Nazarín

Part 2

Chapter 23,965 wordsPublic domain

Costó trabajo echarlas: por la escalera abajo iban soltando veneno y perfume, y en el patio tuvieron algo que despotricar con los gitanos, y hasta con los burros. Despejado el terreno, ya no pensamos más que en trabar conocimiento con Nazarín, y pidiéndole permiso nos colamos en su morada, subiendo por la angosta escalera que a ella conducía desde el portal. Cuanto se diga de lo mísero y desamparado de aquella casa es poco. En la salita no vimos más que un sofá de paja muy viejo, dos baúles, una mesa donde estaba el breviario y dos libros más, y una cómoda; junto a la sala, otra pieza que llamaremos alcoba porque en ella se veía la cama, de tarima, con jergón, una flácida almohada, y ni rastros de sábanas ni colchas. Tres láminas de asunto religioso y un crucifijo sobre una mesilla completaban el ajuar, con dos pares de botas de mucho uso puestas en fila, y algunos otros objetos insignificantes.

Recibionos el padre Nazarín con una afabilidad fría, sin mostrar despego ni tampoco extremada finura, como si le fuera indiferente nuestra visita, o si creyese que no nos debía más cumplimientos que los elementales de la buena educación. Ocupamos el sofá mi amigo y yo, y él se sentó en la banqueta frente a nosotros. Lo mirábamos con viva curiosidad, y él a nosotros como si mil veces nos hubiera visto. Naturalmente, hablamos del robo, único tema a que podíamos echar mano, y como le dijéramos que lo urgente era dar parte sin dilación al delegado de policía, nos contestó con la mayor tranquilidad del mundo:

—No, señores; yo no acostumbro denunciar...

—Pues qué... ¿le han robado a usted tantas veces, que ya el ser robado ha venido a ser para usted una costumbre?

—Sí, señor; muchas, siempre...

—¿Y lo dice tan fresco?

—No ven ustedes que yo no guardo nada. No sé lo que son llaves. Además, lo poco que poseo, es decir, lo que poseía, no vale el corto esfuerzo que se emplea para dar vueltas a una llave.

—No obstante, señor cura, la propiedad es propiedad, y lo que relativamente, según los cálculos de don Hermógenes, para otro sería poco, para usted podrá ser mucho. Ya ve, hoy le han dejado hasta sin su modesto desayuno, y sin camisa.

—Y hasta sin jabón para lavarme las manos... Paciencia y calma. Ya vendrán de alguna parte la camisa, el desayuno y el jabón. Además, señores míos, yo tengo mis ideas, las profeso con una convicción tan profunda como la fe en Cristo nuestro Padre. ¡La propiedad! Para mí no es más que un nombre vano, inventado por el egoísmo. Nada es de nadie. Todo es del primero que lo necesita.

—¡Bonita sociedad tendríamos si esas ideas prevalecieran! ¿Y cómo sabríamos quién era el primer necesitado? Habríamos de disputarnos, cuchillo en mano, ese derecho de primacía en la necesidad.

Sonriendo bondadosamente y con un poquitín de desdén, el clérigo me replicó en estos o parecidos términos:

—Si mira usted las cosas desde el punto de vista en que ahora estamos, claro que parece absurdo; pero hay que colocarse en las alturas, señor mío, para ver bien desde ellas. Desde abajo, rodeados de tantos artificios, nada vemos. En fin, como no trato de convencer a nadie, no sigo, y ustedes me dispensarán que...

En este punto vimos que _señá Chanfa_ oscurecía la habitación ocupando con su corpacho toda la ventana, por la cual alargó un plato con media docena de sardinas y un gran pedazo de pan de picos, con más un tenedor de peltre. Tomolo en sus manos el clérigo, y después de ofrecernos, se puso a comer con gana. ¡Pobrecillo! No había entrado cosa alguna en su cuerpo en todo el santo día. Ya fuese por respeto a nosotros, ya porque la compasión había vencido a sus hábitos groseros, ello es que la _Chanfaina_ no acompañó el obsequio con ningún lenguarajo. Dando tiempo al curita para que satisficiera su necesidad, volvimos a interrogarle del modo más discreto. De pregunta en pregunta, y después que supimos su edad, entre los treinta y los cuarenta, su origen, que era humilde, de familia de pastores, sus estudios, etc., me arranqué a explorarle en el terreno más delicado.

—Si tuviera yo la seguridad, padre Nazarín, de que no me tenía usted por impertinente, yo me permitiría hacerle dos o tres preguntillas.

—Todo lo que usted quiera.

—Usted me contesta o no me contesta, según le acomode. Y si me meto en lo que no me importa, me manda usted a paseo, y hemos concluido.

—Diga usted.

—¿Hablo con un sacerdote católico...?

—Sí, señor.

—¿Es usted ortodoxo, puramente ortodoxo? ¿No hay en sus ideas, o en sus costumbres, algo que le separe de la doctrina inmutable de la Iglesia?

—No, señor —me respondió con sencillez que revelaba su sinceridad, y sin mostrarse sorprendido de la pregunta—. Jamás me he desviado de las enseñanzas de la Iglesia. Profeso la fe de Cristo en toda su pureza, y nada hay en mí por donde pueda tildárseme.

—¿Alguna vez ha sufrido usted correctivo de sus superiores, de los que están encargados de definir esa doctrina, y de aplicar los sagrados cánones?

—Jamás. Ni sospeché nunca que pudiera merecer correctivo ni admonición...

—Otra pregunta. ¿Predica usted?

—No, señor. Rarísimas veces he subido al púlpito. Hablo en voz baja y familiarmente con los que quieren escucharme, y les digo lo que pienso.

—¿Y sus compañeros no han encontrado en usted algún vislumbre de herejía?

—No, señor. Poco hablo yo con ellos, porque rara vez me hablan ellos a mí, y los que lo hacen me conocen lo bastante para saber que no hay en mi mente visos de herejía.

—¿Y posee usted sus licencias?

—Sí, señor, y nunca, que yo sepa, se ha pensado en quitármelas.

—¿Dice usted misa?

—Siempre que me la encargan. No tengo costumbre de ir en busca de misas a las parroquias donde no conozco a nadie. La digo en San Cayetano cuando la hay para mí, y a veces en el oratorio del Olivar. Pero no es todos los días ni mucho menos.

—¿Vive usted exclusivamente de eso?

—Sí, señor.

—Su vida de usted, y no se ofenda, paréceme muy precaria.

—Bastante; pero mi conformidad le quita toda amargura. En absoluto me falta la ambición de bienestar. El día que tengo que comer, como; y el día que no tengo que comer, no como.

Dijo esto con tan sencilla ingenuidad, sin ningún dejo de afectación, que nos conmovimos mi amigo y yo... ¡vaya si nos conmovimos! Pero aún faltaba mucho que oír.

IV

No nos hartábamos de preguntarle, y él a todo nos respondía sin mostrar fastidio de nuestra pesadez. Tampoco manifestaba la presunción natural en quien se ve objeto de un interrogatorio, o _interview_, como ahora se dice. Trájole Estefanía, después de las sardinas, una chuleta al parecer de vaca y de no muy buena traza; mas él no la quiso, a pesar de las instancias de la amazona, que volvió a descomponerse y a soltarle mil perrerías. Pero ni por estas ni por lo que nosotros cortésmente le dijimos para estimularle a más comer, se dio el hombre a partido, y rechazó también el vino que le ofreciera la tarasca. Con agua y un bollo de a cuarto puso fin a su almuerzo, declarando que daba gracias al Señor por el sustento de aquel día.

—¿Y mañana? —le dijimos.

—Pues mañana no me faltará tampoco, y si me falta esperaremos al otro día, que nunca hay dos días seguidos rematadamente malos.

Empeñose el _reporter_ en convidarle a café: pero él, confesándonos que le gustaba, no quiso aceptar. Fue preciso que le instáramos los dos en los términos más afectuosos para que se decidiera; lo pedimos al cafetín próximo, nos lo trajo la tuerta que vendía licores en el portal, y tomándolo con la comodidad que la estrecha mesa y el mal servicio nos permitían, hablamos de multitud de cosas, y le oímos varios conceptos por donde colegimos que era hombre de luces.

—Dispénseme usted —dije— si le hago una observación que en este momento se me ocurre. Bien se conoce que es usted persona de ilustración. Me sorprende mucho no ver libros en su casa. O no le gustan, o ha tenido sin duda que deshacerse de ellos en algún grave aprieto de su vida.

—Los tuve, sí señor, y los fui regalando hasta que no me quedaron más que los tres que ustedes ven ahí. Declaro con toda verdad que, fuera de los de rezo, ningún libro malo ni bueno me interesa, porque de ellos sacan el alma y la inteligencia poca sustancia. Lo tocante a la fe lo tengo bien remachado en mi espíritu, y ni comentarios ni paráfrasis de la doctrina me enseñan nada. Lo demás, ¿para qué sirve? Cuando uno ha podido añadir al saber innato unas cuantas ideas, aprendidas en el conocimiento de los hombres, y en la observación de la sociedad y de la naturaleza, no hay que pedir a los libros ni mejor enseñanza ni nuevas ideas que confundan y enmarañen las que uno tiene ya. Nada quiero con libros ni con periódicos. Todo lo que sé bien sabido lo tengo, y en mis convicciones hay una firmeza inquebrantable; como que son sentimientos que tienen su raíz en la conciencia, y en la razón la flor, y el fruto en la conducta. ¿Les parezco pedante? Pues no digo más. Solo añado que los libros son para mí lo mismo que los adoquines de las calles, o el polvo de los caminos. Y cuando paso por las librerías y veo tanto papel impreso doblado y cosido, y por las calles tal lluvia de periódicos un día y otro, me da pena de los pobrecitos que se queman las cejas escribiendo cosas tan inútiles, y más pena todavía de la engañada humanidad que diariamente se impone la obligación de leerlas. Y tanto se escribe, y tanto se publica, que la humanidad, ahogada por el monstruo de la imprenta, se verá en el caso imprescindible de suprimir todo lo pasado. Una de las cosas que han de ser abolidas es la gloria profana, el lauro que dan los escritos literarios, porque llegará día en que sea tanto, tanto lo almacenado en las bibliotecas, que no habrá la posibilidad material de guardarlo y sostenerlo. Ya verá entonces el que lo viere el caso que hace la humanidad de tanto poema, de tanta novela mentirosa, de tanta historia que nos refiere hechos, cuyo interés se desgasta con el tiempo y acabará por perderse en absoluto. La memoria humana es ya pajar chico para tanto fárrago de historia. Señores míos, se aproxima la edad en que el presente absorberá toda la vida, y en que los hombres no conservarán de lo pasado más que las verdades eternas adquiridas por la revelación. Todo lo demás será escoria, un detritus que ocupará demasiado espacio en las inteligencias y en los edificios. En esa edad —añadió en tono que no vacilo en llamar profético—, el César, o quien quiera que ejerza la autoridad, dará un decreto que diga lo siguiente: «Todo el contenido de las bibliotecas públicas y particulares se declara baldío, inútil y sin otro valor que el de su composición material. Resultando del dictamen de los químicos que la sustancia papirácea adobada por el tiempo es el mejor de los abonos para las tierras, venimos en disponer que se apilen los libros antiguos y modernos en grandes ejidos a la entrada de las poblaciones, para que los vecinos de la clase agrícola vayan tomando de tan preciosa materia la parte que les corresponda según las tierras que les toque labrar». No duden ustedes que así será, y que la materia papirácea formará un yacimiento colosal, como los de guano en las islas Chinchas, se explotará mezclándola con otras sustancias que aviven la fermentación, y será transportada en ferrocarriles y buques de vapor desde nuestra Europa a los países nuevos, donde nunca hubo literatura, ni imprentas ni cosa tal.

Grandemente nos reímos celebrando la ocurrencia. Mi amigo, a juzgar por las miradas recelosas que oyéndole me echaba, debió de formar opinión muy desfavorable del estado mental del clérigo. Yo le tenía más bien por un humorista de los que cultivan la originalidad. Nuestra charla llevaba trazas de ser interminable, y ya picábamos en este asunto, ya en el otro. Tan pronto el buen Nazarín me parcela un budista, tan pronto un imitador de Diógenes.

—Todo eso está muy bien —le dije—, pero podría usted, padre, vivir mejor de lo que vive. Ni esto es casa, ni estos son muebles, ni por lo visto, tiene usted más ropa que la puesta. ¿Por qué no pretende usted, dentro de su estado religioso, una posición que le permita vivir con modesta holgura? Este amigo mío tiene mucho metimiento en ambos cuerpos colegisladores y en todos los ministerios, y no le sería difícil, ayudándolo yo con mis buenas relaciones, conseguir para usted una canonjía.

Sonrió el clérigo con cierta sorna, y nos dijo que ninguna falta le hacían a él canonjías, y que la vida boba de coro no cuadraba a su natural independiente. También le propusimos agenciarle alguna plaza de coadjutor en las parroquias de Madrid, o un curato de pueblo, a lo que respondió que si le daban tal plaza la tomaría, por obediencia y acatamiento incondicional a sus superiores.

—Pero tengan por seguro que no me la dan —añadía con seguridad exenta de amargura—. Y con plaza y sin plaza, siempre me verían ustedes tal como ahora me ven, porque es condición mía esencialísima la pobreza, y si me lo permiten, les diré que el no poseer es mi suprema aspiración. Así como otros son felices en sueños, soñando que adquieren riquezas, mi felicidad consiste en soñar la pobreza, en recrearme pensando en ella, y en imaginar, cuando me encuentro en mal estado, un estado peor. Ambición es esta que nunca se sacia, pues cuanto más se tiene, más se quiere tener, o hablando propiamente, cuanto menos, menos. Presumo que no me entienden ustedes, o que me miran con lástima piadosa. Si es lo primero, no me esforzaré en convencerles; si lo segundo, agradezco la compasión, y celebro que mi absoluta carencia de bienes haya servido para inspirar ese cristiano sentimiento.

—¿Y qué piensa usted —le preguntamos con pedantería, resueltos a apurar la _interview_— de los problemas pendientes, del estado actual de la sociedad?

—Yo no sé nada de eso —respondió encogiéndose de hombros—. No sé más sino que a medida que avanza lo que ustedes entienden por cultura, y cunde el llamado progreso, y se aumenta la maquinaria, y se acumulan riquezas, es mayor el número de pobres, y la pobreza es más negra, más triste, más displicente. Eso es lo que yo quisiera evitar, que los pobres, es decir, los míos, se hallen tan tocados de la maldita misantropía. Crean ustedes que entre todo lo que se ha perdido, ninguna pérdida es tan lamentable como la de la paciencia. Alguna existe aún desperdigada por ahí, y el día que se agote, adiós mundo. Que se descubra un nuevo filón de esa gran virtud, la primera y más hermosa que nos enseñó Jesucristo, y verán ustedes qué pronto se arregla todo.

—Por lo visto es usted un apóstol de la paciencia.

—Yo no soy apóstol, señor mío, ni tengo tales pretensiones.

—Enseña usted con el ejemplo.

—Hago lo que me inspira mi conciencia, y si de ello, de mis acciones, resulta algún ejemplo, y alguien quiere tomarlo, mejor.

—Su credo de usted, en la relación social, es, según veo, la pasividad.

—Usted lo ha dicho.

—Porque usted se deja robar, y no protesta.

—Sí, señor, me dejo robar y no protesto.

—Porque usted no pretende mejorar de posición, ni pide a sus superiores que le den medios de vivir dentro de su estado religioso.

—Así es; yo no pretendo, yo no pido.

—Usted come cuando tiene qué comer, y cuando no, no come.

—Justamente..., no como.

—¿Y se le arrojan de la casa...?

—Me voy.

—¿Y si no encuentra quien le dé otra...?

—Duermo en el campo. No es la primera vez.

—¿Y si no hay quien lo alimente...?

—El campo, el campo...

—Y por lo que he visto, le injurian a usted mujerzuelas, y usted se calla, y aguanta.

—Sí, señor, callo y aguanto. No sé lo que es enfadarme. El enemigo es desconocido para mí.

—¿Y si le ultrajasen de obra, si le abofetearan...?

—Sufriría con paciencia.

—¿Y si le acusaran de falsos delitos...?

—No me defendería. Absuelto en mi conciencia, nada me importarían las acusaciones.

—¿Pero usted no sabe que hay leyes, y tribunales que le defenderían de los malvados?

—Dudo que haya tales cosas; dudo que amparen al débil contra el fuerte; pero aunque existiera todo eso que usted dice, mi tribunal es el de Dios, y para ganar mis litigios en ese, no necesito papel sellado, ni abogado, ni pedir tarjetas de recomendación.

—En esa pasividad, llevada a tal extremo, veo un valor heroico.

—No sé... Para mí no es mérito.

—Porque usted desafía los ultrajes, el hambre, la miseria, las persecuciones, la calumnia, y cuantos males nos rodean, ya provengan de la naturaleza, ya de la sociedad.

—Yo no los desafío, los aguanto.

—¿Y no piensa usted en el día de mañana?

—Jamás.

—¿Ni se aflige al considerar que mañana no tendrá cama en que dormir, ni un pedazo de pan que llevar a la boca?

—No, señor, no me aflijo por eso.

—¿Cuenta usted con almas caritativas, como esta señora _Chanfaina_, que parece un demonio y no lo es?

—No, señor, no lo es.

—¿Y no cree usted que la dignidad de un sacerdote es incompatible con la humillación de recibir limosna?

—No, señor: la limosna no envilece al que la recibe, ni en nada vulnera su dignidad.

—¿De modo que usted no siente herido su amor propio cuando le dan algún socorro?

—No, señor.

—Y es de presumir que algo de lo que usted reciba pasará a manos de otros más necesitados, o que lo parezcan.

—Alguna vez.

—¿Y usted recibe socorros, para usted exclusivamente, cuando los necesita?

—¿Qué duda tiene?

—¿Y no se sonroja al recibirlos?

—Nunca. ¿Por qué había de sonrojarme?

—¿De modo que si nosotros, ahora..., pongo por caso..., condolidos de su triste situación, pusiéramos en manos de usted... parte de lo que llevamos en el bolsillo...?

—Lo tomaría.

Lo dijo con tal candor y naturalidad, que no podíamos sospechar que le movieran a pensar y expresarse de tal manera ni el cinismo ni la afectación de humildad, máscara de un desmedido orgullo. Ya era hora de que termináramos nuestro interrogatorio, que más bien iba tocando en fisgoneo importuno, y nos despedimos de don Nazario celebrando con frases sinceras la feliz casualidad a que debíamos su conocimiento. Él nos agradeció mucho la visita y nuestras afectuosas manifestaciones, y nos acompañó hasta la puerta. Mi amigo y yo habíamos dejado sobre la mesa algunos monedas de plata, que ni siquiera miramos, incapaces de calcular las necesidades de aquel ambicioso de la pobreza: a bulto nos desprendimos de aquella corta suma, que en total pasaría de dos duros sin llegar a tres.

V

—Este hombre es un sinvergüenza —me dijo el _reporter_—, un cínico de mucho talento que ha encontrado la piedra filosofal de la gandulería, un pillo de grande imaginación que cultiva el parasitismo con arte.

—No nos precipitemos, amigo mío, a formular juicios temerarios que la realidad podría desmentir. Si usted no lo tiene a mal, volveremos, y observaremos despacio sus acciones. Por mi parte, no me atrevo aún a opinar categóricamente sobre el sujeto que acabamos de ver, y que sigue pareciéndome tan árabe como en el primer instante, aunque de su partida de bautismo resulte, como usted ha dicho, moro manchego.

—Pues si no es un cínico, sostengo que no tiene la cabeza buena. Tanta pasividad traspasa los límites del ideal cristiano, sobre todo en estos tiempos en que cada cual es hijo de sus obras.

—También él es hijo de las suyas.

—Qué quiere usted: yo defino el carácter de ese hombre diciendo que es la ausencia de todo carácter y la negación de la personalidad humana.

—Pues yo, esperando aún más datos, y mejor luz para conocerle y juzgarle, sospecho o adivino en el bienaventurado Nazarín una personalidad vigorosa.

—Según como se entienda el vigor de las personalidades. Un gandul, un vividor, un gorrón puede llegar en el ejercicio de ciertas facultades hasta las alturas del genio; puede afinar y cultivar una aptitud, a expensas de las demás, resultando..., qué sé yo..., maravillas de inventiva y sagacidad que nosotros no podemos imaginar. Este hombre es un fanático, un vicioso del parasitismo, y bien puede afirmarse que no tiene ningún otro vicio, porque todas sus facultades se concentran en la cría y desarrollo de aquella aptitud. ¿Que ofrece novedad el caso? No lo dudo; pero a mí no me hace creer que le mueven fines puramente espirituales. ¿Que es, según usted, un místico, un padre del yermo, gastrónomo de las hierbas y del agua clara, un budista, un borracho de éxtasis, de la anulación, del _nirvana_, o como se llame eso? Pues si lo es, no me apeo de mi opinión. La sociedad, a fuer de tutora y enfermera, debe considerar estos tipos como corruptores de la humanidad, en buena ley económico-política, y encerrarlos en un asilo benéfico. Y yo pregunto: ¿este hombre, con su _altruismo_ desenfrenado, hace algún bien a sus semejantes? Respondo: no. Comprendo las instituciones religiosas que ayudan a la Beneficencia en su obra grandiosa. La misericordia, virtud privada, es el mejor auxiliar de la Beneficencia, virtud pública. ¿Por ventura, estos misericordiosos sueltos, individuales, medievales, acaso contribuyen a labrar la viña del Estado? No. Lo que ellos cultivan es su propia viña, y de la limosna, cosa tan santa, dada con método y repartida con criterio, hacen una granjería indecente. La ley social, y si se quiere cristiana, es que todo el mundo trabaje, cada cual en su esfera. Trabajan los presidiarios, los niños y ancianos de los asilos. Pues este clérigo muslímico manchego, ha resuelto el problema de vivir sin ninguna especie de trabajo, ni aun el descansado de decir misa. Nada, que a lo bóbilis bóbilis resucita la Edad de Oro, propiamente la Edad de Oro. Y me temo que saque discípulos, porque su doctrina es de las que se cuelan sin sentirlo, y de fijo tendrá indecible seducción para tanto gandul como hay por esos mundos. En fin, ¿qué puede esperarse de un hombre que propone que los libros, el santo libro, y el periódico, el sacratísimo periódico, todo el producto de la civilizadora imprenta, esa palanca, esa milagrosa fuente..., todo el saber antiguo y moderno, los poemas griegos, los Vedas, las mil y mil historias, se dediquen a formar pilas de abono para las tierras? ¡Homero, Shakespeare, Dante, Heródoto, Cicerón, Cervantes, Voltaire, Víctor Hugo convertidos en guano ilustrado, para criar buenas coles y pepinos! ¡No sé cómo no ha profetizado también que las universidades se convertirán en casas de vacas, y las academias, los ateneos y conservatorios en establecimientos de bebidas, o en establos para burras de leche!

Ni mi amigo con sus apreciaciones francamente recreativas podía convencerme, ni yo le convencí a él. Por lo menos, el juicio sobre Nazarín debía aplazarse. Buscando nuevas fuentes de información, entramos en la cocina, donde campaba la _Chanfaina_, frente a una batería de pucheros y sartenes, friendo aquí, atizando allá, sudorosa, con los ricitos blancos tocados de hollín, las manos infatigables, trajinando con la derecha, y con la izquierda quitándose la moquita que se le caía. Al punto comprendió lo que queríamos decirle, pues era mujer de no común agudeza, y se adelantó a nuestras preguntas diciéndonos: