Manon Lescaut

Part 8

Chapter 83,988 wordsPublic domain

Sentéme sobre la hierba. Pronto me engolfé en un mar de razonamientos y reflexiones que, poco a poco, redujéronse a tres únicos capítulos. Necesitaba un socorro inmediato para hacer frente a una serie de necesidades inmediatas; tenía que abrirme un camino que fuése una esperanza de vida para lo futuro; y, esto no era lo menos importante, tenía que tomar informes y precauciones para la futura seguridad de Manon y mía. Después de haberme extendido en proyectos y combinaciones sobre aquellos tres puntos creí aún deber aplazar los dos últimos. No estábamos mal ocultos en un cuarto de Chaillot, y en cuanto a las necesidades futuras sería hora de pensar en ellas cuando estuviésemos a cubierto de las presentes.

Tratábase, por lo pronto, de llenar mi bolsa; T. habíame ofrecido generosamente la suya, pero causábame repugnancia extrema ser yo quien volviera sobre el asunto. ¡Qué vergüenza, ir a exponer mi miseria a un extraño y rogarle me ayudase con su dinero! No hay sino las almas ruines a quienes la natural bajeza impida ver la indignidad o las almas cristianas que por un exceso de humildad que les hace superiores a esa vergüenza no se sientan humilladas y la acepten sin lucha. No era yo ni un hombre ruin ni un buen cristiano, y hubiese dado la mitad de mi sangre por evitar aquel bochorno. «Tiberio, el buen Tiberio, ¿me negará aquello que buenamente pueda darme? No; se sentirá compadecido de mi miseria, pero en cambio me abrumará con su moral. Tendré que aguantar sus peroratas, sus consejos, sus exhortaciones, y me hará pagar tan cara su ayuda que daría una parte de mi sangre por evitarme esa escena que me dejaría lleno de turbación y de remordimientos. ¡Bueno!--replicábame a mí mismo--, he de renunciar a toda esperanza puesto que no me quedan otros caminos, y antes que tomar por ellos derramaría gustoso la mitad de mi sangre, es decir, toda mi sangre antes que aceptar ambos. Sí, mi sangre toda--añadí, después de un momento de reflexión--, sí, daríala toda mejor que humillarme a miserias y bajezas. ¿Pero qué tiene mi sangre que ver en todo esto? Se trata de la vida de Manon, de su amor y de su fidelidad. ¿Qué puedo equiparar a ella? Nada hasta ahora. Ella es para mí la gloria, la dicha y la fortuna. Hay muchas cosas, sin duda, que daría la vida por obtener o por evitar; pero estimar algo, más que a mi vida, no significa estimarlo tanto como a Manon». No tardé mucho tiempo, después de tal razonamiento, en decidirme. Continúe mi camino decidido a ir primero a ver a Tiberio, luego a T...

Al entrar en París hallé un coche de alquiler, y aunque no tenía con qué pagarlo, contando con los recursos que iba a solicitar de unos y otros lo tomé. Híceme conducir al Luxemburgo, desde donde envíe a decir a Tiberio que estaba esperándole. Satisfizo mi impaciencia su prontitud en acudir. Le expuse la situación apurada en que me veía. Me preguntó si las cien pistolas que le había devuelto me bastarían, y sin oponer la menor dificultad fué en el mismo momento a buscarlas con esa sencillez y esa alegría en dar que son patrimonio del amor y de la amistad verdadera. Aunque no abrigaba la menor duda sobre el éxito de mi empresa, sorprendióme haberle obtenido a tan poco precio; es decir, sin tener que aguantar una homilía sobre mi impenitencia. Pero me equivocaba al creer escapar tan fácilmente; al acabar de entregarme dinero me rogó que diese una vuelta con él por la avenida del jardín. No le había hablado de Manon y por ende ignoraba que estuviese en libertad; así que su disertación no recayó sino sobre mi temeraria fuga de San Lázaro y sobre sus temores de que en vez de aprovechar la lección de cordura recibida, perseverase en mis desórdenes. Díjome que habiendo ido a visitarme a San Lázaro, al día siguiente de mi evasión, había quedado estupefacto al enterarse de la manera como había salido; que había hablado de ello con el superior, y halló que el buen religioso, aunque no se había repuesto de su espanto, había tenido, sin embargo, la generosidad de ocultar al jefe superior de Policía los detalles de mi marcha y de evitar que la muerte del portero fuése conocida fuera de allí y así de aquel lado no tenía, pues, nada que temer. Pero, añadió, que si aún quedaba en mí el menor vestigio de prudencia, aprovecharía el desenlace venturoso que daba el cielo a mis asuntos; que comenzaría por escribir a mi padre y ponerme a bien con él, y que si por una vez quería seguir sus consejos, me daría el de marcharme de París y refugiarme en el seno de mi familia.

Escuché su discurso hasta el fin. Contenía multitud de cosas satisfactorias. En primer lugar me encantó saber que por parte de San Lázaro no había nada que temer. Las calles de París volvían a ser campo libre para mí. En segundo, me alegré de que Tiberio no tuviese idea de la liberación de Manon y de su vuelta conmigo. Hasta noté que ponía cuidado en no hablarme de ella creyendo sin duda que ocupaba menos lugar en mi corazón, puesto que tan tranquilo parecía en lo que se refería a ella. Resolví, si no volver a mi casa, por lo menos escribir a mi padre, como me lo aconsejaba y atestiguarle que estaba dispuesto a volver al camino del deber, que era el de su deseo. Mi esperanza era decidirle a que me enviase dinero con el pretexto de hacer mis ejercicios en la academia, pues era muy difícil convencerle de mis disposiciones para abrazar de nuevo la carrera eclesiástica, sin contar con que no me parecía desagradable ni imposible lo que le prometía. Tenía, por el contrario, deseos vehementes de dedicarme a algo honesto y razonable, siempre que fuése compatible con mi amor. Acariciaba el plan de vivir con mi querida y al mismo tiempo hacer mis oposiciones. Eran cosas asaz compatibles. Estaba tan satisfecho con tales ideas, que prometí a Tiberio enviar el mismo día una carta a mi padre. Entré, efectivamente, después de dejarle, en un escritorio público y le escribí en forma tan tierna y sumisa que al releer la carta me lisonjeé de obtener algo del corazón paterno.

Aunque ya estaba en condiciones de tomar y pagar un coche, después de despedirme de Tiberio me fuí orgullosamente a pie, encontrando un placer en el ejercicio de mi libertad, que mi amigo me había asegurado no peligraba ya. Sin embargo, vínome súbitamente a la imaginación la idea de que sus seguridades no atañían sino a San Lázaro y que tenía, fuera de eso, el asunto del _hospital_, sin contar con la muerte de Lescaut en la que me veía mezclado a lo menos como testigo. Aquella idea me asustó de tal modo que me retiré a la primera avenida que me pareció discreto refugio e hice llamar una carroza. Fuí en derechura a casa de T..., que se rió de mis temores. Yo mismo me reí de ellos al saber que nada tenía que temer del lado del _hospital_, ni del de Lescaut. Díjome que ante la idea de que creyesen en su complicidad al conocer la fuga de Manon, había ido aquella mañana al _hospital_ y había preguntado por ella como si no estuviese enterado de nada. Que tan lejos estaban de creernos culpables que le habían contado la fuga como noticia fantástica, asombrándose de que una mujer tan bonita como Manon hubiese tomado el partido de huir con un lacayo. Él, por su parte, limitóse a responder fríamente que no le sorprendía, pues creía a la gente capaz de todo a cambio de la libertad. Continuó contándome que había ido a casa de Lescaut con la esperanza de encontrarme allí con mi deliciosa querida, y que el dueño de la casa, un alquilador de carrozas, le había asegurado no habernos visto ni a ella ni a mí, pero añadió que no le extrañaba, pues si era de Lescaut en busca de quien íbamos, habríamos sin duda sabido que acababan de matarlo poco más o menos a la misma hora. Unas dos horas antes, un guardia de corps, amigo de Lescaut había venido a verle y le había propuesto jugar. Lescaut, había ganado con tal rapidez, que el otro se había encontrado con cien escudos menos, todo su capital, en una hora.

Aquel desgraciado había suplicado a Lescaut que le prestase cincuenta escudos, o sea la mitad de la suma que acababa de perder, y sobre ciertas dificultades nacidas de la ocasión habíanse querellado con extremada violencia. Lescaut se había negado a salir espada en mano a la calle, y entonces el otro había jurado romperle la cabeza donde lo hallase, cosa que había realizado aquella misma noche; T... tuvo la generosidad de añadir que había pasado horas de inquietud pensando en nosotros y volvió a ofrecerme sus servicios. Rogóme al mismo tiempo que le diese hospitalidad, pues pensaba ir a comer con nosotros.

Como sólo me quedaba adquirir ropas para Manon, díjele podíamos salir inmediatamente si llevaba su complacencia hasta acompañarme a algunas tiendas. No sé si creyó que le hacía esta proposición para espolear su generosidad, o si fué por simple impulso de su alma magnánima, pero es el caso que conforme con marchar a aquella misma hora llevóme a los comercios que proveían su casa. Allí me hizo elegir telas de precios mucho más elevados que los que yo me proponía pagar, y, cuando intentaba hacerlo, prohibió a los comerciantes recibir moneda alguna mía. Llevó a cabo aquella amabilidad con tan buena maña que creí poder aceptar sin desdoro. En fin, tomamos juntos el camino de Chaillot, donde llegué con menos inquietud que había partido.

* * * * *

Habiendo empleado el caballero Des Grieux más de una hora en su narración le rogué tomase algún descanso y nos acompañase a la mesa. Nuestra atención le demostró que le habíamos escuchado con gusto. Asegurónos que hallaríamos cosas aún más interesantes en la continuación de su historia; y cuando hubimos acabado de cenar continuó en estos términos:

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SEGUNDA PARTE

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Mi presencia y las amabilidades de T... disiparon todo lo que aún quedaba de tristeza en el espíritu de Manon. «Olvidemos, alma mía--le dije al llegar--, nuestros pasados terrores y volvamos a empezar a vivir más felices que nunca. Después de todo, el amor es buen amo; la fortuna no guardará seguramente para nosotros tantas penas como alegrías nos proporciona». Nuestra cena fué una verdadera fiesta. Era yo más dichoso y me hallaba más orgulloso con mi Manon y mis cien pistolas que el más rico hacendista de París con sus amontonados tesoros; hay que contar las riquezas en razón de la facilidad que ofrecen para dar satisfacción a los deseos, y yo no tenía ni uno solo que no estuviese realizado ya. El porvenir mismo no me asustaba. Hallábame casi seguro de que mi padre no pondría grandes dificultades para darme lo suficiente con que vivir decorosamente en París, pues habiendo cumplido los veinte años, tenía ya derecho a exigir la parte de bienes que en la herencia de mi madre me correspondía. No oculté a Manon que el fondo de nuestra fortuna eran sólo cien pistolas. Era lo suficiente para esperar mayores bienes, que vendrían, bien fuése por mis derechos hereditarios, bien por artes del juego.

Así fué que durante las primeras semanas sólo pensé en disfrutar de mi situación; mi idea del honor, mezclada con cierto sentimiento de miedo, hacíame aplazar de día en día la renovación de mis tratos con los socios del hotel Transilvania, y limitéme a jugar en círculos menos desacreditados, donde, además, los favores de la fortuna me libraron de poner en práctica habilidades pecaminosas. Iba a jugar a la ciudad y volvía a cenar a Chaillot, acompañado muy frecuentemente de T..., cuya amistad por nosotros crecía de día en día. Manon supo hallar recursos para combatir el tedio. Intimó en la vecindad misma con algunas muchachas a quien el buen tiempo y los encantos de la estación habían traído por allí. El paseo y las menudas labores propias de su sexo constituían, alternativamente, su ocupación. Una partida de juego, a que ellas habían señalado límites, servía para hacer frente a los gastos del coche. Iban a tomar un poco aire al bosque de Bolonia, y por las tardes, a mi regreso, hallaba a Manon más bella, más apasionada y más contenta que nunca.

Sin embargo, algunas nubes parecieron encapotar el horizonte de mi dicha; pero fueron prestamente barridas por completo, y el genio alocado de Manon hizo tan cómico el desenlace, que aún encuentro melancólica dulzura en un recuerdo que evoca su ternura y la gracia pícara de su ingenio.

El solo criado que constituía nuestra servidumbre llevóme un día aparte para decirme, con mucho apuro, que tenía un secreto de gran importancia que comunicarme. Excitéle a hablar sin rebozo ni temor, y después de muchos ambages y circunloquios díjome que un señor extranjero parecía haberse enamorado de la señorita Manon. La sangre se me agolpó al corazón. «¿Y ella?», interrumpíle con más brusquedad de la que convenía para seguir enterándome. Mi violencia le asustó. Respondió, con aire de inquietud, que su perspicacia no había ido tan lejos, pero que como hacía varios días venía observando que el extranjero iba todos los días al bosque de Bolonia, y que descendiendo de su carroza, se engolfaba solo por las avenidas, y pareciendo acechar la ocasión de encontrarse con Manon, había concebido la idea de trabar amistad con sus servidores para averiguar su nombre; que le consideraban como a un príncipe italiano, y que sospechaban ellos también se trataba de una aventura galante. Añadió, tembloroso, que no había podido proporcionarse otras luces, porque el príncipe, saliendo del bosque en aquel momento, habíase aproximado a él y le había preguntado su nombre. Después de lo cual, como adivinando que se hallaba al servicio de Manon, habíale felicitado por pertenecer a la criatura más encantadora del mundo.

Esperé impaciente el final de su narración, pero tan sólo añadió ya algunas tímidas excusas, que atribuí a mis imprudentes muestras de agitación. Roguéle me diera más detalles; pero se excusó diciendo que nada más sabía, y que habiendo tenido lugar todo aquello la víspera misma, no hubo tiempo para volverse a entrevistar con la servidumbre del príncipe. Le tranquilicé, no solamente con mis elogios, sino con una justa recompensa, y le encarecí, sin mostrar la menor desconfianza de Manon, vigilase todos los pasos del desconocido.

En el fondo, sus temores me dejaron dudas crueles. Podían haberle hecho suprimir una parte de la verdad. Sin embargo, tras algunas reflexiones, volví sobre mis alarmas, hasta el punto de sentir haber dado aquellas señales de flaqueza. No tenía derecho a mirar como un delito de Manon el que los demás la amasen. Lo más probable era que ignorase su conquista; ¿cuál iba a ser su existencia si mi corazón se abría con tanta facilidad a la duda? Volví a París al siguiente día, sin haber tomado otra resolución que la de acrecentar mi capital, acelerando las ganancias, gracias a un juego más fuerte, para ponerme en estado de salir de Chaillot, al primer motivo de inquietud.

Ninguna noticia atentatoria a mi tranquilidad tuve aquella noche. El extranjero había reaparecido en el bosque de Bolonia por la tarde, y aprovechando lo sucedido la anterior, habíase encarado con mi confidente y habíale hablado de su amor, pero en términos que no denunciaban ninguna complicidad con Manon. Habíale pedido mil detalles. Por último, intentó atraerle a su servicio con considerables promesas, y al fin, sacando una carta que llevaba preparada, habíale ofrecido inútilmente algunos luises de oro por entregársela a su ama.

Dos días transcurrieron sin ningún nuevo incidente. El tercero fué más tempestuoso. Supe al volver de París, bastante tarde, que Manon, durante su paseo, se había separado un momento de sus compañeras, y que el extranjero, que la seguía a poca distancia, habíase acercado a ella a una señal que le había hecho, y habíale entregado una carta, que ella recibió con transportes de júbilo. No tuvo tiempo de mostrarlo más que besando con transporte la misiva, porque casi inmediatamente se había ido. Pero durante el resto del día pareció presa de alegría extraordinaria, y, aun después de volver a casa, aquella alegría no pareció haberla abandonado. «¿Estás bien cierto--dije tristemente a mi lacayo--de que tus ojos no te han engañado?». Tomó al cielo por testigo de su buena fe.

No sé hasta dónde me hubiesen llevado los martirios de mi corazón, si Manon, que me había oído entrar, no hubiese venido a mí, mostrando su impaciencia y exhalando amargas quejas sobre mi tardanza. No esperó mi respuesta para agobiarme a caricias, y cuando se halló a solas conmigo hízome vivos reproches por la costumbre que iba tomando de regresar tan tarde. Como mi silencio diese lugar a ello, continuó diciéndome que hacía ya tres semanas que no había pasado un día entero con ella; que no podía resistir tan largas ausencias; que, por lo menos, exigía de mi un día de vez en cuando, y que al siguiente quería tenerme a su lado desde la mañana a la noche.

«Estaré, no lo dudéis»--respondí con brusquedad. No mostró gran atención a mi pena, y en el impulso de su alegría, que efectivamente parecióme de vivacidad extraordinaria, hízome divertidas pinturas de cómo había pasado el día. «¡Extraña criatura!--díjeme--, ¿qué esperar de este preludio?». Los detalles de nuestra primera separación acudieron a mi memoria. Sin embargo, ahora creía ver en la vivacidad de sus trasportes y en sus caricias un no sé qué de sincero que estaba de acuerdo con las apariencias.

No me fué difícil echar la culpa de mi pena, que me era imposible disimular durante nuestra colación, a una pérdida considerable que había tenido en el juego aquella tarde. Miraba como una gran suerte que la idea de no faltar yo de Chaillot al día siguiente hubiese partido de ella. Siempre era ganar tiempo para mis deliberaciones. Mi presencia allí alejaba todo temor para el día siguiente, y si no observaba nada que me hiciese plantear la cuestión, estaba decidido a trasladar dos días más tarde mi residencia a la ciudad, a un barrio donde nada tuviese que temer de los príncipes. Aquel arreglo hízome pasar la noche más tranquilo, pero no me quitó la amargura de tener que temer una nueva infidelidad.

Al despertarnos Manon me previno que aunque íbamos a pasar el día en nuestra habitación no por eso quería que tuviese el aspecto descuidado y que ella misma iba a arreglar mis cabellos. Teníalos yo harto bellos y aquella era diversión que se había ofrecido en varias ocasiones. Pero en aquélla puso más cuidado que había puesto en ninguna otra. Para darle gusto hube de sentarme ante su tocador y dejarla probar todas las combinaciones que se le antojaron. En el curso de su labor hacíame muchas veces volverme a ella, y apoyando las manos en mis hombros mirábame con ávida curiosidad; en seguida, tras mostrarme su satisfacción con un beso, me hacía colocar en situación para reanudar ella su faena.

Aquel juego nos entretuvo hasta la hora de la comida. Su diversión, y el gusto que tomaba en ella, me habían parecido tan naturales, y su alegría denunciaba tan poco la falsedad temida, que no pudiendo conciliar tales pruebas de amor con tan negra traición, estuve a punto, en varias ocasiones, de abrirle mi pecho, descargándole de un peso que se me hacía insoportable. Pero a cada momento concebía de nuevo la esperanza de que la confidencia vendría de ella y miraba de antemano, como un triunfo, aquella confianza.

Volvimos a su gabinete. Púsose nuevamente a acomodar mi cabellera cuando vinieron a avisarle que el príncipe de... deseaba verla. Aquel nombre me exasperó hasta la violencia. «¿Qué significa esto?--grité, rechazándola--¿Quién? ¿Qué príncipe?». No contestó a mis preguntas. «Hágale subir»--ordenó, glacial, al criado. Luego, volviéndose a mí: «Mi amado, a ti, a quien adoro, te pido un momento, de complacencia, uno tan sólo; te amaré mil veces más, te quedaré agradecida toda mi vida».

La indignación y la sorpresa trababan mi lengua. Ella, mientras, repetía sus súplicas, y yo buscaba inútilmente palabras de desdén con que rechazarlas. Pero, al sentir abrir la puerta de la antesala, cogió mis cabellos, que flotaban sobre mi espalda, con la otra mano cogió un espejo, y empleando todas sus fuerzas llevóme de tal guisa hasta la puerta del gabinete, y abriéndola con la rodilla ofreció a los ojos del recién llegado, a quien el ruido parecía haber petrificado en medio de la estancia, un espectáculo que debió asombrarle. Vi un hombre vestido con lujo, pero de bastante mala traza.

Aun en la turbación en que le sumía la escena no dejó de inclinarse en profunda reverencia. Manon no le dió tiempo a abrir la boca. Presentaba el espejo. «Vea, señor, miraos bien y hacedme justicia. Me pedís amor. He aquí el hombre a quien amo y a quien he jurado amar toda mi vida. Estableced vos mismo la comparación. Si creéis poder disputarle mi corazón decidme en qué os fundáis, pues a fuer de vuestra muy humilde servidora he de deciros que a mis ojos todos los príncipes de Italia no valen uno de los cabellos que tengo en mi mano».

Mientras duró aquel absurdo discurso, que por las trazas tenía meditado de antemano, hacía yo desesperados esfuerzos para libertarme, y compadeciéndome de aquel hombre sentíame dispuesto a reparar el ultraje con mis atenciones. Pero habiéndose repuesto con bastante facilidad, su respuesta, que me pareció un tanto grosera, quitóme mis buenas disposiciones. «Señorita, señorita--dijo con forzada sonrisa--, abro los ojos y os encuentro en verdad menos novicia de lo que creía».

Retiróse inmediatamente, sin tener ni una mirada para ella, y rumiando en voz baja, que las mujeres de Francia allá se iban con las de Italia. Nada me obligaba, en tal ocasión, a hacerle mejorar sus ideas sobre el bello sexo.

Manon abandonó mis cabellos, y arrojándose en una butaca llenó el cuarto con el estrépito de sus carcajadas. No ocultaré que me había llegado al alma aquel sacrificio que sólo podía imputar al amor. Sin embargo, la broma me pareció excesiva e hícela un reproche por ella. Contóme que mi rival, después de obsesionarla con su persecución unos días, y dejarla adivinar con muecas y guiños su amor, habíase decidido a declararse abiertamente, acompañando su declaración con sus nombres y títulos en una carta que le había hecho remitir por el cochero que les conducía a ella y sus compañeras; que aparte de las palabras de amor la prometía cuantiosos presentes. Según decía había vuelto a Chaillot con el designio de contarme aquella aventura, pero habiendo creído que podíamos hallar en ella un motivo de diversión no había podido resistir a su deseo. Entonces había concedido al príncipe italiano la libertad de visitarla en su propia casa y habíase divertido en hacerme entrar en sus planes sin ponerme en antecedentes de ellos. No le dije que hubiese sabido nada por otros conductos y la embriaguez del amor triunfante me hizo aprobarlo todo.

He observado en el transcurso de mi vida entera que el cielo escogió siempre, para castigarme con su mano de hierro, los momentos en que mi buena suerte me parecía más firme y duradera. Me creía tan feliz con la amistad de T. y el amor de Manon que hubiese costado mucho trabajo convencerme de que me amagaba un nuevo infortunio. Sin embargo, preparábase uno tan funesto, y que me ha reducido al extremo en que me hallasteis en Passy, y eso pasando por trámites y aventuras tan crueles que os costará trabajo creer mi narración veraz.