Part 16
»Igualmente le invito, afrontando las objeciones que ha de hacerme su delicadeza, a emplear en sus atenciones propias la parte que estime conveniente del dinero de Fernando. No me venga usted con remilgos. Le nombro capellán, o, si se quiere, ayo de ese inexperto joven, y es muy justo que perciba los emolumentos que de ley le corresponden. Déjese usted de cátedras y de más correrías por los ministerios pretendiendo una plaza que ya no le hace falta para nada. Me figuro que sus posibles se van agotando con tan ineficaz y largo pretender, y espero que sin reparo alguno acepte usted lo que con todo el respeto debido le ofrezco. ¿Qué sería de usted si no aceptara? ¿De qué vivirá si, como es muy probable, no le dan la dichosa cátedra? Usted no es hombre capaz de hacer el parásito; usted no se humillará a postulaciones impropias de su severa dignidad. ¿Qué remedio tiene mi buen cleriguito más que dejarse querer, y admitir lo que nunca será proporcionado al gran servicio que prestará a ese pobre niño? Además, ni tiene usted carácter para instruir muchachos, ni podrá nunca acomodar su condición amable a tan ingrata tarea. Si me promete no enfadarse, le diré una cosa: no está mi señor don Pedro muy versado en letras humanas, y apenas conserva en la memoria unas cuantas reglas de retórica anticuada y fiambre, y ejemplos sueltos de prosa y poesía, que ya están mandados recoger. ¿Ni cómo podía ser de otro modo, si usted no coge un libro a ninguna hora del día, y no hace más que hablar de política y toreo, y bromear con Nicomedes? El baúl de libros que trajo de Zamora, lo tiene usted lleno de polvo y telarañas. No ha sacado usted más que un par de cuadernos del _Almacén de frutos literarios_, de Burgos, y el primer tomo (A B) del _Diccionario de Autoridades_... pero no lo sacó para leerlo, sino para recalzar el colchón de su cama que se le hundía por los pies... Quedamos en que no más retórica, no más echar los bofes detrás de una cátedra que desempeñará mejor otro cualquiera. Desde hoy se consagra usted a Fernando, a salvarle del deshonor, a traerle al camino de la honestidad, de la obediencia a los superiores. Es usted, con menos humanidades, pero no con menor abnegación y cariño, el sucesor del benditísimo párroco de Vera, don Narciso Vidaurre. No me replique, señor Hillo, ni me ponga esa cara compungida. Cállese usted y obedezca».
Mediano rato estuvo don Pedro sobrecogido de la fuerte emoción, que hubo de manifestarse en lágrimas y suspiros. Estimando la confianza que en él ponía la divina incógnita, más que la oferta de recursos materiales, decidió aceptar oficialmente el cargo que ya por su voluntad oficiosa desempeñaba, y consideró que rechazar el estipendio sería insigne ingratitud y gazmoñería. Era una salvación milagrosa, pues ya se le acababan a toda prisa los dineros, sin que de ninguna parte pudieran venirle rentas ni gajes, como no fuesen los de la misa que diariamente celebraba. Precisamente había pensado días antes que si no malbarataba todos sus libros, no tendría con qué pagar la casa.
Contento y animoso, sintiendo duplicado el interés por Fernandito y el respeto y admiración de la oculta deidad, dedicó toda su energía a desempeñar la misión que aquella con suprema autoridad le había conferido. Registrado el cuarto de Calpena, no encontraron armas. Recelando que las tuviera en la cómoda guardadas con llave, pensó en proveerse de ganzúa para sustraerlas, pues la incógnita le había mandado que no se parase en pelillos. Pero en esto llego nueva carta, que decía:
«No busque más las armas, señor presbítero, porque las tiene en casa de un amigote con quien ahora intima mucho: Patricio de la Escosura, el artillerito ese a quien suponen, y debemos creerlo, la última mosca cogida en las redes de esa araña de la Oliván. Escosura y otro joven llamado Miguel de los Santos (no me acuerdo del apellido), son ahora los inseparables de Fernando: me figuro que este último le acompaña alguna vez a casa de la Zahón. Según mis noticias, es un truhan de primera, que de todo saca partido para divertirse. Vive en la calle de la Gorguera. Suele andar con uno de los chicos de Madrazo, Perico, a quien apenas apunta el bozo, pero que ya es poeta y prosista. Todos estos niños y otros se traen unas ideas sentimentales que creo yo harán más estragos que los devaneos fúnebres, incendiarios y sanguinolentos del romanticismo. Busque a ese Miguelito de los Santos y hágase su amigo.
»Y vamos a lo principal. Esté usted preparado para un viaje, ¡oh pacientísimo señor don Pedro!, y perdone que le haga andar de coronilla. Dentro de unos días, quizás mañana o pasado, será Fernando trasladado a una intendencia de provincia, probablemente a Cádiz o Barcelona, lejos, lejos. Se le destina a las nuevas oficinas que se crean para la redención de censos y la venta de bienes del clero. No creo que se rebele contra las órdenes del ministro, negándose a salir. Si así lo hiciera, será preciso recurrir a otros medios. Pero no es probable que llegue a tanto su rebeldía... Oiga usted lo que tiene que hacer. En cuanto él reciba su nuevo nombramiento, que irá acompañado de una orden para salir en posta, usted le incita a no dilatar la partida, le dispone coche, se brinda a acompañarle, le dice que volverán pronto; pero la vuelta de ustedes será la del humo; y una vez allá, trínquemele bien. Si logramos apartarle de su infierno siquiera cuatro o cinco meses, estamos salvados, mi buen amigo y _coadjutor_.
»Otra cosa tengo que advertirle. Debe usted, desde que disponga el viaje, abandonar el traje eclesiástico y vestirse de corto. Hasta creo que le sentará bien la ropa _de hombre_, digo, _de paisano_..., tampoco es esto; vamos, de seglar. Como los vientos que hoy corren en España no son muy favorables a las personas eclesiásticas, por la guerra que estas hacen al Gobierno, unos con las armas en la mano, otros con sermones y escritos virulentos, no le conviene a nuestro cleriguito echarse con sotana y balandrán por esos mundos. Tenga presente que dentro de quince días, lo más, saldrá el decreto en que se ordena limpiar a los frailes el comedero, y ya verá usted la tremolina que se arma... Conque cuidado: fíjese bien en lo que me permito indicarle, y procure cumplirlo, sin nuevos intentos de descubrirme, porque si llega a mis oídos el _mascarita te conozco_, no hemos hecho nada. Yo me quedo donde estoy; Fernando en su laberinto de perdición, y usted en su páramo de cazador de cátedras. Adiós».
XXVI
Jurando _in mente_ hacer todo lo que le mandaba la que tenía ya por autoridad suprema y tirana indiscutible, se fue Hillo al Estamento de Procuradores, donde le había citado Iglesias para presentarle a don Agustín Argüelles. Habían concertado destruir, por mediación del que llamaban _Divino_, la mala impresión de Mendizábal con respecto a don Pedro, haciéndole ver que ni era loco ni había sido difamador de Su Excelencia, pues si bien dijo en cierta desgraciada ocasión cuatro palabrejas inconvenientes, hízolo con el noble fin de condenarlas. Menos le importaba la cátedra, con importarle mucho, que la opinión que el señor ministro formase de él; y hasta que no lograse rectificar aquel temerario juicio, no tenía tranquilidad. Mas desde el momento en que aceptaba el cargo que la divinidad incógnita le había conferido, ya la suspirada cátedra y los ministros que la concedían, y todo el gobierno, y lo que Mendizábal pensara de clérigos locos o calumniadores, le importaba un bledo. Iba, pues, con ánimo de decir a Iglesias: «Amigo mío, no haga usted nada, ni se tome el trabajo de presentarme a estos señores, pues renuncio a _la mano de doña Leonor_, y es muy probable que me vaya a mi pueblo, a cavar».
En los pasillos del Estamento había tanta gente, que le fue muy difícil cazar a Nicomedes. La sesión era interesantísima: se discutía el _voto de confianza_. Anduvo de aquí para allá, saludando a los que encontró conocidos, y uno de estos le dijo que Iglesias estaba en la tribuna oyendo hablar a Toreno. Hablaría después Mendizábal, y se procedería inmediatamente a la votación. Arrimose Hillo a una de las puertas laterales, donde había una gran masa de intrusos aplicando la oreja al rumor oratorio, y oyó algunas palabras del conde, pocas y desvanecidas por la distancia. El local era malísimo: el salón de sesiones una iglesia secularizada. Para formar los pasillos circundantes se habían derribado tabiques de la sacristía, aprovechando con fáciles chapuzas la parte de capillas y salas interiores que destruyó el incendio de 1823. Buscó Hillo mejor sitio de escucha por otro lado, y al fin, agazapándose en un rincón de lo que fue camarín de la Virgen, y que caía detrás de la presidencia, pudo ver y oír algo. Por entre una crestería de cabezas distinguió a lo lejos la del señor Mendizábal y parte de su busto. Acababa de levantarse, y hablaba premioso, mirando, ya al pupitre, ya a los _señores de enfrente_. Por su gigantesca estatura descollaba don Juan entre aquel cúmulo de hombres chicos y medianos. A su corpulencia no correspondía su voz, parda y cavernosa, ni menos su oratoria, que en las cuestiones de Hacienda era muy árida y en las políticas elevábase tan solo por la energía que le prestaba su convicción y los tonos dulces que le daba la sinceridad. Estirando mucho el pescuezo por entre brazos y cabezas de curiosos que bloqueaban la puerta, pudo pescar Hillo alguna que otra frase:
—... Pues habiendo tenido la suerte de negociar un empréstito para una nación vecina a 74 por 100, cuando don Miguel...
Y después:
—Se ha dicho aquí si el gobierno, en virtud del artículo 3.º... —siguió un concepto ininteligible, y luego—: Pero, señores, un gobierno que no quiere apelar a poner una contribución extraordinaria, ¿cómo es posible que...?
Retirose don Pedro aburridísimo, viendo que nada en limpio sacaba, y esperó paseándose, leyendo la orden del día puesta en una tablilla, o los partes de la guerra, que siempre decían lo mismo. Por fin, comenzada la votación, los parroquianos de tribunas descendían a los salones bajos y pasillos. Los procuradores, conforme votaban, iban apareciendo por las puertas del salón de sesiones, y el tumulto crecía, la atmósfera era espesa y cálida, y el ruido bastante a marear la cabeza más firme.
Apareciósele Nicomedes, sofocadísimo, echando lumbre por los ojos, entre un pelotón de periodistas, y desde lejos le intimó en esta forma:
—¡Eh, clérigo..., en qué mal día viene! Imposible hacer nada hoy. Ya ve _su merced_ el jaleo que hay aquí.
En pocas palabras le informó don Pedro de que no venía más que a retirar todo lo actuado, y a manifestar a su amigo que ya no quería más recomendaciones ni molestar a nadie. Sin hacer caso de lo que decía el presbítero, prorrumpió Iglesias en ruidosas exclamaciones, a las que siguieron cláusulas narrativas en pintoresco y familiar lenguaje:
—¡Válgame Dios, qué discurso nos ha largado el _camello_! Lo que me hace más gracia es el tonillo sentencioso que toma para decir las mayores simplezas.
Apretose el corrillo alrededor de Iglesias (metiéndose en él don Pedro con empuje de codos), y uno de los jovenzuelos más avispados que en el cotarro bullían, se echó a reír diciendo:
—¿Pero ustedes le oyeron los latines con que hoy nos ha obsequiado?... _Mutatas mutandas_... Es divino este señor.
—Él no sabrá de _citas históricas_, como dijo ayer..., pero lo que es gramática...
—Esto del _voto de confianza_ —manifestó con saña Nicomedes— resulta lo que digo en mi artículo de esta mañana: _un cubilete de charlatán_.
—Como que todo esto no es más que un tapujo de los agios y embrollos que este _don Juan y Medio_ se trae.
—Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno —dijo uno de los presentes, mozo espigadillo, de grandísimos ojos negros, que relampagueaban en su rostro expresivo, con una seriedad que por ser tan seria resultaba extraordinariamente burlona.
—Eso mismo digo yo —indicó Hillo tímidamente—. Bueno, bueno, superior.
—Mi queridísimo amigo Miguel Álvarez —dijo Iglesias, presentándole.
Diéronse las manos, y don Pedro se mostró muy afectuoso, pues aquel encuentro y presentación colmaban sus deseos, y se permitió decir al joven Álvarez que ya le conocía de nombre por sus galanas poesías, por sus artículos y discursos...
—Discursos no —replicó el otro con gravedad socarrona—, porque todavía no los he pronunciado. Los tengo, sí, aquí, en mi mente, y no los cambio por los de Cicerón. Pero todavía están inéditos, padre... Yo también tenía vivos deseos de conocerle a usted personalmente..., que de fama, ¿quién no le conoce? Mi amigo Fernando Calpena me ha hablado mucho de usted... Sé que es un profundo humanista, y que distrae sus ocios en la afición taurina... Yo soy amantísimo de los toros.
«Lo que tú eres, bien lo veo —dijo Hillo para su sotana—: un guasón de primera».
Y siguieron charlando, mientras Iglesias, con hueca voz ponderativa, encomiaba el discurso pronunciado en la primera parte de la sesión por don Agustín Argüelles, a quien se seguía llamando _el Divino_, si bien no aplicaban todos este lisonjero mote en sentido recto.
—¡Señores, vaya un discurso el de don Agustín! Es de los mejores, de los más elocuentes que ha pronunciado en su larga vida parlamentaria. Si el _camello_ hablara así, ¿quién le aguantaba?
Y deteniendo a un joven espigado, pulcro, bien afeitadito, vestido con esmero y elegancia, que de un cercano grupo se desprendía, le dijo:
—Querido Juan, ven acá. ¿Qué te ha parecido el discurso de la _divinidad_?
—Verdadera divinidad tutelar es don Agustín para ese buen señor. ¿Qué sería de Mendizábal sin esta defensa, sin este escudo, sin esta protección?
—Sería lo que la yedra, cuando muere el tronco del olmo a que se agarra —dijo uno de los que se adherían a Iglesias—. A ver, señor don Juan Donoso, usted que lo entiende, ¿qué opinión ha formado del discurso de don Agustín?
—Admirable como forma —declaró con aire de suficiencia el que llamaban Donoso, joven extremeño que iba para notabilidad literaria y política—, poco sólido como aparato dialéctico. Me recuerda la oración _Pro lege manilia_. Fáltale la primera condición de toda pieza oratoria, el convencimiento. Se ve que no cree en la leyenda de este buen señor, ni en sus planes, ni ve nada dentro del artificio del _voto de confianza_. Le defiende porque no es decoroso despedirle cuando hace tan poco tiempo que nos le han traído con tanta parambomba. Fara mí esto es claro. El generoso don Agustín, empleando excesivamente la argumentación _extra causam_, ha sabido cubrir con la púrpura de su elocuencia esta olla vacía...
Alejose llamado desde el cercano grupo, y dejó el puesto a otro de los amigos de Iglesias, al inquieto y vivaracho González, el cual, antes de que le preguntaran, se metió en el corrillo diciendo:
—Caballeros, para mí, este buen don Agustín chochea...
Prodújose después de esto un silencio repentino, porque apareció el propio Argüelles, viniendo del salón hacia la sala donde despachaban y recibían los ministros (que era parte del refectorio del transformado convento; en la otra parte se reunían las juntas de comisiones). Pero acosado por los felicitantes y aduladores, el buen señor no podía dar un paso.
—Bien, don Agustín, sublime... Como siempre, el Demóstenes español.
Y él, con bondades y modestias, de esas que se usan en la política, desplegando todo aquel sonreír dulce y un poquito clerical, que caracterizaba su rostro austero, respondía:
—He salido del paso como he podido... No tenía más remedio que defender el _voto de confianza_, que es un resorte político y parlamentario muy recomendable en ocasiones como la presente... No sé de qué se maravillan estos señores moderados; si en el Parlamento inglés estamos viendo todos los días esta clase de concesiones amplias a la iniciativa gubernamental... Creo haber puesto la cuestión en su verdadero terreno... Ya se le habrá pasado el susto al pobre Mendizábal...
—Señor don Agustín —le dijo Iglesias con toda la franqueza compatible con el respeto—, es usted el hombre de más abnegación que existe en el mundo. Yo creí que ciertas virtudes eran incompatibles con la política; pero ya veo que no, ya veo que no.
—¿Por qué dice usted eso? —preguntó el _Patriarca de la libertad_, más risueño que sorprendido—. He cumplido con mi deber... Están ustedes soñando si creen...
—No les ha parecido esta buena ocasión para derribar el falso ídolo.
—Aquí no somos idólatras, amigo Iglesias: aquí no hay más que hombres de buena voluntad que trabajan por la libertad y el bien del país, cada cual según lo que puede y sabe...
Y acosado por la turba de felicitantes, siguió de grupo en grupo, perdiéndose entre el gentío. Trueba y Cossío, secretario de la Cámara, pasó saludando risueño; mas no quiso dar su opinión. En un grupo de ministeriales, de los empedernidos, claveteados de optimismo, decían:
—Argüelles haciendo equilibrios; Toreno velado, avieso, dejando traslucir, hoy más que nunca, su mala intención; Mendizábal admirable, diciendo claramente lo que debe decir, y callándose lo que le conviene reservar.
—Esta es la verdadera elocuencia parlamentaria, a la inglesa... Lo que yo digo: el Parlamento no es una academia. Aquí se viene a ilustrar las cuestiones.
Y más allá:
—Esto es una farsa. Lo que se quiere es desacreditar la representación nacional... poner en un conflicto a la corona...
—Y desquiciarlo y revolverlo todo, ya está visto, para traernos el reinado de la plebe...
—Que sigan así las cosas, y pronto tendremos que no hay más que dos partidos: la camisa sucia y la camisa limpia.
—Se ve venir el imperio de las chaquetas. Las levitas van a menos.
—No así las de _don Juan y Medio_, que cada día son más largas.
Salió al fin del tumulto don Pedro acompañando al joven Álvarez, y como este dijera que iba al café del Príncipe, _vulgo_ Parnasillo, se pegó a él, pretextando quehaceres en la misma calle, con la plausible intención de sonsacarle lo que supiera referente a Fernando. En la Carrera encontraron a Pepe Díaz, y estando con él de conversación, llegaron por la calle del Lobo otros dos, que Hillo no conocía. Eran Segovia y Juan Bautista Alonso, que traía bajo el brazo un rimero de poesías. Nada más frecuente entonces que ver a los mozalbetes por la calle cargados de paquetes de versos, como si vinieran de compras.
—Oye, tú —dijo Segovia a Miguel de los Santos cogiéndole de las solapas—, he visto a ese chico que me recomendaste, ese Eugenio...
—Hombre, sí..., excelente chico. ¡Qué simpático, qué modesto! Por cierto que no acabo de aprender su nombre.
—Ni yo. Espérate a ver si me acuerdo...
—Yo me acuerdo, yo —dijo Díaz rascándose la frente—. Un apellido endemoniado..., así como...
—Es hijo de un alemán —indicó Alonso—. Le conozco, sí... Su padre le ha hecho un flaco servicio llamándose como se llama.
—Ya me acuerdo..., _Arzen..., Arzin_...
—_Arzembuch_, escrito con _H_ y con _n_.
—Justo, así es —añadió Segovia—. Pues como te digo, el pobre muchacho no sabía qué hacer conmigo. Me llevó a su casa y me enseñó una obra... ¡Vaya una obra!
—¿En prosa o en verso?
—¿Pero qué dices ahí?... ¡Si era una mesa!
—¡Una mesa! Verdad que es carpintero antes que poeta.
—Si a la caoba llamas tú poesía, la mesa es una obra en verso.
—¿Y esa mesa no tenía cajón?
—Hombre, sí; y del cajón sacó cuatro tragedias y dos comedias del teatro antiguo barnizadas por él... _Los empeños de un acaso_ y _La confusión de un jardín_.
—Ya caigo —dijo Alonso—: es el autor de aquella famosa _Restauración de Madrid_ silbada horrorosamente en la Cruz hace dos o tres años.
—¡Pobre Eugenio! —exclamó Díaz—, es tan tímido, tan para poco, que no saldrá adelante, valiendo mucho y sabiendo lo que sabe.
—Pues veréis: entre las tragedias que sacó del cajón de la mesa, había un drama, los dos primeros actos de un drama...
—_Los Amantes de Teruel_... ¿Te los leyó?
—Empezaba yo a leer, cuando entró ese loquinario, ese Calpena, y... Él fue quien leyó, ¡pero con una entonación, chico...!, vamos, tan bien leía, que si nos encantó la obra, no nos maravilló menos el intérprete.
—Ya le he dicho —indicó Alonso— que debe dedicarse al teatro, a la escena. Sería un gran actor.
—¿Y dónde dejasteis a Calpena? —preguntó Álvarez.
—Con Eugenio ha ido al Príncipe, a ver el ensayo del _Antony_.
—Pues allá me voy... ¿Vamos?
Excusáronse Alonso y Díaz por tener quehaceres, que debían de ser poéticos; pero Segovia se agarró del brazo de Álvarez, con ánimo de acompañarle. Calle abajo se fueron dos, y los otros, con el pegadizo don Pedro, se metieron por la del Lobo. Por cierto que el buen presbítero, ya en la pista de su don Fernando, si por una parte se hallaba satisfecho de haber encontrado en Miguel de los Santos un diligente y afectuoso auxiliar de su campaña, por otra se sentía contrariado de tener que abandonar el campo, cuando tan favorables circunstancias aquella tarde le ofrecía el acaso, o la Divina Providencia. Al despedirse de Álvarez en la puerta del teatro por la calle del Lobo, le dijo apenadísimo:
—No saben cuánto siento no poder colarme con ustedes en el ensayo. Me gusta extraordinariamente ver ensayar... ¿Pero cómo entro vestido de cura? No puede ser. Otra vez será.
Y se fue triste y cabizbajo, diciendo a las baldosas de la calle: «Razón tiene la señora incógnita al recomendarme que para andar en estos trotes me vista de seglar... No más hábitos. Por san Juan Capistrano, mañana mismo los ahorco».
XXVII
Salió don Fernando Calpena del ensayo de _Antony_ con un grave aumento de la locura que ya por sus exaltados amores padecía, y al despedirse de su amigo Juan Eugenio en la esquina de la calle de las Huertas, le dijo que ni se había escrito ni se volvería a escribir un drama tan excelente, verdadero evangelio de los desheredados a quienes oprime la balumba del artificio social. El carpintero-poeta, cuya mente conservaba un excelso reposo, no expresó nada en contra de tan radical opinión; pero algo tenía que decir sin duda, solo que se lo reservaba para más adelante, cuando los años y la experiencia le dieran la autoridad de que entonces carecía. No hizo más que mirar a su amigo con aquella expresión de intensísima agudeza, que conservó hasta su vejez, y apretarle las manos. Al separarse le dijo:
—Tendré copiado el acto tercero el sábado, y en seguida podrás leerlo. Aparece Isabel en la primera escena, vestida para la boda... Luego entra don Rodrigo... En fin, ya lo verás. Adiós.
Y echó a correr hacia su casa, con pasito corto y vivaracho. Era pequeñín, todo nervios, con una cara ratonil, graciosa y llena de inteligencia, unos ojuelos que despedían lumbre, y una boca como la de los ángeles feos, que también los hay, según dicen. Calpena le miró alejarse, y melancólico se decía: «¿Por qué Dios no me dio a mí su talento?... Bien podía habérmelo dado, sin quitárselo a él..., bien podía...».