Part 19
--¡Te fuiste, hija mía! Te fuiste para no volver. ¿Por qué quisiste asesinar a tu digno padre, el desgraciado, el maldito procurador Moreno? ¡Destino implacable! ¡Suerte injusta!
Terminaba Monsalvat de vestirse--de colocarse un sobretodo de verano sobre la camisa, pues había empeñado el saco y el chaleco--, cuando entró la mujer de Moreno. Dijo que unas señoras deseaban hablar con Monsalvat. Monsalvat miró severamente a la mujer. Comprendió que se trataba de damas pertenecientes a alguna sociedad de beneficencia y que la mujer de Moreno les refirió el caso de Monsalvat: un doctor, un mozo inteligente y fino, que vivía en la miseria.
Monsalvat salió al patio, dispuesto a no mirar a las señoras, cuando oyó los gritos de una pobre mujer del conventillo. La mujer hablaba con desprecio de las señoras, que no la socorrían porque tenía un hijo y era soltera. Vociferaba contra "los curas", contra las sociedades de beneficencia, contra las pobres que adulaban a las señoras para sacarles dinero. Las dos señoras no parecían enojadas ni intimidadas. Debían serles habituales semejantes escenas. Monsalvat les preguntó:
--¿Es cierto lo que dice esa mujer?
--¡Ay, pero si yo lo conozco!--exclamó una de las damas caritativas, que resultó ser Isabel, aquella muchacha que una vez comiera junto a Monsalvat, en casa de Ruiz de Castro.
--¡Es Monsalvat!--exclamó la otra, la gordita oradora y simpática, la defensora de las instituciones.
Monsalvat les tendió la mano, sonriendo fríamente. Las dos estaban apenadas de ver la situación de Monsalvat. Pero trataban de disimular, para no ofenderle. Monsalvat inquirió de nuevo si era cierta la acusación de la mujer, que aún seguía gritando.
--Es cierto, Monsalvat, pero...--empezó la joven dama.
--Esa mujer tiene entonces razón. A ustedes les falta caridad. Hacen esto por pasar el tiempo, por ocupar cargos en las sociedades de beneficencia, por motivos mundanos, y nada más.
Y ya lanzado por este camino, continuó. Fué implacable, duro. Parecía que ejerciese una venganza. Envuelto en aquel sobretodo que le venía grande, haciendo raros movimientos con los hombros, abriendo los ojos, que a causa de la flacura habíanse agrandado, Monsalvat, conminando a aquellas mujeres distinguidas, en un conventillo de Barracas, resultaba una figura extraña. Las mujeres bajaban la cabeza, como aceptándolo todo. Monsalvat, excitado, no advirtió que la muchacha, Isabel, se apartaba del grupo e iba en busca de la mujer que protestaba, para darle todo el dinero que llevaba encima, su dinero, no el de la sociedad. Y cuando Isabel volvió, tampoco pudo notar que la dama se quitaba un guante y después un anillo. Cuando él se interrumpió, la señora, en tono humilde, serio, sin sentimentalismo, dijo:
--Monsalvat, tome esto y véndalo y déle el dinero a la mujer.
Monsalvat tomó el anillo.
--Y si usted...
Lo miró, temiendo que se ofendiera. Él hizo un gesto de rechazo. Ella entonces quiso hablarle aparte, y entró en la pieza, sola con él.
--Usted necesita, Monsalvat. Acepte parte de lo que valga el anillo. Hay el deber de vivir, Monsalvat. Créame que nosotras no somos malas. Cuando aquella noche hablé así, usted se acordará, era porque no conocía el mundo. Después he sufrido y ahora comprendo muchas cosas...
Monsalvat insistió en su negativa. Les dió la mano, ahora con afecto, y salió de la casa, acompañado de Moreno, que no salía de su asombro por cuanto viera y oyera y que se ofrecía a Monsalvat para vender el anillo, cosa que él rechazó de plano. Monsalvat había comprendido que, en efecto, aquellas dos mujeres, y tantas otras de su condición, no eran malas sino buenas; y que si parecían malas ello se debía al ambiente de egoísmo en que se habían formado y vivido. La maldad no era una cosa individual, sino un producto colectivo, una consecuencia de las ideas dominantes y de la actual organización social.
