Nazarín

Part 5

Chapter 54,147 wordsPublic domain

Al cuarto de hora de salir la diabólica mujer de la vivienda de don Nazario, ya era esta un horno, y las llamas se paseaban por el recinto estrecho devorando cuanto encontraban. Acudieron aterrados los vecinos: pero antes de que trajeran los primeros cubos de agua, providencia elemental contra incendios leves, ya por la ventana salía una bocanada de fuego y humo que no dejaba acercarse a ningún cristiano. Corrían los inquilinos de aquí para allá, y subían y bajaban sin saber qué partido tomar; las mujeres chillaban, los hombres maldecían. Hubo un momento en que las llamas parecieron extinguirse o achicarse dentro de la estancia, y algunos se aventuraron a entrar por la escalerilla del portal, y otros derramaron cántaros de agua por la ventana del corredor. Con una buena bomba, bien cebada de agua, habríase cortado el incendio en aquel instante; pero mientras llegaba el socorro de bombas y bomberos, tiempo había para arder toda la casa, y achicharrarse en ella sus habitantes, si no se daban prisa a ponerse en salvo. A la media hora, vieron que salían velloncitos de humo por entre las tejas (el piso era principal y sotabanco, todo en una pieza), y ya no quedó duda de que se había extendido el fuego solapadamente a las vigas altas. ¿Y las bombas? ¡Ay Dios mío! Cuando llegó la primera, ya ardía como zarzal reseco la desvencijada techumbre, y el corredor, y el ala norte del patio. Creyérase que toda aquella construcción era yesca salpimentada de pólvora; el fuego se cebaba en ella famélico y brutal, la devoraba; ardían las maderas apolilladas, el yeso mismo y hasta el ladrillo, pues todo se hallaba podrido y deshecho, con una costra de mugre secular. Ardían con gana, con furor: la combustión era un júbilo del aire, que daba en obsequio de sí mismo función de pirotecnia.

No hay para qué describir el pánico horrible del indigente vecindario. Ante la formidable intensidad y extensión de la quema, debía creerse que pronto el edificio entero ardería por los cuatro costados sin que se salvara ni una astilla. Apagar tal infierno era imposible, ni aunque vomitaran agua sobre él todas las mangas del orbe católico. A las diez y media, nadie pensaba más que en salvar la pelleja, y los pocos trastos que componían el mueblaje de las viviendas míseras. Viéronse, pues, salir de estampía de los corredores al patio, y de este a la calle, hombres, mujeres y chiquillos, y escaparon, también los gitanescos burros, los gatos y perros, y hasta las ratas que, entre el viguetaje y en agujeros de arriba y abajo, tenían sus guaridas.

Y pronto se llenó la calle de catres, cofres, cómodas y trebejos mil, como el aire de un clamor de miseria y desesperación, al cual se unía el fragoroso aventeo de las llamas para formar un conjunto siniestro. Cuidábanse exclusivamente vecinos y auxiliares de salvar trastos y personas, entre las cuales había algunos impedidos, cojos y ciegos. A excepción de uno de estos, que salió con las barbas chamuscadas, el salvamento se verificó sin ningún detrimento en las vidas humanas. Desaparecieron, sí, bastantes aves, más bien que por muerte, por haber variado de dueño en aquellos apuros, y alguno de los asnos fue a parar, de la primera carrera, a la calle de los Estudios. A última hora trabajaron los bomberos para impedir que el incendio saltara a las casas inmediatas, y conseguido esto, aquí paz y después gloria.

No hay para qué decir que la _Chanfaina_, desde que recibió en sus narizotas el tufo de la quemazón, no pensó más que en poner en salvo su ajuar, que con no valer en sí más que para leña, era lo mejor de la casa. Ayudada de los mieleros y de otros huéspedes diligentes, fue sacando _sus cosas_, y puso bazar de ellas en la calle. Sus manos y pies no descansaban un momento, ni tampoco su agresiva lengua, que rociaba de palabras bárbaras y sucias a todo el gentío, y a los bomberos y al fuego mismo. El reflejo de las llamaradas enrojecía su rostro, tanto como el hervor de su condenada sangre.

