Memorias de un cortesano de 1815
Part 8
¿Cómo había yo de faltar a la función de los trinitarios, si era hombre que a ninguno cedía en religiosidad, ni perdonaba medio de que se me tuviese por escrupuloso guardador de los preceptos y prácticas de la Iglesia? Además, poco antes había sido nombrado prioste de la archicofradía de _Luz y Vela_, y como tal me correspondía asistir a la función, y acudir al pórtico del templo, donde habíamos puesto el mostradorcito con varios objetos devotos y otros profanos, que al son de trompeta y tamboril se vendían o rifaban para atender a los gastos de la corporación.
Desde muy temprano estaba yo con mi cinta al cuello, espetado en el pórtico, en compañía de mis colegas el señor licenciado Moñino, de la Suprema Inquisición; don Felipe Rojo, racionero medio de Toledo, y el subcolector de espolios, don Vicente Barbajosa. El gentío era inmenso, y se agolpaba en las distintas puertas del edificio, estorbando el paso de los fieles, lo que perjudicaba mucho la venta.
En el atrio del convento estaba el zaguanete de la Guardia de la Real persona. No tardó en aparecer Su Majestad, desplegando en su persona y comitiva tanta pompa y aparato, que se sentía uno orgulloso de ser español, y llamarse vasallo de quien por tal modo y con tal grandeza representaba en la tierra la autoridad emanada de Dios. Daba gusto ver aquella fila de coches, tirados por sendos pares de caballos, a tres pares cada uno. Cada individuo de la familia real iba en el suyo, resultando una procesión que cogía medio Madrid, con la caterva de batidores, correos, lacayos, escoltas, carruajes de respeto, palafreneros, caballerizos y demás figuras admirables que recreaban la vista y el alma. ¡Qué profusión de uniformes, cuánto plumacho y galón, qué diferentes clases de sombreros, de uniformes, de caras, de arreos! Diríase que le transportaban a uno al oriente, o a las pomposas fiestas de la India. ¡Feliz nación la nuestra, que tal magnificencia podía ofrecer a los aburridos ojos de los súbditos, para que se alegraran y diesen gracias a la Divina Providencia por haber hecho de nuestros reyes los más rumbosos y magníficos de la tierra! Allí se veía la grandeza de nuestra nación, allí sus inmensos tesoros, allí su dignidad excelsa, allí la representación más admirable de su poderío. ¡Viva España!
Formaron los guardias (a quien entonces llamaba el vulgo _chocolateros_, no sé por qué), y el estrépito de tambores y clarines llenaba los aires. Tales sones, y el limpio sol que inundara aquel día las calles, daban a la regia comitiva esplendor y armonía celestes. Los gritos de ¡viva el rey absoluto! resonaban por doquiera. ¡Oh, feliz consorcio de la monarquía absoluta y la religión santísima! ¡Quiera el cielo que existas luengos siglos, y que ambas instituciones, hijas de Dios, vayan siempre de la mano y partiendo un piñón, para que los fieles cristianos, súbditos del encantador Fernando, vivamos pacíficamente en la tierra, libres de revoluciones impías y de locas mudanzas!
Salió la comunidad con palio a recibir al Monarca, y llevándole en procesión a un camarín riquísimo que le habían preparado en el claustro, rogáronle que se adornase el pecho con media docena de escapularios, y alguna reliquia milagrosa de huesecillos de santo, lo cual, como hombre piadosísimo y temeroso de Dios, hizo de buena gana. El infante don Carlos y don Antonio Pascual imitáronle, dirigiéndose después todos, cirio en mano, a la vecina iglesia, donde ocuparon sus asientos en medio del respeto y la admiración de los fieles.
Todavía me parece que le estoy mirando. No puedo olvidar su majestuosa figura arrodillada, con los ojos fijos en el Santísimo Sacramento en actitud tan edificante, que la misma impiedad se habría desarmado y convertido contemplándole. ¡Con cuánta devoción atendía a las sonoras preces, y con cuánta fe al sermón que predicó el padre Vargas, y en el cual no faltó aquello de llamarle Trajano y Constantino, y de elogiar _sus sabios dictamentos para dirigir sabiamente la nave del estado_! ¡Con cuánta unción y evangélica mansedumbre besó las reliquias que el padre Ximénez de Azofra le presentara, y dijo después las oraciones finales para implorar de Su Divina Majestad la gracia y el buen consejo! Todos los presentes estábamos conmovidos, y parecía que se nos comunicaba algo de la celestial hermosura de aquel varón insigne, ante cuya preciosa cabeza se postraba mudo y sumiso el pueblo escogido de Dios. ¡Oh, qué gusto ser español!
Concluida la ceremonia, pasó Su Majestad al camarín, donde ya se había dispuesto una lujosísima mesa, como destinada a boca y paladar de tal príncipe, y en la cual las viandas más apetitosas reclamaban la vista y olfato, recreando y extasiando el alma. No sé qué angelicales reposteros pusieron en ello sus manos; pero lo cierto es que la tal mesa parecía destinada a ser servida en los altos comedores del Paraíso, para regalo de las excelsas potestades. Aunque allí como en los claustros no tenían entrada sino las personas convidadas, damas de lo más granadito de Madrid, consejeros, generales, oficiales, marinos, presidentes y priostes de las cofradías, capellanes de Palacio, alguaciles y familiares de la Inquisición, canónigos de San Isidro y demás sujetos de viso, el gentío era grande, porque los trinitarios, deseosos de dar lucimiento a la fiesta, habían abierto mucho la mano en las invitaciones. No nos podíamos rebullir; todos querían ver los augustos semblantes de Su Majestad y Altezas. Los frailes no cabían en su pellejo de puro satisfechos, y trataban de atender a todo.
Su Majestad no hizo más que probar algunos platos; obsequió con dulces a las damas, dando muestras, allí como en todas partes, de su exquisita galantería, y se retiró a la sala capitular para despedirse de los bondadosos y humildes padres. Pugnaban los convidados por penetrar en la sala, llevados unos del deseo de saciar sus ojos en la contemplación del rostro de nuestro soberano, otros aguijoneados por el afán de presentarle memoriales. Gracias al padre Salmón, que se me apareció como emisario del cielo, pude penetrar en la sala, llevando conmigo a la señora condesa de Rumblar con su hija, y a las señoras de Porreño. Las cinco damas estuvieron a punto de quedarse fuera. Sensible sobre toda ponderación hubiera sido este accidente, porque la condesa iba a presentar al rey un memorial pidiendo una bandolera para su hijo, y doña María otro en pro de la tan deseada moratoria.
¡Oh, espectáculo sublime, y qué hermoso es ver a un rey atendiendo con paternal solicitud al socorro de sus hijos, recibiendo las peticiones de estos, y prometiendo satisfacerlas con generosidad, con esa generosidad regia que es un reflejo de la misericordia divina! Puesto Su Majestad en un estrado que a propósito se había construido, el prior Ximénez de Azofra le presentó un memorial solicitando no sé qué mercedes para dos sobrinos suyos y dos cuñaditos de su hermana; y después que el bendito trinitario cumplió los deberes domésticos, mirando por el bien de su venerable parentela, fue presentando al rey uno por uno a todos los demás postulantes, que ya habían convenido con él en los pormenores de esta ceremonia. Recogió Fernando las peticiones con tanta bondad, que era imposible contener las lágrimas viéndole. A todos prometía villas y castillos, dirigía algunas preguntitas, hacía el obsequio de una sonrisa, cuando no de palabras, y daba a besar su real mano con una llaneza que no desmentía la dignidad. ¡Oh, qué inefable delicia ser español y súbdito de tal monarca!
Cuando Ximénez de Azofra indicó a la señora de Rumblar que se acercase, y vio Su Majestad a la grave madre y al lindo retoño, se rio de una manera tan franca que todos nos quedamos pasmados; y al recibir el memorial fijó los negros ojos de fuego en Presentacioncita, la cual, turbada, azorada, trémula, vaciló, y hubiera caído en tierra si no la sostuviéramos. Púsose la niña más roja que una cereza. Dirigiole el paternal y bondadoso monarca la palabra, preguntándole si tenía padre, a lo cual doña María, hecha un mar de lágrimas, contestó que no.
Todos nos asombramos de la inmensa bondad del rey, que en aquella pregunta pareció como que quería constituirse en padre de todos los huérfanos del reino.
