Memorias de un cortesano de 1815
Part 10
—Si Vuestra Majestad aprecia en algo mi parecer, me tomaré la libertad de decirle que Grijalva tiene asuntos de más interés que el de su hijo, y en los cuales puede recibir inmensos favores de su soberano.
—¿Cuáles? Dímelo pronto.
—El de la moratoria que solicitan las señoras de Porreño... Conceder esa merced y dar golpe terrible a Grijalva es todo uno.
—¿Grijalva es el acreedor? —preguntó con anhelo.
—El mismo. Suponga Vuestra Majestad qué gracia le hará esperar diez o doce años para poder embargar los bienes de esas señoras...
—Porreño se comió su fortuna y la ajena, diose buena vida, y ahora sus herederos no quieren pagar... ¡Qué excelente sistema! Veo que esas señoras tienen talento, Pipaón —dijo Su Majestad con expresión festiva.
—¡Excelente sistema! —repetí yo.
—¡Y sobre todo muy español! —añadió el rey de las Españas con un aplomo humorístico que a pesar mío me hizo reír—. Gastar lo propio y lo ajeno, vivir a lo príncipe, y después encastillarse en la grandeza y dignidad de los títulos nobiliarios para rechazar el pago de las deudas como una ignominia... ¡Oh, qué delicioso país y qué incomparable gente!
—Sin embargo, se dice que Grijalva no cobrará...
—Que sí cobrará... pues no faltaba otra cosa —afirmó Fernando con firmeza—. Se me presenta la ocasión más bonita que pudiera apetecer para contentar al buen don Alonso sin ponerle en libertad al niño.
—Con lo cual se le hacen dos favores.
—¡Collado! —gritó el rey volviendo el rostro.
Acudió el cortesano, y Su Majestad, sin mirarle, le dijo:
—¿Apuntaste para mañana el _sobreséase_ del hijo de Grijalva?
—Sí, señor, aquí está —repuso Chamorro, sacando un papel—. Esta noche pienso que pase al señor Echevarri.
—No, no hay nada de lo dicho... ¡Artieda!
El ayuda de cámara se acercó.
—¿No fuiste tú quien tomó nota de la moratoria?...
—Para pasarla al Consejo Real... Ya le he dicho al señor obispo de Menorca y al señor Escóiquiz que estaba concedida.
—Estúpido, ¿quién te mandó prometer...?
—El señor Inquisidor general —dijo Collado— me la recomendó también con vivo interés...
—Perdone Vuestra Majestad —repuso Artieda humildemente—. Sin duda yo entendí mal, cuando Vuestra Majestad se dignó acceder a la petición que le hicieron el reverendísimo señor obispo de Menorca, el reverendísimo señor obispo de Astorga, y el reverendísimo Inquisidor general.
—¡Vete al diablo tú y tus reverendísimos!... —exclamó Fernando, con el rostro encendido por la ira, lo cual le acontecía a la menor incomodidad.
—Entonces... —balbució el ayuda de cámara.
—Entonces... —repitió el rey, remedando, no sin gracejo, el aire contrito y el sonsonete quejumbrón de Artieda—, entonces quiero decir que no concedo la moratoria... ¿Lo entiendes? ¿Todavía quieren más los reverendos? Ya no queda nada que pedir para sí, y piden moratorias para sus tramposos amigos, tenencias de resguardo para los cortejos de sus sobrinas y beneficios simples para los niños de teta de sus señoras amas...
—El señor obispo de Almería —dijo Collado con timidez— me dijo que tenía tanto, tantísimo interés en que esas señoras... Y Su Ilustrísima...
—Basta de Ilustrísimas y de sobrinos de Ilustrísimas —agregó Fernando con hastío—. Collado, quedamos en que no hay _sobreséase_ para el hijo de Grijalva. Artieda, quedamos en que no hay moratoria para las señoras de Porreño... Ambas cosas negadas.
Hubo una pausa. Los criados se retiraron taciturnos. Observé que desde el rincón de Felipe II, cuatro ojos me miraban con enojo.
Un instante después entró en la tertulia mi maestro y señor don Antonio Ugarte.
XX
Entró risueño, rebosando alegría, repartiendo sonrisas, cautivando con su amabilidad de tal suerte, que la tertulia, solo con su presencia, adquirió la animación de que antes carecía. Recibiole Fernando con mucho gozo, y después que cambiaron algunas palabras, mitad en broma, mitad en veras, diole el rey las quejas por su ausencia, a lo cual contestó Ugarte:
—Pues qué, ¿este tunante de Pipaón no dijo a Vuestra Majestad que salí de Madrid a desempeñar un encargo del señor ministro de Rusia?... Y a propósito, señor, ¿conque ya no tenemos ministro de Hacienda?
—¡Ya no tenemos ministro de Hacienda! —replicó Fernando con afectación de pesadumbre festiva—. Estamos sin ministro de Hacienda. ¡Qué desventura! Di, Ugarte, ¿tenemos aire que respirar y sol que nos alumbre?
Todos prorrumpieron en sonoras carcajadas, fórmula entonces la más gráfica de la adulación.
—¡Oh!, señor —dijo Ugarte con irónico acento dramático—, estamos muy mal. ¡El mundo se desquicia!... ¿Qué va a ser del reino sin ministro de Hacienda?
—Como que no sabemos que dos y dos son cuatro si el ministro de Hacienda no nos lo dice... —añadió el rey, produciendo nueva explosión de risas—. Pero recobra el aliento, querido Ugarte, que hay ministro.
—¿Quién, señor? ¿Se puede saber?
—El mismo, el _señor alcalde de Móstoles_.
—¡Oh! —exclamó Ugarte con cierta confusión—. Me habían dicho que el señor don Juan Pérez se había ido esta tarde a tocar el órgano del pueblo a que debe su celebridad.
—No hagas caso —indicó el rey—: no tengo motivos para despedir a Villamil. Solo que esta _vil chusma_, como dice Ceballos, es capaz con sus chismes y enredos de trastornarme los ministerios todos los días.
—Pues por Madrid ha corrido la noticia —añadió Antonio I—. Por cierto que se daba a don Felipe González Vallejo como sucesor de don Juan Pérez.
—Eso quieren estos —dijo Fernando, señalando con desdén a Alagón y a los dos criados—. En caso de vacante, tal vez...
—Pues el consejo del duque me parece acertado —dijo Ugarte—. Vallejo es hombre que lo entiende, aunque no lo parece. Es de esos cuya apariencia engaña.
—¡Y tanto que engaña! —repitió Fernando con malicia—. Cualquiera creería, oyendo a Vallejo, que es tonto solemne de siete capas. Se lleva uno cada chasco...
—Casi siempre engaña la apariencia en los hombres de estado —repuso Ugarte.
—Vamos, ya cogió don Antonio su tema favorito —dijo el duque riendo—. Hablará pestes de Ceballos.
—No, nada de eso... Acabo de separarme de él en casa de unos amigos —replicó don Antonio—. Tan guapote como siempre...
—Aquí —apuntó el rey sonriendo— se ha dicho esta noche que es el jefe de los masones.
—Como don Pedro ha de estar en todo —repuso Ugarte con mucho gracejo—, nada tiene de particular que esté también en la masonería. ¿No le llaman por ahí _el indispensable_?
—Y _el cambiacolores_.
—¿No ha figurado en todos los partidos desde 1808?
—Vamos, no murmurar —dijo Fernando—. Se miente mucho, y se dicen muchas falsedades.
—Ciertamente —añadió Alagón con punzante ironía—. Que don Pedro Ceballos, después de ser ministro de Carlos IV y del señor don Fernando VII, fue a Bayona y se vendió a Bonaparte... ¡falsedad! Que el señor don Pedro Ceballos, acompañado del masón Urquijo y del inquisidor Llorente, redactó la Constitución de Bayona... ¡falsedad! Que el mismo señor firmó la circular de 8 de julio a los agentes diplomáticos, mandándoles reconocer al rey Botellas... ¡falsedad! Que el susodicho, volviéndose del revés, publicó un célebre manifiesto en que ponía como ropa de pascuas a Napoleón, a José y a Godoy... ¡falsedad! Que después ofreció sus servicios a las Cortes de Cádiz, las cuales le hicieron consejero de Estado... también falsedad y calumnia... En fin, que mi hombre, cansado de tantos naufragios, arribó al puerto del gobierno absoluto, donde echó el ancla e izó bandera de...
—¡Alto, alto!... —exclamó con mucha zunga Fernando VII—; alto, querido Alagón, que te metes en terreno de mi tío el Almirante.
Todos prorrumpimos en alegres risotadas.
Un lacayo anunció la visita de dos personajes, diciendo:
—Don Pedro Ceballos, don Juan Pérez Villamil.
* * * * *
Pocos minutos después, en la tertulia y placentero corrillo junto a la chimenea y alrededor de nuestro rey, nos reuníamos siete; ocho, contando con el astro hispano de que éramos satélites.
Villamil hablaba poco, y era hombre muy serio. Ceballos, por el contrario, gustaba de recrearse en sus propias palabras, y era festivo, grave, frívolo o sesudo, según el humor de sus interlocutores. El primero que rompió la palabra, sin embargo, fue el ministro de Hacienda, sin duda porque traía dentro del cuerpo algo que anhelaba echar fuera.
—Señor —dijo respetuosamente—, por ahí se dice que he dejado de ser ministro de Hacienda. Como Vuestra Majestad no se dignó decirme nada esta mañana, vengo a saber si es cierto, para retirarme al sosiego de mi casa, de donde no me gusta salir sino para el servicio de Vuestra Majestad.
—¿Qué estás hablando? ¡Que dejas de ser ministro! —exclamó Fernando con afectado asombro.
—Así se dice, señor.
—¿Habéis oído algo? —preguntó Su Majestad, recorriendo con sus ojos el círculo de semblantes que ante sí tenía.
—Yo no he oído nada...
—Ni yo...
Todos dijimos que no, haciéndonos los pasmados.
—Ya estoy cansado de recomendar que no se haga caso de paparruchas —dijo gravemente y con mucha energía nuestro soberano—. Pues qué, ¿dejarías tú de saberlo, si no estuviese contento de tu ministerio? ¿Por qué había de ocultarlo hasta el momento de sustituirte?
—Eso mismo digo yo. Si Vuestra Majestad...
—¿Y qué tenemos de negocios? —dijo bruscamente Fernando, interrumpiendo a su ministro.
—Los decretos que pasaron a informe del Consejo, están ya despachados —repuso Ceballos.
—¿Cuándo quiere Vuestra Majestad que se publiquen? —preguntó Villamil.
—Cuanto antes, hombre. Ya debieran estar publicados.
—No se dirá que no se trabaja en las oficinas —manifestó Ugarte, dirigiendo principalmente sus miradas al secretario de Estado—. Ahí es nada la balumba de disposiciones que van a promulgarse estos días.
—Decreto prohibiendo las máscaras —dijo Ceballos—; decreto prohibiendo los periódicos; decreto encargando la educación de los niños y niñas a los frailes y a las monjas; decreto recomendando que se respete y venere a los ministros del altar; circular mandando a los españoles que guarden la mayor compostura dentro de la iglesia; circular disponiendo que las señoras se vistan con modestia para asistir a las funciones religiosas... En fin, la perturbación en que el reino quedó después de las Cortes, exige que se trate de poner algún arreglo en esta sociedad... He enumerado las disposiciones que Vuestra Majestad se ha dignado proponer, y que se me entregaron en minuta escrita de su puño y letra... La previsión y tino de Vuestra Majestad son dignos del mayor elogio. Los citados decretos son convenientísimos y de grande aplicación en el estado del reino... Queda, sin embargo, mucho por hacer todavía. Nosotros, como más en contacto que Vuestra Majestad con los negocios públicos y las necesidades del reino, hemos observado irregularidades y asperezas, situaciones anómalas y tirantes que deben desaparecer.
Fernando oía con profunda atención a su ministro de Estado, y los demás también.
—Explícate mejor —dijo el rey—. Ya sabes que siempre te oigo con gusto.
Inclinándose agradecido Ceballos, prosiguió así:
—Aquello en que principalmente hay que poner mano es la irregularidad del gobierno de las provincias de Andalucía. Hay en Sevilla un hombre llamado Negrete, a quien todos conocemos, el cual domina allí como dictador, sin documento alguno que acredite su autoridad, diciéndose emisario del gobierno, y atropellando a todo el mundo del modo más inicuo. La exageración y la saña son tan perjudiciales al estado, como la tibieza y blandura excesivas. Las provincias de Andalucía están aterradas, señor, con la presencia de tal monstruo. No sabemos qué magia terrible lleva ese hombre en sus palabras; pero es lo cierto que los mismos jueces tiemblan ante él. Llena ese vil los calabozos sin más ley que su capricho, y socolor de perseguir y exterminar a los liberales, comete los más infames atropellos. Él mismo forma brevemente las causas, asistido de viles sicarios, y las falla en el Tribunal de la Inquisición, donde se ha constituido en juez supremo... Ahora digo yo, señor, ¿puede esto tolerarse?... ¿Es posible gobernar a una nación de esta manera? Vuestra Majestad no ha dado poderes a ese hombre...
—¡Oh, no; seguramente no! —dijo Fernando con aplomo imperturbable.
—Nosotros los ministros tampoco; el Consejo tampoco: luego ese hombre es un falsario; ese hombre es instrumento de algunos pérfidos que subterráneamente, o quizás de un modo hipócrita, fingiendo interés por Vuestra Majestad, se complacen en sostener esta sangrienta intriga, que perturba el reino todo, y hace odioso el paternal gobierno establecido a costa de tantos sacrificios.
Pausa. El soberano meditaba.
—Cosas de la masonería —indicó Ugarte.
Y repitieron todos:
—Cosas de la masonería.
En aquel tiempo, la culpa de todo se echaba al gato, es decir, a los masones.
—Yo encargaré a Echevarri —dijo al fin Fernando muy seriamente— que se ocupe con empeño en descubrir a los autores de tales atentados, y en ponerles remedio.
Echevarri era el ministro de Seguridad pública.
Todos fijamos la vista en Su Majestad, que, contemplando el fuego, movía dulcemente los labios, tarareando y sonriendo.
—Ceballos, ¿has visto hoy a Pepita? —preguntó de súbito.
—¡Oh, si! —repuso el cortesano, cambiando repentinamente de semblante y tono, y poniendo en olvido como por encanto a Negrete y sus tropelías—. La he visto. Está muy incomodada con el duque por cierta canonjía.
—¿De veras? —preguntó Su Majestad riendo.
—Traslado la incomodidad al señor Collado —dijo el duque—, que en su afán ambicioso ha dejado a esa señora sin la prebenda que le prometí.
—¡Qué demonio! —exclamó perezosamente Fernando—. Dádsela, dadle cualquier cosa... Por no oírla se le podrían regalar dos mitras.
—¡Dos mitras! —dije yo—. Las tiene todas la negra del señor Villela.
Más adelante hablaré del señor Villela, de su negra, y de las mitras de la negra del señor Villela.
—Como esa canonjía estaba ya concedida —manifestó Collado—, pensé que le vendría bien a doña Pepita una superintendencia de Arbitrios, y esta mañana le di la nota al señor Villamil.
—Se hará inmediatamente —afirmó el hacendista.
—O se le dará la bandolera vacante —propuso Alagón.
—¿Pero hay todavía superintendencias de Arbitrios? —preguntó humorísticamente el Monarca—. Mejor dicho, ¿hay arbitrios todavía? Yo pensé que todo eso pertenecía a la historia, según están las cajas del Tesoro de lisas y mondas.
—Señor —dijo Villamil—, el estado del erario no se oculta a Vuestra Majestad. El escaso producto de los impuestos no basta ni con mucho a cubrir los enormes gastos, aumentados cada día con la creación de nuevos destinos. El reino no tiene recursos para costearse su ejército ni su marina, ni para dotar dignamente la Casa Real ni su regia Guardia; España es pobre, pobrísima: necesita los caudales de América para vivir con algún decoro entre las naciones de Europa.
—Y esos caudales de América, ¿dónde están?
—¡Ay, eso es lo que a todos nos contrista! Fácil sería gobernar la Hacienda, si América nos enviase los tesoros que aquí nos hacen falta. Esa gran canonjía de nuestra nación no ha durado todo lo que debiera. Reflexione Vuestra Majestad, como rey previsor, sobre la gravedad de esta situación. La América está toda sublevada, y las juntas rebeldes funcionan en Buenos Aires, en Caracas, en Valparaíso, en Bogotá, en Montevideo. Si Méjico está aún libre del contagio, los americanos de Washington se encargan de trastornar también aquel país, del mismo modo que el Brasil nos trastorna el Uruguay, e Inglaterra nos revuelve a Chile. La insurrección americana exige un gran esfuerzo, un colosal esfuerzo. Es preciso mandar allá un ejército; pero para esto, señor, se necesitan tres cosas: hombres, dinero y barcos.
—¡Hombres, dinero, barcos!
—Lo primero no falta; pero ¿cómo los equiparemos, y, sobre todo, en qué buques les lanzaremos al mar? Vuestra Majestad no tiene en su marina un solo navío que valga dos cuartos, y los arsenales carecen de elementos para la construcción.
—¡Risueño cuadro acabas de trazar! —dijo Fernando hundiendo la barba en el pecho.
—Risueño no, pero sí verdadero —afirmó don Juan Pérez—. Si ocultase a mi rey la verdad, sería indigno del afecto que Vuestra Majestad me profesa.
—Y que te profesaré siempre. Has hablado como un buen ministro. Nada de fantasías ni de palabras bonitas. Así me gusta a mí... Pues es preciso buscar dinero, y buscar hombres, y buscar barcos.
—Señor, no olvide Vuestra Majestad —dijo Ceballos—, que si se lleva adelante la negociación con Inglaterra sobre la abolición de la trata de negros, o hemos de poder poco, o nos han de dar una indemnización de muchos miles de libras.
—Es verdad: para resarcir los perjuicios de los tratantes de esclavos... A ver, Ceballos, Villamil —añadió Fernando con dulzura—, estudiad un plan, un plan cualquiera que mejore la situación en que nos hallamos. A uno y otro les sobra talento para eso y para mucho más... ¿Me entendéis? Discurrid un plan vasto, que nos proporcione los recursos necesarios para sofocar la insurrección americana, bien sea creando impuestos, bien pidiendo dinero a los holandeses o a los judíos de Francfort, bien logrando los buenos oficios de alguna nación poderosa... en fin, ya me entendéis.
—Ya manifestaré más adelante a Vuestra Majestad algo de lo mucho que he meditado sobre el particular —dijo Ceballos.
—Y tú, Villamil, discurre, trabaja, proponme algo —prosiguió Fernando—. Por supuesto, no puedes figurarte lo que me mortifica que hayas creído en esas ridículas hablillas acerca de tu destitución.
—Señor...
—Hablaremos más despacio mañana... Puedes irte tranquilo y seguro de que sé apreciar tu lealtad... ¡Oh, Villamil!... No abundan los hombres como tú... Vamos, otro cigarrito.
Diciendo esto Su Majestad, con aquella bondad peculiar, que indicaba tanta honradez y nobleza en su carácter, ofreció un cigarro a don Juan Pérez Villamil.
—Gracias, señor, acabo de fumar.
—Enciéndelo para salir. Como este habrás fumado pocos... Mira, puedes llevarte todo el mazo —añadió ofreciéndoselo galantemente.
—Señor...
—Nada, que te lo lleves. Tengo gusto en ello.
Cuando don Juan Pérez, apremiado por la gallarda fineza del príncipe, tomaba los cigarros, yo sentía que un cuerpo duro tocaba mi codo. Era el codo del señor duque de Alagón.
Villamil y Ceballos se levantaron para marcharse.
—Que vengas mañana temprano —repitió el rey—. Y tú, Ceballos, si ves a Pepita... en fin, ya sabes: una superintendencia de provincia o la bandolera vacante... lo que ella prefiera.
—En el despacho de mañana —dijo Ceballos, que se había quedado muy pensativo—, tendré el honor de leer a Vuestra Majestad la contestación que he dado a la nota de don Pedro Gómez Labrador.
—Sí, bueno, todo lo que quieras... mañana... adiós, ¡pero qué tarde es!... Podéis retiraros... Yo también me voy a recoger —dijo el soberano con impaciencia.
Salieron los ministros, y quedamos solos los camarilleros.
XXI
Apenas se cerró la puerta tras los dos repúblicos, Fernando se levantó, y con las manos en los bolsillos, dio algunos pasos por la habitación. Ugarte le miraba sonriendo. Ninguno de los demás nos atrevíamos a desplegar los labios, y el silencio se prolongó hasta que el mismo soberano se dignara romperlo, preguntando:
—¿Qué dices a esto, Ugarte?
—Que admiro la paciencia de Vuestra Majestad —repuso el exbailarín—. Según el señor Juan Pérez, ya no hay colonias, ya no hay soldados, ya no hay barcos, ya los españoles no tienen alma para vencer las dificultades. Sostendrá también el vejete que ya no hay aire que respirar, ni sol en el cielo.
—La verdad es —dijo Fernando deteniéndose meditabundo ante la chimenea— que no estamos en Jauja.
Y luego, dando un suspiro, añadió:
—Despidámonos de las Américas.
—¿Por qué, señor? —dijo bruscamente Ugarte—. Se exagera mucho. Persona venida hace poco de allá me ha dicho que toda la insurrección americana se reduce a cuatro perdidos que gritan en las plazuelas.
—Lo mismo me ha escrito a mí un amigo —añadí yo, forzando los argumentos de mi patrono—. Unos cuantos presidiarios, con cuatro decenas de ingleses y norteamericanos, echados por tramposos de sus respectivos países, sostienen la alarma en aquellos lejanos reinos de Vuestra Majestad.
—Pues id vosotros a reducir a la obediencia a esas manadas de facciosos —dijo el rey.
—Señor, en resumen —manifestó Ugarte—, mande Vuestra Majestad a América un ejército, un verdadero ejército, con una escuadra, en vez de medias compañías dentro de una goleta, como se ha hecho hasta aquí, y a los cuatro meses se verán los resultados.
—¿Y ese ejército, dónde está? —preguntó fríamente.
—¿Dónde están los vencedores de Napoleón? Parece mentira que Vuestra Majestad haga tales preguntas.
—Hombres valerosos no faltan; pero ¿cómo se les organiza, cómo se les viste, cómo se les mantiene?
—Muy sencillamente —repuso Ugarte alzando los hombros—: organizándolos, vistiéndolos, manteniéndolos.
—Tú tendrás alguna mina. ¿Quieres decirme dónde está?
—Dos palabras, señor —dijo Ugarte echando el cuerpo hacia adelante en su sillón y apoyando el codo en la rodilla, mientras el rey se sentaba junto a él—. He dicho a Vuestra Majestad la otra noche que me atrevía a organizar un ejército expedicionario, siempre que tuviera para ello la competente autorización.
—Yo te la doy —replicó Fernando—. A ver de dónde vas a sacar ese ejército, y cómo lo vas a sostener.
—Vuestra Majestad me dijo también la otra noche que consagraría a tal objeto, y pondría a mi disposición, una parte mínima de las rentas reales.
—Es verdad.
—Pues el alistamiento se hará, señor —afirmó don Antonio con resolución admirable—. No tiene que pensar más en ello Vuestra Majestad.
—Bueno, ya está el alistamiento. Ahora hazme el favor de decirme si vas a mandar a América esos soldados en cáscaras de nuez.
—No, señor; que los mandaré en magníficos navíos y barcos de transporte —repuso el arbitrista con una placentera y llana confianza que a todos nos dejó pasmados.
—Pero ya sabes que no los tenemos.
—Se compran.
—¡Se compran!... Y dice «se compran» como si costaran dos pesetas.
La naturalidad admirable con que Ugarte hacía frente a los mayores obstáculos; la frescura, digámoslo así, con que todo lo resolvía y allanaba, no podían menos de cautivar el ánimo del soberano, agobiado por el continuo clamoreo de sus ministros. Todos los demás contertulios observábamos con verdadero asombro la prodigiosa iniciativa de Ugarte, y ante tanto ingenio, ante tan firme voluntad, callábamos confundidos.
—Pues es claro que se compran —añadió el proyectista—. Sin duda Vuestra Majestad va a preguntarme que con qué dinero.
—Justo.
—Pues yo respondo que, si poseo la confianza de mi soberano, me sobrarán fondos.
—Quizás cuentas con la indemnización que nos va a dar Inglaterra.
—¿Por qué no?
—Pero es para resarcir a los negreros.
—Eso es, pagar a los negreros y que se pierdan las Américas. ¿No vale más dejarles sin indemnización, y conservarles los esclavos y las tierras?
—Está dicho todo —afirmó resueltamente Fernando, cediendo por completo a la seductora sugestión de aquel brujo que prometía los imposibles, y teñía con frescos y brillantes colores el entenebrecido horizonte de nuestra política—. Está dicho todo. Tienes mi autorización para hacer el alistamiento, para tomar de la Real Hacienda los fondos necesarios para tratar de la compra de buques, vestuario y demás.
De aquella conversación brotó el poder oculto que don Antonio Ugarte tuvo durante algún tiempo, y en virtud del cual, hasta llegó a celebrar tratados con potencias extranjeras en calidad de _secretario íntimo_ del rey de España. Más adelante veremos cómo alistaba tropas, y qué tal mano para comprar buques tenía don Antonio. Sus proyectos forman una página curiosa en la historia del absolutismo.