Memorias de un cortesano de 1815

Part 4

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Seguía en buenas relaciones con mi antiguo protector don Buenaventura; pero ni este se atrevía a ocuparme en viles menesteres, ni yo lo habría consentido. Despachábamos juntos y mano a mano algunos asuntos delicados, tocantes al Real Consejo, porque ha de saberse que el don Ventura, desde que cuajara el despotismo y se restableciera el régimen antiguo, alcanzó la plaza de camarista, por la cual tenía antojos el pobrecito señor desde su mocedad, o casi desde el vientre materno. ¡Oh! ¡Ningún arrimo se puede comparar al arrimo del Real Consejo y Cámara! Daba gana de dormir en aquellos sillones, bajo aquellos techos eminentes, en medio de aquella paz, de aquel reposo, de aquella estabilidad inalterable, de aquella majestuosa petrificación de los siglos, de aquel silencio, solo turbado por los estornudos de algún camarista y el ruido de los viejos, polvorosos y amarillos folios, cuando la flaca, la rapante mano del escribano los volvía. Era una tumba para el mundo, y un paraíso para los que estaban dentro... Para el reino la muerte; para los privilegiados dulce y reposada vida.

—No hay institución más sabia que esta del Consejo —me decía don Buenaventura, con aquel entusiasmo que ponía siempre en sus palabras, al hablar de las cosas venerandas, sublimadas por los siglos—. Eso de que no pueda moverse un dedo en todo el reino sin que nosotros entendamos de ello, es admirable para el buen concierto de las Españas y sus Indias. Nuestra sala de Alcaldes vale un imperio. Con ser tan pequeña todo lo abraza: sin que ella lo autorice no puede el español sacar un pececillo de las aguas de un río, ni vender una libra de uvas, ni echar la sal al puchero. Todo lo pequeño está en nuestras manos, lo mismo que lo grande; sin nuestro permiso el reino no puede sublevarse ni tampoco rascarse. No puede hacer revoluciones, ni cambiar de dinastía, ni reunir Cortes, ni establecer formas de gobierno, ni tampoco ir a los toros, ni cazar con hurón, ni tener un desahoguillo mujeril, ni escupir, ni toser.

»Somos una máquina admirable que con sus grandes palancas aporrea el mundo, y con sus dientecillos roe lo que encuentra. Aquí todo se convierte en polilla. Nada se nos escapa, y el vasallo de Fernando VII tiene que venir aquí para que le digamos dónde tiene las manos. ¡Ay de aquel que se atreva a alterar la dulce armonía en que vive la Nación, regocijándose en sí misma y mirándose en el espejo de su estabilidad secular, como Narciso en la fuente! Si alguna cabeza hueca concibe proyectos de aparente utilidad para desviar el suave curso de la española vida, bien alterando las leyes del comercio, bien las de la fabricación, ora los impuestos, ora la agricultura, nosotros acudimos solícitos allí donde prendió el incendio de la reforma y procuramos apagarlo, apoderándonos del proyecto, solicitud o requisitoria, informe o memorándum, para ponerle encima una losa de papel, bajo la cual se queda criando musgo, si no gusanos, ¡por los siglos de los siglos!

»En suma, es nuestra misión sostener en las esferas todas del país el estado de sabrosísimo sueño que constituye su felicidad desde que renunció a las conquistas. Nosotros arrullamos esta inmensa cuna, cantando el _ro-ro_; y si por acaso en la agitación de su placentero dormir saca la criatura una mano, se la metemos entre las sábanas; si pronuncia alguna palabra, le tapamos la boca; si suspira, la rociamos con agua bendita; si se mueve, ¡ay!, si se mueve nos asustamos mucho, porque creemos que va a despertar... Pero ahora tenemos tranquilidad para un rato, amigo mío: el turbulento niño duerme; todo es calma, todo es silencio, todo es paz, y apenas oímos un murmullo de inquietud en el fondo de este gran pecho, que suavemente se alza y se deprime con el reposado aliento de la satisfacción.»

Así dijo. Concluía de comer, y levantándose, añadió:

—Adiós, Pipaón; me voy al Consejo a dormir la siesta.

La pintura de aquella alta institución narcótico-nacional despertaba más en mí el deseo de afincarme en ella, como quien dice, proporcionándome una plaza de camarista, que era la mejor almohada del mundo para reposar una cabeza cargada de años y de trabajos. Contrariábame mi juventud, y la poca duración de mis servicios; si bien es verdad que para cubrir una vacante en aquellos tiempos no había los ridículos escrúpulos y reparos de antaño. Ya no se buscaba con candil, como en los días de Jovellanos y Campomanes, un vejete sabihondo para endilgarle la cédula de nombramiento, sin más méritos que haber escrito mil indigestos informes. Godoy echó por tierra estos abusos, llevando a la Cámara a quien le dio la gana, sin distinción de talentos reales o postizos; y en mi época esta tolerancia había llegado a su colmo, siendo evidente que, desde la entrada de don Antonio Moreno en el Consejo de Hacienda, todos los peluqueros de Madrid se vieron ya con un pie dentro de la Sala.

Esto me daba alientos, y no me acostaba ninguna noche sin pensar, al persignarme, en las dulzuras de la anhelada canonjía del Consejo. Crecía mi favor como la espuma, y a los comienzos de 1815 pude pasar del cuarto del príncipe al del rey, que era el Olimpo de la cortesanía, y trabar comercio más íntimo con personajes del mayor prestigio, y que, al decir de las gentes, traían en los cinco dedos de su mano toda la grandeza del reino, del cual eran árbitros, sin dar de ello cuenta al diablo ni a Dios.

Impulsome por estos excelsos caminos la amistad que en octubre de 1814 contraje con un hombre que en aquella época comenzaba a ser poderoso, y después lo fue en tan alto grado, que, siendo su nombre don Antonio Ugarte, el vulgo le llamaba _Antonio I_ para significar un poder, grandeza y predominio que al del mismo monarca se igualaba.

¿Y quién era ese Ugarte, quién era ese hombre poderoso que por algún tiempo dispuso del tesoro de la nación, y tuvo a sus pies a todas las eminencias civiles y militares, y dio que hablar dentro y fuera de España casi tanto como Godoy en el reinado de Carlos IV? Pues era, simplemente, un maestro de baile.

Hombre tan insigne merece capítulo aparte.

VIII

En los últimos años del siglo anterior, Ugarte había venido de Vizcaya a los quince de su edad. Menos afortunado que yo y con menos recursos, tuvo que ponerse a servir de mozo de esportilla en casa del señor Consejero de Hacienda don Juan José Eulate y Santa, donde se dio tan buena maña y mostró tanto ingenio, que bien pronto, ayudado de su buena letra y de sus conocimientos aritméticos, logró ser amanuense de la casa. Habiendo nacido Antoñuelo para grandes empresas, no quiso su destino que se prolongase por mucho tiempo la oscuridad de aquella vida, y ved aquí que una aventurilla doméstica, en la cual apareció demasiado listo, le obligó a separarse del señor Eulate. El mancebo vizcaíno, viéndose sin arrimo, pasó revista a todas las artes y ciencias, y discurriendo cuál de ellas tomaría por instrumento de la gran ambición que en su noble pecho abrigaba, adoptó la coreografía. Ya le tenemos de maestro de baile, o como si dijéramos, con ambos pies dentro de la esfera de la fortuna, que en aquellos tiempos solía favorecer a la gente danzante.

Era Ugarte de hermosa presencia, agraciado, vivaracho, ingeniosísimo en las frases, saludos y cumplidos, y extremadamente listo, con el más claro ojo del mundo para conocer a las personas y captarse su simpatía y buena voluntad. Vestía con toda la elegancia que sus mermados emolumentos le permitían; conocía a fondo el _ars umbelaria_, que era el modo de ponerse el sombrero, y el _ars ingrediaria_, que era lo que modernamente y con más llaneza llamamos el _modo de andar_. No solo daba lecciones de baile, sino que las daba también de _zorongo_, es decir, enseñaba a los jóvenes a hacer con la mayor elegancia posible el gesto de afectadísima urbanidad conocido con este nombre.

A pesar de tan supinos talentos, Ugarte no salía de su pobreza, que entonces acompañaba, como el lazarillo al ciego, a las más nobles artes de la cabeza o de los pies. Pero quiso el cielo que se prendase del bailante vizcaíno una dama burgalesa (cuyo nombre no hace al caso), la cual vivía en la Costanilla de Capuchinos de la Paciencia. Desde entonces todo cambió. Baste decir que Godoy gobernaba a España y sus Indias. Para medrar, Antoñuelo, que tanto había movido los pies, no necesitó más que el apoyo de una blanca mano. Sintiéndose con un gran caudal de iniciativa y de recursos de ingenio, resolvió no meterse entre las telarañas de las covachuelas, y se hizo agente de negocios de Indias, de los Cinco Gremios y de la Dirección de Rentas. ¡Colosal mina! Antoñuelo tenía talento en la cabeza, y dedos en las manos.

Por lo que yo hice con mediana ciencia en tiempos posteriores, y ya muy explotados, júzguese lo que haría Ugarte con más genio para los negocios que Nelson para la Marina, y en tiempos tan primitivos y virginales que bastaba alargar la mano para coger el sustento de hoy... y el de mañana. La Providencia divina, que en lo de mimar a Ugarte era una madre débil y complaciente, le puso entonces en relaciones con el barón Strogonoff, embajador de Rusia, el cual encargó a nuestro exbailarín el desempeño de diversos asuntillos. Hízolo a pedir de boca, quedando el moscovita tan complacido, que se fue para las Rusias en 1808, y dejó a cargo de Ugarte todos sus intereses.

Durante la guerra, don Antonio no se movió de Madrid. Firme en su agencia, servía a españoles y franceses, sin malquistarse jamás con unos ni con otros, que este es privilegio de ciertos hombres sutilísimos. Ni los franceses le molestaron en 1812, aunque encubiertamente favorecía a los nacionales, ni en 1814 le persiguieron por afrancesado los españoles de la restauración. Con todo el mundo tenía buenas relaciones; para todo se echaba mano de Ugarte. Murat y José lo mismo que los regentes de Cádiz, el cardenal de la Scala lo mismo que Fernando, el _botellesco_ Cabarrús igualmente que el leal Eguía, le consideraban y atendían. Hízose superior a los partidos, y a todos servía. Había tenido hasta entonces el singular talento de no funcionar dentro de la jurisdicción de las pasiones políticas, reservándose la esfera interior de los negocios. Mientras arriba los bobos andaban al pelo por la soberanía del pueblo y los derechos del trono, él resbalaba abajo ingiriéndose en los intereses públicos y particulares... No era nada; no era más que agente.

Aquí hemos visto muchos hombres de esta clase; pero el maestro, el patriarca, el Adán de estos bienaventurados camaleones, fue, sin duda alguna, Antonio I, agente de todo lo agenciable.

Por entonces empezó la gran influencia de los rusos en la corte de España, aunque todavía no habían aparecido por las Ventas de Alcorcón. Concluida la guerra, vino acá el célebre Tattischief (a quien daré a conocer más adelante), el cual, por su antecesor, tenía ya noticia de las sutilezas de nuestro agente. Se hicieron tan amigos, que ambos salían de paseo, dándose el brazo, confundiéndose los bailarinescos antecedentes del uno con la noble prosapia del otro, para regocijo de la democracia, que ya empezaba a invadirlo todo. El ruso, que era emprendedorcillo, como se verá en lo sucesivo, y no había venido a Madrid a coger moscas, encontró su mano derecha en Ugarte, y este halló en el ruso un admirable espantajo que le sirviese de pantalla en la corte. Llevó Tattischief a Antonio I a la tertulia de Fernando, hízole conocer a este las altas dotes del antiguo maestro de _zorongo_, y no fue preciso más. La agencia de Ugarte se extendió; puso una mano en el corazón de la monarquía, y extendió la otra a los últimos confines de ella en Europa y en América. Un solo mundo no le bastaba.

Por aquella época (repito que al concluir 1814) nos hicimos amigos. Habíame ocupado don Antonio en diversos menesteres de mi incumbencia, los cuales desempeñé tan bien que se me confirieron secretos importantes y fui asociado a empresas de mayor cuantía. Nos comprendimos; encajamos el uno en el otro como el pie en el zapato: él conociéndome y yo conociéndole, habíamos hecho la principal conquista de nuestra vida.

Y aquí levanto la mano del bosquejo de este hombre, porque sus hechos principales no han ocurrido aún en los días a que me refiero. Ellos irán saliendo poco a poco, y le pintarán por completo en todas sus fases, siendo tan solo mi propósito ahora trazar una breve figura lineal, que por sí irá vistiéndose de colorido con la misma luz de los próximos sucesos. Cuando yo conocí a don Antonio, empezaba el gran poder de aquel hombre, arbitrista, asentista, _factotum_; de aquel agente universal, que resolvió, en connivencia secreta con el rey, graves negocios de estado; que tramó revoluciones y mudanzas, celebró tratados y manejó la Hacienda publica sin responsabilidad; organizó ejércitos y compró buques, todo esto sin intervención ninguna de los vanos ministros, y obrando casi siempre a espaldas del llamado gobierno.

La figura de mi don Antonio no revelaba entonces su antiguo oficio de maestro danzante, ni tenía la ligereza que arte de tantos vuelos exigía: era bastante obeso y de procerosa estatura, rostro de satisfacción, doble barba con mucha enjundia, ojos muy movibles y una sonrisa más bien esculpida que pintada en su rostro por la fijeza de ella, y por la feliz concordancia con todas sus palabras. Ponía semblante afectuoso a chicos y grandes, y con todos aparecía obsequioso y servicial, aunque después no lo fuese. Tenía suma destreza para resolver en todo; respondía siempre a medida, sin decir más ni menos de lo necesario; disimulaba sus proyectos con discreción excelsa, a prueba de ajena perspicacia; jamás emitía ideas exageradas; por el contrario, era juicioso, y en sus conversaciones sobre fútil política siempre daba la razón a su interlocutor; hablaba con veneración del rey, guardando prudente silencio sobre la dominación francesa, y no insultaba jamás a los vencidos, sin duda por la consideración de que pudieran ser vencedores. Cuando nombraba a alguno de los personajes desterrados o presos, decía _mi desgraciado amigo Fulano de Tal_, y a todos los hombres de viso que entonces privaron, les sahumaba con vanos elogios en presencia y ausencia.

Delante de los tontos decía afectadamente tonterías, y sabidurías delante de los sabios, y jamás habló mal de ninguna persona, aunque esta estuviese en Melilla o Ceuta. Era religioso y cuchicheaba con frailes y monjas; pero nunca le vi abogar celosamente por la Inquisición, ni dio al fuego sus libros filosóficos y enciclopedistas, pues los tenía buenos. Se lamentaba de que los revolucionarios fueran tan malos; pero en más de una ocasión le sorprendí en secreto con ciertos pajarracos que a cien leguas me olían al musguillo húmedo de las logias y a sociedad secreta; en fin, era hombre tan completo que difícilmente se encontraría otro ejemplar, ni quien, como él, estuviese siempre en la justa medida, atento a su beneficio, y realizando las supremas leyes de la vida con tal arte que el Criador del mundo debía de estar muy satisfecho por haber criado a Ugarte. Sin duda después que lo echó al mundo vio que era bueno.

Este y Ostolaza fueron los dos arcángeles que tiraron (permítaseme la figura) del carro celestial de mi encumbramiento. Si uno me introdujo en el cuarto del infante, llevome el otro al del rey. Muchas y no despreciables cosas tengo que contar de mis conexiones con los primeros cortesanos de la época; pero antes de llegar al lugar sagrado, se me permitirá que me ocupe de otras menudencias que, no por serlo, dejan de ser indispensables para el conocimiento de lo que vendrá después, y de cierto asunto que por mi propia cuenta emprendí. Como aquí entran personas de menos copete y algunas madamitas, también abro capítulo aparte.

IX

A casa de las de Porreño iba yo a menudo, y constantemente desde que se apareció en aquellos tristes salones cierta condesa de Rumblar, acompañada de un lindo femenil pimpollo, nombrado Presentacioncita, la cual era un conjunto de gracias, seducciones y monerías de imposible descripción. Tenía tal garabato para burlarse de Ostolaza y de mí, elogiándonos en apariencia, que ni él ni yo sabíamos enfadarnos para salvar la dignidad. Nos zahería muy sandungueramente, y por mi parte me moría de gusto. La luz chispeante de sus ojitos, negros como la noche, deslumbraba los míos y se me entraba y esparcía por todo el cuerpo, escarbándome el corazón. Cuando reía, figurábasele a uno tener delante un coro de angelitos insolentes, jugueteando de nube en nube; cuando se ponía seria, era preciso estar en guardia, porque de fijo tramaba alguna ingeniosa picardía. Su gravedad era una máscara, detrás de la cual se fraguaban hipócritamente todas las aleves conspiraciones contra nuestras casacas, contra nuestras chupas, y también contra nuestras pobres carnes.

Temblábamos ante ella, y por mi parte me derretía de gozo cuando mi cara se bañaba en su aliento durante una partida de mediator. Moralmente hablando, nos pellizcaba sin cesar, pues no podían ser otra cosa sus punzantes burlas. Digo punzantes, porque en cierta ocasión clavó en los sillones donde Ostolaza y yo nos sentábamos, algunos alfileres tan soberanamente dispuestos, que mi buen amigo y yo vimos, sin ser astrólogos, todo el sistema planetario. Otra vez cosió mis faldones a un infame aparato, que moviéndose echó por tierra la cesta de la costura donde doña Paz tenía distintas suertes de labores, ovillos, canutillos y lienzos, de tal modo que levantarme yo y venir el mujeril aparato al suelo fue todo uno. A veces inventaba un juego de acertijo, en el cual había un plato artificiosamente ahumado, que nos aplicábamos a la cara para saber el secreto, y puesta la sala a oscuras, resultaba después que aparecíamos Ostolaza y yo con la cara tiznada, de lo cual se holgaban y reían mucho los concurrentes. A menudo recibía yo cartitas y recados de monjas mandándome llamar, y luego salíamos con que era mentira. Y no digo nada de aquella graciosísima invención que consistía en darme un dulce, y cuando yo todo almibarado de gozo me lo metía en la boca, resultaba más amargo que la misma hiel.

¡Ay! En aquellas tertulias había verdadero entretenimiento; se divertía uno con la más rigurosa honestidad, sin propasarse jamás a cosas mayores, y aunque se padecía un poco del mal de Tántalo, el lindo juego de la gallina ciega nos proporcionaba algún yo y tú casual entre tapices, y se podía coger al vuelo un par de blancas manos, algún torneado brazo, u otra cualquier obra admirable del Criador. Daba la maldita casualidad de que, siempre que estábamos rezando el rosario, sonaba adentro descomunal y pavoroso ruido, y a oscuras o con un candilejo era preciso ir a ver lo que era, no faltando damas valerosas que le acompañasen a uno por los solitarios corredores. Por supuesto, al fin venía a resultar que aquellos espantables ruidos eran obra del gato, haciendo de las suyas en la cocina.

Con estos y otros inocentes placeres, se pasaban dos o tres horas de la noche sin sentirlo.

Una noche noté que Presentacioncita no nos dio bromas ni a Ostolaza ni a mí. No di importancia al suceso. A la noche siguiente no fue a la tertulia y se dijo que estaba enferma; pero apareció tres noches después bastante desmejorada y muy triste, lo cual me sorprendió mucho, y observé. Observé su semblante, su mirar, qué conversaciones prefería, a cuáles palabras prestaba más atención. Atisbé sus suspiros y la distracción honda en que comúnmente estaba, deduciendo de todo que Presentacioncita tenía un gran pesar sobre su alma. Pero lo más extraño fue que la graciosa niña no solo se abstenía por completo de toda burla mordaz conmigo, sino que me trataba con inusitadas consideraciones, fijando en mí su mirada, cual si quisiese leer mis pensamientos, y por ellos adivinar mi voluntad para satisfacerla.

Atendía al juego, alegrándose mucho cuando yo ganaba, y demostrándome en sus ojos profunda pena si la suerte no me era propicia. Al retirarme, me preguntó con vivísimo interés si faltaría a la tertulia de la noche siguiente.

Acosteme y no dormí. Los dos ojos de Presentación fulguraban en la oscuridad de mi alcoba como estrellas en el negro cielo. Pero yo no soy hombre que pierde el tino por afán de ideales amores, ni en mi vida he sentido el embrutecimiento de que hablan los poetas, dolencia común a cabezas hueras y a gente vagabunda. Reíme, pues, de aquello, y vino el día y tras él la noche. Pareciome, al entrar en la tertulia, que con mi vista se disipaba la tristeza de la preciosa niña, como con la presencia del sol huyen las nieblas que oscurecen y enfrían la tierra. ¿A qué negarlo? Yo estaba inflado de orgullo.

Conocí que deseaba hablarme, y por mi parte sentía ardiente anhelo de decirle un par de palabritas al oído, sin que lo viera mi señora la condesa. Ofreciósenos a entrambos ocasión propicia cuando los demás hablaban ardientemente de la caída de Macanaz. Presentacioncita me dijo con la mayor zozobra:

—Señor de Pipaón, tengo que hablar con usted.

—Y yo también, señora doña Presentacioncita, tengo que... —repuse, sin poder encontrar una fórmula de madrigal.

—Pero mucho, mucho —añadió ella, poniéndose más encarnada que un cardenal.

—¿Mucho?

—Tengo... tengo que confiar a usted...

—Sí, yo también...

—Un gran pesar.

—¿Pesar?

—Sí, una gran pesadumbre, y espero...

—Yo también espero...

—Espero que usted me hará el favor que he de pedirle... Usted, sí, me han dicho que solo usted...

Yo estaba confundido y nada contesté.

—Mañana, señor de Pipaón... —dijo disimulando todo lo posible su inquietud—; mañana...

—Mañana, o cuando usted quiera...

—Venga usted aquí. Estaremos solas doña Salomé y yo. Mi madre, doña Paz y doña Paulita van a visitar a las monjas de Chamartín. Yo he dicho que vendré a ayudar a doña Salomé en una labor que trae entre manos.

Al siguiente día, a la hora marcada, acudí presuroso a la cita, poniéndome de veinticinco alfileres. Retirose la de Porreño cuando yo entré, y Presentacioncita no esperó a que me sentara para decir:

—Señor de Pipaón, en usted confío, en su mucha bondad y cortesanía. Se trata de una obra de caridad.

—¡Una obra de caridad!... ¡y para eso...! —murmuré desconcertado.

—Se lo agradeceré a usted toda mi vida, toda mi vida —afirmó ella cruzando las manos y clavando en mí hechiceras miradas.

Empecé a sospechar si sería yo víctima de una refinada ingeniosa burla.

—Veamos: ¿qué obra de caridad es esa? —pregunté tan inquieto y sobrecogido cual si sintiera en el asiento de la silla los alfileres de marras.

Presentacioncita fijó los ojos en el suelo, y doblando y desdoblando la punta del pañuelo, dijo:

—Yo tengo...

—Vamos, acabe usted.

—Me cuesta mucho trabajo, señor de Pipaón; pero no me queda otro remedio que decírselo a usted.

—Pues oigo. ¿Tiene usted...?

—Vergüenza.

—¿Es algún pecado?

—Pecado, no.

—Entonces, amor.

Presentación respiró cual si la quitaran de encima un gran peso.

—Eso es. Cuesta mucho decirlo... Gracias, señor don Juan. Me ha adivinado usted. Bien dicen que otro de más pesquis no le hay bajo el sol.

—¿Y quién es ese dichoso joven? —pregunté de muy mal talante, esforzándome en poner cara indiferente.

—Ese joven... es... vamos, un joven... muy desgraciado por cierto, si usted no lo remedia.

—¿Yo?... ¿Y en qué puedo servirle?

—¡Ay! Para un hombre como usted no hay nada imposible. Por su mucho talento ha logrado ganarse una buena posición; es amigo de Antonio I, del infante, y tiene gran poder en la Corte... —añadió con mucha zalamería.

—¡Yo!

—O en el gobierno. ¡Qué gusto para la madre que tal hijo crió! Verle encumbrado por sus méritos nada más, por su entendimiento; verle solicitado de los grandes señores y hasta de los obispos... No sabemos a dónde va a llegar usted, señor de Pipaón, y si no para de subir, le veremos ministro o gobernador del Consejo, o embajador el día menos pensado.

—Gracias, señora doña Presentacioncita. Pero...