Nacha Regules: Novela

Part 17

Chapter 174,029 wordsPublic domain

Pocos días después recibió una carta de Nacha. Eran cuatro líneas, escritas con precipitación. Decíale que la habían encerrado en una casa mala de la Boca y que el Pampa no la veía. Rogábale que no la buscase. Era su destino el ser una mujer de mala vida. ¡Era su destino y debía cumplirlo! Terminaba deseándole que fuese feliz y pidiéndole que volviese a su mundo, a aquella vida sin preocupaciones, de donde ella le había sacado sin saberlo. Monsalvat permaneció un largo rato contemplando la carta, releyéndola, deteniéndose en cada palabra como si buscase entre líneas las señas de la casa donde sufría Nacha.

No se dió por vencido Monsalvat. Se propuso buscar de nuevo a Nacha. Había conservado aquella lista de las mal llamadas casas de citas, que no eran en su mayoría sino vulgares lenocinios, más o menos clandestinos. No figuraba en la lista ninguna casa de la Boca. Pero había diez o doce de Barracas. Una tarde, después de la oficina, se dirigió a una de ellas.

Era un departamento bajo, al fondo de una casa de dos pisos, en el rincón oscuro de una calle cortada. Llamó a la pequeña puerta. Salió a abrirle una vieja desdentada, inmunda, repugnante. La mujer, descalza, barría el piso lleno de agua. Monsalvat no había visto nunca un tan lamentable ejemplar humano. La vieja, alta, toda huesos, se cubría con un batón, que, muy abierto arriba, dejaba ver el comienzo de dos pechos flácidos, trágicos de fealdad. Para no mojarse habíase arremangado el vestido y veíansele las piernas hasta la rodilla. Tenía un vientre abultado; puntiagudo. Completaba su figura una cabeza desgreñada y una boca que reía nauseabundamente. No había un diente en aquella boca. Veíansele las encías, anfractuosas y lívidas. Monsalvat preguntó por la dueña de la casa. Era aquel harapo humano. La vieja le pidió disculpas, en un castellano de conventillo, y le hizo entrar en una pieza, rogándole que esperara mientras iba ella a vestirse. Un extraño olor, que resultó ser de incienso, apestaba el cuarto, lleno de humo. Con sonriente asombro Monsalvat vió las paredes atestadas de estampas de santos. En una repisa una vela iluminaba a un San Antonio. Las estampas eran deplorables cromos. Las había sobre la cabecera de la cama, sobre las cuatro paredes, hasta sobre la puerta del cuarto. Unas eran pequeñas, otras tendrían medio metro de altura. Estaban unas junto a otras, sin orden, tapizando de bienaventuranza las paredes. Monsalvat pensaba si en aquel cuarto, entre tan austeros testigos, las alumnas de la dueña de casa ejercerían su oficio.

La mujer volvió, algo arreglada. Detrás de ella entró una muchacha como de diez y siete años, de pelo colorado, muy sorda y pobremente vestida. Monsalvat imaginó que fuese alguna sirvienta de casa pobre de las inmediaciones. Cuando la vieja supo el motivo que allí llevaba a Monsalvat, le pidió dinero. Monsalvat le dió un billete de diez pesos. La vieja recordó entonces que, el día anterior, una muchacha refirió allí la historia de una mujer robada y encerrada en cierta casa de la Boca.

--¿Dónde puedo ver a esa muchacha?

La vieja hizo que la chica se le acercara y le gritó al oído que quién contó esa historia. La chica dijo un nombre.

--Ah, es una que no ha de volver. Estuvo aquí por casualidad. Pero puede verla, ¿sabe dónde? ¿Conoce la casa de la Vasca? Pues allí hay un baile mañana a la noche. La muchacha irá. Pregunte por Getrude. Es una media flacona, morenucha, mañera...

Monsalvat no quiso irse sin reprochar a la vieja su oficio, y sobre todo el recibir muchachas menores. La vieja reía desmesuradamente, con su boca desdentada, descoyuntándose y echándose para atrás. A cada rato se pasaba la manga por la nariz.

--Bah, usted se cree entonces que nosotras perdemos a las muchachas. ¡Sería bueno! Mire, diga: yo tengo, ¿a ver?... cincuenta y dos años. Nada más. Y parece que tuviera sesenta y cinco, lo menos. Y mire: en veinte años que llevo en este oficio no engañé ni perdí a ninguna mujer. ¡Sería bueno! Yo no he obligado a las mujeres a perderse. Oficio ilícito, dice usted. Pero es lícito ser dueño de la gran tienda _La Ciudad de París_, donde es tan poco lo que pagan a las empleadas que las obligan a perderse. Diga: yo sé muchas cosas del mundo. Antes he tenido otra posición. A mi casa iban personajes. ¡Sería bueno! Pero yo no exploto a nadie, propiamente, como en esas tiendas. Yo no soy cómplice de crímenes, como los _asionistas_ de esas grandes empresas. Mire: las mujeres no perdemos a otras mujeres. Son los hombres, los ricos principalmente, los que pierden a las mujeres. Son los dueños de conventillos, los dueños y gerentes de fábricas. ¡Casa de prostitución! ¡Sería bueno! Más casa de prostitución que la mía es cualquiera fábrica donde pagan a las mujeres treinta pesos. Y últimamente, ¿a ver?, si alguna mujer pierde a otra no somos las pobres. ¡Qué jorobar! Son las ricas, con su lujo, con el mal ejemplo que dan... ¡Sería bueno!

A la noche siguiente, Monsalvat se dirigió a la casa de la Vasca, donde encontraría a Gertrudis. Debió andar por calles oscuras, siniestras. Por fin encontró la casa, en un recoveco de callejuelas, cerca del Hospicio de las Mercedes.

Era un paraje extraño, de una rara austeridad de color y de líneas, y de una desolación enorme. Imposible concebir nada más áspero, más trágico. Una calle angosta y corta ascendía entre dos paredones, que al final torcían bruscamente. Desde allí no se veía sino el cielo y la noche, y, hacia la parte por donde Monsalvat entrara, los muros y los árboles del manicomio de mujeres. Circulaba un silencio de yermo, dormía una soledad de crimen. Monsalvat sintió un escalofrío, un vago miedo. Pero no un miedo de los hombres, sino un miedo del silencio, de aquella paz lúgubre, del infinito. Monsalvat torció por la calleja. Ahora vió muchas luces lejanas. El paisaje se había hecho más vasto. Un lirismo con quién sabe qué de fatal se dilataba en la noche. De un lado de la calle, una pared baja; y en lo hondo, un ancho y negro cauce de ferrocarril. Inmensos bultos sombríos y sin formas--vagones que dormían--se aglomeraban y confundían allá abajo. Muy lejos, hacia la masa de la ciudad, advertida en algo de grande que estremecía el aire, surgía el polvillo de las iluminaciones eléctricas. Hacia otras partes, mezclábanse sombras vagas y amarillentas luces. En el lado izquierdo de la calle alineábanse unas cuantas casas. Una de ellas era la que buscaba Monsalvat.

La puerta estaba entornada y llamó. Se oían conversaciones, risas, música de un piano. Le gritaron que entrara y entró. Al fin del zaguán, una muchacha que bebía cerveza en compañía de un compadrito le preguntó qué deseaba. El aspecto de Monsalvat debió infundir desconfianzas al compadrito. Contestaron que la señora estaba ocupada, que había baile en la casa. Pero Monsalvat insistió sin vacilaciones y lo hicieron pasar. La señora, una vasca altísima y fornida a quien encontró en el patio, desconfió también. Monsalvat inventó una historia para poder quedarse, y además le dió dinero a la mujer. Gertrudis era la muchacha que bebía cerveza. La señora la llamó aparte, para que hablase con Monsalvat.

--¡Yo qué sé!--exclamaba Gertrudis.--He oído contar eso, ¡pero vaya a saber si es verdad! Y a más, que no me acuerdo. Hace muchos días.

--No hace muchos días, porque el robo fué la semana pasada...

--Bueno, no sé. ¿No le digo que no sé nada? Y a más, que no fuí yo la que contó. Sería otra cualquiera.

Monsalvat advirtió que el compadrito los espiaba. En las piezas interiores bailábase un tango. Monsalvat veía desde el patio el perfil de un mulatón que tocaba el piano. Era un pianista pintoresco. Golpeaba la madera del piano, silbaba, a veces cantaba. Se advertía el aire espeso de los cuartos; llegaba hasta el patio la sensualidad de la danza como una cosa que fermenta. Había en el ambiente moral algo de descompuesto. Monsalvat iba a marcharse, fastidiado, cuando la muchacha cambió. Le pareció a Monsalvat haber notado una señal que el compadrito hiciera a la muchacha. Pero no dió importancia al hecho. Gertrudis, ahora sonriente y amable, decíale que iba a darle la dirección de la casa, y le pedía por favor que no contase porque podían asesinarla. En esto se acercó el compadrito. Saludó a Monsalvat sacándose el sombrero. Gertrudis dijo una calle y un número. Y le explicó al muchacho de qué se trataba. El compadrito se ofreció para acompañar a Monsalvat. Él conocía la casa, y si el señor iba solo, no lo dejarían entrar. El muchacho se hacía sencillo, humilde, bueno. Monsalvat pensó que tal vez sería un trabajador, algún muchacho decente. Y en su optimismo de la humanidad, acabó por aceptar la compañía. El muchacho se despidió de tres o cuatro amigos y salieron.

Caminaron como un cuarto de hora, por calles oscuras y enteramente desconocidas para Monsalvat. Comenzaban a abundar los terrenos baldíos. De pronto, al acercarse a una esquina, el muchacho produjo un silbido extraño. Parecía que hubiese agujereado la oscuridad. Monsalvat iba a preguntarle qué ocurría, cuando se sintió rodeado por cuatro sujetos que lo amenazaban con puñales y revólveres. Comprendió la inutilidad de hablar ni de indignarse, y entregó cuanto tenía.

Monsalvat no se desanimó. Tampoco sintió enojo contra los ladrones. Pensó que tal vez aquellos pobres diablos necesitasen ese dinero, y no se acordó más del incidente. Caminó en la misma dirección a que le habían traído, suponiendo llegar en seguida al río. Y así ocurrió. Apenas vió el Riachuelo se juzgó en tierra civilizada. Y después de informarse, se echó a caminar, dispuesto a hacer a pie el largo trayecto que era necesario para llegar por allí a la Boca.

Ahora Monsalvat pensaba en su situación. La duda le acosaba y se sentía infeliz. El fracaso se le aparecía en su camino incesantemente. Recordaba la confesión de Nacha, aquella noche, la víspera del rapto, en presencia de Julieta. ¿Cómo era posible que Nacha temiese el ser atraída por Arnedo, un hombre brutal, que la tiranizó perversamente? ¿Cómo era posible que ahora, con sus ideas de bien, después de varios meses de vida honesta, Nacha creyese fácil el retorno al vicio, pues vicio era el irse con Arnedo? ¿Qué abismos, qué misterios incomprensibles había en el ser humano? Monsalvat no creía que Nacha hubiese dejado de amarle. Le amaba, sí, y no sólo espiritualmente, como ella suponía; no sólo como una hija a su padre, como una hermana a su hermano y como un creyente a su Dios. Le amaba también con todo su ser. Pero Nacha, acosada por el instinto, en un momento en que Arnedo la perseguía, debió recordar su vida con el Pampa, las caricias del Pampa, todo el amor violento e insaciable que le daba el Pampa. Y entonces, Nacha dudó. Y creyó seguramente que no amaba a Monsalvat sino al Pampa, y tuvo horror de sí misma, y horror de la vida y horror de su destino. Monsalvat iba costeando el río, donde viejas barcas dormían. Alguna canción de marinero interrumpía el silencio. Tabernas de nombres exóticos, que recordaban todos los países del mundo, orillaban la calle. Dentro de las tabernas, hombres mugrientos bebían. Monsalvat veía su vida de otro tiempo. Rememoraba sus viajes, sus años en Italia, las mujeres que allá en Europa le amaron, su existencia despreocupada y feliz. Y he aquí que todo aquello lo había abandonado, y que ahora, después de haber estado en una casa infame, después de haber andado en compañía de un ladrón, iba caminando por un barrio miserable, en busca de una mujer de mala vida. Tuvo lástima de sí mismo.

Preguntó a un sujeto que pasaba por la dirección que le dió Gertrudis. No era lejos de allí. Dijo adiós al Riachuelo, que le había hablado de sus más bellos recuerdos, que le había entristecido, y se encaminó hacia la casa.

Pasó por una calle que tenía de un lado una enorme pared, que pudiera tomarse por el muro de una catedral o de un convento y que tal vez fuese una fábrica o una vulgar barraca. Cruces negras jalonaban en lo alto la pared. Pasó luego por otra calle de tabernas o posadas de escandinavos. Monsalvat se asomó a dos o tres. Exóticas decoraciones interiores. En alguna, la familia hacía sociedad con los parroquianos. Una casita con vago aire colonial y tiestos de flores en los balcones lindaba con una hermética casucha que tenía un gran farol en la puerta y esta palabra en el farol: Fram. En otra posada de ésas, una vieja ramera, un deshecho humano vestido extrañamente, una mujer que debió ser bella y que por irrisión o paradoja del destino conservaba en la cara restos de nobleza, hacía reir, borracha, a cuatro hombres altos, rubios y silenciosos que parecían marineros. Pasó luego por otra calle arbolada y en donde las tabernas, con su interior pintado de un solo color, azul o verde, y siempre intensos, hacían pensar en las decoraciones de los bailes rusos. Y entre casuchas edificadas sobre pilotes a causa de las inundaciones,--casuchas de madera, y las más pobres de madera y latas--llegó a la dirección que oyó a Gertrudis. Vió que no era un número falso. Empujó la puerta y entró. No, allí no podía estar encerrada Nacha. Sería el más espantoso de los crímenes llevarla a aquel lugar donde sólo podía vivir y frecuentar la hez humana. Era un patio techado, de vastas proporciones, cuadrado por piezas altas y bajas. Más de cincuenta sujetos mal entrazados, sucios, hediondos, permanecían sentados o formaban grupitos. Hasta había algunos negros, seguramente norteamericanos. Nadie hablaba. Tres o cuatro mujeres, vestidas de rojo rabioso, con guardas negras arriba y abajo, recorrían los grupitos tratando de excitar a aquellos pobres diablos, con repugnantes torpezas. No, Nacha no estaba allí. No era creíble que el Pampa la encerrase en un lugar tan horrible. Y salió, con la seguridad de que le habían hecho una broma brutal.

Al día siguiente, empeñado en hallar a Nacha, anhelando salvarla de las garras siniestras en que tal vez había caído, retornó a aquella casa cerca del Hospicio. Y a fuerza de dinero logró encontrarse a solas con Gertrudis. La muchacha, con una inconsciencia infinita, reía de su broma. Después le echó la culpa al malevo.

--¿Y cómo vive usted con un hombre así, con un ladrón?--le preguntó Monsalvat.

--¿Y...? Yo no le he averiguado el oficio, pues.

--Pero usted sabe que él roba y asalta...

--Bueno, ¿y qué hay con eso? ¿Y a usted qué le importa?

Después de larga discusión y de prometerle dinero si no le engañaba, Monsalvat logró la dirección deseada.

Era una casa de buen aspecto, entre el Parque Lezama y la Boca. Costóle entrar. A su pedido, la dueña de la casa le presentó a todas las muchachas que en aquel momento estaban allí. No vió a la que buscaba. Pero como había una que dijo conocerle, y precisamente del cabaret, de aquella noche en que él defendió a Nacha, Monsalvat se fué con ella. Era una muchacha gangosa, gorda y de aire estúpido.

--Yo te vi aquella noche, ¿sabés?, y quería conocerte. ¡Qué dicha haberte encontrado, viejo!

Le tuteaba como si fuese un amigo, aunque nunca hablara con él. Monsalvat le explicó el objeto de su presencia allí. La muchacha quedó desilusionada. Pero le dió a Monsalvat algunos datos.

--Yo no sé nada, ¿sabe?--dijo, sin tutearle ahora.--Pero sentí hablar. Una noche trajeron a una muchacha. La tuvieron dos días, creo. Yo falté esos días. Y ya se la han llevado. ¿Y dice que es Nacha? ¡Quién le diría, tan pretenciosa!

Monsalvat, sombrío, pidió la explicación de esta palabra.

--Sí, porque creo que la han llevado a una casa de ésas... de lo último. De la calle Olavarría o Necochea, no sé cuál. Y si quiere encontrarla, vaya a esas casas y pregunte.

Monsalvat tuvo que ir a esos lugares. Dos veces había bajado al infierno, pero nunca imaginó que ahora debiese descender hasta los últimos círculos del abismo. Y para buscarla a Nacha bajó allí. Bajó a la sima espantosa donde yacen las infelices que han perdido todo: el alma, la personalidad, la posesión de su cuerpo. No son dueñas ni de su cuerpo, porque su cuerpo pertenece a unos hombres inicuos que las venden. Las venden como a los perros, como a los caballos. No son siquiera esclavas. Los esclavos tenían ciertas libertades, por lo menos la libertad de huir, de matar o de matarse. Ellas no pueden nada de esto. No tienen libertad para estar solas ni para estar tristes, ni para rechazar al hombre que les disgusta, al borracho que babea, al inmundo que apesta. Monsalvat recorría aquellos lugares, hablaba con las infelices. Estaban todas ellas bestializadas. Ya no tenían la menor idea de la moral. Ignoraban la existencia del bien y del mal. Toda aquella vida que llevaban les parecía natural, y no aspiraban a nada, sino a comer y a dormir. Monsalvat no comprendía cómo la sociedad toleraba semejante crimen. Asesinar a miles de hombres, robar, cometer los mayores delitos, no era nada junto al crimen que significa hacer de un ser humano una bestia. Porque este crimen representa el escarnio de la dignidad humana. ¡Y si fuese un solo ser! Pero eran en el mundo millones de infelices. Monsalvat veía sin cesar el desfile monstruoso y fantástico de aquellas mujeres. Las veía manchar las ciudades, pudrirlo todo, envenenar la estirpe humana. Y veía detrás de ellas, con los látigos en lo alto, con sus bolsillos hinchados de billetes, con sus conciencias deformes, a los culpables del gran crimen. Y detrás de ellos, espoleándolos, protegiéndolos, veía a los cómplices que eran la Sociedad, el Estado, la Policía, los que venden la mentira, los hombres todos, que han hecho del mundo, que debió ser sencillo y hermoso, una cosa horrible, gigantescamente desoladora.

XXI

Ninguna buena noticia obtuvo Monsalvat en aquellos lugares de la Boca. Nadie sabía nada. Le hicieron ir de un lado a otro, para burlarse de él, para robarle. Asegurábanle que tal sujeto le daría informes, y allá iba Monsalvat a buscarle, de cafetín en cafetín, de taberna en taberna. Recorrió de este modo todos los sitios de la Boca, de este barrio siniestro y rojo. Fué a las casas de juego, a los lupanares, a las posadas. Estuvo en distintas fondas y tabernas, en cada una de las cuales se hablaba un diferente idioma. Aquí oía frases en inglés o en alemán, allí palabras noruegas o rusas o finlandesas. En este sitio reconocía las extrañas lenguas balcánicas; en aquel otro los bárbaros dialectos árabes del norte de África. Entró en un bar de coreanos, en un restorán chino. Trató en un mes toda clase de gentes. Una turba de vividores, de pobres diablos, y de delincuentes desfiló ante sus ojos. Hasta en un café y en un club de caftens llegó a entrar. Y todo inútil, completamente inútil.

Una tarde volvió a aquella casa donde estuvo Nacha unos días. ¿Cómo no se le ocurrió ir antes? Pero en vez de dirigirse a alguna de las muchachas se encaró directamente con la patrona. Le ofreció mil pesos si le averiguaba el paradero de Nacha. La patrona era una vieja llena de mañas y de embustes, dicharachera, mal hablada. Fumaba unos puchos gruesos y cortos que preparaba ella misma, con hojas de tabaco del Paraguay. Al oir que le prometían mil pesos abrió los ojos. Y entonces, interesada por aquella oferta, refirió todo.

Lo detestaba al Pampa. La había engañado y explotado. Arnedo llevó allí a Nacha, en efecto. La robó una noche, ayudado por su patota y en complicidad con Mauli. Nacha quedó en la casa, encerrada como si estuviera presa. No quería aceptar ningún hombre, y parecía una furia insultando a todo el mundo. Arnedo, entonces, amenazándola con un revólver, la hizo escribirle a Monsalvat. Con esto, Arnedo pensaba dominarla, convencerla de que era inútil la resistencia a sus propósitos.

