Memorias de un cortesano de 1815
Part 7
—Pipaón —añadió con voz meliflua, y poniendo en sus ojos un abreviado paraíso de dulzura, de hechizo y seducción—. Yo tengo un proyecto, en el cual me ha de ayudar usted... Yo quiero ir esta noche a llevar algún socorro a Gaspar, y cuento con que me acompañe, con que me lleve usted.
—¡Esta noche!... ¡Los dos! —exclamé absorto, sin saber si negarme o aceptar.
—¡Esta noche!... ¡solitos!... mejor dicho, con doña Salomé, que irá conmigo, porque también quiere dar ella algún auxilio al pobre muchacho.
La ilustre y ya marchita dama, que hasta entonces no había desplegado sus labios, me miró con cierto vislumbrillo de enojo, y dijo:
—Si el señor don Juan no gusta de ir con nosotras, no faltará un galán cortés y fino que nos acompañe.
—¿Acaso he dicho yo algo, señoras? —repuse con humildad, considerando que la expedición era muy conveniente para mí por todos conceptos—. Vamos a donde ustedes quieran, aunque sea al fin del mundo.
—No es tan lejos —indicó Presentación—, aunque por ahora no se le revelará a usted la calle ni la casa.
—Yendo conmigo, la condesa dejará salir a Presentación. Salimos al oscurecer —dijo doña Salomé, revelando en su rostro de tafetán el deleite que aquellos livianos pensamientos de escapatoria le causaban—. Decimos que vamos a la novena del Ángel de la Guarda, y que a la vuelta subimos un ratito a casa de la marquesa, que ha dado a luz dos niñas de un parto.
—Y luego que veamos al pobre Gasparito, y le consolemos y le demos algún socorro —añadió la muchacha—, le sacaremos de allí; y como no hay lugar más seguro que la vivienda de un cortesano del despotismo, don Juan se le llevará a su casa.
—¡A mi casa! ¡Llevar a mi casa a un prófugo, a un reo de lesa majestad!...
—Vamos, amigo —dijo la niña con donaire, plantándome su divina manecita en el hombro—, no nos venga usted aquí con palabrotas. Aquí no hay delito ni majestades. Si usted no le lleva a su casa, si usted no le esconde, reñiremos para siempre. No me mire usted, no me hable, no se ponga donde yo le vea.
Como prometer no era cumplir, ni la aquiescencia verbal equivalía a positivas concesiones de mi parte, prometí cuanto me pidieron, y convine en todo lo que tuvieron a bien proponerme, con reserva de hacer después lo que me pareciera más conforme a la justicia, al bien del estado, y a mi propio sagrado interés.
* * * * *
Y para no cansar, aquí me tienen ustedes embozado en mi pañosa, con el sombrero hasta las cejas (si bien la oscuridad de la noche y el macilento alumbrado de la villa ahorraban precauciones), llevando una madama pendiente de cada brazo, como en los buenos tiempos de cuchilladas y amoríos, pasando de calle a callejón y de callejón a plazuela, ora de prisa para huir de un grupo de curiosos, ora despacito para recrearnos con el majo cantar que por las rejas de una casa humilde salía, a veces callados los tres, a ratos hablando y riendo, regocijadas ellas de la libertad que gozaban, mientras las severas matronas nos suponían carcomidos de devoción en la novena del bendito Arcángel.
A mí me gustaba también el paseo, porque eso de llevar dos damas, una a cada costado, en la oscuridad de la noche y en un pueblo como Madrid, donde se abren tantas puertas al aventurero amor y a los locos deseos, no es cosa de despreciar. Yo oprimía con suave delectación el brazo de la de Rumblar, dejando el de la otra en libertad de que juntara o no su flaqueza con la del mío.
—¿Pero llegamos o no? —pregunté a la muchacha.
—Ya pronto. ¿Es esta la calle del Águila?
—La del Águila es.
—Bueno... ahora a la del Rosario.
—Pues a la del Rosario. Supongo que no será para rezarlo. Parece mentira que en una casa que lleva ese nombre tan devoto se esconda un reo de lesa majestad.
Presentacioncita me clavó sus dedos en el brazo con tanta fuerza, que lancé un grito.
—Por infame y deslenguado —dijo ella.
