Part 7
Aquella explicación debió sorprenderle. Permaneció un rato contemplándome, sin darme explicaciones; como no podía perder el tiempo, tomé nuevamente la palabra para decirle que estaba muy agradecido a sus bondades, pero que siendo la libertad el mejor de los bienes, sobre todo para mí, a quien privaban de ella injustamente, estaba decidido a procurármela aquella noche, fuése como fuése, y añadí que para que no se molestase en elevar la voz llevaba en mi cinturón una razón convincente. «¡Una pistola! ¿Cómo?, ¿queréis arrebatarme la vida en pago a las bondades que he tenido con vos?--¡Dios me libre!--respondíle--Tenéis demasiado talento para ponerme en ese trance, pero quiero ser libre, y mi resolución es tan firme que si mi plan se desbarata por vuestra culpa os hago responsable de ello.--Pero hijo mío--protestó lleno de miedo y palideciendo--, ¿qué os he hecho?, ¿por qué razón deseáis mi muerte?--No, no--repliqué impacientándome--; no quiero vuestra muerte, pero si queréis vivir abridme la puerta y seré vuestro mejor amigo». Vi las llaves sobre su mesa, las cogí y le rogué me siguiese, encareciéndole la necesidad de no hacer ruido.
Hubo a la fuerza de obedecerme. A medida que avanzábamos y que franqueaba las puertas me repetía con un suspiro: «¡Ah, hijo mío, hijo mío! ¡Jamás lo hubiera creído!--¡Cuidado con el ruido!--limitábame a responder». Por fin llegamos a la gran puerta que daba a la calle. Creíame ya libre, y permanecía detrás del fraile, con la pistola en una mano, la vela en la otra.
Mientras él se apresuraba a abrir, un criado, que dormía en una habitación vecina, al oir el ruido de los cerrojos asomó la cabeza a la puerta. El buen padre le creyó capaz de detenerme, y le ordenó, con harta imprudencia, que interviniese. Tratábase de un fornido bribón, que se arrojó sobre mí sin vacilar. No me anduve en ambajes y le disparé un tiro en pleno pecho. «He aquí de lo que sois culpable, padre mío--díjele a mi guía--. Pero que esto no os impida seguir--añadí, empujándole hacia la última puerta». No se atrevió a resistir. Salí sin novedad, y a cuatro pasos de allí hallé a Lescaut con dos amigos, según me habían prometido.
Nos alejamos. Lescaut me dijo que había creído oir un tiro. «Es culpa vuestra--respondí--; ¿por qué me trajisteis la pistola cargada?». Sin embargo, le di las gracias por aquella precaución, sin la cual hubiese tenido San Lázaro para rato. Fuimos a acabar la noche a una taberna, donde me indemnicé de la mala mesa que padecía hacía tres meses. No tenía, sin embargo, humor para gozar de nada; sufría pensando en Manon. «Hay que salvarla--dije a mis tres amigos--. No he deseado la libertad más que con tal fin. Os pido la ayuda de vuestra maña; por lo que a mí atañe estoy dispuesto a jugarme la vida en tal empresa». Lescaut, que no carecía ni de talento ni de prudencia, nos hizo notar que había que ir con mucha prudencia; que mi salida de San Lázaro y la desgracia involuntaria, causada al huir, harían ruido; que el Jefe Superior de Policía me haría buscar, y tenía las manos largas, y, en fin, que si no quería exponerme a algo peor que San Lázaro, convenía que permaneciese oculto unos días para dar tiempo a que el primer fuego de mis enemigos se extinguiese.
Su consejo era prudente, pero hubiérase precisado serlo yo también para seguirlo. Tanta lentitud y precaución compaginaban mal con mi pasión. A todo lo más que llegué fué a prometerle que el siguiente día lo pasaría durmiendo. Encerróme en su cuarto, donde permanecí hasta la noche.
Empleé gran parte del tiempo en hacer proyectos y en inventar expedientes para librar a Manon. Hallábame convencido de que su prisión era aún más severa que lo había sido la mía. No se trataba de emplear la fuerza ni la violencia, sino la habilidad. Tan poco claras mostrabanme las cosas que decidí tomarme algún tiempo para enterarme de la marcha interna del _hospital_.
No bien con la noche recobré la libertad, rogué a Lescaut que me acompañase. Enhebramos conversación con uno de los porteros, que me pareció hombre de buen juicio. Fingíme extranjero, que había oído hablar con elogio del establecimiento y del orden que reinaba allí. Interroguéle sobre los menores detalles y de unas cosas en otras fuimos a parar a los administradores, cuyos nombres y cualidades díjele deseaba saber. Sus respuestas a tales indagatorias hicieron brotar en mi cerebro una idea que me pareció bien, desde luego, y que no tardé en poner por obra. Preguntéle, como cosa que era absolutamente precisa para mis planes, si aquellos señores tenían hijos. Contestóme que por lo que a la mayor parte se refería no podía contestarme, pero que de uno, T..., que era de los principales, sí estaba seguro que tenía un hijo, en edad de matrimoniar, y que había venido ya varias veces con su padre al _hospital_. Aquella certeza me bastó.
Abrevié nuestra conversación y expuse a Lescaut, al volver a su casa, el plan que me había trazado. «Supongo--díjele--que T... hijo, rico, y de buena familia como es, debe de sentir inclinación por los placeres como todos los jóvenes de su edad. No le creo capaz de ser enemigo de las mujeres, ni ridículo hasta el punto de negar su ayuda para una empresa de amor. Tengo el proyecto de interesarle en la libertad de Manon. Si es un caballero y tiene sentimientos nobles nos concederá su auxilio por generosidad. Si no es capaz de hacerlo por este motivo, hará de todos modos algo por una muchacha amable, aunque no sea más que con la esperanza de tener parte en sus favores. No quiero retrasar mi visita más allá de mañana. Me siento tan consolado por este proyecto que me parece cosa de buen agüero».
Lescaut convino en que mis ideas no carecían de sentido. Pasé la noche menos triste.
A la mañana siguiente me vestí lo más decentemente que pude dada mi indigencia y me hice conducir en coche a casa de T... Mostróse extrañado al recibir la visita de un desconocido. Auguré bien de su cara y de su cortesía. Me expliqué francamente con él, y para ayudar a su buen natural habléle de mi pasión y de los méritos de mi querida como de cosas que no podían tener igual sino entre sí. Díjome que aunque no había visto nunca a Manon por lo menos había oído hablar de ella si era, como creía, la que fué querida del viejo G... M... No dudé que le habrían puesto en antecedentes sobre mi participación en aquella aventura y para ganar más su voluntad fingiendo una confianza absoluta, le conté detalladamente todo lo que nos sucediera a Manon y a mí. «Ya veis, señor--continué--, el interés de mi vida y el de mi corazón están en vuestras manos. La una no me es ciertamente más preciosa que el otro. No tengo secretos para vos porque sé de vuestra generosidad y porque la paridad de edades me deja la esperanza de que alguna habrá entre nuestras inclinaciones».
Pareció muy sensible a mi prueba de franqueza y de candor. Su respuesta fué la de un hombre que tiene mundo y buenos sentimientos, cosa que no siempre da el mundo y en cambio hace perder con frecuencia. Me dijo que miraba mi visita como algo grato, mi amistad como una de las adquisiciones más valiosas, y que trataría de merecerla por el celo que pondría en servirme. No me ofrecía devolverme a Manon, según él, porque no gozaba de crédito para ello, pero que me ofrecía verla y hacer todo lo que en él estuviera para devolverla a mis brazos. Más satisfecho quedé de aquella falta de fe en su poder que si me hubiese ofrecido una plena y absoluta seguridad de dar satisfacción a todos mis anhelos. Encontré en la moderación de sus promesas una franqueza que me encantó. En una palabra, prometímelo todo de sus buenos oficios. La sola promesa de procurarme una entrevista con Manon me hubiese hecho realizar cualquier cosa por él. Expreséle algo de tales sentimientos de modo que vió que tampoco yo era un malnacido. Nos abrazamos y quedamos amigos sin otras razones que la bondad de nuestros corazones y esa noble disposición que hace que un hombre leal y generoso profese amistad a otro que lo es también. Llevó las pruebas de su estima más lejos aún, pues conociendo mis aventuras, no ignorando mi salida de San Lázaro y juzgando que no debía hallarme sobrado de medios puso su bolsa a mi disposición. No acepté, pero le dije: «Es demasiado. Ahora bien, si con tanta bondad y amistad me hacéis volver a ver a mi adorada Manon, soy vuestro de por vida; si me devolvéis del todo a esa amada criatura no creeré pagaros derramando por vos hasta la última gota de mi sangre».