Subieron a un tranvía, en dirección al centro de la ciudad. Monsalvat ahora se alegraba de que viniese Moreno. Sentíase débil. Durante las dos cuadras que debió hacer a pie, apenas pudo caminar. Las piernas se le doblaban. En el tranvía iba al principio mareado. Las casas y la calle no estaban en su verdadero plano. Subían, bajaban, parecían lejanas. Como el tranvía estaba lleno de gente, Monsalvat y Moreno habían debido separarse. Moreno ocupó un asiento delantero y Monsalvat quedó bastante atrás.
El tranvía iba por la calle Piedras. A la altura de Méjico o de Venezuela el vecino de Monsalvat se levantó para ceder su lugar a una mujer. Monsalvat no la miró. Sólo veía su vestido negro, de luto. Pero al cabo de un rato notó que ella le observaba. Pensó que tal vez le conociera y se avergonzó de su aspecto miserable. Pero era difícil que le reconocieran, con la barba de una semana, aquel traje sucio, aquella flacura impresionante, aquel aire de hombre debilitado o enfermo. Se consoló con estos pensamientos, pero, por si acaso, torció su cuerpo hacia la ventanilla, para que la mujer no pudiese verle.
Mas apenas realizó esta maniobra, oyó una voz que susurraba su nombre dulcemente. Palideció, le temblaron las manos. Parecióle que toda una hilera de casas se hundía unos metros y se desteñía y que el tranvía marchaba inclinado, como si fuera a caerse.
--¡Cuantos meses sin vernos!--exclamó ella.--Mamá murió. Yo vivo en la calle Tacuarí, en la casa de huéspedes. Hace tiempo que vivo allí. Mi hermana dirige la casa. Yo...
Monsalvat había recuperado su normalidad. Pero no hablaba. No podía hablar. Escuchaba la voz de Nacha como quien oye una música de dulzura infinita. Escuchaba y soñaba. Pero no podía recordar sino vaguedades. La miró a los ojos.
Nacha había comprendido toda la vida trágica de Monsalvat. La había visto en su traje, en su aspecto de enfermo, en sus ojos que no tenían la fuerza de otro tiempo y que ahora parecían despintados, grises, incoherentes.
Al cruzar el tranvía la Avenida de Mayo, un hombrón vulgarote, apaisanado, se acercó a Nacha y la tocó en el hombro. Nacha lo llamó y lo presentó a Monsalvat.
--Nos casamos pronto--dijo ella.--Es mi novio. Lo conocí en la casa de huéspedes, donde vive. Nos iremos al campo, a su estancia...
El sujeto miraba a Monsalvat con extrañeza y desconfianza. Estaba impaciente. Nacha, antes de levantarse, preguntó a Monsalvat su domicilio.
--¿Mi casa?--exclamó él, como si le hicieran la más rara de las preguntas.
Palideció otra vez, ahora intensamente. Volvieron a temblarle las manos.
--Quiero que sea mi testigo de casamiento--rogó ella, oprimiendo la mano de su amigo con una ternura que él jamás conoció en toda su existencia.
--¡Bueno, ya basta!--protestó el novio de Nacha, con una voz ronca e indignada.
--No puede negarse, Monsalvat. Se lo pido. Sea bueno conmigo. Dígame dónde vive.
Monsalvat oyó que alguien daba su dirección.
--Vive en mi casa, señora. Yo soy el procurador Moreno, a sus gratas órdenes. Me considero un fiel amigo del ilustre doptor. Pertenezco a la antigua familia de los Moreno de Chivilcoy, y aunque los rigores de los Hados...
Monsalvat ya no sentía el calor de la mano amiga. Nacha había bajado del tranvía, arrastrada de un brazo por su futuro marido.
XXIII
Mientras estuvo encerrada por Arnedo en aquellas dos casas, Nacha sintió aumentar su odio hacia este hombre. Si antes del rapto temía ser atraída por él, era imaginando que él la deseaba. Pero ahora había visto su error. Ahora había comprendido que el Pampa era un verdadero monstruo, al que ella no podía querer en ningún sentido. La había robado ese hombre, no para hacerla suya, como ella pensó, sino por venganza, porque detestaba a Monsalvat, por mal instinto, por algo que había dentro de él y que él no podría remediar aunque quisiera. Nacha veía que el acto infame del Pampa era "la patada de ultratumba", de que tantas veces oyera hablar a su madre. Era el indio ancestral que reaparecía en Arnedo y le obligaba a un acto de barbarie, sin utilidad ninguna para él, y sólo por hacer el mal.
En su primera prisión, Nacha, indignada, vió una vez al Pampa: cuando con un revólver apuntándole, la obligó a escribir aquella carta que sería una catástrofe para Monsalvat. Desde entonces Nacha sentía una infinita lástima por Monsalvat. Le imaginaba sufriendo por ella, buscándola por todas partes. Ahora le quería más que nunca. Pensaba en él las veinticuatro horas del día, y no deseaba sino que llegase una oportunidad en que pudiera darle toda su alma, sacrificarse toda entera por el hombre bueno.
Las dueñas de las dos casas le habían presentado a sus mejores clientes. Nacha, furiosamente, los había rechazado a todos. Quería irse de allí, amenazaba con la policía. Pero era tal la vigilancia que no podía ni mandar dos líneas al correo. En la segunda casa logró la amistad de una de las muchachas: una infeliz, de buena familia. Laura, como se hacía llamar, sólo iba por las tardes. Hija de un inglés alcoholista, casado en segundas nupcias con una perversa mujer de clase media, Laurita, maltratada por su madrastra, olvidada por su padre, cayó engañada por el eterno novio, y luego el consejo de una lavandera la condujo a la casa de perdición. Nacha, por medio de Laurita, hizo saber su situación a uno de los hombres que iban por su amiga a la casa, un abogado de influencia entre la gente del gobierno. El abogado dió parte a la policía, y una buena tarde Nacha quedó libre. El Pampa hubiera ido a la cárcel, pero no hubo modo de que Nacha ni nadie diera su nombre. Ella afirmaba ignorar quién la robó y la encerró allí.
De la casa maldita, Nacha fué llevada a la policía con objeto de declarar. El abogado habló allí con ella. Era un hombre compasivo, y, después de enterarse de la situación de Nacha, le ofreció un poco de dinero y le preguntó qué pensaba hacer.
--¿Y qué he de hacer? Seguir mi destino, señor.
--¿Su destino? Eso es una palabra sin sentido. Cada uno se crea su propio destino. Usted debe ir a la casa de su madre.
--No me recibirán, señor.
--Bueno. Iré yo, entonces, y arreglaré el asunto.
Nacha se instaló en el cuarto de Julieta, mientras tanto. Las dos amigas fueron al conventillo donde Nacha había vivido y se llevaron los muebles y las ropas de Nacha. El encargado, humilde y untuoso, les cobró medio mes, aunque el cuarto estaba alquilado a otra persona. Dijo el hombre que Nacha debía pagar el depósito. Preguntaron por Monsalvat, pero habíase marchado de allí. Pocos días después, el abogado avisó a Nacha que podía volver a su casa. La madre había muerto. Y era su hermana Catalina quien dirigía la pensión.
Nacha y Cata se saludaron como dos personas indiferentes. A Nacha le emocionaba el volver a su casa, el no encontrar a su madre, y, sobre todo, el pensar que allí conoció a Riga. Hubiera llorado a gusto, pero la sequedad de su hermana--sin duda estudiada, creía ella--la contuvo.
--¿Cuándo fué la desgracia?--preguntó Nacha.
--Hace un mes.
--¿Se acordó de mí? ¿Me habrá perdonado antes de morir?
--Se acordó y pidió que te buscáramos. Pero no pudimos encontrarte.
Cata mentía. No había pensado en hacer buscar a Nacha. Confiaba en que su hermana no apareciera, y así ella se quedaría con la herencia íntegra. Cata se había casado hacía años, poco después de que Nacha huyera de la casa, con un sujeto muy inferior a ella. La madre no quiso verla más y la consideró tan perdida como Nacha. Pero Cata enviudó a los dos años y volvió a la casa. La herencia de la madre consistía en una casita en Liniers y en los muebles y demás objetos de "la pensión". Unos treinta mil pesos, en total.
Nacha había encontrado a su hermana cambiadísima. Hacía diez años, Cata era ágil y saltarina. Ahora habíase puesto regordeta y pesada; y como era bajita, su figura resultaba poco airosa. En aquellos tiempos, aunque ambas vivían peleándose, tenían buen carácter. Cata habíase agriado. Pero el constante malhumor no se le transparentaba en su blanco, fresco y lindo rostro. Nacha advertía con asombro el cambio de su hermana. ¿Cómo había llegado a hacerse mordaz y mala, ella que fué antes tan alegre? ¿A quién salía su hermana tan envidiosa, tan celosa, tan llena de pequeñeces?