Al entrar en la mencionada calle, doña Salomé preguntó, señalando una casa:
—¿No es por aquí?
—Aquí —dijo Presentación, señalando la inmediata, y acompañando su ademán de amoroso suspiro—. Creo que es núm. 4...
—El 4 es. ¿Llamamos?
Llamé a la puerta, no sin cierta zozobra de que algún bárbaro malsín apareciera y me solfease de lo lindo. Según habíamos convenido, pregunté a la mujer que franqueó la puerta si vivía en aquellos aposentos un joven llamado don Federico, el cual había venido poco ha de Toledo. Díjonos la mujer con muy malos modos que el joven se había marchado de aquella honrada casa para ir a otra de la calle del Bastero, núm. 6, donde de seguro le encontraríamos, porque andaba muy tapujado y no salía a la calle.
Fuimos a la del Bastero, y en su núm. 6 nos detuvimos para decidir qué resolución se tomaría, porque no era prudente arriesgarse en aventuras por tales sitios. Yo estaba ya arrepentido de haber metido mis manos en aquel fregado, mayormente cuando oí rumor de pendencias en la inmediata calle del Carnero.
—¿Qué hacemos? —pregunté a la decidida Presentación.
—Llamar.
Doña Salomé, que participaba de mis temores, dijo:
—Es demasiado tarde y esto está muy lejos. Me arrepiento de haber venido aquí. Opino que debemos retirarnos.
—Llame usted, Pipaón, y pregunte —ordenó la joven.
En el piso bajo había una taberna, lo que me pareció de malísimo augurio, y las voces y juramentos que de ella como de un antro infernal brotaban, ponían miedo en el más esforzado corazón. Pero no hubo más remedio: llamé, y hecha mi pregunta salió un portero rufián, el cual con muchísima sandunga nos dijo que entrásemos, y que si no el doncel buscado (de quien no podía asegurar estuviese en la casa), había otros muchos que recibirían bien a las madamas.
A regañadientes entré yo, empujado más que conducido por la amante doncella, y bien pronto nos hallamos en un patio de esos que sirven de centro a una casa de Tócame-Roque.
—¿En dónde nos hemos metido? —preguntó con zozobra doña Salomé.
—Eso digo yo. ¿En dónde nos hemos metido?
—¿Conque por quién preguntan ustedes? —dijo el vejete portero con una sonrisa truhanesca que me heló la sangre en las venas—. ¿Por el oficialito, por el abate, por...?
—Por ninguno de esos, camarada —repuse—, porque ahora mismo nos volvemos a la calle.
—No hagamos caso de este buen hombre —dijo con afán la muchacha—. Subamos, e iremos preguntando de puerta en puerta.
—¡Está usted loca! ¿Sabe usted qué clase de gente es la que vive en estas casas?
—Gente muy honrada y cabal —afirmó el portero—. Una señora que fue doncella de Su Alteza la infanta doña María Josefa... un autor de diccionarios, siete poetas, dos grabadores de retratos, un torero, uno que fue magistrado del Crimen...
Oíase rumor de disputas en los pisos altos de aquella colmena, el cual convidaba a salir cuanto antes en busca del silencio de la calle. Cerrábanse y se abrían con estrépito las puertas, dando paso a la claridad de las luces y al rumor de las voces, y un enjambre de chicuelos corría por los pasillos jugando a la caballería ligera y pesada. Dos traperos amontonaban no sé qué inmundos despojos en medio del patio, y tres mujeres se ponían como ropa de pascuas por la precedencia en sacar agua del pozo.
—Ábranos usted la puerta —dije resueltamente al Cancerbero, sacando una moneda, con la cual pensaba ponerle de parte nuestra si ocurría cualquier accidente desgraciado.
Diciendo y haciendo, di algunos pasos hacia la puerta, cuando en esta sonaron fuertes y repetidos golpes, acompañados de gran gritería y algazara de fuera, a la que respondió al punto otra no menos discorde en los corredores.
—¿Qué es esto, portero?
—Nada, señor —respondió con socarronería—: es la policía que viene en busca de un señoritico lameplatos, mamón y liberal, que se nos refugió aquí esta mañana. Yo di parte...
—¡Él! ¡Dios mío! ¿Dónde está? —gritó Presentación con angustia.