Cuando nos retirábamos, Presentacioncita estaba pálida como el mármol.
—¿Le vio usted bien? —me dijo en voz baja—. ¡Ay!, señor de Pipaón, estoy asombrada, aterrada.
No pude oírla más, porque sentí que entre el gentío me ponían una mano en la espalda.
Era el duque de Alagón que quería hablarme a solas... pues no podía pasar mucho tiempo sin que él y yo tratásemos algo importante para el bien del estado.
XVIII
A las dos del siguiente día estaba yo en Palacio. Enviome don Antonio Ugarte, recién llegado a Madrid, para que diestramente y con amañados pretextos observase lo que allí pasaba. Después de hablar con varios gentileshombres y mayordomos, llevome uno de estos al salón que precede a las regias estancias, y en el cual suele verse en días de audiencia gran marejada de pretendientes que entran o salen. Presentóseme allí el duque de Alagón, que, llevándome aparte, me señaló un anciano que en el mismo instante salía de la Cámara Real.
—¿Conoce usted a ese? —me dijo.
—Es don Alonso de Grijalva —contesté sin disimular mi disgusto—. ¡Maldito vejete! No puede dudarse que ha venido a implorar el perdón de su hijo.
—Y lo ha conseguido: yo puedo asegurarlo porque estaba presente durante la audiencia. ¿Creerá usted que el buen señor se ha echado a llorar delante del rey?
—¡Qué falta de cortesía!
—Su Majestad le ha recibido bien. Grijalva goza de muy buena opinión: es realista vehemente.
—Vamos, que se ha salido con la suya.
—De una manera absoluta. Por esta vez, amigo Pipaón... Además vino presentado por dos personas de la primera nobleza, y por el patriarca, y precedido por una carta del nuncio.
—¿De modo que se nos escapó Gasparito? —pregunté yo, tomándolo a broma.
—Sin remedio ninguno. Su Majestad se ha mostrado tan decidido, tan categórico... Al despedirse, le dijo: «Puedes marcharte tranquilo a tu casa, que mañana sin falta estará tu hijo en libertad, y se sobreseerá esa causa. Te lo prometo, te lo prometo, te lo prometo.» Lo repitió tres veces.
—¡Cómo ha de ser!... A lo hecho, pecho —dije, calculando sin pérdida de tiempo qué nuevos medios emplearía para llevar adelante mi plan.
Pero sacome de mis meditaciones el duque mismo, llevándome de sala en sala hasta una en que acostumbraban reunirse los cortesanos para arreglar sus cuentas de favoritismo unos con otros, sopesar su respectiva influencia, y regodearse en común de ver la buena marcha de los asuntos del gobierno.
Cuando entramos el duque y yo había en el salón cuatro personas; paseábanse juntos de un ángulo a otro en la diagonal de la estancia Pedro Collado y don Francisco Eguía, teniente general, ministro de la Guerra, anciano casi decrépito, aunque no privado aún de cierta agilidad, y con una singular comezón de hablar y moverse, que era el rasgo distintivo de su espíritu, así como la coleta y corcovilla lo eran de su cuerpo. Formando grupo aparte, hablaban por lo bajo, sentados en un diván, don Pedro Ceballos, ministro de Estado, y don Baltasar Hidalgo de Cisneros, ministro de Marina.
Detuviéronse Eguía y Collado al vernos, y el primero, que no por ser de carácter inflexible y duro en los negocios públicos dejaba de mostrar llaneza en la conversación familiar, me dijo:
—¡Cuánto bueno por aquí! Me han dicho que va usted a la Caja de Amortización... Sea enhorabuena.
—Gracias, muchas gracias —repuse con modestia—. Bien saben todos que no lo he solicitado.
—Bien hayan los hombres de mérito —dijo Collado—. Ellos no necesitan de recomendaciones para subir como la espuma.
—Nos hemos propuesto darle su merecido a este tunante de Pipaón —declaró el duque con cortesanía—, y poco a poco lo vamos consiguiendo. Este va para ministro, señor don Francisco.
—Lo creo, lo creo —repuso el anciano alzando la abatida cabeza, y guiñando el ojo para mirarme—. Pero no le arriendo la ganancia... ¡Santo Dios, qué laberinto, qué torre de Babel es un ministerio!
—Lo creo, señor don Francisco —dije con oficiosidad—. Pero sin su poquito de abnegación, no se concibe al buen súbdito de Su Majestad.
—¡Oh, es claro! Nos debemos a Su Majestad... Pero a mis años, la enorme carga de un ministerio es insoportable... Precisamente en estos días la balumba de asuntos puestos al despacho me ha rendido más que una batalla.
—Pues es preciso cuidarse, señor don Francisco.
—¿Querrá usted creer, señor Collado —dijo el guerrero gesticulando con desenvoltura—, que ya están despachados todos los nombramientos que usted me recomendó en aquella minuta?...
—¿Las doce comandancias de provincias, seis plazas fuertes, y no sé cuántas tenencias de resguardos?... Pues la mitad de esas limosnas son para el señor duque, que nos está oyendo.
—Vamos —continuó don Francisco con socarronería—, que por falta de pedir no se les pondrá mohosa la lengua. Yo, que soy ministro, no he podido satisfacer el deseo que ha tiempo tengo de regalar un arciprestazgo al sobrino de mi cuñada. ¿Y por qué? Porque no me ocupo de pedir, ni gusto de importunar por un miserable destino.
—Se tendrá en cuenta —afirmó gravemente Collado.
—Hace pocos días —continuó el general—, hablé de esto a Moyano, y me dijo que Su Majestad se había reservado la provisión de todas las plazas.
—No es cierto, ¡qué enredo! —expresó el ayuda de cámara—. ¡Reservarse Su Majestad todas las plazas!
—Quien se las ha reservado —afirmó el duque con enojo—, es el mismo ministro, el insaciable don Tomás Moyano, que tiene media nación por parentela.
—¡Es gracioso! —dijo Eguía riendo—. Cuentan que ha despoblado a Castilla; que ya no hay en Valladolid quien tome el arado, porque los labradores todos han pasado a la secretaría de Gracia y Justicia.
¡Cuánto nos reímos a costa del ministro ausente! Yo, que no quería perder la coyuntura de demostrar a don Francisco Eguía la admiración que me causaba su desmedida aptitud para los asuntos militares, dije con gravedad:
—No me nombren a mí esos ministros que no se ocupan más que de la provisión de destinos, de colocar parientes, y despoblar aldeas para rellenar secretarías. Tales hombres no hacen la felicidad del reino... Señores, no todos los ministros cumplen con su deber. Casi puede decirse que la mayor parte van por mal camino; casi, casi se puede afirmar que uno solo... y no lo digo porque esté delante don Francisco Eguía... Cuantos me conocen estarán hartos de oírme asegurar que de todos los secretarios del despacho, el que con más celo se consagra a asuntos beneficiosos y de interés general, es el que nos está oyendo.
—Gracias, gracias —exclamó el anciano, poniendo su guerrera mano en mi hombro—. He hecho lo que me ordenaban mis antecedentes militares.
—La verdad es que solo el trabajo de las nuevas ordenanzas basta a asegurar la reputación de un ministro.
—¡Y cuánto me han dado que hacer las tales ordenanzas! —dijo don Francisco, con voz hueca y ponderativos ademanes—. Como que abrazaban multitud de puntos delicados, y que no era posible resolver a dos tirones. Ha sido preciso dictar disposiciones nuevas, que no figuraban en nuestros antiguos códigos militares. ¿Creen ustedes que es un grano de anís? Fácil era prohibir a los soldados que cantasen las estrofas que les guiaron al combate durante la guerra; pero ¿y la orden de rezar el rosario en cuerpo todos los días?... ¿y la serie de minuciosas instrucciones sobre el modo de tomar agua bendita al entrar formados en la iglesia? Luchábamos con el vacío que la legislación militar ofrece hasta hoy en este punto, y hemos tenido que hacerlo todo nuevo.
—¡Admirable, admirable! —exclamé—. Pero sírvale a usted de consuelo por su trabajo la gratitud del ejército.
—¿Qué deseo yo sino su bien? —prosiguió el venerable militar—. Sabe Dios que me contrista en extremo el que se deban tantas pagas; pero eso no está en mi mano remediarlo.
—Ni en la de nadie —afirmó el duque.
