Part 4
La que fue su delicia, sus amores, su único bien, ni aun escucha el son del místico bronce que anuncia su funeral. Ceñida la sien de flores, no deposita una sola sobre la tumba del hombre que la adoró. Ni un suspiro lanza aquel pecho de roble, sino a la grata memoria del que iba a ser su consorte, siquiera al sincero amigo, siquiera al valiente joven que el alma rindió invocando de patria y de amor el nombre.— Bien haces. Dios no se paga de sacrílegos clamores. No insultes, ¡ay!, a su sombra. Déjala que en paz repose, ingrata mujer; no mandes a tus ojos que le lloren si en otro semblante luego se han de fijar seductores. Más puro será mi llanto, más veraz, y desde el orbe celestial quizá benigno mi Pablo amado le acoge. Mi tálamo es su sepulcro. Deja que en él me corone yo sola. Yo sé que su alma al alma mía responde, y pues yo la he merecido más que tú, ¡no me la robes!
(_El sacristán sale de la iglesia, cierra la puerta y se retira. Sigue la música_).
ELÍAS.
¡Ah, señora! Yo tendría un corazón de alcornoque si no derramase lágrimas... (por mis cuarenta doblones). Pero al fin... ¿Cómo ha de ser? Aunque usted gima y solloce, Dios lo hizo. No hay esperanza de que su fallo revoque. Y ya han cerrado la puerta y sopla un viento de norte...
(_Isabel se arrodilla en el umbral de la puerta y cruza las manos en actitud de orar_).
(No me escucha; se arrodilla en los yertos escalones, y orando por el difunto estatua parece inmóvil. ¡Oh, Virgen Madre, que ruegas por nosotros... acreedores! ¿Merece un muerto insolvente tan devotas oraciones?)
ESCENA XII.
LOS MISMOS, DON PABLO.
PABLO.
Ya ha recibido el papel; ya es otro hombre; ya me llora. ¿Qué apostamos a que ahora soy un santo para él? ¡Otra vez en el salón suena la música impía! ¡Oh vil, infame alegría! Oprobio... ¡Prostitución! ¿Y no arrojaré del pecho al ídolo torpe, ingrato...?
(_Saca el retrato, lo despedaza, y lo pisa_).
¡He aquí su falaz retrato...! Caiga a mis plantas deshecho. Si un día fui tu cautivo, ya no, mujer inconstante. Quien vende muerto al amante, vendiera al esposo vivo. ¿Qué se diría de mí si me rindiese al dolor...? Entierra, Pablo, al amor, pues te han enterrado a ti. Engañadora sirena, te creí sincera y firme... Pues si acierto a no morirme, ¡como hay Dios que la hago buena! Olvidemos a la infiel; que si airado resucito, ¿qué haré con alzar el grito? Un ridículo papel. Vuelva a mi pecho la calma; y pues soy muerto viviente, voy a ver qué buena gente pide al cielo por mi alma. Y a fe que, si al catecismo doy un repaso, quizás tampoco estará de más que yo me rece a mí mismo. ¡Vaya que es rara aventura! Para mí es niño de teta el austero anacoreta que cava su sepultura. Más eco hará en los anales el nombre de un ciudadano que concurre vivo y sano a sus propios funerales.
(_Da algunos pasos hacia la iglesia, siempre embozado, y se para_).
Por hoy ya no puede ser, que la iglesia está cerrada. Mas ¿qué veo? ¡Arrodillada al umbral una mujer! ¿Quién será el alma bendita que así me llora insepulto? En este esquinazo oculto observaré...
ELÍAS.
¡Isabelita...!
PABLO.
¿Si será la hermana bella de Jacinta? No. A qué asunto suspirar por un difunto que en su vida... ¡Pues es ella!
(_El criado que se pasea silencioso con la linterna en la mano, pasa por junto a Isabel, y la reconoce don Pablo. Cesa la música_).
¡La otra tan malas entrañas y esta adorando mi nombre! No hay como morirse un hombre para ver cosas extrañas.
ISABEL.
Sombra que amo y reverencio, perdóname si llorosa interrumpo de tu losa el venerable silencio.
PABLO.
¡Qué oigo!
ISABEL.
Más grata oblación diérate la amada prenda; mas no rehúses la ofrenda de mi tierno corazón.
PABLO.
(Me amaba, me ama... ¡Oh portento!)
ISABEL.
Si de una triste mortal desde el trono celestial oyes benigno el acento, no a Dios le pidas que yo deje, sin dejar el mundo, el dolor veraz, profundo que tu muerte me infundió. No turbe, no, mi quebranto las delicias de tu Edén; ¡que Dios ha puesto también gloria y delicia en el llanto!
PABLO.
(¡Qué alma! ¡Y no la conocí!)
ISABEL.
Pídele solo al Señor que eterno sea el amor con que el alma te rendí: que nunca humana flaqueza me conduzca a no quererte; ¡antes un rayo de muerte caiga sobre mi cabeza!
(_Calla y contemplativa alza los ojos al cielo_).
PABLO.
¡No puedo más! ¡Qué pasión! Yo llego... ¡Oh ventura mía! (_Deteniéndose_). Mas la súbita alegría tal vez...
ISABEL.
(_Después de un profundo suspiro_). Vámonos, Ramón.
ESCENA XIII.
LOS MISMOS, DON FROILÁN.
FROILÁN.
Entremos. Aún será tiempo... Pero la iglesia cerraron.
PABLO.
(Ya está aquí mi hombre.)
FROILÁN.
¡Isabel! ¡Don Elías! ¿Cómo os hallo a estas horas por aquí? ¿Salís del entierro acaso? ¡Ah! Sí; no hay duda. Ese luto... Parece que se ha acabado el funeral.
ELÍAS.
Sí, señor.
FROILÁN.
¡Y fue para mí un arcano! Por qué no habérmelo dicho, y mis ardientes sufragios...
ISABEL.
¿A qué, si ya en otra tumba le habías tú sepultado más profunda?
FROILÁN.
¡Yo! No entiendo...
ISABEL.
¡En el olvido!
FROILÁN.
¿A mi Pablo? ¿Al mejor de mis amigos? ¿A quien ya llamaba hermano?
PABLO.
(¡Para el necio que te crea!)
FROILÁN.
Pues ¡si le quería tanto...! Poco he dicho. Le adoraba.
PABLO.
(No sé cómo no le mato.)
ELÍAS.
(¡Extraña metamorfosis por cierto!)
FROILÁN.
¡Tan buen muchacho...! ¡Ah...! Me nombró su heredero.
ELÍAS.
¿Qué dice usted?
FROILÁN.
Aquí traigo su postrera voluntad.
PABLO.
(Eso no, que ya he tomado mis medidas por si muero antes de reír el chasco.)
ELÍAS.
¡Usted su heredero!
FROILÁN.
Sí.
ELÍAS.
¿No habla de otros legatarios el testamento? ¿O de deudas...?
FROILÁN.
No. Todo me lo ha dejado. ¿Qué mucho si nos unió desde los primeros años la dulcísima amistad cuyos halagüeños lazos...
PABLO.
(¡Hipocritón!)
FROILÁN.
...nuestras almas llenaron siempre de encantos?
ELÍAS.
Vea usted; y yo creía...
FROILÁN.
¡Ay caro amigo! Este rasgo de cariñosa bondad hace mayor mi quebranto. ¿Qué son todos los tesoros del mundo si los comparo con la delicia de verte, de hablarte?... Mi acerbo llanto no podrá, ¡triste de mí!, arrancarte al duro mármol que te esconde...
ISABEL.
¡Calla, impío! ¡Blasfemo, sella los labios! Guárdate el oro que heredas y no turbes el descanso de aquella alma generosa, que acaso estará penando porque tan mal empleó sus dádivas.
FROILÁN.
Ese agravio...
ISABEL.
¡Calla por piedad! No me hagas testigo del vil escarnio con que insultas las cenizas de tu bienhechor. Huyamos...
PABLO.
(¡Ah, qué ángel!)
FROILÁN.
Oye...
ELÍAS.
Si usted quiere servirse del brazo...
ISABEL.
¡No! Sola me quiero ir. Detesto al linaje humano. ¡Perfidia, maldad, bajeza donde quiera...! ¡Ay, Pablo, Pablo!
ESCENA XIV.
DON PABLO, DON FROILÁN, DON ELÍAS.
PABLO.
(¿Es sueño acaso? ¿Es delirio? ¡Tanto amor...!)
FROILÁN.
¡Qué sinrazón! ¡Qué ruin interpretación de mi profundo martirio!
ELÍAS.
Y en efecto, el testamento...
FROILÁN.
¡Ah! ¡Cuánto dolor me cuesta! Y ahora volver a esa fiesta... He aquí mi mayor tormento. Mas debo forzosamente acompañar a mi hermana.
ELÍAS.
La herencia es más que mediana, y usted que era ya pudiente...
FROILÁN.
Yo baile, ¡oh Dios!, yo concierto, cuando mi pena es tan grave...
ELÍAS.
Yo tenía, usted lo sabe, relaciones con el muerto...
FROILÁN.
No toque usted ese punto, que mi aflicción...
ELÍAS.
Sin embargo... Usted debe hacerse cargo de las deudas del difunto.
FROILÁN.
¿Cuándo volverá la calma a mi pecho?
ELÍAS.
Él me debía unos cuartos...
FROILÁN.
Noche y día he de rezar por su alma.
PABLO.
(El diálogo me divierte.)
ELÍAS.
Si me olvidó, no es portento, que sin duda el testamento Lo hizo...
FROILÁN.
¡Antes de su muerte!
ELÍAS.
Ya; si...
FROILÁN.
¡Mi alma se destroza!
ELÍAS.
(¡Diablo de hombre!) Yo decía...
FROILÁN.
Lo dejó en la escribanía al salir de Zaragoza.
ELÍAS.
Bien; y luego...
FROILÁN.
¡Amigo fiel! Aunque venda mis camisas, mañana doscientas misas mandaré rezar por él.
PABLO.
(Eso me encuentro. Por Dios que de él no esperaba tanto.)
ELÍAS.
Mas yo le hice un adelanto...
FROILÁN.
¡Ah! Sí; lloremos los dos.
ELÍAS.
Pero...
FROILÁN.
Con ojos serenos ¿quién ve a su amigo morir?
ELÍAS.
Pero usted puede decir: los duelos con pan son menos. ¿Y quién vuelve a mi escritorio el dinero?...
FROILÁN.
¡Acerba llaga, cruel!
ELÍAS.
Alma que no paga no sale del purgatorio. Diez onzas...
FROILÁN.
No cuestan tanto las doscientas misas.
ELÍAS.
¡Oh!
FROILÁN.
A peseta...
ELÍAS.
No hablo yo de misas...
FROILÁN.
Me ahoga el llanto.
(_Hablando, han llegado a la casa del baile_).
ELÍAS.
Oiga usted...
FROILÁN.
(_Ya dentro del portal_). Ni a hablar acierto. ¡Adiós!
ELÍAS.
Hombre...
FROILÁN.
¡Pobre Pablo!
ELÍAS.
¡Me plantó! ¡Lléveos el diablo a ti, a la herencia, y al muerto!
ESCENA XV.
DON PABLO, DON ELÍAS. (_Llega don Pablo por detrás de don Elías, y le toca en el hombro_).
PABLO.
Tenga usted más caridad con los difuntos.
ELÍAS.
(_Volviéndose asustado_). ¿Qué voz...? Si yo creyera en visiones diría... (_Reconociéndole_). Sí; ¡él es! Favor...
PABLO.
¡Silencio! No soy fantasma. Vengo...
ELÍAS.
De parte de Dios te digo, sombra iracunda...
PABLO.
No hay tal sombra. Vivo estoy. Acérquese usted sin miedo. Tenemos que hablar los dos.
ELÍAS.
Si en el otro mundo penas como en este peno yo, al heredero le toca procurar tu redención; no a mí, difunto don Pablo; a mí que soy tu acreedor, a mí...
PABLO.
Basta. Sabe usted que soy hombre de razón, y si yo me hubiera muerto, no lo negaría, no. Caí herido de un balazo en medio de la facción. Sin duda al verme tendido sin aliento y sin color todos me dieron por muerto sin más averiguación; y como nadie después de mí ha sabido hasta hoy, no extraño que en mis exequias haya graznado el fagot. Recobrados mis sentidos con el frío y el dolor, medio vivo, medio muerto, me levanté del montón. En vano pedía auxilio; nadie escuchaba mi voz... Por fin llegué como pude a la choza de un pastor. Por buena suerte la herida no era mortal aunque atroz. Aquella familia honrada tuvo de mí compasión; y curándome en sigilo, sin botica y sin doctor, me libertó de las uñas de _Tristany_ o _Caragol_. Recobradas ya mis fuerzas, mi marcha emprendo veloz de regreso a Zaragoza, y hoy llego a puestas de sol para reír desengaños de este mundo pecador.
ELÍAS.
¡Es posible! ¡Ah! Mi alegría...
PABLO.
Usté es un hombre de pro. Usté ha rezado en mi entierro...
ELÍAS.
¡Oh! Sí; con mucho fervor.
PABLO.
Y gracias por su cristiana misericordia le doy. Solo a usted me he descubierto...
ELÍAS.
Usted me hace sumo honor...
PABLO.
Mas nadie sepa que vivo hasta mejor ocasión. Usted sabrá mis proyectos, y cuento con su favor para llevarlos a cabo.
ELÍAS.
Sabe usted que siempre estoy a su obediencia... A propósito: el papel que se quedó sin firmar... Aquí lo traigo. Si a la luz de ese farol (_El que habrá en el portal de la casa donde se baila_), quisiera usted... Pediremos un tintero...
PABLO.
¿No es mejor que se venga usted conmigo y le daré en el mesón las diez onzas consabidas, los réditos y otras dos en muestra de gratitud?...
ELÍAS.
¡Oh, qué bello corazón!
PABLO.
Justamente ya ha debido cobrar mi administrador unas letras...
ELÍAS.
No es decir que yo tenga prisa, no. Solo por acompañar a usted... (¡Dios de Sabaot, no me le mates ahora! ¡Cumpla su buena intención!)
PABLO.
Vamos...
ELÍAS.
Abríguese usted. (_Componiéndole el embozo de la capa. Don Pablo tose_). ¡Cuidarse! — ¿Qué es eso? ¿Tos?
PABLO.
No es nada.
ELÍAS.
Es que usté estará delicado; y el pulmón...
PABLO.
(_Riéndose_). Cálmese usted, don Elías, que mi palabra le doy de no morirme otra vez sin pagarle.
ELÍAS.
(¡Óigate Dios!)
ACTO CUARTO.
LA RESURRECCIÓN.
La decoración del acto segundo.
ESCENA I.
DON PABLO, DON ELÍAS. (_Entran con precaución. El teatro está oscuro_).
PABLO.
Si alguno nos ha observado...
ELÍAS.
Solo lo sabe Ramón, y ese es de satisfacción. Puede usté entrar descuidado. Jacinta está de jolgorio con su novio y los amigos que servirán de testigos para el impío casorio. Luego que apuren los platos del opíparo banquete vendrán a este gabinete para firmar los contratos.
PABLO.
Isabel...
ELÍAS.
No fue posible hacerla entrar en la fiesta. La maldice y la detesta como sacrilegio horrible.
PABLO.
¡Pobrecilla! ¿Y don Froilán?
ELÍAS.
Muerto está de pesadumbre; mas, ya se ve; la costumbre... la etiqueta, el _qué dirán_...
PABLO.
Al bien y al mal se acomoda esa frase; y ¿qué ha de hacer quien por fuerza ha de escoger entre un duelo y una boda?
ELÍAS.
Ya, pero, entre el mundo y Dios, don Froilán gime... y devora; luego apura el vaso... y llora; y así cumple con los dos.
PABLO.
¿Está todo preparado?
ELÍAS.
Todo como usted desea.
PABLO.
Sentiré que alguien me vea.
ELÍAS.
¿Cómo? En un cuarto excusado...
PABLO.
Quisiera un instante hablar con Isabelita... Pero prepárela usted primero.
ELÍAS.
Entiendo. Voyla a buscar. Pues llevan largo el convite y Ramón está advertido, fácil será...
PABLO.
Siento ruido...
ELÍAS.
Traen luces... ¡Al escondite!
(_Don Pablo corre a esconderse en el cuarto del foro y cierra por dentro las vidrieras. Ramón trae luces_).
ESCENA II.
DON ELÍAS, RAMÓN.
ELÍAS.
¿Ha visto alguien a don Pablo?
RAMÓN.
No, señor; nadie le ha visto.
ELÍAS.
¡Vete, y silencio!
RAMÓN.
No chisto.
ELÍAS.
Se va a desatar el diablo.
ESCENA III.
DON ELÍAS.
ELÍAS.
¡Por hacer aquí el rufián dejo la opípara mesa...! Pero servir me interesa al escondido galán. ¿Qué no he de esperar de ti, difunto que expresamente resucitas complaciente solo por pagarme a mí? ¡Y con qué rumbo! Ea, pues; busquemos a Isabelita y anunciemos la visita... Mas ¿quién se acerca...? Ella es.
ESCENA IV.
DON ELÍAS, ISABEL.
ISABEL.
¿Qué hace usted tan solo aquí?
ELÍAS.
Señora, no es de mi gusto esa infame bacanal, y aquí me estoy hecho un búho contemplando las flaquezas y aberraciones del mundo. ¿Dejarán la mesa pronto?
ISABEL.
No sé.
ELÍAS.
Desde aquí descubro... (_Mirando por la puerta de la izquierda_). Los postres sirven. — No acaban ni en veinticinco minutos. ¡Qué contraste! Ellos riendo, ¡y usted vestida de luto!
ISABEL.
Y quizás de mi aflicción se mofan.
ELÍAS.
¡Atroz insulto! ¡Y acaso aún están calientes las cenizas del difunto!
ISABEL.
¡Ah!
ELÍAS.
Si apareciese ahora entre ellos vivo y robusto el mismo a quien juzgan muerto, como figuras de estuco se quedarían.
ISABEL.
¡Ay, Dios!
ELÍAS.
¿Y qué maravilla? Algunos suelen tornar a la vida desde el borde del sepulcro.
ISABEL.
No con vanas ilusiones aumente usted mi profundo dolor.
ELÍAS.
No quiero decir que Dios, aunque sea sumo su poder, haga un milagro, y se alcen a mis conjuros los que descansan en paz; pero, señor, yo pregunto, ¿quién da fe de que haya muerto don Pablo? Un parte confuso..., la declaración verbal de un amigo infiel, perjuro...
ISABEL.
Y otros ciento que en el campo le vieron yerto, insepulto; y los facciosos también le contaron en el número de los muertos. Si él viviera no podría estar oculto su destino tantos días. ¡Nunca se verán enjutos mis ojos! ¡No hay esperanza!
ELÍAS.
Pues yo la tengo y la fundo en razones poderosas. ¡Oh! ¡Cómo de esos renuncios se cometen en los partes! ¿No ha afirmado más de uno la muerte del _Serrador_, de _Cabrera_ y otros tunos, que han multiplicado luego muertes, incendios y estupros? Bien pudo caer don Pablo herido en el campo y pudo salvarse después... En fin, aunque parezca un absurdo, yo creo... yo tengo datos...
ISABEL.
¡Ah! ¿Cuáles son?
ELÍAS.
Dios es justo...
ISABEL.
¡Insensata! ¿Cómo puedo esperar...?
ELÍAS.
Si de su puño enseñase yo una carta...
ISABEL.
Basta, basta. Yo no sufro que usted se burle de mí tan cruelmente.
ELÍAS.
No me burlo. Vive don Pablo.
ISABEL.
¡Oh Dios mío! ¿Será posible?
ELÍAS.
Lo juro.
ISABEL.
¿Dónde...?
ELÍAS.
Baje usted la voz. Si no temiera que un susto repentino...
ISABEL.
No; mi gozo... Venga esa carta...
ELÍAS.
Presumo que usted daría más crédito a un testigo... y me aventuro a presentarlo...
ISABEL.
¿A quién? ¡Cómo...!
ELÍAS.
Usted le conoce mucho.
ISABEL.
Yo... ¿Dónde está?
(_Junto a la puerta del foro, que había entreabierto don Pablo_).
ELÍAS.
Salga usted. El momento es oportuno.
ESCENA V.
DON PABLO, ISABEL, DON ELÍAS.
PABLO.
¡Isabel!
ISABEL.
¡Ah!... ¡Pablo mío!
(_Al verle grita y retrocede asustada, y después de un instante de silencio le abraza con la mayor ternura_).
¿Es posible que te ven mis ojos? ¡Pablo! ¿Tú vives? Mi alma se anega en placer. ¡Dios de bondad! Si es delirio, muera yo dichosa en él. Mas no; mis brazos amantes le están estrechando. ¡Él es!
(_Avergonzada se desprende de los brazos de don Pablo, y baja los ojos_).
(¿Qué estoy diciendo, insensata? ¡Oh rubor...!) Perdone usted...
ELÍAS.
(_Observando a la puerta_). Ya han retirado los postres y las copas de Jerez.
PABLO.
Isabel, ese cariño que en el alma grabaré viene a endulzar la amargura de un desengaño cruel.
ISABEL.
Dios sabe con qué aflicción tu muerte, Pablo, lloré...
ELÍAS.
Ya recogen la vajilla. Ya levantan el mantel.
PABLO.
Aunque por muerto me dieron, de mis heridas sané. Otra me han hecho en el alma. Yo la curaré también.
ISABEL.
¡Pablo!...
PABLO.
¡Hermana de mi vida!
ISABEL.
(¡Hermana!... ¡Ay de mí!)
PABLO.
Isabel, tú sola sabes que vivo. Otros lo sabrán después. ¿Querrás por breves instantes guardarme el secreto fiel?
ISABEL.
Lo guardaré; mas ¿qué intento...?
ELÍAS.
Ya están tomando café.
PABLO.
A ese contrato nupcial presente quiero que estés.
ISABEL.
¡Tú lo exiges!
PABLO.
Y no importa que les des el parabién. Yo se lo doy desde luego; y ya jamás fiaré ni en lisonjeros amigos ni en palabras de mujer.
ISABEL.
(¡Qué oigo!)
PABLO.
¡En la tumba se aprende mucho!
ELÍAS.
¡Que ya están en pie!
PABLO.
Adiós... Yo seré más cauto por si me muero otra vez.
(_Se entra en el cuarto del foro, cerrando las vidrieras_).
ESCENA VI.
ISABEL, DON ELÍAS.
ELÍAS.
¡Confidente y centinela de mi rival! ¡Por usted, solo por usted haría tan subalterno papel; papel que entrará en el fárrago de deuda sin interés!
ISABEL.
(_Sin oírle_). ¡No me ama! ¡Infeliz de mí! Mas al fin no le veré en los brazos de Jacinta. Y si otra me roba el bien que el alma anhela... ¡No importa! ¡Perezca yo, y viva él!
ESCENA VII.
LOS PRECEDENTES, DON FROILÁN, JACINTA, DON MATÍAS, DON ANTONIO, DON LUPERCIO, DAMAS, CABALLEROS. (_Toman todos asiento en varios grupos. Don Matías, Jacinta con otras damas y caballeros a un lado; don Lupercio con los demás convidados a otro; don Antonio junto a don Froilán; don Elías e Isabel a un extremo_).
MATÍAS.
Adentro. Sin ceremonia.
JACINTA.
Tomen ustedes asiento.
LUPERCIO.
¡Oh, que está aquí don Elías!
ELÍAS.
Buenas noches, don Lupercio.
MATÍAS.
¿Cuándo viene ese notario? que en verdad, ya me impaciento esperándole.
JACINTA.
Ya poco puede tardar.
MATÍAS.
Mira: luego que se firmen los contratos conyugales, bailaremos.
UNA SEÑORA.
Sí, sí; un poquito de baile.
UN CABALLERO.
Y será el día completo.
FROILÁN.
(_Aparte con don Antonio_). Esa boda se va a hacer bajo auspicios muy funestos, don Antonio.
ANTONIO.
¿Qué se yo?... Se quieren y están contentos...
JACINTA.
(_Aparte con don Matías_). Por fin ya nos favorece mi hermana. ¡Pero qué gesto! Y es un insulto el entrarse aquí con vestido negro.
MATÍAS.
Como es tan sentimental, no me admiro...
JACINTA.
Pues yo creo que tiene más de envidiosa que de santa.
MATÍAS.
Y aun por eso, a falta de otro galán, se resigna a los obsequios del buen don Elías.
JACINTA.
Siempre tuvo ruines pensamientos.
UNA DAMA.
(_En voz baja_). ¿Qué dote lleva la novia?
LUPERCIO.
No es gran cosa. Seis mil pesos.
ISABEL.
(_Aparte con don Elías_). ¿Cuáles serán los designios de don Pablo?
ELÍAS.
Es un secreto, señorita; y como yo de económico me precio, quiero ahorrar las conjeturas, pues al fin he de saberlo.
FROILÁN.
(_Aparte con don Antonio_). Es un cargo de conciencia; sí señor; y yo no debo autorizar...
ANTONIO.
¡Bobería! Los que se casan son ellos, no usted.
FROILÁN.
¡Casamiento horrible!
ANTONIO.
Peor sería no hacerlo.
FROILÁN.
¡Don Pablo amaba a Jacinta!
ANTONIO.
Sí señor...; pero se ha muerto.
FROILÁN.
Don Matías fue su amigo.
ANTONIO.
Ya; pero no es su heredero.
FROILÁN.
¡Yo lo soy a mi pesar!
ANTONIO.
¡Cómo ha de ser! Ya lo veo.
FROILÁN.
Mis lágrimas...
ANTONIO.
Yo también las vertería... a ese precio.
MATÍAS.
Ya está aquí el notario. ¡Viva!
ESCENA VIII.
LOS PRECEDENTES, EL NOTARIO.
NOTARIO.
Buenas noches, caballeros.
UNA SEÑORA.
(_Aparte a don Lupercio_). Ese curial incivil no saluda al bello sexo.
MATÍAS.
Vamos; ¿vienen ya extendidos los contratos?
NOTARIO.
Sí por cierto. No falta más que firmar; los contrayentes primero y los testigos después en sus respectivos huecos.
FROILÁN.
(_A don Antonio bajo_): Ese hombre, que para mí es una especie de cuervo, despierta en mi corazón atroces remordimientos.
NOTARIO.
Si ustedes me lo permiten, calo las gafas y leo...
MATÍAS.
¡No, por Dios! ¿A qué cansarnos con este eterno proceso?
NOTARIO.
No tal. Yo soy muy lacónico. Tendrá veintisiete pliegos...
MATÍAS.
¡Misericordia...! ¡Una pluma! (_Llega a la mesa y la toma_). ¿Da usted fe de que en efecto me caso con la que adora mi corazón?
NOTARIO.
Por supuesto. Con doña Jacinta...
MATÍAS.
Basta. Firmo como en un barbecho. (_Firma_).
Froilán.
(_Tapándose los ojos_). ¡Ah! ¡Qué horror! ¿Y sufro yo tan bárbaro sacrilegio?
ELÍAS.
(_A Isabel_). ¿Qué le ha dado a don Froilán? Suspira; se pone trémulo...
NOTARIO.
Ahora la novia.
JACINTA.
(_Se acerca a la mesa_). Volando, que mi gloria cifro en esto.
FROILÁN.
¡No puedo más!
(_Se levanta, y se acerca también a la mesa_).
JACINTA.
¿Dónde?
NOTARIO.
Aquí.
FROILÁN.