—Se descubrió que se había escapado de la cárcel, donde estaba por injurias a nuestro querido rey —añadió el portero, corriendo a abrir.
—Escondámonos... salgamos de aquí —dijo doña Salomé, agarrándome el brazo y tirando de mí.
—¿Pero por dónde? Vamos a tropezar con la policía.
—Escondámonos.
—Adelante.
—Subamos.
—Bajemos.
—Busquemos otra salida. Si nos ven...
—Señoras, no somos criminales —dije procurando sosegarlas—. Si la policía nos ve, nos verá. ¿Qué importa?
Diciéndolo, vi que entraban hasta media docena de alguaciles, asistidos de otros tantos soldados, y tras ellos una multitud de personas del bajo pueblo, todos los que a la sazón bullían en la taberna, muchas mujeres de la vecindad, y el contingente completo de la chiquillería de la calle. Vociferaban, gruñían, chillaban y reían en bestial coro.
Una aprehensión en aquellos tiempos no era gran novedad; pero por viejo y gastado que el asunto fuese, siempre tenía irresistibles encantos para el pueblo, muy soliviantado entonces, y enfurecido contra todo lo que a liberal o afrancesado transcendiera.
—¡Le van a matar! —murmuró entre sollozos Presentación, llorando sin consuelo.
—Veamos si podemos escabullimos —dije yo.
—No... no —gritó la afligida señorita—. Veamos si le podemos salvar. Pipaón, diga usted que es un consejero de Castilla, un ministro; que es amigo de los señores obispos, del nuncio, del rey.
—Chitón... no se gastan bromas con esta gente.
—¡Yo quiero subir, yo quiero hablar a la policía! —exclamó, alzando la voz con desesperación—. Ustedes no tienen alma... yo estoy loca. ¡Socorro!
Maldita la gracia que me hacía aquella situación, que empezó a ser apuradísima desde que la dolorida muchacha puso el grito en el cielo, atenta solo a su amorosa aflicción, y sin hacer caso de lo demás. No sé en qué hubiera parado trance tan amargo, si el agudísimo y tunante portero, conociendo al vuelo el apuro en que yo estaba, no viniera en nuestro auxilio, cuando ya la gente de la vecindad nos rodeaba, nos observaba, señalándonos como a tres entes extrañísimos en aquel sitio.
—Vengan usías por aquí —dijo el vejete, llevándonos al fondo del patio—. Pues no se puede salir, entren en mi cuarto, y aguarden a que pase esta batahola.
Mucho trabajo costó llevar a Presentacioncita al oscuro albergue del señor portero; mas a fuerza de ruegos y prometiéndole yo que al día siguiente haría poner al preso en libertad, se aplacó un tanto. El portero, luego que nos puso en seguridad dentro de su aposento, nos dijo:
—Aquí no les molestará nadie. Cerraré la puerta. Cuando la policía se lleve al barbilindo, y se despeje el patio, y se tranquilice la vecindad, saldrán ustedes. Esto no es un palacio; pero aquí estarán las señoras como en su casa... Pueden sentarse... hay silla y media... Mi cama es blanda, y sobre este trombón (porque soy músico)... sobre este trombón, digo, puede sentarse el caballero.
—Gracias, gracias.
El miserable hablaba con diabólica truhanería. Después de ponderar las comodidades de su alojamiento, salió, y cerrando por fuera la puerta, nos dejó dentro de aquel sepulcro.
XV
Situación era aquella más crítica que la primera. Encerrados allí, nos vimos a merced de un tunante, que, a juzgar por su facha y lenguaje, no debía de ser modelo de virtudes porteriles. Los tres sentíamos gran congoja, y ya nos creíamos cercados de ladrones y asesinos, aumentándose nuestro pavor con el cercano rugido del pueblo que llenaba el patio y corredores. Presentacioncita era la menos afectada de nuestra desdicha, porque tenía alma, corazón y sentidos fijos en los pasos de la policía, y en el subir y bajar de la inquieta gente.
Transcurrió bastante tiempo sin que cesase nuestro apuro. Yo me desesperaba, y maldecía el instante en que neciamente consentí en la descabellada expedición; doña Salomé rezaba para que algún santo del cielo viniese en amparo nuestro, y Presentacioncita gemía sin hallar en nada consuelo. Lo peor de todo era que iba siendo ya muy tarde; había pasado la hora de la novena del Santo Ángel; habían dado las ocho, las nueve, iban a dar las diez... ¡horrible trance! darían también las once, las doce sin poder salir de allí.
Por fin, Dios quiso que los alguaciles encontraran al prófugo y lo sacasen fuera y se lo llevasen con dos mil demonios. Iba desocupándose el patio, se extinguían las voces poco a poco, y al fin, ¡San Antonio bendito!, el endiablado portero nos sacó de nuestro calabozo.
—¡Vámonos a la calle pronto! —exclamó doña Salomé, ardiendo en impaciencia.
—¡A la calle, a la calle! ¿Por dónde se sale, buen hombre? —dije, sosteniendo a Presentacioncita, que por su mucha aflicción apenas podía con su lindo cuerpo.
—Si no quieren ustedes salir por la calle del Bastero, donde hay muchos tunantes y borrachos —repuso el portero—, por este pasillo que hay a la derecha saldrán a la casa inmediata y a la calle de Mira el Río.
Yo temblaba de susto: por todas partes, en todos los rincones veía ladrones y asesinos alzando horrorosos puñales sobre mi pecho. El viejecillo nos llevó del patio grande a otro más pequeño, y de este a un largo y húmedo zaguán, en cuyo extremo se veía la claridad de la calle. Cuando le di la propina me pareció sentir ruido de pasos detrás de nosotros; pero aunque atentamente miré, nada vi.
—Por aquí, derechos a la calle —dijo nuestro amparador, retirándose repentinamente.
Dejonos solos, y a la verdad fue como si nos dejara de su santa mano el ángel de nuestra guarda; porque no habíamos dado cuatro pasos hacia la claridad que al extremo del zaguán se veía, cuando una voz bronca y temerosa, que en su clueco graznido indicaba ser producto del hombre y del aguardiente, resonó como un trueno en aquellos ámbitos oscuros, diciendo:
—¡Alto allá... alto!, señoritos zampatortas, ¡alto, alto!...
El reventar de un cráter no me hubiera causado más espanto. Quedeme frío, y sobre frío, absorto y petrificado, cual si en estatua de hielo me convirtiese. Y al mismo tiempo se sentían unos pasos, unos saltos como de gigante borracho que venía dando traspiés por la cercana escalera.
Lanzaron agudísimos gritos las damas, colgándose de mis brazos para que yo las amparase; pero más que nadie necesitaba yo amparo y protección, porque me quedé sin habla, sin fuerzas para correr, sin ojos para mirar, ni orejas más que para oír la voz, ¿qué digo?, las voces de los que se acercaban, pues quitando lo que multiplicase mi espantada imaginación, bien podía asegurarse que eran media docena.
No se me oculta que mi deber en tan crítico momento era tirar de la espada o sacar las pistolas para esperar a pie firme a los ladrones y acabar con ellos, o morir antes que mis dos compañeras fueran atropelladas; pero yo no tenía espada, y ni remotamente me acordé de que llevaba una pistola en el cinto. Temblando como alma que llevan los demonios, recordé aquello de que una retirada a tiempo es una gran victoria, y apreté a correr hacia la calle. Las dos damas eran dos alas que me impulsaban con rapidez suma. ¡Ah!, cómo corrimos, cómo corrimos, gritando: «¡Favor, socorro, ladrones!»
Tras nosotros corría alguien. No le mirábamos. Sentimos carcajadas, blasfemias, un juramento horrible, qué sé yo... Corríamos siempre; las dos damas se separaron de mí, y se quedaron detrás. ¡Ay!, yo era el viento mismo.
Vi dos hombres que andaban en dirección contraria a la mía, y su presencia me dio aliento... ¡dos hombres que no eran, o al menos no parecían, ladrones ni asesinos!
—¡Socorro, favor! —repetí con ahogado aliento.
Detuviéronse ellos. Me pareció ver una cara conocida; pero en mi azoramiento no llegué a formar juicio alguno... Detúveme yo también. En el mismo momento sentí un ¡ay! agudísimo. Era Presentacioncita que había caído al suelo. Doña Salomé se había parado en el mismo sitio. Retrocedí, porque la presencia de los dos desconocidos me infundió algún valor, y porque mirando hacia atrás observé que nuestros perseguidores se habían quedado muy lejos.
Uno de los dos desconocidos se adelantó corriendo a levantar del suelo a Presentacioncita, mientras el otro soltó la risa diciendo:
—¡Si es Pipaón!
—¡Ah! ¿Es usted, señor duque? Hemos sido atacados por unos tunantes... Vamos a ver si se ha hecho daño esa niña.
El hombre que estaba junto a mí era el duque de Alagón; el otro...
XVI
Detente, pluma... El otro alzaba del suelo a la pobre Presentacioncita, que al perder el equilibrio, y dar con su cuerpo en tierra, perdió también el conocimiento. Nos acercamos, y el duque me miró con fijeza y malicia, poniendo sobre los labios su dedo índice.
—¡Jesús... se ha desmayado! —balbució doña Salomé, examinando a su amiga que aún estaba en brazos del otro.
—Esto no será nada, señora... —exclamó el desconocido—. Señorita...
—El susto ha sido grande... —dije yo.
—Y gracias a que no se atrevieron a seguirnos. ¡Pobres señoras, si hubieran venido solas!
—¿A dónde llevamos esto? —preguntó el compañero del duque, dando algunos pasos con la desmayada en brazos, tan sin trabajo cual si fuese una pluma.
Pareció perplejo el duque, y como no acertara a indicar una resolución conveniente, el compañero dijo:
—Vamos allá. Adelántate y llama.
Hízolo así Alagón, y no habíamos andado veinte pasos siguiendo todos al generoso caballero, cuando se abrió una puerta, y Alagón primero, después su compañero con la niña en brazos, y detrás doña Salomé y yo, penetramos en una hermosa pieza iluminada por dos luces. Un hombre y una mujer encontrábanse allí, ambos en pie y tan respetuosos, que por lo callados y circunspectos parecían estatuas. Veíase en el fondo una puerta entreabierta, por la cual apareció el rostro de una mujer de tan acabada hermosura, que a pesar de lo apurado del lance, no pude menos de fijar en ella mis ojos. De la pared pendía una guitarra.
El compañero del duque dejó su preciosa carga en una silla. Callaban todos: el desconocido pidió un vaso de agua, mientras doña Salomé, observando que la madamita empezaba a dar señales de vida, hacía esfuerzos por reanimarla, diciéndole:
—Presentación, vuelve en ti. Eso no es nada... ¿A ver? ¿Te has hecho daño?...
—Vamos, beba usted un poco de agua —dijo el desconocido, acercando el vaso a los labios de la joven, que recobraban poco a poco su vivo carmín, así como las descoloridas mejillas.
Cuando la muchacha bebía, observé al generoso galán, que solícitamente sostenía con su mano izquierda la cabeza de la joven, mientras le daba de beber con la otra. Era un hombre admirablemente formado, de cuerpo estatuario y arrogante. Su edad no pasaría de los treinta y dos años, hallándose, según la apariencia, en aquella plenitud de la fuerza, del vigor y del desarrollo físico que marcan el apogeo de la vida. Vestía sencillo y elegante traje negro, y ancha capa, que habiéndosele caído en los primeros momentos del lance, fue recogida por el duque. Sus ojos eran negros, grandes y hermosos, llenos de fuego, de no sé qué intención terrible, flechadores y relampagueantes. Bajo sus cejas, semejantes a pequeñas alas de cuervo, centelleaba, deshecho en ascuas mil por las movibles pupilas, el fuego de todas las pasiones violentas. Su nariz era desaforadamente grande, corva y caída; una especie de voluptuosidad, una crápula de nariz. La carne superabundante había crecido, representando con fértil desarrollo su preponderancia en aquella naturaleza. El labio inferior, que avanzaba hacia afuera, parecía indicar no sé qué insaciabilidad mortificante. La personificación de la sed habría tenido una boca así. Una línea más de desarrollo, y aquel belfo hubiera tocado en la caricatura. Observándole bien, se veía en la tal fisonomía, peregrina mezcla de majestad y de innobleza, de hermosura y de ridiculez. Tenía de todo, y era difícil deslindar, en aquel rostro híbrido, las líneas pertenecientes a las grandes razas de las que pertenecían a la degeneración propia de todo lo humano. Por su mandíbula inferior se filiaba remotamente con Carlos V; mas por sus ojos truhanescos y las patillas cortas, se iba derecho a la majería. El cráneo era bien conformado; el pelo negro y corto, con mechoncillos vagabundos sobre la frente y sienes. En suma, el perfil de aquel hombre solía verse en las onzas de oro.
