Memorias de un cortesano de 1815

Part 2

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Recordando aquel día y mi cansancio, el alma se me inunda de frenético gozo. Habíamos vencido a la infame pandilla, a un centenar de deslenguados charlatanes; les habíamos destruido sin más auxilio que un ejército y la autoridad del rey, acompañada de la grandeza, del clero, de las clases poderosas; habíamos triunfado en sin igual victoria, y la monarquía absoluta, tal como la gozaron con pictórica felicidad nuestros bienaventurados padres, estaba restablecida; habíamos pisoteado la hidra asquerosa del democratismo extranjero, de la inmunda filosofía, devolviendo al trono su esplendor primero, y a la autoridad real el emblema de su origen divino; habíamos derrotado a la impiedad, sacando a la religión sacrosanta de la sombra y abatimiento en que yacía; habíamos realizado una maravilla; habíamos sido los soldados de Cristo; sentíamos en nuestro pecho el divino aliento, y el regocijo de la bienaventuranza enardecía nuestras almas.

«¡Noche del 10 de mayo! —decía el padre Castro en su inolvidable Atalaya—. ¡Ah, tú serás contada entre los días más solemnes que vio el mundo!... Españoles, alabemos y ensalcemos al Señor; que nuestra lengua no cese de cantar sus misericordias.

»Sí, españoles: _Confitemini Domino, quoniam bonus, quoniam in sæculum misericordia ejus_. Los principales cabezas de esta rebelión están ya presos en la capital y en las provincias. La sabiduría de nuestro idolatrado FERNANDO ha sabido combinar de tal modo los caminos de nuestra futura dicha, que es menester confesar que el Señor está en él. En un mismo día y en una misma hora han sido sorprendidos todos estos verdugos de nuestra patria, y su ejemplar castigo será la garantía más segura de nuestra perpetua felicidad. _Confitemini Domino, quoniam bonus, quoniam in sæculum misericordia ejus_. Españoles, alabad y bendecid al Señor. Nuestra patria es ya feliz; ya reina FERNANDO.»

¡Sí, ya reinan Dios y Fernando!

III

¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!... Señor, ¿con qué lengua cantaré tus alabanzas? ¿Qué palabras hay que no sean pálidas y frías para expresar mi gratitud? En la humildad nací, y del muladar de mi oscura condición sacome tu mano poderosa para llevarme a los dorados alcázares, donde las grandezas humanas dan idea de las grandezas divinas. Mi corazón se estremece de gozo al recordar mi primer paso por la dorada senda.

Era un domingo; habían pasado algunos días después de la entrada del rey; funcionaba ya el nuevo ministerio; habían levantado su majestuosa cabeza, coronada con los laureles de cien siglos, el Real Consejo y Cámara de Castilla y la Sala de Alcaldes, cuando don Buenaventura (algún nombre he de dar a mi buen protector para que se le distinga entre los individuos de que haré mención) me llamó a su despacho, y melifluamente me habló así:

—Dime, Braguitas, en cuál oficina quieres colocarte, pues ya he dado tu nombre al ministro, y no falta más que saber tu deseo para satisfacerlo al punto.

—Señor —repuse—, como vayan por delante los veinte mil reales que Vuecencia me ha prometido, lo demás es cuestión secundaria. Sin embargo, mis aficiones...

—Ya sé que tú te inclinas a la Real Hacienda. Vas a lo positivo. ¿Te convendría la Caja de Amortización, los Pósitos, la Revisión de juros?...

—Iré, si Vuecencia no lo toma a mal, a Paja y Utensilios.

—Corriente... Mañana mismo tendrás tu nombramiento... Dime, ¿has llevado la carta a las monjas bernardas?

—Esta mañana.

—¿Me has limpiado las botas?

—Están como espejos.

—Bueno: antes de marcharte pídele a doña Nicanora los calzones y la casaca que te prometí ayer. Con un poco de obra quedarán ambas prendas como nuevas... Ahora necesitas cierta ostentación, Juan: es preciso que te presentes como corresponde a un señor oficial segundo de Paja y Utensilios, y lo primero que has de hacer es dar gracias al señor ministro...

—¿Las gracias?

—Seguramente. Ganabas cinco mil reales en las covachuelas de la secretaría de Gracia y Justicia, y de golpe y porrazo pasas con veinte mil a Paja y Utensilios...

Mortificado por mi dignidad, un poco ofendida, permanecí en silencio; pero el insigne repúblico debió de adivinar mis pensamientos con su seguro tino, y me dijo:

—¿Qué, no estás contento todavía? No sé en qué piensan los muchachos del día... Ya se ve... ¡los tiempos que corren y los escándalos de estos últimos años han despertado las ambiciones de tal modo!... En mis tiempos, lo que hoy se te da equivalía a un arzobispado de los de mejor renta.

—No me quejaré —repuse humildemente—, porque es propio de mi condición no pedir nada y aceptar lo que me dan; pero... si han de acomodarse las recompensas a los merecimientos...

—¡Tus merecimientos! —exclamó su señoría con desdén—. ¿Cuáles son? ¿Qué letras has cursado, perillán? ¿Qué tratados de materia jurídica o teológica has escrito? ¿Qué servicios has prestado a la Administración, bergante? ¿Qué ejércitos acaudillaste, zopenco, ni qué rey te debió la corona?

—Sobre eso hay mucho que hablar, señor don Buenaventura de mi alma —respondí con brío—. Si a todos se repartiera por igual, no me quejaría; pero se están viendo improvisaciones escandalosas. Ahí tiene usted a Antonio Moreno. ¿Qué era hace un mes? Ayuda de peluquero, pues ni siquiera podía llamarse maestro peluquero. ¿Qué es hoy?... Consejero de Hacienda.

Don Buenaventura calló. Le dejé suspenso y absorto.

—Es verdad —dijo al fin—. Ya lo sabía... pero eso no tiene nada de particular. Antonio Moreno era... un excelente profesor de cabezas... No debe olvidarse que en Valencia sirvió de amanuense cuando se redactó el célebre decreto del 4.

—¡Consejero de Hacienda! —exclamé yo alzando los brazos—. ¡Consejero de Hacienda un vil peluquero!

—Pero a nosotros, ¿qué nos importa? Allá se las compongan... Dime tú, ¿qué pedazo de pan nos quitan de la boca, haciendo a Moreno consejero? Además, el honor de haber redactado tan sublime documento, merece perpetuarse con una posición decente... ¿Qué piensas? ¿Qué opinas? ¿Por qué has hecho ese gesto de monja escandalizada, cuando he nombrado el decreto del 4 de mayo? ¿No te gusta? ¿No te parece categórico? ¿No lo crees una obra admirable y que nada deja que desear?

Yo callaba, porque mil dudas y desconfianzas ocupaban mi espíritu.

—No puede escribirse nada más contundente —continuó don Buenaventura leyendo un papel— que el párrafo en el cual se declara «aquella Constitución y decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos, y _se quitaran de en medio del tiempo..._» Está dicho todo, y con tales palabras bastaba.

—Esa es mi opinión. Con eso bastaba. Pero más arriba, el rey, obedeciendo a pérfidas inspiraciones, ha dicho que aborrece el despotismo, que convocará Cortes, que establecerá la seguridad individual, con otras zarandajas que, o mucho me engaño, o son el primer paso para volver a las andadas, mi señor don Buenaventura.

—Pero ven acá, majadero impenitente, ¿cuándo has visto que tales fórmulas sean otra cosa que una satisfacción dada a esas entrometidas naciones de Europa, que quieren ver las cosas de España marchando al compás y medida de lo que pasa más allá de los Pirineos? Ríete de fórmulas. No se pueden hacer, ni menos decir, las cosas tan en crudo que los afeminados cortesanos de Francia, Inglaterra y Prusia se escandalicen. ¡Reunir Cortes! Primero se hundirá el cielo que verse tal plaga en España, mientras alumbre el sol... ¡Seguridad individual! ¡Bonito andaría el reino, si se diesen leyes para que los vasallos obraran libremente dentro de ellas, y se dictaran reglas para enjuiciar, y se concedieran garantías a la acción de gente tan ingobernable, díscola y revoltosa! El rey, sus ministros y esos sapientísimos y útiles Consejos y Salas, sin cuyo dictamen no saben los españoles dónde tienen el brazo derecho, bastan para consolidar el más admirable gobierno que han visto humanos ojos. Así es y así seguirá por los siglos de los siglos... ¿Eres tan tonto que crees en manifiestos de reyes? Como los de los revolucionarios, dicen lo que no se ha de cumplir y lo que exigen las circunstancias. Bajo las fugaces palabras están las inmóviles ideas, como bajo las vagas nubes las montañas ingentes, que no dan un paso adelante ni atrás. Las nubes pasan y los montes se quedan como estaban. Así es el absolutismo, hijo mío: sus palabras podrán ser bonitas, rosadas, luminosas y movibles; pero sus ideas son fijas, inmutables, pesadas. No mires lo de fuera, sino lo de dentro. Estudia el corazón de los hombres y no atiendas a lo que articulan los labios, que siempre han de pagar tributo a las conveniencias, a la moda, a las preocupaciones...

Don Buenaventura se expresaba con calor. No me atreví a contestarle, y mis pensamientos se acomodaron a los suyos, como sucedía casi siempre que hablábamos de política.

—¡Ah! Se me olvidaba una cosa —exclamó después de breve pausa—: ya he dicho al ministro que te exima durante algunos días de ir a la oficina. Es preciso que me ayudes en este delicado negocio que tengo entre manos... Ya sabes que Su Majestad me ha nombrado fiscal de la Comisión de Estado que ha de sentenciar a los presos de la noche del 10.

—Tarea fácil, a mi modo de ver, mientras no desaparezcan del mapa Melilla, Ceuta y el Peñón.

—Eres excesivamente ejecutivo. No puede hacerse la distribución, sin fundar en algo los castigos. Es preciso buscarle el pelo al huevo, como suele decirse; registrar papeles, sacar de ellos la quintaesencia de la maldad, allegar testigos aunque sea en las entrañas de la tierra, estrujar los autos hasta que destilen la amarga hiel de la evidencia, cumplir en todas sus partes la larga serie de procedimientos que son gloria de nuestra jurisprudencia, y, en fin, _hacer_ los procesos de tal modo que no les falte ni una tilde, y aparezcan en toda su horrible desnudez las necesarias maldades de esos hombres.

—Con el plan de república (algo más verosímil que el de la Iberiana), revelado por el padre Castro en su _Atalaya_ —repuse—, bastará para hacer las más lindas causas que se han visto en tribunales españoles.

—A eso vamos. La _Confederación_ descubierta por el Atalayero es ingeniosa. Además, algunos testigos han hecho declaraciones de perlas.

—El conde del Montijo...

—Asegura que los liberales formaron causa al rey en un café de Cádiz y le condenaron a muerte.

—Ostolaza...

—Ha delatado los _pensamientos_ de sus compañeros de Cortes, asegurando que querían deshonrar al rey, con otras preciosísimas afirmaciones que constituyen un verdadero tesoro.

—La persecución del obispo de Orense y del marqués del Palacio, así como el destierro del nuncio señor Gravina, son materia abundante.

—Abundantísima.

—Bien sabemos todos que Mejía dijo en las Cortes _que no existe Dios_; Argüelles, _que no debían obedecerse los preceptos de la Iglesia_.

—Feliú sostuvo _que la religión era una farsa_...

—Y Arispe afirmó que la grandeza española _tenía sangre de perro_. Bien mirado, el testigo más explícito, más claro, es el archivo, las actas de las Cortes.

—Sin duda. ¿No está allí escrito que el danzante de Martínez de la Rosa propuso fuera condenado a muerte el que propusiese adición o reforma en la Constitución de Cádiz?

—Recuerdo perfectamente su pedantesco discurso del 21 de abril en que decía que _los pueblos deben darse ellos mismos las leyes fundamentales_.

—También yo tengo buena memoria —añadió don Buenaventura—. Habló mucho de _derechos imprescriptibles_, y concluyó así: _Se acabaron nuestras desgracias. Ya reinan las leyes_.

—Que es como decir _que no reinará el rey_ —afirmé, tomando un polvo que don Buenaventura me ofreció.

—¡Y qué más, mi querido Bragas! ¿No consta en el libro de las sesiones la abominable expresión de Canga Argüelles?

—_Que estaba pronto a derramar la última gota de su sangre en defensa de la Constitución_.

—Así mismo lo dijo.

—No recuerdo bien cuál de ellos aseguró que _destruidos los conventos, se cortan las fuentes que mantienen las preocupaciones y cuentos de viejas_.

—Page, el mismo que expresó la opinión de que _es delito de lesa majestad llamar_ SOBERANO _al rey_... ¿No fue Istúriz quien dijo aquellas palabrotas...?

—Sí, ya recuerdo. _Hoy somos ciudadanos de una gran república, aunque bajo las formas características de la monarquía; el rey no es nuestro señor, es nuestro jefe, porque queremos, y de la manera que queremos que lo sea, y nada más_.

—Admirable memoria tienes —dijo don Buenaventura, tomando la pluma—. Voy a apuntar eso. Se confrontarán las _Sesiones_.

—No olvidará usted los méritos y servicios de Gallardo. Fue el que estampó en letras de molde _que los obispos debían echar bendiciones con los pies, colgados de una cuerda_. Ahora recuerdo también que Ramajo, redactor de _El Conciso_, amenazó al rey con la venida de Carlos IV, si no juraba la Constitución.

—Deliciosísimo, amigo Bragas. Tras los diccionaristas y gaceteros, viene la pestilente chusma de poetas, a quienes es preciso también poner como nuevos. Ahí tienes, por ejemplo, a Sánchez Barbero.

—El autor de aquellos versitos:

Aquí nosotros los sagrados dones De independencia y libertad gozamos, Y monarca, no déspota, juramos.

—Yo también me acuerdo, yo también —exclamó con júbilo mi amigo—. El infame bibliotecario de San Isidro se despachó a su gusto en estas endechas:

El fanático error vencido cede, Y la sin par _Constitución_ sucede; _Constitución_ resuena Doquiera ya; _Constitución_ inflama...

¡Ya te inflamarán a ti!... ¡Miserables poetas, se os ha acabado el _doquiera_! Encerraditos en Melilla, podréis cantar la _soberana_.

—Muñoz Torrero —añadí, gozoso de poner mi retentiva al servicio del estado— fue el que dijo que _la soberanía de la nación estaba en las Cortes_, lo cual es como poner a la burra las arracadas.

—Justamente. _Y que las personas de los diputados eran inviolables_. ¡Inviolables el veneno de la serpiente y la lengua del escorpión!

—Pues ¿y García Herreros? Fue el que tuvo el atrevimiento de asentar que _los reyes están sujetos a las leyes que les dicta la nación_.

—Y _que la ley es superior al rey_, lo cual es como decir que la espuela gobierna al jinete.

—Casi todos ellos firmaron el decreto de 2 de febrero, en el cual se dijo que _no se conocería por libre al rey, ni menos se le prestaría obediencia, hasta que él prestase juramento a la Constitución_.

—Gutiérrez de Terán firmó como secretario el manifiesto de 19 de febrero, que era la segunda parte del tal decreto.

—Y Martínez de la Rosa, o sea el señor _Bello Rosal_, como le llama _La Abeja_, lo escribió.

—Y Feliú lo leía a voz en cuello en los cafés.

—A donde iban a emborracharse.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Don Buenaventura tomaba apuntes, demostrando a cada nueva adquisición cierta alegría pueril. Como hombre que en el cumplimiento de sus deberes y en el servicio del rey y del estado ponía su alma toda entera, sin proceder jamás de ligero en ningún asunto grave, allegaba cuantos datos pudieran ilustrar su entendimiento en materia tan ardua, y con ansiedad de avariento los iba guardando. El buen señor se veía precisado a sentenciar a muerte o a presidio a unos cuantos malvados, y no pudiendo hacerse esto rectamente sin pruebas, las buscaba para que aquellos infelices no fueran al patíbulo sin saber por qué. ¡Tunantes! ¡Cuándo merecieron ellos tropezar con varón tan justo, tan humanitario y compasivo como aquel! ¡Ni cómo habían ellos de soñar que, merced a los cristianos sentimientos de tan ejemplar magistrado, enemigo del derramamiento de sangre, se verían galardonados, como quien dice, con unos cuantos años de presidio en vez de la horca que merecían!

Más adelante se sabrá su destino; que ahora no puedo levantar mano del trabajo de mi propia historia, en la cual ocupan lugar muy preferente los sucesos que se verán a continuación.

IV

Siempre fui hombre que lo mismo servía para un fregado que para un barrido, y de tanta actividad que solapadamente me multiplicaba, esclavo de diversas y contrapuestas obligaciones, atento siempre al servicio del estado y a mi propio interés, como Dios manda, vigilante y despierto en todos los momentos de la vida para que ninguna ocasión de ganancia se me escapase, y con cien ojos puestos en el panorama de los acontecimientos para sacar de ellos provecho. Así es que ayudaba a don Buenaventura en sus quebraderos de cabeza dentro de la Comisión de Estado, y servía mi plaza en Paja y Utensilios, mereciendo plácemes sinceros del jefe, y no poca envidia de mis compañeros. En poco tiempo supe conquistar la amistad de muchos personajes eminentes de aquella era feliz, tales como don Blas Ostolaza, espejo de los predicadores, confesor del infante don Carlos y hombre de muchísimo influjo; don Pedro Ceballos; don Juan Lozano de Torres; don Juan Pérez Villamil, célebre por lo de Móstoles; don Pedro Labrador, el incomparable diplomático que en el Consejo de Viena dejó pasmados a todos los embajadores de las grandes potencias; don Miguel de Lardizábal, ministro de Indias; el gran magistrado don Ignacio Villela; el señor Vadillo, alcalde de Casa y Corte, y otros muchos individuos tan insignes, tan eminentes, que bien podía decirse de ellos que tenían las cabezas podridas de talento.

Como yo era tan entrometido, fácilmente ensanchaba el círculo de mis amistades, unas veces solicitando favores con tal empeño que me los concedían porque me quitase de encima; otras prestando los pequeños servicios que de mi reducido poder dependían... Pues digo... cuando alguno de aquellos señorones venía a mi oficina, a la inmediata de Rentas Decimales (donde yo tenía tantos amigos), o a otra cualquiera de las del ramo, a solicitar reservadamente que se hiciera perdidizo un miserable expedientillo de Propios o de Arrendamiento de oficios... vamos... aquello era una bendición. Viendo que yo abría la mano y no me hacía de rogar, siempre que se trataba de poner mi firma en un _Cargo_ y _Data_, enviado por el alcalde, por el contratista o por el recaudador, me traían en volandas. ¿Qué le importaba a la nación que se escurrieran entre los papeles algunos disimulados sapos y culebras, o que se variara con caligráfico ingenio un par de números, siempre que quedase contento aquel o el otro empingorotado repúblico, cuyo bienestar importaba tanto al estado? ¡Pues no faltaba más, sino que, por no hacer el gusto a un regidor amigo o a un alcabalero pariente, se sofocara un esclarecido varón, y revolviéndosele los humores, perdiera la salud, tan necesaria al buen servicio y esplendor de la monarquía!

Unas veces era preciso conseguir moratoria de diez años para que tal o cual duque no se viese importunado por los estúpidos de sus acreedores... Otras veces había que beber los vientos para conseguir que el fuero del Honrado Concejo amparase a Fulanito, en cuyo caso, y mientras aquel decidiera, este no tenía que apurarse por la fruslería del pago de sus arrendamientos... Pues ¿y cuándo había que conseguir de la sala de Alcaldes una provisioncita para que en tal o cual pueblo se repartieran los oficios dos o tres individuos de una familia, de modo que por ser hermanos el alcalde, el secretario, el escribano y el procurador síndico, no había la más mínima disputa en el arreglo del común? Existiendo estos asuntillos, era necesario entonces tener en Madrid un amigo listo y de mucha mano en las oficinas, para que volviese lo blanco negro y lo verde encarnado en las cuentas, para que visitase a algún señor del Consejo y con él se entendiese; que si no, capaz era el tal Consejo de darse de calabazadas por averiguar dónde se había escurrido algún terreno baldío rematado en tiempo de los franceses...

También solían ocuparme los señores de Madrid y muchos de provincias en diversos negocios referentes a Tercias Reales, o ciertos atrasillos de Alcabalas, a compaginar las cuentas del receptor de bulas de tal pueblo para que no apareciesen distintas de las del alcalde, a resucitar cuál expediente de Manda Pía forzosa, añadiéndole un par de planas a la antigua, tan diestramente imitadas que ni aun les faltaba la polilla, y... ¿para qué cansar más?... ocupábanme en todo lo que fuese del mangoneo subterráneo de las oficinas, pues yo, por mi índole rebuscona, mi carácter dulce, y la prodigiosa facultad de insinuación que me otorgó Natura, había establecido una red oculta, hilos de connivencia tendidos de covachuela en covachuela y de despacho en despacho, con tal arte que nada me era difícil.

Verdad es que algunos envidiosos dieron en decir que se deshonraban teniéndome a su lado, y hasta se susurró que Su Excelencia quería echarme a la calle... (ya se hubiera tentado la ropa antes de hacerlo); pero yo tenía muy buenos asideros en la administración y de todo me burlaba. Antes hubieran movido de sus graníticos cimientos el Escorial, que moverme a mí de mi silla en Paja y Utensilios. Como que mis calumniadores eran unos pobres papanatas que apenas sabían hacer otra cosa que el trabajo material de su oficina, y así era de ver el mal trato de sus casas, pues muchos de ellos no tenían camisa que poner a sus chiquillos. En cuanto al aspecto de sus rostros y personas, daba grima verles, según estaban de rotos, descomidos y trasijados, y no podía uno menos de avergonzarse al pensar qué idea formarían de la administración española los extranjeros que acertaran a conocerles.

Mi casa, por el contrario, era una tierra de promisión. ¡Bendito sea Dios que a nadie desampara! Tan pronto venía la caja de dulce como la tarea de chocolate macho, ora las sartas de chorizos, ora un par de jamones: el plato de leche no faltaba nunca en las solemnidades, ni el par de capones en 24 de julio... en fin, aquello parecía una colmena. Tanto iban creciendo mi clientela y buena suerte, que me ocurrió poner una agencia de negocios. Había que ver cómo me solicitaban damas, oficiales, canónigos, marquesitos, ¿qué digo?... ¡hasta un señor obispo me honró con su confianza! Mi nombre fue bien pronto conocido en todo Madrid, quizás en todo el reino y sus Indias; transformose mi persona; me sentí crecer, ¡oh!, crecer hasta sobresalir por encima de las eminencias cortesanas; vi bajo mis pies a muchos de carroza y venera; miré cara a cara el sol de la grandeza y del poder, y la ambición empezó a morderme las entrañas; ¡pero qué ambición y qué entrañas las mías!

Entre tanto, mi don Buenaventura seguía enredado con los procesos, sin acertar a despacharlos. Las causas eran un embrollo estúpido, y en ellas no constaba nada positivo ni terminante, por lo cual los tontainas de la Comisión de Estado no acertaban a condenar a muerte a ningún diputadillo. Lleno de ansiedad el rey porque se hiciera pronta justicia, nombró una segunda Comisión de Estado, y como esta se atascara también, fue preciso designar la tercera, hasta que el gobierno se cansó de Comisiones que nada hacían, y supo dictar por sí aquella saludable medida que cortó de plano la cuestión. Hízolo, si se quiere, por humanidad, pues a los infelices diputados que se estaban pudriendo en las fétidas mazmorras de Madrid les venía bien tomar los salutíferos aires de Melilla y el Peñón por ocho o diez años.

Y no se crea que un rey tan recto y tan celoso por el buen gobierno se dormía en las pajas. Él mismo extendió de su real puño una orden disponiendo que el señor Argüelles no se moviese de Ceuta durante ocho años, sin duda porque así convenía a la quebrantada salud del divino asturiano.