Nazarín

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos. Así mismo, la puntuación ha sufrido ligeros retoques para su modernización.

NAZARÍN

Es propiedad. Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra que no lleven el sello de la casa editorial _La Guirnalda_.

NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS POR B. PÉREZ GALDÓS

NAZARÍN

[Ilustración]

MADRID

Imprenta LA GUIRNALDA Calle de las Pozas, núm. 12. — 1895

NAZARÍN

PRIMERA PARTE

I

A un periodista de los de nuevo cuño, de estos que designamos con el exótico nombre de _reporter_, de estos que corren tras de la información, como el galgo a los alcances de la liebre, y persiguen el incendio, la bronca, el suicidio, el crimen cómico o trágico, el hundimiento de un edificio, y cuantos sucesos afectan al orden público y a la justicia en tiempos comunes, o a la higiene en días de epidemia, debo el descubrimiento de la casa de huéspedes de la _tía Chanfaina_ (en la fe de bautismo _Estefanía_), situada en una calle cuya mezquindad y pobreza contrastan del modo más irónico con su altísono y coruscante nombre: _calle de las Amazonas_. Los que no estén hechos a la eterna _guasa_ de Madrid, la ciudad (o villa) del sarcasmo y de las mentiras maleantes, no pararán mientes en la tremenda fatuidad que supone rótulo tan sonoro en calle tan inmunda, ni se detendrán a investigar qué amazonas fueron esas que la bautizaron, ni de dónde vinieron, ni qué demonios se les había perdido en los Madroñales del Oso. He aquí un _vacío_ que mi erudición se apresura a llenar, manifestando, con orgullo de sagaz cronista, que en aquellos lugares hubo en tiempos de Mari-Castaña un corral de la Villa, y que de él salieron a caballo, aderezadas a estilo de las heroínas mitológicas, unas comparsas de mujeronas que concurrieron a los festejos con que celebró Madrid la entrada de la reina doña Isabel de Valois. Y dice el ingenuo _avisador_ coetáneo, a quien debo estas profundas sabidurías: «Aquellas hembras buscadas _ad hoc_, hicieron prodigios de valor en las plazas y calles de la Villa, por lo arriesgado de sus juegos, equilibrios y volteretas, figurando los guerreros cogerlas del cabello y arrancarlas del arzón para precipitarlas en el suelo». Memorable debió de ser este divertimiento, porque el corral se llamó desde entonces _de las Amazonas_, y aquí tenéis el glorioso abolengo de la calle, ilustrada en nuestros días por el establecimiento hospitalario y benéfico de la _tía Chanfaina_.

Tengo yo para mí que las amazonas de que habla el cronista de Felipe II, muy señor mío, eran unas desvergonzadas chulapas del siglo XVI; mas no sé con qué vocablo las designaba entonces el vulgo. Lo que sí puedo asegurar es que desciende de ellas por línea de bastardía, o sea por sucesión directa de hembras marimachos sin padre conocido, la terrible _Estefanía la del Peñón, Chanfaina_, o como demonios se llame. Porque digo con toda verdad que se me despega de la pluma, cuando quiero aplicárselo, el apacible nombre de mujer, y que me bastará dar conocimiento a mis lectores de su facha, andares, vocerrón, lenguaje y modos para que reconozcan en ella la más formidable tarasca que vieron los antiguos Madriles y esperan ver los venideros.

No obstante, me pueden creer que doy gracias a Dios, y al _reporter_ mi amigo, por haberme encarado con aquella fiera, pues debo a su barbarie el germen de la presente historia, y el hallazgo del singularísimo personaje que le da nombre. No tome nadie al pie de la letra lo de _casa de huéspedes_ que al principio se ha dicho, pues entre las varias industrias de alojamiento que la _tía Chanfaina_ ejercía en aquel rincón, y las del centro de Madrid que todos hemos conocido en la edad estudiantil, y aun después de ella, no hay otra semejanza que la del nombre. El portal del edificio era como de mesón, ancho, con todo el revoco desconchado en mil fantásticos dibujos, dejando ver aquí y allí el hueso de la pared desnudo, y con una faja de suciedad a un lado y otro, señal del roce continuo de personas más que de caballerías. Un puesto de bebidas —botellas y garrafas, caja de polvoriento vidrio llena de azucarillos y asediada de moscas, todo sobre una mesa cojitranca y sucia— reducía la entrada a proporciones regulares. El patio, mal empedrado y peor barrido, como el portal, y con hoyos profundos, a trechos hierba raquítica, charcos, barrizales o cascotes de pucheros y botijos, era de una irregularidad más que pintoresca, fantástica. El lienzo del sur debió de pertenecer a los antiguos edificios del corral famoso: lo demás, de diferentes épocas, pudiera pasar por una broma arquitectónica: ventanas que querían bajar, puertas que se estiraban para subir, barandillas convertidas en tabiques, paredes rezumadas por la humedad, canalones oxidados y torcidos, tejas en los alféizares, planchas de zinc claveteadas sobre podridas maderas para cerrar un hueco, ángulos chafados, paramentos con cruces y garabatos de cal fresca, caballetes erizados de vidrios y cascos de botella para amedrentar a la ratería; por un lado, pies derechos carcomidos sustentando una galería que se inclina como un barco varado; por otro, puertas de cuarterones con gateras tan grandes que por ellas cabrían tigres si allí los hubiese; rejas de color de canela; trozos de ladrillo amoratado, como coágulos de sangre: y por fin los escarceos de la luz y la sombra en todos aquellos ángulos cortantes y oquedades siniestras.

Un martes de Carnaval, bien lo recuerdo, tuvo el buen _reporter_ la humorada de dar conmigo en aquellos sitios. En el aguaducho del portal, vi una tuerta andrajosa que despachaba, y lo primero que nos echamos a la cara, al penetrar en el patio, fue una ruidosa patulea de gitanos, que allí tenían aquel día su alojamiento, ellos espatarrados componiendo albardas, ellas despulgándose y aliñándose las greñas, los churumbeles medio desnudos, de negros ojos y rizosos cabellos, jugando con vidrios y cascotes. Volviéronse hacia nosotros las expresivas caras de barro cocido, y oímos el lenguaje dengoso y las ofertas de echarnos la buenaventura. Dos burros y un gitano viejo con patillas, semejantes al pelo sedoso y apelmazado de aquellos pacientes animales, completaban el cuadro, en el cual no faltaban ruido y músicas para caracterizarlo mejor, los canticios de una gitana, y los tijeretazos del viejo pelando el anca de un pollino.

Aparecieron luego por una cavidad, que no sé si era puerta, aposento o boca de una cueva, dos mieleros enjutos, con las piernas embutidas en paño pardo y medias negras, abarcas con correas, chaleco ajustado, pañuelo a la cabeza, tipos de raza castellana, como cecina forrada en yesca. Alguna despreciativa chanza hubieron de soltar a los gitanos, y salieron con sus pesas y pucheretes para vender por Madrid la miel sabrosa. Vimos luego dos ciegos, palpando paredes, el uno gordinflón y rollizo, con parda montera de piel, capa con flecos, y guitarra terciada a la espalda, el otro con un violín, que no tenía más que dos cuerdas, bufanda y gorra teresiana sin galones. Unióseles una niña descalza, que abrazaba una pandereta, y salieron deteniéndose en el portal a beber la indispensable copa.

Allí se enzarzaron en coloquio muy vivo con otros que llegaron también a la cata del aguardiente. Eran dos máscaras, la una toda vestida de esteras asquerosas, si se puede llamar vestirse el llevarlas colgadas de los hombros, la cara tiznada de hollín, sin careta, con una caña de pescar y un pañuelo cogido por las cuatro puntas, lleno de higos que más bien boñigas parecían. La otra llevaba la careta en la mano, horrible figurón que representaba al presidente del Consejo, y su cuerpo desaparecía bajo una colcha remendada, de colorines y trapos diferentes. Bebieron y se desbocaron en soeces dicharachos, y corriéndose al patio, subieron por una escalera mitad de gastado ladrillo, mitad de madera podrida. Arriba sonó entonces gran escándalo de risas, y toque de castañuelas; luego bajaron hasta una docena de máscaras, entre ellas dos que por sus abultadas formas y corta estatura revelaban ser mujeres vestidas de hombre, otras con trajes feísimos de comparsas de teatro, y alguno sin careta, pintorreado de almazarrón el rostro. Al propio tiempo, dos hombres sacaron en brazos a una vieja paralitica, que llevaba colgado del pecho un cartel donde constaba su edad, de más de cien años, buen reclamo para implorar la caridad pública, y se la llevaron a la calle para ponerla en la esquina de la Arganzuela. Era el rostro de la anciana ampliación de una castaña pilonga, y se la habría tomado por momia efectiva, si sus ojuelos claros no revelaran un resto de vida en aquel lío de huesos y piel, olvidado por la muerte.

Vimos que sacaban luego un cadáver de niño como de dos años, en ataúd forrado de percal color de rosa, y adornado con flores de trapo. Salió sin aparato de lágrimas ni despedida maternal, como si nadie existiera en el mundo que con pena le viera salir. El hombre que le llevaba echó también su trinquis en la puerta, y solo las gitanas tuvieron una palabra de lástima para aquel ser que tan de prisa pasaba por nuestro mundo. Chicos vestidos de máscara, sin más que un ropón de percalina, o un sombrero de cartón adornado con tiras de papel, niñas con mantón de talle y flor a la cabeza, a estilo chulesco, atravesaban el patio, deteniéndose a oír las burlas de los gitanos, o a enredar con los pollinos, en los cuales se habrían montado de buena gana si los dueños de ellos lo permitieran.

Antes de internarnos, diome el _reporter_ noticias preciosas, que en vez de satisfacer mi curiosidad, excitáronla más. La señora _Chanfaina_ aposentaba en otros tiempos gentes de mejor pelo, estudiantes de Veterinaria, trajineros tan brutos como buenos pagadores; pero como el _movimiento_ se iba de aquel barrio en derechura de la Plaza de la Cebada, la calidad de sus inquilinos desmerecía visiblemente. A unos les tenía por el pago exclusivo de la llamada habitación, comiendo por cuenta de ellos, a otros les alojaba y mantenía. En la cocina del piso alto, cada cual se arreglaba con sus pucheros, a excepción de los gitanos, que hacían sus guisotes en el patio, sobre trébedes de piedras o ladrillos. Subimos al fin, deseando ver todos los escondrijos de la extraña mansión, guarida de una tan fecunda y lastimosa parte de la humanidad, y en un cuartucho, cuyo piso de rotos baldosines imitaba en las subidas y bajadas a las olas de un proceloso mar, vimos a Estefanía, en chancletas, lavándose las manazas, que después se enjugó en su delantal de arpillera; la panza voluminosa, los brazos hercúleos, el seno emulando en proporciones a la barriga y cargando sobre ella, por no avenirse con apreturas de corsé, el cuello ancho, carnoso y con un morrillo como el de un toro, la cara encendida, y con restos bien marcados de una belleza de brocha gorda, abultada, barroca, llamativa, como la de una ninfa de pintura de techos, dibujada para ser vista de lejos, y que se ve de cerca.

