Memorias de un cortesano de 1815

Part 3

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Este decreto contra los diputados y el que en 30 de mayo de 1814 se dio contra los afrancesados que estaban en la emigración, además de sus ventajas como contraveneno del constitucionalismo, ofreció el inestimable beneficio de librarnos de toda la plaga de literatos, poetas y prosadores que desde años atrás habían empezado a infestar al país. Pues no sé... ¡Si no andan listos nuestros gobernantes, buenas se hubieran puesto las cosas! De seguro que Moratín nos habría aturdido con sus comedias y Meléndez con su pastoril caramillo, y Gallego con su retumbante trompa. De fijo que Quintana y Sánchez Barbero, Burgos y Lista, Tapia y Martínez de la Rosa habrían lanzado sobre la afligida nación un diluvio de obras poéticas de diversos géneros, teniendo después el descaro de pretender que el público se las pagara en época de tan poco dinero. También Conde y Toreno nos hubieran mareado con sus historietas, y Antillón y Ciscar con sus obras científicas, soliviantando a la nación y metiendo ruido, para que los españoles despertaran del plácido letargo sabroso en que por fortuna vivían entonces.

A fin de establecer en todo el país aquella calma perfecta y absoluta que es condición precisa para que puedan lucirse los buenos gobernantes, fue preciso encausar a muchos que no habían sido diputados, ni literatos, ni siquiera poetas, sino simples particulares oscuros, aunque cargados de crímenes nefandos. ¡Si era cosa que daba horror oír contar las maldades de aquella gente!... Hubo quien conversando en los cafés, en círculo de amigos, habló mal del despotismo. Me acuerdo de la causa formada al brigadier Moscoso _por no haber desplegado los labios_, mientras otros oficiales elogiaban la Constitución... Vamos, si no se puede uno contener tratando de esto. Bien hizo el fiscal en pedir para Moscoso la pena de muerte, porque el deber de este era reprender a los desvergonzados oficiales... Pues ¿y los muchos a quienes se formó sumaria y fueron a Ceuta por haber escrito en los papeles públicos en tiempo de la Constitución, o por haber sido partidarios de ella, a pesar de que nunca dijeron «esta boca es mía»?... Nada, nada se les escapaba a aquellos benditos señores de la Comisión de Estado, y de ellos puede decirse que se excedían a sí mismos y hacían los imposibles por la rápida y eficaz administración de justicia.

Verdad es que tenían en su auxilio a multitud de patricios vehementes que delataban sin cesar a los pícaros, refiriendo lo que oyeron tres años antes y descifrando minuciosa y hábilmente el pensamiento de tal o cual persona. La delación, ¡ay!, no era cosa fácil, sino muy trabajosa y comprometida, porque había que meterse en las casas fingiéndose amigo, interceptar cartas en el correo, seducir a los criados, engañar a los tontos y llevarles a los cafés, excitándoles a hablar; en fin, era obra difícil, a la cual solo podían hacer frente la mucha fe y el desmedido amor al monarca.

No se crea que este dejó sin premio tan grandes virtudes y la abnegación de aquellos leales sujetos que olvidaban los menesteres de sus casas para meterse en las ajenas; no, aquel sabio gobierno premió largamente a los delatores, dando a unos el privilegio de abastos de tal villa; a otros una plaza de fiel de matanza; a Fulano una procuraduría; a Zutano un oficio enajenable, etc., etc.

Lo más notable es que no se vio en aquellos días ninguna ejecución de pena capital, pues ni el mismo _Cojo de Málaga_ llegó a bailar en la cuerda, como lo tenía dispuesto el gobierno, en castigo de haber alborotado y aplaudido en las tribunas públicas de las Cortes. Delito tan feo, tan contrario a los fueros de la Nación, a la dignidad del rey y a la fe católica, exigía expiación durísima, y un ejemplar que sonase en todos los ámbitos de la feliz España. Furioso estaba el pueblo contra el _Cojo_, el clero escandalizado, los patricios muertos de impaciencia porque de una vez y sin pérdida de tiempo desapareciese de entre los vivos el inmundo reo; pero ved aquí que el embajador de Inglaterra (son los extranjeros muy amigos de farandulear) se interpuso, rogó, suspiró, aun dicen que amenazó, hasta que nuestro rey, no queriendo malquistarse con la Gran Bretaña por un cojo de más o de menos, le conmutó la pena capital por la de presidio indefinido. La suerte fue que cuando llegó la orden, ya estaba Pablo Rodríguez con un pie en el cadalso y había tragado lo más amargo de la alcuza. Quien más perdió fue el pueblo, que ya contaba por segura la ejecución y se quedó a media miel.

Tampoco subió al cadalso doña María Villalba, señora de mucha bondad y hermosura, según decían. Sí, ¡buena sería ella!... ¿Qué puede pensarse de una dama que cometió la felonía de escribir en confianza a cierta amiga, contándole algunos lances amorosos del rey?... Afortunadamente el gobierno de entonces tenía la gracia de que no se escapaba en correos una pícara carta que contuviese algo importante... ¡Y la doña María se quedaría tan fresca, creyendo que su gran crimen no iba a ser descubierto! ¡Véase si vale de mucho el ojo diligente de la Administración; véanse las ventajas de una estafeta celosa del bien público! Los buenos gobiernos han de estar en todo, y meter la cabeza hasta dentro de las faltriqueras de los gobernados, porque si no... ¡No faltaba más sino que cada uno pudiera escribir lo que le diese la gana, y después encargar al gobierno la comisión de llevarlo!... En fin, doña María Villalba fue puesta a la sombra, y si conservó la vida, fue porque se movieron en su pro muchas personas de influencia y todo Madrid se puso sobre un pie.

Pero todo no había de ser blanduras, porque en aquellos días restablecimos la Inquisición.

V

_Restablecimos_: permitidme que hable en plural. Yo tenía derecho a ello desde que logré meter mi cucharada en la tertulia del infante don Antonio. ¡Quién me había de decir que me vería en tales excelsitudes, mano a mano con gente nacida de vientre de reinas! Parecíame mentira, y me causaban admiración mi propia persona, mis propias palabras. Sin quererlo me hacía cortesías a mí mismo. Aprendí a vestirme con elegancia, y los que me habían conocido meses antes, se asombraban de mi transformación.

Antes de dar a conocer la tertulia del infante, enumeraré la serie de relaciones que me condujeron a Palacio.

Desde que comencé a hacerme hombre de pro solía visitar a las señoras de Porreño, una de ellas hermana del señor marqués de Porreño, que había muerto poco antes; hija del mismo la otra, y sobrina la tercera. Aquella casa, que ya venía muy agrietada desde el siglo anterior, estaba a punto de hundirse completamente, por cuya razón las tres excelentes señoras necesitaban buenos amigos que les ayudaran con amena tertulia y delicado trato a conllevar las pesadumbres de su lamentable decadencia.

En casa de estas señoras conocí a don Blas Ostolaza, confesor del infante don Carlos y predicador de Palacio, hombre de los más eminentes que han vivido en España. Eclesiásticos como aquel debieran nacer aquí todos los días, y aunque saliera uno detrás de cada piedra, no estaría de más. Él fue quien felicitó a Fernando desde el púlpito por el restablecimiento de la Inquisición, diciéndole: «Apenas ha vuelto Vuestra Majestad de su cautiverio y ya se han borrado todos los infortunios de su pueblo. La sabiduría y el talento han salido a la pública luz del día, y se ven recompensados con los grandes honores, y la religión, sobre todo, protegida por Vuestra Majestad, ha disipado las tinieblas como el astro luminoso del día.»

Él fue quien escandalizó en las Cortes de Cádiz por su frescura olímpica, que hacía reír a la gente de las tribunas; y como mi hombre, tanto a los _galerios_ como a los diputados, les aporreaba a verdades, cada vez que hablaba todo Cádiz se ponía en movimiento. La fama de estas hazañas, así como la de sus mortíferos discursos, corrió por todo el reino de tal suerte que, cuando Su Majestad volvió de Valencey, estuvo en un tris que me le hiciera obispo.

Él fue quien, durante las causas de que antes hablé, reveló los _pensamientos_ de sus compañeros de Congreso en las sesiones secretas. Eso sí, tenía mi don Blas una memoria asombrosa, y no dijeron los charlatanes palabrilla pecaminosa ni herética argucia que él no recordase, por lo cual su boca fue una mina de oro en aquellos benditos autos.

Era tan celoso por la causa del rey y del buen régimen de la monarquía, que si le dejaran, ¡Dios poderoso!, habría suprimido por innecesaria la mitad de los españoles, para que pudiera vivir en paz y disfrutar mansamente de los bienes del reino la otra mitad. Fue de ver cómo se puso aquel hombre cuando se restableció la Inquisición. Parecía no caber en su pellejo de puro gozoso. Una sola pena entristecía su alma cristiana, y era que no le hubieran nombrado Inquisidor general. ¡Oh!, entonces no se habría dado el escándalo de que se pasearan tranquilamente por Madrid muchos tunantes que tenían sus casas atestadas de libros y que recibían gacetas extranjeras sin que nadie se metiese con ellos.

No solo era predicador insigne, sino que como escritor religioso bien puede decirse que Melchor Cano, Sánchez y el padre Rivadeneyra, comparados con él, ignoraban dónde tenían las narices. ¿A qué rincón de la Europa culta no llegaron sus célebres novelas, impresas con las armas reales, amén del retrato del monarca, y en las cuales, ora en prosa, ora en verso, aparecían charlando barba con barba Dios y Fernando VII? ¡Válganme los cielos! Aquello era escribir, y quien no ha visto tales cosas no sabe lo que es literatura.

En tratándose de púlpito no había otro. Era cosa de oírle con la boca abierta, sin perder ni una sílaba de su pasmosa elocuencia. No le habían de pedir que hablase de los santos ni de religión, que eso era para predicadorcillos de tumba y hachero. Él, desde que ponía el pie en la grada, la emprendía con las Cortes, con los diputados, con las ideas liberales, y mientras más hablaba, aún parecía que se le quedaban dentro más vituperios por decir. En tocando este punto, llevaba hilo de no acabar en tres días. La gente se aporreaba en las puertas de los templos para entrar a oírle, y... no hay que darle vueltas... ni don Ramón de la Cruz con sus sainetes populares atrajo más gente. ¡Y cómo entusiasmaba a la multitud! Oíanse gritos dentro de la iglesia, y si al salir de ella hubieran topado los fieles con algún liberal, ya habría podido este encomendarse al diablo.

Fue en verdad grandísimo error que no le dieran la mitra que pretendió y por la cual bebió vientos y tempestades en las antecámaras de Palacio. El señor Creux, a quien prefirieron, no había revelado tan fielmente como Ostolaza los pensamientos de sus compañeros los diputados. Pero no era hombre mi don Blas de los que se quedan callados ante el desaire, y volviendo por los fueros de su dignidad ofendida, habló más que siete procuradores, aderezando su charla con cierta intriga un poco subida de punto. Pero ni por esas: en vez de hacerle caso, le mortificaron más. No puede darse mayor injusticia. Llegó la crueldad hasta el extremo de alejarle de la Corte, nombrándole director de la Casa de niñas huérfanas de Murcia. Y lo peor es que no paró aquí la persecución del inimitable don Blas, pues, ¡mentira parece!, se dijo que su conducta en el referido colegio no era un modelo de honestidad; y lo aseguraba todo el mundo, siendo tales y tan feos los casos que se contaban, que parecían pura verdad. Lo que más me confirmaba a mí, conocedor de nuestra Justicia, en que don Blas era inocente, fue el ver que le formaron causa. ¡Desgraciado sujeto! Preso estuvo en la Cartuja de Sevilla, y después confinado en las Batuecas, consumiéndose de tristeza. ¡Quién se lo había de decir a él y a todos sus amigos! ¡Triste era en verdad considerar incapacitados aquellos grandes bríos que tenía para todo, oscurecida aquella luminosa facundia para el púlpito, imposibilitadas aquellas manos de ángel para enredar los hilos de la conspiración menuda!

De su piedad y devoción, ¿qué puedo decir sino que edificaba a todos, y especialmente al infante, de quien era director espiritual? Pues ¿a quién sino a mi amigo debió don Carlos el haber salido tan temeroso de Dios, tan fiel esclavo de los preceptos religiosos, que más que príncipe y futuro candidato al trono, parecía un santo, según era de compungido dentro de la iglesia, y ejemplar fuera de ella en todos sus actos y palabras? Amaba tan entrañablemente don Carlos a su confesor que no podía vivir sin él. Rezaban juntos por las noches, y cuando el príncipe se acostaba, Ostolaza, después de decir las últimas oraciones, fervorosamente prosternado ante la imagen de Nuestra Señora, rociaba el lecho de Su Alteza con agua bendita para alejar los sueños pecaminosos.

No se crea por esto que mi amigo era gazmoño ni melindroso, que esto habría sido grave falta en un hombre llamado a las luchas del mundo. Sabía perfectamente dar a cada hora su propio afán, concediendo parte del tiempo a las buenas relaciones sociales, porque igualmente se ha de cumplir con Dios y con los hombres. Por tal ley, Ostolaza, luego que dejaba a su hijo espiritual dentro de las purificadas sábanas, bien santiguado y bien rociado por banda y banda, de tal modo que en la alcoba regia se podrían pasear los serafines; luego que don Blas, repito, desempeñaba así su difícil cargo, se embozaba en su capa, ya avanzada la noche, y corría a la calle, apretado por el deseo de compensar los muchos afanes con un poco de libre holganza. Yo no sé a dónde iba, porque se recataba mucho de los amigos; pero es indudable que no pasaba la noche al raso, ni buscando hierbas a lo anacoreta, ni mirando al cielo como astrólogo. Lo de no querer que sus amigos le vieran a tales horas, y el esconderse de ellos, se explican en varón tan meticuloso por su deseo de apartarse de los peligros que siempre traen consigo las malas compañías.

Cara redonda y arrebolada; gestos muy vivos, y un modo de mirar que daba a conocer a tiro de ballesta su superioridad; cuerpo sólido; voz campanuda y gruesa, como toda voz creada para decir grandes cosas, formaban el físico de aquel mi nuevo amigo, a quien tanto debí, y a quien hoy pago un piquillo nada más de la inmensa deuda de gratitud que con él tengo, sacándole a relucir en estas mis _Memorias_, aunque su fama no necesita tardías trompetas para sonar por todo el orbe.

¡Ay!, ya no nacen hombres como aquel. No sé qué se ha hecho del jugo poderoso de esta tierra fecunda. Generación de enanos, mira aquí los gigantes de que has nacido.

VI

Nos tratamos, como he dicho, en casa de las señoras de Porreño. Él había oído hablar de mí, y deseaba conocerme. Pidiome el primer día de nuestro trato algunos favores, y se los hice con el mayor gozo. No era más que emparedar ciertos expedientes de un hermano suyo, teniente de resguardo, a quien la Real Hacienda se había empeñado en mortificar impíamente por unas cuentas... ¿Pues no se le había antojado al badulaque del ministro oprimir y vejar instituciones tan honradas como las tenencias de resguardo? En fin, todo se arregló a maravilla, y se acabaron los disgustos. Por mi parte, nada pedí a don Blas sino que me tuviera presente en sus oraciones; pero un día, sin previa solicitud, ni esperanza, ni aun sospecha, encontreme ascendido a una plaza de cuarenta mil reales en Tercias Reales.

Es que el gobierno buscaba empleados celosos, y cuando alguno llegaba a hacerse nombre en la Administración, no necesitaba empeños. Llegó a mis oídos que el ministro, al ver mi nombramiento, se puso furioso, diciendo de mí cuanto la envidia y mala voluntad pueden inspirar a un ministro regañón, y no solo me puso cual no digan dueñas, sino que se negó a darme posesión del nuevo destino; pero la orden venía de arriba, es decir, venía de la cámara real, en forma de minuta, extendida por el ayuda de cámara y firmada por ÉL... Don Cristóbal Góngora, ministro de Hacienda, bajó la cabeza y yo alcé la mía. No está de más decir que los ministros eran entonces ceros a la izquierda, secretarillos del despacho que a veces daban compasión. No servían para maldita la cosa, y fuera del _coram vobis_, allá se iban con cualquier escribiente. Todos saben que a un célebre ministro y hombre de estado y gran repúblico le destituyó el rey entonces _por su cortedad de vista_.

Llevome Ostolaza, como he dicho, a la tertulia del infante don Antonio, hijo de Carlos III y famoso por su despedida _al señor Gil_ en 2 de mayo de 1808. Aquella epopeya tuvo también su bufonada. El infante era viejo y no tenía pretensiones de buen decir, siendo su lenguaje, así como sus ideas, de hombre campechano y rudo. Hacía gala de ignorancia. Carlos III, ante quien los ayos de don Antonio se alzaron en queja, lamentando la desaplicación del niño, dijo: «_Si el infante no quiere estudiar, que no estudie_», y el chico lo hizo al pie de la letra. Cuando fue grande, se dedicó a los libros... quiero decir que era encuadernador.

Sí; encuadernaba primorosamente, hacía jaulas y tocaba la zampoña, artes de gran utilidad y nobleza en un hijo de reyes. Su fisonomía era inocentona, y cuantos le veían juzgábanle bueno. En su edad madura aprendió a conspirar. Conspiró en Aranjuez para echar a Godoy y destronar a su hermano. Conspiró en Valencia y en todo el camino de Valencey a Madrid para dar el golpe a la Constitución. Últimamente había descuidado la zampoña y las jaulas, y metídose a repúblico, mostrándose tan entusiasta que su cuarto era, como si dijéramos, el gabinete de las piadosas delaciones o la primera instancia de las Comisiones de Estado. La Inquisición restablecida, el decreto contra los afrancesados, el que dispuso la devolución a los frailes de los bienes vendidos, fueron primero, ¡oh Providencia!, huevecillos que, al calor de aquella reunión y bajo las alas del infante, se abrieron para echar al mundo arrogantes polluelos. ¡Cuántas medidas benéficas salieron de allí! ¡Cuántos hombres modestos y oscuros se dieron a conocer por tal medio! ¡Cuántas grandezas dio a luz la famosa tertulia, en que resplandecían astros tan brillantes como don Pedro Gravina, el célebre nuncio a quien dio los pasaportes la Regencia de Cádiz; el duque del Infantado, general que tenía la mejor mano del mundo para perder todas las batallas en que se encontraba; el famoso canónigo Escóiquiz, a quien Napoleón tiraba de las orejas, y mi buen Ostolaza, del cual ya he dicho todo cuanto hay que decir!

¡Qué hombres tan eminentes! ¡Cuán agradable era su conversación, cuán ameno su trato, sin dejar de ser provechoso, por las muchas enseñanzas útiles que a cada instante caían como celestial maná de aquellas insignes bocas! No se crea que el nuncio don Pedro Gravina nos aburría con teologías ni palabrotas de moral cristiana; por el contrario, era el hombre más salado del mundo para idear persecuciones, y su agudo ingenio nos tenía siempre con la felicitación en los labios.

El duque del I... era otro que tal. ¡Cuántas grandezas podrían contarse de aquel insigne prócer y guerrero! Acaudillando nuestras tropas en la guerra de la Independencia, tuvo la amargura de verlas derrotadas. Como político, aunque en Cádiz le calumniaron, suponiéndole algo liberal, bien puede asegurarse que era más realista que el rey. En 1815 ocupaba uno de los primeros puestos de la nación: la presidencia del Real Consejo de Castilla. Había que ver su llaneza en todo lo que no fuera de oficio. ¡Excelente señor! ¡Cuántas veces le vi en un palco del teatro del Príncipe, acompañado de _Pepa la Malagueña_!

En la tertulia del infante era el noticiero mayor, por lo cual, siempre que entraba, decíamos: «Ahí viene la _Gaceta de Holanda_.» No faltaban nunca nuevas de importancia que nos sirvieran de placentera distracción, tales como un buen cargamento de presos para Filipinas, el feliz éxito de las comisiones militares en provincias, y el inimitable celo con que Negrete sentaba la mano a los liberalotes de Andalucía.

Escóiquiz criticaba mucho al gobierno porque no era bastante enérgico y consentía que un Macanaz soñase con resucitar las Cortes, aunque vestidas a la antigua. Ostolaza y yo hacíamos un expurgo de todos, absolutamente de todos los individuos que figuraban por aquellos días. Señalábamos los que nos parecían buenos a carta cabal, los tibios o fililíes, y los sospechosos a quienes precisaba quitar de en medio lo más pronto posible. Aquí era donde yo me lucía, porque se me ocurrían invenciones tan peregrinas para echar por tierra a cualquier señorón de los más trompeteados, sin hacer ruido ni ofenderle descubiertamente, que se embobaban oyéndome. Bien pronto gané tal ascendiente en la pequeña corte del infante, que este mismo, siempre que se hablaba de zancadillas en proyecto o de quiebros por realizar, me miraba atentamente para conocer mi opinión antes de emitir la suya.

¡Y cuidado si era sabio el príncipe! Como que la Universidad de Alcalá le hizo doctor de golpe y porrazo, dándole patente de Aristóteles. Nombrole el rey poco después gran almirante de sus escuadras, por cuyo motivo, aunque nunca había visto el mar, diose al estudio de la náutica, y en la conversación corriente encajaba términos de marina, diciendo con mucho énfasis: «_Las cosas van viento en popa_», o bien: «_echaremos a pique a los liberales_.»

Yo crecía en favor, en importancia, en poder de día en día. Eran tantos los asuntos delicados, espinosos y resbaladizos que se me confiaban, que me vi obligado a valerme de agentes. ¡Y cómo me festejaban y mimaban los grandes señores, sin dejarme nunca de la mano! Todo era «Pipaón acá, Pipaón allá», y a cualquier hora, Pipaón para todo.

Pues ¿y las peticiones de destinos? Como las minutas que yo extendía en la tertulia del infante pasaban muy bien recomendadas a manos de quien sabía despacharlas con gran primor, no había candidato que no cuajase, ni ahijado mío que no se viese en camino de papa o senescal desde que yo le tornaba por mi cuenta. Así es que llovían las peticiones. Las cartas entraban en mi casa por almudes, no siempre solas, en verdad, sino a menudo acompañadas del bocadito, de la caja de cigarros, del tarro de dulce. Siempre que iba a mi vivienda encontrábala atestada de hambrones menudos, como portería de convento en tiempo de miserias.

Yo procuraba quitarme de encima tanto gorrón holgazán que, cual enjambre de langosta, caía o anhelaba caer sobre la Real Hacienda; pero son los pretendientes como las moscas, que cuanto más las sacuden, más se pegan. A muchos coloqué; pero como el frecuente ir y venir de oficina en oficina me obligaba a gastar mucho tiempo y no pocos zapatos, discurrí el arbitrio de que los interesados me indemnizaran módicamente de aquellas pérdidas.

Cuando se me presentaba alguno en cuya facha conocía yo que era hombre de posibles, mayormente si venía de provincias con cierto cascarón de inocencia, lo recibía cordialmente, nos encerrábamos, conferenciábamos a solas, le persuadía de la necesidad de tapar la boca a la gente menuda de las oficinas, conveníamos en la cantidad que me había de dar, y si se brindaba rumbosamente a ello, cogía su destino. Siempre era una friolera, obra de diez, doce o veinte mil reales, lo que cerraba el contrato, menos cuando se trataba de una canonjía, pensión sobre encomienda, u otro terrón apetitoso, en cuyo caso había que remontarse a cifras más altas. Si nos arreglábamos, se depositaba la cantidad en casa de un comerciante que estaba en el ajo, y después yo me entendía con los superiores.

Asunto era este delicadísimo y que exigía grandes precauciones. Por no tomarlas y fiarse de personas indiscretas, no dotadas de aquella fina agudeza a pocos concedida, cayó desde la altura de su poltrona a la ignominia de un calabozo un célebre ministro de Gracia y Justicia.[1]

[1] Macanaz.

VII

Con estas y otras artimañas iba yo _viento en popa_, como diría el infante. Era tan considerable el número de mis amigos, que no acertaba a contarlos.