Part 3
—Es un santo..., créanme, caballeros, es un santo. Pero como a mí me cargan los santos..., ¡ay, no les puedo ver!..., yo le daría de morradas al padre Nazarín, si no fuera por el aquel de que es clérigo, con perdón... ¿Para qué sirve un santo? Para nada de Dios. Porque en otros tiempos, _paice_ que hacían milagros, y con el milagro daban de comer, convirtiendo las piedras en peces, o resucitaban los cadáveres difuntos, y sacaban los demonios humanos del cuerpo. Pero ahora, en estos tiempos de tanta sabiduría, con eso del _teleforo_ o _teléforo_, y los _ferros-carriles_ y tanto infundio de cosas que van y vienen por el mundo, ¿para qué sirve un santo más que para divertir a los chiquillos de las calles?... Este cuitado que ustedes han visto, tiene el corazón de paloma, la conciencia limpia y blanca como la nieve, la boca de ángel, pues jamás se le oyó expresión fea, y todo él está como cuando nació, quiere decirse que le enterrarán con palma..., eso ténganlo por cierto... Por más que le escarben no encontrarán en él ningún pecado mayor ni menor, como no sea el pecado de dar todo lo que tiene... Yo le trato como a una criatura, y le riño todo lo que me da la gana. ¿Enfadarse él? Nunca. Si ustedes le dan un palo, es un suponer, lo agradece... Es así... Y si ustedes le dicen perro judío, se sonríe como si le echaran flores... Y mis noticias son que el cleriguicio de San Cayetano le trae entre ojos, por ser así, tan dejado, y no le dan misas sino cuando las hay de sobra... De forma y manera que lo que él gane con el _sacerdocio_ me lo claven a mí en la frente. Yo, como tengo este genio, le digo: «Padrito Nazarín, métase en otro oficio, aunque sea para traer y llevar muertos en la _funebridad_...», y él se ríe... También le digo que para maestro de escuela está cortado, por aquello de la paciencia y el no comer..., y él se ríe... Porque eso sí..., hombre de mejor boca no se hallaría ni buscándolo con un candil. Lo mismo le come a usted un pedazo de pan tierno, que medio cuarterón de bofes. Si le da usted cordilla, se la come, y a un troncho de berza no le hace ascos. ¡Ay, si en vez de santo fuera hombre, la mujer que tuviera que mantenerle ya podría dar gracias a Dios!...
Tuvimos que cortar la retahíla de la _tía Chanfa_, que no llevaba trazas de acabar en seis horas. Y bajamos a echar un párrafo con el gitano viejo, quien adivinando lo que queríamos preguntarle, se apresuró a ilustrarnos con su autorizada opinión.
—Señores —nos dijo, sombrero en mano—, Dios les guarde. Y si no es curiosidad, ¿se pué sabé si le dieron guita a ese venturao de don Najarillo? Porque más valiera que lo diesen a mujotros, que así nos ahorrábamos el trabajo de subir a pedírselo, o se quitaban de que lo diera a malas manos... Que muchos hay, ¿ustés me entienden?, que le sonsacan la caridad, y le quitan hasta el aire santísimo, antes de que lo dé a quien se lo merece... Eso sí, como bueno lo es, mejorando lo que me escucha. Y yo le tengo por el príncipe de los serafines coronados, ¡válgame la santísima cresta del gallo de la Pasión!... Y con él me confesaría antes que con Su Majestad el Papa de Dios... Porque bien vemos cómo se le cae la baba del ángel que tiene en el cuerpo, y cómo se le baila en los ojos la _minífica_ estrella pastoral de la Virgen benditísima que está en los cielos... Conque, señores, mandar a un servidor de ustés, y de toda la familia...
Ya no queríamos más informes, ni por el momento nos hacían falta. En el portal, hubimos de abrirnos paso por entre un pelotón de máscaras inmundas, que asaltaban el puesto de aguardiente. Salimos pisando fango, andrajos caídos de aquellos cuerpos miserables, cáscaras de naranja y pedazos de careta, y volvimos paso a paso al Madrid alto, a nuestro Madrid, que otro pueblo de mejor fuste nos parecía, a pesar de la grosera necedad del Carnaval moderno, y de las enfadosas comparsas de pedigüeños que por todas las calles encontrábamos. No hay para qué decir que todo el resto del día lo pasamos comentando al singularísimo y aún no bien comprendido personaje, con lo cual indirectamente demostrábamos la importancia que en nuestra mente tenía. Corrió el tiempo, y tanto el _reporter_ como yo, solicitados de otros asuntos, fuimos dando al olvido al clérigo árabe, aunque de vez en cuando le traíamos a nuestras conversaciones. De la indiferencia desdeñosa con que mi amigo hablaba de él, colegí que poca o ninguna huella había dejado en su pensamiento. A mí me pasaba lo contrario, y días tuve de no pensar más que en Nazarín, y de deshacerlo y volverlo a formar en mi mente, pieza por pieza, como niño que desarma un juguete mecánico para entretenerse armándole de nuevo. ¿Concluí por construir un Nazarín de nueva planta con materiales extraídos de mis propias ideas, o llegué a posesionarme intelectualmente del verdadero y real personaje? No puedo contestar de un modo categórico. Lo que a renglón seguido se cuenta, ¿es verídica historia, o una invención de esas que por la doble virtud del arte expeditivo de quien las escribe, y la credulidad de quien las lee, resultan como una ilusión de la realidad? Y oigo, además, otras preguntas: «¿Quién demonios ha escrito lo que sigue? ¿Ha sido usted, o el _reporter_, o la _tía Chanfaina_, o el gitano viejo?...». Nada puedo contestar, porque yo mismo me vería muy confuso si tratara de determinar quién ha escrito lo que escribo. No respondo del procedimiento; sí respondo de la exactitud de los hechos. El narrador se oculta. La narración, nutrida de sentimiento de las cosas y de histórica verdad, se manifiesta en sí misma, clara, precisa, sincera.
SEGUNDA PARTE
I
Una noche del mes de marzo, serena y fresquecita, alumbrada por espléndida luna, hallábase el buen Nazarín en su modesta casa, profundamente embebecido en meditaciones deliciosas, y tan pronto se paseaba con las manos a la espalda, tan pronto descansaba su cuerpo en la incómoda banqueta, para contemplar, al través de los empañados vidrios, el cielo y la luna y las nubes blanquísimas, en cuyos vellones el astro de la noche jugaba al escondite. Eran ya las doce; pero él no lo sabía ni le importaba, como hombre capaz de ver con absoluta indiferencia la desaparición de todos los relojes que en el mundo existen. Cuando eran pocas las campanadas de los que en edificios próximos sonaban solía enterarse; si eran muchas, su cabeza no tenía calma ni atención para cuentas tan largas. Su reloj nocturno era el sueño, las pocas veces que lo sentía de veras, y aquella noche no le había avisado aún el cuerpo su querencia del camastro en que reposarse por breve tiempo solía.
De pronto, cuando más extático se hallaba mi hombre diluyendo sus pensamientos en la preciosa claridad de la luna, se oscureció la ventana, tapándola casi toda entera un bulto que de la parte del corredor a ella se aproximara. Adiós claridad, adiós luna, y adiós meditación dulcísima del padre Nazarín.
Al llegarse a la ventana, oyó golpecitos que daban de afuera, como ordenando o pidiendo que abriese. «¿Quién será?..., ¡a estas horas!...». Otra vez el toque de nudillos, como redoblar de un tambor. «Pues por el bulto —se dijo Nazarín— parece una mujer. Ea, abramos, y veremos quién es esta señora, y a santo de qué viene a buscarme».
Abierta la ventana, oyó el clérigo una voz sofocada y fingida, como la de las máscaras, que con angustioso acento le dijo:
—Déjeme entrar, padrico, déjeme que me esconda..., que me vienen siguiendo, y en ninguna parte estaré tan segura como aquí.
—¡Pero mujer...! Y a todas estas, ¿quién eres, quién es usted, qué le pasa?...
—Déjeme entrar le digo... De un brinco me meto dentro, y no se enfade. Usted, que es tan bueno, me esconderá... hasta que... Entro, sí señor, vaya si entro.
Y acompañando la acción a la palabra, con rápido salto de gata cazadora, se metió dentro de un brinco, y cerró ella misma los cristales.
—Pero, señora..., ya comprende...
—Padre Nazarín, no se incomode... Usted es bueno, yo soy mala, y por lo mismo que soy tan remala, me dije digo... «no hay más que el beato Nazarín que me dé amparo en este trance». ¿No me ha conocido todavía, o es que se hace el tonto?... ¡Mal ajo!... Pues soy _Ándara_... ¿No sabe quién es _Ándara_?...
—Ya, ya..., una de las cuatro... señoras que estuvieron aquí el día que me robaron, y por consuelo me pusieron como hoja de perejil.
—Yo fui mismamente la que le insulté más, y la que le dije cosas más puercas, porque... La Siona es mi tía... Pero ahora le digo que la Siona es más ladrona que Candelas, y usted un santo... Me da la real gana de decirlo porque es la realísima verdad..., ¡mal ajo!
—¿Conque Ándara...? Pero yo quiero saber...
—Nada, padrito de mi alma, que aquí donde me ve, ¡por vida del Verbo!, he hecho una muerte.
—¡Jesús!
—No sabe una lo que hace cuando le tocan a la _diznidá_... Un mal minuto _cualisquiera_ lo tiene... Maté..., o si no maté, yo di bien fuerte..., y estoy herida, sí, padre..., tenga compasión... La otra me tiró un bocado al brazo y me levantó la carne... santísima: con el cuchillo de la cocina alcanzó a darme en este hombro, y me sale sangre.
Diciéndolo, se cayó al suelo como un saco, con muestras de desvanecimiento. El padrito la palpó, llamándola por su nombre.
—Ándara, señora Ándara, vuelva en sí, y si no vuelve y se muere de esa tremenda herida, haga propósito mental de arrepentimiento, abomine de sus culpas para que el Señor se digne acogerla en su santo seno.
Todo esto ocurría en oscuridad casi completa, pues la luna se había ocultado, cual si quisiera favorecer la evasión y escondite de la malaventurada mujer. Nazarín trató de incorporarla, cosa no difícil, por ser Ándara de pocas carnes; pero se le volvió a caer de entre las manos.
—Si tuviéramos luz —decía el clérigo muy apurado—, ya veríamos...
—¿Pero no tiene luz? —murmuró al fin la tarasca herida, volviendo de su desmayo.
—Vela tengo; pero ¿con qué la enciendo, Virgen Santísima, si no hay mixtos en casa?
—Yo tengo..., búsquelos en mi bolsillo, que no puedo mover el brazo derecho.
Nazarín tocaba de abajo arriba, en el cuerpo de la infeliz, como quien toca una pandereta, hasta que al fin sonó algo como un cascabel en medio de las ropas, impregnadas de una pestilencia con falsos honores de perfume. Revolviendo con no poco trabajo, encontró la caja mugrienta, y ya estaba el hombre raspando el fósforo para sacar lumbre, cuando la mujerona se incorporó asustada, diciéndole:
—Cierre antes las maderas. Podría verme algún vecino que ande por ahí, ¡contro!, y entonces buena la hacíamos...
Cerradas las maderas y encendida luz, Nazarín pudo cerciorarse del lastimoso estado de la infeliz mujer. El brazo derecho lo tenía hecho una carnicería, de arañazos y mordiscos, y en la paletilla una herida de arma blanca, de donde brotaba sangre, que le teñía la camisa y el cuerpo del vestido. Lo primero que hizo el curita fue desembarazarla del mantón, y luego le abrió, o desgarró, conforme pudo, el cuerpo de la bata de tartán. Para que estuviese más cómoda, le trajo la única almohada que en su cama tenía, y procedió a la primera cura con los medios más primitivos, lavar la herida, restañarla con trapos, para lo cual hubo de hacer trizas una camisa que le regalaran aquel mismo día unos amigos de la vecindad. Y la tarasca, en tanto, no paraba de hablar, refiriendo el trágico lance que a tal extremidad la había traído.
—Ha sido con la _Tiñosa_.
—¿Qué dices, mujer?
—Que la bronca fue con la _Tiñosa_, y la _Tiñosa_ es la que he matado, si es que la maté, pues ya lo voy dudando. ¡Contro!, cuando yo la agarré por el moño y la tiré al suelo, ¡ay!, le di el navajazo con toda mi alma, para partirle la suya... ¡Mal ajo! Pero ahora..., me alegraría de saber que no la había matado...
—Tal para cuál. ¿Conque la _Tiñosa_? ¿Y quién es esa señora?
—Una de las que conmigo estuvieron aquí aquella mañana, ¿sabe?, la más fea de las cuatro, con unos ojos de carnero a medio morir, el labio partido, la oreja rajada de un tirón que le dieron para arrancarle el pendiente, y la garganta llena de costurones... ¡Mal ajo! Si el premio de horrorosa no hay quien se lo quite, y yo mismamente, al par de ella, soy como... las diosas del _Olímpido_. Conque..., fue todo por un papel de alfileres de cabeza negra que le dio el _Tripita_..., y de ahí saltó la _quistión_... De donde vinimos a una muy fuerte _despotrica_ sobre si el _Tripita_ es caballero o no es caballero... Y porque yo dije que es un lambión y un carnerazo, vino la gorda, y el decirme que yo era esto y lo otro, y... lo que no hay para qué decírselo a una. Mire, padre, yo soy muy loba, tan loba como la primera, pero no quiero que me lo digan, y menos ella, loba vieja y tan zurrida que ni los gatos la quieren ya...
—Cállate, boca infame, cállate, si no quieres que te abandone a tu suerte desdichada —le dijo el clérigo con severidad—. Arroja de ti el rencor, miserable, y considera que has añadido a tus horribles pecados el de homicidio, para que tu alma no tenga un punto, un solo punto por donde pueda ser cogida para sustraerla a las llamas del infierno.
—Es que..., verá, padrito... Si lo que digo es que yo, cuando me tocan la _diznidá_..., ¡mal ajo!... Porque aunque una sea un guiñapo, cada cual tiene su aquel de vergüenza propia, y quiere que la respeten...
—Cállate, repito..., y no hagas comentarios. Cuéntame el caso liso y mondo, para saber yo si debo ampararte o entregarte a la justicia. ¿Y cómo escapaste del tumulto que en tu casa, en la calle o en donde fuera debió de formarse...? ¿Cómo conseguiste que no te prendieran inmediatamente? ¿Cómo pudiste llegar aquí, sin ser vista, y guarecerte en mi casa, y por qué razón me has puesto en el compromiso de tener que esconderte?
—Todo se lo contaré como desea; pero antes me ha de dar agua, si la tiene, y si no la tiene váyase a buscarla, porque me está abrasando una sed que ni el infierno...
—Agua tengo, por fortuna. Bebe, y cuenta, si el hablar no te debilita y trastorna.
—No señor, yo estoy hablando, si me dejan, hasta el día del _Perjuicio_ final, y cuando me muera, hablaré hasta un poquito después de dar la última boqueada. Pues verá usted..., la tiré con la navaja en semejante parte, y en semejante otra, con perdón..., y si no me _desapartan_, la mecho... La mitad del pelo de ella me lo traje entre las uñas, y estos dos dedos se los metí por un ojo... Total, que me la quitaron; y quisieron _asujetarme_; pero yo, braceando como una leona, me zafé, tiré el cuchillo, y salí a la calle, y de una carrerita, antes que pudieran seguirme, fui a parar a la calle del Peñón. Luego volví pasito a paso..., oí ruido de voces..., me agazapé. La Roma y Verginia chillaban, y la tía Gerundia decía: «ha sido Ándara, ha sido Ándara...». Y el sereno y otros hombres..., que dónde me habría metido, que por aquí, que por allá..., y que me buscarían para llevarme a la Galera y al patíbulo... Yo que oí esto, ¡contro!, me voy escurriendo, escurriendo pegadita a la pared, buscando la sombra, hasta que me entré por esta calle de las Amazonas, sin que nadie me viera. Toda la gente allí, y por aquí ni una rata. Yo iba preguntando a qué santo me encomendaría, y buscaba un agujero donde meterme, aunque fueran los de la alcantarilla. ¡Pero no cabía, por mucho que me estirara no cabía, Señor!... ¡Y doliéndome el brazo, y soltando sangre de la herida! ¡Mal ajo! Me arrimé al quicio del portalón de esta casa, que hace mucha sombra..., empujé para adentro, y vi que se abría... ¡Oh, qué gusto! ¡Suerte como ella!... Los gitanos suelen dejarlo abierto, ¿sabe?... Entreme despacito, como un soplo de viento, y me fui escabullendo, pensando que si me veían los gitanos era perdida... Pero no me vieron los condenados. Dormían como cestos, y el perro se había salido a la calle... ¡Bendita sea la perra que fue la causante de que saliera!... Pues señor, me fui colando por el patio como una babosa, y para entre mí decía... «¿Pero dónde me meto yo ahora? ¿A quién le pido yo que me esconda?». A la _Chanfa_ ni pensarlo. A Jesusita y la _Pelada_, menos. Pues si me veían los _Cumplidos_, peor... En esto me pasó por el pensamiento que si no me salvaba el padre Nazarín no me salvaba nadie. Y de cuatro brincos me subí al corredor. Yo me acordé entonces de que el día de Carnaval le había dicho cuatro frescas, por mor del enfado natural de una. De la conciencia, ¡mal ajo!, sentí que me corría la sangre, como de la herida. Pero dije: él es un santorro muy simplón y muy buenazo, y no se acordará de aquellas palabritas, ¡contro!, y me corrí hacia la ventana, y llamé, y... ¡Ay, cómo me duele ahora..., ay, ay!... Padrito, ¿usted tiene por casualidad vinagre?
