Part 18
¿Cómo? ¿Allí tampoco estaba Nacha? Entonces, ¿se la había tragado la tierra? ¿No sabían nada...? ¡Mentira! Le estaban engañando, querían explotarle como tantas veces lo hicieron. Todo era embustes, hipocresía, maldad en las mujeres de la vida. ¡Y pensar que él las había defendido, que él se arruinó por ellas! ¡Ah, Nacha, Nacha! ¿Adónde la había llevado su destino triste? Ella decíale en la carta que no la buscara, pues su suerte era ser una mujer de mala vida. Pero por lo mismo la buscaría. Con más ardor que nunca, con más desesperación que nunca. La buscaría, no ya por amor, sino para salvarla de caer en el pozo de aguas pútridas en cuyo borde se tambaleaba trágicamente.
--Aquí no está. No la conocemos.
Cada una de estas frases, y otras semejantes que oía, sonaban en su cuerpo como un brutal latigazo. Salía de las casas malditas, enfermo, físicamente dolorido. Y no se habituaba a las negativas. Al principio, entraba en los lupanares con el alma ardiente de esperanzas. Pero ahora entraba vacilante, con una cara extraña: dispersa su mirada en las personas y las cosas circundantes, o fijos sus ojos en los de la mujer a quien se dirigía. Sabía que allí también diríanle: no está. Y sin embargo entraba, y hacía la pregunta. Casi siempre huía del lupanar, sin agregar una palabra. Pero más de una vez, ante la estupefacción de las mujeres, lanzó una angustiosa exclamación, o cayó sobre una silla, con sus dos manos en el rostro.
--Aquí no está. No la conocemos--oía en todas partes.
Y entonces pensó que tal vez hubiera muerto. Y al imaginar la muerte de Nacha, algo le oprimió la garganta, mientras su cuerpo sintió la sensación calmante de sumergirse en un baño de agua tibia. ¡Nacha muerta! ¿Qué haría él sin Nacha? ¿Volvería a su mundo? ¿O se quedaría allí, entre los de abajo? ¿Pero cómo era posible que Nacha muriera sin que él lo presintiese y lo supiese? ¡No, Nacha no había muerto! Nacha vivía, y le amaba a él, y estaba esperándole.
--Aquí no está. No la conocemos--decíanle siempre.
¡Y bueno! ¿Acaso él no sabía que Nacha no estaba allí? Nacha le amaba y le esperaba. Que supieran todas que Nacha le esperaba. Esto era la verdad. Y si él fué a esa casa a preguntar, lo hizo por cumplir su deber. Nada más. Podían las mujeres de esas casas irse al diablo. Ya no les preguntaría más a las muy ladronas. ¡Nacha le esperaba! ¿Qué se le importaba a él, ahora, del mundo entero? ¿Qué le importaba de la sociedad, ni de los que sufren, ni del cabaret, ni de los obreros asesinados en la plaza, ni de la muerte de su madre, ni de la muerte de su hermana? En su corazón se había entrado un pajarito azul, y cantaba, alocado, incesantemente, una dulce canción de dicha. ¡Nacha le esperaba!
¿Pero en dónde?
Mientras tanto, Monsalvat se observaba. Notó que a veces se le hacía un vacío en la cabeza, y que entonces se ponía pálido y que no podía caminar como antes. Otras veces, era un dolor en la nuca; un dolor sordo, persistente, un dolor como causado por una cuña que le hubiesen clavado allí. Pensó si sería aquello debilidad cerebral, si estaría enloqueciéndose. Se alimentaba pésimamente y casi no dormía. Se acostó, y permaneció en la cama una semana.
Una tarde llegó un sobre del ministerio. Era la exoneración. Monsalvat sonrió sin darle importancia. Junto con el sobre venía una tarjeta del subsecretario, donde le decía que el ministro lamentaba el haberle exonerado, pero ante las innumerables inasistencias de Monsalvat y sus distracciones--algunas de las cuales pudieron tener serias consecuencias--no podía dejarle en el ministerio. Monsalvat tiró aquellos papeles al suelo, sonriendo, mientras decía, en voz alta:
--¡Bueno! ¿Y qué me importa de este detalle insignificante, si ella me quiere y me está esperando?
Pero el detalle de la pérdida del empleo, lejos de ser insignificante para él, venía a complicar su situación económica. Porque había llegado Noviembre y no había pagado el tercer servicio de su hipoteca. Debía, pues, dos semestres y el Banco le apremiaba. ¿Pero de dónde sacar los tres mil doscientos pesos que representaba la deuda de esos dos semestres? Además, como daba más dinero del que podía dar y en su nueva recorrida por los lugares malditos no faltó quien explotase su buena fe y le robase, había tenido que endeudarse con usureros, obligándose a intereses fabulosos que no había pagado. Pero el mismo Banco le sacó de apuros, vendiendo su propiedad. La venta produjo apenas sesenta mil pesos. Fué en un día muy caluroso del mes de Noviembre y hubo escasa concurrencia al remate. Ya por entonces comenzaba a advertirse la tremenda crisis económica que debía estallar catorce o quince meses después, en mil novecientos trece. El valor de la propiedad descendía, la crisis presentíase en todas partes, y nadie se arriesgaba a comprar casas sino a precios muy bajos. El Banco cobró los cuarenta mil pesos de la hipoteca y los dos semestres adeudados. Monsalvat pagó a los usureros y quedó con poco más de diez mil pesos. Con esta suma pensaba vivir dos años, en caso de no encontrar trabajo ni empleo. Pero estaba escrito que la suerte le sería hostil. Depositó sus diez mil pesos en un banco extranjero que, pocos meses después, debió quebrar ruidosamente.
Una mañana encontró por fin a Amiral. Monsalvat, sin preámbulos ni circunloquios, le dijo lo que deseaba de él: que averiguase de Arnedo, hábilmente, donde estaba Nacha. Amiral, apenas oyó nombrar a esta mujer de vida galante, sonrió madrigalescamente mientras se retorcía sus largos y enhiestos bigotes color choclo. Y abriendo y cerrando sus kilométricos brazos, exclamó:
--¡Bien decía yo! Claro, no podía ser que un hombre como usted, que ha estado en París... Así es que yo, cuando oía que usted se había puesto a regenerar muchachas alegres, no quería creerlo. Yo pensaba que usted era un mozo vivo, que aprovechaba la vida. Y ahora veo que no me equivoqué...
Monsalvat tuvo intenciones de abofetear al pobre diablo. Pero se contuvo, por Nacha. Amiral, incapaz de observar el estado de ánimo de Monsalvat, le miró con toda su malicia, y agregó, en tono confidencial:
--Usted hizo bien en valerse de una estratagema, porque aquí en Buenos Aires, ¡es una desgracia!, no hay ambiente...
Monsalvat no intentó disuadir de su convicción a aquel imbécil. Y se limitó brutalmente, sin rodeos, a ofrecerle mil pesos si averiguaba de Arnedo el paradero de Nacha. Amiral titubeó. Pensó que tal vez le correspondía ofenderse. Pero en seguida, consultada su conciencia, resolvió aceptar. No correspondía ofenderse tratándose de mil. Ahora, si le hubieran ofrecido cincuenta o cien... entonces sí.
Algunos días pasaron. Monsalvat observaba con pánico el avance de su desequilibrio nervioso. Una tarde, tomando un café con leche en una confitería del centro, sintió en el cerebro aquel vacío de otras veces. Se alarmó, y en seguida le temblaron las manos, le bañó el cuerpo un sudor frío, y tuvo que levantarse con ayuda del mozo de la confitería y hacerse subir a un auto que le llevó a su casa. No podía leer ni escribir. Su inteligencia parecía dispersa, rota en pedazos. Había perdido toda su voluntad y su energía. Sentía Monsalvat como si su organismo entero tuviese cada día menos cohesión, como si las partes todas de su individuo no formasen un solo ser y no obedeciesen a una sola ley. A veces parecíale que vivían en él varios hombres distintos. Y así uno de ellos observaba los movimientos sin motivo y los pensamientos inexplicables del otro. Monsalvat fué un espectador de sí mismo.
Por fin, una mañana de Diciembre, Amiral le dijo que Arnedo nada sabía de Nacha. Después de tenerla encerrada en una casa varios días, la llevaron a otra, y después de dos semanas huyó de allí.
Monsalvat la creyó perdida para siempre. Y se asombraba de que las palabras de Amiral no le hubiesen impresionado. Se quedó como un tonto, mirando a lo lejos. Pero sentíase tan mal, sentía tan disgregado todo su ser, que tuvo necesidad de buscar a algún amigo. Fué a casa de Ruiz de Castro. No quiso visitar a Torres, temiendo que el médico le considerase enfermo o loco. Ruiz de Castro se impresionó hondamente al verle. Monsalvat lo notó, balbuceó algunas palabras incoherentes, sus piernas se doblaron.
Una noche dolorosa había entrado en él y rodeaba su alma y su cuerpo. Su inteligencia no veía en aquella repentina oscuridad del mundo. Su ser habíase tornado insensible para la belleza y la realidad del mundo.
XXII
El momento trágico de la tempestad había pasado. ¡Qué profunda calma en las cosas! Todo callaba en el universo.
Monsalvat vivía en un sanatorio de Almagro, llevado allí por sus amigos. En el pequeño parque con altísimos eucaliptus, Monsalvat paseaba casi todo el día, tranquilo, silencioso. No pensaba en nada. No quería pensar en nada. Sentíase un hombre nuevo, había nacido otra vez. ¿Qué podía importarle el pasado? Había que mirar hacia adelante, vivir siempre en el porvenir. Nacha ya no existía para él. O mejor dicho, creía que no existiese. Y con Nacha había desaparecido de su corazón y de su inteligencia un mundo entero: un mundo de sentimientos y de ideas. No era que Monsalvat rechazara en realidad su vida de todo un año. Era que, pasada la tempestad, ante el mundo nuevo que miraban sus ojos no podía vivir con los mismos sentimientos y las mismas opiniones de antes.
Pero si Monsalvat tenía la paz, no tenía algo que él amaba más que la paz: la libertad. Y desde que se sintiera fuerte y sano, deseó huir de aquella casa. Además, había allí, en aquel sanatorio para nerviosos y epilépticos, un par de locos pacíficos, de maniáticos. A Monsalvat le molestaba la presencia de aquellos pobres seres, pues le hacían imaginar que su empeño de reformar el mundo era la ilusión de un maniático.
Sus amigos visitábanle muy poco. Se daban a sí mismos la excusa de que el sanatorio quedaba lejos del centro. Pero estaban satisfechos de su amistad y buen corazón, ya que pagaban a Monsalvat el sanatorio.
Una tarde, cuando Monsalvat estaba completamente sano, Ruiz de Castro y Torres le visitaron. Hablaban en el jardín, sentados en un banco. Por primera vez desde su enfermedad se tocó el tema prohibido. Monsalvat lo había en cierto modo iniciado, refiriéndoles a sus amigos aquella sensación como de haber nacido nuevamente. Torres quiso conocer el verdadero estado de Monsalvat, y así le dijo:
--Ahora habrás comprendido, ¿eh? la inutilidad de todo lo que has hecho...
--Eso nunca--afirmó Monsalvat.--Hacer el bien jamás puede ser inútil.
--Aceptemos que hayas hecho un poco de bien a otros--terció Ruiz.--Muy bien. Pero es indudable que te has hecho un mal a ti mismo.
--Estás equivocado. Me he hecho un gran bien a mí mismo. Y tanto, que ahora no estoy descontento de mí. No sé lo que he de hacer mañana; pero sé que si soy otro hombre, lo debo a mis ideales.
--¿Volverías entonces a las andadas?--exclamó Torres con fastidio.--No veo en qué eres un hombre nuevo. Al contrario, ¿eh? lo que hallo en ti es que la vida no te ha enseñado nada. Parece mentira que después de un año de fracasos, de fracasos en todo sentido, ¿eh?, todavía pienses en salir tú solo a reformar el mundo.
Monsalvat quedó un instante pensativo. Luego dijo:
--La vida, no los fracasos, porque no fracasé, me ha enseñado la poca eficacia del esfuerzo individual. Ahora creo que no solamente nunca lograría reformar el mundo, sino que tampoco lo reformarían cien mil hombres que procedieran aisladamente como yo.
--¡Vaya, hombre! Por fin--exclamó Ruiz de Castro.--Era tiempo de que te convencieses de que el mundo es irreformable.
--No he dicho eso. ¡No! Al contrario, ahora lo considero más reformable que nunca. Pero ahora sé que es necesario una disciplina, un método, un programa. Ahora sé que el ideal individual, la acción de un solo hombre, son poco eficaces para el buen éxito. Pero no reniego de ese ideal ni de su acción, pues de allí parte el impulso. La acción, por acertada que sea, no puede triunfar si no la precede y la acompaña un ideal exaltado. ¿Me comprenden? El mundo ha de ser reformado en absoluto, hay que construirlo otra vez. Pero se debe ir poco a poco. No con demasiada lentitud, sin embargo. Poco a poco, sí... ¡Pero de cuando en cuando, el fuerte impulso de los idealistas, de los soñadores, de los locos, de los que proceden por corazonadas!
Los dos amigos se miraron. Consideraron sin duda que Monsalvat era caso perdido.
--Pero ¿para qué tanta reforma del mundo? ¿Para casarte con una loca?--exclamó Torres, brutalmente.
Monsalvat no contestó. Su amigo comprendió la injusticia de sus palabras, y para atenuar su efecto trató de mostrarse cariñoso. Habló de temas triviales. Estaba junto a Monsalvat, y su brazo, extendido sobre el espaldar del banco, tocaba los hombros del amigo. De vez en vez, con cualquier pretexto, sobre todo si había que reir, bajaba un poco el brazo y apretaba cariñosamente la espalda de Monsalvat.
Se fueron descontentos. Monsalvat vió que todo en él, sus opiniones, su vida del año anterior, sus sentimientos, eran comprometedores para aquellos hombres. Les creía buenos y relativamente generosos; pero débiles ante las opiniones del mundo. No dudaba de que, por más que le quisiesen, entre él y la sociedad optarían siempre por la sociedad. Y desde entonces, Monsalvat no pensó sino en huir de aquella casa. Quería huir para que sus amigos ignorasen adónde iba. Ya que él les comprometía, iba a ahorrarles el trabajo y la pena de abandonarle. Él abandonaría a sus amigos. Quería pasar por un desagradecido antes que aceptar la molesta situación que se origina entre personas que desean cortar una amistad y no se atreven o no pueden o no saben hacerlo. Monsalvat quería también ser libre. No ya con la libertad material, que lograría cuando quisiese; sino libre de aquellos amigos que representaban el único hilo que le ataba aún a la sociedad.
Y un día huyó del sanatorio. No llevaba sino lo puesto. Ni un centavo en el bolsillo. Desde Almagro vino al centro a pie. Era el amanecer. Un cielo límpido, transparente, se ahondaba en una vasta profundidad azul. Algunas estrellas se retardaban todavía. En las calles las últimas sombras iban retirándose lentamente. Las más tenaces se aguaban bajo los árboles y rodeaban los troncos y las ramas, como velos oscuros. A lo lejos, por el lado del puerto, acababa de surgir una tenue claridad rosada. A Monsalvat aquel primer contacto con la vida exterior, después de varios meses de clausura, causábale una extraña sensación de alegría, de inocencia, de rejuvenecimiento. ¡Oh, sí! ¡El mundo era nuevo, había nacido otra vez!
Y mientras recorría las calles solitarias, se complacía en ese bello sueño. No sentía ni el frío ni el cansancio. Imaginaba que todo había sido reconstruido. El cielo era más hermoso que antes, las cosas tenían una pureza desconocida, los hombres vivían en el mutuo amor. Pensó que siempre debió ocurrir lo mismo. ¿Cómo podían los hombres no amarse mutuamente, ignorar la pureza del corazón, con aquel cielo y aquellos colores y esa claridad que avanzaba con tanta gracia, con tanta armonía, con tanto cariño para los hombres y las cosas? Pero entonces recordó que los hombres, salvo los pequeños de la tierra, no contemplaban jamás estas claridades. Y pensó que tal vez por ello no advertían el advenimiento de otra claridad, de otra aurora que iba pronto a llegar...
Pasaban las calles arboladas. Iba despertando la ciudad. Gentes humildes, trabajadoras en su mayoría, aparecían ahora a cada momento. Las puertas de las casas se abrían. El cielo había perdido su hondo azul y se volvía claro, refulgente, luminoso. El mundo estaba rosado, como si una cándida suavidad lo envolviera. Luego surgió el sol, y la mañana se llenó de rumores, de luces, de alegrías, de miserias. ¡La vida! Monsalvat respiró aquella libertad. Sintióse sano y bueno. El frío había huido de su cuerpo y no pensaba en nada.
Pero no pasó mucho tiempo sin que la fatiga le saliese al encuentro. Quiso alejarla. Inútilmente. Ella se prendió a sus piernas, abrazó su cuerpo y le hizo difícil el caminar. Iba llegando a la plaza del Once. Cuando estuvo allí se sentó en un banco. Descansó una hora, dormitó un rato. Después pensó en su situación. ¿Adónde iría? Ante todo necesitaba casa. En un hotelucho de la plaza del Once, un establecimiento ambiguo y sórdido, le negaron pieza por no llevar valija. En otros hoteles de modesta categoría sucedióle lo mismo. Así pasó la mañana. Por fin se acordó de un español, cuya mujer tenía casa de huéspedes en la plaza Lavalle, y al cual favoreció él en otro tiempo. Y allá se encaminó.
Era más de las doce y el hambre comenzaba a hostigarle. En la plaza Lavalle, al pasar por los Tribunales, quiso disimularse. No deseaba que le viese ninguno de sus antiguos compañeros. Apresuró su paso, mirando a los que venían en dirección contraria. Pero de pronto, al ir a cruzar la calle, topó con un sujeto mal entrazado, que le saludaba con actitudes serviles. Era Moreno. El hombre dijo que frecuentaba siempre los Tribunales en procura de copias o de algunas comisioncitas. Monsalvat le preguntó por la mujer y por Irene.
--Mi doptor, la desgracia se enseñoreó de mi castigado hogar. Irene... ¿Pero a qué recordar males pasados? Otro día, mi doptor, le contaré largamente los sucesos. Ahora, luchamos con mejor éxito contra el ensañamiento de los Hados. Mi mujer es encargada en un conventillo. Un poco lejano, allá en Barracas, cerca del puente. Pero en fin, vivimos, mi doptor.
Mientras el hombre seguía hablando, Monsalvat encontró la solución necesitada. Preguntóle a Moreno si había un cuarto desocupado en la casa.
--En efecto, mi doptor. Lo hay. Pero, ¿por qué esa pregunta?
--Porque yo lo tomo desde este instante.
Moreno quedó estupefacto. Luego protestó, con grandes aspavientos. Él nunca permitiría que el doctor Monsalvat, una antigua lumbrera de la ciencia jurídica, fuese a vivir en un miserable tugurio. Pero Monsalvat insistió. Eso era cosa de él. Moreno imaginó que sin duda Monsalvat trataba de ir a ese barrio para hacer alguna gran obra de bien, y consintió en llevarle. Además, pensó en sus seguros beneficios. No le faltaría algún pesito para los vicios, algunas comisiones, alguna dádiva de importancia. Sin contar con los buenos pretextos que él inventaría: negocios, deudas urgentes, falta de ropa.
El procurador daba las señas de la casa cuando unas palabras de Monsalvat le exaltaron a la cumbre del azoramiento. El doctor le había pedido algunas monedas para el tranvía. Moreno, a causa de la impresión, quedó con los brazos abiertos, rígido. Había dado a su cara una expresión de espanto.
--¿No es broma, mi doptor?--exclamó luego, incrédulo.--¿Es posible que a este infeliz Moreno, a Moreno el paria, a Moreno el hijastro de la providencia, le pida unas monedas el sapiente, el ilustre doctor Fernando Monsalvat?
El procurador observó el aspecto de Monsalvat y comprendió que su situación no era envidiable. Estuvo a punto de negarle que en el conventillo hubiera cuarto. Pero recordó todo lo que Monsalvat hizo por su familia, y, en un momento de generosidad, sacó de su bolsillo diez centavos y se los entregó al abogado. Cuando Monsalvat se alejó, el hombre quedó un cuarto de hora con los brazos cruzados, cabeceando filosóficamente, meditando sobre los destinos humanos.
Monsalvat instalóse en el conventillo.
Escribió a su madrastra, es decir, a la mujer legítima de su padre, exponiéndole sus derechos a la herencia y pidiéndole una cantidad, a cambio de ellos. Su padre había muerto sin testar, pero él sospechaba la existencia de un testamento al que sin duda hicieron desaparecer. Los amigos de Monsalvat, Ruiz de Castro principalmente, querían obligarle a pleitear, pero él jamás consintió. En la carta dirigida a su madrastra, a la que apenas conocía, hablaba con modestia, invocando la justicia, pero también insinuando su deplorable situación económica, como para despertar sentimientos fraternales. Mandó la carta con Moreno.
Su madrastra era una mujer perversa. Desde niño, le hizo a él todo el daño que pudo. Nunca asintió en que conociera a sus hermanas. Las niñas debían ignorar la existencia de aquel pecado de su padre. Ellas debían creer que Fernando era un pariente lejano. La señora no contestó la carta. Limitóse a poner dentro de un sobre un billete de cincuenta pesos. Monsalvat, que no se fijaba en cantidades y que no advertía la maldad ajena, no comprendió la intención ofensiva de semejante envío. Por el contrario, admitió el dinero alegremente, y todavía se lo agradeció en una afectuosa carta. Los cincuenta pesos fueron para comprarse un poco de ropa, para pagar parte del alquiler del cuarto y para remunerar las comisiones de Moreno. Durante el segundo mes vivió del agradecimiento de la mujer de Moreno, que le permitió quedarse allí sin pagar. Dijo la mujer al propietario del conventillo que el cuarto estaba desocupado. Monsalvat no tenía ni qué ponerse. La mujer de Moreno le daba algo de comer: lo que sobraba en su cuarto, que era bien poca cosa.
Mientras tanto, él escribía artículos y los mandaba a los diarios y a las revistas. Convencido de que algo tenía que decir, había concluido por sentir en él la vocación de escritor. En una revista le publicaron un artículo. Los treinta pesos fueron entregados a su protectora.
Ese mismo día se preparó para salir. Llevaba dos meses de clausura, dos meses extraños, viviendo una vida puramente interior, lejos del mundo, lejos de todo. Acostado casi todo el día, sólo hablaba con Moreno, que se metía en el cuarto a darle conversación. Él le hacía referir la triste historia de Irene, que se la oyó así innumerables veces. Pero a Monsalvat, por más que la supiese de memoria, siempre le interesaba. Le conmovían los sufrimientos de aquel padre que, al narrar tantas tristezas, perdía su ridiculez y adquiría algo de noble. Le conmovía la tragedia de aquella pobre Irene que le había querido apasionadamente.
Irene, enamorada de un hombre que Moreno sospechaba fuese Monsalvat, había pasado unas semanas como una loca. Era todo nervios, exaltaciones. Por cualquier insignificancia se ponía furiosa, amenazaba a la madre, insultaba a Moreno, pegaba a los hermanitos. En seguida le salió un novio. Un muchacho que trabajaba en una peluquería del barrio. Era feo, extremadamente moreno, y de poca airosa figura. Ella lo aceptó, nadie sabía por qué. No le gustaba, decía de él que era un estúpido y un vulgar. Sin embargo, iba a casarse. Pero un día, una mujer del barrio le dijo a Irene que el peluquero tenía una amante, una mujer casada que vivía allí cerca. Era exacto, pero la denunciante no contó que el peluquero acababa de cortar esas relaciones para casarse con Irene, a quien comenzaba a querer. Irene sintióse humillada. Le pareció una injuria espantosa que aquel hombre la engañase. Su amor propio la enfureció, la enloqueció. Y una tarde, en que sus padres no se hallaban en la casa, Irene, para vengarse, llamó al primer hombre que pasó por la calle, y, después de explicarle todo, se le entregó. El peluquero lo supo. Exasperado, el muchacho acudió con un revólver y lo descargó sobre Irene. No la hirió. Intervino la justicia y el peluquero fué a la cárcel. Irene huyó de la casa. Nadie sabía dónde estaba. Lo único que pudo averiguar Moreno era que todas las semanas su hija visitaba al peluquero en la prisión. Pero ¿de qué vivía? ¿Y cómo vivía?
--¡Se ha perdido, doptor, se ha perdido!--exclamaba el padre llorando.--¡Era la flor de mi casta! Era buena, trabajadora... ¡Y linda como ella sola, mi hija querida! Y pensar que yo tengo la culpa, yo, el más grande de los borrachos. ¡Las consecuencias del vicio! Porque mi hijita es una hija del alcohol. Por eso salió como salió.
Y se tapaba la cara con ambas manos, sentado en la única silla del cuarto, mientras Monsalvat se vestía.
--Cálmese, Moreno, ya la hemos de encontrar.
El hombre levantó los brazos al cielo, y lúgubremente, entre sollozos, exclamó: