Memorias de un cortesano de 1815

Part 12

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Discurrió ella el modo de que a solas la hablase, y fue por un arte ingenioso, tomando el traje de cierta muchacha que entonces la servía, y poniéndose de noche a una reja donde la doncella acostumbraba conferenciar con cierto dragón de Farnesio.

No se me olvidará jamás aquella noche en que tuve la dicha de respirar el dulce aliento de la adorable niña, tan de cerca, que el calor de su rostro aumentaba el del mío, mareándome. ¡Y cómo brillaban sus negras pupilas en la oscuridad! Cada vez que aquel vivo rayo diminuto surcaba el espacio comprendido entre nuestros semblantes, yo me ponía trémulo. ¡Qué linda, qué seductora estaba aquella noche! Su agraciado rostro se espiritualizaba con la melancólica seriedad que le envolvía como un velo misterioso. Estaba descolorida, y así como no había frescas tintas en su rostro, tampoco había en su alma aquella plácida felicidad risueña que en época anterior irradiaba de ella, como del astro la luz, haciendo felices también a cuantos la rodeaban. Pálida y meditabunda ahora, parecía perseguida de extraños pensamientos.

Yo también lo estaba... ¡Ay!, yo vivía intranquilo, demente; yo no dormía, yo no tenía paz en el corazón, porque me agitaba un ansioso afán, un proyecto de gravedad inmensa que absorbía las potencias todas de mi alma incansable o insaciable.

XXIV

Llegó al fin la hora de la cita.

—¡Qué miedo tengo, señor de Pipaón! —dijo cuando cambiamos los primeros saludos—, ¡qué miedo tengo, a pesar de las precauciones tomadas! No es fácil que mamá me descubra; pero sí mi hermano Gaspar, que por las noches ronda la casa, no contento con vigilarme de día, imponiéndome su voluntad hasta en los actos más insignificantes.

Después de tranquilizarla sobre este particular, le dije:

—Encantadora niña, ¡cuán mal sienta a esa incomparable persona, digna de un emperador, afanarse por un mozalbete sin fundamento, como Gasparito Grijalva! Mal empleados ojos puestos en él, mal empleada boca hablándole, y mal empleado corazón amándole. Presentacioncita, usted no se ha mirado al espejo, usted no conoce su mérito, usted no ha sabido apreciar el inmenso tesoro de su propia persona, la cual es de tanta valía, que casi casi no conozco ningún hombre digno de poseerla.

—¡Qué adulador es usted! —replicó sonriendo vagamente—. ¿Es eso lo que tenía que decirme?

—Por ahí empiezo, niña mía; empiezo por pasmarme de que quiera usted al hijo de don Alonso, habiendo en el mundo tanto bueno...

—Puesto que he venido aquí a hablar a usted con franqueza —dijo interrumpiéndome—, no le ocultaré que Gasparito no me interesa ya gran cosa.

—¡Oh, confesión admirable! —exclamé con gozo—. Mire usted... me lo figuraba. ¡Si no podía ser de otra manera! Si esos ojos fueran nacidos para mirar a Gasparito, merecerían cegar. Digan lo que quieran, no se hizo el sol para los insectos.

—Yo no sé lo que ha pasado en mí —prosiguió—; pero de la mañana a la noche se me ha concluido la afición que a Gasparito tenía. Esto parece raro; pero no lo es, porque a muchas ha ocurrido lo mismo.

—Es que algunas chiquillas toman por amor lo que no lo es; y cuando viene la pasión verdadera, se asombran de haber derramado aquellas primeras lagrimitas por un objeto indigno.

—Yo creía estar apasionada de Gaspar: ¡cosas de chiquillas! Cuando una juega con sus muñecas cree amarlas mucho, y después se ríe de ellas.

—¡Admirable idea!... Gasparito es una muñeca, y para usted acabó de repente la época de los juegos.

—Confieso que en un tiempo le quise...

—¡Ah, en un tiempo!... Luego...

—Gaspar es un muchachuelo vulgar, un joven adocenado —afirmó expresándose con cierto desdén—. ¡Parece mentira que yo le amara!... ¡Qué grande error!

—¡Enorme error!... Pero, en fin, nada se ha perdido. Ahora bien: ¿puedo saber desde cuándo...?

—¿Desde cuándo? —repitió en un tono que revelaba sin género de duda cortedad de genio.

—Pero no me lo confiese usted, niña —dije con viveza—. A ver si lo adivino yo. ¿Apostamos a que lo adivino?

—¿Apostamos a que no?

—¡Ay!, Presentacioncita, yo no carezco de perspicacia. Desde aquella noche en que salimos de casa y tuvimos la malhadada aventura de la calle del Bastero, y aquel descomunal susto, cuando me vi precisado a hacer uso de las armas.

—Que se quema, que se quema usted.

—Sí; desde aquella noche, desde aquel encuentro con dos caballeros desconocidos, cuando usted perdió el sentido y... ¿Acierto, mi señora doña Presentacioncita? ¿Sí o no?

—Sí —repuso con voz que apenas se oía, más semejante a un suspiro que a una voz.

Alzando los ojos, contemplaba el cielo con tristeza.

—Pues bien —añadí lleno de entusiasmo—, los pensamientos de usted se avienen perfectamente con lo que yo tenía que decirla. Nos entendemos. ¡Benditos corazones los nuestros que así concuerdan, respondiendo el uno a los afanes del otro!

—Yo soy muy desgraciada, don Juan —me dijo—. ¿No conviene usted en que soy muy desgraciada?

—Según y cómo —respondí—, según y cómo. Puede usted ser muy desgraciada, pero muy desgraciada, y puede ser feliz, muy feliz, felicísima.

—Lo primero es lo cierto.

—¡Ah, si usted supiera, si yo dijera aquí todo lo que sé! ¡Oh, arcángel enviado por Dios a la tierra para consuelo de los tristes mortales!... Pero vamos por partes. ¿Se acuerda usted de la función de los trinitarios, y de la recepción de Su Majestad en la sala capitular del convento?

—¡Que si me acuerdo! —exclamó, cubriendo el rostro con sus manos y descubriéndolo después más pálido, más bello, más interesante—. Ya que se ha establecido entre nosotros cierta confianza; ya que he hecho ciertas revelaciones que me han costado mucho, no ocultaré nada, respetable amigo mío... Aquel día, la presencia de Su Majestad y el reconocer en sus nobles facciones las mismas del generoso caballero que me había amparado la noche anterior, produjeron general trastorno en mi alma. Sentí primero una especie de terror. Yo no había visto nunca a Su Majestad. La idea de haber estado tan cerca, de haber estado en los mismos augustos brazos del rey, de aquel gloriosísimo monarca, de aquel hombre que casi no lo es, por su superioridad sobre los demás, me conturbaba y confundía de tal manera, que no era dueña de mí misma. Durante todo el día estuve atónita, paralizada, estupefacta. Parecíame que resonaba su voz en mis oídos constantemente, y que no se apartaban de mí aquellos negros ojos majestuosos, a los de ningún hombre parecidos.

—¡Admirable concordia de sentimientos! —exclamé interrumpiéndola—. ¿Pero es usted una mujer, o un serafín?

—Aquella noche no pude dormir. Estaba fascinada, y no sabía apartarme del retrato del rey que mamá tiene en su cuarto haciendo juego con la estampa del señor san José. En los siguientes días, traté de vencer la irresistible atracción que me llevaba violentísimamente a recrear mi espíritu con los recuerdos de aquella noche y aquel día. Pero, ¡ay!, mi señor don Juan. La noble, la gallarda, la incomparable imagen no se podía apartar de mi imaginación. Cuando oía leer la _Gaceta_ y pronunciaban delante de mí el nombre del rey; cuando Ostolaza le nombraba en la tertulia para encomiarle hasta las nubes por sus buenas acciones, mi rostro se encendía, parecía que iban a estallar mis venas todas, y a romperse en mil pedazos mi corazón.

—¡Oh!, lo creo, lo creo —dije con calor—. Su Majestad cautiva de ese modo el ánimo de cuantos le miran. ¡Qué gallardía en su persona! ¡Qué nobleza y grave hermosura en su semblante! ¡Qué caballerosidad e hidalguía en sus modales! ¡Qué dulce música en su voz! No existe otro más seductor en el conjunto de los hombres... ¿Pues qué diré de sus elevados pensamientos, de aquella bondad de corazón, de aquella inteligencia suprema, para la cual no hay en el arte del gobierno oscuridades ni enigmas? ¿Qué diré de su espíritu de justicia, del gran amor que profesa a sus vasallos, de su religiosidad supina, de todas las admirables prendas de su alma, las cuales son tantas, que parece mentira haya puesto Dios en una sola pieza tal número de perfecciones? Usted le tratará más de cerca, usted le oirá, usted podrá conocer por sí misma que las cualidades de ese angélico ser, a quien Dios ha puesto al frente de la infeliz España, exceden con mucho a sus altas perfecciones físicas.

—La nariz es un poco grande —dijo Presentacioncita con una salida de tono que me hizo estremecer—; pero no por eso deja de ser admirable el conjunto del rostro.

—¡La nariz grande! Así la tuvieron Trajano, Federico de Prusia; así eran también la de Cicerón, la de Ovidio y tantos otros hombres eminentes... Pero esto no hace al caso. Lo que importa es que sepa usted los sentimientos que ha despertado en aquel noble y generoso corazón, no ocupado enteramente del amor a la patria y al sabio gobierno absoluto. ¡Oh, mujer feliz entre las mujeres felices! —añadí con mucho calor—. ¡Oh, flor escogida entre las flores escogidas! ¡Oh, virgen superior a todas las vírgenes! puede usted vanagloriarse de ser la primera que ha encendido una llama ardiente, pura; una llama...

Presentacioncita se cubrió de nuevo el rostro con las manos. Entonces pasó por mi mente la sospecha de que fuese yo en aquel instante víctima de un bromazo tremendo. ¿Pero cómo era posible que el fingimiento de la muchacha fuese tan magistral? No; ninguna actriz de la tierra, aunque se llamase María Ladvenant o Rita Luna, era capaz de simular los sentimientos con tal perfección, desfigurando el rostro, estudiando las palabras, midiendo las actitudes, sin que ni un solo momento se descuidase y revelara el pérfido artificio.

Observé a Presentacioncita con atención profunda, y cuanto más la miraba más me confirmaba en mi creencia de que lo que veía y oía era la realidad de una pasión verdadera. Mis últimas zozobras se disiparon, cuando la vi alzar la frente y me mostró su rostro bañado en lágrimas, en verdaderas lágrimas de ternura y dolor. ¡Oh, estaba preciosa! Entre ahogados sollozos, exclamó:

—Señor don Juan, ¡por amor de Dios!, no me diga usted eso, no me lo diga usted. Es una falta de caridad jugar así con el corazón de esta desgraciada.

Sus dulces lágrimas humedecieron mi mano. ¡Qué lástima que aquel rocío celeste no fuera para mí! Me avergoncé de haber dudado un solo instante.

—¿No me cree usted? —dije—. Pues muy fácilmente puede convencerse de mi veracidad. Yo le proporcionaré ocasión de que oiga usted misma de los labios...

—¡Oh!, eso no puede ser... —replicó con dignidad.

—No propongo nada contrario al honor —añadí—. Su Majestad creo que daría la mitad de su corona por poder manifestarle a usted los sentimientos que le ha inspirado. Yo tengo el honor de ser amigo de Su Majestad, y me ha confiado este deseo de su corazón. ¿A qué conduce el negarle tan dulce y legítimo consuelo, cuando él, por la misma sublimidad de su amor, no aspira a nada que arroje sombra de mancilla sobre la adorada persona de usted?

—¡Oh, qué disparates! —dijo con miedo—. No, esto no puede pasar de aquí. Ni mi humilde condición con respecto a la suya me permite acercarme a él con legítimo fin, ni mi honra me lo consiente de otro modo. Es este un problema que no puede resolverse. No lo resolverá Su Majestad con todo su poder, ni me deslumbrará el esplendor de su corona hasta cegarme los ojos con que miro mi deber, la reputación de mi nombre y mi casa. ¡Jamás! Oiga usted bien lo que digo. Jamás consentiré en ver ni hablar a esa alta persona. Si he confesado lo que usted acaba de oír, lo he hecho porque mi corazón necesitaba esta noble, esta leal expansión con un cariñoso amigo que no puede venderme.

—Pero él...

—Ni una sola palabra más sobre este asunto. ¡Qué necia he sido! ¿Por qué no se me abrasó la lengua? Antes moriré cien veces que consentir en ser recibida por su amigo de usted, o en aceptar su visita. ¡Miserable de mí! Me daría yo misma con mis propias manos la muerte, si me viese cogida en una inicua celada por los cortesanos y aduladores de Su Majestad.

—¿Usted ha podido creer que yo...? —dije muy confundido.

—¿Por qué lo he de negar? Creo que, a pesar de su honradez, el deseo de servir a su señor le impulsa a abusar de mi confianza, de mi debilidad, de esta franqueza quizás culpable con que le he hablado... ¡Oh, Dios mío! ¡cuán desgraciada soy, cuán desgraciada!

—Señora, yo juro que nada he pensado contrario al honor de usted y de su hidalga familia. Pero no negaré que he creído posible y hasta conveniente para la tranquilidad del mejor de los hombres y del más virtuoso de los reyes, el preparar una entrevista amistosa...

—¡Por Dios! ¡Por todos los santos! —exclamó con acento dolorido—. Usted ha tramado perderme; usted no es ni puede ser un hombre leal. Pipaón, se acabó; ni una palabra más: retírese usted. ¡Al momento, al momento!

—Calma, calma. Lo decidiremos despacio y sin reñir, ni llamarme desleal.

—¿Qué quiere usted decir con entrevistas amistosas?

—Una conferencia de amigos, una explicación...

Quedose meditabunda largo rato, y yo pendiente de su contestación, con el alma en los oídos.

—Bien, lo pensaré. Deme usted esta noche para pensarlo.

—¿Y mañana recibiré la contestación?

—Sí, mañana en este mismo sitio y a la misma hora.

Cuando esto decía, sentí un rumor extraño en lo interior de la casa.

—Mi hermano viene —dijo con zozobra—. Retírese usted al momento, al momento, y apriete el paso. ¡Oh! Ha sido una suerte que Gasparito esté malo y no pueda salir de noche.

—Dios le conserve el mal... Conque hasta mañana, ¿eh? Adiós, niña mía.

Cerró la reja, y me retiré a mi casa. Yo también necesitaba meditar.

XXV

Al día siguiente oí a doña María quejarse de la profunda distracción de Presentacioncita, de sus nerviosidades y palideces, del trastorno muy visible que en sus maneras y lenguaje se había verificado, lo que acabó de confirmar mi creencia respecto a la veracidad de la niña en las confianzas que me hiciera. Llegada la noche, acudí a la segunda cita, y pareciome que se habían agravado en la hermosa muchacha los síntomas de exaltada y febril pasión.

—¡Cuánto ha tardado usted, don Juan! —me dijo reconviniéndome.

—He venido a la hora marcada, incomparable niña —repuse—. Si usted se ha anticipado, no me acuse de tardío. Y ¿qué tal? ¿Se ha meditado mucho? ¿Cómo está esa preciosa cabeza? ¿Se ha serenado, se ha aclarado ese entendimiento?

—He pensado mucho en ello, señor don Juan —me dijo con abatimiento—, y mi mal no tiene remedio.

—¡Que no tiene remedio! Eso lo veremos más adelante. Pero, por de pronto, dígame usted su parecer acerca de la entrevista amistosa.

Contestome con hondo suspiro.

—La entrevista amistosa serviría tan solo para aumentar mi desgracia. Déjeme usted, Pipaón, déjeme usted. Ni su amistad me sirve de nada, ni quizás la merezco tampoco... Me moriré sola.

—Seamos razonables, adorada niña —dije alargando una mano por entre los hierros de la reja—. Aquella persona a quien he dado esperanzas de obtener algunos castos favores, está loca de alegría. Hoy no ha habido despacho, y España y sus Indias andarán desgobernadas, mientras aquel desatentado corazón no se tranquilice.

—¿Y si yo consintiera en la entrevista? —preguntó con afán.

—Entonces pronto se conocería en el risueño aspecto del reino, y en la marcha rapidísima de los asuntos, que el trono había recobrado su asiento.

—¿Pues qué —preguntó con incertidumbre—, el trono es capaz de desquiciarse por mí?

—Presentacioncita, es máxima de la antigüedad que los reyes contrariados en sus amores no gobiernan bien a los pueblos.

—¡Ay!, Pipaón, cada vez me inspira usted menos confianza —dijo ella—. Se me figura que mientras yo manifiesto mis sentimientos más escondidos con tanta sinceridad y tanta nobleza, usted, fingiendo interés por mí, trata de engañarme, de perderme alevosamente, por servir a un caprichoso amigo.

—¡Yo falso, yo alevoso, yo traidor! —exclamé con mucho brío—. ¡Aplicar tales nombres a quien es la lealtad en persona... a quien daría gustoso su vida por el prójimo, por usted, Presentacioncita de mi alma! Por Dios, no me estime usted en menos de lo que valgo.

—No, usted no es sincero; usted oculta sus pensamientos —dijo en tonillo quejumbroso—. Lo que ha hecho usted con las señoras de Porreño, mis queridas amigas, prueba su mucho arte para el disimulo.

—¿Pues qué he hecho yo con esas dignas señoras? —interrogué, maldiciendo interiormente aquel pícaro sesgo que había tomado nuestro coloquio.

—¡Y lo pregunta!... Usted las entretuvo con promesas, mientras consumaba su ruina; usted compró los créditos de don Alonso de Grijalva con la libertad de Gasparito, y después...

—Basta, basta —exclamé con indignación—. Esos hechos no pueden juzgarse en dos palabras. Si yo diera a usted explicaciones, ¡cuán distinta sería su opinión acerca de esas supuestas maldades!

—No, si no digo yo que sean maldades. El hombre debe mirar por sí antes que por los demás. Nada malo hay en procurar uno su propio bien, aunque sea a costa ajena. Lo que digo es que usted sabe fingir muy bien; lo que digo es que usted me está engañando.

—¡Oh!, santa Virgen de los Dolores, señora y patrona mía. ¿Cómo convenceré a esta pícara de mi sinceridad, de mi buena fe? —dije con vehemencia—. Yo juro que nada he pensado que pueda ser contrario a la perfecta felicidad de usted, a su virtud esclarecida, al interés de su noble familia.

Y era verdad lo que pensaba. ¿Qué hacía yo sino proporcionar a la abatida familia de Rumblar fabulosos adelantamientos y repentina prosperidad? Interesado vivamente por el bien del reino en general y de cada español en particular, yo me constituía en protector de una familia, harto necesitada de una buena mano que la ayudase a salir del atolladero de sus deudas, y del pantano de sus inacabables pleitos.

—Y si no cree usted mis palabras —le dije resueltamente—, a los hechos me atengo. Ya he ofrecido a usted el medio de cerciorarse por sí misma, y no digo más.

—Acepto —dijo con viva energía, golpeando con el puño el antepecho de la ventanilla—. Acepto la entrevista amistosa. ¡Que Dios tenga piedad de mí!

—¡Oh, mujer feliz entre todas las mujeres felices de la tierra! En vuestra grandeza, señora mía, no olvidéis de hacer algo por este humilde servidor de Vuestra Majestad.

Al decir esto, me descubrí respetuosamente ante ella. Presentacioncita rompió a reír con vanidosa expresión.

—¡Yo Majestad! —exclamó—. Vamos, que pierdo el tino; ¡que lo pierdo sin remedio!

—Otras cosas hay más imposibles.

—No desvariemos, Pipaón. Sería locura pensar que he de salir de mi estado y condición actual. ¡Jesús!

—Monaguillo te vean mis ojos, que obispo...

—No, no hay que pensar en tales imposibilidades... posibles, pero que yo rechazo desde ahora. Lo que digo es que si por acaso me levantase yo dos dedos más arriba de donde estoy ahora, emplearía mi valimiento en hacer todo el bien posible.

—¡Admirable corazón!... —exclamé con fingido entusiasmo—. Permitidme, señora, que salude en vos al iris de paz de la hispana monarquía. ¡Oh, señora! ¡Oh, excelsa joven! ¡Cuánto siento no estar en sitio donde pueda prosternarme!...

—¡Se va usted a poner de rodillas! —dijo riendo—. No tanto, señor don Juan. Solo decía que en caso de tener algún poder...

—¡Algún poder!... Inmenso poderío tendrá usted... ¡Oh, señora, no se olvide usted de los desgraciados, de los menesterosos, de los pobrecitos, ¡ay!, de los pobrecitos huérfanos sobre todo!

—Sobre todo de los infelices que gimen en las cárceles y en los presidios por opiniones políticas.

—También, también: ¿por qué no? Apiádese usted de todo bicho viviente.

—Nada me contrista tanto —añadió con gravedad— como oír hablar de esas crueles comisiones militares, de esas persecuciones horrendas. ¡Oh! ¡Qué dulce será conseguir el perdón de los desgraciados para quienes se ha levantado la horca! ¡Qué inefable dicha correr en busca de la afligida madre, de la esposa, de la inocente hija, para decirles: «por intercesión mía tenéis padre, tenéis marido, tenéis hijo»! ¡Abrir las puertas de la patria a los proscritos, arrancar la vil soga de manos del verdugo, aplacar la ira de los furibundos jueces, derramar el bálsamo de la caridad en el irritado y endurecido corazón del mejor de los reyes!... ¡Oh, qué hermoso papel! ¡Dios mío, mátame, o déjame hacer ese papel!

A esta exaltación sublime siguió en la sensible muchacha un abatimiento profundo. Yo la contemplaba, diciendo para mí:

—Tan atroz es su pasión, que poco le falta para estar rematadamente loca.

—¡Qué sueños! —murmuró en tono patético pasando la mano por su abrasada frente—. ¡Qué disparates he dicho, Pipaón!... Pero mi desvarío es disculpable, ¿no es verdad? ¿Quién no pierde la vista hallándose tan cerca del sol? ¿Quién al sentir en su rostro el calor que irradia aquel centro de luz y de poder, de grandeza y munificencia, no se trastorna y marea?... Yo no sé lo que pienso, yo estoy absorta. Me parece que estoy amando a una sombra regia, a una figura magnífica y arrebatadora que para seducirme ha brotado de las estampas de un libro de historia. ¡Son tan altos los reyes! Feliz el gusano miserable que cae bajo su augusto pie. Honran hasta aquello que aplastan... Mi destino está ya decidido. No puedo contenerme —añadió con brío—. Adelante: Dios estará conmigo, puesto que está con él, como decía _La Atalaya_. ¿No es el hijo predilecto de Dios? ¿No le ha puesto Dios en el trono? ¿No emanan sus acciones todas de inspiración divina? ¿No están de antemano aprobados todos sus actos por el Eterno Padre? Adelante. Cúmplase mi destino y la voluntad de Dios.

No era ocasión de perder el tiempo en vanas retóricas. Deseando concluir le dije:

—Su Majestad va casi todas las tardes a la Casa de Campo.

—¿Al otro lado del Manzanares?... No he estado nunca allí —repuso en tono pueril—. Dicen que es muy bonito. Hay jardines preciosos, y un lago... todo de agua.

—Todo de agua, exactamente. Es un lugar delicioso. Iremos allá los dos.

—Bueno. Pasearemos primero por entre los árboles.

—Y nos embarcaremos en los botes del lago.

—¡Oh! ¡En los botes del lago! ¡Qué delicia! Pero, ¡ay! —exclamó con pena—, ocurre una dificultad grande.

—¿Cuál?

—Gasparito...

—Al diantre con Gasparito.

—No es esa la principal dificultad. Por la mañana le encargaré una comisión cualquiera, y cuando venga a darme la respuesta, ya habré salido yo.

—¡Admirable idea!

—Pero mamá no me dejará salir sola de casa. Forzosamente me ha de acompañar mi hermano.

—¡El señor don Diego! —exclamé meditabundo, considerando que el heredero de aquella noble casa no pecaba de sabio.

—No puede ser de otra manera. Mi hermano ha de ir conmigo; pero bien sabe usted que, aunque se ha corregido mucho, es bastante aturdido.

—Me ocurre una idea —repuse, encontrando solución a aquella contrariedad—. No importa que el señor don Diego nos acompañe hasta la posesión regia. Entraremos los tres: nos pasearemos por espacio de una hora, u hora y media; luego se le hace salir con cualquier pretexto...

—Y volverá a entrar.

—No: de que no vuelva a entrar me encargo yo.

—¡Cómo resuelve usted todas las dificultades!... Por mi parte yo procuraré catequizar desde esta noche a mi señor hermano, que ahora está muy fino y complaciente conmigo. Le diré que usted nos ha convidado para pasear por la Casa de Campo sin que lo sepa mamá; que usted conoce al administrador, el cual nos permitirá divertirnos mucho, correr por todos lados, hacer lo que queramos, como si la posesión fuera nuestra.

—Y cazar y pescar. Prométale usted lo que quiera. Haremos locuras para que nadie sospeche. Cuando llegue la ocasión en que su presencia nos estorbe, usted dirá que se le ha olvidado cualquier cosa, que desea una fruslería; por ejemplo...

—Caramelos.

—No hay tal cosa por aquellos alrededores; pero se pueden pedir...

—Anises.

—En los puestos del río los hay. Usted manda a su hermano que le traiga anises, ¿eh? Él sale...

—Y no vuelve a entrar... Es usted el mismo demonio. En fin, estoy decidida. Que no me abandone Dios es lo que deseo.

Después, estremeciéndose de súbito, lanzó un suspiro, y con voz conmovida me dijo: