Part 15
«_Eureka_, ya sé cuál es el primer paso que tengo que dar: ir a la casa de esa mozuela de quien se ha enamorado, y verla y hablar con su familia, para lo cual me valdré o del compañero de oficina de Calpena, señor Milagro, o del señor Maturana, el diamantista que vino a buscarle y se le llevó, con la cajita de Olorón bajo el brazo, en aquel aciago día... Perfectamente: ya tengo mi base de operaciones... Luego trataré de averiguar por qué medios, por qué espionaje pasan a conocimiento de la _velada_ todos los actos de Fernandito, cuantos pasos da este Madrid tan grande. Pondreme, pues, en relación con los acechadores o centinelas que tiene esa señora. Sepa ella que yo quiero ser también su misterioso vigía, y que ninguno habrá más diligente ni más desinteresado que yo... Procuraré además el trato y conocimiento de todos los amigos de Calpena: ese empleado tísico, ese Larra, ese Ros de Olano, ese Pezuela, ese Veguita... Ellos quizás me den alguna luz... Y si pudiera colarme en los dorados palacios donde el señorito fue introducido no hace mucho, también me colaría... sí señor... dispuesto estoy a todo, hasta a disfrazarme... Sí, sí, señor don Fernando Calpena: usted no se ríe de mí; usted no se emancipa, no, mientras esté aquí su viejo amigo, este pobre clérigo, que beberá los vientos por evitar que un mozo de tales prendas, que evidentemente lleva sangre de reyes..., ¡lo dicho, dicho!..., sangre de reyes, caiga en los abismos del amor enfermizo y de la calentura romántica».
XXIV
No constan los días que empleó el buen Hillo en su investigación preliminar; solo se sabe que no fueron pocos, y que al cabo de una semana conocía algo y aun algos de la familia Zahón, y había hablado largamente con Milagro y con Maturana, los cuales, lejos de aclarar el enigma principal, lo que hicieron fue añadirle nuevas oscuridades... Sin desmayar ni un punto en sus tareas policiacas, trató de hacer cantar a Méndez; mas toda tentativa cerca del estirado patrón resultó inútil, bien porque nada de lo sustancial sabía, bien porque quisiera echárselas de discreto, contraviniendo el tradicional tipo de los pupileros y fondistas. Cuando se veía el hombre muy estrechado por la apremiante argumentación de don Pedro, no se le ocurría más que remitirle a _Edipo_ y al señor de Azara. Salía don Pedro al ojeo del polizonte, conseguía echarle la zarpa, le interrogaba, y el feo _Edipo_ le decía:
—Señor de Hillo, estoy muy a gusto en mi _colocación_ y no quiero perderla. Tengo seis criaturas, que son, vamos al decir, seis candados que cierran mi boca. Si por contestar a sus preguntas me dejan cesante, no será usted quien me coloque. Conque déjeme en paz y llame a otra puerta.
Y don Manuel de Azara, el hombre más avinagrado y de mejores despachaderas que Dios ha echado al mundo, le recibía, después de plantones de tres horas, para decirle que se metiera en sus asuntos y dejara los ajenos. Ni un indicio, ni una ráfaga de luz, ni un vocablo indiscreto.
Acudió después mi hombre al tísico Serrano, que llenándole la cabeza de mentiras y encaminándole por una pista falsa, le hizo perder el tiempo y la paciencia; y tantea aquí, tantea allá, se refugió en la amistad y en los grandes conocimientos sociales de su compañero de casa, Nicomedes Iglesias. Si al principio pareció que el politicastro tomaba el asunto con interés, pronto dejó de hacerlo; tan sorbido le tenían el seso los negocios políticos, el interés de las sesiones, y el periodiquillo que había fundado en unión de su amigote reciente, Luis González o Luis Brabo, que de ambos modos respondía, en el cual papelejo apoyaban al grupito de oposición parlamentaria que formaron en _Procuradores_ Caballero, López y el conde de las Navas. Si el hombre no estaba demente, le faltaba poco; su cortante lengua no desmayaba un instante durante el día, ni su enconada pluma por la noche. Competía con él en acrimonia y acometividad el tal Brabo, andaluz, delgadito, aguileño, más vivo que la pólvora, cortado para la política de ruido y para soliviantar con gracia a las multitudes. Meses después, Brabo escribía en papeles moderados; Iglesias extremaba sus ideas revolucionarias en los del bando liberal; su consecuencia, que era una forma de su orgullo, le valía persecuciones y desdenes. Pero en diciembre del 35 todavía se le contaba entre los hombres de porvenir, aunque su irritación por no haber entrado en el Estamento le creaba enemigos, alejándole de la meta de su ambición.
