Memorias de un cortesano de 1815
Part 9
—Y no dudo que lo consigan —añadí con magistral oficiosidad—. Será lástima que un ministro tan probo, tan entendido, tan decente como el señor don Juan Pérez...
—¡Oh! Yo pienso hablar al rey hoy mismo con energía —afirmó aquel hombre que no había sido nunca enérgico más que para pasarse de un partido a otro—. Esta detestable servidumbre, autora de la bárbara política que se hace hoy, así como de las crueldades de los comisarios enviados a provincias por privada disposición del rey, sin contar con nosotros; esa vil servidumbre, esa desastrosa política, repito...
No dijo más porque se acercó a nosotros un nuevo personaje. Era el obispo de Almería, inquisidor general.
—Bien venido sea el señor obispo —dijo don Pedro ceremoniosamente.
—Felices, hijo mío —repuso el prelado sonriendo—; ¿esa salud cómo va? ¿Pero no anda por aquí el señor Collado?... ¡Señor Collado!
Y dirigió sus miradas a un lado y otro sin dejar la sonrisita.
El lacayo acudió presuroso mientras los presentes besábamos el anillo a Su Ilustrísima. Tenía el de Almería un semblante de angelical bondad, que al punto le ganaba las simpatías de cuantos tenían la inefable dicha de tratarle. Hombre menudillo y achacoso, no dejaba por eso de ofrecer un aspecto patriarcal. Viéndole, se sentía uno inclinado a las buenas acciones, a la mansedumbre evangélica, a la exaltación mística y a la piedad. No salía de su boca palabra alguna que no fuese la misma devoción y un compendio del Evangelio.
—No he querido retirarme sin hablar con usted —dijo a Chamorro—. Vengo de ver a Su Majestad, y le he recomendado el asunto de las señoras de Porreño. Se presenta muy favorable; pero es preciso que me lo apoye usted, pero que me lo apoye en forma, ¿estamos?
—Descuide Su Ilustrísima —repuso el exaguador—. Se atenderá con mucho gusto.
—También el señor Artieda lo toma con gran calor —prosiguió el príncipe de la Iglesia con benévola sonrisa—; pero no me fío de Artieda, que es un poco falso. Usted es más formal, señor Collado... ¡Ay, como usted me descuide este asunto...! Son infinitas las personas de viso que se interesan por esas pobres señoras. Aquí precisamente tenemos una.
El obispo me señaló. Inclineme respetuosamente.
—En efecto —dije—. Conozco mucho a esas señoras y ya he dado algunos pasos... Es indudable que alcanzarán lo que solicitan... O hemos de poder poco, Ilustrísimo Señor, o lo conseguiremos.
—Es preciso hacer algo por los desgraciados —afirmó el inquisidor dando un suspiro y poniendo los ojos en blanco—. Esto es más que un favor, señor Collado; es una obra de caridad... No me descuide tampoco aquel asuntillo de mis primas, ¿eh?
—Puede Su Ilustrísima ir sin cuidado —replicó el exaguador—. Todo se hará.
—Si no se tratara de obras de caridad, no molestaría... —dijo el prelado en tono de protesta—. Pero, ¡ay!, amados hijos míos, no se ven más que lástimas y miserias... Yo quisiera atender a todo; pero soy un pobre pastor viejo que apenas puede ya con el cayado... Conque, ¿quedamos en ello? —añadió con apresuramiento y afán de marcharse, porque había llegado la hora de la comida—. No necesitaré dar a usted nota escrita, ¿verdad?
—Tengo buena memoria —repuso el aguador, besando de nuevo el anillo al noble prelado—. Téngala Usía Ilustrísima también para mí en sus oraciones.
Nos disponíamos a acompañarle hasta la sala inmediata, donde le aguardaban sus familiares, cuando a él y a nosotros nos detuvo otro sujeto, también anciano simpático y venerable, que de improviso entró. Era don Tomás Moyano, ministro de Gracia y Justicia, célebre por sus muchos parientes, que iban viniendo en tribus invasoras de los pueblos de Rueda, Medina y La Seca, para acomodarse en la administración. Había sustituido a Macanaz. Si he de decir verdad, era hombre altamente insignificante, que por nada se distinguía como no fuera por su obesidad. Al entrar hizo algunos gestos, como mandando a todos que nos detuviéramos para comunicarnos algo de mucha importancia, y antes que le preguntáramos, dijo a voces:
—Aquí llevo el decreto para que lo firme Su Majestad.
—¿Qué decreto? —preguntaron varios con curiosidad suma.
—Señores —exclamó declamatoriamente—, felicitemos todos al señor Inquisidor general por la merecida distinción con que acaba de agraciarle Su Majestad.
—Nada más justo —dijo Ceballos, descifrando el enigma, y haciendo una cortesía al digno prelado—. Su Majestad ha concedido a Su Ilustrísima la Gran Cruz de Carlos III.
—¿Y eso era?... —balbució el pastor—. Pero ¿en qué están ustedes pensando?... ¡Darme a mí la Gran Cruz, a mí, que estoy muy lejos de merecerla, cuando hay tantos otros...!
—Fue idea mía, señores —dijo Moyano con vanidad indescriptible—. Anoche lo propuse a Su Majestad, y al punto... Hoy he extendido el decreto —añadió pasando la vista por un papel escrito—, y no le falta más que la firma... «En atención a los méritos del muy reverendo, etc... y en _premio de su humildad apostólica..._»
—_En premio de su humildad apostólica_ —repitió Ceballos—. Me parece admirable. Señor prelado, felicito a Usía Ilustrísima.
—¡Todo sea por amor de Dios! —murmuró el obispo juntando las manos.
Nos inclinamos todos, y aquello fue un coro de felicitaciones y plácemes. Al santo y humilde pastor casi se le saltaban las lágrimas de puro enternecimiento. Yo estaba también muy conmovido.
—En vez de ocuparse en repartir cruces a los pobres viejos achacosos —dijo el inquisidor, con ese tono de represión benévola y delicada que se emplea para condenar aparentemente las cosas que más nos agradan—, debiera usted ocuparse, señor Moyano, en expedir de una vez ese decreto en que Su Majestad nos concede el uso diario y constante de nuestra venera.
—Es verdad —repuso Ceballos—; pero ya hemos tratado en Consejo este asunto. No se puede hacer todo de una vez.
—Se ha despachado primero la creación de la _Cruz de Valencey_ —indicó Eguía.
—La _Cruz de los Persas_ nos ha dado también mucho que hacer, —añadió Moyano.
—Y la _Cruz del Escorial_.
—Pero la de los señores inquisidores quedará despachada bien pronto, y podrán usar su distintivo diariamente, como los caballeros de Calatrava y Santiago, a fin de que sean conocidos del pueblo, y respetados y considerados como merece ese alto instituto.
—La visita que Su Majestad nos hizo el otro día —dijo con dulzura el prelado—, dignándose ver y fallar varias causas, sentado al lado nuestro y compartiendo nuestras fatigas, debía señalarse con una distinción solemne hecha al Supremo Consejo. Así entiendo yo la cruz que se me ha dado, señores: se ha querido honrar a toda la corporación, honrando a este indigno soldado de la fe. Doy las gracias a los generosos amigos de Su Majestad que se han acordado de este humilde siervo de Dios; y pues nobleza obliga, suplico a los señores ministros presentes que me acompañen hoy a la mesa.
—Yo acepto —dijo don Pedro Ceballos, con cortesana desenvoltura—. Desde el banquete que Su Ilustrísima dio al rey el día de la célebre visita, corre por estos barrios la noticia de que el cocinero del Inquisidor general es uno de los mejores de Madrid.
—Un pasar decoroso y nada más —repuso el Prelado—. Conque, señores, ¿no hay otro de ustedes que quiera hacer penitencia?
—Harela yo también, señor obispo —dijo don Francisco Eguía, estrechando fervorosamente la mano que el reverendo le alargaba.
—Por mi parte, no desairaré a Su Ilustrísima —manifestó Moyano, lleno de piedad cristiana—. El despacho con Su Majestad será breve.
—Señor duque —dijo Su Ilustrísima, despidiéndose—. Señor Collado, señor Pipaón, mil bendiciones para todos, y mil millones de gracias por sus bondades.
Salieron.
—¡Id con Dios!... ¡Fuera, fuera, _vil chusma_! —exclamó el duque, moviendo los brazos como cuando se espanta una turba de insectos importunos—. Esta sí que es _vil chusma_.
—Los pobrecitos se contentan con lo que les dan —indicó Chamorro sonriendo—. La verdad es que no molestan demasiado.
—Ya Ceballos da por muerto a su compañero y amigo Villamil —afirmé yo—. Ese fatuo insoportable me ha pedido noticias, y dice que esta noche piensa echar a Su Majestad un discursito acerca de la _vil chusma_.
—Ya veremos —indicó Alagón, haciendo ademán de pegar.
—Después lo veremos —repitió el exaguador.
—Y qué tal, señor Collado —preguntó Paquito—, ¿ha podido usted conseguir algo esta mañana?
—Así, así —repuso el lacayo, rascándose la sien—.Todavía no acaba de convencerse.
—Se le ha puesto entre ceja y ceja que Villamil es un hombre necesario, y apéele usted de esa burra —dijo el duque.
—Creo que esta noche le convenceremos —indicó el aguador—. Ya esta tarde, cuando le vestimos, parecía más inclinado...
—¿Ha habido piano esta tarde? —preguntó con afán el capitán de la guardia.
—Un poquitín de _forte piano_ —replicó el lacayo maliciosamente.
—¿Y esta mañana?
—Rasca y más rasca... No se le podía meter el diente. Artieda, por importuno, se llevó una rociada de vocablos, que si fuera de palos, no le quedara un hueso en su lugar.
Esto necesita una explicación. Les favoritos habían observado que cuando Su Majestad, al sentarse junto a la mesa de su despacho, movía volublemente los dedos sobre ella, como quien toca el piano, modulando al par entre dientes un sordo musiqueo, se hallaba en excelente disposición para conceder lo que se le pedía. Por el contrario, cuando se rascaba la oreja o se pasaba la palma de la mano por la frente, era casi seguro que negaría la petición. Ajustaban todos hábilmente su conducta a estos externos signos del humor del príncipe, y por tal ley se regían los sucesos. Un gran movimiento en Palacio, excesivo flujo y reflujo de intrigas, febril actividad en los excelsos camarilleros, indicaban que era día de piano.
—Esta tarde vamos a paseo —dijo el duque—, y daré otro ataque. ¿Qué órdenes hay para esta noche?
—Come solo.
—Mejor. Ya me ha dicho que no irá al teatro en toda la semana. Habrá tertulia —murmuró el duque reflexionando—. No falte usted a la tertulia, Pipaón.
—Ni tampoco el señor don Antonio —dijo Chamorro levantándose.
—No faltará —aseguré yo.
—Voy adentro antes que me llame —añadió el aguador—. Hasta la noche, señores.
—Hasta la noche.
Luego que nos quedamos solos, el duque me dijo:
—Que no deje de venir esta noche don Antonio. Es hombre a quien cada vez estima más Su Majestad. Personas de tales prendas debieran poseer por entero la confianza de los reyes, no ese estúpido Chamorro...
—¡Ah! Usted piensa como yo, que... —dije adaptándome rapidísimamente, según mi costumbre, a las ideas de mi interlocutor.
—¿Qué?
—Que ese Chamorro es un bestia.
—Un dromedario, en cuya joroba no vendrían mal todos los palos que él daba a su pollino cuando traía agua de la fuente del Berro.
—¡Quién sabe!... Puede que el palo esté ya cortado de la rama y alguien esté afilándole los nudos.
El duque se echó a reír, marchando ya hacia la puerta, para ir a la regia cámara.
—Si de mí dependiera... Cuidado, amiguito Pipaón —añadió cautelosamente—, con dejar entrever a ese avestruz el asuntillo de que hablamos ayer en la Trinidad.
—¡Oh, el asuntillo! ¡Y qué asuntillo, señor duque! —exclamé restregándome las palmas de las manos una con otra, y alzando los hombros.
El duque se puso el índice en la boca, y cordialmente se separó de mí. Poco después estaba yo en casa de don Antonio Ugarte, contándole todo lo que había visto y oído.
XIX
A las nueve de la noche pisaba yo la cámara real, aquella deslumbradora cuadra, colgada y ornada de amarillo, en cuyas paredes los más hermosos productos del arte (todavía no se había formado el Museo del Prado) recibían diariamente, como gentil holocausto, el humo de los mejores cigarros del mundo. Diversos bustos de príncipes de ambos sexos puestos sobre las mesas, alegraban la estancia con sus caras satisfechas. Las miradas de sus ojos de mármol parece que confluían al centro, y se contemplaban unos a otros, a veces risueños, ceñudos a veces, según era festiva o lúgubre la tertulia. Casi en el centro de uno de los testeros, media docena de hombres desvergonzados, sucios, casi desnudos unos y haraposos otros, con semblante estúpido y ademanes incultos todos, se reían de la tertulia constantemente, embrutecidos por el vino. Eran _Los Borrachos_, de Velázquez. A veces aquellos hombres puestos en alto, entre los cuales el del centro escrutaba con su mirar insolente toda la sala, parecían una especie de tribunal de locos. En un rincón, junto al hueco de la ventana, refugiado en la sombra y casi invisible, veíase un hombre lívido, exangüe, cuya mirada oblicua lo abarcaba todo desde el ángulo oscuro. Vestía de negro, y en una de sus manos llevaba un rosario. Era _Felipe II_, pintado por Pantoja. En aquel retrato se detuvo en pie Napoleón, contemplándolo con atención profunda un día de diciembre de 1808.
Cuando yo entré en la cámara real, Su Majestad estaba sentado en un sillón a poca distancia de la chimenea encendida; tenía la cabeza echada hacia atrás, de modo que miraba al techo, dirigiendo hacia él el humo de su cigarro. A espaldas de su señor estaba Pedro Collado, y no lejos Artieda, menudillo y algo compungido, de semblante un poco aclerigado, ya viejo, tardo en hablar y moverse, pero de ojos muy observadores. El duque había entrado conmigo. Saludamos al rey, distinguiéndome yo por mis exageradas muestras de veneración y amor, a estilo Lozano de Torres (aún no es ocasión de hablar de este personaje). Fernando me recibió con aquella placentera bondad que le reconocen amigos y enemigos, y luego en el tono más campechano del mundo nos dijo:
—Duque, siéntate... Siéntate, Pipaón.
Volviendo la cabeza a un lado y otro, añadió:
—Collado y Artieda, sentaos.
Los dos venerables criados, el prócer ilustre y yo, humilde hijo de labradores, nos sentamos frente al poderoso, en los divanes que había a un lado y otro de la chimenea.
Puso Fernando una pierna sobre la otra (¡cuán presentes tengo estos detalles!), y retorciendo el cigarro en la boca, dejó caer de sus augustos labios estas palabras:
—¿Qué se dice por ahí?
—Esta tarde —replicó Collado— han ido a comer con el inquisidor general, don Pedro Ceballos, Eguía y el señor Majaderano.
—¿Quién es Majaderano? —preguntó con indiferencia Fernando.
—El ministro de Gracia y Justicia —repuso Alagón—. Así le llamaba _Gallardo_ en su graciosa _Abeja_.
No nos reímos, porque el Monarca permaneció impasible. Al fin, sonriendo, dijo:
—¡Ceballos sentado a la mesa con el inquisidor!
La señal fue dada. Todos soltamos la risa.
—¿Si querrá don Pedro participar al prelado cómo va la secta masónica de que es jefe? —dijo el duque.
—Yo había oído que era masón —afirmé con malicia—; pero hasta ahora no sabía que era el Papa de los Hermanos.
—Tan cierto como es noche —afirmó Alagón, observando el semblante de Su Majestad, que demostraba poco interés en la conversación.
—Lo que asombrará más al mundo —indicó Collado— es saber que los masones tienen su logia en la casa misma de la Inquisición.
—¡Hombre, tanto como eso...! —murmuró el rey con indolencia.
Todos fijamos en él la vista.
—Quizás se trate hoy de eso en la comida del inquisidor —añadió Paquito.
—Artieda —ordenó Fernando bruscamente—, trae cigarros.
El lacayo dio al rey lo que este pedía, y habiéndonos ofrecido a todos los presentes, fumamos. El humo de los cuatro cortesanos juntábase con el del rey en los oscuros ámbitos del techo, donde hacían cabriolas media docena de dioses y ninfas pintadas por Bayeu.
—¿Qué habláis ahí de francmasonería? —preguntó Fernando, después de una larga pausa en que no se oía más ruido que el del enorme reloj, cuya ancha esfera y pagana figura de bronce ornaban la chimenea.
—El señor ministro de Estado de Vuestra Majestad lo podrá decir —repuso Collado.
—¿Qué hablas ahí, estúpido? —dijo Fernando, sacudiendo un poco su somnolencia.
—Señor —repuso el criado, apoyando los codos en las rodillas y observando el cigarro mientras lo volteaba entre los dedos, liando y desliando la ensalivada capa—. Los tontos y estúpidos son los que dicen las verdades. Vaya por las que he dicho a Vuestra Majestad en ocho años.
—¿Hablabas de Ceballos?
—Sí, señor.
—Decías que era francmasón. ¿Acaso hay ahora francmasones? —preguntó el hijo de Carlos IV con viveza.
—Los hay, los hay —aseguró Collado—. Esta mañana hablábamos el señor Pipaón y yo de la taifa de masones que va saliendo por todos lados, como mosquitos en verano, y... que cuente el señor Pipaón lo que sabe.
—Pipaón —dijo el rey con evidente deseo de variar la conversación, y sonriendo picarescamente— no entiende más que de cortejar muchachas bonitas.
Hice una reverencia a la bondadosa Majestad, única contestación que dar podía a broma tan impropia de la gravedad de mi carácter.
—Sí —añadió el señor de dos mundos, juntando la nariz con la barba—: con esa cara de Pascua florida y esa hinchazón de consejero de Castilla, es el mayor amparador de doncellas que hay en Madrid. Se mete en las casas más honestas, saca los tiernos pimpollos, los conduce, socolor de música y fiestas, a los barrios bajos, los lleva también a las procesiones, a las fiestas de los conventos...
—Señor, señor...
Yo no podía decir otra cosa, humillando mi frente de vasallo, ante la sonrisa de quien me honraba dejando caer sobre mí las relucientes ascuas de sus burlas reales. De repente, aquellos cortesanos tan diestros, tan hábiles en el conocimiento de las conveniencias de la cámara, así como de la caprichosa voluntad de su señor en la marcha de los diálogos que allí se sostenían, dejáronme solo en presencia de Su Majestad. El duque llevó a los dos criados al otro lado de la estancia.
Pausa. Fernando contemplaba el techo, y al fin, como quien sale de honda distracción, mirome fijamente y preguntó:
—¿Qué decías?
—Señor, Collado ha apelado a mi testimonio en apoyo de sus opiniones sobre la francmasonería, y yo debo decir...
—Que todos son masones, y yo el jefe de ellos... ¿Te ríes? Pues no falta quien lo asegura así.
—¡Oh!, señor, antes que pronunciar tal desacato, mis labios callarían para siempre.
—La verdad es que hay un Oriente en Granada, que preside el conde del Montijo... —continuó el rey.
—Justamente, señor, y...
—Y en el cual parece andan también muchos hombres graves que no debieran ponerse en ridículo... pues tengo para mí que eso de la masonería es una farsa grotesca, que no conduce a nada bueno ni a nada malo. Muchos son masones para ocultar sus amores nocturnos —añadió con viveza—: por ejemplo, tú... Dime, ¿a qué logia ibas anoche con aquellas dos damas?
—Señor... —repetí confundido.
Indudablemente me puse como una cereza. Él me dijo con mucha gracia:
—La desmayada se me presentó otra vez al día siguiente en la Trinidad. Cojeaba un poco, y estuvo a punto de caer segunda vez. Muchos tropiezos son en tan poco tiempo.
—¡Oh!, sí, muchos tropiezos. Vuestra Majestad sabe ya quién es la madre, la hija, el hermano, etc... En cuanto a la niña, no hay otra en Madrid ni más linda ni más graciosa.
—En verdad —indicó el rey, dando a aquel asunto un interés inmenso—, sus facciones no son perfectas; pero la expresión de su cara es encantadora, y el conjunto de sus facciones...
—¡Oh, seductor! ¿Pues y aquellos torneados brazos, y aquel cuello de alabastro?...
—¡Y qué pie tan bonito! ¿No es verdad? —preguntó Fernando con sencillez suma, no menos engolfado que un mozalbete en la contemplación imaginaria de la beldad soñada—. Paco no ha podido decirme los motivos de aquel brusco encuentro: ¿a dónde ibais? ¿de dónde veníais?
Comprendiendo que marchaba por buen camino, expuse a mi interlocutor los verídicos hechos de mi paseo nocturno, sin omitir nada, ni alterarlos, ni olvidar antecedente ni móvil alguno; y en el momento en que pronuncié el nombre de Gasparito Grijalva, sorprendiose mucho, y alzando la voz, me dijo:
—Hoy ha estado aquí su padre a pedirme que ponga en libertad a ese niño. Es una buena obra... lo he concedido al momento. ¿No crees tú que es una buena acción? La pobre muchacha merece esta recompensa por su puro y noble amor.
Yo callé.
—¿No crees tú que es una buena obra ponerle en libertad?... ¿No crees que mañana mismo...?
Seguí callando y moví la cabeza en ademán dubitativo.
—¡Cuán dulce prerrogativa es la del perdón en los reyes! —exclamé—. Dios se la concede para que sean superiores a las mismas leyes, que no tienen más que la de la justicia.
Fernando pareció fastidiado de mi pedantería, y bruscamente me dijo:
—¿Qué crees tú? Dilo con franqueza.
—Mi opinión, señor —repuse con humildad—, no debe ser de ningún peso en las resoluciones de Vuestra Majestad; pero si me viera precisado a darla...
—Ya la espero —afirmó con impaciencia aquel hombre prudentísimo que no quería nunca proceder de ligero en sus resoluciones.
—¿No hay tiempo de poner en libertad a ese loco? —dije con la mayor osadía—. ¿Por fuerza ha de ser mañana, señor?
—Verdaderamente es así. Pero yo prometí a ese anciano la libertad de su hijo...
—¡Qué dulce prerrogativa es la del perdón! —repetí compungidamente—. ¡Y qué placer tan grande debe de experimentar el corazón de un Monarca al conceder mercedes a sus súbditos, sin omitir a los más grandes criminales! Las alegrías que con una sola palabra produce, ¡cuán benditas son! ¡Cuántas lágrimas se enjugan! ¡Cuántos corazones palpitan gozosos! El de Presentacioncita, en este caso, saltará dentro del blanco seno, más por ver logrado su empeño que por amor al mancebo.
—Pues qué, ¿no está enamorada de ese calaverón?... —preguntó con mucha viveza, hondamente interesado en todo aquello que pudiera contribuir al bien de sus súbditos.
—No lo creo... Le tiene afecto, un afecto caprichoso y nada más. Es niña de mucha ambición... Ha de saber Vuestra Majestad que tiene aspiraciones locas, insensatas...
—Aspiraciones locas —repitió—. ¡Vaya con la niña!
—Si Vuestra Majestad la tratase; si pudiera apreciar por sí mismo los vuelos de aquella imaginación ardiente...
—La cojita no puede ser más mona —dijo el rey, dando a sus ojos expresión semejante a la que en los suyos tenía alguno de los individuos del lienzo de Velázquez—. ¡Y qué cuerpo tan bien formado!... Es una preciosidad... una joyita de carne y hueso.
Hablome en este tono largo rato, demostrándome su mucha afición a las artes, y principalmente a la escultura, de la que era especial devoto.
—¡Y pensar que tales tesoros van a ser para ese tronera de Gasparito Grijalva! —exclamé yo—. ¡Vamos, quién se lo había de decir a ese calumniador de Vuestra Majestad, a ese charlatán irreverente y desvergonzado que mañana mismo va a recibir de Vuestra Majestad generosísima el perdón de sus culpas, y que con el perdón va a entrar en el pleno goce de sus derechos amatorios!...
—¡Es su novio, su pretendiente!... ¡Cómo se divierten esos chicos... que no son reyes!
—Y no la deja a sol ni sombra. ¡Qué pesado es! Como la condesa le permite entrar en la casa, allí está a todas horas el barbilindo, cosido a las faldas de su Filis. No puede la niña pestañear sin que el moscón se entere...
—¡Hombre! —exclamó el rey, dándose una palmada en la rodilla—, me carga ese niño.
—¡Y qué lengua!... ¡Qué lengua! Es capaz de revolver a todo Madrid.
—En verdad, Pipaón, que si no fuese porque prometí a Grijalva ponerle en libertad...
—¿Pero por fuerza ha de ser mañana? —me atreví a decir—. ¡Ah!, Vuestra Majestad no sabe ser generoso a medias, y por hacer bien no repara que favorece a sus enemigos.
—No estaría de más que ese don Gasparito, o don Moscón, durmiese unas noches más en la cárcel. ¿Qué te parece, Pipaón?
—Admirable: unos días más de encierro, y después se le pone en la calle... ¡Generosidad y previsión! ¡Ejemplares virtudes que no deben separarse jamás!
—Dices bien; pero yo... —objetó Su Majestad, sacudiendo el cigarro y pidiéndome fuego para encenderlo—, pero yo quisiera servir a ese pobre y leal don Alonso... Cuando yo estaba en Francia, me prestó varias cantidades sin interés ninguno.