--Y a Arnedo, ¿lo aceptaba?--preguntó Monsalvat.

--¡De ande, mi vida!--exclamó la vieja, metiéndose el pucho en la boca.--A ése lo puteaba lo mismito que a mí y a toda la santa humanidad. ¡Arisca la potranquita! Y a más, que él tampoco la buscaba. Lo que quería al traerla aquí, era vengarse. ¿De quién? No me preguntés m'hijito.

--¿Y no sabe usted dónde está Nacha?

--¿Yo...? Sí, pues... Este...

Se cambió el pucho al otro rincón de la boca, y agregó:

--Mirá, mi vida. Si me aflojás cincuenta de la nación te voy a dar un lindo dato. Y te advierto que esta vieja no miente. Diciendo la verdá me he criao y diciendo la verdá me he de morir.

Monsalvat le entregó el dinero, y la vieja le dió dos consejos. Uno, que hablase con un tal Amiral, un infeliz que era amigo de Arnedo y que por plata le sacaría al Pampa la verdad. Y otro, el mejor según la vieja, que viese a una lavandera llamada Braulia, conocedora de todos los clandestinos del barrio porque "sabía" llevarles muchachas.

Y allá fué Monsalvat en busca de la Braulia. Era una negra y vivía en un cuartucho de tablas, al fondo de un terreno baldío. La negra, hedionda, motosa, parlanchina, le dijo que a la noche siguiente le contestaría. Monsalvat debía esperar en un café, sobre el río. Pero temiendo una celada, pues había aprendido a desconfiar, preguntó por qué no podía esperar en la calle, en una esquina, o en un café conocido. La negra declaró que tenía que ir donde ella decía. Y si no le gustaba a Monsalvat, se quedaría sin la muchacha.

A la noche siguiente fué al café. Su entrada no llamó la atención. Los parroquianos, unos diez sujetos divididos en tres grupitos, le habían filiado en un segundo; pero fingieron no advertir su presencia. El café era un antro repugnante, una cueva de techo bajo, y sillas, bancos y mesas llenos de grasa y mal olor. Un mulato servía en mangas de camisa. Tres negros, norteamericanos sin duda, borrachos a no poderse tener, cantaban una canción con ritmo de _cakewalk_. Abrían la boca anchamente, estiraban sus jetas y mostraban las encías rojas y los dientes blanquísimos. Cantaban al son de un acordeón colosal, muy parecido al bandoneón. Desde la mesa que había ocupado Monsalvat, veíase una barcaza roja y encima el cielo estrellado. Por la calle pasaba a cada momento algún borracho.

Monsalvat esperaba al mensajero de la negra, cuando un hombre se le acercó. Le dijo que pertenecía a la policía secreta y le aconsejó que se fuera. Ése no era sitio para él, y si le habían citado allí--según Monsalvat explicó--era con toda seguridad para robarle. Monsalvat abandonó para siempre el barrio.

Entonces decidió ver a Amiral. Pero a Amiral era poco menos que imposible encontrarle. No comía jamás en su casa, y muchas noches tampoco iba a dormir. Y como Monsalvat no lo conocía y Amiral era íntimo de Arnedo, no podía escribirle citándole.

Mientras conseguía entrevistarse con Amiral, Monsalvat continuaba buscando a Nacha. Empezó a faltar al empleo y a dedicar sus tardes enteras a esta desesperada búsqueda. Con aquella lista que le diera Torres, fué hurgando en todos los rincones de "la vida".

--Aquí no está. No la conocemos--le decían.

Y con su lista en el bolsillo iba a otra casa y luego a otra y luego a otra más. Explicaba, discutía, daba mil datos sobre Nacha. Algunas veces rogaba, pero otras se enfurecía e insultaba a las mujeres. Allí no estaba. No la conocían. Exasperado, con la agitación de un poseído, salía a la calle y, trepándose al primer automóvil que pasaba, daba las direcciones de otras casas. Ya no pensaba sino en encontrar a su amiga. Llegó a creer que todo el mundo se había complotado para engañarle. Pero él la encontraría porque contaba con una poderosa fuerza: la voluntad de encontrarla.

--Aquí no está. No la conocemos.