Mientras Hillo con tan poca fortuna emprendía la reconquista de Calpena, este se transformaba, haciéndose huraño, apartándose de sus primeras amistades para contraer otras nuevas con personas bien distintas de los literatos del Parnasillo y de los concurrentes a tertulias de tono. Abandonó en absoluto la sociedad elegante, y no volvió a parecer por la casa aristocrática, donde se entristecían por su ausencia las bellezas más o menos marmóreas. Cultivaba la amistad de los oficiales de la Guardia y de infantería, yernos de Maturana, y conoció a los de Fonsagrada, la familia que más trato tenía con la Zahón. Algunas tardes paseaba con el soldadito chiclanero y poeta, amigo de Milagro, Antonio García, autor imberbe de un drama caballeresco que tenían en su poder los cómicos del Príncipe.
Contra lo que Fernando temía, doña Jacoba no se opuso a sus amores con Aura; casi los alentaba y protegía, pero encerrándolos dentro de la esfera de castas relaciones con buen fin, y sometiendo la fogosa pasión de ambos amantes a las reglas caseras que para tales casos se usan, y que en aquel tiempo eran de una simplicidad enfadosa. Hacía esto la Zahón más que por sentimiento, por cálculo, mirando a su propio interés antes que al de la joven puesta a su custodia. Era ante todo traficante, se había criado en el compra y vende; todas sus canas, que eran muchas, y las jorobas que en su esqueleto se formaban, le habían salido en el continuo y anheloso estudio de la ganancia fácil. Por lo demás, su moral era tan ancha como las mangas del vestido que el reuma le obligaba a usar, y sus creencias religiosas, tibias como las aguas con que se lavaba. La moral de los contratos de cosas, interpretada a su manera, érale muy conocida y familiar; la otra, la tocante al honor y al recato, solo existía en su conciencia con formas desleídas.
Sujetó, pues, a los amantes a un régimen de apariencias estrictamente morales, prohibiendo en absoluto las entrevistas de calle y balcón, y permitiéndoles hablarse a horas fijas en su casa y en su presencia. Con esto cumplía, y sentaba sobre bases decorosas su bien planeado negocio. Muy mal sabían a Fernando y a su dama esta reglamentación de colegio y este régimen de insulso noviazgo, aplicado a una pasión tan flamígera; pero lo soportaban en espera de los arranques de su albedrío, planeando también algo, que muy calladito tenían, y desquitándose por el pronto con el carteo constante y clandestino de que era mediador el cuitado Lopresti. Con los Fonsagradas se les permitía salir alguna vez de paseo, bien vigiladitos, no pudiendo campar libremente ni a la ida ni a la vuelta, ni extraviarse en las arboledas de la Florida, ni jugar a la gallina ciega. Estaba, pues, Calpena hecho un novio _clásico_, contra lo que su temperamento y sus altas ideas le dictaban; pero se sometía o afectaba someterse, con la esperanza de que no había de durar mucho la insípida comedia. Por aquellos días iba al ministerio nada más que el tiempo preciso para no caer en falta, y a veces dejaba de asistir pretextando enfermedades. Rara vez le llamaba ya el ministro a su despacho para encargarle contestaciones de cartas. Hacíalo siempre dando las instrucciones a Milagro, el cual repartía la tarea y vigilaba la de su compañero, llevándolo todo a la firma.
Hacia el 20 de diciembre, poco antes de la célebre discusión del _voto de confanza_, en días en que Mendizábal estaba gozoso, como hombre que vislumbra el éxito y ve próxima la realización de sus ideas, llamó a Milagro y le hizo sentar frente a sí en la mesa de su despacho. Habíale tomado afición por la donosa vaguedad que sabía emplear en la redacción de cartas de pura fórmula, en que no se dice nada, y por el estilo cortesano y elegante en que envolvía el _perdone usted por Dios_, receta contra los pedigüeños de gollerías.
—Ante todo —dijo Mendizábal con aquella presteza nerviosa que ponía en su trabajo—, póngame usted ahora mismo, pero ahora mismo, una carta a don Martín, diciéndole que detenga el nombramiento de Catedrático de Retórica de un clérigo que se llama don Pedro Hillo, en favor del cual le escribimos no sé cuándo...
—Anteayer.
—Me había recomendado a este sujeto Musso y Valiente, si no recuerdo mal.
—Sí, señor, y antes don Manuel José Quintana...
—Y creo que también Juan Nicasio Gallego..., en fin, medio mundo. Tanto me han mareado, que me decidí a recomendarle a Heros. Pero después he sabido algo que me pone en guardia... Francamente, yo hago todo el bien que puedo; pero en este puesto, y rodeado de dificultades, no creo estar en el caso de favorecer a mis enemigos. Dígame, ¿conoce usted a ese Hillo?
—Sí, señor: vive con mi compañero de oficina, Calpena, y hemos ido juntos al café y a los toros. Es muy entendido en tauromaquia.
—¡Qué atrocidad!... Cura, torero y retórico... No he visto jamás ensalada semejante... Ello es que ese sujeto ha dado en perseguirme... Aquí viene todos los días a pedir audiencia. Como ahora no estoy para perder el tiempo, no se la he concedido. Pero el hombre ha dado en acecharme cuando entro en mi casa y cuando salgo. Todas las mañanas tira de la campanilla tres o cuatro veces. En la escalera, hoy, bajando yo con Cano Manuel y con Olózaga, me le encontré... Demudado, la voz temblona, me habló... La verdad, no me enteré bien de lo que dijo... Que no quería hablarme de la cátedra..., que se había hecho campeón de una causa de moralidad, de justicia..., que era preciso descorrer el velo... Esto del velo lo repitió no sé cuántas veces... En fin, me dio lástima. Paréceme que el tal presbítero no tiene la cabeza buena. Yo me zafé como pude, y luego me dijo Olózaga: «¿Sabe usted, don Juan, que este pajarraco de sotana es de los que hacen correr por ahí historias denigrantes en que mezclan, sin ningún miramiento y quizás con aviesa intención, el nombre de usted?...». «¿Qué me cuenta, Salustiano? ¡Mi nombre...!». «Sí, señor: quieren minarle a usted el terreno, echando a volar especies absurdas, actos o relaciones de la vida privada».
Al oír esto, palideció el buen Milagro, y contestando a su jefe con un monosílabo que expresaba tanta sorpresa como indignación, hizo solemne voto mental de no volver a probar el _curaçao_ en lo que le quedara de vida.
—No es la primera vez —continuó Su Excelencia— que llegan a mí rumores de esta naturaleza, unos verdaderos, referentes a hechos y casos que no tienen nada de ignominiosos, otros absurdos y sin ningún fundamento, y todos van derechos contra mi reputación, contra mi prestigio. Nada de esto me sorprende ni me arredra: sé que en mi posición, y entre españoles, no puedo esperar más que una guerra en la cual se emplean todas las armas, sin desdeñar las más viles. Conque ya sabe usted: lo primero me escribe esa carta. Que detenga el nombramiento para la cátedra de Alcalá. Ese señor Hillo tiene todas las trazas de un perturbado.
—No creo tal, señor —dijo Milagro—. Quizás oiría el señor Hillo algún disparate, de esos que hace correr la gente mal intencionada, y el pobre señor lo habrá repetido... Y también puede ser que soltara la especie hallándose en ese estado de atontamiento que produce el... la...
—Pero qué... ¿es bebedor?
—No sé..., creo que... Una noche, estando varios amigos en el café con Maturana, el diamantista, este pidió _curaçao_ y quiso que yo le acompañara; pero como no pruebo nunca ninguna clase de bebida, me resistí, dándole las gracias. Hillo bebió y se puso perdido. Salió diciendo cada desatino... Pero después, cuando el aire de la calle le serenó, se desdijo de todo, y hasta lloraba el pobre recordando las borricadas que habían salido de su boca. No es mal hombre: el señor Olózaga me dispense; que si algo contra la respetabilidad de Vuecencia ha dicho ese clérigo, no ha sido con mala idea...
—Bueno —dijo Mendizábal, cuya atención, queriendo abarcar mucho de una vez, se detenía poco en un asunto—. Escríbame usted la carta a Argüelles, incluyendo esta minuta de los principales puntos de Hacienda que debe tener presentes al defender el _voto de confianza_. Luego carta citando a Istúriz y a don Antonio González, para que nos pongamos de acuerdo sobre el orden y método e discusión...
Despedido el secretario familiar, entraron los que iban a la firma, y Su Excelencia trabajó con ellos el resto de la tarde. Dos días después empezó en el Estatuto la gran tremolina parlamentaria del _voto de confianza_, en que Mendizábal, blasonando de atrevido gobernante, pidió a los Estamentos poder y autoridad para disponer de las rentas públicas, con el desembarazo que exigían las críticas circunstancias por que atravesaba la nación.
Ya en aquellos debates empezó a torcerse la buena estrella del reformador, que hasta entonces no había visto más que satisfacciones, bienandanzas y popularidad. Los patriotas extremaron su oposición; los llamados _moderados_ llenaban sus discursos de reticencias maliciosas, chispazos que levantaban llamaradas y humareda en la opinión neutral; y los amigos de Mendizábal, que hasta entonces le habían defendido con ardor, empezaban a sentir ese frío triste, que es síntoma de ver con malos ojos el bien ajeno. Algunos continuaban apoyándole, porque estaban ligados por la gratitud; otros hacían de esta tabla rasa, y empezaban a mostrarse temerosos de que don Juan de Dios realizase lo que había ofrecido. Entre políticos, el fracaso de los grandes halaga a los pequeños. La masa total no se entusiasma con el éxito si este lo representa un hombre. La vulgaridad colectiva tiende siempre a conservar el nivel.
Empezaron, pues, las inquietudes, las comezones, las ganitas de jarana, y la curiosidad sabrosa de ver al jefe embarullado y sin saber por dónde salir. Claro que los más votaban como carneros; pero otros se hicieron los bobos, afectando escrúpulos de rigidez constitucional. A estos llamaban _santones_.
XXV
Aburrido y desalentado, vio don Pedro Hillo entrar el año 36, a quien, desde el primer día de su enero, diputó por tan calamitoso y funesto como su antecesor el maldito 35, que todo se pasó en guerras, disturbios y trapisondas. Nada había podido adelantar en la noble misión que se había impuesto, y el problema que desentrañar quería presentábasele cada día más oscuro y embrollado. Para colmo de amargura, Calpena no le refería cosa alguna de su vida y planes; apenas pasaba con él breves ratos a las horas de comida y cena, y luego a sumergirse volvía en la tenebrosa cisterna del vicio y la deshonra, pues no otra cosa significaba para don Pedro la casa de la Zahón. Para mayor desdicha, tuvo el buen presbítero el disgusto de saber, por un amigo de _lo Interior_, que hallándose extendido su nombramiento para la cátedra, don Martín de los Heros le había dado carpetazo por indicación del Presidente del Consejo. Esto le llevó a una tristeza profunda, y no veía más que ocultos enemigos y persecuciones misteriosas... ¡Misterio por todas partes, romanticismo y sombras espectrales! Lo único que alegraba su espíritu era las cartas de la incógnita que, autorizado por Calpena, leía y guardaba. En todas ellas latía la tristeza y el intenso cariño de quien las redactaba. Véase un ejemplo:
«Aunque diariamente recibo pruebas del olvido en que me tienes, no puedo acostumbrarme a tu desobediencia. Te mandé que fueras a la misa de once en el Carmen, y no fuiste ni a esa ni a ninguna, pasándote toda la mañana en casa de la diamantista. Te encargué la asistencia al Estamento para que oyeras y gozaras la discusión del _voto de confianza_, y tampoco pareciste por allí. Ni en _el Casón_ de los Próceres se te ha visto tampoco, por más que te recomiendo concurrir a menudo, para que habitúes el oído a las buenas formas oratorias, para que tomes gusto a la política seria y veas de cerca a los hombres eminentes que han de gobernarnos ahora y después, los cuales serán malos, si quieres, pero con ellos tenemos que apencar, porque no hay otros.
»Te veo adquiriendo hábitos groseros: te has hecho huraño, desagradecido, siempre devorado por insana inquietud, presuroso en todas partes; te veo encenagado en una pasión loca, impropia de toda persona regular; no haces caso de nada, no miras a tu porvenir, no correspondes a la ternura de quien por ti se interesa y quiere dirigirte, sin que mueva tu voluntad el considerar lo que esta protección reservada cuesta y supone, ni las amarguras y sufrimientos que hay bajo de ella».