Nos separamos después de convenir hora y sitio en que debíamos encontrarnos; por su parte llevó la complacencia hasta no retrasarlo más allá de aquella misma tarde.
Le esperé en un café donde vino a reunirse conmigo a eso de las cuatro y, ya juntos, emprendimos el camino del _hospital_. Me temblaban las piernas al atravesar los grandes patios. «¡Poder del amor--decía yo--, volveré a ver al ídolo de mi corazón, al objeto de tantas lágrimas e inquietudes! ¡Cielos, dadme fuerzas para vivir hasta llegar a ella y disponed luego de mi fortuna y de mi vida! No tengo otra gracia que pediros».
El señor T... habló con algunos porteros y empleados que se apresuraron a ofrecerle cuanto estuviese en su mano. Hízose mostrar el lugar de la prisión de Manon y nos llevaron hasta él mostrándonos una llave de aterradora magnitud que servía para abrir su puerta. Le pregunté al lacayo encargado de guiarnos, que era el que le había servido, cómo había pasado la infeliz el tiempo de su encierro. Díjonos que era de dulzura angelical; que jamás había recibido de ella una mala palabra; que no había cesado de llorar las seis primeras semanas de su reclusión; pero que desde hacía algún tiempo parecía tomar su desgracia con más calma y que se ocupaba en coser de la mañana a la noche, excepción hecha de algunos ratos que dedicaba a la lectura. Le pregunté también si al menos había estado atendida con limpieza, y me contestó que de lo preciso no había carecido.
Nos acercamos a su puerta. Mi corazón latía con violencia. Dije a M. de T... «Entrad solo y prevenidla de mi visita, pues temo que mi súbita presencia la afecte demasiado». La puerta nos fué franqueada. Permanecí en la galería. No obstante me enteraba de su conversación. Díjole que iba a llevarle algún consuelo; que era uno de mis amigos y que se interesaba mucho por nuestra dicha. Preguntóle ella con gran viveza que si podría enterarla de lo que había sido de mí. Prometióle llevarme a sus plantas todo lo enamorado y fiel que ella podía desear. «¿Cuándo?--interrogó--Hoy mismo--dijo él--. No tardará. Si lo deseáis, en este mismo momento comparecerá ante vuestros ojos». Comprendió que yo me hallaba tras de la puerta y corrió allí precipitadamente en el momento en que al sentirla venir entraba yo. Nos abrazamos con esa efusión de ternura que una ausencia de tres meses hace tan dulce para los verdaderos amantes. Nuestros suspiros, nuestras entrecortadas exclamaciones, mil nombres de amor repetidos languidamente por uno y otro, constituyeron durante un cuarto de hora una escena que llegó a emocionar a T... «Os envidio--dijo, mientras nos hacía sentar--. No hay suerte, por gloriosa que sea, a la que no prefiriese yo una querida tan bella y apasionada.--También desdeño yo todos los imperios del mundo--le respondí--para asegurarme la dicha de ser amado por ella.
Todo el resto de una conversación tan ardientemente deseada no podía dejar de ser infinitamente tierno. La pobre Manon me contó sus aventuras y yo le narré las mías. Lloramos amargamente al aludir al estado en que ella se hallaba y al que acababa yo de escapar; T... nos consoló renovando sus promesas de trabajar fervorosamente para poner fin a nuestras miserias. Aconsejónos que abreviásemos aquella primera entrevista para que le fuera fácil proporcionarnos otras. Le costó no poco trabajo hacernos seguir su consejo. Sobre todo Manon, no se resolvía a dejarme partir. Reteníame por las manos y por las ropas; hízome volver a sentar un centenar de veces. «¡Ah, en qué lugar me dejáis! ¡Quién puede asegurarme que volveré a veros!»; M. de T... la prometió que vendría a verla con frecuencia, trayéndome consigo. «En cuanto al lugar--dijo con galantería--no debe llamarse ya el _hospital_; es Versalles mismo desde que encierra la persona que merece el imperio de todos los corazones».
Al salir mostréme liberal con el lacayo que la servía, para animarle a poner celo en sus servicios. Aquel muchacho tenía el alma menos dura y ruin que sus iguales. Había sido testigo de nuestra entrevista. Aquel espectáculo le había emocionado. Un luis de oro que le entregué acabó de hacérmele incondicional. Llevóme aparte cuando bajamos a los patios: «Señor, si queréis tomarme a vuestro servicio o darme una recompensa que me indemnice del empleo que perdería aquí, creo que no me sería difícil devolver la libertad a la señorita Manon».
Agucé el oído ante aquella proposición, y aunque no tenía nada de nada hícele promesas que sobrepujaban con mucho su deseo. Contaba con que siempre sería factible recompensar a un hombre de aquel temple. «Puedes estar persuadido, amigo mío, que no hay nada que no esté dispuesto a hacer por ti y que tu fortuna está tan segura como la mía». Quise saber de qué medios pensaba valerse. «Sencillamente, abrirle por la noche la puerta de su celda y acompañarla hasta la de la calle, donde es preciso que vos la esperéis pronto a recibirla». Le pregunté si no había peligro en que fuése reconocida al atravesar las galerías y los patios. Confesóme que algún peligro habría, pero que era preciso arriesgar algo.
Aunque estaba encantado de verle tan resuelto, llamé a T... para comunicarle el proyecto y la única razón que podía hacerme dudar. Halló más inconvenientes que yo. Convino en que, efectivamente, podía escaparse así. «Pero si la reconocen--continuó--y si la detienen en su fuga, será quizás su pérdida para siempre. Por otra parte, tendríais que abandonar París inmediatamente, pues nunca estaríais bastante bien escondidos para las pesquisas que se harían en su busca. Redoblaríanse en este caso, tanto por vos como por ella. Un hombre escapa fácilmente si está solo; pero le es casi imposible permanecer en el incógnito teniendo al lado una mujer bonita».
Por muy prudente que me pareciese el razonamiento, no tuvo poder en mi espíritu sobre la esperanza tan próxima de devolver la libertad a Manon. Díjeselo así a T..., rogándole perdonase al amor un poco de imprudencia y de temeridad. Díjele que mi intención era, efectivamente, abandonar París para instalarme en algún pueblo próximo, como hiciera ya en otra ocasión. Convinimos con el criado en no retrasar la empresa sino hasta el día siguiente, y para hacerlo todo lo seguro que estuviese en nuestra mano decidimos traer un traje de hombre para facilitar nuestra salida. No era cosa fácil hacerlo entrar, pero la imaginación me dió medios para ello. Rogué tan sólo a T... que se vistiese dos chupas ligeras, una sobre otra, pues del resto me encargaba yo.
Volvimos por la mañana al _hospital_. Llevaba yo para Manon ropa blanca, medias, etc., y por encima de mi jubón un sobretodo que no dejaba ver demasiado lo abultado de mis bolsillos. Sólo permanecimos un momento en su cuarto. Nada faltaba sino el calzón que, desgraciadamente, había olvidado.
El olvido de aquella prenda imprescindible nos hubiese hecho ciertamente reir si el apuro en que nos ponía hubiese sido menos serio. Hallábame desesperado de que semejante bagatela pudiese hacernos fracasar. Al fin, tomé un partido extremo, que fué salir yo sin él. Dejé el mío a Manon. Mi sobretodo era largo y con ayuda de unos alfileres quedé en estado de pasar decorosamente por la puerta.
El resto del día me pareció de una lentitud insoportable. En fin, llegada la noche, fuimos a instalarnos en una carroza, un poco más abajo de la puerta del _hospital_. No pasó mucho tiempo sin que viésemos aparecer a Manon con su guía. La portezuela estaba abierta y ambos subieron en un momento. Recibí a mi amada en mis brazos; temblaba como una hoja. El cochero preguntó que dónde había de conducirnos. «Condúcenos al fin del mundo--grité--; llévame donde no haya fuerzas capaces de separarme nunca de Manon».
Aquel arrebato, que no fuí dueño de contener, estuvo a punto de traerme fatales consecuencias. El cochero recapituló sobre mis palabras y al darle después las señas de la calle donde quería ir, díjome que temía no fuése yo a meterle en un mal negocio; que no se le ocultaba que aquel adolescente a quien llamaba Manon era una mujer que raptaba del _hospital_ y que no estaba de humor de perderse por amor a mí.
Los escrúpulos de aquel bergante no eran sino deseos de hacerse pagar el coche más caro. Estábamos demasiado cerca del _hospital_ para no pasar por todo. «Cállate--le dije--. Hay un luis de oro para ti». Después de aquello me hubiese ayudado, incluso a quemar el _hospital_.
Llegamos a la casa en que vivía Lescaut. Como era tarde, T... nos abandonó a medio camino, prometiéndonos vernos al día siguiente. Sólo el lacayo quedó con nosotros.
Estrechaba yo a Manon con tal afán entre mis brazos, que los dos apenas ocupábamos un solo sitio en la carroza. Lloraba ella de alegría y sentía yo sus lágrimas mojarme el rostro.
Pero cuando hubo que apearse para entrar en casa de Lescaut, tuve con el cochero una nueva cuestión, cuyas consecuencias fueron funestas. Me arrepentí de haberle ofrecido un luis, no sólo porque el regalo era excesivo, sino por una razón mucho más importante, la imposibilidad de pagarle. Hice llamar a Lescaut. Bajó de su habitación para reunírsenos en la puerta. Díjele al oído cuál era nuestro apuro. Como era de genio brusco y no estaba acostumbrado a guardar consideraciones a los cocheros, lo tomó a broma. «¡Un luis de oro!--gritó--¡Veinte palos a ese rufián!». Fué inútil que le repitiera que iba a perdernos. Arrebatóme mi bastón con ademanes de maltratar al cochero. Éste, que había quizás caído ya alguna vez bajo las manos de un guardia de corps o de un mosquetero, huyó, gritándome que me había burlado de él, pero que ya se las pagaría. Pedíle, inútilmente, que se detuviese. Su fuga me causó gran inquietud, pues no dudé que advertiría al Comisario. «Me perdéis--dije a Lescaut--. Es preciso alejarnos de vuestra casa, donde no estaremos seguros por el momento». Di el brazo a Manon y salimos precipitadamente de la calle peligrosa. Lescaut nos acompañó.
Es algo realmente admirable el modo cómo la providencia encadena los acontecimientos. Apenas habíamos caminado cinco o seis minutos un hombre reconoció a Lescaut. Buscábale, sin duda, en los alrededores de su casa con el fatal propósito que realizó. «Es Lescaut--dijo, disparándole un tiro a quemarropa--: esta noche irá a cenar con los ángeles». Escapó inmediatamente mientras Lescaut caía sin dar señales de vida. Apremié a Manon para que huyésemos, pues nuestros auxilios a un cadáver eran inútiles, y en cambio temía que nos detuviese la ronda, que no podía tardar en venir. Enfilé con ella y el lacayo el primer callejón que cruzaba; estaba tan cansada que me costaba trabajo sostenerla; vi un coche de alquiler en la esquina. Subimos, pero cuando el cochero me preguntó dónde tenía que llevarnos me vi cohibido para contestarle. No tenía ni asilo en que me creyese en salvo ni amigo a quien recurrir; y para colmo veíame sin dinero, pues no tenía en el bolsillo arriba de media _pistola_. El miedo y la fatiga habían vencido de tal modo a Manon que estaba a medias desvanecida sobre mi hombro. Tenía, por otra parte, el pensamiento obsesionado con la muerte de Lescaut y no estaba tampoco tranquilo respecto a la ronda. ¿Qué partido tomar? Me acordé felizmente de la posada de Chaillot, donde pasé unos días con Manon cuando fuimos a instalarnos al pueblo. Pensé que allí no sólo estaría en seguridad, sino que podría vivir algún tiempo sin que me apremiasen para el pago. «Llévanos a Chaillot»--dije al cochero. Negóse a ir allí tan tarde como no le pagase una pistola; otro motivo de apuro. En fin, convenimos en que le daría seis francos, que era, por otra parte, cuanto quedaba en mi bolsa.
Mientras nos encaminábamos al lugar de nuestro destino traté de consolar a Manon, aunque en el fondo reinaba profundo desconsuelo en mi espíritu. Hubiérame dado la muerte si no hubiese tenido en mis brazos el solo bien que me ataba a la vida. Era aquél el único pensamiento que me sostenía. «Es mía, la tengo por fin y me ama. Diga lo que quiera Tiberio no es un fantasma de dicha. Vería yo hundirse el universo sin que me importase. ¿Por qué? Porque ninguna otra cosa me interesa ya». Aquel sentimiento era sincero; sin embargo, mientras despreciaba todos los bienes del mundo comprendía que me sería necesaria una ínfima parte de ellos para que mi desprecio por el resto pudiese ser aún mayor. El amor es más poderoso que la abundancia, que todos los tesoros de la riqueza, pero necesita de su ayuda y nada hay más terrible para un amante delicado que verse arrastrado por aquel punto vulnerable a las cosas más miserables y groseras de la vida.
Eran las once cuando llegamos a Chaillot. Fuimos recibidos en la posada como personas de absoluta confianza. No se sorprendieron de ver a Manon en traje de hombre porque están habituados en París y en sus alrededores a que las mujeres se presenten en las más diversas trazas. Hice que le sirviesen con igual prontitud que si nadase en la opulencia. Manon ignoraba mi penuria. Guardéme de decirle nada, decidido, como estaba, a volver al siguiente día a París para buscar cualquier clase de remedio a mi antipática enfermedad.
Parecióme, mientras cenaba, pálida y delgada. No me había percibido en el _hospital_, porque el cuarto donde estaba era de los peor alumbrados. Pregúntele si no era aquello efecto del miedo pasado al ver caer a su hermano. Aseguróme que aunque muy afectada por aquella desgracia su palidez provenía de haber estado tres meses ausente de mí. «¿Me quieres mucho?--la interrogué--. Mil veces más de cuanto pudiera decirte--replicóme--. ¿No me abandonarás ya nunca?--añadí--No, nunca»--replicó ella--. Aquella afirmación fué corroborada por tantos juramentos y caricias que, efectivamente, parecióme imposible que pudiera olvidarlos. Siempre he creído que fué sincera. ¿Qué razón podría haber tenido para fingir hasta aquel punto? Pero si sincera era aun era más tornadiza o, por mejor decir, ella misma no era dueña de su albedrío cuando hallábase ante mujeres que, valiendo mucho menos que ella, vivían en la abundancia, mientras se veía en la miseria. Hallábame en vísperas de topar con la prueba más clara y evidente de cuantas hasta entonces tuviera, prueba que dió lugar a la más extraña aventura de que fué víctima jamás un hombre de mi nacimiento y mi fortuna.
Como sabíale de aquel natural, apresuréme al día siguiente a ir a París. La muerte de su hermano, y la necesidad de procurarnos ropas para ella y para mí eran cosas tan naturales que no necesité pretexto ninguno. Salí de la posada con el designio, según dije a Manon y al hostelero, de tomar una carroza de alquiler; pero en realidad aquello no era sino una fanfarronada. La necesidad me obligaba a caminar a pie e hícelo rápidamente hasta Cours-la-Reine, donde tenía intenciones de detenerme. Bien necesitaba de unos momentos de soledad y descanso para ordenar mis pensamientos y prever lo que iba a hacer en París.