—Pero váyase lo uno por lo otro —dije yo—. Si no cobran, en cambio el señor don Francisco ha decretado la construcción de un hospital de inválidos.
—Es verdad, también tengo esa gloria. Yo he dado ese decreto, y si el hospital no se construye, no es culpa mía.
—Ni mía —repitió maquinalmente Collado.
—A falta de pagas —añadió Eguía con juvenil complacencia—, preparo una disposición, en virtud de la cual cada año de campaña se cuenta como dos de servicio, lo cual tiene la ventaja de que muchos militares noveles y que ahora empiezan su carrera, puedan retirarse a sus casas con una pingüe cesantía... Vamos, no se quejarán.
—Sobre eso écheles usted las cruces recientemente creadas.
—Justamente —dijo don Francisco—. Miren ustedes: no paré hasta no conseguir el establecimiento de la _Cruz de Lealtad de Valencey_, con la cual se ha premiado a los que acompañaron a Su Majestad, mientras aquí ardía la más feroz de las guerras... En fin, en mi ministerio se ha trabajado. Solo siento que mis años y achaques no me permitan desplegar mayor actividad, y me alegraré de tener un sucesor que no levante mano hasta poner a nuestro ejército en el pie de magnificencia que le corresponde.
A este punto llegaba, cuando se acercaron a nosotros el ministro de Marina y don Pedro Ceballos.
—¿Quién va al cuarto del infante don Antonio? —preguntó don Baltasar Hidalgo de Cisneros, disponiéndose a salir.
—Corra usted, corra usted... —repuso el duque con sandunga—. Su Alteza está muy impaciente por saber el estado de la mar.
—Barcos no tenemos —indicó maliciosamente Ceballos—; pero almirante...
—El Almirantazgo ha quedado constituido al fin —dijo Cisneros—, gracias a mis esfuerzos. Por algo se empieza. Hay que tener paciencia.
—Es claro: los barcos se harán después —apunté yo.
—Gracias a Dios —indicó Cisneros—, ya tenemos Almirantazgo. Precisamente acaba este de tomar una determinación importante.
—¿Cuál?
—Ceder al infante los derechos que la corporación percibe. Es una bonita renta.
—Lo que dice Pipaón —manifestó Ceballos—. Tiempo hay de hacer los barcos. La cosa no urge.
Cisneros no habló más, y se retiró. Era un viejo caduco y tristón que no infundía ya sentimientos de afecto ni de antipatía. Había estado en el combate de Trafalgar, mandando en la _Trinidad_, como mayor general de Uriarte. En 1810, hallándose de virrey en Buenos Aires, fue débil, tan débil que permitió a los rebeldes formar una junta de gobierno, con tal que le diesen un puesto en ella. Pero los insurgentes americanos, después que se apoderaron del gobierno y de las fuerzas navales, despidieron ignominiosamente al virrey. Vuelto a España, no encontró un patíbulo, sino la capitanía general del departamento de Cádiz, que era un buen momio, y después el ministerio de Marina. Cisneros tenía pocos amigos. Apenas le traté, porque su lúgubre tristeza me aburría en extremo.
—Si Cisneros y yo seguimos en Marina y Guerra —afirmó Eguía con petulancia—, hemos de poner a marineros y soldados, como antes dije, en el pie de magnificencia que les corresponde.
—Mientras no se encargue de calzar ese pie de magnificencia el señor duque que está presente... —dijo Ceballos mirando con maliciosa intención a Paquito Córdoba—; mientras todo el ejército de mar y tierra no vista y coma al compás de los rollizos galanes de la Guardia, no haremos nada. El señor duque puede comunicar al señor ministro de la Guerra su receta para engordar soldados.
Con estas frases malignas, zahería el astuto ministro de Estado al señor duque de Alagón. Hacía tiempo que no se miraban con buenos ojos.
—La Guardia de la Real persona —dijo Paquito Córdoba— come lo que Su Majestad se digna darle. En ella no hay un solo individuo que haya metido su mano en la olla del rey José, ni en el puchero de las Cortes de Cádiz.
