Part 13
—No le haga usted caso, señor de Calpena —indicó la Zahón benévola—. Todo el día la tiene usted pensando y diciendo estas extravagancias. Es un genio inflamado, y tan desigual, que si le da por reír y alegrarse, nos atruena la casa con sus gorjeos; y si le da por las tristezas y por lo fúnebre, nos pone a todos con el corazón en un puño. Trabaja como nadie, y hace mil primores cuando le da la ventolera; y cuando se pone a ser holgazana, no hay quien la aventaje. No es constante más que en dos cosas: limpieza, así de su persona como de cuanto cae bajo su mano, y caridad. No deje usted en su poder cosa de valor, porque, de seguro, se la da al primero que se la pide... hablo de cosas metálicas o comestibles, ¿me entiende usted?
—Sí, señora: entiendo perfectamente.
—Oiga usted más: rarísima vez coge en su mano un libro... aunque aquí no faltan... La hemos puesto maestro de piano y canto, y de baile. ¿Querrá usted creer que toca muy lindamente, y que baila con toda la gracia de Dios?
—Lo creeré si nos da esta noche una muestra de sus habilidades, en el piano y canto sobre todo, pues la danza es más bien para lucida en sociedad.
—¿Y si no, no lo cree? Pues no toco —dijo Aura—. Tiene que creerlo antes. En estas cosas es necesaria la fe.
—Bueno, pues la tengo... Sin oírla cantar, ya estoy proclamando que se deja usted tamañita a la Todi.
—Eso es burla. No tanto, señor mío. Pero no vaya a creer que salgo ahora con modestias ridículas. Sepa usted que canto muy bien. Digo, muy bien, no; me quedo en el bien a secas. Ni me quito ni me pongo nada... Pero no cantaré esta noche..., digo, sí cantaré, con tal que don Carlos me prometa no dormirse.
—Lo prometo... —dijo Maturana—, sin responder, hija mía, sin responder de nada.
—Yo emprendería la completa educación de Aura —dijo Jacoba, que no sabía cómo llegar al asunto que era su objeto principal aquella noche— si se me dieran medios suficientes para ello. Y no es que la niña carezca de patrimonio, pues lo tiene sobrado: solo que está en manos que lo escatiman, que lo tasan en demasía, como si desconfiaran de mí... Señor don Fernando, yo espero de usted un favor muy señalado. Me consta su amistad con nuestro gran ministro, el señor de Mendizábal; sé que Su Excelencia...
—Señora, ya dije... —interrumpió don Fernando lleno de confusión—. El señor ministro me trata como a todos sus subordinados, con cortesía... y nada más.
—A un lado las modestias, caballerito —añadió la diamantista—, y no me salga usted con negativas, que solo sirven para demostrarnos su delicadeza... Pues sí señor: espero de usted una prueba de amistad hacia mí y de interés por Aura. ¿No adivina lo que quiero? Que usted me ponga en comunicación con su jefe, y si es posible, y quiere extremar el favor, que antes de llevarme a la audiencia, le hable de mí, pues me figuro que el señor Mendizábal tiene de esta servidora una idea equivocada. Sin duda le han llevado algún cuento... En fin, yo quiero ver a Su Excelencia, deseo hablarle, y que usted tome mi empeño como cosa propia...
Interesado en el asunto, por tratarse de la mujer que le fascinaba, Calpena quiso saber más, y descubrir qué relación podía existir entre la hermosa hija de Negretti, nieta de tan distintos abuelos, y el gran Mendizábal, relación cuyo simple anuncio le sorprendía y anonadaba. ¿Qué era, santo Dios? Solo por tirarle de la lengua a la Zahón y adquirir mayor conocimiento, cedió en aquel punto de sus supuestas confianzas con el ministro, y ni afirmaba ni negaba, dando a entender que favorecería las pretensiones de la jorobada, siempre que se le diese alguna explicación de ellas. Por este medio sutil pudo averiguar que don Juan Álvarez era testamentario de Jenaro Negretti y depositario de su fortuna, con algo más de lo que referido queda.
No se paraba en barras la codiciosa diamantista, y desde que Mendizábal vino a España y se puso a ministro, acarició la idea de que debía transferirle a ella las facultades que le otorgaba el testamento de Negretti. ¡Cosa más natural! Pues ¿cómo podía administrar holgadamente los bienes de la niña, un hombre abrumado de quehaceres políticos, con tantas cosas dentro de la cabeza? ¡Que la Hacienda, que el empréstito, que las juntas, que el Estatuto, que los frailes...! Imposible atender a todo, señor. De su peso se caía que debía entenderse con la Zahón, y pedirle por favor que se encargase de la tutela y gobierno de bienes de Aurora Negretti, pues algo habría en el testamento que tal abrogación consintiera. No se le apartaba del magín esta temeraria idea, y si el horrible acceso reumático que en aquellos meses sufría no la imposibilitara totalmente, ya se habría presentado a don Juan de Dios, a fin de proponerle lo que para él era un alivio y para ella una carga muy de su gusto. Bien clara está la razón de que, suponiendo al don Fernando cordialmente ligado a Su Excelencia, le recibiera con finuras y agasajos, y echara la casa por la ventana en aquel desusado convite.
En los postres sirvieron _curaçao_, que era quizás la única pasión o debilidad del viejo Maturana. Aquel dulce licor le hacía desmentir muy de tarde en tarde sus hábitos de formalidad y grave continencia. Siempre que allí comía o cenaba, Jacoba, por hacerle rabiar, aseguraba no tener _curaçao_; por fin, después de mucho trasteo, hacía traer la bebida y le daba un poquito, cuatro lágrimas, y así se divertía con él, vengándose de alguna trastadilla que en los negocios le había jugado. Pero aquella noche, antes de que la señora empezase el sainete, le convidó Aura, y sacando del aparador la botella, le sirvió cuanto él quiso, y después a Fernando. Mientras don Carlos paladeaba con embeleso los primeros sorbitos y Jacoba le afeaba su vicio con afectado enojo, Calpena charló brevemente con Aura, cuando esta a su asiento volvía. Doña Jacoba no reparaba en ello, o se hacía la distraída, que también pudo ser, y Maturana se halló bien pronto bajo la influencia embelesadora del rico néctar.
—¿Y qué?, ¿canta usted o no?
—No..., me temo que don Carlos no se duerma si canto. Pero si usted se empeña en ello...
—Deseo que usted cante... Si hablando es su voz tan divina, ¿qué será...?
—¿Cantando? Pues más divina todavía... Bueno; pero conste que si usted me manda cantar, hace una gran tontería.
—¿Qué está usted diciendo?
—Que hay otra cosa mejor que el canto mío.
—¿Qué...?, ¡por Dios!
—Hablar..., que hablemos.
—Chist..., silencio.
XXI
Entró en aquel punto Milagro, que venía sin más objeto que hacer asientos de facturas atrasadas, y se asombró no poco de ver aquel aparato de festín, y a Calpena en la mesa. Pero como en aquella casa todo era raro, y pasaban las cosas en contra de lo usual y corriente, se guardó su sorpresa y no dijo nada. Pareció que a Fernando contrariaba la importuna visita de su compañero de oficina; pero Aura, más lista que la pólvora, se apresuró a tranquilizarle, diciéndole:
—Este infeliz es lo mismo que nadie, y además, también se pirra por el _curaçao_. Le ofreceré una copita, ¿sí?
En esto propuso la señora pasar a la sala, y allá se fueron todos con la botella por delante. Poseídos Aura y Calpena de una audacia loca, cuyo móvil psicológico no se explicaban ni había para qué, se arrimaron al extremo de uno de los mostradores, en el sitio menos alumbrado por la lámpara, y a la mayor distancia posible de los bebedores de _curaçao_. Doña Jacoba hizo plantar su sillón junto a estos, sin perder de vista a la juventud, con quien desde su asiento a ratos hablaba, y ordenó a Lopresti que pusiese luz en el gabinete próximo, y velas en el piano, abriendo de par en par la comunicación de esta pieza, la única bonita de la casa, con la sala o tienda. Milagro y Maturana rompieron, con los primeros tragos, a hablar de política, metiendo en ella su cucharada la Zahón, con ardientes alabanzas del primer ministro, salvador del desdichado reino, remedio de todos nuestros males. Y conforme aumentaban las ingestiones de bebida, la imaginación de Maturana se lanzaba intrépida al simbolismo:
—Reina Cristina es la _Peregrina_ entre las perlas, y Méndez el _Gran Mogol_ entre los diamantes. Carlos V es el diamante falso, el _strass_..., tras, tras... Jacoba el _Ojo de Gato_, tallado en _cabujón_... y tú, Milagro, eres la _Montaña de Luz_... solo que todavía no te han tallado, hijo..., estás en bruto...
Con solo probar el delicioso licor, se le quitaban al buen Milagro diez años de vida; y a medida que iba apurando el vasito, presentaba síntomas diversos de exaltación cerebral. Al tercer trago le atacaba infaliblemente una sensibilidad lacrimosa, con recuerdos tiernísimos de su familia e invocaciones a la santa pobreza, a la caridad sublime, a los más altos y puros ideales. Hacia el cuarto o quinto sorbo se le iniciaba la tendencia a expresarse en forma poética, reverdeciendo las aficiones de su edad juvenil, en la cual más le gustaba hacer versos que comer, y era un adepto fidelísimo de la retórica que entonces se gastaba.
—¡Ah! —decía con trémula voz, mirando al vaso—: ¡la reina..., angélica Cristina, pía matrona!... Desde que vino de Parténope, vimos abierto el Empíreo los buenos españoles... Cuando contemplo este doméstico regocijo..., ¡ah!, viene a mi mente la imagen de mis pobres niños, de mi dulce esposa, alma virtud... ¿Qué será de vosotros, _oh dulces exuviæ_, el día en que fiera Parca me corte el hilo?... Mendizábal tonante, aplaca el furor de Mavorte... La oliva sucede al laurel... Somos felices... Vuelve el reino de Ceres prolífica... Comeréis, hijos míos, blancos panes y bizcochos duros...
Doña Jacoba, sin catarlo, era atacada de somnolencia, que procuraba vencer. En tanto, recogía cuidadosa la caja de las perlas, acomodando en ella los paquetitos que contenían las divisiones hechas por Maturana. Esto no le estorbaba para dirigir a la gallarda pareja estas insinuaciones:
—Señor Calpena, cuéntenos usted algo de política... Aura, ¿por qué no cantas?
Aprovechaban ellos las distracciones y cabezadas de la señora para entregarse con efusión al ardiente coloquio que enlazaba sus almas, en cláusulas cortas, balbucientes:
—¿Me había usted visto alguna vez?
—No, no... La impresión de usted en mi espíritu es antigua, eso sí... Cuando la vi entrar por esa puerta, creí recobrar algo que se me había perdido...
—¡Qué cosa más rara!... Esta noche, cuando subía yo la escalera, sentí miedo, alegría y qué sé yo qué... No podía respirar..., por poco me caigo.
—¿Y por qué pegaba usted a Lopresti?
—Es juego. Suelo darle así, con la sombrilla. A él le gusta, y conozco yo que está de mal humor cuando no le pego. Es un perro fiel, y me quiere con delirio. Esta tarde, al entrar, me dijo: «La está esperando a usted un caballero muy guapo, de parte de su tío el señor Mendizábal». Ya ve usted cuánto desatino. Me eché a reír..., y le casqué más fuerte que otros días. ¿Oye usted? Jacoba me dice que cante... ¿Qué debo hacer?
—Obedecerla, creo yo.
—Lo que agrade a usted haré, y nada más. ¡Qué extraño es lo que me pasa! Hasta esta noche me ha costado siempre mucho trabajo someterme a la voluntad de los demás. He sido voluntariosa, díscola, rebelde... Pues ahora creo que si alguien me pegase, me alegraría, y mi mayor gusto sería obedecer, ser mandada.
—¿Y si yo me tomase la libertad de decirle: «Aura, haga usted esto; Aura, sería yo muy feliz si usted...?».
—¿Si yo qué...? Había de mandarme cosas buenas, las que ahora me parecen buenas... Y también, también yo mandaría un poquito, que es muy grato para una mujer verse obedecida. Obediencia y mandato, pienso yo que deben ir juntos.
—Servidumbre y tiranía en una sola persona, en dos quiero decir —indicó Calpena enteramente trastornado—. El amor nos hace dueños y esclavos de la persona amada... Aura, esta noche, después que yo me retire..., y mañana, mañana, ¿se acordará usted de mi?
—Se lo diré cuando vuelva.
—Según eso, ¿he de volver?...
Al llegar aquí sintió Calpena que se ponía tonto. A su primera audacia sucedió una timidez aplanante, y no encontraba fórmula adecuada para la expresión de sus afectos. Pero de súbito, en la tremenda revolución de su alma, vino el golpe de osadía, y poco faltó para que diese un grito, dejando salir, sin ningún recato ni miramiento, las llamaradas que le abrasaban. Con su mirar fría le contuvo la Zahón... Poco después le hizo Aura una pregunta insignificante:
—¿Cómo es su segundo apellido?
Y él replicó:
—Igual al primero... Aura, nos conviene que usted cante un poquito, y es de todo punto indispensable que, cuando usted pase al gabinete ese del piano, pase yo también y estos se queden aquí.
Pronto lo arregló Aura dirigiéndose a la próxima estancia y ordenando a Fernando, desde la puerta, que tuviese la bondad de _volverle la hoja_, pues no daba pie con bola sin mirar al papel... Y ya están allá; ya desliza Aura sus lindísimos dedos sobre las teclas; él a su lado, sin entender la escritura musical, hace como que atiende al papel, mira embelesado a la divina cantora, y más embelesado aún, o transportado al séptimo cielo, la oye. Canta ella el aria de _Semíramis, Bel raggio lusinghier_, y después una canzoneta napolitana.
Duda Calpena si vive o muere, si duerme o vela. La voz de Aura le penetra en el sentido como un himno de deidades lejanas, desconocidas, apenas visibles en su envoltura de blancos cendales. A ratos siente como un súbito rayo que le hiere, que le destroza, que le arrojaría exánime al suelo, si un poderoso estímulo de su voluntad no le contuviera. Desea que calle Aura; desea cogerla y llevársela consigo en aquel mismo instante, como el hecho más natural del mundo. A su timidez sucede una arrogancia que nada respeta, una prepotencia que todo lo allana. Se siente capaz de saltar por encima de los obstáculos más imponentes, y de atravesar con su hermosa conquista por entre las multitudes, que a sus ojos se empequeñecen ya, y solo se compone de figurillas despreciables, microscópicas... Aura sola es toda la vida, Aura toda la ley, Aura el universo físico y moral, Aura cuanto existe de Dios abajo.
En uno de los que podríamos llamar entreactos, el ardoroso galán, revolviendo papeles de música, como para escoger, le dijo:
—Aura, cuando entraste esta noche y nos vimos, ¿no comprendiste que te adoraba?
Acalorada por la turbación que al rostro en centellas le subía, Aura se abanicó con una pieza de música. No se hizo cargo el joven de que la había tuteado, y ella, sin parar mientes en la forma familiar usada por primera vez, pasó maquinalmente sus dedos por las teclas.
—El piano me responde por ti, Aura —prosiguió don Fernando—; el piano me dice que tú también me quieres, que no me dejarás morir de desesperación... Un instante ha bastado para hacerme pasar de una vida a otra vida, de la vida muerta a la vida viva... Si es verdad esto que pienso, no necesitas decírmelo. Me lo confirmarás callando...
—Si callo, y tú lo dices todo..., verá Jacoba que..., que tú me quieres, que me estás enamorando; y si hemos de hacerle creer que yo no te quiero, porque así nos convenga..., mejor será, tontín, que hable, y que me ría, ¿sí?... como hacen las muchachas que coquetean...
—Conviene que cantes otro poquito... Dos palabras antes del canto: Hagamos de nuestros corazones un mundo aparte, solo para nosotros...
—Mundo aparte... —murmuró Aura con firme acento, arrojando sobre los ojos de su amante toda la luz y el fuego de los suyos—. En un momento hago yo toditos los mundos que quiera.
—Aura, no hables más o me muero... —dijo Calpena casi delirante, violentándose para no gritar—, y si no me muero, te arrebato ahora mismo de esta casa y te llevo a la mía... Canta por Dios, canta un poquito.
—Y tú te callas... Después hablaremos.
—Un momento... ¿Dónde, cómo?
—Luego te lo diré... Silencio ahora.
Mientras cantaba con sublime expresión un trozo de la _Medea_ de Cherubini, Jacoba y sus dos amigos, en la otra estancia, hablaban con elogio del joven Calpena. Propiamente, la Zahón lo decía todo, y ellos, bajo la influencia del dulce elixir que alegraba sus gastados cerebros, apoyaban con fáciles exclamaciones y con expresivos movimientos de cabeza las palabras de la diamantista. Maturana se había encerrado en los monosílabos; Milagro, por el contrario, se lanzaba a la verbosidad más desenvuelta; doña Jacoba tuvo que cogerle por un brazo, obligándole a recobrar su asiento, y a contestar formalmente a lo que tres o cuatro veces le había preguntado sin obtener respuesta.
—No vuelvo a admitirle a usted en mi casa —le dijo— si no me contesta con claridad. A ver: si usted lo sabe, me lo tiene que decir... No valen misterios conmigo.
—Señora mía —respondió don José plantándose la mano abierta sobre el pecho—. Por el nombre que llevo, nombre ilustre si los hay; por la salud de mis hijos, por el amor purísimo de mi esposa, digo y juro que este mozo gallardo es hijo del mismísimo don Juan Álvarez Mendizábal, mi augusto jefe.
—Me lo figuraba —dijo Doña Jacoba con mirada resplandeciente—. Pero me falta saber otra cosa... ¿Y la madre?..., ¿quién es la madre?
—¡La madre!..., ¡la madre!... —murmuró Milagro como en grande confusión, pasándose la mano por el cráneo.
—Sí, hombre..., ¿quién es la madre?
—¡La mamá!... ¡Ah!, ya recuerdo... Con el maldito néctar se le va a uno la memoria... Pues la madre... silencio, que no nos oiga nadie..., es... ¡una reina!
—¡Una reina! —exclamó don Carlos con espantados ojos.
—Chitón... Es un secreto... Y créanme a mí..., peligran las cabezas de los insensatos que lo divulguen... —dijo Milagro puesto en pie, aplicando su dedo índice a los morros alargados—. ¡Una reina!... Chist... Aunque me amenacen de muerte, no saldrá de mi humilde labio el nombre del reino en que reina la señora reina que...
XXII
Todos los biógrafos del insigne Milagro están acordes en afirmar que al salir este de casa de la Zahón para dirigirse con inseguro paso a la suya, quitose el sombrero y con él se abanicó, ávido de frescura y de bañar en aire limpio sus sienes abrasadas, su cráneo sudoroso. Y añaden que con el aire y el ejercicio se le aclararon de tal modo las entendederas, que al atravesar la plazuela de Provincia, camino de la Concepción Jerónima, donde vivía, empezó a sentir en su conciencia la garrafal tontería que a propósito del señorito Calpena se había dejado decir, bajo la acción tóxica del nunca bastante maldecido _curaçao_... «¿Pero he dicho yo esa barbaridad, señor? —pensaba, parándose y mirando al cielo—. ¿Lo habré soñado?... No, no; lo he dicho... aún me parece que me estoy oyendo cuando solté el trueno gordo, cuando afirmé que Mendizábal... ¡Jesús!..., y nada menos que una reina... Vamos, que me daría una tremenda bofetada en castigo de tanta necedad, de tanta estupidez... ¡Una reina..., Mendizábal!... ¡Válgame Jesús bendito! ¡Que un hombre formal como tú, oh Milagro, haya repetido, dándolo por cosa verídica, esos ridículos dicharachos con que se mata el tiempo en las oficinas!... Pues digo, si el señor ministro se entera de que yo... ¡Válgame mi santo Patriarca...!». Al pensar esto, se le erizaron sobre el cráneo los escasos cabellos que poseía... Consternado, intentó volver a la calle de Milaneses para desdecirse de todos aquellos embustes que no eran más que cháchara insustancial de gente ociosa y frívola; pero no se determinó a desandar el camino, juzgando muy oportunamente que _peor era meneallo_. Siguió, pues, hacia su vivienda, haciendo propósito de rectificar serenamente, en noches sucesivas, los groseros dislates de aquella noche, y se recogió taciturno, caviloso. Su mujer le sintió desvelado, dando suspiros y pronunciando monosílabos con que a sí propio se ponía de oro y azul. ¡Infeliz Milagro!
Embebecidos en su amorosa charla, los amantes no repararon en la salida de don José, que les dijo «¡Adiós!» desde la puerta del gabinete; ni se cuidaban de ser vistos u oídos por doña Jacoba, que hablando permanecía con el diamantista, entre cabezadas. Habían alzado, sin darse de ello cuenta, una valla anchísima entre su pasión y el mundo, y nada temían; la pasión crecía por momentos, como una enfermedad fulminante, y a las pocas horas de iniciada, ya no cabía dentro de la reducida esfera del secreto: se salía, se ensanchaba, quería ser patente a los ojos extraños, o por lo menos no temía ser lo bastante poderosa en sí para afrontar la opinión y cuantos obstáculos esta le ofreciera. Mejor que el narrador lo expresan ellos mismos:
—Antes de verte, antes de esta noche bonita —decía Aura—, yo, sin saber por qué, tenía la seguridad de que no estaba sola en el mundo. Cuando te vi, se me quitó de encima del alma el peso terrible de mi soledad.
Y él:
—¡De ayer a hoy, qué abismo! Ayer iba tras de tu sombra; hoy te poseo... Había de llegar, puesto que hay Dios, este divino abrazo de nuestras almas.
Y por aquí seguían, en un vértigo de fogoso idealismo, locos, ávidos de amplificar cada concepto con otro más apasionado y sutil.
Viendo que Maturana se ponía en pie, Calpena hizo lo mismo, y dijo a su amante, consternado:
—Horror de los horrores. Don Carlos se despide. También yo tendré que retirarme...
—Mañana volveremos a vernos... lo más temprano posible.
—¡Mañana! Es muy lejano eso...
La mujer, en lances de pasión, posee más iniciativa y más arbitrios que el hombre. En voz muy baja propuso Aura algo que Calpena oyó con alegría. Cuchichearon... Despidiéronse luego en alta voz. Al poco rato, doña Jacoba daba al señor don Fernando la venia para retirarse, y con afectuosos apretones de manos le ofrecía su casa, y le rogaba que viniese a honrarla con toda la frecuencia que le permitieran sus obligaciones al lado del señor ministro. Juntos salieron el joven y Maturana; separáronse en la esquina de la calle de Santiago; vivía el diamantista en una de las casitas del Patrimonio, plaza de la Armería, junto a la casa de Pajes.
Consta en las monografías del buen Maturana que en el trayecto hasta su domicilio se agarró más de una vez a las paredes para no medir el suelo; y algún biógrafo añade que hubo de subir a gatas la corta escalera de su casa, y que se acostó al instante, muy arrepentido de sus recientes abusivas relaciones con el _curaçao_. «No está bien, no está bien —decía, desnudándose al revés, quitándose las botas antes que el sombrero, y las medias antes que la corbata—. Un artífice, un tasador no debe... no, señor... Es muy expuesto...». Felizmente, era en él añeja costumbre no aceptar invitación de cena o merienda cuando llevaba en su cartera piedras de valor. Aquella noche no llevaba nada. Tardó en dormirse, y daba vueltas en su abrasado cerebro a las ideas sugeridas por Milagro:
«¡Vaya con don Juan Álvarez!... No hay grande hombre que no tenga sus enredos... Ya, ya se ve claro por qué arrambla todos los bienes del clero, que no es flojo botín. Naturalmente, ese dineral lo quiere para sí. Parece tonto, y pide para las ánimas... ¡Tremendas hormigas nos trae Dios acá! Bueno, hombre, bueno: cójase usted media España, y constituya un reino para el niño, para ese hijo de reina... Y ya veo a dónde va a parar con eso de coger todas las campanas de las iglesias y monasterios. Hará un palacio de bronce, todo de bronce, en el que las pisadas de los que entran y salen suenen como campanadas... ¡Ji, ji!... ¡Qué extraño!... El palacio del sonido..., tin, tan... Otra: lo mejor sería que afanase las innumerables alhajas de las Santísimas Vírgenes y toda la plata y oro de las reverendas catedrales, echándolo al mercado... ¡Por Belcebú, qué negocio, qué pujas!... No quiero pensarlo. De Londres, de Ámsterdam y de Fráncfort vendrá la nube de marchantes... Mucho ojo, Maturana... ¡Por san Carojulián bendito, no te descuides!... Y tiene que venir, tiene que sacarse a subasta. Porque todo, digo yo, no ha de ser para el niño...».