Nazarín

Part 4

Chapter 44,225 wordsPublic domain

—Pues escoge entre la opinión del señor de _Bálsamo_ y la mía.

—No, no, padrito... Usted sabe más... ¡Qué cosas tiene! ¡Cómo se va a comparar...! Si ese de que le hablo es un perdido, más malo que la sarna. Vive con una que la llamamos la _Camella_, alta y zancuda, mucho hueso. Le viene este nombre de que antes, cuando pintaba algo, le decían _la dama de las Camelias_.

—No quiero saber nada de _camellas_ ni _camelias_, ¿entiendes? Aleja de tu mente la idea de todo ese personal inmundo, y piensa en sanar tu alma, que no es floja tarea. Ahora procura conciliar el sueño; y yo aquí, en esta banqueta, apoyadito en la pared, espero el día, que ya no ha de tardar en enviarnos sus primeros resplandores.

Durmiéranse o no, ello es que ambos callaron, y silenciosos permanecían cuando penetraban por las rendijas de la ventana y de la clavada puerta los primeros flechazos de la luz matutina. Aún tardaron un ratito en iluminar toda aquella pobreza, y en diseñar los contornos de los objetos, poniendo a cada uno su natural color. Ándara se durmió profundamente al amanecer, y cuando despertó, bien entrado el día, encontrose sola. Como notara ruido en la casa, entrar y salir de gente en el patio, el barullo de los huéspedes, la voz tormentosa de la _Chanfaina_ en la cocina, tuvo miedo. Aunque bien pudieran ser aquellos rumores el movimiento común y ordinario de la casa, la infeliz no las tenía todas consigo, y en su zozobra hizo propósito firme de permanecer _achantadita_ en el flaco jergón, cuidando de no hacer ruido, de no moverse, ni toser, ni respirar más que lo preciso para no ahogarse, a fin de que ningún descuido suyo delatara su presencia en la casa del sacerdote.

Más que el miedo para desvelarla, podía la extenuación para adormecerla, y segunda vez cayó en un letargo pesadísimo, del cual la sacó Nazarín, sacudiéndole la cabeza, para ofrecerle vino. ¡Ay, con qué ansia lo tomó, y qué bien le supo! Después le aplicó a las heridas el mismo medicamento que empleara para uso interno, y tanta fe en esta terapéutica tenía la mujerona, sin duda por haber presenciado ejemplos mil de su eficacia, que solo con aquella fe, a falta de otra, se mejoró la condenada. La conciencia de su desamparo ante el peligro le inspiraba mil precauciones ingeniosas, entre ellas el no hablar con don Nazario más que por señas, para que ninguna voz suya llegase a los oídos de la refistolera vecindad. Con visajes y garatusas se dijeron todo cuanto tenían que decirse, y por cierto que pasó Ándara grandes apuros para indicarle con tan imperfecto lenguaje algunas cosas pertinentes al puchero que el buen curita pensaba poner. No hubo más remedio que emplear la palabra, reduciéndola a un susurro apenas perceptible; al fin se entendieron, Nazarín adquirió preciosas nociones de arte culinario, y la enferma tomó un caldo, que no sería ciertamente de mucha sustancia, mas para ella bueno estaba; y con unas sopas que comió después se fue reponiendo y entrando en caja. Cumplidos estos deberes de hospitalidad caritativa, Nazarín salió, dejando la casa cerrada, y a la moza herida sin más compañía que la de sus alborotados pensamientos, y la de algún ratón que, a la husma de las migas de pan, andaba por debajo de la cama.

III

Todo el resto del día estuvo sola la buena pieza, pues el padrito no se daba prisa por volver a su domicilio. Recelos y desconfianzas de criminal acometieron, por la tarde, a la malaventurada mujer. «¡Si me denunciará este buen señor! —se decía, no pudiendo pensar más que en la anhelada impunidad—. No sé, no sé..., porque unos le tienen por santo, y otros por un pillete muy largo, pero muy largo... No sabe una a qué carta quedarse... ¡Contro! ¡Mal ajo! Pero no, no creo que me denuncie... El cuento es que si me descubren y le preguntan si estoy aquí, contestará que sí, porque él no miente ni aun por salvar a una persona. ¡Vaya con la santidad! Si es cierto que hay infiernos con mucha lumbre y tizonazos, allá debían ir los que dicen verdades que a un pobre le cuestan la vida, o le zampan en la cárcel».

Por la tarde pasó un rato de horrible pavura oyendo la voz de la _Chanfa_ junto a la ventana. Hablaba con otra mujer que, por el habla gargajosa y carraspeante, parecía la _Camella_. ¡Y la _Camella_ era tan mala, tan amiga de meter en todo las narices, y llevar y traer cuentos! Después que picotearon bien, Estefanía llamó con los nudillos en el cristal; pero como el padre no estaba allí para responderle, se fueron las muy indinas. Otras personas, y algunos chicuelos de la vecindad, llamaron también en el curso del día, cosa muy natural y que no debía ser motivo de alarma, porque la pobretería de aquellos lugares visitaba con frecuencia al que era amigo y consuelo de los pobres. Al anochecer, ya no podía la mujerzuela con su congoja y susto, y anhelaba que volviese el clérigo, para saber si podía contar o no con el sigilo en aquella oscura reclusión. Los minutos se le hicieron horas; al fin, cuando le vio entrar, ya cerca de anochecido, a punto estuvo de reñirle por su tardanza, y si no lo hizo fue porque el gozo de verle le quitó el enfado.

—Yo no tengo que darte a ti cuenta de dónde voy ni de dónde vengo, ni en qué empleo mis horas —le dijo Nazarín, contestando a las primeras preguntas impertinentes y oficiosas de la que bien podía llamarse su protegida—. ¿Y qué tal? ¿Vamos bien? ¿Te duele menos la herida? ¿Vas tomando fuerzas?

—Sí, hombre, sí... Pero el _canguelo_ no me deja vivir... A cada instante me parece que entran para cogerme y llevarme a la cárcel. ¿Estaré segura? Dígamelo con verdad, a lo hombre, más que a lo santo.

—Ya sabes —repuso el sacerdote, desembarazándose del manteo y la teja—, yo no te denuncio... Procura tú no hacer aquí nada por donde te descubran..., y chitón, que anda gente por el corredor.

En efecto, llamó otra vez Estefanía, y abierta la ventana por Nazarín, hablaron un ratito.

—Vaya que está hoy mi beato muy paseante en Corte —decía la amazona—. ¿Qué pasa? ¿Ha ido a bailarle el agua al obispo, como le aconsejé? Como no adule, no le darán nada. ¿Y qué? ¿Hubo misa hoy? Bueno. Así, aplicarse, ir a las parroquias con cara de poca vergüenza, darse pisto... Verá cómo caen misas. Oiga, padrito, yo siento..., me parece que sale por esta ventana un olor..., así como de esa perfumería condenada que gastan las mujeronas... ¿Pero usted no huele? ¡Si es un tufo que tira para atrás!... Claro, no es novedad. Como entran a verle a usted personas de todas castas, y usted no distingue, ni sabe a quién socorre...

—Eso será —replicó Nazarín sin inmutarse—. Entra aquí mucha y diversa gente. Unos huelen y otros no.

—Y también me da olor a vinazo... ¿Se nos estará su reverencia echando a perder?... Porque el de la misa no será.

—Lo del otro olor —dijo el clérigo con suprema sinceridad—, no lo niego. Aroma o pestilencia, ello es que existe en mi casa. Yo lo siento, y lo sentirá todo el que tenga olfato. Pero olor a vino no lo noto, francamente, no noto nada, y esto no es decir que no lo haya habido en casa hoy... Pudo haberlo; mas no huele, señora, no huele.

—Pues yo digo que trasciende... Pero no hay que disputar, porque no tendrán la misma _trascendencia_ sus narices y las mías.

Ofreciole después comida la señora _Chanfa_, y él rehusó, limitándose a recibir, tras repetidas instancias, un bollo de canela, y dos chorizos de Salamanca. Con esto se acabó la conversación, y el horroroso susto de la reclusa.

—Ya me barrunté yo —decía inconsolable, al sentir que se alejaba la amazona— que esta _perfumación_ indecente de mi ropa me iba a denunciar. La quemaría toda, si pudiera salir de aquí en camisa. Lo que menos pensaba yo echándome esos olores, era que me habían de traer tal perjuicio. Y es buena esencia, ¿verdad, padrito? ¿No le gusta a usted olerla?

—A mí no. Solo me agrada el olor de las flores.

—A mí también. Pero van caras, y no puede una tenerlas más que de vista, en los jardines. Pues, hace tiempo, tenía yo un amigo que me llevaba muchas flores, de las mejores; solo que estaban algo sucias.

—¿De qué?

—De la porquería de las calles. Este amigo mío era barrendero, de los que recogen las basuras todas las mañanas. Y a veces, por Carnaval o en tiempo de baile, barría en la puerta de los teatros y casas grandes, y con la escoba recogía muchas _camellas_.

—Camelias, se dice.

—Camelias, y hasta rosas. Lo ponía todo en un papel con mucho cuidadito, y me lo llevaba.

—¡Qué fino!... ¿Dejarás al fin de pensar tonterías, y mirarás a lo importante, a la purificación de tu alma?

—Todo lo que usted quiera, aunque me parece que de esta no expiro. Yo tengo siete vidas como los gatos. Dos veces estuve en el _espital_ con la sábana por la cara, creyendo todos que me iba, y volví, y me curé.

—No hay que fiar, señora mía, de la feliz circunstancia de haber encapado una y otra vez. En toda ocasión la muerte es nuestra inseparable compañera y amiga. En nosotros mismos la llevamos desde el nacer, y los achaques, las miserias, la debilidad, y el continuo sufrir son las caricias que nos hace dentro de nuestro ser. Y no sé por qué ha de aterrarnos la imagen de ella cuando la vemos fuera de nosotros, pues esa imagen en nosotros está de continuo. De seguro que tú te espantas cuando ves una calavera, y más si ves un esqueleto...

—¡Ay, sí, qué miedo!

—Pues la calavera que tanto te asusta, ahí la llevas tú: es tu cabeza...

—Pero no será tan fea como las de los cementerios.

—Lo mismo; solo que está vestida de la carne.

—¿De modo, padrito, que yo soy mi calavera? ¿Y el esqueleto mío es todos estos huesos, armados como los que vi yo una vez en el teatro, en la función de los fantoches? ¿Y cuando yo bailo, baila mi esqueleto? ¿Y cuando duermo, duerme mi esqueleto? ¡Mal ajo! ¿Y al morirme, cogen mi esqueletito salado y lo tiran a la tierra?

—Exactamente, como cosa que ya no sirve para nada.

—Y cuando se muere una, ¿signe una sabiendo que se ha muerto, y acordándose de que vivía? ¿Y en qué parte del cuerpo tiene una el alma? ¿En la cabeza o en el pecho? Cuando una se pelea con otra, digo yo, el alma se sale a la boca y a las manos.

Contestole Nazarín, sobre esto del alma, en la forma más elemental y comprensible para tan ruda inteligencia, y siguieron departiendo en voz baja, a prima noche, después de cenar algo, sin cuidarse de la vecindad que, por fortuna, de ellos tampoco se cuidaba. Ándara, por causa sin duda de la forzada quietud que le excitaba la imaginación, todo quería saberlo, demostrando una curiosidad hasta cierto punto científica, que el buen eclesiástico satisfacía en unos casos y en otros. Anhelaba saber cómo es esto de _nacer una_, y cómo salen los pollos de un huevo igualitos al gallo y a la gallina..., en qué consiste que el número trece es muy malo, y por qué causa trae buena sombra el recoger una herradura en mitad de un camino... Cosa inexplicable era para ella la salida del sol todos los días, y que las horas fueran siempre iguales, y el tamaño de los días de un año, en cada estación, igual a los días de los otros años... ¿Dónde se metían los ángeles de la guardia cuando _una es niña_, y qué razón hay para que las golondrinas se larguen en invierno y vuelvan en verano, y acierten con el mismo nido?... También es muy raro que el número dos traiga siempre buena suerte, y que la traiga mala el tener dos velas encendidas en las habitaciones... ¿Por qué tienen tanto talento los ratones, siendo tan chicos, y a un toro, que es tan grande, se le engaña con un pedazo de trapo?... Y las pulgas y otros bichos pequeños, ¿tienen su alma a su modo?... ¿Por qué la luna crece y mengua, y qué razón hay para que cuando _una_ va por la calle y encuentra a una persona parecida a otra, al poco rato encuentre a la otra?... También es cosa muy rara que el corazón le diga a _una_ lo que va a pasar, y que cuando las mujeres embarazadas tienen antojo de una cosa, verbigracia, de berenjenas, salga luego el crío con una berenjena en la nariz. Tampoco entendía ella por qué las almas del purgatorio salen cuando se les da a los curas unas perras para responsos, y por qué el jabón quita la porquería, y por qué el martes es día tan malo que no se puede hacer nada en él.

Fácilmente contestaba Nazarín a no pocas de sus dudas, pero otras no se las podía satisfacer, y las proposiciones que pertenecían al orden de la superstición estúpida, se las negaba rotundamente, exhortándole a echar de su mente ideas tan desatinadas. Con esto pasaron la velada, y una noche tranquila y sin ningún accidente permitió a la enferma reparar sus fuerzas. De este modo transcurrieron tres días, cuatro; Ándara restableciéndose rápidamente de sus heridas y cobrando fuerzas, el buen don Nazario saliendo todas las mañanas a decir su misita, y regresando tarde a casa, sin que ningún suceso alterase esta monotonía, ni se descubriera el escondite de la mala mujer. Aunque esta se creía segura, no se descuidaba en sus minuciosas precauciones para que no llegara al exterior de la casa rumor ni indicio alguno de su presencia. A los tres días, abandonó el ocioso jergón; mas no se atrevía a salir de la alcoba, y como sintiera voces, contenía temblando la respiración. Pero no quiso la voluble suerte favorecerla más tiempo, y al quinto día fueron inútiles ya todas las cautelas, y la infame se vio en peligro inminente de caer en poder de la justicia.

Al anochecer, se llegó la Estefanía a la ventana, y llamando al padrito, que acababa de entrar, le dijo:

—Eh, so babieca, que ya no valen pamplinas, que ya se sabe todo, y quién es la mala rata que esconde usted en su madriguera. Ábrame la puerta por allá, que quiero entrar y hablarle, sin que se enteren los vecinos.

IV

Ándara, que tal oyera, se quedó más blanca que la pared, lo cual en verdad no era extremada blancura, y ya se consideró en la Galera, con grillos en los pies y esposas en las manos. Daba diente con diente cuando sintió entrar a la _Chanfaina_, que se metió de rondón en la alcoba diciendo:

—Se acabaron las pamemas. Mira, tú, trasto, desde el primer día entendí que estabas aquí. Te saqué por el olor. Pero no quise decir nada, no por ti, sino por no comprometer al padrico, que se mete en estos fregados con buena intención y toda su sosería de ángel. Y ahora, sepan los dos que si no hacen lo que voy a decirles, están perdidos.

—¿Se murió la _Tiñosa_? —le preguntó Ándara, aguijoneada por la curiosidad, más poderosa en aquel instante que el miedo.

—No se ha muerto. En el _espital_ la tienes de _interfezta_, y según dicen, no comerá la tierra por esta vez. Pues si se muriera, tú no te escapabas de ponerte el corbatín. Conque... ya sales de aquí _espirando_. Vete a donde quieras, que de esta noche no pasa que venga aquí el excelentísimo Juzgado.

—¿Pero quién...?

—¡Ay qué tonta! ¡La _Camella_ tiene un olfato...! La otra noche vino a esta ventana, y pegaba las narices al quicio como los perros ratoneros cuando rastrean el ratón. _Golía, golía_, y sus resoplidos se oían desde el portal. Pues ella y otras te han descubierto, y ya no hay escape. Lárgate pronto de aquí, y escóndete donde puedas.

—Ahora mismo —dijo Ándara, envolviéndose en su mantón.

—No, no —agregó la _Chanfa_, quitándoselo—. Voy a darte uno mío, el más viejo, para que te disfraces mejor. Y también te daré una bata vieja. Aquí dejas toda la ropa manchada de sangre, que yo la esconderé... Y que _coste_ que esto no lo hago por ti, feróstica, sino por el padruco, que está en el compromiso de que le tengan o no le tengan por un peine como tú. Que la justicia es muy perra, y en todo ha de meter el hocico. Ahora, este _serófico_ tiene que hacer lo que yo le diga, si no, le empapelan también, y que vengan los angelitos a librarle de ir a la cárcel.

—¿Qué tengo yo que hacer?, sepámoslo —preguntó el sacerdote, que si al principio parecía sereno, luego se le vio un tanto pensativo.

—Pues usted negar, negar y negar siempre. Esta pájara se va de aquí, y se esconde donde puede. Se quita todo, _solutamente_ todo el rastro de ella: yo limpiaré la salita, lavaré los baldosines, y usted, señor Nazarillo de mis pecados, cuando vengan los de la justicia, dice a todo que no, y que aquí no ha estado ella, y que es mentira. Y que lo prueben, ¡contro!, que lo prueben.

El curita callaba; mas la diabólica Ándara apoyó con calor las enérgicas razones de Estefanía.

—Es una gaita —prosiguió esta— que no se pueda quitar el condenado olor... ¿Pero cómo lo quitamos...? ¡Ah, mala sangre, hija de la gran loba, pelleja maldita! ¿Por qué en vez de traerte acá este _pachulí_ que trasciende a demonios, no te trajiste toda la perfumería de los estercoleros de Madrid, grandísima puerca?

Acordada la _najencia_ de Ándara, la hombruna patrona, que era toda actividad en los momentos de apuro, trajo sin tardanza las ropas que la criminal debía ponerse en sustitución de las ensangrentadas, para favorecer con algún disfraz su escapatoria en busca de mejor escondite.

—¿Vendrán pronto? —preguntó a la _Chanfa_, con resolución de acelerar su partida.

—Aún tenemos tiempo de arreglar esto —replicó la otra—, porque ahora van con la denuncia, y lo menos hasta las diez o diez y media no llegarán aquí los _caifases_. Me lo ha dicho Blas Portela, que está al tanto de todos estos líos de justicia, y sabe cuándo les pica una pulga a los señores de las Salesas. Tenemos tiempo de lavar y de quitar hasta el último rastro de esta sinvergonzona... Y usted, señor _san Cándido_, ahora no sirve aquí más que de estorbo. Váyase a dar un paseo.

—No, si yo tengo que salir a un asunto —dijo don Nazario poniéndose la teja—. Me ha citado el señor Rubín, el de San Cayetano, después de la novena.

—Pues aire... Traeremos un cubo de agua... Y tú, mira bien por todos lados, no se te quede aquí una liga, o botón, una peina del pelo, u otra cualisquiera inmundicia de tu persona, cintajo, cigarrillo... No es mal compromiso el que le cae a este bendito por tu causa... Ea, rico, don Nazarín, a la calle. Nosotras arreglaremos esto.

Fuese el clérigo, y las dos mujeronas se quedaron trajinando.

—Busca bien, revuelve todo el jergón, a ver si dejas algo —decía la _Chanfa_.

Y la otra:

—Mira, Estefa, yo tengo la culpa, yo soy la causante..., y pues el padrico me amparó, no quiero yo que por mí, y por este arrastrado perfume, le digan el día de mañana que si tal o cual... Pues yo la hice, yo trabajaré aquí hasta que no quede la menor _trascendencia_ del olor que gasto... Y ya que tenemos tiempo..., ¿dices que a las diez?..., vete a tus quehaceres, y déjame sola. Verás cómo lo pongo todo como la plata...

—Bueno, yo tengo que dar de cenar a los mieleros y a los cuatro tíos esos de Villaviciosa... Te traeré el agua, y tú...

—No te molestes, mujer. ¿Pues no puedo yo misma traer el agua de la fuente de la esquina? Aquí hay un cubo. Me echo mi mantón por la cabeza y ¿quién me va a conocer?

—Ello es verdad: vete tú, y yo a mi cocina. Volveré dentro de media hora. La llave de la casa está en la puerta.

—Para nada la quiero. Quédese donde está. Yo voy y traigo el agua de Dios en menos que canta un gallo... Y otra cosa: ahora que me acuerdo..., dame una peseta.

—¿Para qué la quieres, arrastrada?

—¿La tienes o no? Dámela, préstamela, que ya sabes que cumplo. La quiero para echar un trago, y comprarme una cajetilla. ¿Miento yo alguna vez?

—Alguna vez no; siempre. Vaya, toma la jeringada peseta, y no se hable más. Ya sabes lo que tienes que hacer. Al avío. Me voy. Espérame aquí.

Salió la terrible amazona, y tras ella, con dos minutos de diferencia, la otra tarasca, después de juntar con su peseta la que le diera su amiga, y de coger en la cocina una botella, y una zafra no muy grande. La calle estaba oscura como boca de lobo. Desapareció en las tinieblas, y cruzando a la calle de Santa Ana, al poco rato volvió con los mismos cacharros agazapados entre los pliegues de su mantón. Con presteza de ardilla subió la angosta escalera y se metió en la casa.

En poquísimo tiempo, que seguramente no pasaría de siete u ocho minutos, entró Ándara en un cuartucho próximo a la cocina, sacó un montón de paja de maíz de un colchón deshecho, lo llevó todo a la alcoba, envuelto en la misma tela del jergón, y extendiolo debajo de la cama, derramando encima todo el petróleo que había traído en la botella y en la zafrilla. Aún le parecía poco, y rasgando de arriba abajo con un cuchillo el otro colchón, también de maíz, en cuyas blanduras había dormido algunas noches, acumuló paja sobre paja; y para mayor seguridad, puso encima la tela de ambos colchones, y cuanto trapo encontró a mano, y sobre la cama la banqueta, y hasta el sofá de Vitoria. Formada la pira, sacó su caja de mixtos, y ¡zas!... Como la pura pólvora, ¡contro! Abierta la ventana, para que entrara la onda de aire, esperó un instante contemplando su obra, y no se puso en salvo hasta que el espeso humo que del montón de combustible salía le impidió respirar. Tras de la puerta, en el peldaño más alto de la escalerilla, observó un rato cómo crecía con furor la llama, cómo bufaba el aire entre ella, cómo se llenaba de humazo negro la vivienda del buen Nazarín, y bajó escapada y escabullose por el portal más pronta que la vista, diciendo para su mantón: «¡Que busquen ahora el olor..., mal ajo!»

Por el cerrillo del Rastro bajó a la calle del Carnero, después a la del Mira el Río, y parose allí mirando al sitio donde, a su parecer, entre los tejados, caía el mesón de la _Chanfaina_. No tenía sosiego hasta no ver la columna de humo, que anunciarle debía el éxito de su ensayo de fumigación. Si no subía pronto el humo, señal era de que los vecinos sofocaban el fuego... Pero no: ¡cualquiera apagaba aquel infiernito que armara ella en menos de un credo! Intranquila estuvo como unos diez minutos, mirando para el cielo, y pensando que si la lumbre no prendía bien, su hazaña, lejos de ser salvadora y decisiva, la comprometía más. Por todo pasaba, aun por ir ella a pudrirse en la Galera; pero no consentía que acusaran al divino Nazarín de cosas falsas, verbigracia, de que tuvo o no tuvo que ver con una mujer mala... Por fin, ¡bendito Dios!, vio salir por encima de los tejados una columna de humo negro, más negro que el alma de Judas, y a los cielos subía retorciéndose con tremendas espirales, y creeríase que la humareda hablaba, y que decía al par de ella: «¡Que descubran ahora el olor!... ¡Que aplique la _Camella_ sus narices de perra pachona!... Anda, ¿no queríais tufo, señores Caifases de la _incuria_?... Pues ya no huele más que a cuerno quemado..., ¡contro!, y el guapo que ahora quiera descubrir el olor..., que meta las uñas en el rescoldo..., y verá... que le _ajuma_».

Alejose más, y desde lo bajo de la Arganzuela vio llamas. Todo el grupo de tejados aparecía con una cresta de claridad rojiza, que la tarasca contempló con salvaje orgullo. «Puede una ser una birria, pero tiene conciencia, y por conciencia no quiere una que al bueno le digan que es malo, y se lo prueben con un olor de peineta, con una _jediondez_ de la ropa que una se pone... No..., la conciencia es lo primero. ¡Arda Troya!... Estate tranquilo, Nazarín, que si pierdes tu casa, poco pierdes, y otra ratonera no te ha de faltar».

El incendio tomaba formidables proporciones. Vio Ándara que hacia allá corría presurosa la gente, oyó campanas. Pudo llegar a creer, en el desvarío de su imaginación, que las tocaba ella misma. Tan, tarán, tan...

—¡Qué burra es esa _Chanfaina_! ¡Creer que lavando se quita el aire malo! No, ¡contro!, eso no va con agua, como el otro que dijo... ¡El aire malo se lava con fuego, sí, ¡mal ajo!, con fuego!

V