II

El cabello era gris, bien peinado con sinfín de garabatos, ondas y sortijillas. Lo demás de la persona anunciaba desaliño, y falta absoluta de coquetería y arreglo. Nos saludó con franca risa, y a las preguntas de mi amigo contestó que se hallaba muy harta de aquel trajín, y que el mejor día lo abandonaba todo, para meterse en las Hermanitas, o donde almas caritativas quisieran recogerla; que su negocio era una pura esclavitud, pues no hay cosa peor que bregar con gente pobre, mayormente si se tiene un natural compasivo, como el suyo. Porque ella, según nos dijo, nunca tuvo cara para pedir lo que se le debía, y así toda aquella gentualla estaba en su casa como en país conquistado; unos le pagaban, otros no, y alguno se marchaba quitándole plato, cuchara o pieza de ropa. Lo que hacía ella era gritar, eso sí, chillar mucho, por lo cual espantaba a la gente; pero las obras no correspondían al grito ni al gesto, pues si despotricando, _era un suponer_, no había garganta tan sonora como la suya, ni vocablos más tremebundos, luego se dejaba quitar el pan de la boca, y el más tonto la llevaba y la traía atada con una hebra de seda. Hizo, en fin, la descripción de su carácter con una sinceridad que parecía de ley, no fingida, y el último argumento que expuso fue que después de veintitantos años en aquel nidal de ratas, aposentando gente de todos pelos, no había podido guardar dos pesetas para contar con algún respiro en caso de enfermedad.

Esto decía, cuando entraron alborotando cuatro mujeres con careta, entendiéndose por ello no el antifaz de cartón o trapo, prenda de Carnaval, sino la mano de pintura que se habían dado aquellas indinas con blanquete, chapas de carmín en los carrillos, los labios como ensangrentados, y otros asquerosos afeites, falsos lunares, cejas ennegrecidas, y _la caída de ojos_ también con algo de mano de gato, para poetizar la mirada. Despedían las tales de sus manos y ropas un perfume barato que daba el quien vive a nuestras narices, y por esto y por su lenguaje al punto comprendimos que nos hallábamos en medio de lo más abyecto y zarrapastroso de la especie humana. Al pronto, habría podido creerse que eran máscaras, y el colorete una forma extravagante de disfraz carnavalesco. Tal fue mi primera impresión; pero no tardé en conocer que la pintura era en ellas por todos estilos _ordinaria_, o que vivían siempre en Carnestolendas. Yo no sé qué demonios de enredo se traían, pues como las cuatro y _Chanfa_ hablaban a un tiempo con voces desaforadas y ademanes ridículos, tan pronto furiosas como risueñas, no pudimos enterarnos. Pero ello era cosa de un papel de alfileres y de un hombre. ¿Qué había pasado con los alfileres? ¿Quién era el hombre?

Aburridos de aquel guirigay, salimos a un corredor que daba al patio, en el cual vi un cajón de tierra con yerba callera, ruda, claveles y otros vegetales casi agostados, y sobre el barandal, zaleas y felpudos puestos a secar. Nos paseábamos por allí, temerosos de que la desvencijada armazón que nos sustentaba se rindiese a nuestro peso, cuando vimos que se abría una ventana estrecha que al corredor daba, y en el marco de ella apareció una figura que al pronto me pareció de mujer. Era un hombre. La voz, más que el rostro, nos lo declaró. Sin reparar en los que a cierta distancia le mirábamos, empezó a llamar a la _señá Chanfaina_, quien no le hizo ningún caso en los primeros instantes, dándonos tiempo para que le examináramos a nuestro gusto mi compañero y yo.

Era de mediana edad, o más bien joven prematuramente envejecido, rostro enjuto tirando a escuálido, nariz aguileña, ojos negros, trigueño color, la barba rapada, el tipo semítico más perfecto que fuera de la Morería he visto, un castizo árabe sin barbas. Vestía traje negro que al pronto me pareció balandrán; mas luego vi que era sotana.

—¿Pero es cura este hombre? —pregunté a amigo, y la respuesta afirmativa me incitó a una observación más atenta.

Por cierto que la visita a la que llamaré _casa de las Amazonas_ iba resultando de grande utilidad para un estudio etnográfico, por la diversidad de castas humanas que allí se reunían: los gitanos, los mieleros, las mujeronas, que sin duda venían de alguna ignorada rama jimiosa, y por último el árabe aquel de la hopalanda negra, eran la mayor confusión de tipos que yo había visto en mi vida. Y para colmo de confusión, el árabe... decía misa.

En breves palabras me explicó mi compañero que el clérigo semítico vivía en la parte de la casa que daba a la calle, mucho mejor que todo lo demás, aunque no buena, con escalera independiente por el portal, y sin más comunicación con los dominios de la señora Estefanía que aquella ventanucha en que asomado le vimos, y una puerta impracticable, porque estaba clavada. No pertenecía, pues, el sacerdote a la familia hospederil de la formidable amazona. Enterose al fin esta de que su vecino la llamaba, acudió allá, y oímos un diálogo que mi excelente memoria me permite transcribir sin perder una sílaba.

—_Señá Chanfa_, ¿sabe lo que me pasa?

—¡Ay, que nos coja confesados! ¿Qué más calamidades tiene que contarme?

—Pues me han robado. No queda duda de que me han robado. Lo sospeché esta mañana, porque sentí a la Siona revolviéndome los baúles. Salió a la compra, y a las diez, viendo que no volvía, sospeché más, digo que casi casi se fueron confirmando mis sospechas. Ahora que son las once, o así lo calculo, porque también se llevó mi reloj, acabo de comprender que el robo es un hecho, porque he registrado los baúles y me falta la ropa interior, toda, todita, y la exterior también, menos las prendas de eclesiástico. Pues del dinero, que estaba en el cajón de la cómoda, en esta bolsita de cuero, mírela, no me ha dejado ni una triste perra. Y lo peor..., esta es la más negra, _señá Chanfa_..., lo peor es que lo poco que había en la despensa voló, y de la cocina volaron el carbón y las astillas. De forma y manera, señora mía, que he tratado de hacer algo con que alimentarme, y no encuentro ni provisiones, ni un pedazo de pan duro, ni plato, ni escudilla. No ha dejado más que las tenazas y el fuelle, un colador, el cacillo, y dos o tres pucheros rotos. Ha sido una mudanza en toda regla, _señá Chanfa_, y aquí me tiene todavía en ayunas, con una debilidad muy grande, sin saber de dónde sacarlo y... Conque ya ve: a mí, con tal de tomar algún alimento para poder tenerme en pie, me basta. Lo demás nada me importa, bien lo sabe usted.

—¡Maldita sea la leche que mamó, padre Nazarín, y maldito sea el minuto pindongo en que dijeron: «un aquel de hombre ha nacido»! Porque otro de más mala sombra, otro más simple y _saborío_ no creo que ande por el mundo como persona natural...

—Pero, hija, ¿qué quiere usted...? Yo...

—¡Yo, yo!... Usted tiene la culpa, y es el que mismamente se roba y se perjudica, ¡so candungas, alma de mieles, don ajo!

La retahíla de frases indecentes que siguió, la suprimimos por respeto a los que esto leyeren. Gesticulaba y vociferaba la fiera en la ventana, con medio cuerpo metido dentro de la estancia, y el clérigo árabe se paseaba tan tranquilo, cual si oyese piropos y finezas, un poquito triste, eso sí, pero sin parecer muy afectado por sus desdichas, ni por la rociada de denuestos con que su vecina le consolaba.

—Si no fuera porque me da cortedad de pegarle a un hombre, mayormente sacerdote, ahora mismo entraba, y le levantaba las faldas negras y le daba una mano de azotes... ¡so criatura, más inocente que los que todavía maman!... ¡Y ahora quiere que yo le llene el buche!... Y van tres, y van cuatro... Si es usted pájaro, váyase al campo a comer lo que encuentre, o pósese en la rama de un árbol, piando, hasta que le entren moscas... Y si está loco, es un suponer, que le lleven al _manicómelo_.

—Señora _Chanfa_ —dijo el clérigo con serenidad pasmosa, acercándose a la ventana—, bien poco necesita este triste cuerpo para alimentarse: con un pedazo de pan, si no hay otra cosa, me basta. Se lo pido a usted porque la tengo por vecina. Pero si no quiere dármelo, a otra parte iré donde me lo den, que no hay tan pocas almas caritativas como usted cree.

—¡Váyase a la posada del Cuerno, o a la cocina del Nuncio _arzopostólico_, donde guisan para los sacrosantos gandules, verbigracia clérigos lambiones!... Y otra cosa, padre Nazarín: ¿está seguro de que fue la Siona quien le ha robado? Porque es usted el espíritu de la confianza y de la bobería, y en su casa entran Lepe y Lepijo; entran también hijas de malas madres, unas para contarle a usted sus pecados, es un suponer, otras para que las empeñe o desempeñe, y pedirle limosna, y volverle loco. No repara en quién entra a verle, y a todos y a todas les pone buena cara y les echa las bienaventuranzas. ¿Qué sucede? Que este le engaña, la otra se ríe, y entre todos le quitan hasta los pañales.

—Ha sido la Siona. No hay que echar la culpa a nadie más que a la Siona. Vaya con Dios, y que le valga de lo que le valiere, pues yo no he de perseguirla.

Asombrado estaba yo de lo que veía y oía, y mi amigo, aunque no presenciaba por primera vez tales escenas, también se maravilló de aquella. Pedile antecedentes del para mí extrañísimo e incomprensible Nazarín, en quien a cada momento se me acentuaba más el tipo musulmán, y me dijo:

—Este es un árabe manchego, natural del mismísimo Miguelturra, y se llama don Nazario Zaharín o Zajarín. No sé de él más que el nombre y la patria; pero, si a usted le parece, le interrogaremos para conocer su historia y su carácter, que pienso han de ser muy singulares, tan singulares como su tipo, y lo que de sus propios labios hace poco hemos escuchado. En esta vecindad muchos le tienen por un santo, y otros por un simple. ¿Qué será? Creo que tratándole se ha de saber con toda certeza.

III

Faltaba la más negra. Oyeron las cuatro tarascas amigas de Estefanía que se acusaba a la Siona, de quien una de ellas era sobrina carnal, y acudieron como leonas o panteras a la ventana, con la buena intención de defender a la culpada. Pero lo hicieron en forma tan brutal y canallesca, que hubimos de intervenir para poner un freno a sus inmundas bocas. No hubo insolencia que no vomitaran sobre el sacerdote árabe y manchego, ni vocablo malsonante que no le dispararan a quemarropa...

—¡Miren el estafermo, el muy puerco y estropajoso, mal comido, alcuza de las ánimas! ¡Acusar a la Siona, la _señora_ de más conciencia que hay en todita la cristiandad! ¡Sí señor, de más conciencia que los curánganos que no hacen más que engañar a la gente honrada con las mentiras que inventan!... ¿Quién es él, ni qué significan sus hábitos negros de ala de mosca, si no hace más que vivir de gorra, y no sabe ganarlo? ¿Por qué el muy simple no se agencia bautizos y funerales, como otros clerigones que andan por Madrid con muy buen pelo?... Misas a granel salen para todos, y para él nada: miseria y chocolate de a tres reales, hígado y un poco de acelga, de lo que no quieren las cabras... ¡Y luego decir que le roban!... Como no le roben los huesos del esqueleto, y la coronilla, y la nuez, y los codos, no sé que le van a robar... ¡Si ni ropa tiene, ni sábanas, ni más _prenda_ que una ramita de romero, a la cabecera, para espantar a los demonios!... Estos serán los que lo han robado, estos los que le han quitado los evangelios y la crisma, y el santo óleo de la misa, y el _ora pro nobis_... ¡Robarle! ¿Qué? Dos estampas de la Virgen Santísima, y el Señor crucificado con la peana llena de cucarachas... Ja, ja... ¡Vaya con el señor _Domino vobisco_, asaltado por los ladrones!... ¡Ni que fuera el Sacratísimo Nuncio pascual, o la Minerva del cordero _quitólico_, con todo el monumento de Dios en su casa, y el Santo Sepulcro de las once mil vírgenes! ¡Anda y que le den morcilla!... ¡Anda y que le mate el Tato!... ¡Anda y que...!

—¡_Arza_! —les dijo mi amigo, echándolas de allí con empujones más que con palabras, pues ya era repugnante ver a una persona de respetabilidad, por lo menos aparente, injuriada por tan vil gentuza.