Al terminar este pasaje, tuvo Hillo que suspender la lectura para limpiarse dos lagrimones que por sus mejillas resbalaban. Luego siguió leyendo:
«Y no paran aquí los estragos de tu devaneo amoroso, pues no solo te muestras ingrato conmigo, sino con ese buen sacerdote, tu compañero de casa, que tanto interés demuestra por ti. Le desdeñas, evitas su compañía porque quiere apartarte, como yo, del despeñadero a que corres. Has delegado en él la lectura de mis cartas y la custodia de tu dinero, prueba de confianza que me agradaría si no significara indolencia y criminal olvido de tus obligaciones. El pobre señor de Hillo, por salvarte y correr tras de tus errores, ganoso de corregirlos, ha dado un mal paso. De los males que se le ocasionen eres tú responsable. Verdad que en su generoso afán incurrió el cleriguito en la tontería de pretender descubrirme y desenmascararme, y esto forzosamente había de producirle algún desavío, porque nosotras las esfinges solemos dar un zarpazo al que intenta descifrar el enigma que encerramos. Buscando indicios aquí y allá, interrogando a gentes diversas, el señor don Pedro ha oído enormes disparates, y cometido después la grave indiscreción de repetirlos. Algunas de las absurdas hablillas que tu amigo recogió en los cafés o en medio de la calle afectaban al señor Presidente del Consejo, y eran escandalosa infracción del respeto que se debe a la vida privada. Alguien se enteró de ello, y fue con el cuento al señor don Juan de Dios (a quien solemos llamar _Juan y Medio_ por su gigantesca estatura), y he aquí que el grande hombre se amosca, dumostrando cierta pequeñez de espíritu, pues lo que de él dijo nuestro capellán no merecía más que olvido y menosprecio: tan necia y ridícula era la invención. ¡Pobre Hillo! Acordado ya su nombramiento para la cátedra que pretende, el señor Mendizábal ordenó que se anulara. Paréceme este rigor poco digno de un hombre que se nos ha venido acá con la pretensión de traernos el reinado de la libertad, de la justicia y del orden social, y así pienso decírselo. Perdóneme el señor don _Juan y Medio_; pero me parece que ha obrado como un _santón_ cualquiera, de esos que ahora le están armando la zancadilla. El motivo de estas pequeñeces es que el grande hombre considera la popularidad como el principal fundamento de su fuerza, y le saca de quicio todo lo que puede mermar o poner en peligro ese fantástico y vano poder. ¡Qué error! Fíjate en esto para que vayas aprendiendo. La fuerza la da el buen gobernar, el cumplimiento de lo que se ha ofrecido, la energía, la rectitud; de todo esto sale al fin el aura popular. Pero pretender el calor de la opinión cuando no se hace nada, o se hacen las cosas a medias, es grande ceguedad. De este mal mueren todos nuestros políticos... La confianza en un prestigio ilusorio perderá a este buen señor, que podría indudablemente regenerar el país si se cuidara menos de aspirar el incienso que le echan sus aduladores y paniaguados. Buenas ideas trae, grandiosos planes ha concebido; pero difícilmente logrará realizarlos, porque, como dice tu amigo, no sabrá _rematar la suerte_».
Sonriendo pensativo, guardó la carta don Pedro en la gaveta donde metódicamente las iba poniendo, para dar cuenta a Calpena como secretario fiel. Desconcertado por su fracaso, permaneció unos días en situación expectante, soñando con inesperadas sorpresas de la Providencia divina, hasta que llegó otra carta de la incógnita, con la particularidad de que no iba dirigida a Fernando, sino a él, al propio don Pedro Hillo, presbítero. Con vivísima emoción se encerró en su cuarto, recatando el papel cual tímido enamorado que recibe la primera esquela de la niña que adora, y leyó lo siguiente:
«Señor de Hillo: Me dirijo a usted como al único leal amigo del descarriado Fernando, para suplicarle con efusión del alma que, mientras yo trato de cortar el vuelo de esa criatura por los espacios tempestuosos del romanticismo, intente usted poner estorbos a su temeraria iniciativa, y desbaratar sus planes, aunque para ello tenga que valerse de las artes del disimulo, y poner en juego resortes que, si bien algo violentos, no son ilícitos tratándose de tan generoso y noble fin. Indudablemente, Fernandito y su desatinada novia traman alguna travesura, que me temo sea de gravísimas consecuencias. Sé que ese insensato ha comprado armas: dos pistolas, espada, navajas grandísimas. Me permito encargar a usted que si el chico ha llevado las armas a su casa, procure quitárselas sin miramiento alguno, y esconderlas donde no las pueda recobrar; le recomiendo además que le prive de dinero, dejándole solo lo más preciso. Todo lo que enviaré estos días, en la forma acostumbrada, hágame el favor de recogerlo sin darle de ello noticia, y resérvelo para los gastos que ocasionen las diligencias que hará usted, conforme yo le vaya indicando, a medida que reciba más noticias de lo que traman esos pillos.