Manon Lescaut

Part 9

Chapter 94,099 wordsPublic domain

Un día que el señor T... cenaba con nosotros, oímos el ruido de una carroza que se detenía a la puerta de la hostería. La curiosidad nos impulsó a querer saber quién era el que llegaba a tales horas. Dijéronnos que era el joven G... M..., es decir, el hijo de nuestro más cruel enemigo, del viejo libertino que me encerrara a mí en San Lázaro y a Manon en el _hospital_. Su nombre empurpuró mi rostro. «Es el cielo quien le trae--dije a T...--para castigarle de la infamia de su padre. No se escapará sin que hayamos medido nuestras espadas». T... que le conocía y que hasta era uno de sus mejores amigos, esforzóse en hacerme concebir mejores sentimientos para con él. Aseguróme que era un muchacho muy amable y tan poco capaz en haber intervenido en la fea acción de su padre, que yo mismo no hablaría con él un momento sin concederle mi estimación y sin desear la suya. Después de añadir mil cosas más, me pidió mi consentimiento para ir a saludarle y proponerle viniese a ocupar un lugar en nuestra mesa. Previno la objeción del peligro que significaba para Manon descubrir su refugio al hijo de nuestro enemigo, afirmando por su honor y por su fe que cuando nos conociese no tendríamos mejor defensor. Con tales seguridades no opuse ya ningún reparo.

T... nos le trajo, claro que no sin haberse tomado antes unos momentos para informarle de quiénes éramos. Entró con un aire que desde luego nos previno en su favor. Abrazóme cordialmente y nos sentamos todos. Mostró su admiración por Manon, por mí, por cuanto nos pertenecía, y comió con un apetito que hacia honor a nuestra cena.

Cuando alzaron los manteles la conversación se hizo más seria. Bajó los ojos y puso sordina en la voz para hablarnos de los excesos cometidos por su padre con nosotros. Presentónos sus excusas más humildes. «Las abrevio--dijo--para no avivar un recuerdo que me causa rubor». Si sus palabras eran sinceras en un principio, hiciéronse aún mucho más a continuación. Y no había pasado un cuarto de hora sin que me diese cuenta de la impresión que los encantos de Manon causaban sobre él. Sus miradas y sus maneras hacíanse rendidas por momentos. Sin embargo, nada dejó aparecer de tales sentimientos en sus palabras, pero aunque no hubiese estado iluminado por los celos, tenía demasiada experiencia en las cosas de amor para no saber lo que aquello significaba.

Acompañóme parte de la noche y no nos dejó sin haberse felicitado de nuestro conocimiento y haber solicitado de nosotros permiso para renovar de vez en cuando la oferta de sus servicios. Marchó de madrugada con T..., que aceptó un sitio en su carroza.

No sentía, como he dicho ya, ninguna inclinación celosa. Tenía más fe que nunca en los juramentos de Manon. Aquella deliciosa criatura poseía tal ascendiente sobre mi corazón, que no cabía en él ningún pensamiento que no fuése de fe, amor y respeto. En vez de reprocharle el haber gustado al joven G... M... estaba orgulloso del efecto de sus encantos, y hacíame una gloria de ser amado por una criatura que todo el mundo encontraba bella. Ni aun siquiera juzgué pertinente comunicarle mis sospechas. Habíamos empleado algunos días en los cuidados de su vestuario, y, mientras, habíamos discutido si podíamos o no ir al teatro sin peligro de ser reconocidos. T... vino a vernos antes de acabar la semana y le consultamos sobre aquel particular. Comprendió, en seguida, que había que decir que sí para serle agradable a Manon. Resolvimos ir aquella misma noche.

Pero aquella determinación no pudo ejecutarse, pues, habiéndome llamado aparte me dijo sobre poco más o menos: «Estoy en un verdadero compromiso desde la última vez que os vi y mi visita de hoy no es sino una consecuencia de ello. G... M... está enamorado de vuestra querida; me lo ha confesado. Soy su íntimo amigo y estoy dispuesto a todo para servirle; pero también lo soy vuestro. Considero sus intenciones injustas y se las reprocho desde el fondo de mi corazón. Hubiérale guardado el secreto si él, para vencer, no hubiese pensado en emplear sino los procedimientos corrientes, pero está informado del carácter de Manon. Ha sabido, no sé cómo, que gusta de la abundancia y los placeres, y como la fortuna de que disfruta es considerable, ya me ha dicho que piensa tentarla con un magnífico regalo primero, con la oferta de diez mil libras de renta después. En igualdad de condiciones ambos, hubiese tenido grandes escrúpulos en traicionarle, pero la justicia está unida, de vuestra parte, a la amistad, tanto más que habiendo sido la causa imprudente de su pasión, introduciéndole aquí, tengo el deber de remediar el mal que involuntariamente he hecho».

Agradecí a T... aquella prueba realmente considerable de amistad y le devolví su confianza confesándole que el carácter de Manon era tal y como G... M... se lo figuraba, es decir, que no podía soportar el nombre de la pobreza. «Sin embargo--dije--, no siendo cuestión sino de más o menos, no la creo capaz de abandonarme por otro. Estoy en condiciones de no permitir que le falte nada y aun creo que mi fortuna se acrecentará de día en día. Lo único que temo es que G... M... aproveche el conocer nuestro refugio para jugarnos una mala pasada».

T... me aseguró que respecto a eso podía estar tranquilo; que G... M... era capaz de una locura amorosa, pero no de una bajeza, y que si hubiese tenido la cobardía de hacer una, sería él, que me hablaba, el primero en castigarla y en reparar el mal que involuntariamente habría causado. «Os agradezco vuestras intenciones--le repliqué--, pero el mal estaría hecho y el remedio sería muy difícil. Así es que lo más prudente es prevenirle, abandonando Chaillot por otro lugar cualquiera.--Sí--replicó el señor T...--, pero os será difícil hacerlo con la rapidez que sería menester, pues G... M... estará aquí antes de las doce. Me lo dijo ayer, y eso es lo que me ha hecho venir tan temprano para informaros de sus planes. Puede llegar de un momento a otro».

Aviso tan perentorio hízome mirar aquel asunto con atención creciente. Como me parecía imposible evitar la visita de G... M... y no menos imposible impedir que se declarase a Manon, tomé el partido de prevenirle yo mismo sobre los planes de aquel nuevo rival. Pensé que estando enterada de las proposiciones que iban a hacerle y oyéndolas de mí mismo tendría más fuerzas para rechazarlas. Descubrí mi pensamiento a T..., que me dijo que el plan le parecía arriesgadísimo. «Reconozco que sí--le dije--, pero todas las razones que puede haber para tener fe en una querida las tengo para creer en la mía.

[Ilustración]

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No habría sino la cuantía de las promesas que pudiese deslumbrarla y ya os digo que no conoce el interés. Ama el bienestar, pero me ama a mí también; y tal como están de florecientes nuestros asuntos, creo que me preferiría a mí al hijo del hombre que la metió en el _hospital_». En una palabra, persistí en mi determinación y habiéndome apartado con Manon, le enteré de todo lo que acababa de saber.

Dióme las gracias por la buena opinión que tenía de ella y me prometió acoger las ofertas de G... M... de forma que no le quedasen deseos de renovarlas. «No--objeté--, no conviene irritarle con un exabrupto, puesto que podría perdernos. Pero bastante sabes tú, pícara--añadí riendo--, la manera de deshacerte de un adorador pegajoso y molesto». Después de permanecer unos momentos soñadora, dijo: «Acaba de ocurrírseme una idea admirable y estoy encantada con ella; G... M... es el hijo del peor de nuestros enemigos. Debemos vengarnos del padre, no en la persona, pero si en la bolsa del hijo. Voy a escucharle, a aceptar los presentes y a reirme de él.--El proyecto es bonito; pero ¿no te acuerdas ya, criatura, que fué el camino que te llevó al _hospital_?».

