Muérete ¡y verás...!

Part 3

Chapter 33,564 wordsPublic domain

Siempre me amó don Matías; y aunque en tan mala ocasión me recuerda su pasión, yo no sé hacer groserías. No es culpa mía, Isabel, que ese muchacho me quiera; ni porque Pablo se muera he de enterrarme con él. Yo le amé mientras vivió. Si el cielo cortó sus días, y no ha muerto don Matías, ¿puedo remediarlo yo? No es decir que esté dispuesta a admitir amante nuevo, aunque en justicia no debo darle una mala respuesta. Don Pablo, que era su amigo, le dijo que si él moría, y yo en ello consentía, se desposase conmigo. Harto en mi dolor demuestro cuán de veras he sentido que se haya, ¡ay de mí!, cumplido aquel presagio siniestro; mas yo ahora te pregunto: si al otro llego a querer, ¿hago más que obedecer la voluntad del difunto?

ISABEL.

¿Su voluntad? ¡Impostura! ¡Maldad! Quien de veras ama, con el amor que le inflama desciende a la sepultura. Si el pago que tú le das sabido hubiera al morir, pudiérate maldecir, pero ¿olvidarte? ¡Jamás! ¡Así tu lengua le infama! ¿Qué amante, si de este nombre es merecedor, a otro hombre deja en herencia su dama? No; que es la dulce mitad de su alma, y en la agonía tras sí llevarla querría a la inmensa eternidad.

JACINTA.

Tanta exaltación me asombra y tan extraña amargura. ¿Le amabas tú por ventura, que así defiendes su sombra?

ISABEL.

Le amaba... ¿Qué digo? Le amo, le idolatro todavía, y él solo me arrancaría las lágrimas que derramo. Él ignoró mi tormento —¡triste ley de la mujer!—, y ni aun pude merecer cortés agradecimiento. Ahora sin rubor quebranto del silencio la cadena; ¡ahora que la dicha ajena no turbaré con mi llanto! Ya no temo adversa suerte, ni rivales, ni baldón. Sagrada es ya mi pasión. ¡La divinizó la muerte!

JACINTA.

¿Tú le amabas, Isabel? Absorta me dejas.

ISABEL.

¡Cielos! Sin esperanza..., ¡con celos!... ¿Hay suplicio más cruel? Y otra vez le sufriría aunque penando muriera porque a la vida volviera el dueño del alma mía. Yo infeliz no borraré su imagen de mi memoria; Y tú que fuiste su gloria ¡le guardas tan poca fe!

JACINTA.

Deja ya reconvenciones. No porque celos te di te quieras vengar de mí con importunos sermones.

ISABEL.

¡Jacinta!

JACINTA.

¡Calla por Dios! Amar sin consuelo es duro; mas también es fuerte apuro el verse amada por dos. Mujeres hay más de diez que a dos suelen contentar; pero yo no puedo amar más que uno solo a la vez. Pues basta con un esposo, querer a dos es punible; pero mi pecho es sensible y no puede estar ocioso. Iguales galanterías debí a los dos de que hablo; mas mientras vivió don Pablo no quise yo a don Matías. ¿Y no será un desacierto, si ahora de amarle me privo, matar sin piedad al vivo porque no se ofenda el muerto? Su especial filosofía cada cual tiene en secreto, y pues la tuya respeto, déjame en paz con la mía.

ESCENA XV.

ISABEL.

ISABEL.

¡Alma a quien el alma di, si a las dos nos escuchaste, mira a qué mujer amaste! ¡Júzgala y júzgame a mí!

ACTO TERCERO.

EL ENTIERRO.

El teatro representa una plazuela con fachada y puerta de iglesia en el foro. Entre las casas hay una cuyo portal está abierto y alumbrado. Enfrente de dicha casa hay una barbería.

ESCENA I.

DON FROILÁN, DON ELÍAS, JACINTA, DON MATÍAS. (_Don Matías viene delante con Jacinta de bracero; los cuatro se dirigen al portal abierto. Todos con capas_).

MATÍAS.

Mucho sufriré esta noche, Jacinta.

JACINTA.

¿Por qué lo dices?

MATÍAS.

Porque estás bella en extremo, y vendrán de quince en quince a colmarte de lisonjas los que conmigo compiten.

JACINTA.

¿Qué importa, si solo a ti el alma mía se rinde?

MATÍAS.

¡Oh dicha! Solo te ruego que no bailes con el títere de Ferminito.

JACINTA.

Contigo solo, mi bien.

MATÍAS.

¡Qué felices seremos cuando el enlace suspirado...!

(_Sigue hablando en voz baja con Jacinta. Los cuatro se han parado junto a la puerta_).

FROILÁN.

(_A don Elías_). ¿Usted no asiste al baile?

ELÍAS.

Tengo un asunto...

FROILÁN.

Pues yo también pienso irme a la ópera y volver; porque los bailes me embisten, aun siendo de confianza como este.

ELÍAS.

A tales convites soy yo poco aficionado. Si además de los violines hubiese cena... Lo digo por la broma y por los brindis.

JACINTA.

¿Qué hacemos aquí? ¿No subes?

FROILÁN.

Vamos.

(_Entran en la casa_).

ELÍAS.

Ea, divertirse.

ESCENA II.

DON ELÍAS.

ELÍAS.

Hora es de entrar en la iglesia, y aunque un funeral es triste función, Isabel la paga, y basta que ella me fíe sus secretos y yo sea su amigo y correveidile, para acompañarla pío hasta el postrer _parce mihi_. (_Las campanas tocan a muerto_). Esa fúnebre campana me recuerda, ¡ay infelice!, mis diez medallas difuntas; y a fe que no se redimen las ánimas de esa especie con responsos ni con Kiries. ¿Y habré de rezar al muerto después que fue tan caribe que se llevó al otro mundo mis pobres maravedises? Si al menos, en justo premio de un esfuerzo tan sublime, ya que Isabel no me dé su mano y su dote pingüe, me confiriese el empleo de su curador _ad litem_... Pero en el templo me espera. Vamos... ¡Ah! ¡Qué bella efigie! ¡Lástima de criatura! ¡Por un muerto se desvive, cuando suspira por ella un vivo de mi calibre!

(_Al entrar don Elías en la iglesia llegan hablando don Antonio y sus amigos. Óyese otra vez la campana_).

ESCENA III.

DON ANTONIO, DON LUPERCIO, DON MARIANO. _Luego_ EL BARBERO.

ANTONIO.

La noche no está muy fría. No entremos, que aún es temprano.

LUPERCIO.

¿Dónde encenderé este habano?

MARIANO.

Ahí está la barbería.

LUPERCIO.

Dices bien. ¡Ave María! (_A la puerta, y sale el barbero_). ¿Podré encender este puro?

BARBERO.

¡Señor don Lupercio Muro! Ya sabe usted que en mi casa... Dame esa luz, Nicolasa.

(_Entra, y vuelve a salir al momento con la luz; enciende en ella su cigarro don Lupercio, y se la vuelve_).

¿Va usted de baile? Seguro.

LUPERCIO.

Sí; subiremos después.

BARBERO.

Cuidadito, que el demonio... ¡Hola! Ahí está don Antonio... y don Mariano... (¡Qué tres!) Ofrezco a ustedes cortés la justa hospitalidad, la cena, la facultad, conversación, la guitarra...

ANTONIO.

(_En voz baja a sus amigos_). ¡No, que el oído desgarra! Gracias, maestro. Escuchad.

(_Saludan al barbero, y se pasean por la plazuela conversando en voz baja_).

BARBERO.

Yo celebro que en la plaza prefieran pasar el rato, porque entre ese triunvirato no podría meter baza. Tienen lenguas de mostaza, sobre todo el cocodrilo de don Antonio. ¿Hay asilo que de su pico defienda la honra? No hay en mi tienda navaja de tanto filo. Que hable y murmure un barbero, eso es moneda corriente; pero ¡ser tan maldiciente un ilustre caballero! Ya se ve; el ocio, el dinero... (_Se oye la música del baile_). ¡Hola! El violín se hace rajas, y entre tanto las barajas... ¡Qué inmoralidad! ¡Qué vicio!... Mas cada cual a su oficio. Afilemos las navajas.

(_Al entrarse el barbero en su tienda aparece embozado don Pablo_).

ESCENA IV.

LOS MISMOS, DON PABLO.

PABLO.

Por aquí atajo camino. Tiro después a la izquierda... ¡Oh, Jacinta, cuál va a ser tu alegría, tu sorpresa!... Quizá no haya recibido mis cartas; quizá me tenga por muerto. De todas suertes es imposible que sepa mi llegada. ¡Entrar de incógnito ha sido feliz idea, y apearme en un mesón! Antes que llegue a su puerta quiero besar otra vez su adorada imagen bella. (_Saca el retrato y lo besa_). ¡Bien mío! ¿Serán iguales tu hermosura y tu firmeza? ¡Ah! No lo dudo. Volemos...

(_La música no ha cesado. Las campanas vuelven a sonar_).

Mas ¿qué campanas son esas? ¡Tocan a muerto! Con malos auspicios vuelvo a mi tierra. No he temido en la campaña a balas ni bayonetas, y sin poder remediarlo esas campanas me aterran. ¡Por cierto que es miserable la humana naturaleza! ¡A muerto, sí! En ese templo están celebrando exequias... ¿Si entraré?... Mejor será preguntar en esta tienda. ¡_Deo gratias_!

BARBERO.

(_Saliendo_). Adelante. La navaja está dispuesta. Entre usted. Le afeitaré con primor y ligereza.

PABLO.

No lo necesito. Gracias. Parece que en esa iglesia hay entierro. ¿Sabe usted quién es..., digo mal, quién era el muerto?

BARBERO.

Don Pablo Yagüe.

PABLO.

(¡Demonio!) ¿Habla usted de veras?

BARBERO.

Lo que oye usted; sí, don Pablo, natural de Cariñena, vecino de Zaragoza, hacendado, hombre de letras, de estado soltero, edad como de veintiocho a treinta, oficial movilizado, buen mozo, etc., etc.

PABLO.

(Peregrina es la aventura; y el hombre da tales señas... Lo más singular del caso es el ser yo a quien lo cuenta.)

BARBERO.

Ya nadie ignora su muerte; ni aun los niños de la escuela.

PABLO.

(¡Bravo! Puede ser que yo me haya muerto y no lo sepa.)

BARBERO.

Parece que usted se aflige al oír tan triste nueva.

PABLO.

¡Todas las malas noticias que oiga yo sean como esa!

BARBERO.

¡Qué dice usted! Conque un muerto...

PABLO.

Dios le dé la gloria eterna; pero yo llorara más la muerte de otro cualquiera.

BARBERO.

¡Hombre! ¿Por qué?

PABLO.

Yo me entiendo. ¿Ha muerto aquí?

BARBERO.

No. En la guerra; en la gloriosa jornada de los campos de Gandesa. Murió como un Alejandro después de hacer mil proezas. Cargó él solo a un batallón y le quitó la bandera.

PABLO.

¡Cáspita!

BARBERO.

Treinta facciosos le atacan; y él ¿qué hace? Cierra con todos, y a veinticuatro deja tendidos.

PABLO.

¡Aprieta!

BARBERO.

Al fin sucumbió. ¡Qué lástima! Un mozo de tantas prendas...

PABLO.

¡Ah! ¿Le conocía usted?

BARBERO.

No, señor; y es que, a la cuenta, se afeitaba solo. Pero todo el mundo le celebra...

PABLO.

¡Después de muerto! ¿Verdad?

(_Vuelve a oírse el son de las campanas sin cesar el de la música_).

BARBERO.

Yo le diré a usted...

(_Los tres paseantes se paran en corrillo cerca de la barbería_).

LUPERCIO.

Aún suenan las campanas. ¡Pobre Pablo! Su muerte me causa pena.

BARBERO.

Justamente esos señores hablan del muerto.

PABLO.

Quisiera escuchar...

BARBERO.

Pues entre usted en el corro: con franqueza. Son parroquianos y amigos.

PABLO.

No quiero yo que me vean.

BARBERO.

¿Por qué?

PABLO.

Tengo mis razones.

BARBERO.

Si no mienten mis sospechas usté es pariente del muerto.

PABLO.

Algo hay de eso; sí.

BARBERO.

Por fuerza. (Cuando vi que se alegraba de oír el _requiem æternam_, dije para mí al momento: este es de la parentela.)

PABLO.

Y allí hay música.

BARBERO.

Es un baile.

PABLO.

¡Este es el mundo!

MARIANO.

Mi lengua siempre elogiará a don Pablo.

(_Don Pablo aplica el oído sin desembozarse_).

ANTONIO.

¡Qué talento aquel!

LUPERCIO.

¡Qué amena conversación!

MARIANO.

¡Qué donaire!

BARBERO.

¿Lo oye usted?

PABLO.

Sí.

ANTONIO.

¡Qué nobleza de sentimientos!

LUPERCIO.

Su bolsa para todo el mundo abierta...

PABLO.

Esos que ahora le alaban le quitaban la pelleja cuando vivo: yo lo sé. ¡Maestro, al que está en la huesa nadie le envidia!

(_Cesa la música_).

BARBERO.

En efecto; siempre oigo decir lindezas de todos los que se mueren.

ANTONIO.

Dices bien. No lo creyera de don Matías. ¡Qué acción tan indigna! ¡Qué bajeza! Solicitar a Jacinta...

PABLO.

(¡Qué oigo!)

ANTONIO.

¡Habiendo sido prenda de su amigo y camarada!

PABLO.

(¡Ah, traidor amigo!... Y ella... ¡Oh! No; no es posible... Oigamos... ¡Ahora que más me interesa oírlos, bajan la voz!)

(_Don Froilán sale de la casa de baile, atraviesa el teatro, y al emparejar con los del corrillo le reconoce don Antonio_).

LUPERCIO.

No vi ingratitud más negra.

ESCENA V.

LOS PRECEDENTES, DON FROILÁN.

ANTONIO.

¡Don Froilán! ¿Adónde bueno? ¿Ya deja usté el baile?

FROILÁN.

Es fiesta que me fastidia y me apesta... Prefiero estarme al sereno. Diversión es el bailar expuesta a mil contingencias. Sus fatales consecuencias he visto a muchos llorar. Ya pincha como lanceta el alfiler de un justillo; ya se disloca un tobillo al hacer una pirueta; ya, por estar ajustado, se revienta el pantalón; ya encaja mal el balcón y entra un dolor de costado. El ruido, la barahúnda le vuelven a un hombre loco... Y no es difícil tampoco que se abra el techo y se hunda.

LUPERCIO.

(_Bajo a don Mariano_). Todo es triste para él.

ANTONIO.

¿Y las hermanitas bellas? Allí estarán.

FROILÁN.

Sí; una de ellas.

PABLO.

(Cielos... ¡Oh! Será Isabel.)

ANTONIO.

¿Es Jacinta?

FROILÁN.

Justamente.

PABLO.

(¡Ah!...)

MARIANO.

¿Cómo no están las dos?

PABLO.

(¡Ella baila, justo Dios, y yo de cuerpo presente!)

FROILÁN.

¿Baile la otra? Ni el nombre sufriría. Es tan adusta...

BARBERO.

Pues mire usté; a mí me gusta... (_En voz baja a don Pablo. Ambos se mantienen a la puerta de la tienda algo distantes de los demás_).

PABLO.

Silencio...

BARBERO.

(¿Quién será este hombre?)

ANTONIO.

¿Y don Matías, el fiel adorador de Jacinta?

FROILÁN.

Tierno está como un Aminta.

ANTONIO.

¿Y ella?

FROILÁN.

Se muere por él.

PABLO.

(¡Eso más! ¡Pérfida!... ¡Ingratos!...)

LUPERCIO.

Boda habrá.

FROILÁN.

¿No la ha de haber? Mañana al anochecer se celebran los contratos.

PABLO.

(Muérete ¡y verás!... ¡Ah, perra!)

ANTONIO.

Pero, amigo, usted confiese que es infamia... ¡Si lo viese el que está pudriendo tierra!

FROILÁN.

Sin razón se quejaría, porque ¿qué mal hay en esto? Nada. A rey muerto, rey puesto. Lo demás es bobería.

(_Suena otra vez la campana_).

PABLO.

(¡Habrá pícaro!)

FROILÁN.

¡Qué diablo!... Me aturde ese campaneo. ¿Es sermón, o jubileo?

MARIANO.

No. Las honras de don Pablo.

ANTONIO.

Pues ¡qué! ¿Usted no lo sabía?

FROILÁN.

¿Qué he de saber? No por cierto.

LUPERCIO.

Pues ya. Sabiendo que el muerto es don Pablo, asistiría...

FROILÁN.

No tal. Tengo mil asuntos... Es muy triste un ataúd... No poseo la virtud de resucitar difuntos.

PABLO.

(¡Bribón! Aunque tú no quieras, resucitaré, y tres más; y mañana sentirás que no haya muerto de veras.)

FROILÁN.

Ya al solemne funeral el domingo asistí yo que por su alma celebró la Milicia nacional. ¡Dos entierros! ¡Qué boato! ¿Tanto valía su nombre? ¡Dos entierros para un hombre que falleció _ab intestato_!

BARBERO.

¡Qué tío!

PABLO.

¡Por Dios, maestro!... (_Haciéndole callar_).

FROILÁN.

Y es todo en vano. Yo sé que al otro mundo se fue sin rezar un _padrenuestro_. Él buscó su muerte; sí, y por eso no me aflige. Yo su horóscopo le dije y no hizo caso de mí.

ANTONIO.

Pero, hombre...

FROILÁN.

Las ocho... Aún llego al acto segundo. Estoy convidado... Ea, me voy a la ópera. Hasta luego.

ESCENA VI.

LOS MISMOS, _menos_ DON FROILÁN.

MARIANO.

¡Qué entrañas tiene!

ANTONIO.

Es nefando.

LUPERCIO.

¡Y predica como un fraile!

ANTONIO.

Basta. ¿Vámonos al baile?

LUPERCIO.

Sí, sí. Ya estarán tallando.

(_Se entran en la casa del baile_).

ESCENA VII.

DON PABLO, EL BARBERO. (_Don Pablo se queda pensativo_).

BARBERO.

¿Sabe usted que el don Froilán es hombre de mala estofa? El egoísta agorero le llaman en Zaragoza. ¡Miren qué disculpas da para faltar a las honras del que iba a ser su cuñado! Y eso que, según me informan, le hizo el muerto mil favores. ¡Pues digo, también la otra, que al son del _luceat ei_ bailando está la gavota, y con el pérfido amigo concierta alegre la boda! Y luego si uno murmura dirán... (Pero no se toma la molestia de escucharme. Extravagante persona es este _quidam_.)

PABLO.

(Estoy por subir, y a esa traidora... Pero más que ella me irrita su hermano. ¡Pues no hace mofa de mi muerte! A bien que pronto se convertirá en congojas y lamentos el sarcasmo con que a los muertos baldona. Aquí le traigo yo un _récipe_ que no ha de tomarlo a broma.— Pero el castigo, aunque duro, no satisface mi cólera. Yo quisiera otra venganza más directa; mía sola... ¡Ah! ¡Qué idea tan feliz! Mi escribano Ambrosio Mora vive al volver esa esquina; don Froilán está en la ópera... Voy volando...) Abur, maestro.

BARBERO.

Felices noches. (Ahora se va y me deja en ayunas...)

PABLO.

¿Oyó usted a aquella boca excomulgada insultar al que está bajo la losa?

BARBERO.

Sí; el tal don Froilán...

PABLO.

Pues luego cantará la palinodia.

BARBERO.

¿De veras? Diga usted. ¿Cómo...?

PABLO.

Es un secreto.

BARBERO.

No importa. Vamos..., yo no lo diré...

PABLO.

Sino a toda la parroquia.

BARBERO.

No tal. Yo soy...

PABLO. Excelente barbero.

BARBERO.

Usted me sonroja; mas...

PABLO.

Cuente usted con mi barba si me quedo en Zaragoza.

ESCENA VIII.

EL BARBERO.

BARBERO.

Por vida de Iturralde... Yo quiero su secreto, no su barba; y por salir de dudas consintiera en rapársela de balde. ¡Señor! ¿Qué extraño ente es este, que una sola _Ave María_ no reza por el alma de un pariente, y luego si otra lengua a escarnecer se atreve su ceniza, cual si oyera a Luzbel se escandaliza? ¡Calla su nombre, oculta su semblante..., si habla del muerto, aplica las orejas..., y las cierra a la fúnebre salmodia! ¿Y qué le importa, en fin, que el otro cante o deje de cantar la palinodia? Ello, el asunto es serio. Un embozado, un muerto, un maldiciente... Si aclarar no consigo este misterio, ¿qué me dirá después el parroquiano? ¿Qué valdrán mi facundia y mi prosodia si no puedo nombrar a ese fulano ni acierto a definir la palinodia?

ESCENA IX.

EL BARBERO, DON ELÍAS.

ELÍAS.

(¡Hermosa criatura! Con el llanto, que a otras afea tanto, se aumenta de su rostro peregrino el seductor encanto. Por no ofender a Dios salgo del templo. ¡Oh ciegos pecadores, de mi austera virtud tomad ejemplo! Otro en el dulce error se obstinaría, mas yo ni aun en la senda del pecado abandono la sabia economía. Ya que es pecar sin fruto el adorar las dotes..., ¡y la dote!, de ese hermoso portento, pongamos al amor veto absoluto, y demos otro giro al pensamiento. Diez onzas... ¡Ay! Cabales tres mil doscientos reales... ¡Fatal recuerdo! ¡El corazón le odia, y siempre ha de venir a atormentarme!)

BARBERO.

(No puedo echar de mí la palinodia.)

(_Don Elías llega paseando a la puerta de la barbería. Suenan por última vez las campanas_).

ELÍAS.

Maestro, buenas noches.

BARBERO.

¿Sanguijuelas? ¿Un repaso a la barba?

ELÍAS.

No, amigo. Mi dolor...

BARBERO.

¿Dolor de muelas?

ELÍAS.

¡Ah!

BARBERO.

Si hay caries, afuera; es muy sencillo. Prepararé el gatillo...

ELÍAS.

¡Por Dios y por las ánimas benditas! Ya me han sacado ¡diez!... No de la boca. ¡Ojalá!

BARBERO.

Pues ¿de dónde?

ELÍAS.

¡Del bolsillo! Óigame usted; le contaré mis cuitas. Ese hombre a quien entierran...

BARBERO.

A propósito... Un embozado aquí que, por lo visto, es su pariente...

ELÍAS.

¡Ah! ¿Le dejó en depósito alguna cantidad? ¿Es su albacea?

BARBERO.

Lo contrario barrunto, porque habló con desprecio del difunto.

ELÍAS.

¡No hay esperanza!

BARBERO.

Es hombre misterioso. Quizá usted le conozca, don Elías. Quizá usted que era amigo de don Pablo...

ELÍAS.

En hora buena se lo lleve el diablo; ¡mas también mi dinero!...

BARBERO.

A lo que entiendo, él tiene trazas de mover un cisco... Con don Froilán es toda su ojeriza.

ELÍAS.

¡Sepultadas mis onzas en el fisco! Al pensarlo me tiro de las greñas, y bramo de furor.

BARBERO.

Daré las señas. Es alto, es rubio...

ELÍAS.

No; no le perdono. ¡Su muerte fue un suicidio!

BARBERO.

Militar parecía...

ELÍAS.

¡Se ha matado por llevarse a la tumba mi subsidio!

BARBERO.

Hombre de buena edad, grueso...

ELÍAS.

¡Mentira!

BARBERO.

Perdone usted...

ELÍAS.

¡Mentira! No he rezado, aunque usted me haya visto, ¡mal pecado!, salir del templo.

BARBERO.

¡Dale! ¡Si yo no hablo del muerto! Hablo del otro. Al despedirse dijo...

ELÍAS.

Maestro, aquella tumba era mi potro, y el duelo era un sarcasmo, una parodia...

BARBERO.

Dijo que don Froilán...

ELÍAS.

¡Pérfido, ingrato!

BARBERO.

Cantaría...

ELÍAS.

¡Ay de mí!

BARBERO.

La palinodia.

ELÍAS.

Su muerte...

BARBERO.

¡Óigame usted!

ELÍAS.

¡Es una afrenta!

BARBERO.

¡Pero, hombre!...

ELÍAS.

¡Bancarrota fraudulenta!

BARBERO.

¡Oh! quedarme prefiero con mi curiosidad.

ELÍAS.

Yo...

BARBERO.

¡Basta, basta! ¡Atajar la palabra de un barbero!

ELÍAS.

Es que...

BARBERO.

¡Maldita, amén, sea tu casta!

(_Se entra en la tienda y la cierra por dentro. Cesan las campanas_).

ESCENA X.

DON ELÍAS.

ELÍAS.

¡Cierra la puerta y me planta! ¿Qué diablos tiene ese hombre? ¿Prestó también al difunto y perdió sus patacones? Mas huele a cera apagada; las campanas no se oyen... Vamos; se acabó el entierro; y pues yo hago los honores funerales, despidamos el duelo.

(_Se coloca a la puerta de la iglesia, y van saliendo varias personas de luto, hombres y mujeres, a quienes saluda entre afectuoso y compungido._)

UNA MUJER.

Dios le perdone.

ELÍAS.

Amén. Gracias. Caballeros... Señoras...

UN HOMBRE.

Felices noches.

UNA MUJER.

Dios le dé la gloria eterna.

ELÍAS.

Así sea.

UN HOMBRE.

¡Pobre joven!

ELÍAS.

Que Dios se lo pague a ustedes... (mejor que él a mí.) Señores...

UNA MUJER.

Beso a usted la mano.

ELÍAS.

Amén... Digo, gracias.

UN DEVOTO.

_Pater noster_... (_Rezando_).

ELÍAS.

Gracias por mí y por el muerto. (¡Qué tormento! Echo los bofes de rabia, y tengo que hacer cumplidos...)

UNA VIEJA REZAGADA.

_Ora pro nobis_...

ELÍAS.

Abur. Isabel no sale. ¿Pensará pasar la noche en la iglesia?... ¡Ah! Ya está aquí.

ESCENA XI.

ISABEL, DON ELÍAS, RAMÓN. (_Isabel estará vestida de luto; Ramón trae una linterna encendida. Suenan otra vez los violines_).

ISABEL.

¡Aún bailan! ¡Qué corazones! Ten piedad de ellos, Dios mío. Suspende el terrible golpe de tu justicia por más que su maldad le provoque.

ELÍAS.

¡Oh Isabel, Isabelita! Usted es un ángel.

ISABEL.

¡Pobre don Elías! Usté es fiel a la amistad. ¡Alma noble, alma sensible y piadosa!

ELÍAS.

No merezco esos loores. Crea usted...

ISABEL.

Olvidan otros sagradas obligaciones, y usted que nada debía a don Pablo...

ELÍAS.

Yo ¿de dónde? Al contrario...

ISABEL.

Pero Dios premia las buenas acciones.

ELÍAS.

Yo confío en su infinita misericordia... (¡Este postre me faltaba!)

ISABEL.