Y he aquí que cuando ya tuvo todos sus chismes en la calle, menos una parte de la batería de cocina que no pudo salvar, y se ocupaba en custodiarlos y defenderlos de la pillería, se le puso delante el padre Nazarín, tan fresco, Señor, pero tan fresco, como si nada hubiera pasado, y con acento angelical le dijo:

—¿Conque es cierto que nos hemos quedado sin albergue, señora _Chanfa_?

—Sí, pavito de Dios, ¡mala centella nos parta a todos!... ¡Y con qué desahogo lo dice!... Claro, como usted nada tenía que perder, y Dios le ha hecho el favor de consumirle sus miserias, no repara en los pudientes, que tenemos que sacar los trastos a la calle. Pues esta noche dormirá usted al raso, como un caballero. ¿Qué me dice de esta chamusquina espantosa? ¿No sabe que empezó por su casa, como si mismamente hubiera reventado un polvorín?... A mí que no me digan: esto no ha sido natural. Esto ha sido función artificial, sí señor, un fuego que..., vamos..., no quiero decirlo. La suerte es que el amo de la finca se alegrará, porque todo ello no valía dos ochavos, y el seguro algo le ha de pagar, que si no, de esta _catastrofa_ se había de hablar mucho en los papeles, y alguien lo había de sentir, alguno que me callo por no comprometer.

Encogiose de hombros el buen don Nazario, sin mostrar aflicción ni desconsuelo por la pérdida de su menguada propiedad, y terciándose el manteo, se puso a disposición de los vecinos para ayudarles a ordenar los cachivaches, y a moverlos de un lado para otro. Trabajando estuvo hasta muy avanzada la noche, y al fin, rendido y sin fuerzas, aceptó la hospitalidad que le ofreció en la próxima calle de las Maldonadas un sacerdote joven, amigo suyo, que acertó a pasar por el _lugar del siniestro_, y a verle en faenas tan impropias, y así se lo dijo, de un ministro del altar.

Cinco días pasó en la casa y compañía de su amigo, en la placidez ociosa de quien no tiene que cavilar por las materialidades de la existencia; contento en su libre pobreza; aceptando sin violencia lo que le daban, y no pidiendo cosa alguna; sintiendo huir de su vida las necesidades y los apetitos; no deseando nada terrenal ni echando de menos lo que a tantos inquieta; con la ropa puesta por toda propiedad, y un breviario que le regaló su amigo. Hallábase en las puras glorias, con todo aquel descuido del vivir asentado sobre el cimiento de su conciencia pura como el diamante, sin acordarse de su destruido albergue, ni de Ándara ni de Estefanía, ni de cosa alguna que con tal gente y casa se relacionara, cuando una mañanita lo llamaren del juzgado a declarar en causa que se formaba a una mujer de mal vivir, llamada Ana de Ara, y tal y qué sé yo.

«Vamos —se dijo cogiendo manteo y teja, dispuesto a cumplir sin tardanza el mandato judicial—, ya pareció aquello. ¿Qué habrá sido de la tal Ándara? ¿La habrán cogido? Allá voy yo a decir todita la verdad en lo que me atañe, sin meterme en lo que no me consta, ni tiene nada que ver con la hospitalidad que di a esa desgraciada mujer».

Por cierto que su amigo, a quien informó del caso en breves palabras, no puso buena cara cuando le oía, ni dejó de mostrarse un tanto pesimista en la apreciación de la marcha y consecuencias de aquel feo negocio. No por esto entró en recelo Nazarín, y se fue a ver al representante de la justicia, que lo recibió muy fino, y le tomó declaración con todos los miramientos que al estado eclesiástico del declarante correspondían. Incapaz de decir, en asunto grave ni leve, cosa ninguna contraria a la verdad, norma de su conciencia; resuelto a ser veraz no solo por obligación, como cristiano y sacerdote, sino por el inefable gozo que en ello sentía, refirió puntualmente al juez lo sucedido, y a cuantas preguntas se le hicieron dio respuesta categórica, firmando su declaración y quedándose después de ella tan tranquilo. Acerca del crimen de Ándara, hecho en el cual no había intervenido, se expresó con generosa reserva, sin acusar ni defender a nadie, añadiendo que nada sabía del paradero de la mala mujer, la cual debió salir de su escondite la misma noche del incendio.