Fué inútil que me esforzase en mostrarla los peligros de la empresa; respondióme que tan sólo era cuestión de tomar bien nuestras medidas, y halló respuesta a todas mis objeciones. Dadme el ejemplo de un amante que no haya cedido a todos los caprichos de una querida adorada y os confesaré que hice mal en conformarme. Decidimos, pues, hacer de G... M... nuestra víctima, y por una cruel ironía de la suerte la víctima fuí yo.

Vimos aparecer su carroza a eso de las once. Hizo mil rebuscados cumplidos sobre la libertad que se tomaba al venir a comer con nosotros. No se sorprendió al ver a M. de T..., que le ofreciera la víspera venir también y que se había excusado con algunos asuntos urgentes para no venir en el mismo coche. Aunque no había ni uno solo entre nosotros que no llevase la traición en el corazón, sentámonos a la mesa con aire de cordialidad y amistad; G... M... halló fácilmente manera de declarar sus sentimientos a Manon. No debí parecerle molesto, pues me ausenté exprofeso durante unos minutos.

Noté bien a las claras, a mi regreso, que no le habían descorazonado con un exceso de severidad. Parecía del mejor humor del mundo. Yo, por mi parte, afectaba estarlo también. Reíase interiormente de mi simpleza; yo de la suya. Durante toda la tarde representamos el uno para el otro una divertida escena. Arregléme de manera de procurarle, antes de su partida, una nueva entrevista con Manon, de modo que debió quedar tan satisfecho de mi prudencia como de la buena mesa.

No bien hubo subido a su carroza con M. de T..., Manon corrió a mí con los brazos abiertos, riendo a carcajadas. Repitióme sus discursos y sus proposiciones, sin cambiar palabra. Reducíanse a lo siguiente: la adoraba; quería compartir con ella cuarenta mil libras de renta de que disfrutaba ya, sin contar lo que heredaría cuando muriese su padre. Iba a ser dueña de su fortuna y de su corazón, y como arras de aquellos bienes estaba dispuesto a darle una carroza, un hotel amueblado, una doncella, tres criados y un cocinero.

«He ahí un hijo--dije a Manon--mucho más generoso que su padre. Hablemos de buena fe--añadí--; tales promesas, ¿no os tientan?--¿A mí?--respondió, ajustando a su pensamiento estos versos de Racine:

¿Yo? ¿Me creeréis capaz de tal perfidia? ¡Yo! ¿Podría acaso resistir el semblante odioso que evoca el recuerdo del _hospital_ a mis ojos?

--No--repliqué, continuando por mi parte la parodia:

No; costárame trabajo creer, señora, que el _hospital_ estuviera grabado con un trazo de amor en vuestro corazón.

«Pero no deja de ser un porvenir seductor, un hotel con carroza y tres lacayos, y el amor mismo puede pocas veces hacer así las cosas».

Hízome protestas de que su corazón era mío para siempre y que a nadie amaría jamás sino a mí. «Las promesas que me ha hecho más son aguijón a mi venganza que dardos de amor». Le pregunté si entraba en sus designios aceptar el hotel y la carroza. Respondióme que no quería sino el dinero.

La gran dificultad estaba en obtener lo uno sin lo otro. Decidimos esperar las explicaciones de G... M..., que vendrían en una carta que había prometido escribirle. Recibióla, efectivamente, al día siguiente de mano de un lacayo sin librea que supo hábilmente hallar ocasión para hablarla sin testigos. Díjole que esperase su contestación y vino a traerme la carta a mí. Abrímosla juntos.

Además de los lugares comunes de ternura amorosa, contenía las promesas de mi rival. No reparaba en gastos. Comprometíase a entregar diez mil francos al tomar posesión del hotel, y además a reparar de tal modo las disminuciones que la susodicha cantidad pudiese padecer que Manon la tuviese siempre delante de sí en dinero contante. En cuanto a la inauguración no la retrasaba con exceso. Sólo pedía de plazo dos días para preparar las cosas y hasta la señalaba el lugar donde el hotel estaría emplazado y la marcaba la hora en que la esperaría si conseguía escaparse de entre mis manos. Era esto último lo único que debía inquietarle, pues respecto a todo lo demás parecía estar completamente tranquilo, pero añadía que, si tenía dificultades para escaparse, él encontraría medio de que su fuga fuése cómoda y fácil.

G... M... era más astuto que su padre y quería tener su presa entre las manos antes de soltar el dinero. Deliberamos sobre la actitud que Manon debía adoptar. Hice aún algunos esfuerzos para quitarle la empresa de la cabeza, haciéndola ver todos los peligros que encerraba. Nada pudo quebrantar su determinación.

Escribió breve respuesta a G... M... para decirle que no hallaría dificultad para ir a París el día señalado y que podía aguardarla con absoluta certeza.

Arreglamos en seguida las líneas de nuestra acción. Yo debía partir inmediatamente para buscar en algún pueblecillo, al otro lado de París, una casa, y llevaría a ella nuestro equipaje. Al día siguiente, que era el de la cita, ella iría temprano a París, y después de recibir los obsequios de G... M... le rogaría insistentemente que la llevase al teatro, cogería consigo todo lo que pudiese llevar de la suma aquella, encargaría del resto a mi lacayo, que deseaba llevarse con ella, pues era el mismo que la salvó del _hospital_ y que nos era ciegamente adicto. Yo me hallaría con un coche en la esquina de la calle San Andrés de los Arcos, y a las siete, dejando al coche en espera, avanzaría en las sombras hasta la puerta de la Comedia. Manon me prometió hallar una excusa para abandonar el palco un momento y, aprovechándole, venir en busca mía. El resto era cosa fácil; en un momento estaríamos en mi coche y en poco tiempo habríamos salido de París por la puerta del barrio de San Antonio, que era nuestro camino más corto para nuestra nueva morada.

Aquel plan, estrafalario y todo, nos pareció muy bien arreglado. Pero había una ciega temeridad en creer que, aun resultando todo a las mil maravillas, hubiésemos podido escapar luego a las consecuencias. Sin embargo, nos expusimos con la confianza más temeraria. Manon fuése con Marcelo; así se llamaba nuestro criado. La vi marchar con pena. Díjela al abrazarla: «Manon, ¿no me engañas? ¿Me serás fiel?». Quejóse tiernamente de mi desconfianza y me renovó todos sus juramentos.

Según su cuenta debía de llegar a París a las tres. Yo partí después de ella y fuí a recluirme para perecer de aburrimiento todo el resto de la tarde al café de Feré, en el puente de San Miguel. Allí permanecí hasta la noche. Salí entonces para tomar un coche e ir a apostarme con él, según habíamos quedado, a la entrada de la calle de San Andrés de los Arcos; después fuí a pie a la puerta del teatro. Sorprendióme no hallar a Marcelo, que debía de estar esperándome. Esperé pacientemente una hora, confundido entre los lacayos, ojo avizor, acechando a todos los transeuntes. En fin, al dar las siete, sin percibir nada que tuviese relación con nuestros planes, tomé un billete de parterre para ir a ver si divisaba a Manon y a G... M... en un palco. Ni uno ni otra estaban allí. Volví a la puerta, donde dejé transcurrir aún un cuarto de hora, lleno de impaciencia y de inquietud. No viendo nada tampoco, fuí a mi coche sin resolverme a tomar un partido u otro. Habiéndome visto mi cochero, vino a mi encuentro para decirme, con aire de misterio, que una linda damisela me esperaba, hacía una hora, en la carroza, que había intentado llamar mi atención con multitud de gestos, que él había visto muy bien, y que sabiendo que había de volver había dicho que no se impacientaría y me aguardaría tranquilamente allí.

Creí en seguida que era Manon. Me acerqué rápidamente y entonces vi un rostro encantador que no era el suyo. Tratábase de una desconocida, que empezó por preguntarme si no era con el caballero Des Grieux con quien tenía el honor de hablar. Díjele que, efectivamente, aquel era mi nombre. «Tengo una carta para vos--díjome--, carta que os instruirá del objeto de mi presencia y de cómo he tenido el honor de conocer vuestro nombre». Roguéle me diese tiempo para leerla en un establecimiento cercano. Quiso acompañarme y aun me aconsejó que pidiese un reservado. «¿De quién procede esta carta?»--le dije, al subir. Pero ella me respondió que ya lo vería al leerla.

Reconocí la letra de Manon. He aquí, poco más o menos, lo que me decía: G... M... le había recibido con una cortesía y una magnificencia que sobrepujaban a toda idea. Le había agobiado de presentes y hecho entrever un porvenir de reina. Me aseguraba, sin embargo, que no me olvidaba en aquella nueva fase de su fortuna, aunque no habiendo podido convencer a G... M... de que la llevase al teatro aquella noche, tenía que dejar para otro día el gusto de verme. Pero que para consolarme de la pena que adivinaba podría causarme la noticia había encontrado manera de enviarme a una de las muchachas más bonitas de París, que sería la portadora de su carta. _Firmado_: vuestra fiel amante, Manon Lescaut.

Había algo tan cruel y tan insultante para mí en aquella carta que, permaneciendo un rato suspenso entre el dolor y la cólera, propúseme hacer un esfuerzo para olvidar a mi ingrata y pérfida querida. Fijé los ojos en la mujer que tenía ante mí. Era, en extremo, bella, y yo hubiese deseado que lo fuése bastante para hacerme a mi vez perjuro y traidor; pero por desgracia mía no hallé aquellos astutos y tiernos ojos, aquel divino porte y aquel cutis, cuyos matices había combinado amor mismo; en fin, aquel conjunto de perfecciones, que constituían el mágico encanto de mi pérfida amada. «No, no--dije apartando de ella mis miradas--; la traidora, ingrata que os envió bien sabía que os enviaba a una tentativa inútil. Volved y decidle que disfrute de su crimen si puede y que le disfrute sin remordimientos. Renuncio para siempre a ella, y al mismo tiempo renuncio a todas las mujeres, que si en belleza no sabrán igualarla, en perfidia le serán todas semejantes». Estuve entonces a punto de retirarme, sin tratar de saber más de Manon. Los mortales celos, que me desgarraban el corazón, disfrazábanse de una opaca y sombría calma, y tanto más me creía próximo a curarme cuanto que no sentía ninguno de aquellos movimientos de ira que me habían agitado en circunstancias parecidas. ¡Malhaya mi suerte!, tan víctima era de las burlas de mi amor como creía serlo de las de Manon y de las de G... M...

La muchacha que me había traído la carta, al verme dispuesto a salir, preguntóme qué quería que contestase a G... M... y a la dama que se hallaba con él. A esta pregunta, volví a entrar en el cuarto, y por uno de esos rápidos cambios, en que no podrán creer los que jamás sufrieron las fatigas y zozobras del amor, pasé de golpe, desde la tranquilidad en que creía hallarme, al furor más ciego. «Ve--dije--y cuenta al traidor G... M... y a su pérfida querida la desesperación en que su maldita carta me ha arrojado, pero añádeles que poco se reirán de mí, pues con mis propias manos les apuñalaré a los dos». Arrojéme en una silla; mi sombrero y mi bastón rodaron por el suelo, dos ríos de llanto brotaron de mis ojos. Entonces el acceso de furor por que acababa de pasar cambióse en profundo dolor; no hice, durante largo rato, sino llorar, entre suspiros y gemidos. «Acércate, acércate, pobre niña--dije a la joven--, puesto que es a ti a quien envían para consolarme. Dime si sabes algún remedio contra la desesperación, algún calmante contra la rabia, contra el deseo de darte a ti mismo la muerte después de dársela a los traidores, que no merecen el don de la vida. Sí, acércate--continué, al ver que iniciaba algunos pasos tímidos e inciertos para aproximárseme--, ven a secar mis lágrimas, ven a devolver la paz a mi corazón, ven y dime que me amas, para habituarme a la idea de poder ser de otra que de mi traidora. Eres bella, y quizás pueda amarte a mi vez». La pobre muchacha, que apenas tendría dieciséis o diecisiete años, y que parecía más pudorosa e inocente que sus iguales, parecía hallarse profundamente asombrada ante la extraña escena. Acercóse, pese a ello, para hacerme algunas caricias; pero entonces yo la aparté con mis manos. «¿Qué quieres de mí?--dije--. ¡Ah!, ¡eres mujer!, ¡eres de un sexo que odio! La dulzura de tu rostro me amenaza de nuevas traiciones. Vete y déjame solo aquí». Hízome una reverencia, sin osar decirme nada, y me volvió la espalda para salir. La grité que esperase. «Pero dime, al menos, cómo, por qué y con qué objeto te han enviado aquí. ¿Cómo has averiguado mi nombre y el lugar donde podías hallarme?».

Entonces me dijo que conociendo de larga fecha a G... M... éste la había enviado a buscar a las cinco de la tarde, y que habiendo seguido al lacayo, que fué en su busca, había hallado a su amigo en una soberbia casa, donde jugaba al _piquet_, con una dama muy bella, y que entonces los dos le habían encargado que me entregase la carta que me había dado, después de prevenirla que me encontraría en una carroza en la esquina de la calle de San Andrés. Preguntéle si nada más le habían dicho. Contestó, ruborizándose, que le habían hecho concebir la esperanza de que la conservaría a mi lado para hacerme compañía. «Te han engañado, mi pobre niña, te han engañado. Eres mujer y necesitas un hombre, pero necesitas uno que sea rico y feliz, y no es ciertamente aquí donde puedes hallarlo. Vuelve, vuelve a G... M... Ese tiene cuanto precisa para ser amado de las bellas; tiene hoteles, muebles y trenes que ofrecer. En cuanto a mí, que no tengo sino amor que dar, las mujeres desdeñan mi miseria y hacen juego de mi simplicidad».

Añadí mil cosas tristes o violentas, según que las pasiones, que me agitaban alternativamente, cedían o me arrastraban. Pero, a fuerza de atormentarme, mi delirio disminuyó lo suficiente para dejar sitio a la reflexión. Comparé aquel infortunio a los que había padecido del mismo orden, y saqué, en consecuencia, que en aquella ocasión no había por qué desesperarse más que en las anteriores. Conocía a Manon; ¿por qué, pues, afligirme de aquel modo por una desgracia que debía de prever? ¿Por qué, mejor, no emplear mis fuerzas en buscar remedio? Aun era tiempo. Por lo menos, no debía malgastar mis energías, si no quería hacerme luego el reproche de haber contribuido con mi negligencia a mis propias penas. Púseme, pues, a pensar en los medios que podían abrirme un camino de esperanza.

Tratar de arrancarla por la violencia de las manos de G... M..., era una insensatez inútil, que no ofrecía la menor probabilidad de éxito, pero en cambio parecíame, que si podía procurarme la menor entrevista con ella, ganaría infaliblemente la batalla. ¡Conocía tan bien los puntos sensibles de su corazón! ¡Estaba tan seguro de ser amado por ella! Aquella misma extravagancia de enviarme una mujer bonita para consolarme, estaba seguro que era a ella a quien se le había ocurrido, y era prueba de su compasión por mis sufrimientos.

Resolví poner en juego toda mi maña para conseguir entrevistarme con ella. Entre los varios caminos que fuí examinando, me detuve en el siguiente: T... había mostrado demasiada buena voluntad en mi ayuda para que me fuése dado dudar de su sinceridad y su celo. Prometíme ir a verle inmediatamente y comprometerle a llamar a G... M..., con pretexto de un asunto importante. Sólo necesitaba media hora para hablar a Manon. Mi plan era hacerme introducir en su mismo cuarto, y me parecía cosa fácil en ausencia de G... M...

Habiéndome devuelto tales resoluciones parte de mi calma, pagué espléndidamente a la joven que aun permanecía conmigo, y para quitarle las ganas de volver a reunirse con quienes la habían enviado, tomé sus señas dejándola entrever que tal vez iría a pasar con ella el resto de la noche. Subí a mi coche e híceme llevar con toda la rapidez posible a casa del señor T... Tuve la suerte de encontrarle, aunque durante el camino me atormentara el temor de su ausencia. Una palabra le puso al corriente de mis penas y del favor que venía a pedirle.