Part 14
El niño, el hijo de reina, se paseaba en la inmediata calle de Santiago. Aura le había dicho: «Mi habitación corresponde al último de los tres balcones por la otra calle. Cuando Jacoba duerma, me asomaré». El hombre hacía su centinela entre las esquinas del Bonetillo y de Mesón de Paños, temeroso de perder, si se alejaba, el sublime momento en que su amada en el balcón apareciese. La noche era oscura; dieron las doce en el reloj de Palacio; no se veía por allí más gente que las pocas mujeres que entraban por el Bonetillo y se deslizaban calle abajo, y algún hombre que en la misma dirección iba, o hacia las tabernas de la plaza de Herradores. El sereno se hacía presente por la luz de su farolillo, allá junto a los altos muros de San Felipe Neri.
Media hora pasó Calpena en gran ansiedad, recelando que doña Jacoba, enterada del propósito de los amantes, lo estorbase encerrando a la dama o conminándola con algún castigo. Paseo arriba, paseo abajo, sin quitar ojo del balcón, pensaba en aquella su mudanza súbita, tan semejante a la explosión de un volcán. Toda su vida era nueva; todas sus ideas habían cambiado, dispersándose las de ayer y entrando con empuje dominante las de hoy. Ningún sentimiento de los de ayer, refiriérase a la política, a los amigos, a la sociedad, en él persistía. De aquel espacio luminoso, donde flotaba la ideal imagen de Aura, venían nuevos conceptos de todas las cosas. Impaciente por la tardanza de ella, ni por un momento pensó que pudiera burlarle: tenía confianza absoluta en su firmeza y lealtad. Tampoco le amargó la sospecha de que Aura hubiese conocido el amor antes de conocerle a él. Era mujer nueva, como la esposa de Adán. Dios les había criado destinándoles el uno al otro, y no estaba en el orden del universo que hubiesen precedido al feliz hallazgo otros encuentros, ni aun siquiera fortuitos y sin importancia. Tal era su ardor ciego y entusiasta, tal su fe en aquella felicísima obra de integración, dispuesta por el destino de ambos.
Al fin... oyó ruido en el balcón, y apareciose en él una forma blanca. Era principal el cuarto, y la distancia entre el balcón y la calle como de cuatro varas. Arrimose el galán a la pared, y Aura echaba medio cuerpo fuera del antepecho, doblándose como un junco, para que el espacio entre las enamoradas voces fuese lo más corto posible. Explicó primero su tardanza, motivada por lo que Jacoba tardara en dormirse, a causa de sus dolores, siendo preciso darle friegas y ponerle bayetas calientes. Ya parecía dormida, y Lopresti, fiel esclavo, quedaba encargado de la centinela, para avisar en caso de que la enferma remusgara. Recayó luego la conversación en un punto interesantísimo:
—¿Tú quién eres? Conozco en ti al hombre que quiero, y me basta. Pero deseo saber quién eres para los demás. Lo mismo me da que seas noble, que seas plebeyo, que seas mucho, que no seas nada, pues siendo para mí el único, me basta... ¿Te enteras bien de lo que te pregunto?
—Sí, vida y gloria mía... Yo no soy nadie. Ignoro quiénes son mis padres. Vivo de la protección misteriosa de una persona desconocida, por quien estoy en Madrid, por quien disfruto ese destinillo, y no sé más. ¿Verdad que es raro?
Contó en seguida concisamente su vida toda: su crianza en Vera, lo del padrino, la estancia en París, la traslación a Madrid y todo lo demás que ya se sabe, poniendo en su relato tal sinceridad y sencillez, que Aura se embelesaba oyéndole; y si no estuviera enamorada hasta la médula, es de creer que solo con aquella historia tan poética y linda se prendaría locamente del pobre desheredado. Refirió ella que no había conocido a su padre ni a su madre: habíanla criado parientes egoístas que jamás le demostraron vivo afecto. Creíase sola en el mundo, hasta que Dios le deparó el compañero de su existencia, su salvador, su _única familia_. ¡Qué hermosura ser los dos solos en sí, reconocerse en medio de los espacios de la vida, como pajarito y pajarita que se encuentran en la espesura de la selva, y, saludándose con sus piquitos, se unen para siempre! No faltaba sino que se declararan libres, sin más obligaciones que las que cada uno para con el otro había contraído, por vía de unión divina, como si Dios les echara un lazo y les dijera lo que dicen los curas cuando casan. De pronto, Aura tuvo una idea, y la expresó al instante con infantil candidez:
—¿No sabes?... Como aún no hemos tenido tiempo de decirnos todas las cosas, no te has enterado de que yo soy rica. Sí, hijo, sí. ¿Pensabas que éramos nosotros unos pobrecitos, dejados de la mano de Dios? Mi padre, Jenaro Negretti, dejó mucho dinero. Lo tiene guardado el señor de Mendizábal, que es quien le da a Jacoba para mis gastos... Conque ya ves. No hay que apurarse... Estamos en grande, y seremos los reyes del mundo.
—Pues yo —dijo el amante con tristeza— soy pobre: nada tengo; pero no me faltan alientos, ni tampoco, creo yo, disposiciones para trabajar... También te digo una cosa, Aura: bien podría suceder que de la noche a la mañana recibiera yo, como caída del cielo, una fortuna grande... Se han dado casos: yo he leído de algunos casos...
—Pues si sale lo que esperas, ¡oh Dios mío, cuánta felicidad!... Eso sería lo más lindo del mundo. Resultaríamos en posesión de unos dinerales que no nos harían maldita falta... Si quieres que te diga la verdad, a mí no me hace dichosa el dinero, ni creo que sirvan las riquezas más que para disgustos. Con poseerte a ti me basta; y si mañana viniera el señor Mendizábal y me dijera: «Niña, no tienes ni un maravedí», yo me quedaría tan fresca. ¿Y tú?
—Pienso como tú piensas, y siento todo lo que tú sientes... Quien nos ha puesto hoy el uno junto al otro, se cuidaría de darnos lo necesario, si por nuestra parte no lo tuviéramos. Es hermosísimo, sí, lanzarse a la vida sin más alas que las inmensas del amor. Somos jóvenes, nos adoramos... Esto es la suma dicha. ¡Qué bueno es Dios! ¡Y la naturaleza, qué hermosa! ¡Y nosotros, qué bien hicimos en nacer!... Si tú o yo nos hubiéramos quedado por allá, ¡qué insigne tontería habríamos hecho!
—Es verdad; porque no naciendo, ¿cómo podría yo quererte con toda mi alma?
—Oye otra cosa, vida mía... Si te parece, nos casaremos pronto, muy pronto.
—Sí, sí —dijo Aura con tan vivo movimiento de inclinación, que pareció querer arrojarse a la calle—. ¿Cuándo?
—Pronto. Mañana...
—¿Mañana?... ¿Y hoy por qué no?... ¡Pero qué tonta soy! Eso no puede determinarse así en días, en horas. Tengamos paciencia y formalidad. Lo que acabo de decir es muy desvergonzado. ¿Me lo perdonas?
—Pues si el _hoy_ te parece demasiado presuroso, diré: _ahora mismo_.
—Quita allá, hombre... ¿Acaso el casarse es cosa de un soplo? No, niño mío, no seas tan arrebatado. Ten juicio. Pues apenas hay que preparar cosas: ropa, papeles, y, ante todo, casa.
—¡Casa! Tenemos el mundo por nuestro... Dime —añadió el galán, casi loco ya, señalando hacia la bóveda celeste—, ¿te gusta ese techo?
—Es precioso... Pero ahora, desde que te quiero, todo me parece cielo, y la oscuridad, claridad, y la noche tan bonita como el día, casi más, y Jacoba me parece amable, y todas las personas muy buenas... Pero tengamos calma, y esperemos.
—Sí, esperaremos. ¿Qué nos importa retrasar la felicidad, si la tenemos segura, si es nuestra ya?
Asaltado de una idea triste, cosa natural en aquella irradiación de ventura, Calpena no vaciló en expresarla:
—Dime, amor mío, si Jacoba, que me parece persona egoísta..., no sé en qué me fundo, pero me lo parece...
—Y lo es: tú tienes mucho talento y todo lo aciertas. Sigue.
—Pues si Jacoba, y lo mismo podría decir de otro cualquier pariente tuyo, se opusiese, por móviles de interés, a que nosotros nos amáramos: no, no, a eso no pueden oponerse..., quiero decir, que se opongan a que nos casemos...
—Eso no puede ser..., porque nosotros saltaríamos por encima de todas sus artimañas, y pisoteándoles nos juntaríamos y nos casaríamos, ¿sí?
—Pero suponte tú que contra toda nuestra buena voluntad y contra las energías de nuestra pasión, lograran separarnos, imposibilitarnos materialmente de...
—No, no puede ser, no será —dijo la enamorada con expresión de voluntad tenacísima—. ¡Pues si Jacoba fuera tan mala que...! No, no quiero pensarlo.
—¿Qué harías?
Aura se irguió, y apretando en su nervioso puño, con fuerza de mujer furiosa, el hierro del balcón, dijo:
—¡La mataría!
—No, no tendrías que tomarte ese trabajo, mi bien, mi vida, mi encanto, porque antes la habría matado yo.
—Y luego iríamos juntos al presidio, ¿sí?
—No pensemos en eso, que no ha de suceder. Yo digo: ¡qué más querrá Jacoba!...
—Claro: ¡qué más querrá ella! No te creas, Jacoba es buena, siempre que no la arrastra a la maldad la infame codicia. Por un brillante de buenas aguas, o por una docena de turquesas de _roca vieja_, sería capaz de sacrificar a su padre.
A todas estas se les iba pasando la noche. Las primeras claridades del alba trajeron a la calle alguna gente de los mercados próximos, y el sereno pasó varias veces, dirigiendo a Calpena miradas recelosas. Aquí y allá sonaban porrazos; los gallos del comercio de aves en la calle de la Caza cantaban anunciando el día. Sobre esto llamó Calpena la atención de Aura, indicándole con pena que ya era hora de retirarse.
—¿Qué prisa todavía?... Esos pobres gallos enjaulados están tan aburridos por la falta de libertad, que anuncian la aurora antes de tiempo.
—Ya es de día... ¿No lo ves?
—¿Y qué? Mejor. Así podremos vernos las caras.
De improviso se abrió una de las puertas del piso bajo de la casa, y Calpena se vio sorprendido por un mozo, soñoliento, que salía con una escoba. Luego se abrieron dos puertas más: una cacharrería y un despacho de huevos. Imposible seguir más tiempo allí. Los hados fieros ordenaban la suspensión del coloquio dulcísimo, y que los amantes guardasen la ley del recato ante el público, pues cada cosa tiene su ocasión y lugar propios. ¡Bonita idea tendría de la señorita de Negretti el vecindario de Milaneses si la veía colgada al balcón, al amanecer de Dios, picoteando con su novio! Antes que ella comprendió él la inconveniencia de prolongar la alborada de amor, y así se lo dijo. Convenidos el cómo y cuándo de verse en el curso del día, Calpena se arrancó con esfuerzo del celestial muro. El día se recreaba iluminando con sus primeras claridades la ideal belleza de Aura, quien no se apartó del balcón hasta que hubo recibido el último saludo de don Fernando. Se fue y volvió el galán como unas tres o cuatro veces, jugando al escondite en la esquina de la calle Mayor, hasta que al fin, siendo preciso poner término al juego... se arrancó de veras.
XXIII
Más que inquieto, lleno de zozobra por la desusada tardanza de Fernandito, le esperó levantado su amigo don Pedro, y al verle entrar, conoció por su rostro encendido, por el febril centelleo de su mirada, que algo muy grave le había ocurrido aquella noche. Interrogole dulcemente, y no obtuvo respuesta categórica.
—Luego me lo contarás —dijo Hillo—, que ya es hora de que me vaya a decir mi misa. Me has tenido toda la noche en vela. Como no es tu costumbre trasnochar, me alarmé. ¿Has estado en alguna logia? ¿Se trata de algún mal paso, de algún lance?... Pero no quiero molestarte ahora. No me cuentes nada, y descansa, pobrecito, que estarás muerto de sueño. Yo me voy al Carmen... Duerme todo el día si quieres, y a la tardecita me contarás...
Se fue don Pedro a celebrar, y al regreso de la iglesia, Calpena dormía. Acercose a su lecho el presbítero y le vio dormidito como un ángel, con ese leve sonreír que indica un venturoso sueño. A la hora de comer quiso doña Cayetana despertarle; pero se opuso Hillo diciendo:
—No, no, pobre hijo; dejarle que duerma: sabe Dios lo molido y ajetreado que estará ese bendito cuerpo. Guárdesele la comida.
Salió después a una diligencia que le entretuvo dos horas, y al volver a casa díjole Delfinita que don Fernando había comido presuroso y sin enterarse de lo que metía por la boca; que no respondía a lo que se le preguntaba, como si se hubiese dejado en otra parte el pensamiento y la palabra. Y lo más singular fue que, sin probar el postre, que era miel de la Alcarria y queso de Villalón, había cogido el sombrero y echádose a la calle con tanta prisa como si le llamaran a apagar un fuego. ¡Cosa más rara! Indudablemente ocurrían sucesos inauditos. ¿Sería, por fin, la estupenda anagnórisis que Hillo por momentos esperaba? Entregándose a sutiles cavilaciones y al trabajo de adivinar, esperó el clérigo la vuelta de su amigo; pero tuvo el acierto de esperarle sentado, porque Calpena no entró en casa hasta la mañana del siguiente día.
Ya no pudo Hillo aguantar más los ardientes picores de la curiosidad, y tomando una actitud serena, le dijo:
—Hoy sí que no te me escapas sin contármelo todo.
Calpena, confuso, no sabía por dónde empezar. Hillo cortó la solemne pausa diciendo ¡_Habla_!, con el acento con que esta palabra se pronuncia en las tragedias de secano.
—Pues... nada.
—¿Cómo nada? ¿Es acaso alguna intriga política?
—No, señor.
—Pues yo sé que en el ministerio no se vela... Vamos, será cuestión de amoríos...
—Tampoco; porque los amoríos son cosa frívola y pasajera, y esto no.
—Amor entonces —dijo Hillo con benevolencia, y terminó la expresión de su idea con una nota humorística—: ¿Conque amor tenemos? Bueno: con tal que sea clásico...
—¿Y qué entiende usted por amor clásico?
—El que se contiene dentro de los límites de la conveniencia y de la regularidad; el que no es motivo de escándalo, sino ejemplo de buenas costumbres; el que no es furor insano, sino afecto plácido y limpio; el que tiene por norte la familia y por cebo una relación casta, con el consentimiento de los padres...
—Yo no tengo padres.
—Di que no los conoces. Mientras te llega la anagnórisis, tu padre soy yo: yo miro por ti, y te guío en el camino de la vida.
—Me temo, querido Hillo, que después del paso que he dado, tenga yo que arreglármelas solo para seguir andando... En fin, puesto que usted habla de amor clásico, diré a usted que el mío, como águila a quien quisieran encerrar dentro de un huevo de paloma, ha roto los moldes, ha roto el viejo y podrido cascarón del clasicismo.
—No te conozco —dijo don Pedro con sobresalto—. ¿Eres tú el joven Calpena?
—No, señor... El joven Calpena que usted conoció se ha transformado radicalmente en días, en horas. Cuando menos uno lo piensa, sobreviene la crisis capital de la vida...
—Hombre, eso es gravísimo. ¿Y quién es ella? ¿Acaso la niña que llamamos marmórea?... ¿Dices que no? ¿Pues de quién se trata? ¿No puedo saberlo? Sea quien fuere podré darte una opinión franca, un buen consejo.
—Me hallo en una situación tal, que toda opinión que no sea la mía me hará el efecto de una enemistad irreconciliable; y en cuanto a los consejos, debe usted esperar a que yo se los pida.
—Arrogantillo estás. Por lo que dices, voy entendiendo que tus amores son de esos que llaman, que llaman..., no sé..., esta clase de bregas son para mí desconocidas. Pero ello debe de ser cosa vergonzosa, una pasión de estas que nos ha traído el romanticismo, y que suelen acabar con descabello de media humanidad.
Interrumpió el diálogo la llegada de una carta. Era de la _mano oculta_, que no había escrito en toda la semana. A Fernando le dio un vuelco el corazón, y barruntando que el contenido de la epístola heriría su vidriosa sensibilidad, rogó al clérigo que la leyese. Él oiría, procurando enterarse, pues su espíritu, en aquellos días de ansias y delirio, no acudía fácilmente al reclamo de la realidad próxima. Después de suspirar fuerte, don Pedro leyó:
«¿Conque tenemos al niño enamorado? Ya me esperaba yo ese sarampión, que rara vez falla a los veintidós años. Paciencia, y pues no hay más remedio que pasarlo, no lo combatamos, y pónganse los medios para que brote bien... Tontín, se te tolera esa pasioncilla juvenil, que es el paso de la adolescencia a la madurez de la vida. Los hombres conceptúan eso necesario, inevitable; tales turbonadas, dicen, son necesarias, hasta convenientes. Sea: con pena lo admito, y te suplico que acabes cuanto antes, no sea que la enfermedad se meta demasiado en lo hondo. No tengo tranquilidad hasta que sepa el radical fin de esa novelesca aventurilla, y no dudes que he de saberlo, como supe lo del banquete que te dio la Zahón, como tengo noticias del desenfado con que te pones a pelar la pava con la chiquilla de Negretti. También sé que es muy linda. No te acusaré de mal gusto, no; y como te tengo por hombre perspicaz y conocedor del género, presumo que en tus largos plantones al pie del balcón habrás tenido tiempo de comprender que la niña es diamante falso. ¡Ah, tontín!, la pedrería fina es muy escasa, y no se encuentra en la primera cena a que nos convidan...».
Al llegar a esto, Calpena no pudo contener el dolor, la ira que estas apreciaciones le produjeron, y estalló diciendo:
—Eso es sencillamente infame... Dígalo quien lo dijere, es inicuo, ultrajante. No debo hacer caso de la opinión de persona anónima, que no puede sentir la verdad, como la siento yo... Y juro que no habrá voluntad que me tuerza, ni razón humana que me persuada de que esto no es para mí el supremo bien, el único bien posible.
—Espérate un poquito y déjame acabar. Sigo:
«Como para estas aventurillas, que mejor será llamar calaveradas, se necesita dinero, te mandaré mañana seis onzas. Más, mucho más recibirás; pero entiende que este dinerito no debe servir para prolongar la enfermedad, sino para ponerle término... Y no te digo más por hoy.»
—¡No puedo, no puedo —exclamó Calpena dando vueltas por la habitación como un loco— sufrir por más tiempo esta tutela anónima!... Y estas burlas, este desconocimiento de la verdad, me lastiman, me hieren más que si me asestaran cien puñaladas... ¡Oh, cuánto diera yo por conocer a la persona que me escribe, y poder decirle lo que siento...! No, no dudo que esa persona se interesa por mí, que me ama. También la quiero yo sin conocerla. Pues bien: yo la convencería... ¿Cómo no había de convencerla, si yo lo estoy firmemente, si llevo dentro de mi alma, no solo todo el amor, sino toda la lógica del mundo?...
—Hijo mío —le dijo Hillo con expresivo afecto—, lo que la señora incógnita te escribe es el puro evangelio. Considera tú ese amor como una aventurilla pasajera..., cosas de muchachos, ejercicio vital... y... dale ya puntillazo...
Le miró Calpena, plantándose ante él desdeñoso, altanero, y con grave entereza contestó:
—Soy un hombre; tengo un alma que es mía, una inteligencia que me pertenece, y con ellas siento y juzgo lo que me incumbe. Ni de usted ni de esa desconocida persona admito lecciones, ni soy un niño para recibirlas en esa forma. Quien nunca ha tenido familia, bien puede declararse independiente como lo hago yo ahora. La soledad en que he vivido me ha enseñado a gobernarme por mí mismo. Soy libre, señor don Pedro; a nadie me someto. Los que me protegen por motivos que aún están rodeados de oscuridad, que den la cara, y entonces hablaremos. Si conseguimos entendernos, bien, y si no, lo mismo. No altero mis propósitos, no me someto, no me rindo.
Sin dejar de admirar esta noble gallardía, trató Hillo de reducirle a la obediencia ciega de la _deidad velada_, pues así también solía llamarla, no sabiendo qué nombre darle, y el primer argumento que empleó fue que le convenía dicha sumisión para no comprometer su brillante porvenir.
Echándose a reír, le contestó don Fernando que él no contaba con más porvenir que el que por sí mismo se labrase, pues todo lo demás era fantasmagorías y sueños; y en último caso, que no sacrificaría a ninguna consideración, ni a interés alguno por grande que fuese, la pasión que colmaba todos los anhelos de su existencia. Y como don Pedro insistiese en que la aventura no merecía nombre de pasión seria, y que debía ponerle punto final, replicole el joven con flema:
—No puede ser, mi querido Hillo. En esto he querido aplicarme fielmente el precepto fundamental de su filosofía práctica... Para que no diga usted que fracaso como todos los españoles que emprenden algo, me propongo _rematar la suerte_.
—¡Ah!, pillo... ¿De modo que te casas...?
—Tal creo... Esto no es aventura..., para que vaya usted enterándose.
—Estás perdido, perdido sin remedio... Un joven llamado a... qué sé yo..., llamado a grandes destinos... ¡Por Dios, Fernandito de mi vida, mira bien lo que haces!... Y a mí que me parecían poco para ti todas las duquesas y princesas que andan por esas cortes.
—Yo soy pueblo, pueblo nací y pueblo me encuentro ahora. ¡Ay!, amigo Hillo, me acuerdo de mi cuna. Era de mimbres, y estaba rota y medio deshecha. Yo ensanchaba los agujeros con mis manecitas, y me echaba fuera para jugar con un perro y dos cabras que había en la pobrísima estancia donde me criaron... ¡Y ahora me habla usted de duquesas y princesas! A usted le ciega, o más bien le enloquece su bondad... Yo no soy lo que era. He dado un gran vuelco: mis ideas son otras. No tengo ya más que una ambición, y a satisfacerla se encaminan todas las potencias de mi alma. Me crio aquel bendito en la templanza, en la regularidad, en el justo medio de todas las cosas. Pues ya no quiero justo medio; ya me solicitan las situaciones extremadas... Quiero exceso de vida, energías poderosas, mucho gozar o mucho sufrir, luchar, hacer cara a los grandes desastres si vienen, hartarme de felicidad si Dios me la depara. No quiero andar por caminos trazados, ni que me cuenten los pasos que doy, ni que me lleven con andadores, ni que me muevan con hilitos, como si fuera yo figura de titiritero. No, no: de un salto me he echado fuera del retablo, y entro en el mundo yo solo. El mundo es grande. Un sentimiento, grande también, llevo yo conmigo. ¿Hay espacio? Sí. ¿Tengo yo alas? Sí. Pues a volar.
Y cogiendo el sombrero, se fue a la calle, sin añadir una palabra, dejando a su excelente amigo todo confuso y turulato, con las manos en la cabeza, desahogando con patéticas exclamaciones la turbación de su espíritu:
«¡Señor, devuelve el seso a este noble chico, digno de mejor suerte!... ¡Le he tomado tanto cariño, que sus asuntos me interesan más que los propios!... ¡Señor, descúbreme el misterio de Calpena; dame a conocer la _mascarita_ esa que le protege y le dirige! Que yo la descubra, para llegarme a esa divina tutora y decirle que se declare, que se quite la careta, único medio de que nuestro Fernandito entre en razón. _Tutora_ he dicho, pero mejor será decir madre... En su estilo se ve la delicadeza, la gracia, y un cariño intensísimo. Es madre, y además dama ilustre. Su estilo lo revela, esa discreción de alto tono, esa exquisita habilidad para ocultarse... ¡Dios mío, santo Apóstol bendito mi patrono, santa Virgen, y vosotros, santos, santos todos de la corte celestial, despejadme esa incógnita, pues creo que entre ella y yo, puestos al habla, salvaríamos a este alucinado chico de la perdición, de la ignominia, de la muerte!».
Su generoso anhelo sugirió al buen presbítero una idea, un plan, y propósito firmísimo de empezar a realizarlo aquella misma tarde.
«Voy a minar la tierra para _desvelar_ a esa _velada_. Dios me abrirá camino; Dios iluminará las oscuridades que encontraré en los comienzos de mi trabajo. A esta investigación consagraré mi tiempo, pues ya no me importa que me den ni que me quiten la cátedra que me corresponde... Y ahora digo yo: ¿por dónde empiezo?... A ver, Pedro, discurre un poco, _afina la suerte_... Por de pronto, si a ese loquinario le da la ventolera de desdeñar las cartas de su protectora, yo las recogeré cuando vengan, las leeré y las tendré bien guardaditas hasta que a él se le caiga de los ojos la venda. Y si envía dinero, como anuncia, yo lo guardaré también para írselo dando conforme a sus necesidades, que ahora presumo han de ser muchas... Esto lo primero; después...».
Dándose un golpe en la frente, lanzó una exclamación de alegría: