Memorias de un cortesano de 1815

Part 11

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—Ya se ve —dijo después de una pausa, durante la cual observaba los dibujos de la alfombra—, con hombres como Villamil las dificultades se multiplican. Al buen alcalde se le antojan sus dedos huéspedes, y como en todas las ocasiones difíciles se asesora de Ceballos...

—El pobre Ceballos —indicó Fernando— ha trabajado como un negro en ese fastidioso asunto del Congreso de Viena. No se le debe criticar, y si no se ha conseguido más, no ha sido por culpa suya.

—Entre Labrador y Ceballos, como si dijéramos, entre Herodes y Pilatos, España está haciendo un papel ridículo en Viena.

—¿Pero qué puede esperarse de un plenipotenciario que ya ha mostrado no tener ni dignidad ni carácter? —dijo el duque de Alagón—. ¿No fue Labrador ministro de Estado en las Cortes de Cádiz, y después realista furibundo?

—Y al presentarse en Cádiz felicitó a las Cortes por el _sabio Código_ que habían hecho —añadí yo.

—En manos de estos hombres que ayer eran liberales locos, y hoy rabiosos absolutistas —dijo Ugarte—, nuestra política exterior no puede menos de ser desastrosa. ¡Rutina incurable! Nuestra nación, señor, ha de vivir siempre bajo la vigilancia interesada, mejor dicho, bajo la tutela de Inglaterra o de Francia. La primera trabaja porque perdamos las Américas y porque se arruine nuestro comercio; la segunda no nos perdonará nunca el haber vencido a sus soldados, aunque fueran mandados por el general Bonaparte.

—En eso creo que tienes razón —dijo fríamente Fernando.

—Pues si tengo razón, ¿por qué no intenta Vuestra Majestad estrechar sus relaciones con un poderoso imperio, bastante fuerte para ser buen aliado, bastante remoto para no disputarnos nuestro territorio?

—Soy muy amigo de Alejandro —repuso el autócrata secamente.

—Pero esa amistad sería unión indestructible si Vuestra Majestad, que seguramente no puede permanecer soltero más tiempo, se enlazara con una princesa rusa.

Al decir esto, Ugarte había pronunciado la última palabra del atrevimiento. Siguió a ella una larga pausa. Observamos todos el semblante del rey, que con las piernas estiradas, las manos en los bolsillos del pantalón y la barba sobre el pecho, indolentemente tendido más bien que sentado en el sillón, no se dignaba contestar con palabras, ni gesto, ni mirada, ni sonrisa, a las palabras de Ugarte. Por último, le vimos mover los brazos, luego alzar la cabeza, y aguardamos con ansiedad vivísima el sonido de su voz.

—¿Te parece —dijo— que debo refrenar un poco a Negrete?

—Las atrocidades del comisario secreto son tan grandes —repuso Ugarte— que convendría ponerle a un lado y prescindir de sus servicios. Ceballos tiene razón. Están tan irritados los andaluces, que son capaces de volverse todos liberales, si ese verdugo sigue haciendo de las suyas.

—La cuestión es delicada. Negrete tiene órdenes mías, y si intentamos sujetarle por la vía de las autoridades legítimas, no es fácil que ceda.

—Para eso se manda un nuevo comisionado a Andalucía; un hombre hábil, enérgico, ingenioso y muy discreto: Pipaón, por ejemplo, —dijo don Antonio mirándome.

—No —replicó vivamente Fernando, mirándome también—. Yo no quiero que Pipaón salga de Madrid por ahora. Ya se buscará otro comisionado. Después de todo, nada se pierde con que Negrete continúe sentando la mano algunos días más. Andalucía está infestada de jacobinismo.

—Y Madrid también —afirmó el duque.

—Las sociedades secretas rebullen por todos lados.

—No será por falta de ministerio de Seguridad pública —dijo con ironía el rey.

—Echevarri encarcela a los mentecatos y deja en libertad a los pillos. Los calabozos están repletos de tontos. Pero ¿qué ha de suceder si los principales personajes del gobierno están inficionados de liberalismo? Ceballos es masón; Villamil y Moyano no ocultan sus ideas favorables a un sistema templado como el de Macanaz; Escóiquiz augura desastres; Ballesteros quiere que se dé una especie de amnistía; en toda España se conspira. Ábrase un poco la mano, y las revoluciones brotarán por todas partes como pinos en almáciga.

—Pues se cerrará la mano, se cerrará la mano —afirmó Fernando, incorporándose en su asiento—. Duque, pon algunas líneas mandando a Negrete que siga aplastando el jacobinismo; pero con la condición de que no sea bárbaro... No se puede confiar a nadie una comisión delicada...

Artieda acercó un velador con recado de escribir, y bien pronto la tertulia se trocó en oficina. El duque tomó una pluma.

—Ugarte —añadió el rey—, puedes redactar las bases de la autorización que te doy para alistar el ejército expedicionario y demás. Me quedaré con tu borrador para meditarlo, y después te daré la copia firmada.

Don Antonio tomó otra pluma. Acariciándose la boca con las barbas de esta, miró al rey.

—Permítame Vuestra Majestad —dijo— que decline el grande, el insigne honor que quiere hacerme, depositando en mí toda su confianza.

Fernando le miró con asombro, y los demás también.

—De nada servirían mi abnegación, mi trabajo, mis grandes cavilaciones y proyectos —continuó el arbitrista— si desde el principio tropezara con obstáculos insuperables. Yo he prometido a Vuestra Majestad reunir tropas y equiparlas, y comprar los buques necesarios para que vayan a América...

—Pero una cosa es prometer, y otra...

—Es que no puedo pensar en el desarrollo de mis proyectos mientras sea ministro de Hacienda el señor Villamil.

—¡Bah, bah! —murmuró Fernando con tono de indolencia y fastidio.

Otra pausa. Todos contemplábamos al rey, el cual, arqueando las cejas, se pasaba la mano por la cabeza, cual si se cepillara el pelo hacia adelante.

—Pipaón —dijo al fin—, extiende la destitución de Villamil... que se le lleve esta misma noche.

Yo tomé otra pluma.

Así cayó don Juan Pérez Villamil; así cayeron también Echevarri, Ballesteros, Macanaz, Escóiquiz, el mismo Vallejo (nombrado aquella noche), Moyano, León Pizarro, Lozano de Torres y otros muchos.

—Ahora, extiende el nombramiento de don Felipe González Vallejo, ministro de Hacienda.

Así subió Vallejo.

—¿Qué más hay? —preguntó Fernando con cierta somnolencia.

—Vuestra Majestad me concedió una bandolera —dijo tímidamente Artieda— para el sobrino del señor Arcipreste de Alcaraz...

—Es que hay una sola vacante —añadió Collado avariciosamente—, y Su Majestad me la tiene prometida.

—Es verdad —dijo el rey.

Artieda miró a Chamorro con enojo.

—Esa vacante me la había reservado yo para mí —objetó con sequedad Paquito Córdoba—. Es mucha la ambición del señor Collado... después que me ha disputado esa miserable canonjía de Murcia como si fuese un imperio.

—Tienes razón —murmuró Fernando.

El aguador clavó sus ojos en el duque con expresión de envidia.

—Señor —dijo con suavidad sonriente don Antonio Ugarte—. Pocas veces pido mercedes de esta clase a Vuestra Majestad. Ya dije el otro día que deseaba una bandolera para un joven pariente mío.

—Nada más justo —repuso el rey, cerrando los ojos perezosamente—. Ugarte, todo lo que quieras.

El duque dirigió a Antonio I una mirada rencorosa.

—Señor —dije yo, sin encomendarme a Dios ni al diablo—, no olvide Vuestra Majestad que prometió una bandolera al señor conde de Rumblar, mi querido amigo.

El rey abrió los ojos, sacudiendo la pereza, y exclamó enérgicamente, con aquella resolución a que ningún cortesano podía oponerse:

—La bandolera para el señor conde de Rumblar... lo mando... Alagón, extiende el nombramiento ahora mismo.

Ugarte me miró, frunciendo el ceño.

Y se levantó la sesión, como dicen los liberales.

* * * * *

Como se ha visto, en las tertulias de Su Majestad nadie podía vanagloriarse de tener ascendiente absoluto y constante. Unos días privaba este, otros aquel, según las voluntades recónditas y jamás adivinadas de un monarca que debiera haberse llamado Disimulo I. Además, aquel discreto príncipe, que así delegaba su autoridad y democráticamente compartía el manto regio con sus buenos amigos, como compartió san Martín su capa con el pobre, no tuvo realmente favorito, no dio su confianza a uno solo, elevándole sobre los demás; jugaba con todos, suscitando entre ellos hábilmente rivalidades y salutífera emulación, con lo cual estaba mejor servido, y los destinos y prebendas más equitativamente repartidos.

De lo que anteriormente he contado puede dar fe un ministro de Su Majestad por aquellos años,[3] el cual, en papel impreso muy conocido, dice, blasonando de rigorista y de censor: «... pero lo peor es que por la noche da entrada y escucha a las gentes de peor nota y más malignas, que desacreditan y ponen más negros que la pez, en concepto de Su Majestad, a los que le han sido y le son más leales... y de aquí resulta que, dando crédito a tales sujetos, Su Majestad, sin más consejo, pone de su propio puño decretos y toma providencias, no solo sin consultar con los ministros, sino contra lo que ellos le informan... Esto me sucedió a mí muchas veces y a los demás ministros de mi tiempo... Ministros hubo de veinte días o pocos más, y dos hubo de 48 horas; ¡pero qué ministros!»

[3] Lardizábal, ministro de Indias (absolutista).

Por las declamaciones de este escrupuloso descontentadizo no vayamos a condenar la camarilla como cosa mala. Era, por el contrario, lo mejor del mundo, sobre todo para nosotros, que traíamos los negocios del reino de mano en mano y de boca en boca, despachándolos tan a gusto del país, que aquello era una bendición de Dios. Ninguno, sin embargo, pudo jactarse de ser el primero en la voluntad y paternal cariño de aquel bondadoso soberano absoluto; y en prueba de ello, referiré lo que sucedió al día siguiente de la reunión que con todos sus puntos y señales he descrito, no apartándome en todo el discurso de ella ni un ápice de la verdad.

Al día siguiente, como dije, volví a Palacio y encontré al señor Collado, al señor Artieda y al señor duque muy alarmados. ¿Por qué? Porque el rey estaba conferenciando a solas con un sujeto que hasta entonces no había sido recomendado ni introducido por ninguno de los sobredichos palaciegos. Creyose que sería emisario de Ugarte; pero entró en seguida don Antonio y negó el caso.

Reunímonos todos en la antesala, y a poco vimos salir a un fraile francisco, joven, bien parecido, excelente mozo, que más parecía guerrero que fraile; de aspecto y ademanes resueltos, mirada viva, y revelando en todo su continente y facciones una disposición no común para cualquier difícil cosa que se le encomendara.

—¿Quién es este pájaro? —preguntó Ugarte, demostrando en su tono que estaba completamente desconcertado.

—Se llama Fr. Cirilo de Alameda y Brea —dijo Artieda, muy fuerte en todo lo referente al personal eclesiástico de la monarquía.

—Y ¿qué es este hombre?

—Fue maestro de escuela en Pinto.

—Y después marchó a Montevideo, donde se ocupaba... No sería en cosa buena.

—En redactar _Gacetas_.

—Es hombre que pone bien la pluma, según parece.

—Vino por vez primera con el general Vigodet —añadió Paquito Córdoba—. Su Majestad le ha recibido después en varias ocasiones, y nunca he podido averiguar...

—¿No ha dejado traslucir nada?

—Absolutamente nada.

—Hoy ha durado la conferencia dos horas.

—¿Y ninguno de ustedes sabe nada? —repitió Ugarte, interrogando todos los semblantes—. Yo estoy confundido.

—No sabemos una palabra.

—Pues estamos bien... ¿Apostamos a que este tunante de Pipaón lo sabe todo?

—Ni una palabra —respondí tan confuso como los demás.

Y era la verdad que nada sabía. Más adelante, todos desciframos el enigma, que me hizo decir _no hay función sin fraile_; pero no ha llegado aún la ocasión de revelarlo.

XXII

Antes de seguir, quiero indicar las observaciones que sugirió el manuscrito de estas Memorias a una persona de aquellos tiempos y de estos. Don Gabriel Araceli,[4] a quien lo mostré (no es preciso decir cuándo ni cómo), me dijo que los lectores de él, si por acaso lograba tener algunos, no podrían menos de ver en mí un personaje de las mismas mañas y estofa que Guzmán de Alfarache, don Gregorio de Guadaña o el Pobrecito Holgazán; a lo cual le contesté que sí, y que de ello me holgaba, por ser aquellos célebres pícaros de distintas edades los más eminentes hombres de su tiempo, y caballeros de una caballería que yo quería resucitar para que se perpetuase en la edad moderna. Dijo también el sobredicho señor que nada de lo que pinté o describí con burdo o sutil estilo se diferenciaba un punto de la verdad.

[4] Protagonista de la _Primera serie_.

—La comparsa en que usted figuró, señor don Juan —dijo al fin, echándoselas de dómine sermonista—, fue de las más abominables y al mismo tiempo de las más grotescas que han gastado tacones en nuestro escenario político. Cuanto puede denigrar a los hombres la bajeza, la adulación, la falsedad, la doblez, la vil codicia, la envidia, la crueldad, todo lo acumuló aquel sexenio en su nefanda empolladura, que ni siquiera supo hacer el mal con talento. El alma se abate, el corazón se oprime al considerar aquel vacío inmenso, aquella ruin y enfermiza vida, que no tuvo más síntomas visibles en la exterioridad de la nación, que los execrables vicios y las mezquinas pasiones de una corte corrompida. No hay ejemplo de una esterilidad más espantosa, ni jamás ha sido el genio español tan eunuco.

»Los junteros de 1808, los regentes de 1810, los constitucionalistas de 1812, cometieron grandes errores. Iban de equivocación en equivocación, cayendo y levantándose, acometiendo lo imposible, deslumbrados por un ideal, ciegos, sí, pero ciegos de tanto mirar al sol. Cometieron errores, fueron apasionados, intemperantes, imprudentes, desatentados; pero les movía una idea: llevaban en su bandera la creación; fueron valientes al afrontar la empresa de reconstruir una desmoronada sociedad entre el fragor de cien batallas; y rodeados de escombros, soñaron la grandeza y hermosura del más acabado edificio. Hasta se puede asegurar que se equivocaron en todo lo que era procedimiento, porque lo que discurrían como sabios lo hacían como niños. La especie de tutela a que quisieron sujetar en 1814 al rey, viajero desde Valencey a Madrid, y el pueril formulismo ideado para hacerle jurar a él, vástago postrero del absolutismo, la precoz constitución de Cádiz, fueron yerros que debían producir el golpe de estado del 10 de mayo. Hasta se puede sostener que Fernando estaba en su derecho al hacer lo que hizo; pero nada de esto atenúa las grandes, las inmensas faltas de la monarquía del 14. Fue la ceguera de las cegueras. La crueldad, la gárrula ignorancia de aquella política no tienen ejemplo en Europa. Para buscarle pareja hay que acudir a las atrocidades grotescas del Paraguay, allí donde las dictaduras han sido sainetes sangrientos, y han aparecido en una misma pieza el tirano y el payaso.

»No existe nada más fuera de razón, más inútil, más absurdo, que la reacción de 1814; no sucedió a ningún desenfreno demagógico, no sucedió a la guillotina, porque los doceañistas no la establecieron; ni a la irreligión, porque los doceañistas proclamaron la unidad católica; ni a la persecución de la nobleza, porque los nobles no fueron perseguidos: fue, pues, una brutalidad semejante a los golpes del hado antiguo, sin lógica, sin sentido común. Nada de aquello venía al caso. Si Fernando hubiera cumplido la promesa hecha en el manifiesto del 4 de mayo; si hubiera imitado la sabia conducta de Luis XVIII, que desde la altura de su derecho saludaba el derecho de las naciones, ¡cuán distinta sería hoy nuestra suerte! Sin necesidad de aceptar la constitución de Cádiz, que era un traje demasiado ancho para nuestra flaqueza, Fernando hubiera podido admitir el principio liberal, inaugurando un gobierno templado y pacífico para la nación y por la nación. Pero nada de esto hizo, sino lo que usted ha descrito, y aquellos seis años fueron nido de revoluciones. El desorden germinó en ellos, como los gusanos en el cuerpo insepulto. Desde 1814 a 1820, hubo en España trece conspiraciones, todas para derrocar el gobierno absoluto, una para esto y para asesinar al rey. Abortaron las trece, pero la decimocuarta parió... Los liberales se presentaron con la rabia del vencedor y la hiel criada en el destierro. ¿Qué les impulsaba en 1812? La ley. ¿Y en 1820? La venganza. Continuaba el vicio, la corrupción, la crueldad; pero el absolutismo de ustedes había sido tan rematadamente malo, que en los liberales del trienio famoso podía haber crueldad, ambición, rapacidad, venganza, imprudencia, y aun dosis no pequeña de tontería... podían aquellos benditos avanzar hasta un grado extremo en la escala de estos defectos, sin temor de llegar nunca, no digo a superar, pero ni siquiera a igualar a sus antecesores.»

Así mismo me lo dijo, y se quedó tan fresco.

XXIII

Pero vamos adelante con mi cuento.

¿Se ha comprendido ya cuál era mi plan en el asunto, o si se quiere, en la hábil intriga cuyo hilo se extendía desde los intereses de la familia de Porreño hasta la paternidad de don Alonso de Grijalva? Creo que no serán necesarias explicaciones prolijas de aquella _operación_, como hoy se dice, hecha sin dificultades mayores y con éxito mejor del que podía esperarse, considerada su delicadeza. Aburrido Grijalva de ver que a pesar de la palabra real no echaban de las cárceles al tuno de su hijo, admitió las propuestas que mañosamente y por conducto de varones esclarecidísimos y muy discretos le hice, resultando de ellas que me vendió los créditos contra las señoras de Porreño por la mitad de su valor. Anduvo en aquestos tratos el licenciado Lobo, con tan buen pie y mano, que don Alonso, muy rebelde al principio, llenose de miedo, y a todo lo que quisimos asintió al fin.

Después me quedaba lo peor y más amargo del caso, cual fue apretar a las señoras de Porreño para que pagasen, y, quitándoles toda esperanza de moratoria (por la rotunda negativa del sabio y justiciero Consejo), proceder al embargo de bienes. Aquí sí que no fue posible disimular, porque don Gil Carrascosa vendió a las venerandas señoras mi secreto, y un día en que tuve el mal acuerdo de presentarme en la casa, recibiéronme como es de suponer. Desde entonces, quitado el último puntal de aquella histórica familia, todo vino con estrépito al suelo, entre alaridos de rabia y sollozos de aflicción. Las señoras de Porreño pasaron a la región de las sombras. Su última época solitaria y lúgubre está escrita en otro libro.[5]

[5] En _La Fontana de Oro_.

Renuncié, como es consiguiente, a su amistad, y me ocupé de aquellas excelentes tierras de Hiendelaencina, de Porreño y Torredonjimeno, tan diestramente ganadas con mi travesura, con mis ahorros y con el dinero que don Antonio Ugarte me prestó para reunir la cantidad necesaria. Mucho tardé en adjudicármelas, a causa de las dilaciones de la curia; pero al fin constituime en terrateniente, soñando con establecer un mayorazgo.

Pero retrocedamos a los días de mi anterior relación, que eran los últimos de febrero y primeros de marzo de 1815. La Real Caja de Amortización tuvo el honor, nunca por ella soñado, de caer en mis manos. ¡Bendito sea Dios Todopoderoso y Misericordioso, que arregla las cosas de modo que ningún desvalido quede sin amparo! Dígolo por aquellos miserables y huérfanos juros que hasta mi elevación no tuvieron arte ni parte en ninguna operación rentística. Los pobrecitos no soñaban sin duda que toparían conmigo, ni con la destreza de estas limpias manos, y a poco de mi entrada en la Caja engordaron hasta el punto de que no los conocía el pícaro secretario de Hacienda que los inventó.

¡Qué satisfechos quedaron de mis servicios el noble duque y don Antonio Ugarte! ¡Qué elogios hacían de mi impetuosa voluntad, la cual derechamente se iba al asunto sin reparar en pelillos! Yo también estaba envanecido de mí mismo, y entonces empecé a conocer lo mucho que para tales asuntos valía. Yo era una firme columna del estado; yo desplegaba en servicio de mi soberano absoluto y del sumiso reino, tendido a sus pies como un perro enfermo y calenturiento, que no puede moverse de pura miseria, las más altas dotes intelectuales. Indudablemente Dios debía de estar satisfecho de haberme criado, viéndome tan hormiguilla, tan allegador, tan mete-y-saca, tan buen amparador de los poderosos para que los poderosos me amparasen a mí. ¡Qué minita era aquella sacrosanta Amortización! ¡Qué terrenos inexplorados! En tal materia, yo era más que Colón, porque este descubrió solo un mundo, y yo descubría todos los días uno nuevo.

No hay que decir que yo navegaba con viento fresco, como diría mi amigo el infante, hacia el Real Consejo. Todo marchaba a pedir de boca en derredor mío. ¿Y qué diré de aquel seráfico ministro de Hacienda, don Felipe González Vallejo? Hombre de mejor pasta no se ha sentado en poltrona. El pobrecito era tan buenazo, tan sano de corazón, tan amable y complaciente, que todos los negocios pequeños, como nombramientos y demás menudencias, estaban en manos de Artieda y del señor Chamorro. De los grandes se encargaba don Antonio Ugarte. Dios se lo pague a aquel bendito ministro, que no tenía gota de hiel en su corazón, ni humos de vanidad en su cabeza. Parecía que no había tal ministro. Si todos los que han ocupado el sillón hubieran sido como él, otra sería la suerte de este desamparado y caído reino.

En asuntos que no eran administrativos, iban mis cosas con mediano andar. Antes de lo referido últimamente, yo veía a Presentacioncita todos los días en casa de las señoras de Porreño; pero cuando estas descubrieron la sutil urdimbre que mi travesura les preparara, concluyeron para mí las entradas en la casa de la calle del Sacramento. Asistió Presentacioncita a la ruidosa escena en que doña Paz y doña Salomé me notificaron con encrespadas razones, no menos sonantes que las olas del mar, su soberano desprecio, lo cual me causó pena, porque no era muy de mi gusto pasar por un intrigante de mal género a los ojos de la dulce niña de la condesa. Pocos días habían pasado después de la escena en la Cámara regia que antes describí. Robáronme algún tiempo los amigos que de Vitoria y la Puebla de Arganzón vinieron a solicitar mi ayuda para distintas pretensiones, entre ellos el venerable patriarca don Miguel de Baraona, con su encantadora nieta (próxima a ser esposa de un joven guerrillero); don Blas Arriaga, capellán de las monjas de Santa Brígida de Vitoria, y otros que más adelante serán conocidos. Pero luego que me dieron algún respiro, consagreme en cuerpo y alma a la adorable Presentación, acariciando proyectos más o menos dulces, recientemente concebidos; que en materia de proyectos mi cabeza no conocía el descanso, ni mi impetuosa voluntad el hastío.

Contra lo que yo esperaba, la señora condesa de Rumblar no me cerró las puertas de su casa, ni aun decoró su estatuario semblante, cual solía, con el grandioso ceño, y los agridulces mohines propios de tan alta señora. Verdad es que yo, además de entregarle la bandolera para su hijo, haciéndole comprender que sin mí nada le habría valido la recomendación de Ximénez de Azofra, le prometí mi eficaz amparo en el pleito que desde 1811 sostenía contra los Leivas. Tampoco Presentacioncita se mostró ceñuda, a pesar de su adhesión a la familia de Porreño; pero no lo extrañé, porque siendo yo el libertador de Gasparito, bien merecía perdón; y el novio suelto no debía valer menos que las amigas arruinadas.

Todo mi afán consistía en disponer de ocasión propicia para hablarle largamente a solas, apretándome a ello el deseo de comunicarle cosas de la mayor importancia. Sin esperanza de que me concediera tal gracia, pero decidido a todo, propúsele la conferencia, y ¿cuál sería mi sorpresa al ver que bondadosamente prometía señalar sitio y momento oportunos, de tal suerte que la vigilancia materna no nos estorbase? Yo estaba absorto; indudablemente habíase verificado en su carácter cierta mudanza radical, porque la dichosa niña ponía en todos sus actos y palabras mucha seriedad, cesando de mortificarme con las burlas y epigramas de marras.