Part 5
¡Detén en nombre del cielo esa mano temeraria! ¿Olvidas tus juramentos? ¿Menosprecias tu opinión? ¿No sabes que hay un infierno para los perjuros? ¡Ah...!
MATÍAS.
¿Qué dice ese majadero?
FROILÁN.
¿Vas a casarte con otro cuando la sangre del muerto está humeando? Aun escucho las campanas de su entierro...
JACINTA.
¡Eh! ¿Quieres dejarme en paz?
UN CABALLERO.
Ese hombre ha perdido el seso.
UNA DAMA. (_A don Antonio_). ¡Qué hipocresía!
ANTONIO.
¡La herencia!
ELÍAS.
(_A Isabel_). Cómo soy que me divierto.
MATÍAS.
Ea, firma, y no hagas caso de un fastidioso agorero.
JACINTA.
Sí; el corazón me lo manda... ¿Aquí...? (No sé por qué tiemblo. ¡Ánimo!) (_Firma_). Ya está.
FROILÁN.
¡Gran Dios! ¡Ella ha firmado! ¡Esto es hecho! ¡Ah! ¿Qué sería de ti, falsa mujer, si del centro de la tumba aquí se alzase don Pablo y con voz de trueno...?
MATÍAS.
¡Oiga...!
(_Todos los interlocutores a excepción de Isabel ríen estrepitosamente_).
LUPERCIO.
¡Donosa ocurrencia!
UNA DAMA.
¡Qué visionario!
UN CABALLERO.
¡Qué necio!
ANTONIO.
Se nos viene con sandeces del siglo décimo-tercio.
MATÍAS.
No hablaba usted de ese modo dos días ha.
FROILÁN.
Me arrepiento...
ELÍAS.
(_A Isabel_). Oportuno es el sermón. Parece que está de acuerdo con don Pablo. Mas ¿qué aguarda, que no sale del encierro?
FROILÁN.
Don Matías, no es la herencia la que ha obrado este portento. Mueve mi labio divina inspiración. Yo preveo...
MATÍAS.
¡Eh! Basta ya de simplezas, que estamos perdiendo el tiempo. Concluyamos... ¡Los testigos!
NOTARIO.
Don Antonio Mollinedo...
ANTONIO.
(_Va a la mesa y firma_). Servidor. Sea mil veces en buen hora.
NOTARIO.
Don Lupercio...
LUPERCIO.
Allá voy... (_Firmando_). Y con el alma y la vida lo celebro.
NOTARIO.
Don Elías Ruiz...
ELÍAS.
(_Va y firma_). Presente. Sea enhorabuena, y _laus Deo_.
NOTARIO.
Hemos concluido.
PABLO.
(_Dentro_). ¡No! ¡Falta un testigo!
(_Sorpresa general_).
MATÍAS.
¿Qué es eso?
JACINTA.
¿Qué voz...?
FROILÁN.
Por allí ha sonado...
MATÍAS.
¿Quién es el testigo?
(_Óyese una fuerte detonación en el cuarto del foro; ábrese la puerta y aparece don Pablo cubierto de pies a cabeza con un manto blanco. Un vivo resplandor rojizo alumbra el cuarto de donde sale_).
PABLO.
¡El muerto!
ESCENA IX.
LOS PRECEDENTES, DON PABLO.
(_Al aparecer don Pablo retrocede Jacinta aterrada; las demás señoras chillan, y una o dos se desmayan en brazos de los caballeros que las rodean; don Froilán se queda extático; don Elías suelta la carcajada, y hace notar a Isabel los gestos de los demás; don Matías calla, entre dudoso y amostazado; don Antonio y don Lupercio dan muestras de admiración, y el Notario se esconde detrás de la mesa_).
JACINTA.
¡Cielos!
NOTARIO.
¡Oh!
MATÍAS.
¡Don Pablo!
FROILÁN.
¡Es él!
ELÍAS.
¡Lindas figuras!
UNA DAMA.
¡Qué espanto!
FROILÁN.
¡Yo no lo dije por tanto!
JACINTA.
¡Aparta, sombra cruel!
UN CABALLERO.
Señora...
(_Abanicando a una que está desmayada_).
UNA DAMA.
(_Volviendo del desmayo_). ¡Qué horrible vista!
UN CABALLERO.
(Yo tengo más miedo que ella.)
ELÍAS.
(_Aparte a Isabel_). La tramoya ha estado bella. ¡Se ha portado el polvorista!
JACINTA.
(¡La imagen de mi conciencia veo en su rostro fatal!)
FROILÁN.
(Si es aparición, tal cual; si está vivo, ¡adiós la herencia!)
JACINTA.
Yo confieso mi locura, Pablo, y te pido perdón.
MATÍAS.
¡Locura!
JACINTA.
Ten compasión de una frágil criatura. A tus plantas...
(_Va a arrodillarse, y don Matías la detiene_).
MATÍAS.
¡Eso no, por vida de san Matías! ¿Tú a sus plantas? ¡No en mis días! Él ha muerto, y vivo yo. Y nos veremos las caras, pues ya se firmó el concierto, si quiere meterse el muerto en camisa de once varas. Ni él ha muerto; no hay tal cosa; que si difunto estuviera no alzara así como quiera la yerta y pesada losa. Yo no le disputo a Dios el poder de hacer milagros; mas los muertos están magros, y este abulta como dos. Le quisiste vivo, es cierto; y ahora a mí. ¡Norabuena! Eso no vale la pena de resucitar a un muerto. Si él ha muerto, ¿qué hace aquí? Vuelva al panteón profundo...; y si vive para el mundo, muerto sea para ti. En fin, que viva o que muera, tuyo no ha de ser jamás. Veremos quién puede más; él muerto, y yo... calavera.
PABLO.
No he muerto, gracias al cielo (_Soltando el manto y dando algunos pasos_), ni por una infiel y un loco quiero exponerme tampoco a dar la vida en un duelo. Que perdone este mal rato pido a la tertulia toda, pues mal sienta en una boda el funeral aparato; pero hombre de calidad, cuya muerte es tan sentida, justo es que vuelva a la vida con cierta solemnidad. Conozco que algún menguado en esta cómica escena más me quisiera alma en pena que muerto resucitado; pero si alguno desea ser pasto a la muerte avara, yo no: ya he visto su cara y me parece muy fea; y puesto que debo tanto al Sumo Hacedor, no es justo que por dar a nadie gusto me vuelva yo al camposanto.— Mis quejas no escucharán los amigos fementidos; no; porque a muertos y a idos... Conocido es el refrán. Que matan los desengaños dice la gente... No a mí, que como muerto los vi, no han de abreviarme los años.— Nada de rencor, Matías. Querer a una dama hermosa más que a un fiel amigo, es cosa que se ve todos los días. Siempre amor en tal pelea ha de triunfar; esto es cierto; y más si el amigo ha muerto y la dama pestañea. Yo la quise..., tú la quieres... Tuya debe ser la bella, pues yo he muerto para ella y tú por ella te mueres.— Ni a ti, Jacinta del alma, culparé. ¿Con qué derecho pidiera yo a tu despecho una tumba y una palma? Se olvida al galán más pulcro vivo, lozano, fornido, y ¿no ha de echarse en olvido al que yace en el sepulcro? El amor en nuestros días como el Fénix se renueva, que ya no hay almas a prueba de balas y pulmonías. Yo te creía más firme; mas si otro me reemplazó, la culpa me tengo yo. ¿Quién me mandaba morirme?
MATÍAS.
No haya duelo. ¿En qué lo fundo si no hay rival a mi amor? Mucho aplaudo el buen humor con que vuelves a este mundo.
JACINTA.
Pablo, la sorpresa..., el gozo... Pero... ya ves..., he jurado... (Después que ha resucitado me parece mejor mozo.)
PABLO.
Señoras, cese ya el susto, que si lo causo viviente, me moriré de repente estando sano y robusto.— ¿Y el notario fugitivo adónde fue?
NOTARIO.
(_Sacando la cabeza_). Me escondí...
PABLO.
Ea, salga usted de ahí a dar fe de que estoy vivo. Aquiete usted la conciencia, que, a fe del nombre que tengo, del purgatorio no vengo a tomarle residencia. ¡Don Lupercio! ¡Don Antonio! De ustedes muy servidor. Hasta ahora, aunque pecador, no me ha llevado el demonio.
ANTONIO.
Yo lloraba...
PABLO.
Sí, por cierto.
LUPERCIO.
Yo...
PABLO.
Como hablan las paredes, ya sé que me han hecho ustedes justicia... después de muerto. ¡No era tan feliz mi suerte cuando vivo...! ¿Conque soy un ángel ahora? Doy muchas gracias a la muerte. Ruego a ustedes, pues advierto que me va mejor así, que siempre que hablen de mí se figuren que estoy muerto.
ANTONIO.
(_Aparte a don Lupercio_). ¡Pullas, después que en mil puntos su elogio hicimos ayer! Ya no se puede tener caridad... ni con difuntos.
PABLO.
Don Froilán, siento en verdad decir a un amigo fiel que el consabido papel no es mi postrer voluntad.
FROILÁN.
Es acción muy baladí que perdonarse no puede el resucitar adrede para burlarse de mí.
(_Risa general_).
Señores, nada de risas, que es sobrada impertinencia despojarme de la herencia y quedarse con las misas.
ELÍAS.
Agorero cejijunto, justo es que a Dios satisfagan herederos que no pagan los créditos del difunto. Era insigne mala fe, riendo de mi abstinencia, comerse, amén de la herencia, lo que yo economicé. No era usted quien merecía tanta dicha, alma de Anás, Tartufo... No digo más...
MATÍAS.
¿Por qué...?
ELÍAS.
Por economía.
FROILÁN.
Por vida...
PABLO.
Tenga usted calma. Yo las misas pagaré..., a no ser que quiera usté que se endosen a su alma. Lea usté ahora en desquite esta carta que Melchor me dio...
FROILÁN.
Sí; mi arrendador de la hacienda de Belchite.
