... Ea, duérmase otra vez, que yo me echo aquí entre esta hierba, para descansar, no para dormir, pues no tengo maldito sueño, ¡mal ajo!

—Vete de aquí, o cállate la boca —le dijo el buen clérigo, volviendo a poner su cabeza dolorida sobre la piedra—. ¡Qué dirán estos señores! ¿Oyes? Ya se quejan del ruido que haces.

En efecto, el de la pierna de palo, que era el más próximo, remuzgaba, y el perro volvió a llamar al orden a la importuna moza. Por fin reinó de nuevo un silencio que habría sido profundo si no lo turbaran los formidables ronquidos de la pareja mayor. Al alba se despertaron todos, incluso don Nazario, que se sorprendió de no ver a Ándara, por lo cual hubo de sospechar que había sido sueño su aparición en mitad de la noche. Charlaron un poco los tres mendigos de plantilla y el aspirante, y pintura tan lastimosa hicieron los ancianos de lo mal que aquel año les iba, que Nazarín tuvo gran lástima, y les cedió todo su capital, o sea la perra chica que le habían fiado los arrieros. A poco de esto entró Ándara en el solar, dándolo explicaciones de su ausencia repentina poco antes de que él despertara. Y fue que como ella no podía dormir en cama tan dura, se despabiló antes de ser de día, y saliéndose a la carretera para reconocer el sitio en que se encontraba, vio que este no era otro que la gran villa de Móstoles, que conocía muy bien por haber ido a ella varias veces desde su pueblo. Añadió que si don Nazario le daba licencia, averiguaría si aún moraban allí dos hermanas, amigas suyas, llamadas la Beatriz y la Fabiana, una de las cuales tuvo trato en Madrid con un matarife, y luego casaron, y él puso taberna en aquel pueblo. No llevó a mal el sacerdote que buscara y reconociera sus amistades, aunque para ello tuviese que ir al fin del mundo y no volver, pues no quería llevar tal mujer consigo. Y una hora después, hallándose el peregrino de palique con un cabrero que le obsequió rumbosamente con sopas de leche, vio venir a su satélite muy afligida, y _velis nolis_, tuvo que escuchar historias que al pronto no despertaban ningún interés. El matarife tabernero se había muerto de resultas de la cogida de un novillo en las fiestas de Móstoles, dejando a su esposa en la miseria, con una niña de tres años. Vivían las dos hermanas en un bodegón ruinoso, próximo a una cuadra, tan faltas de recursos las pobres, que ya se habrían ido a Madrid a buscarse la vida (cosa no difícil aún para Beatriz, joven y de buena estampa), si no tuvieran a la niña muy malita, con un tabardillo _perjuicioso_, que seguramente, antes de veinticuatro horas, la mandaría para el cielo.

—¡Ángel de Dios! —exclamó el asceta cruzando las manos—. ¡Desdichada madre!

—Y yo —prosiguió la correntona—, en cuanto vi aquella miseria que traspasa, y a la madre llorando, y a Beatriz moqueando, y a la niña con la defunción pintada en la cara..., pues me entró una pena..., y luego me dio la corazonada gorda, aquella que es como si la entraña me pegara cuatro gritos, ¿sabe?... ¡Ah!, esta no me falla... Pues me alegré al sentirla, y dije para entre mí: «Voy a contárselo al padre Nazarín, a ver si quiere ir, y ve a la niña y la cura».

—¡Mujer! ¿Qué dices? ¿Soy yo médico?

—Médico no..., pero es otra cosa que vale más que toda la mediquería. Si usted quiere, don Nazario, la niña sanará.

III

—Iré —dijo el árabe manchego, después de oír por tercera vez la súplica de Ándara—, iré, pero solamente por dar a esas pobres mujeres un consuelo de palabras piadosas... Mis facultades no alcanzan a más. La compasión, hija mía, el amor de Cristo y del prójimo no son medicina para el cuerpo. Vamos, sí, enséñame el camino; pero no a curar a la niña, que eso la ciencia puede hacerlo, y si el caso es desesperado, Dios Omnipotente.

—¿A mí me viene usted con esas incumbencias? —replicó la moza con el desgarro que usar solía en su prisión de la calle de las Amazonas—. No se haga su reverencia el chiquito conmigo; que a mí me consta que es santo. Vaya, vaya. ¡A mí con esas...! ¿Y qué trabajo le ha de costar hacer un milagro, si quiere?

—No blasfemes, ignorante, mala cristiana. ¡Milagros yo!

—Pues si usted no los hace, ¿quién?