Nacha se quedó en la casa. Salía rarísimas veces a la calle, para que su hermana no sospechase de ella. Ayudaba a Cata en los múltiples quehaceres domésticos, y llegó poco a poco a tener todo el trabajo, del que Cata se había desentendido hábilmente. Con los estudiantes de la pensión y otros hombres que vivían allí, las relaciones de Nacha eran muy superficiales. Apenas hablaba con ellos, temiendo que Cata dudase de su deseo de ser ahora una mujer honesta.
Pero estaba escrito que Nacha había de sufrir en todas partes. Cata la espiaba incesantemente. Si Nacha se detenía en el patio para cambiar dos palabras con algún pensionista, su hermana la miraba de reojo o se plantaba allí cerca para observarla. Nacha no podía discutir con su hermana sobre el motivo más insignificante, porque Cata la ofendía con frases alusivas a su vida pasada. Así, si se juzgaba del carácter de algún hombre, Cata interrumpía:
--Claro, vos tendrás razón. Has tenido buenas ocasiones para conocer a los hombres...
Si Cata hubiera reservado sus maldades para decírselas privadamente, Nacha las habría soportado. Pero llegaba hasta soltárselas en la mesa, delante de todo el mundo. Algunos reían, pero otros compadecían secretamente a Nacha. Una vez, como Nacha no comiera, Cata le preguntó:
--¿Qué? ¿Encontrás mal este plato?
Nacha contestó sencillamente que sólo le gustaba ese plato cuando lo habían preparado bien.
--¡Ah, claro!--exclamó sarcásticamente Cata.--En las aristocráticas casas donde has tenido la dicha de vivir, lo prepararían a la perfección...
Nacha iba así, una gota cada día, bebiendo su amargura.
Por desgracia para ella, tampoco encontraba su felicidad en otro lado. Había buscado a Monsalvat insistentemente y no había conseguido la menor noticia. Cierto que, al principio, Torres o Ruiz de Castro pudieron haberle dicho dónde estaba Monsalvat; pero ella no quiso ver a aquellos hombres. Recordaba cuando Torres la engañó, asegurándole que Monsalvat quería a otra mujer e iba a casarse; y supuso que ahora la engañaría nuevamente. Para Torres, como probablemente también para Ruiz de Castro, ella tenía la culpa de la situación de Monsalvat; ella era el enemigo a quien había que apartar.
No obstante, como los meses pasaban y su angustia iba en aumento, Nacha fué una tarde al consultorio de Torres. Llorando le pidió noticias de su amigo. Torres le declaró la verdad. Monsalvat, enfermo de los nervios en un sanatorio, había huido y se ignoraba en absoluto dónde pudiera hallarse. Nacha no creyó. Imaginó que Torres la engañaba, y se fué, después de reprocharle quejosamente, sin acritud, sus crueldades para con ella.
Una mañana llegó a la pensión un huésped un tanto exótico en aquella casa de estudiantes. Era un hombrón corpulento, de anchísimas espaldas, de andar despacioso, de manos enormes y dedos cortos y rollizos. No era feo de cara, y sus facciones, vigorosas e inmóviles, de líneas firmes, parecían hechas a hachazos sobre un tronco de quebracho. El hombre vestía bombachas el día de su llegada, y calzaba bota de potro. Hablaba poco, como con miedo de desentonar. Pero reía, con robustas y grandes risas, de las enormidades que solían decir los muchachos. Cata le averiguó su vida y cuanto había que averiguar. Era rico, tenía una estancia en el Pergamino y había ido a aquella casa recomendado por un estudiante de sus "pagos": un bandido que les ofrecía así a los pensionistas, sus antiguos compañeros, excelente materia prima para sus diversiones. Pero Cata no toleraba la menor impertinencia respecto al criollo, a quien hizo su protegido. Mediante amables bromas al principio y maternales consejos después, Cata logró que el paisano mejorase notablemente su indumentaria y olvidase sus modismos camperos. El sujeto que, aunque tenía cara de malo, era en el fondo un buenazo, se prestaba a todo, con cierto asombro de Nacha y de los pensionistas, que ignoraban adónde concluiría aquello.
Un buen día Nacha lo comprendió todo. El paisano comenzaba a hacerle el amor, instigado hábil y disimuladamente por Cata. Ya le intrigaron a Nacha las maneras cariñosas de su hermana desde que llegara el hombre, y después de un mes en que la hizo víctima de infinitas y pequeñas perfidias. Ahora veía que Cata había planeado desprenderse de ella y que contaba con la maleabilidad del sujeto y con los muchos atractivos de Nacha.
Las galanterías del paisano para enamorar a Nacha no debían diferir gran cosa de las que emplean los orangutanes. A ella, naturalmente, le repugnaba aquel bárbaro, por más dinero que tuviese. Estaba resuelta a rechazarlo cuando le declarase sus intenciones. Pero esto no ocurrió, pues fué la propia Cata quien habló en su nombre.
--No tenés motivo para negarte. ¡Tantos escrúpulos, y has andado por ahí con todo el mundo!
Nacha bajó la cabeza y permaneció así un largo rato.
--Yo no puedo tenerte aquí porque me comprometés. Aunque ahora seas una mujer decente, que lo dudo... porque cualquier día volverás a tus andadas y la cabra tira al monte..., nadie ignora lo pasado. Y como yo soy una mujer joven y puedo volverme a casar... tal vez no esté muy lejos de eso... tu presencia aquí es un grave inconveniente, un compromiso... No te enojés. No hago sino decirte verdades...
Cata siguió hablando, dándole mil razones, aconsejándole ese sacrificio que le haría perdonar sus faltas. Pero según Cata no era sacrificio para su hermana el irse a vivir en una magnífica estancia, junto a un hombre "sencillo y enamorado", para ser definitivamente "una señora". Cuando Cata terminó de hablar, Nacha levantó los ojos llenos de lágrimas y sólo dijo estas palabras:
--Está bien. Todo lo acepto.
El paisano, entonces, trató el asunto con ella. Nacha creyó indispensable referirle su vida. Le declaró, con palabras textuales, que había sido una mujer pública.
--Ya me lo habían contao, m'hijita--exclamó el guaso, riendo groseramente.
Nacha quedó asombrada, no habiendo nunca imaginado que hasta allí llegara la perversidad de su hermana.
--Y vea, niña, yo la pastoriaba con la intención de casarme. Es cosa fiera vivir solo tuita la vida, y pensé que una compañera como usté, sería lindo, ¡jué pucha!
Y el bárbaro saboreaba, visiblemente, el goce brutal de poseer a Nacha.
No tardó Nacha en comprender hasta el detalle la maniobra de Cata. Un médico, un pobre diablo de una lejana provincia, pero médico de todos modos, la cortejaba; y ella había resuelto no dejarlo escapar. Para esto urgía la separación de Nacha. El paisano habíale dicho vagamente que se casaría; pero Cata, temiendo que no se decidiese y segura de que no se atrevería a proponer lo otro, le refirió la vida de su hermana. Al mismo tiempo le insinuó llevársela como querida.
--Hay muchos hombres de campo--le dijo Cata en el tono de quien aconseja--, que se llevan una muchacha a la estancia. Y sin casarse, claro. Para ellos es lo mejor. Yo no digo que hagan bien, pero no los critico porque comprendo que es lo más cómodo, lo más práctico y hasta lo más barato. Después, a los años, si la muchacha resultó buena, se casan. Y si no resultó buena, o les gusta otra, la dejan... Eso es lo que hacen todos, todos...
Recalcó la palabra _todos_, y agregó, para acabar de convencer al paisano:
--¡Cómo son los hombres! ¡Ustedes saben vivir!...
El paisano oyó estas cosas con estupefacción al principio y con golosa sonrisa después. ¡Mire si se hubiera casado! ¡Con razón desconfiaban los paisanos de los puebleros! En cuanto a Nacha, se sometía a vivir con aquel hombre como quien hace un gran sacrificio. Pensaba ser buena, fiel, sumisa. Al cabo de los años, sobre todo si tenían hijos, el hombre se casaría con ella. Y así, la mujer honesta que iba a ser, podría rescatar sus diez años de mal vivir. Era una triste solución para ella, la más triste porque la alejaba de Monsalvat para siempre. ¡Para toda, toda su vida!
Desde que se resignara a su sacrificio, observó al criollo con nuevos ojos y le encontró algunas cualidades. Era leal, sincero, ingenuo, manejable, valiente como buen hijo de nuestros campos, y no carecía de sentimiento. Nacha pensó que una mujer inteligente y hábil podía civilizar a ese hombre, sin grandes dificultades. Aquella mañana del encuentro con Monsalvat, el criollo, enamorado de veras y encantado con el carácter de Nacha, le prometió casarse derechamente, en Buenos Aires, antes de irse a la estancia, ahorrándole a la muchacha la humillación de aquella "prueba" a que habían pensado someterla.
Nacha salía a veces con su futuro marido. Iban a las tiendas, a comprar ropa para la casa de la estancia. En la última de aquellas salidas fué cuando Nacha encontróse en un tranvía con Monsalvat.
A la mañana siguiente, Monsalvat, recostado en su cama, leía, cuando llamaron a su puerta. Dijo que entraran. Apareció Nacha. Vestía de luto, como en la tarde anterior. La ropa negra, enmarcando su blancura, le daba un gran encanto. Parecía feliz, alegre, como quien acaba de resolver el problema de su vida.
Monsalvat quedó recostado, a pedido de ella. Sentíase mal de la vista, y su esfuerzo por leer le había hecho mucho daño. Dolíanle los ojos; veía las cosas zurdamente dibujadas y sin contornos definidos, como en ciertos cuadros impresionistas. Nacha, sin decirle una palabra, observó el cuarto, detalle por detalle; luego miró a su amigo detenidamente, y, por fin, después de quitarse el sombrero, dijo, con sencillez:
--He venido a quedarme.
--Sabía que ibas a venir--contentó él, tendiéndole una mano.--Pero no imaginé que te quedarías para siempre.
--Para siempre...--repitió ella, tomándole la mano y sentándose en la cama, junto a él.
--¿Y por qué haces eso? ¿No ibas a casarte?
--Hago esto porque tú necesitas que te cuiden y te acompañen...
--¿No te casas?
--No, ya no puedo casarme.
--¿Por qué, Nacha?
--Porque ese casamiento era una mentira...
Monsalvat sentíase tan feliz que se imaginaba estar soñando. Nacha continuó diciendo que no quería ni podría querer nunca a ese hombre. ¿Para qué sacrificarse, pues?
--Tienes razón--exclamó Monsalvat.--El sacrificio sin objeto, sin utilidad ninguna, es un absurdo y hasta una inmoralidad. Sólo debemos sacrificarnos cuando nuestro sacrificio producirá un bien y cuando amamos nuestro sacrificio. Yo creo, Nacha, que el sacrificarse debe ser el más alto goce espiritual...
Nacha quedó pensando que así era el sacrificio que ella comenzaba ahora. De haberse casado con el paisano, habría tenido, entre muchas ventajas, ésta de que jamás ella disfrutó y cuyo valor sólo un vagabundo o una mujer como la que había sido ella podían apreciar enteramente: la seguridad en la vida. Dinero, casa, comodidades, hogar, todo lo habría tenido casándose. Y alguna vez, cuando el hombre, quince años mayor que ella, muriese, quedaría libre y con una fortuna en sus manos. En cambio, acompañando a Monsalvat no tendría sino tristezas. En vez de una estancia, un cuarto de conventillo; en vez de hogar, un pobre amigo que necesitaba de sus cuidados; en vez de comodidades, pobrezas. ¡Y en vez de ese día de libertad y de fortuna, largos años de sufrimientos, junto al lecho de un enfermo! Entre los dos sacrificios, ella elegía el de seguir el destino de Monsalvat. Era triste este destino... ¡Pero ella se sacrificaba con todo su amor, con todo su placer, con toda su alegría!
XXIV
La desaparición de Nacha causó a su hermana un colosal disgusto. Faltóle tiempo para desacreditarla entre los pensionistas, contando su historia y hasta inventando lo que no existía. El paisano, furioso, se creyó engañado y vejado. ¡Con razón desconfiaba él de los puebleros! Y se marchó de la casa, de bombacha y bota de potro, como el día de su llegada, imaginando vengarse así de Cata y de su hermana, de los estudiantes que ahora lo "titeaban" impunemente, y de todas las gentes de la ciudad.