Retirose del juzgado muy satisfecho, sin reparar, tan abstraído estaba mirando a su conciencia, que el juez no lo había tratado, después de la declaración, tan benévolamente como antes de ella, que lo miraba con lástima, con desdén, con prevención quizás... Poco le habría importado esto, aun habiéndolo advertido. En casa de su amigo, este renovó sus comentarios pesimistas acerca del amparo dado a la bribona, insistiendo en que el vulgo y la curia no verían en don Nazario al hombre abrasado en fuego de caridad, sino al amparador de criminales, por lo cual convenía tomar precauciones contra el escándalo, o ver de sortearlo cuando viniese. Con estas cosas, el dichoso cleriguito no le dejaba vivir en paz. Era hombre entrometido y oficioso, con muchas y buenas relaciones en Madrid, y de una actividad lamentable cuando tomaba de su cuenta un asunto que no le incumbía. Se avistó con el juez, y por la noche tuvo la indecible satisfacción de espetar a don Nazario el siguiente discurso:

—Mire usted, compañero, cuanto más amigos más claros. A usted se le pasea el alma por el cuerpo, y no ve el peligro que se _cierne_ a su alrededor..., se cierne, sí señor. Pues el juez, que es todo un caballero, lo primero que me preguntó fue si usted está loco. Respondile que no sabía... No me atreví a negarlo, pues siendo usted cuerdo, resulta más inexplicable su conducta. ¿En qué demonios pensaba usted al recibir en su domicilio a una pelandusca semejante, a una criminal, a una...? ¡Por Dios, don Nazario! ¿Sabe usted de qué le acusan los que llevaron el cuento al juez? Pues de que usted sostenía relaciones escandalosas, vitandas y deshonestas con esa y otras _ejusdem furfuris_. ¡Qué bochorno, amigo querido! Bien sé que es mentira. ¡Si nos conocemos!... Usted es incapaz... Y si se dejara tentar del demonio de la concupiscencia, lo haría sin duda con _féminas_ de mejor pelaje... ¡Si estamos conformes..., si yo doy de barato que todo es calumnia!... ¿Pero usted sabe la que le viene encima? Fácil es a sus calumniadores deshonrarle; difícil, dificilísimo le será a usted destruir el error; que la maledicencia encuentra calor en todos los corazones, transmisión en todas las bocas, mientras que la justificación nadie la cree, nadie la propaga. El mundo es muy malo, la humanidad inicua, traidora, y no hace más que pedir eternamente que le suelten a Barrabás, y que crucifiquen a Jesús... Y otra cosa tengo que decirle: también quieren complicarle en el incendio.

—¡En el incendio!... ¡Yo! —exclamó don Nazario más sorprendido que aterrado.

—Sí señor, dicen que ese infernal basilisco fue quien prendió fuego a la casa de usted, el cual fuego, por las leyes de la física, se propagó a todo el edificio. Yo bien sé que usted es inocente de este como de los otros desafueros; pero prepárese para que le traigan y le lleven de Herodes a Pilatos, tomándole declaraciones, complicándole en asuntos viles, cuya sola mención pone los pelos de punta.

En efecto, a él, con solo decirlo, parecía que se le erizaba el cabello de terror y vergüenza, mientras que el otro, oyendo tan fatídicos augurios, se mostraba sereno.

—Y finalmente, mi querido Nazario, ya sabe que somos amigos, _ex toto corde_, que le tengo a usted por hombre impecable, por hombre puro, _pulcherrimo viro_. Pero vive usted en pleno limbo, y esto, no solo le perjudica a usted, sino a los amigos con quienes tiene relación tan íntima como es el vivir bajo un mismo techo. No es esto echarle, compañero; pero yo no vivo solo. Mi señora madre, que le aprecia a usted mucho, no tiene tranquilidad desde que se ha enterado de estos trotes judiciales en que anda metido nuestro huésped. Y no crea que ella y yo solos lo sabemos. Anoche se habló latamente de esto en la tertulia de Manolita, la hermana del señor provisor del Obispado. Unas le acusaban, otras le defendían a usted. Pero lo que dice mamá: «Basta que suenen las hablillas, aun siendo injustas, para que no podamos tener a ese bendito en casa...».

