Memorias de un cortesano de 1815

Part 5

Chapter 54,052 wordsPublic domain

—Pero... déjeme usted seguir —repuso impaciente, porque la revelación del principal secreto le había devuelto su normal viveza y desenvoltura.

—Ya oigo.

—Decía que si usted me libra de la profunda aflicción que tengo, rezaré todas las noches un padrenuestro para que Dios le haga a usted embajador o ministro.

—Hecho el trato —respondí riendo—. Su novio de usted...

—¡Por Dios y todos los santos, sea usted reservado! Hago a usted esta confianza porque conozco su prudencia, su bondad, su discreción. Antes moriría que fiarme de Ostolaza.

—Lo creo.

—Si usted dice una palabra por la cual mi señora madre pueda sospechar...

—¡Oh! Lo que es eso...

—Entonces tomaré venganza tan horrenda, tan espantosa...

—Lo creo, sí, lo creo sin juramento.

—Tan espantosa, que... vamos: ya estoy teniendo compasión de usted. ¡Oh! de veras... será usted el más desgraciado de los hombres.

—El más feliz seré si consigo sacar a usted de ese mal paso.

—A mí no, a él —declaró con viveza.

—¿Quién es? ¿No se puede saber?

—Usted le conoce —dijo fiando a mi penetración lo que solo correspondía a su franqueza.

Avergonzábase de pronunciar el nombre de su adorado; y todo era medias palabritas, reticencias, adivinanzas, mucho de _que se quema usted_, hasta que al fin, con más trabajo que para sacar alma del Purgatorio, le saqué del cuerpo el dichoso vocablo, resultando que aquella Tisbe tenía por Píramo a un mozalbete de buena familia llamado Gasparito Grijalva, hijo de don Alonso de Grijalva, propietario muy adinerado.

—¿Y en qué apreturas se encuentra ese joven, que tanto necesita de mí?

Presentacioncita se sintió conmovida, y llevándose el pañuelo a los ojos, dijo:

—Está preso.

—Vamos, madamita, no llorar. Eso no conduce a nada —repuse dándole algunas palmadas en el hombro—. ¿Y qué diabluras ha hecho el mozo?... ¿Alguna pendencia, alguna disputa quizás por esos lindos ojos?...

—No es nada de eso —añadió sollozando—. Le prendieron porque en el café dijo que Su Majestad era narigudo.

No pude contener la risa.

—¿Por eso, nada más que por eso?

—Y por haber dicho que Su Majestad escribía cartas a Napoleón desde Valencey, felicitándole y pidiéndole una princesa para casarse.

—¡Oh! grave desacato es ese...

—¡Ay! Señor don Juan —exclamó cubriéndose el rostro y llorando sin freno—, yo me muero de aflicción, yo no puedo vivir...

—Calma, mucha calma, señora mía, y discurramos lo que se ha de hacer.

—¡Y dicen que le van a ahorcar, señor de Pipaón! —agregó, volviendo a mostrar los ojos, más bellos entre la humedad del llanto, como es más bello el sol después de la lluvia—. Eso sería una iniquidad, un crimen... ¡Ahorcarle por una tontería!...

—Por eso se ahorca hoy... Discurramos. El delito es horrendo...

—¿Horrendo?

—Sí: ¡calumniar a Su Majestad, diciendo que anduvo en tratos con el infame monstruo!

—¡Cosas de muchachos! Como su padre es algo liberal, según dicen, y parece que no quiere toda la Inquisición, sino una parte de ella, desean castigarle en la persona del pobre, del inocente Gaspar... ¡Ah! ¡Si viera usted qué carta me escribió ayer!... Yo no sé cómo se las compuso para escribirla en la cárcel y enviármela; pero ello es que la recibí. Me suplica que le mande secretamente un cordel o un puñal para darse la muerte, antes que el verdugo ponga sus manos sobre él. ¡Esto parte el corazón! Parece que siento ya el puñal clavado en mi pecho, y la cuerda alrededor de mi cuello... Y gracias a que Dios me ha deparado un amigo tan bueno y generoso como usted; pues ¿quién duda que beberá los vientos para que pongan a Gasparito en libertad?

—Falta que lo consiga, porque la justicia de estos tiempos no se anda con bromas; y si bien es posible que el niño no lleve corbata de cáñamo por ahora, casi casi se le puede dar una carta de recomendación para los huéspedes de Ceuta o de Melilla.

—¡En África, en presidio!... Para usted, según dicen, no hay nada difícil; todo lo allana, y es el más activo correveidile, el más bullidor y hormiguilla de los empleados públicos de hoy.

—Gracias.

—De modo que si usted no quiere verme morir de pena; si no quiere que le maldiga en mi última hora, y que desde este momento le aborrezca como a mi más cruel enemigo, prométame que dentro de unos pocos días estará Gaspar en libertad.

—Mucho pedir es, señora doña Presentacioncita. Yo no tengo poder en la Corte ni en la camarilla, que es donde se prende y se suelta a todo el mundo. ¿Por qué no se franquea usted con Ostolaza?

—¡Jesús, ni pensarlo! —exclamó con terror—. Se lo contaría todo a mamá.

—En fin, yo haré lo que pueda —dije, prometiéndome interiormente no volver a ocuparme de tal asunto.

—¡Lo que pueda!... eso es bien poco. Ha de hacer usted lo que no pueda, lo imposible, señor de Pipaón. Por ahí le llaman a usted Santa Rita.

—Mucho se me pide —indiqué dulcemente, discurriendo que bien podían darse algunos pasos, con tal que fueran remunerados de alguna manera—, y nada se me ofrece.

—¿Y mi agradecimiento eterno, mi amistad, lo mucho que rezaré por usted para que siempre goce buena salud y llegue a ser, cuando menos, ministro, y pueda repartir beneficios a los necesitados? —observó con hechicera sonrisa, que valía más que todas las razones, y podía más que todos los ruegos.

—Presentacioncita —le dije, acercándome más a ella—, nunca creí que una niña tan linda, tan discreta, tan bondadosa, de tantísimo mérito como usted, fuese a caer en las redes de un...

—Menos incienso, señor don Juan —replicó con malicia—: hoy no estoy para zalamerías.

—Pues qué, ¿esos ojos celestiales, esos...?

Alargué una mano para tocar la suya, cuando rechinaron los goznes de la puerta y yo salté en mi silla. La puerta se abrió, dando entrada a una figura pomposa, que desde su primer paso y desde su primera mirada empezó a irradiar magnificencia dentro de la habitación. Era doña María de la Paz Jesús, hermana del señor marqués de Porreño, y desde la muerte de este, jefe de la ilustre cuanto desgraciada familia[2]. Venía de la calle, y como era mujer de corpulencia, con el cansancio y la pesadez de sus carnes traía muy sofocado el rostro y fatigosa la respiración. Sentose al punto, sin despojarse del mantón ni soltar el ridículo, el abanico, sombrilla y manojo de papeles que en la mano traía, como Minerva sus atributos, y lejos de enojarse por verme allí a hora tan impropia, pareció alegrarse mucho de mi presencia.

[2] Véase _La Fontana de Oro_.

Aquella señora tan grave, tan rigurosa, tan ceñuda, enemiga feroz de toda clase de libertades, sonreía ante mí, dignándose echar el velo de su delicadísimo disimulo sobre aquel coloquio a solas, que en época posterior habría sido inocente, pero que en tiempos tan honestos era poco menos que escandaloso, casi nefando. Yo esperaba una tempestad, y me encontré con un arco iris.

Oigámosla ahora.

X

Antes de responder a mi saludo, me dijo:

—Espero que usted, señor de Pipaón, como hombre de gran influencia, amigo de Ugarte, Alagón y Pedro Collado, nos apoyará en nuestra justa pretensión, haciendo cuanto esté en su mano para que salgamos adelante.

—¿Y cuál es el asunto?... —pregunté confundido.

—¿Pues no lo sabe usted? ¿No estuvimos hablando de eso más de dos horas anteanoche?

—¡Oh! sí, señora mía, ya recuerdo: es...

—La moratoria que pretendemos... Ya hemos hecho la solicitud a Su Majestad, y se nos ha prometido que pronto se dará cuenta de ella en la regia Cámara, y que la apoyarán los más cariñosos amigos del soberano.

—¿Una moratoria? ¿Conque una moratoria?...

—Nada más justo —dijo doña María de la Paz, con acento de convicción profundísima—. Ni se me alcanza por qué han de ser tan lentas y fastidiosas las formalidades para concederla; debiera ser cuestión de un par de días, y de una esquelita de Su Majestad al Real Consejo.

—Señora, una moratoria siempre es asunto de gravedad.

—Pero no en el caso presente, señor de Pipaón —declaró con viveza, arrojando de sí una llamarada de orgullo que se extinguió bien pronto, como las chispas brotadas del pedernal—. Nosotros reclamamos una cosa muy justa. Mi padre y mi hermano contrajeron algunas deudas... la cantidad no hace al caso. Hiciéronlo así, porque el lustre de nuestra casa lo exigía, pues solo en una comida y fiesta de caza y pesca que se dio al rey, al pasar por Montoro, cuando la batalla de las Naranjas, se gastaron treinta mil ducados. Ahora los acreedores, de los cuales el principal es don Alonso de Grijalva, han dado en reclamar su dinero y quieren apropiarse las fincas libres que nos quedan, pues bien sabe usted que el mayorazgo, conforme a la ley de su principal instituto, se ha extinguido en nuestra línea por falta de varón.

—Ya, ya sé. ¿Ustedes, por falta de varón...? Comprendido.

—¿Cómo es posible, pues, que un rey justiciero, que ha venido a restablecer en España las buenas doctrinas y a limpiar el reino de toda impiedad y bajeza, consienta en este despojo, en este embargo inicuo, insólito, con que se nos amenaza?

—Señora, los acreedores... dieron, mejor dicho, colocaron su dinero... —indiqué respetuosamente.

—Sí, señor —añadió, despidiendo otro chispazo de soberbia que iluminó velozmente su rostro—. ¿Pero qué vale su dinero?... ¡Miserable metal! Como si no hubiera en el mundo más que dinero... ¿Pues y las virtudes, pues y las glorias y grandezas del reino, pues y el lustre, fíjese usted bien, el lustre de las familias?

—El lustre. Sí, convengo en que el lustre...

—No, no es posible que un gobierno justo nos quite la hacienda que honrosamente poseyeron nuestros antepasados. ¡A dónde vamos a parar! Estaría bueno que un don Alonso de Grijalva, un hombre que ha salido de la nada, pues público es y notorio que vino a Madrid de la Maragatería, arreando un par de mulas; estaría bueno, repito, que un don Alonso de Grijalva, fíjese usted bien, un don Alonso de Grijalva, se calzase nuestros estados de Galicia y Aragón. ¡Oh! Es zapato muy grande para tal pie. Esos hombrecillos, nacidos de los romeros y mastranzos, tienen una osadía que espanta. Tanto alzaron el vuelo en tiempos de la Constitución, que se creían dueños del mundo, y por lo que veo, aun después de vueltas las cosas a su ser y estado primero, continúan alzando la cabeza y amenazando con sus viles usurpaciones.

—En suma, ustedes solicitan que se ponga coto al inconcebible atrevimiento de los que han dado en la flor de llamarse acreedores.

—¡Oh! Nosotras no negamos la deuda, ni tampoco el propósito firmísimo de pagar algún día —repuso con voz firme—. Pero deseamos que esos señores confíen en nuestra probidad, y esperen tranquilos la hora oportuna de recoger lo suyo. ¿Pues quién duda que es suyo? Nuestra pretensión no puede ser más natural. Solo pedimos a Su Majestad que nos conceda una moratoria nada más que de diez años, fíjese usted bien, de diez años...

—Ya estoy fijo, sí. Me parece muy justo. Dentro de diez años...

—No creo que Su Majestad, tan piadoso, tan buen cristiano, tan justiciero, tan cariñoso para todos los que no nos hemos contaminado de la constitucional pestilencia, niegue una pretensión tan razonable, mayormente si considera que el fiero enemigo, de cuyas garras queremos librarnos, es un hombre a quien suponen un poco desafecto al régimen actual.

—El señor de Grijalva no se mezcla en política. Es hombre modestísimo, que solo se ocupa en gobernar su casa y sus intereses.

—¡Oh, qué mal le conoce usted! —repuso con súbito arranque—. Si yo dijera que no hay lengua más cortante contra el gobierno ni tijera más diestra que la suya para cortar vestidos a los amigos de Su Majestad... En fin, ¡qué tal hombre será y qué tal educación dará a sus hijos, cuando ha sido preso Gasparito por desacatos al rey y no sé qué abominables dichos y hechos!

—Parece que el niño dijo en un café que Su Majestad es un tanto narigudo.

—Algo más sería —afirmó doña María de la Paz, con verdadera saña—. Descubriose que andaba en logias, escribiendo papeles, y reclutando gente de mal vivir.

Presentación parecía de cera.

—¡Oh, si es cierto —afirmé—, el hijo y el padre lo pasarán mal!

Presentación parecía de mármol.

—No, tales infamias no pueden quedar sin castigo. Veo que Su Majestad, llevado de su buen corazón, está por las blanduras, y perdona a todo el mundo. ¡Escarmiento!... duro en ellos, señor de Pipaón. ¡Si no se castiga a nadie!

Presentación había enrojecido, y parecía de fuego.

—Pero cualquiera que sea el fin de estas abominables conspiraciones y disturbios, usted tomará a pechos nuestro negocio, nos prestará su poderoso auxilio, y arrimará su hombro al sagrado muro, fíjese usted bien, al sagrado muro de nuestra moratoria. ¿No es verdad, amigo mío? —dijo doña María de la Paz, levantándose para retirarse.

—Yo...

No pude decir más, porque en aquel instante concebí una idea grandiosa, colosal; una de esas ideas que de tarde en tarde fulguran en el cerebro del hombre, abriendo ante sus ojos inmenso horizonte en los espacios de la vida; una idea que absorbió mis potencias todas por breve rato, no permitiéndome ver cosa alguna, ni pensar en nada que estuviese fuera de la esfera de mí mismo. Tras de la idea vino un propósito firme, poderoso, y después un plan, cuyo sencillo organismo se me representó clarísimo en todas sus partes.

—Señora, no necesito decir que haré los imposibles porque se consiga esa moratoria —manifesté con artificioso interés a la dama, cuando se retiraba.

Después volví al lado de Presentacioncita. Su cólera mal contenida se desahogaba en amargo llanto.

—Adorada y adorable niña —le dije con acento de profundísima verdad—. No llore usted: todo se arreglará.

—Usted es muy bueno, ¿usted será capaz...? —dijo levantándose y poniéndose ante mí con las manos cruzadas, como se pone la gente piadosa y afligida delante de una imagen.

—Tranquilícese usted: Gasparito será puesto en libertad —afirmé con el mayor aplomo.

—¿Cuándo?

—Cuando se pueda. No hay que impacientarse. El muchacho no irá a presidio.

—¡Oh! ¡Qué hermosas palabras! —dijo saltando de alegría y secando sus lágrimas—. ¿De modo que no...?

—No le condenarán.

—¿Usted lo promete?

— Solemnemente.

—¡Qué bueno es usted... pero qué bueno! ¡Ay, qué guapo es usted! Sí, ¡qué guapo y buen mozo me parece! ¿Por qué no lo he de decir? ¿Conque usted promete que no le harán daño?

—Lo juro. Oígalo usted bien. Lo juro.

—¡Oh, gracias, gracias, señor de Pipaón! Que Dios le dé a usted la gloria eterna, y en este mundo mucha salud, toda la felicidad, todos los destinos de la nación, todos los sueldos, todas las encomiendas, todas las grandes cruces del mundo, y aún me parece poco para lo mucho que usted se merece.

Diciéndolo así, y desahogando en tiernos votos la loca alegría de su corazón, alargaba hacia mí sus cruzadas manos con ademán patético.

Salí de la casa. ¿Cuál era mi idea, mi propósito, mi plan? Se verá más adelante.

XI

Era Ugarte muy amigo del duque de Alagón, capitán de Guardias de la Real persona, inseparable acompañante del monarca dentro y fuera de Palacio. Yo también tuve relaciones estrechas con el duque, a quien visitaba frecuentemente por encargo de don Antonio, para tratar de asuntos reservados, en los cuales no era posible otra tercería que la del nieto de mi abuela.

Por cuenta, pues, de Ugarte y por la mía propia (llevado del luminoso plan que mencioné más arriba), fui a ver cierto día al señor duque de Alagón, que vivía en Palacio. Cuando entré en su despacho, Su Excelencia no estaba solo. Acompañábale un hombre de mediana edad, de aspecto no desagradable, aunque tenía muy poco de fino, de semblante fresco, rudo, como de quien en su crianza vivió más bien al desamparo de los montes que en la regalada comodidad de los regios estrados; vestido lujosamente, aunque sin ninguna elegancia, con librea de flamantes galones; personaje, en fin, del cual se podía decir que era un palaciego que parecía lacayo, y un lacayo que cortesano parecía. Recostado en muelle sillón, fumaba un habano, y su coloquio con el duque era tan corriente y por igual que dos duques no se hubieran hablado de otro modo... ni tampoco dos lacayos.

Cuando entré, dijo el duque:

—Podemos seguir hablando, señor Collado. Pipaón es de confianza y no importa que nos oiga.

—Es que Su Majestad se despertará pronto; llamará y tengo que llevar el agua —repuso Collado mirando el reloj.

—Aún hay tiempo —dijo el duque vivamente—. Para concluir, señor Collado...

—Para concluir, señor duque...

—Concedo las dos bandoleras, a cambio de la canonjía.

—Que no puede ser, que no puede ser...

—Pues vaya... tres bandoleras.

—¡Qué pesadez de hombre! —exclamó el de la librea, que no era otro que el eminente Chamorro, ayuda de cámara de un alto personaje—. He dicho a Su Excelencia que me pida el arzobispado de Toledo, o media docena de mitras sufragáneas; pero que me deje en paz esa canonjía de Murcia, plaza de gran empeño para mí, porque la tengo prometida al sobrino de mi cuñada.

—Pues precisamente esa canonjía de Murcia y no otra es la que yo quiero con preferencia al arzobispado metropolitano —afirmó el duque agitando los brazos—. Se la prometí a la condesa, se la prometí, le di mi palabra de honor... Señor Collado, por amor de Dios... Disponga usted de dos plazas de guardia... vamos, de tres.

—Ni de cuatro. ¿Para qué quiero yo eso? —repuso Collado con desdén, contemplando el humo que desde su boca subía hasta el techo en blancas espirales—. Traigo entre manos la comandancia general de la plaza de Santoña...

—Ya sé para quién es eso —dijo el duque con presteza—. Ya se convino en darla al marido de la Pepita.

—De doña Rafaela, dirá usted, de doña Rafaela.

—¡Doña Rafaela! Esa mujer es insaciable. Se ha llevado ya todas las plazas fuertes, y quiere también echar mano al Consejo Supremo de la Guerra. No he visto mujer que tenga más parientes. Es prima, hermana y sobrina de medio ejército... ¡Y la pobre Pepita a quien yo prometí...!

—No faltará para ella —repuso Collado—. En esa lista de vacantes que tiene Su Excelencia, ¿no se le había señalado a Pepita (para su tío el clérigo, se entiende) la Colecturía general de Expolios y Vacantes, Medias Annatas y Fondo Pío beneficial?

—Si no hay tales vacantes —observó el duque con mal humor—; las he provisto todas. Veamos otra cosa: ¿quién cae?

—Ya recordará Vuecencia los que perecieron anoche —manifestó Collado, sonriendo con malicia—. Está abierto el hoyo para dos consejeros de Órdenes, por _tibios_ y amigos de Macanaz.

—Y para el director de Tercias Reales, si mal no recuerdo.

—Y para dos beneficiados del _Venerable e inmemorial Cabildo de Guadalajara_.

—También tiene la marca en la frente —añadió el duque, con satisfacción parecida a la de los labradores cuando hablan de buena cosecha— el superintendente de Correos, por haberse negado a dar cuenta de aquellas cartas sobre el baile de máscaras.

—Muchos puestos hay —afirmó Chamorro con enfáticas pretensiones de gracejo—; pero hoy han venido tres obispos con trescientas solicitudes de Guerra o Marina. Esto es mezclar berzas con capachos.

—¡Qué demonio!... Y destierros, ¿hay algunos?

—Tal cual... así andamos. Pero ¿no se le concedieron a Vuecencia unos trece o catorce la semana pasada?

—Es verdad; pero los he gastado todos. Quisiera más —dijo Alagón con disgusto—. ¿No ve usted que necesito muchos puestos vacíos? ¡La condesa, Juanita, doña Romualda! ¡Si no me dejan respirar!... Esa gente con nada se satisface. Creen que la nación se ha hecho para ellas. Ya se ve: como ellas parecen hechas para la nación...

—Pues Su Majestad hace días que anda muy reacio, señor duque —afirmó Pedro con burda socarronería.—. Dice que abusamos.

—¡Que abusamos!

—Y que es preciso, en la provisión de destinos, dejar algo a los ministros, porque estos se quejan de la nulidad a que están reducidos y del tristísimo papel que hacen.

—Aquí hay alguna mano oculta, señor Collado —exclamó con rabia el duque—. Aquí hay intriga. A usted y a mí nos están engañando, y con vivir tan cerca de Su Majestad, no sabemos lo que pasa.

Chamorro se encogió de hombros. El duque mirome con atención, y sus ojos parecían decirme: «¿Qué piensa usted?»

—Todo depende —dije yo, rompiendo el silencio que, por darme mayor importancia, había guardado hasta entonces—, todo depende de los humos que han echado algunos ministros, como el fatuo, el insolente don Pedro Ceballos, como don Juan Pérez Villamil y otros.

—Bien, muy bien dicho —exclamó el antiguo aguador de la fuente del Berro, dándome una palmada en la rodilla para demostrarme su conformidad absoluta con mi parecer.

—Observen ustedes bien cuál es el plan de los ministros —proseguí enfáticamente—. El plan de esos señores bien claro se ve... es apoderarse del ánimo de Su Majestad, inclinarle a aceptar cuantas medidas ellos propongan, ordenar las cosas de modo que todos los asuntos públicos sean resueltos por ellos, y todos los destinos dados y quitados por ellos.

—Justo, eso, eso es —afirmó el duque—. Pipaón ha puesto el dedo en la llaga.

—Bien claro lo demuestran las providencias que se están tomando —dijo Chamorro con ademán meditabundo—. Para imponer su voluntad, han empezado por aconsejar al rey que vaya dejando a un lado las medidas de rigor. ¡Oh, aquí hay algo! En el aldehuela, más mal hay del que se suena.

—Como que ya han acordado suprimir las Comisiones de Estado, y se han prohibido las denominaciones de _serviles_ y _liberales_ —indiqué yo—. En suma, señores, hay en el ministerio algunos individuos que se manifiestan deferentes ante el Monarca; pero ¿qué pensaremos de un Ceballos, de un Villamil? ¿Qué pensaremos, repito, al verles empeñados en llevar el gobierno por los torcidos caminos de una tibieza hipócrita?

—Una tibieza que no es más que constitucionalismo disfrazado —dijo Alagón, dándoselas de muy perspicuo.

—¡Constitucionalismo! —repitió Collado—. Así se lo he dicho esta mañana. Debajo del sayal hay al...

—¿Y qué dijo? ¿No hizo alguna observación chusca? —preguntó con interés vivísimo el duque.

—Siempre que le hablo de esto calla como un cartujo —repuso con descorazonamiento Collado—. Al buen callar llaman Fernando.

Los dos palaciegos permanecieron meditabundos por breve rato.

—Yo no sé qué raíces echa el tal don Pedro dondequiera que pone los pies —dije yo—; pero es lo cierto que, cuando se instala, no se deja echar a dos tirones.

—Es hombre listo y que sabe manejarse —añadió el duque—. ¡Cuando ha sabido hacer olvidar sus servicios a Bonaparte en Bayona, y a las Cortes en Cádiz...!

—Pues si he de ser franco, señores —observé yo con hinchazón y petulancia—, manifestaré a ustedes una cosa, y es que... Vamos, lo diré en dos palabras. Si yo viviera en esta casa, don Pedro Ceballos no duraría una semana en el ministerio.

—¡Ay, amigo! —me dijo el duque, poniéndome familiarmente su noble mano en el hombro—. ¡Usted no sabe qué clase de casa es esta!

—Se intentará, señores, se intentará —dijo Collado, rascándose la frente—. Otras cosas ha habido más difíciles.

—Mucho más fácil sería dar en tierra con Villamil; ¿no es verdad, señor Pedro?

—Ese tiene su pasaporte colgado de un pelo, como la espada de Demóstenes —afirmó socarronamente el aguador.

—De Damocles, querrá usted decir —indicó Alagón—. Pues es preciso romper ese cabello; ¿me entiende usted, señor Collado?

—Ya, ya se hará —murmuró el exaguador, dándose importancia—. Yo creo que Su Majestad tiene razón, señor duque. Estamos abusando, estamos abusando de su mucha bondad. Verdad es que, si algo hacemos, muévenos el gran cariño que le tenemos todos.

—¡Abusar! —exclamó el duque con desabrimiento—. Por mi parte hace tiempo que estoy casi en desgracia. Recibo muy pocos favores.

—¡Hombre de Dios, y todavía se queja! —gruñó Collado, con cierto enojo—. ¡Después que, a cambio de las condenadas bandoleras, se ha llevado la mitad de los beneficios, de las prebendas, de las raciones, de las abadías, de las capellanías, de las colecturías, de las examinadurías sinodales, de las difinidurías de la Santa Iglesia! Y todavía pide más. ¿Qué es lo que pide la mona? Piñones mondados.