(_Toma la carta, la abre, y la lee para sí_).
ISABEL.
(_Después de una breve pausa_). ¿Qué será?
MATÍAS.
Le tiembla el pulso...
ANTONIO.
Gime...
ELÍAS.
Un color se le va y otro se le viene...
FROILÁN.
¡Ah!
JACINTA.
Mira al cielo...
LUPERCIO.
Está convulso...
FROILÁN.
¡Cruel, funesta noticia! ¡Desventurado de mí! ¡Yo esperaba el bien ajeno, y pierdo el mío! ¡Infeliz! ¡Me ha arruinado, me ha perdido la infame facción servil! Me ha subastado el aceite, me ha saqueado el maíz, me ha destruido el molino, me ha secuestrado el redil. A mí, que no me metía con liberal y servil, y ni he sido diputado, ni prócer, ni alcalde, ni... Si hasta los neutrales tienen su hacienda y vida en un tris, ¿quién quieres, aleve príncipe, que te doble la cerviz? Ya es crimen la indiferencia. ¡Guerra! ¡Un fusil! ¡Un fusil! ¡Traidor don Carlos! La sangre siento ya en mi pecho hervir. Yo moriré peleando o me vengaré de ti.
ESCENA ÚLTIMA.
LOS PRECEDENTES, _menos_ DON FROILÁN.
JACINTA.
¡Dios mío!
ISABEL.
¡Pobre Froilán!... ¡Funesta guerra civil!
PABLO.
Le está muy bien empleado. ¡El cielo castigue así a todo infame egoísta que a la patria ve gemir y ni acude a sus miserias, ni la defiende en la lid! Volviendo a lo de la boda, en buen hora sea mil y mil veces. Yo también me caso.
ISABEL.
(¡Ay!)
JACINTA.
¿De veras?
PABLO.
Sí. Si ustedes quieren mañana a mi contrato asistir...
ISABEL.
(¡Mañana!...)
LAS DAMAS.
(_A Jacinta, mostrando todas mucha curiosidad_). ¿Quién...?
ANTONIO.
(_A los caballeros, que forman también corrillo_). ¿Quién será?...
MATÍAS.
¿Quién es la novia feliz? Dime...
PABLO.
Son amores póstumos. No es la novia que escogí de este mundo.
MATÍAS.
Alguna momia...
PABLO.
No. Fresca como el abril. ¡Flor de mi tumba!, ¿por qué tan tarde te conocí?
ISABEL.
(Me mira... ¡Ah! ¡Cómo palpita mi corazón!)
ANTONIO.
Pero en fin...
JACINTA.
(¿Será Isabel?...)
UNA SEÑORA.
¿No sabremos...?
PABLO.
Aunque a su gracia gentil sabe hermanar la modestia, su nombre puedo decir, que pues la ofrezco mi mano, no la alejará de sí quien ya me dio el corazón.
(_Isabel no puede reprimir su agitación_).
LA SEÑORA.
(_Aparte a las otras_). Hacia aquí mira, ¿advertís?
PABLO.
¡Ah! Sí. Ya anuncia mi dicha en su labio de carmín la sonrisa del amor.
LA SEÑORA.
(¡Yo soy! Me ve sonreír...)
PABLO.
Y esa mirada... ¡Isabel!
(_Acercándose a ella, y presentándola la mano_).
ISABEL.
¡Pablo mío!
(_Tomando la mano de don Pablo, y reclinando la cabeza en el pecho del mismo como para ocultar el exceso de su gozo_).
LA SEÑORA.
(_Con un suspiro y abanicándose_). (¡No era a mí!)
ANTONIO, LUPERCIO, DAMAS, CABALLEROS.
¡Isabel!
MATÍAS.
(_A Jacinta_). ¡Era tu hermana!
ELÍAS.
(¡Ya llegó mi San Martín!)
MATÍAS.
¿No dijiste que tu esposa no era de este mundo?
PABLO.
Sí. Mujer de un alma tan pura, cuya virtud sin igual compite con su hermosura, es un ser angelical, no es humana criatura. Mujer de tanta virtud, mujer de amor tan profundo que en su tierna juventud se inmolaba... ¡a un ataúd!... no pertenece a este mundo. Yo, que su ventura anhelo, ya no me juzgo habitante de este miserable suelo; que Isabel me mira amante y sus brazos son... ¡el cielo!
ISABEL.
Yo que te lloré en la losa; yo, que con verte, no más, me tenía por dichosa, ¿qué haré ahora que me das el dulce nombre de esposa?
PABLO.
¡Cuán de veras lo mereces! ¡Dichosa muerte mil veces! Muérete ¡y verás!, Matías...
MATÍAS.
¡Lindo regalo me ofreces!
PABLO.
¿Qué dice usted, don Elías?
ELÍAS.
Que el mundo es un entremés, don Pablo.
MATÍAS.
Es cierto.
LUPERCIO.
Así es.
ANTONIO.
Para aprender a vivir...
ELÍAS.
No hay cosa como morir...
PABLO.
Y resucitar después.
FIN DE LA COMEDIA.