—No, hija, ya sabes que aquí no hay lujo, ni en mi despensa ningún alimento nutritivo ni estimulante. ¡Vinagre! ¿Crees tú que has entrado en Jauja?
II
A la madrugada se puso tan mal la pobre, que don Nazario (pues no siempre hemos de llamarle Nazarín, familiarmente) no sabía qué hacerle, ni que medidas tomar para salir con ventura de aquel grave conflicto en que su cacareada y popular bondad en mal hora lo puso. La tal Ándara (a quien llamaban así por contracción de Ana de Ara) cayó en extenuación alarmante con frecuentes colapsos y delirio. Para colmo de desdicha, aunque el buen cura comprendió que todo el mal provenía de extenuación, motivada de la pérdida de tanta sangre, no podía ponerle inmediato remedio, por no tener en su casa más vituallas que un poco de pan, un pedazo de queso de Villalón, y como una docena de nueces, sustancias impropias para un enfermo traumático. Pero pues no había otra cosa, forzoso fue apencar con el pan y las nueces, hasta que viniera el día y pudiese Nazarín procurarse mejor alimento. Hubiérale dado él de buena gana un poco de vino, que era lo que ella principalmente apetecía; mas en casa tan pobre y modesta no entraba jamás aquel líquido. Ya que no podía atender al reparo de fuerzas, trató de acomodar el cuerpo de la miserable en cama menos dura que el santo suelo donde yacía desde que entró; y viendo la imposibilidad, después de infructuosos ensayos, de que Ándara se moviera de aquel sitio, porque sus músculos habían venido a ser como trapos y sus huesos de plomo, no tuvo el buen Nazarín más remedio que sacar fuerzas de flaqueza, y echarse a cuestas, con descomunal trabajo, aquel fardo execrable. Afortunadamente, el peso de Ándara era escaso, porque andaba mal de carnes (la mayor desgracia en su condición), y para cualquier hombre de medianos bríos el levantarla habría sido como cargar un pellejo de arroba a medio llenar. Así y todo, sudó la gota gorda el pobre cura, y por poco se cae en mitad del camino. Pero al fin pudo soltar su farda, y al caer los molidos huesos y flojas humanidades en el colchón, dijo la moza:
—Dios se lo pague.
Ya cerca del día, y hallándose en un momento lúcido, después de haber desembuchado mil desatinos, tocantes al _Tripita_, la _Tiñosa_ y demás gentuza con que ordinariamente trataba, la tarasca dijo a su bienhechor:
—Señor de Nazarín, si no tiene comida, supongo que no le faltará dinero.
—No tengo más que lo de la misa de hoy, que aún no lo he tocado, ni me lo ha pedido nadie.
—Mejor... Pues, en cuanto amanezca, traerá media librita de carne para ponerme un puchero. Y tráigase también medio cuartillo de vino... Pero mire, venga acá. Usted no tiene malicia, y hace las cosas a lo santo, con lo cual perjudica, sin querer. Mire, oiga lo que le digo. Haga caso de mí, que tengo más... gramática. No compre el vino en la taberna del hermano de Jesusa, ni en la de José Cumplido, donde le conocen. «Anda, anda —dirían—, el bendito Nazarín comprando vino, él que no lo cata». Y empezarían a chismorrear, y que torna, que vira, y alguien se metería en averiguaciones, y, ¡contro!, me descubrían... ¡Y qué cosas dirían de usted!... Váyase a comprarlo a la taberna de la calle del Oso, o a la de los Abades, donde no le conocen, y además hay más conciencia que por aquí, vamos al decir, que no bautizan tanto.
—No necesitas decirme lo que tengo que hacer —replicó el clérigo—. Sobre que la opinión del mundo no significa nada para mí, no es bien que yo tome tus consejos, ni que tú te atrevas a dármelos. Ni tengas por seguro tampoco, desdichada Ándara, que esta pobre morada mía es escondite de criminales, y que a mi sombra vas a encontrar la impunidad. Yo no te denunciaré; pero tampoco puedo, porque no debo, ¿entiendes?, burlar a tus perseguidores si con justicia te persiguen, ni librarte de la expiación a que el Señor, antes que los tribunales, sin duda te sentencia. Yo no te entregaré a la justicia: mientras aquí estés, te haré todo el bien que pueda. Si no te descubren, allá Dios y tú.
—Bueno, señor, bueno —replicó la tarasca entre hondos suspiros—. Eso no quita para que compre el vino donde le digo, porque es menos cristiano allá que acá. Y si no tuviere bastante guita, busque en el bolsillo de mi bata, donde debe de haber una peseta, y tres o cuatro perras. Cójalo todo, que yo para nada lo necesito ahora, y de paso que va por el vino, tráigase una cajetilla para usted.
—¡Para mí! —exclamó el sacerdote con espanto—. ¡Si sabes que no fumo!... Y aunque fumara... Guárdate tu dinero, que bien podrías necesitarlo pronto.
—Pues el vicio del tabaco, ese nada más, bien lo podría tener, ¡mal ajo! Vamos, que el no tener ningún vicio, ninguno, lo que se dice ninguno, vicio también es. Pero no se enfade...
—No me enfado. Lo que te digo es que las vanas palabras y la distracción del espíritu son un nuevo mal que añades a los que ya tienes sobre ti. Reconcentra tus pensamientos, infeliz mujer, pide el favor de Dios y de la Virgen, sondea tu conciencia, reflexiona en lo mucho malo que has hecho, y en la posibilidad de la enmienda y del perdón, si con fe y amor procuras una y otro. Aquí me tienes para ayudarte, si piensas en cosas más serias que el escondite, la peseta, el vino, y la cajetilla..., a no ser que esta la quieras para ti, y en tal caso...
—No, no, señor..., yo no... —refunfuñó la moza—. Era que... Total, que si quiere coger la peseta, cójala, pues no es bien que todo el gasto sea de su cuenta...
—Yo no necesito de tu peseta. Si la necesitara te la pediría... Ea, a pensar en tu alma, en tu arrepentimiento. Repara que estás herida, que yo no puedo curarte bien, que el Señor puede mandarte, a la hora menos pensada, una gangrena, un tifus, o cualquier otra pestilencia. ¡Ah!, nunca sería tanto como lo que mereces, ni tan grave como la podredumbre que devora tu alma. En eso es en lo que tienes que pensar, Ándara infeliz; que si en todo caso estamos a merced de la muerte, a ti ahora te anda rondando, y como venga de súbito, que puede venir, y te coja desprevenida, ya sabes a dónde vas a parar.
Ni mientras Nazarín hablaba, ni mucho después, dijo Ándara esta boca es mía, demostrando con su silencio el vago temor que la exhortación produjo en su alma. Pasado un largo rato, volvió a echar suspiros y más suspiros, manifestando con voz quejumbrosa que si era preciso morir, no tendría más remedio que conformarse. Pero bien podía suceder que viviese, tomando algún alimento, un poco de vino, y aplicándoselo también a las heridas. Y como llegase el caso, ella no dejaría de procurarse todo el arrepentimiento posible, a fin de que el trance final la cogiera en buena disposición y con mucho cristianismo en toda su alma. Fuera de esto, si el padrito no se enfadaba, le diría que ella no creía en el infierno. _Tripita_, que era persona muy leída, y compraba todas las noches _La Correspondencia_, le había dicho que eso del infierno y el purgatorio es papa, y también se lo había dicho _Bálsamo_.
—¿Y quién es _Bálsamo_, hija mía?
—Pues uno que fue sacristán, y estudió para cura, y sabe todo el canticio del coro y el responso inclusive. Después se quedó ciego, y se puso a cantar por las calles con una guitarra, y de una canción muy chusca que acababa siempre con el estribillo de _el bálsamo del amor_, le vino y se le quedó para siempre el nombre de _Bálsamo_.