Esta saeta era muy punzante para Ceballos, que desde 1808 se había sentado a todas las mesas. No contestó el ladino cortesano a la insinuación del duque y varió de conversación. Era Ceballos hombre instruidísimo en diplomacia máxima y mínima; muy conocedor de las grandes vías, así como de los callejones de la política. Reservándome para más adelante el trazar su historia, diré aquí tan solo que era el más instruido de los presentes, sumamente listo, de semblante simpático y modales muy finos, como de quien había cursado en diferentes cortes europeas, distinguiéndose además por su aparente dignidad y cordura al tratar las cuestiones de estado. Detestaba cordialmente la camarilla, a la cual llamaba _vil chusma_, aunque nunca se atrevió a combatirla abiertamente, ni tampoco renunció a su apoyo cuando lo necesitaba. Más que odio inspirábale envidia, porque podía más que él. En cuanto a mi persona, en aquella sazón Ceballos me consideraba mucho, por el afán de congraciarse con Ugarte, a quien envidiaba y temía. Así es que no bien disparole el duque la alusioncilla picante de su afrancesamiento, entabló coloquio conmigo, mientras los demás charlaban de otro negocio.
—¿Conque va usted a la Caja de Amortización? —me dijo.
—Por mi parte nada sé —repuse con modestia—. Algunos me lo han indicado; pero puedo asegurar que no lo solicité, ni hasta ahora me lo han propuesto.
—Dígolo, señor de Pipaón —añadió disimulando con una sonrisita forzada y modales respetuosos el desprecio que aquel fatuo sentía hacia mí—; dígolo porque me parece una de las mercedes más justas que se han dado en estos tiempos... Vamos a ver, ¿por qué no se viene usted con nosotros?
—¿Al ministerio de Estado?
—Justo. Hombre, se lo he de decir a Ugarte, a mi querido amigo el señor don Antonio... Allí necesitamos hombres de actividad, hombres de ingenio despierto...
—Gracias, señor don Pedro. Yo no sirvo para la diplomacia.
Firme en mi propósito de no desperdiciar ripio para ganar la estimación de cuantos hombres figuraban, hubiesen figurado o estuviesen en vías de figurar por aquellos días, dije al don Pedro:
—En el ministerio de Estado no pueden servir hombres legos y sin ninguna ciencia diplomática. Desgraciadamente en España tenemos tan pocas personas idóneas para este ramo...
—Es verdad.
—Tan pocas, que se pueden contar —repetí—; y si nos concretamos al desempeño de la primer secretaría, no sé, no sé que haya más de uno... No lo digo porque me esté usted oyendo. Cuantas veces he hablado de esto con mis amigos les he dicho: «Cítenme ustedes un hombre, uno solo que pueda reemplazar a don Pedro Ceballos, si por desgracia dejara la cartera de Estado.»
—¡Oh! Es usted muy benévolo, Pipaón —me dijo, no muy sensible a mis lisonjas.
—Es la verdad —proseguí con calor—. Yo me asombro de la delicadeza y dificultad de los negocios diplomáticos en que hay que tratar con naciones extrañas, y procurar engañarlas a todas si es posible... Cualquier ministerio puede desempeñarse fácilmente; pero el de usted... Bien lo conoce Su Majestad, que, al tolerar en las demás secretarías a personajes tan nulos como don Francisco Eguía —bajé la voz, aunque estaba lejos—, pone en las de Estado al único hombre de talento y saber que frecuenta estas salas...
—¡Qué lisonjero!
—¡La verdad! Vamos a ver. ¿No da risa ver al frente del ramo de Guerra a ese grotesco señor de la coleta, que poco ha ponderaba las ridículas ordenanzas que ha dado al ejército?
Don Pedro Ceballos no pudo contener la risa.
—Calle usted, calle usted —me dijo, haciendo alarde de prudencia y compañerismo.
Luego, bajando la voz y tomándome el brazo para alejarnos más de los demás palaciegos, añadió:
—Sea usted franco. Esa _vil chusma_, con la cual usted anda a brazo partido, ¿ha dicho hoy algo de la caída de Villamil?
—No ha dicho una sola palabra, señor don Pedro: ellos no se franquean conmigo —respondí—. Saben que les desprecio altamente...
—Se murmura que Villamil no durará dos días. ¡Qué desventurado reino! Aquí no hay nada seguro; vivimos a merced de esa gentuza...
—Si yo no sé cómo Su Majestad tolera que ese vil criado, ese libertino duque...
—Más bajo...