Napoleón en Chamartín

Part 3

Chapter 34,177 wordsPublic domain

--En estos tiempos, Padrito --dijo la madre--, suele caer algún bordado de uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquella ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las mejores casullas que se han lucido en procesiones, así como las mejores chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron por estas manos. ¡Ay, quién me lo había de decir! La que bordó los calzones que llevaba Pepe-Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro; la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el Eminentísimo Cardenal de Lorenzana el día que tomó posesión, está hoy consagrada a miserables letras de cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias de consejero, o ropón de Niño Jesús, que caen de peras a higos. ¡Buenos están los tiempos!

--Cuando esto se acabe... --dijo el fraile.

--¿Cómo cuando esto se acabe? --gritó de improviso D. Roque, interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo--. Antes, muy antes de que esto se concluya se reunirá el país en Cortes. ¡Y estos alcornoques no lo quieren creer!

--Que te despeñas, Roque amigo.

--¿También eso lo dicen los papeles? --preguntó con mucha sorna el Gran Capitán.

--También lo dicen, sí señor. ¿Pues no lo han de decir? Y cómo se me ha de olvidar, si lo sé de memoria, y anoche, luego que me acosté, estuve recitando en voz alta aquello de... «Después de tantos años de abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos, amanecerá el glorioso día en que se reúnan los pueblos por medio de sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de un solo hombre, con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas es como puede conocerse a fondo el estado de una nación, sus recursos, sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal aconsejados, caminarán ciegamente al despotismo, tal vez contra sus buenos deseos.»

--¡Lindísimo sermón! --exclamó el Gran Capitán--. Ayer le contaba a mi compañero en la portería de Cuenta y Razón las extravagancias de mi vecino D. Roque, y me dijo que esto se llamaba _el democratismo_. ¿Es así, Padre?

--Llámese como se quiera --repuso el venerable Salmón--, lo que digo es que este chocolate, que ahora nos trae la señora Doña Gregoria, y cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo que viene en el canjilón, me parece tal, que solo podría servírsele semejante al Sumo Pontífice.

--Y a la abadesa de las Huelgas de Burgos --dijo Doña Gregoria--; que ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su esposa es la tal abadesa de las Huelgas.

--Así es --añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el canjilón--; y por lo que hace a eso del _democratismo_, yo le aconsejo a D. Roque que se deje de tonterías y no piense en novedades, pues por ahora, y en muchísimos años para adelante, estamos y estaremos libres de ellas.

--Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los franceses --dijo la mayor de las hijas de Doña Melchora--, y también para defender los usos y _pláticas_ del reino contra las novelerías que quiere poner aquí Napoleón. Así me lo dice todos los días Paco el plumista, que es sargento de voluntarios.

--Pues a mí me dijo Simplicio Panduro, ese saladísimo paje de D. Gaspar Melchor de Jovellanos --añadió la otra--, que los españoles guerrean por echar a los franceses y por mejorar la mala condición de los reinos, quitando las muchas cosas malas que hay, al modo de lo que dice D. Roque por las noches, cuando predica a solas y a oscuras en su cuarto.

Estas dos opiniones dieron pie a una acalorada disputa que no copio porque nada sacarían de ella en limpio mis lectores, toda vez que es público y notorio que en lo que va de siglo, la historia, la grave y cachazuda historia, no ha podido dilucidar la cuestión planteada por aquellas dos niñas, y aun hoy andan a la greña eminentes escritores por averiguar si decía verdad la mayor o la menor de las hijas de Doña Melchora.

Salmón, consumido su chocolate, dijo:

--Conque, amiguitos, ¿me dan ustedes su venia para retirarme?

--¿Tan pronto, Padre? ¡Que siempre nos ha de tener Vuestra Reverencia con hambre de su compañía!

--Bastante os acompaño, hijitas mías.

--Pues siempre nos sabe a poco.

--Ya sabéis que tenemos en casa desde esta tarde _octava misión y solemnes cultos para desagraviar a Jesús Nazareno y a María Santísima de los sacrílegos insultos que han sufrido, en nuestros templos, de los impíos ejércitos franceses, e implorar de la Divina Misericordia que robustezca y ampare a nuestros soldados, y conserve y dirija en todos los negocios a los que nos gobiernan. Después habrá procesión a la Virgen de la Paloma, patrona de todo el majerío_. ¿Pero no lo sabíais, pajaritas volanderas? Por supuesto, que no faltaréis el día que me toque predicar.

--Antes faltará la tierra y prados en ella, como dijo el otro.

Y estaba en pie para retirarse el Padre mercenario, cuando el Sr. de Cuervatón, que poco antes había sido llamado de su casa, donde le esperaba una visita, volvió dando voces; y lleno de cólera, que en los ojos con fulminantes rayos le centelleaba, habló así:

--¡No sé cómo no le ahogo!... ¡Vaya con el lindo currutaco, harto de ajos!... ¡Cuando creí que vendría a pagarme, viene a pedirme más dinero!... ¡Y ahora sale con que su señora mamá es muy rica! Miserable, pringoso, vestido con harapos de príncipe, ¿por qué esa señora no reventó antes que os pariera?

--¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿Qué le pasa?

--Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña hacienda a los necesitados, he aquí que un señor Condesito de Rumblar o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por duro al mes), viene a pedirme más dinero. Canalla, catacaldos: ¿qué me importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos?

--¿D. Diego de Rumblar? --dijo Salmón; y luego, volviéndose a mí, añadió--: no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar.

--Pues o me paga --prosiguió Cuervatón--, o el mejor día le desnudo en medio del Prado delante de las damas.

En esto salimos al corredor, y ¡oh, espectáculo lamentable! se ofreció a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio por todos los chicos de la vecindad como novillo en plaza. Mujeres habladoras habían salido por los cien agujeros de aquella colmena, y unas con cáscaras de castañas, otras con palabras picantes, le mortificaban en lo moral y en lo físico. Especialmente la mujer de Cuervatón, que era una hidra con más rabos y espinas y escamas en su alma que las mitológicas en su cuerpo, poniéndose de pechos en el barandal, después de escupirle, le decía:

--Tío pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener haraganes?... ¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de que apestáis? Coma usted clavos, y si es noble y espera mayorazgos, póngase a roer sus _jicutorias_, o coja una espuerta y vaya a vender arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para comer y vestir como niños de príncipe, andan al trabajo de la arena desde que saben llevar la mano a la boca. ¡Cuidado con el señorito D. Pelagatos! Y dice que es Conde... Conde es él como mi abuelo. Ea, muchachos, rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar argentino que hay en el patio... Coged también esas cáscaras de nuez, y la ceniza de aquel braserillo.

Los muchachos que esto oyeron, y que se habían adelantado a poner en ejecución _auctoritate propia_ lo del rociar, descargaron sobre el infeliz D. Diego, a punto que este salía, tal lluvia de inmundas substancias, le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego por toda la calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz magnate corrido, avergonzado y lloroso.

El Padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los muchachos su grosería, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando se dispuso a bajar, todos se lo disputaban no queriendo dejarle de la mano: este le enseñaba los cinco perritos recién paridos por Zoraidilla; aquel le hacía tocar con el dedo el diente de la niña; uno le pedía receta para el dolor de muelas; otro le cantaba una seguidilla nueva, y todos le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien se le podía considerar como el hombre más popular de su tiempo.

Cuando bajaba, allí eran de oír las exclamaciones, las palmadas, los vítores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones.

--¿Cuándo me receta para estos desmayillos?

--Ya sé de cabo a rabo la oración a San Antonio. ¿Cuándo se la echo a Su Paternidad?

--Razón tenía el Padrito en decir que el aguardiente de Chinchón da mejor gusto a los puches que el de Ocaña, y que no hay plato de lentejas sin dos ajitos machacados. Así lo hemos hecho.

--Padre, ¿las ranas son carne o son pescado? Porque mi abuela las comió el viernes y está llena de escrúpulos.

--¿Qué nombre le pondremos a lo que ha de venir si sale macho? Pondrémosle Anastasio como Su Reverendísima, en señal de agradecimiento por habernos ayudado a criar al mayorcito.

--Ya están compradas las dos velas para la Virgen de la Buena Dicha, y aquí Ramona las está adornando con flores y lentejuelas.

--Viva cientos de miles de años su magnitud sapientísima y empingorotadísima para alivio de estos pobres a quienes socorre.

Y así continuaban hasta que el Padre salía a la calle. No: no ha existido hombre más popular que el Padre Salmón. Casi, casi estoy por asegurar que su popularidad excedió dos dedos y aun tres a la de Fernando VII. ¡Desventurado Salmón! ¡Oh, tú, varón felicísimo, harto de lisonjas, de regalos y de bienestar!; ¡oh, tú, teólogo de tumba y hachero, predicador burdo y de cuatro suelas, fraile mercenario que si no redimiste ningún cautivo, tampoco hiciste daño a nadie!; ¡oh, tú, hombre dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, pues no cavilaste jamás ni te apasionaste, ni aborreciste, ni padeciste mal alguno en muchos años, ni viste turbada tu apacible existencia!: ¡quién te había de decir entonces que aquel mismo pueblo tan solícito en vitorearte, en regalarte, en aplaudirte, en venerarte y adorarte como a persona divina, te había de coser a puñaladas veintiséis años después en la enfermería de tu santa casa, y cuando ya viejo, enfermo, inválido y sin alientos, no pensabas más que en Dios! ¡Quién te había de decir que aquel mismo pueblo de quien fuiste ídolo, te había de echar al cuello un cordel de cáñamo para arrastrarte por los profanados claustros, sirviendo tu antes regalado cuerpo de horrible trofeo a indecentes mujerzuelas! ¡Ay, lo que es el mundo y qué cosas tan atroces ofrece la historia! Y así es bien que digas: si buen chocolate sorbí, buenos palos me dieron; si buenos abrazos, y agasajos, y besos de correa recibí, con buen pie de puñaladas se lo cobraron.

V

Pero como nada de esto viene ahora al caso, voy a dar cuenta del asombro que me causó la conversación que inmediatamente después de su salida tuve con aquel popularísimo fraile; y lo ocurrido fue que, apoyándose en mi brazo para descargar sobre él parte del peso de su bien aprovechada humanidad, me dijo:

--Gabriel, o mejor, Sr. D. Gabriel, pues a todo un Pico de la Mirandola se le debe tratar con miramiento: has de saber que necesito que me informes detenidamente de la vida de ese D. Diego de Rumblar, en cuya compañía te he visto varias veces. Tú dirás que qué me importa a mí si el tal niño canta o llora; pero a esto te respondo que no soy yo quien tiene interés en saber sus malas mañas, sino una elevadísima familia, cuya casa frecuenta mi inutilidad las más de las tardes. Como Don Diego está para casar con la niña, las señoras, que ya barruntan la mala vida que lleva el rapaz en Madrid, están muy disgustadas. Ayer, cuando afirmé que le había visto en esta casa, me dijo la señora Condesa: «Por Dios, Padre Salmón, haga usted el favor de averiguar con qué hombres se junta, a qué sitios va, en qué gasta su dinero, porque si es cierto lo que sospechamos, antes se hundirá el cielo que entre él en nuestra familia.»

--Pues el señor Conde --le respondí-- es un poco calavera. Cosas de la juventud... Yo creo que se enmendará.

--Se enmendará. Luego es malo. Bien, Gabriel. Has dicho lo que necesitaba saber. ¿A dónde va por las noches? ¿Con quién se junta?

--Todo lo sé perfectamente --respondí--, y no da un paso sin que yo me entere de ello.

--¿De modo que podré satisfacer a la señora Condesa? ¡Oh! Bendito seas, que me proporcionas la ocasión de corresponder a las grandes finezas de la dama más hermosa de España, al menos según mi indocto parecer en asunto de mujeres. Mañana tengo que ir a su casa, porque has de saber que la señora Condesa es la que ha formado la _Congregación de lavado y cosido_.

--¿Y qué es eso?

--Una Junta de señoras de la nobleza para lavar y coser la ropa de los soldados en estas críticas circunstancias. Y no creas que es cosa de engañifa, sino que ellas mismas, con sus divinas manos, lavan y cosen. También pertenece la señora Condesa a la Junta de las _Buenas patricias_, en que hay damas de todas categorías, desde la duquesa a la escofietera. Pero esto no hace al caso, sino que mañana tengo que ir allá y les diré todo lo que tú me confíes. Aunque ahora se me ocurre que más fácil y expedito será cogerte por la mano y plantarte en presencia de tan alta señora para que por ti mismo y con tus buenas explicaderas, le des cuenta y razón de lo que desea saber.

--Padre, no sé si estará bien que yo vaya a esa casa --dije tratando de disimular la alegría que el anuncio de la visita me causara.

--Yendo conmigo, no tengas cuidado. Además, has de saber que la señora Condesa es una persona ilustradísima, y que entiende de poesía y letras humanas; de modo que al saber tus conocimientos en la lengua latina, es seguro que te recibirá bien, y aun espero que te proporcione una buena colocación.

--Eso será lo de menos, con tal que yo consiga prestar a tan buena señora el servicio que desea. Y dígame, Padre, ¿conoce Su Reverencia, por ventura, a la que va a ser mujer de D. Diego?

--¡Que si la conozco! Como que soy su amigo y su confidente, y desde que entro en la casa viene a mí saltando y brincando, y todo el día está «Padre Salmón por aquí, Padre Salmón por acullá.»

--¿Y es Vuestra Paternidad su confesor?

--Eso no, que lo es mi compañero y amigo el Padre Castillo, el cual va también todas las tardes a la casa.

--Y ella estará tan enamorada de D. Diego que beberá los vientos por él.

--Me figuro que no le puede ver ni en pintura. Es opinión general en la casa que la niña tiene puesto el pensamiento y el corazón en otra persona; pero aunque se vuelven locos, no ha sido posible dar con ella. El señor Marqués y su hermana no piensan más que en averiguar quién podrá ser ese desconocido zascandil que ha trastornado el seso a la más discreta y bella muchacha que ha peinado azabaches y llorado perlas en el mundo; y todo se vuelve averiguaciones y acechos, y observa por aquí y husmea por allí. La Condesa no se afana tanto y suele decir: «Eso se la pasará»; pero yo conozco que no las tiene todas consigo. He aquí la causa de que hayan querido apresurar el casamiento; pero aquí viene lo de que Rumblarito es un perdido y un mala cabeza, y todo proyecto se desbarata, y allá va el estira y afloja de las consultas: «¿Padre, qué haremos? ¿Padre, qué no haremos?» A cuyo apremiante cuestionar les contesto: «Calma, señoras mías, calma, que a mucha prisa gran vagar. Que mi estrella querida Doña Inés es el _super omnia_ de la virtud, de la buena crianza, del recato, de la modestia, no queda duda alguna, y capaz soy de decirlo en el púlpito si me pinchan tanto así. Al mismo tiempo, tampoco puede dudarse que algo le hace cosquillas en su pensamiento, que algo como triste recuerdo o vago deseo la trae a mal traer, porque ¿cómo se explica aquel no hablar en dos días, aquel suspirar tan tierno, con la añadidura de mirar al suelo en ademán cogitabundo, sin que razones ni halagos, ni aun mis chistes escogidos, ni mis cuentos entresacados del _Tesoro de los dichos agudos_ la hagan pestañear?» Y oyendo estas prudentes razones, la Marquesa se entristece, y me vuelve a consultar, y aquí viene lo de: «Averígüelo el reverendo Salmón, que como tiene tanto arte para el confesonario y es el mayor sacador de pecados que hemos conocido, sabrá explorarla.» Entonces el Marqués añade: «Si por artes del demonio esa muchacha durante el tiempo en que vivió lejos de nosotros tuvo el mal gusto de enamoriscarse de algún cabrahigo de esas calles, ¿cómo es posible que en su nueva posición no le haya olvidado?» Y yo, lleno de celo por el reposo de tan ilustre familia, llamo a la niña, me la llevo a un rinconcito de la casa o a uno de los cenadores del jardín, y le tomo una mano, y se la acaricio, o le cuento dos cuentos, le digo tres gracias y le doy una flor, y echando a correr con estas mis pesadas piernazas, le digo: «A que no me cogéis», y ella vuela y me agarra del hábito a los tres pasos, y con estos juegos preparo su ánimo para la confesión de amigo, no de sacerdote, que de ella espero. Sentados otra vez, le digo: «Niñita mía, flor de esta casa, retoñito temprano, fresa de Abril, ¿queréis decirme cuál es la causa de esa melancolía? Vamos a ver, acá para entre los dos, pues esto no ha de salir de mí. Antes de que vuestro papá os recogiera, ¿amasteis a alguien?» Y al oír esto, los ojos se le llenan de lágrimas, echa a correr, la sigo y al poco trecho la veo parada, mirando al suelo y mordiendo la punta del pañuelo. Vuelvo a mis preguntas y nada saco en limpio, lo cual me desespera. Entonces la Marquesa y su hermano me preguntan si creo conveniente que se rompa el trato hecho con la familia de D. Diego, a lo cual les contesto: «Calma, señores: indagaremos primero si es cierto lo que del mozalbete se cuenta. Yo me encargo de hacer diligencias, pues varias veces le he visto entrar en cierta casa que frecuento, y conozco un joven que a menudo le acompaña.» Nada, hijo mío, lo dicho, dicho. Mañana vas allá y les cuentas todo lo que sabes _et quibusdam aliis_, con lo cual mi encargo queda hecho y el Rumblar desmascarado.

Gran sorpresa me causó la relación del venerable mercenario, y cuando me separé de él prometiéndole ir en su compañía al siguiente día, quedeme pensando en las extrañas cosas que había oído, y muy dudoso acerca de si había obrado cuerdamente al comprometerme en tan arriesgada visita. Pero debo explicar las causas de mis dudas, así como el estado de mi ánimo por aquellos días, pues algo hay que mis lectores no deben ignorar, aunque les sean indiferentes las desdichas de este su humilde servidor. El palacio de mi señora la Condesa (y debo advertir que a la sazón vivían todos reunidos en el de la Cuesta de la Vega), era un asilo infranqueable para mí. Desde mi vuelta de Andalucía, ni por el pensamiento me pasó el poner allí los pies, teniendo como tenía la seguridad de una expulsión ignominiosa cual la de Córdoba. Entrar valiéndome de la astucia, habría sido, si posible, infructuoso, pues la superchería o ficción de que me valiera, no podrían durar sino hasta que la señora Amaranta me viese el rostro. Frecuentemente iba a pasear de noche por los callejones que rodean el palacio, y allá en lo alto del muro, la claridad de una ventana atraía mis miradas. Falto de la imagen de su persona, aquel cuadro de débil luz se me representaba como ella misma. Largas horas pasaba allí sin más compañía que la imagen de piedra de María Santísima de la Almudena, con quien en mi soledad entablaba místicos diálogos. Alumbrábame con sus dos faroles y me miraba compasiva. Una noche, tanto miré al palacio frontero a la Virgen, y con tanto arrobo contemplaba aquella ventana, que me entraron tentaciones de dar a conocer mi presencia al habitante del caserón que con semejante luz se alumbraba, habitante que, según mi capricho, era Inés y no otro alguno. Resolvime a ello, y tomando una chinita la arrojé contra los cristales: al poco rato se dibujó en ellos una sombra; pero esta y la luz desaparecieron pronto. Repetí el disparo a la noche siguiente, y catad la sombra otra vez. Pero cuando esperaba ver abierta la ventana y oír una voz querida ceceando dulces y temblorosas sílabas en el silencio de la noche, apareciose en el fondo del callejón, y como saliendo de las cocheras del palacio, un grupo de hombres en actitud hostil contra mi persona. Me puse en cobro a toda prisa, y no volví más.

Pasó agosto, pasaron también septiembre y octubre, y aquellos noventa días, depositándose unos tras otros como noventa capas de tierra en el hoyo de mi existencia, iban sepultando ilusiones, alegrías, sueños, porvenir. De improviso, la diferencia de jerarquía social había puesto entre Inés y yo murallas inexpugnables, y para romper su jaula no bastaban mis fuerzas, pues no era la nueva como aquella de los Requejos, hecha de frágiles cañas y alambres, sino de fuertísimos barrotes, más que el diamante duros.

Entonces comprendí claramente que yo no era nada, ni valía en el mundo más que un grano de anís, y esta consideración, irritándome en sumo grado, me infundía el mayor desprecio hacia mí mismo. ¿Por qué he nacido como he nacido? me preguntaba; y según es fácil comprender, no podía acertar con la contestación.

Y después decía: el espesor y fortaleza de estas paredes son tales, que si toda mi vida la empleara en hacerme más sabio que Séneca, más valiente que el Cid y más rico que los Fúcares, aun así no podría romperlas. Sin embargo, tal rumbo pueden llevar las cosas, que venga un día en que a los Fúcares no se les pida su ejecutoria para emparentar con la nobleza. Pero vamos a ver, ¿cómo me las compondré para llegar a ser rico? ¡Oh, miserable de mí! ¿Rico quien nada tiene? Es evidente que no se pueden ganar dos sin tener uno... Pues estudiaré hasta que pierda el seso, por ver si me hago sabio... o entraré formalmente en el ejército, por ver si de soldado raso llego a general en estos revueltos tiempos...

Y considerando esto, me golpeaba el cráneo, castigándole por su estupidez y su tardanza en dar a luz felices pensamientos. Entre tanto, la idea de la imposibilidad de mi dicha, de lo inútil de mis esfuerzos, y de la inconmensurable pequeñez a que estaba reducido, iba labrando en mi alma con tanta tenacidad, que bien pronto aquel laborioso gusanito me minó de parte a parte, me socavó, llenó de agujeros los fundamentos de mi entusiasmo y fe poderosa, y... ¡misericordia! todo yo caí al suelo.

Las dificultades insuperables, la imposibilidad evidente de destruir, con el solo auxilio de mis dedos, aquella montaña que Dios había puesto en mi camino, me rendían de tal suerte, que me crucé de brazos, hallándome incapaz para todo. Y desde la inmensa profundidad donde me encontraba, decía, mirando el pedacito de cielo que difícilmente percibía encima de mí: «¡Oh, cielo! ¡Cuán lejos te veo, y qué bajo estoy, después que creí tocarte con mi mano! Pero, pues Dios ha dispuesto mi caída, renuncio por ahora a estar cerca de ti, y me arrastraré por estos oscuros fondajes, buscando un pedazo de pan que comer, sin más objeto ni aspiración que dar a la bestia de mi despreciable persona el forraje que diariamente necesita.»

Así dije; mas no recuerdo si empleé las mismas palabras.