Memorias de un cortesano de 1815
Part 6
—Ya ve usted... —dijo el prócer con mal humor—. No he podido conseguir la canonjía de Murcia, que es para mí de gran empeño... Pero no cedo: esta noche misma hablaré de ello a Su Majestad... Veremos si cuento con Artieda, hombre de gran poder en la provisión de piezas eclesiásticas.
—Artieda —repuso Chamorro— trae entre manos una moratoria que solicitan las señoras de Porreño.
—¿Y se la concederán? —pregunté sin mostrar interés.
—Creo que sí. Viene recomendada por una cáfila de reverendos.
—Si es cosa de Artieda —añadió el duque—, la doy por ganada. Ese endiablado guardarropas, con su aire mortecino y su cabeza caída como higo maduro, vale más que pesa.
—Fue criado de la casa de Porreño —observó Collado con distracción, arrojando la cola del cigarro.
—¡Pobre señor de Grijalva! —exclamó Alagón—. Buen chasco se lleva si las de Porreño consiguen la moratoria.
—Por cierto que soy amigo de Grijalva —manifestó Chamorro—, y ha venido esta mañana a solicitar mi favor para que pongan en libertad a su hijo.
—Un mal criado niño que en los cafés ha calumniado al mejor de los reyes, y al más generoso de los hombres —dije.
—¡Calaveradas! —balbució el duque—. Y usted, señor Collado, ¿aboga por Gasparito?
—Sí, señor —repuso el ayuda de cámara—. Tengo empeño en ello, y creo que no me será difícil...
—Si es usted omnipotente...
Collado se levantó.
—Repito mi proposición —le dijo el duque, agarrándole por la solapa de la librea—. Doy dos bandoleras.
—No.
—Tres.
—No... he dicho que no.
—¿Pero se va usted?
De repente callaron ambos porque se abrió la puerta, y apareciendo en ella un lacayo, gritó:
—¡Señor Collado, la campanilla!
Chamorro corrió fuera de la habitación con la rapidez de un gato.
—Ha llamado —dijo el duque sentándose—. Señor de Pipaón, hablemos.
XII
¡El duque!... ¡Oh!, no puedo escribir una palabra más sin hablar del duque largamente, para que se conozca a uno de los personajes más extraordinarios de aquella eminente y nunca bien ponderada Corte.
¿Quién no hablaba entonces del duque, aunque solo fuera para referir sus antecedentes, y contar los pasos todos de su rápido encumbramiento, pues fue hombre que en cuatro años pasó de la nada de _Paquito Córdoba_ al ducado de Alagón con grandeza de España, toisón de oro, grandes cruces, y el mando de la Guardia de la Real persona? Era espejo de los libertinos de buena cepa, cabeza de los cortesanos, y hombre de sutiles trazas para zurcir y descoser voluntades palaciegas.
Gozaba el privilegio de una buena presencia, aunque se le iba gastando, porque nada es menos duradero que la hermosura, y el duque, con sus cuarenta y cinco años a la espalda, principiaba a ser una muestra gloriosa, una sombra de grandezas pasadas. Su trato y sus modales eran finos; su conversación poco agradable en lo que no fuese del dominio de la intriga, porque no eran muchas sus humanidades. Verdad es que maldita la falta que esto hacía a un señorón de sus condiciones, y que no había de ponerse a maestro de escuela. Bastábale, y aun le sobraba para realzar su nobleza nativa y la posición conquistada, un conocimiento profundo de todas las suertes del toreo, desde las más antiguas hasta las más modernas, picando en esto casi tan alto como Pedro Romero, a quien por entonces le empezaba a despuntar sobre el coleto la borla de doctor y el birrete de maestro en las aulas de Sevilla. Paquito Córdoba era además en cuestión de caballos un centauro, es decir, tan buen caballero que con el caballo se confundía. ¡Qué ojo el suyo para adivinar las buenas y malas prendas de sangre sin más que ver el pelaje de aquellos nobles brutos! ¡Qué mano la suya para entrar en razón al más díscolo, para quitar resabios y dar aplomo al ligero, gracia y desenvoltura al pesado, formalidad al querencioso!
No se crea por esto que el duque era aficionado a la guerra. El ruido le daba dolor de cabeza, y además, ¿para qué se había de molestar, cuando había tantos que por un sueldo mezquino peleaban y morían por la patria? Militar era el personaje que describo, y bien lo probaba su noble pecho, lleno de cuanto Dios crió en materia de cruces, galones y cintas... Y no se hable de improvisaciones y ascensos de golpe y porrazo, que hasta los nueve años no tuvo mi niño su real despacho, merced a los _méritos contraídos por su madre como dama de honor_. A los once ya le lucían sobre los hombros dos charreteras como dos soles, sin omitir el sueldo, que no era mucho para el trabajo ímprobo de ir todos los meses a presentarse a la revista. A los veinte pescó una encomienda de Santiago, y luego fueron cayéndole los grados, no atropelladamente y sin motivo, como los cazan estos que se elevan por el favor y la torpe intriga, sino despacito y en solemnidades nacionales como un besamanos, el parto de la reina, los días del rey y otras fiestas de gran regocijo privado y público. Bien ganados se los tenía, pues reinando Godoy, no costaba pocas cortesías, morisquetas y genuflexiones el coger un grado en aquella inmensa Babel de los salones de la casa de ministerios, donde se chocaban unas contra otras, produciendo mareo y rumor indefinible, grandes oleadas de pretendientes de ambos sexos.
Nombrole Fernando capitán de su Guardia en 1814, cargo que desempeñaba a pedir de boca. Daba gusto ver aquella Guardia. Paquito la puso en tan buen pie, que no parecía sino cosa de teatro. Verdad es que se gastaban en su equipo sumas colosales, de las cuales nunca se dio al Tesoro, ni había para qué, la correspondiente cuenta y razón. Carecían de límite los dineros asignados a tan importante fin, y en ley de tal, el duque iba pidiendo, pidiendo, y el Tesoro dando, dando; pero como era para mayor esplendor de la Corona, los ministros no chistaban. Acontecía que muchas veces los oficiales del ejército de línea no veían una paga en diez meses; pero, ¡qué demonio!, no se podía atender a todo, y eso de que cualquier oficialete en activo servicio dé en la manía de estar siempre piando, piando por dinero, es cosa que aburre y mortifica a los más sabios gobernantes.
No sé cómo les aguantaban. Especialmente los marinos, a quienes se debía la bicoca de _setenta_ pagas, no dejaban pasar un año sin importunar al gobierno con ridículos memoriales que destilaban lágrimas. Harto hizo Su Majestad permitiéndoles consagrarse a la pesca, oficio denigrante para tan noble instituto, y no lo tolerara ciertamente el sabio poder absoluto, si no aconteciera que un oficial que había estado en Trafalgar muriese de hambre en el Ferrol, y que otros cometieran la villanía de ponerse a servir de criados para poder subsistir.
De seguro que los guardias de la real persona y su capitán el duque de Alagón no se quejaban de falta de pagas, pues este las recibía puntualmente, con la añadidura de mil valiosas regalillos que el rey por cualquier motivo le hacía. Los hombres que logran subir a posición tan alta, no deben sufrir denigrantes escaseces; que eso sería deslustrar el brillo del absolutismo, y rebajar la dignidad de todo el reino; y como Paquito Córdoba no había heredado de sus padres cosa mayor, Su Majestad le hizo cesión, a él y a otros individuos, de una parte del territorio de las Floridas, que no era ningún erial. No bastando esto, concediósele también el privilegio de introducir harinas en la isla de Cuba con bandera extranjera, el cual derecho valía por una minita de oro. Para explotarla, Alagón tenía por socio a un barón de Colly, de quien no se sabía si era irlandés o francés; aventurero, arbitrista, proyectista, hombre incalificable que años atrás había intentado sacar de Valencey al príncipe cautivo y traerle a España.
Murmuraban muchos del privilegio de las harinas... que es muy común eso de no ver con buenos ojos al prójimo que saca el pie de la miseria. ¡Válgame Dios! ¿Por qué no se había de permitir al duque que se redondeara? Pues qué, ¿no es muy conveniente para la república que abunden en ella los hombres ricos? ¿Y por qué no había de serlo el duque, cuando con ello no perjudicaba más que a los tunantes labradores de toda Castilla, hombres ambiciosos, tan comidos de envidia como de miseria, y que todo lo quieren para sí?
Íntima amistad enlazaba al duque con su soberano. Algunos decían que Alagón era un hombre _asiático_. ¡Qué vil calumnia! ¡Llamarle así porque gustaba de servir dignamente a su amigo! Buen tonto habría sido el duque si hubiera permitido que otro se encargara de las comisiones que él sabía desempeñar a maravilla. Sobre que el resultado habría sido el mismo, llevábase el provecho cualquier hidalguete de gotera o capigorrón entrometido.
Público es y notorio que ni uno ni otro gustaban de escándalos: nada de eso. En las recepciones públicas y audiencias privadas, amo y siervo tenían un sistema de señales mímicas, por las cuales se telegrafiaban cuanto había que comunicar respecto a las damas postulantes. Como aficionado a estudiar por sí las costumbres del pueblo para aliviar sus necesidades y ver prácticamente los beneficios de su gobierno absolutísimo, Fernando salía por las noches del regio alcázar, para lo cual, puesto de acuerdo el duque con el oficial de la guardia, eran alejados del paso todos los soldados. ¡Qué llaneza y familiaridad en un príncipe autócrata! ¡Que elevación en su humildad, y cuánto se sublimaba abatiéndose hasta tocar con sus augustos codos los harapos del pueblo!... Porque rey y favorito no salían para visitar los palacios de los grandes, ni darse tono en las principales calles y sitios públicos, entre galas y boato, sino que callandito y sin pompa se iban muy a menudo, en la oscuridad de la noche, a visitar a los pobres.
Y daban muy buenas limosnas; vaya... Me lo contó Juana la Naranjera.
XIII
—¿Conque le conviene a usted —me dijo el duque afectuosamente— la Real Caja de Amortización?
—Si el mejor servicio del rey me lleva a esa Dirección —repliqué—, ¿por qué no?
—Ya convine con don Antonio Ugarte, que es usted el único hombre a propósito para tal puesto.
—Gracias, muchísimas gracias, señor duque. ¡Es usted tan bondadoso...! Sí, don Antonio tiene mucho empeño en que yo dirija la Caja de Amortización. Esa serie de juros de 1803, que andan por ahí, sin que nadie los quiera, necesitan una mano cariñosa que les dé colocación, con preferencia a los que ahora tienen el turno.
—Perfectamente —dijo satisfecho de mi perspicacia—. Esos pobres juros no valen dos reales hoy; pero para todo hay remedio...
—Para todo, señor duque.
—Los únicos poseedores de ese papel somos Ugarte, yo... y otra persona.
—Comprendido.
—Hicimos la tontería de adquirirlos al dos...
—¡Oh!, no me cuente Vuecencia la historia. Si fui yo el encargado de comprarlos. Se adquirieron con intención de asimilarlos a los demás juros. Don Antonio y yo hemos hablado largamente del asunto y es cosa arreglada, siempre que haya una mano enérgica en la administración.
—Muy bien —dijo Su Excelencia regocijado de mis procedimientos ejecutivos—. Pero harto sabe usted, Pipaón, que esa mano enérgica (ya hemos convenido en que será la de usted), que esa mano enérgica, repito, no podrá extender sus dedos de hierro mientras sea ministro de Hacienda el señor don Juan Pérez Villamil.
—Por de contado, en Madrid todos dan por muerto a Villamil.
—De eso se trata —afirmó cejijunto—. Pero no es tan fácil como parece, por más que diga el señor Collado... ya usted le oyó... Villamil está apoyado por Ceballos, el cual tiene muy buenos asideros.
—Mas es tan deplorable la política de este señor, que no sería difícil dar con él en tierra... digo, me parece a mí.
—Vaya si es deplorable. Todo el reino está alarmado ante las amenazas de los liberales —afirmó el duque, mostrando su desmedido celo por el bien público—. Las conspiraciones crecen.
—¿Y cómo no han de crecer, si ha desaparecido el coco de las Comisiones de Estado; si hasta se han prohibido las denominaciones de _liberales_ y _serviles_; si se ha mandado que en el término de seis meses queden falladas todas las causas por opiniones políticas?
—Así no hay gobierno posible: es lo que yo digo. Así volvemos a los tumultos de la Constitución, al democratismo, al desorden de los papeles periódicos, de los clubs y de los cafés discursantes.
—Y se conspira, se conspira. Ya se lo demostraremos a Su Majestad.
—Si es inconcebible que no lo comprenda. ¡Qué falta nos hace ahora el bailío Tattischief! Ya podía haber dejado su viaje a París para mejor ocasión. Y el señor de Ugarte ¿cuándo viene de Guadalajara?
—De mañana a pasado. Por no poder hacerlo hoy, me escribió para que, de acuerdo con Vuecencia, estuviese a la mira del sucesor de Villamil en caso de que este caiga.
—¡Oh!, no hay duda en eso —afirmó el duque con resolución—. El nuevo ministro de Hacienda será don Felipe González Vallejo.
—Así lo espera don Antonio.
—Y así será. ¡Si es el candidato del infante don Antonio, que hace tiempo bebe los vientos por darle la cartera!
—Y en verdad, no hay hombre más para el caso —indiqué yo—. Vallejo no será tan reglamentario como ese testarudo _alcalde de Móstoles_, que no perdona un número ni una letra, y abruma a todos los empleados con su nimiedad escrupulosa. De todo quiere enterarse, y ha de meter su hocico en los asuntos más insignificantes.
—¡Qué calamidad! —exclamó Alagón con cierta somnolencia, arrellenándose en su sillón—. Dicen por ahí que Vallejo no sirve para el ministerio de Hacienda, porque ha derrochado su fortuna y la de su mujer.
—Y que administró detestablemente la fábrica de paños de Guadalajara.
—Y que es un ignorante aturdido. Digan lo que quieran, para ser ministro de Hacienda no se necesita ser una lumbrera, ¿no es verdad, Pipaón? Cobrar lo que le dan, entregar lo que le piden... Cuando no lo hay, ellos no lo han de sacar de las piedras...
—Y para echar contribuciones no se necesita ser un Séneca; ¿no es verdad, señor duque?...
—Si al menos lograran satisfacer las atenciones más sagradas... pero es calamitoso lo que pasa. El tesoro privativo del rey, aquel de que libremente y a su antojo dispone Su Majestad, no toma del Tesoro público todo lo que debiera tomar, porque las arcas están casi siempre vacías. Verdad es que los directores de Loterías y otros empleados de Hacienda regalan a Su Majestad, bajo el pretexto de ahorros, grandes sumas, que si no...
—Aun así, este año van depositados en el Banco de Londres algunos milloncejos —apunté con malicia.
—Poca cosa... —repuso con desdén el duque—. Gracias a que Su Majestad vive hoy con mucha economía... Ya sabe usted que ha dispuesto suprimir el regalo que antes se hacía a la servidumbre a fin de año.
—Sí, toda la ropa blanca usada por las Reales personas.
—Además ha suprimido mil inútiles despilfarros, porque el reino está agobiado de contribuciones, el Tesoro público vacío... Yo calculo que Su Majestad, arreglándose a la mayor sobriedad posible, no habrá gastado en el año que acaba de transcurrir arriba de ciento veinte millones.
—El año que viene será más. ¿No ha oído Vuecencia hablar de boda?
—No conozco más que los proyectos de Ugarte y de Tattischief... ¡Una princesa rusa!... —indicó meditabundo—. Dudo mucho que eso se realice... ¿Ha dicho usted que don Antonio viene?...
—Mañana o pasado.
—Si lográsemos despachar el asunto de Villamil, ya podría pensarse después en lo de la princesa rusa.
—El asunto de Villamil —afirmé yo en el tono más lisonjero que me fue posible— me parece resuelto, desde que hombres tan poderosos han puesto su mano en él. Por mi parte, en la Real Caja de Amortización estaré a las órdenes de Vuecencia.
—Gracias, Pipaón —me dijo con bondad suma—. Ya sabe usted que si el asunto fuera de interés mío exclusivamente, no lo tomaría tan a pechos; pero alguna persona muy superior a nosotros desea que esto se arregle.
—Comprendo... La monarquía absoluta tiene inmensos gastos... Todo es poco para ella.
—También necesita atender a todo, señor mío —afirmó sentenciosamente.
—Por eso me congratulo en extremo —añadí humillando la frente— de contribuir con mis cortas fuerzas a este concierto admirable, sin que en la humilde sumisión mía haya el menor asomo de interés... pero ni el menor asomo de interés. Nada pido, señor duque.
Diciendo esto me levanté para marcharme.
—Usted no necesita pedir para obtener —añadió—. Tan grande es su mérito y la solicitud que manifiesta en el buen servicio del rey y del reino... ¿No se le antoja a usted nada en estos días?...
—No, nada... lo que es por ahora... —dije vagamente, como quien recuerda.
—¿Nada en que yo pueda servirle? —repitió levantándose también.
—Ahora recuerdo, señor duque... una bicoca... Tenía empeño en... Puesto que Vuecencia es tan bondadoso, voy a pedir dos favores, dos favorcillos nada más.
—¿Dos nada más?
—Dos. He oído hablar hace poco de una moratoria...
—Solicitada por la hermana del difunto marqués de Porreño. ¿Desea usted que se conceda?
—Al contrario: deseo, mejor dicho, tengo mucho interés en que no se conceda.
—Ese asunto lo trae en su cartera Artieda, guardarropa de Su Majestad. Es muchacho hipócrita, pedigüeño, y que, como tal, sabe sacar mendrugo. Es muy posible, muy posible, señor de Pipaón, que obtenga la moratoria. En fin, yo veré...
—Haga Vuecencia lo que pueda, que yo por mi parte, si voy estas noches a la tertulia, veré cómo me las compongo con el señor Artieda.
—¿Y el otro favor?
—Es relativo al hijo de don Alonso de Grijalva.
—Ya... es usted su amigo. ¡Hombre generoso! ¿Quiere usted que se deje en paz al muchacho y se le ponga en libertad?
—Al contrario: deseo que siga en la prisión.
—¡Hola, hola!... Por lo visto usted protege el bolsillo de Grijalva, pero no apadrina las calaveradas de Gasparito... Buen propósito; me parece un excelente sistema. Aquí vislumbro todo un plan de moralidad.
—Me desvivo por arreglar a una familia perturbada. ¿Me ayudará Vuecencia en mi noble tarea?
—Eso es más fácil. Un preso más, un viajero más a tomar los aires de Ceuta.
—No, es que no quiero enviarle tan lejos. ¿A qué esa crueldad? Tengámosle en la cárcel de la Corona hasta que madure.
—¿Hasta que el joven madure?... Bien: por mi parte haré lo que pueda.
—Señor duque, las promesas vagas de Vuecencia son para mí concesiones, y sus esperanzas realidades. Cuento con Vuecencia. Adiós.
—Adiós, Pipaón; que no deje usted de venir una de estas noches... Agrada usted, agrada usted mucho... Se celebran sus chascarrillos, y su gracejo para contar las cosas.
—Vendré, vendré. Hasta luego, señor duque.
—Abur.
XIV
Dirigime a casa de las señoras de Porreño, y hallé a doña María de la Paz muy gozosa por el buen giro y excelente aspecto que iba tomando su asunto. Acababa de salir de la casa el señor de Artieda, quien dio tales esperanzas y presentó la cuestión en tan buen pie para marchar a un feliz éxito, que ya se consideraba ganada la partida. Artieda y dos o tres señores de la clerecía, con el gobernador del Consejo, habían tomado a su cargo el negocio, siendo evidente que con tales pilotos (frase de doña María) el barco de la moratoria, combatido por los aquilones de la envidia, no podía menos de llegar a puerto seguro.
Yo dije a la señora que acababa de hablar en pro de su pretensión a varias personas de mucha raíz en la corte, lo cual me agradeció mucho. Añadí que estuviera tranquila, pues yo tomaba el negocio como mío, y no pararía hasta conseguirlo; empresa no difícil para un hombre que, a más de tener tantas relaciones, escupía en corro con los señores del Consejo. Después hícele una explicación detallada de lo que eran las moratorias, enumerando las cuatro clases de ellas, a saber: _cesión de bienes, pleito u ocurrencia, espera o moratoria_ y _quita de acreedores_, asentando que la que nos ocupaba pertenecía a la tercera categoría, por ser concesión graciosa del príncipe. Y aunque el Consejo —añadí con minuciosidad curialesca— rinda tributo a la majestad de las leyes, dictando el auto de _traslado al acreedor_, y luego el de _pase a justicia_, todo será cuestión de fórmula, resultando al cabo que el señor de Grijalva no tendrá más remedio que conformarse, y tragar el auto final de _no se moleste a la parte por tantos o cuantos años_.
Esta explicación y los pomposos encarecimientos de mi poderío, fueron causa de que las tres damas me obsequiaran con inusitado esplendor, brindándome dulces de los mejores y vino de las tierras de Porreño. Gustome el licor, y tomando pie de él y de su aromática finura, conferenciamos acerca de aquellas tierras, yo pidiéndoles informes, y dándomelos las señoras con tanta ufanía como verbosidad.
A este punto entró la señora condesa de Rumblar con su linda hija, y retirándose adentro después las señoras mayores y doña Paulita, que iba a la tarea de sus devociones, nos quedamos solos Presentacioncita, doña Salomé y yo.
—¿No repara usted que estoy muy alegre, Pipaón? —dijo la graciosa muchacha.
—Sí, señora, lo había notado —respondí dando el último adiós al vino y dulces con que acababan de obsequiarme—. Eso prueba que el tiempo es la gran medicina de las enfermedades del corazón y del espíritu. Dígolo porque hace ya algunos días que mi señor don Gasparito está a la sombra (sin que hayan valido mis generosos esfuerzos por sacarle), y el sustillo ha ido pasando, y con el sustillo la congojilla, y con la congojilla ansiosa las lágrimas dulces... ¡Oh! ¡Dichoso el prisionero cuyas rejas son regadas por el divino licor de esos ojos!
—Don Juan, don Juan... que se pone usted feo diciendo esas cosas... ¡Si no lloro, si no estoy triste, si no hay ya nada de congojas ni suspirillos! —manifestó con tan franco y seductor arranque de alegría, que me desconcerté completamente.
—¿Pues qué, señora doña Presentacioncita?...
—¡Si se ha escapado!
—¡Se ha escapado! —exclamé con súbita ira, dando un salto en la silla—. ¡Se ha escapado ese tunante! ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Qué carceleros, santo Dios, qué carceleros!... ¡Luego quieren que haya justicia en España!
—¿Pero lo siente usted?
—¡Escaparse! Después de haber hablado en público de las cartas de Su Majestad a Napoleón...
—Más vale así. Se ahorra usted el trabajo...
—No, no señora —dije procurando dominarme—. No; yo quería que fuese puesto en libertad en toda regla, después de un _sobreséase_ como un templo. De este modo estaría más seguro, y podría vivir tranquilamente donde mejor le conviniera, mientras que habiéndose fugado de la cárcel, le perseguirán, le cogerán de nuevo, y entonces sí que será ahorcado.
—¡Ahorcado! —gritó con ira—. ¡Ay! Me asusto. Yo estaba contenta y usted ha venido a afligirme otra vez.
—¿Sabe usted dónde está?
—Lo sé, sí señor. De eso iba a tratar cuando usted me ha puesto en ascuas.
—¿Dónde, dónde?
—Despacio. No está en casa de su padre, al cual ha desagradado con su escapatoria, por el temor de que se le persiga más.
—Es claro.
—Gasparito se ha refugiado en una casa humilde, muy humilde, desde la cual me ha escrito, contándome todo. ¡Ay!, qué dolor tan grande —añadió dando un suspiro—. Está muerto de hambre y lleno de inquietudes, por miedo a que le denuncien los amos de la casa.
—Y harán perfectamente. Bien merecido le estará a ese jovenzuelo imprudente su última calaverada, y el no aguardar, quietecito en la cárcel, a que yo le salvara.
—Sea lo que quiera —dijo la niña en tono de mujer seria—, es preciso sacarle de la terrible situación en que está.
—¡Sacarle! y ¿cómo?
—Yo tenía un proyecto —indicó sonriendo con toda su gracia exquisita—, un proyectillo... y contaba con usted, sí señor, con usted, para que me ayudara.
—¡Conmigo!
—Con el hombre generoso y bueno, con el corazón de oro, con la inteligencia sublime, con la voluntad firme, con Pipaón en fin.
—Eso es: Pipaón sirve para los apuros, para los peligros; pero en tiempo de bonanza, Pipaón es un pobre hombre que no sirve sino para burlas.
—Si vamos ahora a disputar sobre esto, no tendremos tiempo de ocuparnos de lo otro —dijo con impaciencia.
—Veamos lo otro: siempre será otra... bromita.