Part 4
¿Qué es el hombre sin ideal? Nada, absolutamente nada: cosa viva entregada a las eventualidades de los seres extraños, y de que todo depende, menos de sí misma; existencia que, como el vegetal, no puede escoger en la extensión de lo creado el lugar que más le gusta, y ha de vivir donde la casualidad quiso que brotara, sin iniciativa, sin movimiento, sin deseo ni temor de ir a alguna parte; ser ignorante de todos los caminos que llevan a mejor paraje, y para quien son iguales todos los días, y lo mismo el ayer que el mañana. El hombre sin ideal es como el mendigo cojo que, puesto en medio del camino, implora un día y otro la limosna del pasajero. Todos pasan, unos alegres, otros tristes, estos despacio, aquellos velozmente, y él, sin aspirar a seguirlos, ocúpase tan solo del cuarto que le niegan o del desprecio que le dan. Todos van y vienen, cuál para arriba, cuál para abajo, y él se queda siempre, pues ni tiene piernas para andar, ni tampoco deseos de ir más lejos. Es, pues, la vida un camino por donde mucha y diversa gente transita, y sobre cuyos arrecifes y descansos se encuentran también muchos que no andan: estos, según mi entender, son los que no tienen ideal alguno en la tierra, así como aquellos son los que lo tienen, y van tras él aprisa o con calma, aunque los más, antes de llegar, suelen hacer alto en la posada de la muerte, donde por lo pronto se acaban los viajes en este camino.
Pues bien: en aquellos tres meses yo lo había perdido todo, y me encontraba tullido y con muletas en mitad del camino. La meditación, la razón, la evidencia que tenía delante, mil poderosos estímulos, me llevaron al siguiente resultado: renunciar completamente a Inés, si no en mi corazón, en lo real de la vida. Era lo justo, lo lógico, lo natural.
Y con esto queda dicho todo lo necesario para que se comprenda la impresión vivísima que experimenté cuando el Padre Salmón quiso tan impensadamente y por tan raros caminos llevarme en presencia de la Condesa.
«Iré, y sea lo que Dios quiera», dije para mí, ocupándome en arreglar el vestido que en tan solemne ocasión debía llevar sobre mi cuerpo. ¡Oh, infeliz de mí! Era el mes de noviembre, y no tenía más traje decente que uno de verano, sutilísimo, a quien cuidaba más que si fuera las telas de mi corazón, y me lo puse, con peligro de perecer helado, que a tales desperfectos están expuestos los pobres. Aquello, a más de incómodo, era ridículo; así es que al acostarme pedí fervorosamente a Dios y a los santos que aclararan el día siguiente, haciéndolo como los de mayo, templado y hermoso; pero los de arriba no me oyeron, o sin duda juzgaron más atendibles las razones de los labradores, que pedían agua y más agua.
Tomando algunas cosas que indispensables creía para la visita, salí a la calle tiritando, encogido, hecho un ovillo y resguardando de los canalones la limpieza de mi ropa; pero aun así no pude salvar sino una pequeña parte de mi persona. Al fin, aprovechando los claros y alguno que otro descanso de las llovedoras nubes, después de hacer varias paradas y estaciones en los portales, llegué al convento, y juntándome con Salmón, él muy festivo y yo más serio y pálido que si me llevaran a ajusticiar, nos dirigimos al palacio de Amaranta.
Entramos primero en una habitación lujosísima del piso bajo, donde encontramos al señor diplomático en poder de su peluquero, que le arreglaba la cabeza con tenacillas, untos y menjurjes. Estaba el buen Marqués en traje ligero y abigarrado, que daba risa, y oía con mucha seriedad los donaires y chascarrillos del maestro, que era un redomado tunante. No me reconoció Su Excelencia. Acercósele el fraile: hablaron aparte cosas que no entendí, y después nos mandó subir, diciendo que arriba estaba Amaranta con el Padre Castillo, revolviendo unos libros que le habían traído. Subimos, pues, y sin tardanza nos introdujo un paje. Al punto en que Amaranta se fijó en mí, púsose pálida y ceñuda, demostrando la cólera que el verme allí le causaba. Pero como hábil cortesana, la disimuló al instante y recibió a Salmón con bondad, ordenándome a mí que me sentase junto a la gran copa de azófar que en mitad de la sala había, de lo cual colijo que ella debió de comprender el intenso frío que, a causa del rigor de la estación y de la diafanidad de mis veraniegas ropas, me mortificaba.
VI
--Este muchacho --dijo Salmón-- enterará a usía de aquello que deseaba averiguar, pues todo lo sabe de la cruz a la fecha; y al mismo tiempo tengo el honor de decir a usía que aquí tenemos un portento de precocidad, un gran latino, señora, autor de cierto inédito poema, por quien S. A. el Príncipe de la Paz le destinaba a la Secretaría de la Interpretación de lenguas.
El Padre Castillo volviose a mí y dijo con afabilidad:
--En efecto, ayer nos habló de usted el licenciado Lobo. ¿Y en qué aulas ha estudiado usted? ¿Querrá leernos algo de ese famoso poema?
Yo le contesté que lo de mi ciencia latina era una equivocación, y que el licenciado Lobo me daba aquella fama usurpándola a otro.
--¡Oh, no!... que también, si no recuerdo mal, nos dijo que en usted la modestia es tanta como el talento, y que siempre que se le habla de estas cosas lo niega. Bien está la modestia en los jóvenes; mas no en tanto grado que oscurezca el mérito verdadero.
Amaranta no dijo nada. El Padre Castillo pasaba revista a varios libros, en montón reunidos sobre la mesa, y los iba examinando uno por uno para dar su parecer, que era, como a continuación verá el lector, muy discreto. Hombre erudito, culto, ilustrado, de modales finos, de figura agradable y pequeña, de ideas templadas y tolerantes, que le hacían un poco raro y hasta exótico en su patria y tiempo, Fray Francisco Juan Nepomuceno de la Concepción, en los estrados conocido por el Padre Castillo, se diferenciaba de su cofrade, el Padre Salmón, en muchísimas cosas que al punto se comprenderán.
--Estos son los libros y papeles que han salido en los tres últimos meses --dijo Amaranta--. Buena remesa me han mandado hoy Doblado y Pérez, mis dos libreros; pero no me pesa, pues entre tantas obras malas y de circunstancias como aparecen en estos revueltos días, alguna habrá buena, y hasta las impertinentes y ridículas tienen su mérito para ilustrar la historia de los actuales en los venideros tiempos.
--Así es --indicó el Padre Castillo--. No hay obra, por mala que sea, que no contenga algo bueno, y hace bien vuestra grandeza en comprarlas todas.
--He leído un poco de este voluminoso papel --dijo Amaranta tomando un folleto que parecía recién salido de la imprenta--, y me ha causado mucha risa. El título es de los de legua y media. Dice así: _Manifiesto de los íntimos afectos de dolor, amor y ternura del augusto combatido corazón de nuestro invicto monarca Fernando VII, exhalados por triste desahogo en el seno de su estimado maestro y confesor D. Juan Escóiquiz, quien por estrecho encargo de S. M, lo comunica a la nación en un discurso_.
--Pues aquí veo otro --dijo Castillo hojeándole-- que si no es del mismo autor, lo parece. Se titula _La inocencia perseguida o las desgracias de Fernando VII: poesía_. Verdad que está en verso, y ahora es moda tratar en metro las cuestiones serias, aun aquellas más extrañas al arte de la poesía, como, por ejemplo, este papel que ahora me viene a las manos y se llama _Explicación del capítulo IX del Apocalipsis, aplicado según su sentido literal al extraordinario acontecimiento de la pérfida irrupción de España: oda por un capellán_.
--Y ha de saber Vuestra Reverencia que también nuestro prisionero monarca da en la flor de hablar en verso --dijo Amaranta con sorna--, pues aquí tengo la _Epístola férvida que nuestro amado soberano el Sr. D. Fernando VII dirige a sus queridos vasallos desde su prisión: pieza patética, tierna y de locución majestuosa_.
--Pues ¿y qué me dice la señora Condesa de este otro librito que ahora me cae en las manos, y lleva por nombre _La Corte de las tres nobles artes, ideada para el inocente Fernando VII: anacreónticas_? Y la primera de estas anacreónticas se encabeza así: _Reglas que contribuyen a que un pueblo sea sano y hermoso_. Por mi hábito de la Merced, que no entiendo esto del pueblo _sano y hermoso_, que se ha de conseguir por la Corte de las tres nobles artes, y ha de exponerse en anacreónticas. Con permiso de vuecencia me lo llevaré al convento para leerlo esta noche.
--Lleve también Su Paternidad este papel suelto que dice: _Lágrimas de un sacerdote, en dos octavas acrósticas_.
--Esto de los acrósticos y pentacrósticos, es juego del ingenio, indigno de verdaderos poetas --dijo Castillo--, y más aún de un sacerdote, cuyo entendimiento parecería mejor consagrado a graves empleos. Pero démelo acá usía, que me lo llevaré, juntamente con este sermón que se titula _Bonaparciana u oración, que a semejanza de las de Cicerón, escribió contra Bonaparte un capellán celoso de su patria_. Y en verdad que no anduvo modesto el tal capellancito comparándose con Cicerón; pero en fin, eso me prueba qué tal será la dichosa Bonaparciana.
--Por Dios, señora Condesa --dijo a esta sazón el Padre José Anastasio de la Madre de Dios--. Ruego a vuecencia que me deje llevar al convento para leerlo esta noche, este otro graciosísimo libro que se titula: _Las Pampiroladas, letrillas en que un compadre manifiesta a su comadre que en las circunstancias actuales no debe temer a la fantasma que aterraba a todo el mundo_. ¡Qué obra más salada! Si no queda cosa que no se les ocurre...
--También puede llevarse, pues viene muy bien al ingenio y buen humor de Su Paternidad --agregó Castillo--, este otro que aquí veo, y es _Deprecación de Lucifer a su Criador contra el tirano Napoleón y sus secuaces, asustado de ver entrar tantos malvados franceses en el infierno_. ¡Hola, hola! también está en octavas. Serán mejores que las de Juan Rufo, Ercilla y Ojeda.
--¡Oh! Este sí que es bueno. ¡Válgame nuestra santa Patrona! --exclamó Salmón--. Óiganme: _Seguidillas para cantar las muy leales y arrogantes mozas del Barquillo, Maravillas y Avapiés, el día de la proclamación de nuestro muy amado Rey_. ¿Me las llevo, señora Condesa?
--Sí, Padre; ya que está por seguidillas, aquí veo otras que le parecerán muy buenas. _Seguidillas que cantó el famoso Diego López de la Membrilla, jefe de la Mancha, después que consiguió las gloriosas victorias contra los franceses._
--El pueblo español --declaró Castillo-- es de todos los que llenan la tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios. Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor; así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio, se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus enemigos con las sátiras punzantes que con las cortadoras espadas. ¿Y qué me dicen usías de este _Asalto terrible que dieron los ratones a la galleta de los franceses, poema en dos cantos_? ¿Qué de este _Elogio del Sr. D. Napoleón, por un artífice de telescopios_? ¿Qué de esta _Gaceta del infierno, o sea Noticia de los nuevos amores de la Pepa Tudó con Napoleón, y celos de Josefina_?
--Esas son groserías de vulgares o indecentes escritores --afirmó con enfado Amaranta--, pues todo el mundo sabe que ni la Tudó ha tenido amores con Bonaparte, ni este ha hecho nada que menoscabe su fama de hombre de buenas costumbres.
--Cierto es --dijo Castillo--; pero si usía me lo permite, le haré una observación, y es que el pueblo no entiende de esas metafísicas, y al verse engañado y oprimido por un tirano y bárbaro intruso, no debemos extrañar que le ridiculice y aun le injurie. El pueblo es ignorante, y en vano se le exige una decencia y compostura que no puede tener, razón por la cual yo me inclino a perdonarle estas chocarrerías si conserva la dignidad de su alma, donde el grande sentimiento de la patria como que disimula y oscurece los rencorcillos pequeños y vituperables.
--No me defienda usted tales chocarrerías, Padre --repuso Amaranta--. ¿Tiene perdón de Dios este otro impreso que ahora leo? Oiga usted el título: _Lo que pueden cuatro borrachos, o sea despique al vil dictado con que se han querido oscurecer los honrados procedimientos de un pueblo fiel a su Religión, Rey y Patria_.
--La obra --dijo riendo el fraile-- tiene traza de no ser un segundo _Don Quijote_ ni mucho menos; pero en su mismo título hallará vuecencia la explicación del llamar _borrachos_ a los Bonapartes, dictado que tanto repugna a mi señora Condesa. Cierto que los Bonapartes no son borrachos, y harto sabemos que el pobre Rey José ni por pienso lo bebía; pero el pueblo no lo entiende así, del mismo modo que jamás dejó de llamarle _tuerto_, aunque harto bien pudo reparar la hermosura de sus dos ojos. El pueblo le llamó borracho y tuerto, sin motivo, es cierto; pero ¿tienen razón los franceses en llamar _insurgentes, bandidos y ladrones de caminos_ a los héroes que en los campos de batalla defienden generosamente la independencia patria?
--Convengo en ello --contestó Amaranta--; pero la cosa más justa si se hace con malas formas, parece como que se deslustra y encanalla. Vea usted. Para hacer una pintura de las calamidades ocasionadas por la guerra, no era preciso que el autor de este papel lo titulara _Inventario de los robos hechos por los franceses en los países donde han invadido sus ejércitos_.
--Señora, concedo que al autor se le ha ido un tanto la mano en la forma --dijo Castillo--; pero por lo poco que de este libro he leído, me parece que dice verdades como el puño.
--¡Y tan como el puño! --exclamó Salmón alzando los ojos de un libelo cuyas páginas a la ligera recorría--. Pues lo que es este que al azar ha caído en mis manos, tiene unas explicaderas...
--¿Cuál?
--Es de lo más gracioso y bien parlado que imaginarse puede. Su anónimo autor lo titula _Carta primera de un vecino de Madrid a un su amigo, en que le cuenta lo ocurrido después de la prisión del execrable Godoy hasta la vergonzosa fuga del tío Copas_. La agudeza de los dichos, la oportunidad de los chistes, apodos y chanzonetas es tal, que harían reír a la misma seriedad.
--¡Bonito modo de escribir la historia! Y ese palurdo vecino de Madrid, que sin duda será algún sacristán rapavelas o bodegonero del Rastro, ¿qué entiende de execrables Godoyes ni otras zarandajas?
--¿Pues no ha de entender, señora? --dijo el Padre Castillo--. A veces en personas rudas y zafias se ve mejor sentido y criterio de las cosas que en las ilustradas, quizás por su misma ilustración desvanecidas. Lo que les falta es el decoro en la forma. Oiga mi señora Condesa una observación que quiero hacerle. Entre esta multitud de papeles, que los libreros de Madrid le envían para que coleccione todo lo publicado, hay tal balumba de despropósitos y estolideces, que sería más necio y simple que sus autores el que dejara de reconocerlo así. Pero en medio de tanta faramalla, encuentro algunos productos del ingenio que suspenden, cautivan y enamoran, por ser fruto espontáneo de la mente popular, como lo son las heroicas acciones que desde el principio de la guerra estamos presenciando. Vea vuecencia: aquí hay una _Convocatoria que a todos los pastores de España dirige un mayoral de la sierra de Soria para la formación de compañías de honderos_. Este es un hombre ignorante, cuya actividad e interés por la patria no puede menos de elogiarse. También merece encomios lo que ha escrito esta Doña María Piquer y Pravia, con el título de _¿Qué es héroe? Exhortación a los jóvenes españoles_, pues todo lo que tienda a encender los alientos de la juventud en las actuales circunstancias, es digno de aplauso. No le negaré tampoco los míos a estos _Cargos que hace el tribunal de la razón de España al Emperador de los franceses_, porque los tales cargos están hechos con mesura; ni tampoco a este _Engaño de Napoleón descubierto y castigado, obra en que se manifiesta con la mayor claridad la infidelidad del Emperador en sus convenios con España_, porque todo cuanto se diga acerca de la manera desleal y traidora con que nos declararon la guerra, me sabe siempre a poco. No seré tan benévolo con esta _Carta del licenciado Siempre y Quando al Doctor Mayo de 1808_, porque me repugnan las formas chocarreras en formales asuntos, ni daré dos higos por esta _Alegoría poética que descubre las iniquidades del más perjudicial y maligno hipócrita del mundo, Bonaparte_, porque ya dije que este afán de tratar en malos versos lo que está pidiendo a gritos clara y valiente prosa, me indigna y pone fuera de mí.
VII
--Gracias a Dios --dijo entonces Amaranta-- que encuentro entre esta garrulería una obra de reconocida utilidad durante los tiempos de guerra. Vea Su Reverencia: _Arte universal de la guerra del Príncipe Raimundo de Montecuculi_.
--En efecto, señora: yo daría un par de abrazos y otros tantos apretones de manos a Quiroga y Burguillos, que son impresores y editores de esta gran obra. Y aquí veo otra, a cuyo autor le pondría yo en los cuernos de la luna, pues no conozco hoy por hoy tarea más meritoria que escribir un _Prontuario en que se hallan reunidas las obligaciones del soldado, cabo y sargento para la pronta metódica instrucción de las compañías_. Vea mi señora Condesa cómo también sacamos pepitas de oro puro del escorial de este montón que tenemos delante. Aquí veo la _Higiene militar o arte de conservar la salud del soldado en guarniciones, marchas, campamentos, hospitales, etc._ Queden a un lado, para que no se confundan con lo demás, y en su compañía vaya _El buen soldado de Dios y del Rey, libro donde se asocian las máximas militares con las cristianas_. Esto me parece muy del caso, pues será mejor soldado aquel que lleve en su corazón la fe, única fuente de toda heroica acción, y de la humildad y obediencia, que mantienen la disciplina, remedo mundano del divino orden puesto por Dios a la autoridad religiosa.
--Pues hagamos aquí un apartado de los buenos libros --dijo la Condesa graciosamente, reuniendo los que el fraile le indicaba.
--Pero tate, señora mía --dijo este--, que me parece que en ese departamento de las cosas buenas se ha colado _El laurel de Andalucía y sepulcro de Dupont_, que, aunque muy patriótica, es de las más necias y enfadosas comedias que se han impreso en estos tiempos. Vaya fuera, y lléveselo Salmón si quiere leerlo, y en su lugar póngase esta _Colección de proclamas, bandos, diversos estados del ejército y relaciones de batallas_, que por ser un conjunto de documentos fehacientes, será en día no lejano de grande interés para la historia, que en tales tesoros se alimenta y bebe la verdad, sin la cual no puede vivir. ¿Pero qué libro es ese que con tanta atención vuecencia lee?
--Leo --repuso la Condesa-- las _Poesías patrióticas de D. Manuel Josef Quintana_, que ahora salen por segunda vez a luz. Este tomo contiene la _Expedición de la Vacuna, las odas a Juan de Padilla, a España libre, al panteón del Escorial y a la Invención de la imprenta_.
--¡Oh! --exclamó el Padre Castillo--. Bien lo decía yo: no pepitas de oro, sino perlas orientales habían de aparecer entre esta balumba. Póngame vuecencia a ese poeta sobre las niñas de mis ojos, pues no me canso nunca de leerlo, y es tan grande el encanto que en mí producen su fogosa entonación, su grave estilo, su arrebatado estro, su numerosa cadencia, la gallardía de las imágenes, la verdad de los pensamientos, la elegancia de los símiles, la escogida casta de todas las voces y frases, que me olvido del apasionamiento y saña con que ataca institutos y personas que yo a causa de mi estado no puedo menos de reverenciar. Pero tal es el privilegio del arte cuando da en buenas manos; y es que enamora con la forma aun a los mismos a quienes no puede conquistar con las ideas.
--Quítenmelo de delante --dijo Salmón--, y no pongan a ese autor ni a cien leguas del de esta composición que ahora tengo en la mano: _Godoy, sátira por D. José Mor de Fuentes_.
--Pues si Su Paternidad es tan entusiasta de Mor de Fuentes, nosotros se lo regalamos, para que lo disfrute por los siglos de los siglos. ¿No es verdad, señora Condesa? ¿A ver qué otro volumen es este, que parece recién publicado? _Poesías líricas o rimas juveniles por D. Juan Bautista Arriaza._ Este no debe ser despreciado, pero tampoco agasajado. El aprecio que conquista con su gracia y primorosa frivolidad, lo pierde por maldiciente, sin que tenga, como Juvenal, el mérito de reprender los vicios y malas costumbres. Sus mejores obras son las que podríamos llamar _Vejámenes_, dirigidas contra cómicos y poetas; y estas _Rimas juveniles_ son finas, pulcras, bonitas, pasajeras; pero carecen de aquella sal de la inspiración, sin cuyo ingrediente no hay manjar poético que se pueda traspalear. ¿Qué hacemos, señora Condesa? ¿Se lo damos a Salmón, o se queda en el departamento escogido?
--Quédese aquí --dijo Amaranta--, aunque no sea sino porque me ha dedicado casi todos sus versos llamándome Clori, Belisa, Dorila, Mirta, Dafne, Febea y Floridiana. Y para que el reverendo Salmón no se enfade, le daremos el _Napoleón rabiando, casi-comedia_; el _Bonaparte sin máscara_, y la _Descomunal batalla de los invencibles gabachos contra los ratones del Retiro_, que aquí están pidiendo que Vuestra Reverencia les dé su dictamen.
--Pues vengan --dijo Salmón--, y no creo que vuestra grandeza me niegue este saladísimo papel, cuyo solo título hace desternillar de risa, y es _El juego de Fernando VII con Napoleón y Murat al tresillo, libro en el que baxo las voces propias del tresillo se da una idea de lo acaecido con nuestro augusto soberano, del orgullo de Napoleón, y concluye con las exclamaciones más tiernas de nuestro oprimido monarca_.
--Esto de decir en términos de tresillo lo que se puede expresar en castellano seco, me enamora --indicó Castillo.
--Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención --observó el otro fraile--. La prosa llana se cae de las manos, y así no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido en la lectura de ese folleto, _Gobierno pronto y reformas necesarias_.
--Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles de esta clase indican de alteraciones y disputas para lo porvenir.
--Los españoles --dijo la Condesa-- no se cuidan ahora de lo porvenir.
--Permítame usía que le diga que está muy equivocada --repuso Castillo--. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz (y los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, esto que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos han de regir. Aquí tengo unas _Reflexiones de un español, y modo de organizar un Gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad y prosperidad de la nación_. No parece mal escrito, y apunta con timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que se intitula _Política popular acomodada a las circunstancias del día: propone la Constitución que la España necesita para cortar de raíz el despotismo_. Por el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este otro que dice _Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el modo de establecer una Constitución_.
--Y por lo que veo --dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro--, este trata del mismo asunto: _Manifiesto del español, ciudadano y soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual_.
--Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha querido decir ese buen hombre con lo del _mundo individual_; pero lo apartaremos para leerlo después.
--¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres entre los diversos autores que tratan de política y de Constitución? --preguntó Amaranta.