Presentacioncita, abriendo los ojos, demostró tal asombro al verse en aquel desconocido sitio y ante personas extrañas, que creímos se iba a desmayar de nuevo.
—Ánimo —le dijo el belfo—, ánimo, señora mía, eso no es nada.
—¡Ah!... ¿quién es usted? Gracias, caballero... ¿En dónde estoy? —balbució la damisela—. ¡Ah! Doña Salomé... señor de Pipaón... Están aquí... creí que me habían abandonado.
—Aquí estamos, sí, niña querida...
—Pero al instante nos vamos a marchar —afirmó con febril impaciencia la de Porreño—. Presentación, prueba a levantarte.
—Señora doña Presentacioncita —dijo el belfo sonriendo—, no hay prisa. Descanse usted un poco.
—Vámonos, vámonos —añadió doña Salomé—. Hija, haz un esfuerzo y levántate. ¿Puedes andar?
Presentación dio algunos pasos: cojeaba un poco, a causa de una leve torcedura en el pie derecho al caer; pero andaba. Volviose para dar las gracias al incógnito caballero; yo también quise decirle algo por pura fórmula, pero nos miramos unos a otros con sorpresa. El caballero, volviéndonos la espalda, desapareció por la puerta que había en el fondo.
—Gracias, muchas gracias, señores —dijo Presentación, dirigiéndose al duque.
—Por aquí —indicó este, que sin duda deseaba que nos marcháramos—. Yo acompañaré a ustedes hasta la calle de Toledo.
—Por aquí... a la calle... gracias, mil gracias, señor duque.
El prócer, mientras las dos mujeres salían, se me puso delante, y abriendo mucho los ojos, aplicó de nuevo el índice a los labios.
Salimos, y los minutos nos parecían siglos, porque Presentacioncita andaba muy despacio. Era ya tarde, por cuya razón a las contrariedades expuestas se unía la pavorosa contrariedad del sermón que nos esperaba, cuando nuestras pecadoras frentes se pusieran al alcance de los ojos de la señora condesa, y nuestros oídos al blanco de la grave voz de doña María de la Paz. Al pensar en esto, los tres no teníamos más que un deseo: que la tierra se abriese haciéndonos el favor de tragarnos.
Pero la Providencia, que nunca abandona a los débiles, nos sugirió ingeniosas trazas para salir del paso, y fue que discurrimos sacar del propio mal el remedio, achacando la tardanza a la misma torcedura del pie de Presentacioncita, la cual invención, llevada a feliz término por mi elocuencia ante las dos irritadas matronas, tuvo el éxito más completo que puede imaginarse.
—Es claro... ¡cómo habíamos de venir a tiempo!... Bajamos la escalera... Presentacioncita dio un paso en falso. Subimos otra vez... La marquesa no quería dejarla salir... Se buscó un simón: el simón no parecía... Se sacó la litera de mano: estaba rota... Discurre por aquí, discurre por allá... Yo estaba en ascuas y quise venir a avisar para que no se asustaran ustedes... En fin, demos gracias a Dios de que no se rompiera un pie.
—¿No puedes andar? —preguntó la condesa a su hija con desabrimiento—. Esta sí que es fiesta. Estamos convidadas para la función de mañana en la Trinidad.
—Con manifiesto y asistencia de Su Majestad —repitió doña María de la Paz—. Y es preciso ir sin remedio. Yo al menos no puedo faltar, porque el prior nos ha prometido que podremos hablar al rey y entregarle nuestros memoriales.
—Mañana —repetí—. También yo he recibido invitación de los padres. ¿Conque van ustedes a la Trinidad?
—¿Puedes andar, Presentación? ¿Puedes andar, sí o no? —preguntó con afán indescriptible doña Paulita.
La niña se levantó resueltamente, y dio algunos pasos por la habitación con pie seguro.
XVII