VI

—No diga usted más, compañero —replicó don Nazario en el reposado tono que usaba siempre—. De todos modos pensaba yo marcharme de hoy a mañana. No me gusta ser gravoso a los amigos, ni he pensado en abusar de la hidalga hospitalidad que usted y su señora madre, la bonísima doña María de la Concordia, me han dado. Ahora mismo me voy... ¿Qué más tiene usted que decirme? ¿Me pregunta que cuál es mi contestación a las viles calumnias? Pues ya debe usted suponerla, amigo y compañero mío. Contesto que Cristo nos enseñó a padecer, y que la mejor prueba de aplicación de los que aspiran a ser sus discípulos es aceptar con calma y hasta con gozo el sufrimiento que por los varios caminos de la maldad humana nos viniere. No tengo nada más que decir.

Como era de tan fácil arreglo su equipaje, porque todo lo llevaba sobre su mismo cuerpo, a los cinco minutos de oír el discurso, despidiose del cleriguito y de doña María de la Concordia, y se puso en la calle, encaminando sus pasos hacia la de Calatrava, donde tenía unos amigos, que seguramente le darían hospitalidad por pocos días. Eran marido y mujer, ancianos, establecidos allí desde el año 50 con el negocio de alpargatas, cordelería, bagazo de aceitunas, arreos de mulas, tapones de corcho, varas de fresno, y algo de cacharrería. Recibiéronle como él esperaba, y le aposentaron en un cuarto estrecho, en el fondo del patio, arreglándole una regular cama, entre rimeros de albardas, collarines y rollos de sogas... Era gente pobre, y suplía el lujo con la buena voluntad.

En tres semanas largas que allí vivió el angélico Nazarín, ocurrieron sucesos tan desgraciados, y se acumularon sobre su cabeza con tanta rapidez las calamidades, como si Dios quisiera someterle a prueba decisiva. Por de pronto, no había misas para él en ninguna parroquia. En todas se le recibía mal, con desdeñosa lástima, y aunque jamás pronunció palabra inconveniente, hubo de oírlas ásperas y crueles en esta y la otra sacristía. Nadie le daba explicaciones de tal proceder, ni él las pedía tampoco. De todo ello resultó una vida imposible para el pobre curita, pues habiendo concertado con _los Peludos_ (que así se llamaban sus amigos de la calle de Calatrava) abonarles un tanto diario por hospedaje, no podía de ninguna manera satisfacerles. Últimamente renunció a más correrías por iglesias y oratorios, buscando misas, que ya no existían para él, y se encerró en su oscura morada, pasando día y noche en meditaciones y tristezas.

Visitole un día un clérigo viejo, amigo suyo, empleado en la Vicaría, el cual se condolió de su mísera suerte, y por la tarde le llevó una muda de ropa. Díjole el tal que no le convenía en modo alguno achicarse, sino dirigirse resueltamente al provisor, y relatarle con leal franqueza sus cuitas y el motivo de ellas, procurando recobrar el concepto perdido por su indolencia y la maldad de gentecillas infames que no lo querían bien. Añadió que ya estaba extendido el oficio retirándole las licencias, y llamándole a la oficina episcopal para imponerle correctivo, si de sus declaraciones resultaba motivo de corrección. Tantos y tantos golpes abatieron un poco el ánimo valiente de aquel hombre tan apocado en apariencia, y en su interior tan bien robustecido de cristianas virtudes. No volvió a recibir la visita del clérigo anciano, y su residencia oscura se rodeaba de una soledad melancólica, y de un lúgubre quietismo. Pero la tétrica soledad fue el ambiente en que resurgió su grande espíritu con pujantes bríos, decidiéndose a afrontar la situación en que le ponían los hechos humanos, y determinando en su voluntad la querencia de mejor vida, conforme a inveterados anhelos de su alma.

No salía ya de su oscura madriguera sino al amanecer, y se encaminaba por la Puerta de Toledo, ávido de ver y gozar los campos de Dios, de contemplar el cielo, de oír el canto matutino de las graciosas avecillas, de respirar el fresco ambiente y recrear sus ojos en el verdor risueño de árboles y praderas, que por abril y mayo, aun en Madrid, encantan y embelesan la vista. Se alejaba, se alejaba, buscando más campo, más horizonte, y echándose en brazos de la naturaleza, desde cuyo regazo podía ver a Dios a sus anchas. ¡Cuán hermosa la naturaleza, cuán fea la humanidad!... Sus paseos matinales, andando aquí, sentándose allá, lo confirmaron plenamente en la idea de que Dios, hablando a su espíritu, le ordenaba el abandono de todo interés mundano, la adopción de la pobreza, y el romper abiertamente con cuantos artificios constituyen lo que llamamos civilización. Su anhelo de semejante vida era de tal modo irresistible que no podía vencerlo más. Vivir en la naturaleza, lejos de las ciudades opulentas y corrompidas, ¡qué encanto! Solo así creía obedecer el mandato divino que en su alma se manifestaba continuamente; solo así llegaría a toda la purificación posible dentro de lo humano, y a realizar los bienes eternos, y a practicar la caridad en la forma que ambicionaba con tanto ardor.

De vuelta a su casa, ya entrado el día, ¡qué tristeza, qué hastío, y cómo se le desvirtuaba su idea con las contingencias de la realidad! Porque él, de buen grado, renunciando a todas las ventajas materiales de su profesión eclesiástica, dejaría de ser gravoso a los infelices y honrados _Peludos_, y ya por la limosna, ya por el trabajo, se buscaría su pan. ¿Pero cómo intentar ni el trabajo ni la mendicidad con aquellas ropas de cura, que lo denunciarían por loco o malvado? De esta idea le vino la aversión del traje, de las horribles e incómodas ropas negras, que habría cambiado gustoso por un hábito del más grosero tejido. Y un día, encontrándose con su calzado lleno de roturas, y sin recursos para mandar que se lo remendaran, imaginó que la mejor y más barata compostura de botas era no usarlas. Decidido a ensayar el sistema, se pasó todo el día descalzo, andando por el patio sobre guijarros y humedades, porque llovió abundantemente. Satisfecho quedó; pero considerando que a la descalcez, como a todo, hay que acostumbrarse, hizo propósito de darse la misma lección un día y otro, hasta llegar a la completa invención del calzado permanente, que era uno de sus ideales de vida, en el orden positivo.

Una mañana que salió, poco después del alba, a su excursión por las afueras de la Puerta de Toledo, habiéndose sentado a descansar como a un kilómetro más allá del puente, caminito de los Carabancheles, vio que hacia él se llegaba un hombre muy malcarado, flaco de cuerpo, cetrino de rostro, condecorado con más de una cicatriz, vestido pobremente, y con todas las trazas de matutero, chalán o cosa tal. Y respetuosamente, así como suena, con un respeto que Nazarín ni como hombre ni como sacerdote acostumbraba ver en los que a su persona se dirigían, aquel desagradable sujeto le endilgó lo siguiente:

—Señor, ¿usted no me conoce?

—No señor..., no tengo el gusto...

—Yo soy el que llaman Paco Pardo, el hijo de la _Canóniga_, ¿sabe?

—Muy señor mío...

—Y vivimos en aquella casa, que se ve más acá del propio cementerio... Pues allí está la Ándara. Le hemos visto a su reverencia varias mañanas sentadico en esta piedra, y Ándara dijo, dice, que le da vergüenza de venir a hablarle... Pues hoy me _ensalzó_ a que viniera yo... con respeto, y vea cómo vengo y... con respeto le digo que dice Ándara que le lavará a usted toda la ropa que tenga..., porque si no es por su reverencia estaría en el convento de monjas de la calle de Quiñones, alias la _Galera_... Y más le digo... con respeto. Que como mi hermana trae de Madrid basuras y desperdicios, y otras cosas _sustanciales_, con lo que criamos cerdos y gallinas, y de ello vivimos todos, es el caso que hace dos días..., digo mal, tres, trajo una teja de cura eclesiástico, que le dieron en una casa... La cual, es a saber, la teja, aunque de procedencia de un difunto, está más nueva que el sol, y Ándara dijo que si usted la quería usar, no tenga _escrófulo_, y se la llevaré a donde me mande... con respeto...

—Inocentes, ¿qué decís? ¿Teja? ¿Para qué quiero yo tejas ni tejados? —replicó el clérigo con energía—. Guardaos la prenda para quien la quiera, o usadla para algún espantajo, si tenéis allí, como parece, sembrado de hortaliza, guisantes, o cosa que queráis defender de los pajarillos..., y basta. Muchas gracias. A más ver... ¡Ah!, y lo de lavarme la ropa, se estima —esto lo decía ya retirándose—; pero no tengo ropa que lavar, a Dios gracias..., pues la muda que me quité cuando me dieron la que llevo puesta..., ¿te enteras?, la lavé yo mismo en un charco del patio, y créete que quedó que ni pintada. Yo mismo la tendí de unas sogas, pues allí de todo se carece menos de sogas... Conque..., adiós...

Y de vuelta a su casa, empleó todo el día en el ejercicio de andar descalzo, que a la quinta o sexta lección le daba ya desembarazo y alegría. Por la noche, cenando unas acelgas fritas y un poco de pan y queso, habló con sus buenos amigos y protectores de la imposibilidad de pagar su cuenta, como no le designaran alguna ocupación u oficio en que pudiera ganar algo, aunque fuese de los más bajos y miserables. Escandalizose el _Peludo_ de oírle tal despropósito.

—¡Un señor eclesiástico! ¡Dios nos libre!... ¡Qué diría la _sociedaz_, qué el santo cleriguicio!...

La señora _Peluda_ no tomó por lo sentimental los planes de su huésped, y como mujer práctica, manifestó que el trabajo no deshonra a nadie, pues el mismo Dios _trabajó_ para fabricar el mundo, y que ella sabía que en la Estación de las Pulgas daban cinco reales a todo el que fuera al acarreo de carbón. Si el curita manso quería ahorcar los hábitos para ganarse honradamente una santa peseta, ella le procuraría una _casa_ donde pagaban con largueza el lavado de tripas de carnero. Uno y otro, plenamente convencidos ya de la miseria que abrumaba al desdichado sacerdote, y viendo en él un alma de Dios incapaz de ganarse el sustento, dijéronle que no se afanase por el pago de la corta deuda, pues ellos, como gente muy cristiana y con su poquito de santidad en el cuerpo, le hacían donación del _comestible_ devengado. Donde comían dos, comían tres, y gatos y perros había en la vecindad que hacían más _consumo_ que el padre Nazarín... _Lo cual_ que no debía tener recelo por _quedar a deberles_ tal porquería, pues todo se perdonaba, por amor de Dios, o por aquello de no saber nunca _a la que estamos_, y que el que hoy da, mañana tiene que pedirlo.

Manifestoles su agradecimiento don Nazario, añadiendo que aquella era la última noche que tendrían en la casa el estorbo de su inútil persona, a lo que contestaron ambos disuadiéndole de salir a correr aventuras, él con verdadera sinceridad y calor, ella con medias palabras, sin duda porque deseaba verle marchar con viento fresco.

—No, no. Es resolución muy pensada, y no podrán ustedes, con toda su bondad, que tanto estimo, disuadirme de ella —les dijo el clérigo—. Y ahora, amigo _Peludo_, ¿tiene usted un capote viejo, inservible, y quiere dármelo?

—¿Un capote...?

—Esa prenda que no es más que un gran pedazo de tela gorda, con un agujero en el centro, por donde se mete la cabeza.

—¿Una manta? Sí que la tengo.

—Pues si no la necesita, le agradeceré que me la ceda. Por cierto que no creo exista prenda más cómoda, ni que al propio tiempo dé más abrigo y desembarazo... ¿Y tiene una gorra de pelo?

—Monteras nuevas verá en la tienda.

—No, la quiero vieja.

—También las hay usadas, hombre —indicó la _Peluda_—. Acuérdate: la que puesta traías cuando viniste de tu tierra, a casarte conmigo. Pues de ello no hace más que cuarenta y cinco años.

—Esa montera quiero yo, la vieja.

—Pues será para usted... Pero le vendrá mejor estotra de pelo de conejo que yo usaba cuando iba de zaguero a Trujillo...

—Venga.

—¿Quiere usted una faja?

—También me sirve.

—¿Y este chalequito de Bayona, que se podría poner en un escaparate si no tuviera los codos agujerados?

—Es mío.