Manon Lescaut

Part 6

Chapter 64,052 wordsPublic domain

Tenía yo esa triste ventaja en San Lázaro. Mi pena pareció tan excesiva al superior, que temiendo las consecuencias ulteriores, creyó deber tratarme con bondad e indulgencia. Visitábame dos o tres veces al día. Hacíame con frecuencia acompañarle para dar un paseo por el jardín y su celo se desbordaba en exhortaciones y advertencias saludables. Yo las escuchaba con mansedumbre y aun le demostraba reconocimiento. De ahí sacó la esperanza de mi conversión.

«Sois de natural tan dócil y amable--díjome un día--que no acierto a comprender los desórdenes de que se os acusa. Dos cosas me asombran: una, cómo con tan buenas cualidades habéis podido entregaros a tales excesos de libertinaje; otra, que admiro aún más cómo recibís con tal conformidad y respeto mis exhortaciones después de varios años de desorden. Si es arrepentimiento, sois un ejemplo palpable de la bondad del cielo; si es bondad natural, tenéis por lo menos un excelente fondo de carácter, que me hace esperar que no necesitaremos teneros aquí mucho tiempo para haceros volver a una vida honrada y regular».

Contentísimo me hallé de saberle tan buena opinión de mí. Decidí afirmarle en ella por una conducta que pudiese satisfacerle por completo, cierto como estaba de que era la manera de abreviar mi cautiverio. Pedíle libros. Sorprendióse de que habiéndome dejado la elección de los que deseaba leer, me decidiese por algunos autores serios. Afecté aplicarme al estudio con el mayor fervor y le di en toda ocasión pruebas del cambio que anhelaba.

Sin embargo, todo aquello era puramente externo. Debo confesarlo para mi vergüenza; desempeñaba en San Lázaro hipócritamente un papel de hipócrita. En vez de estudiar cuando estaba solo no hacía sino lamentar mi destino. Maldecía mi prisión y la tiranía que me tenía en ella. No bien se calmó un tanto la zozobra en que me arrojara la vergüenza primera, volví a caer en los tormentos del amor. La ausencia de Manon, la incertidumbre en que me encontraba respecto a su destino, el temor de no volver a verla nunca, eran los únicos motivos de mis tristes meditaciones. Me la imaginaba en los brazos de G... M..., pues aquella fué mi primera idea, y lejos de creer que le habían dado el mismo trato que a mí, pensaba que me había alejado para poseerla tranquilamente.

Pasé así días y noches que me parecieron interminables. No tenía esperanza sino en el éxito de mi hipocresía. Observaba cuidadosamente el semblante y las palabras del Superior para cerciorarme bien de lo que pensaba de mí y me esforzaba en ganar su confianza considerándole como árbitro de mi destino. Fácil me fué notar que todas sus simpatías estaban conmigo. Llegué a no dudar de sus buenas disposiciones para servirme.

Un día me tomé la libertad de preguntarle si era de él de quien dependía mi libertad. Díjome que no era dueño absoluto, pero que esperaba que gracias a sus indicaciones G... M..., a cuyos ruegos el jefe de Policía habíame encerrado allí, consentiría en devolverme la libertad. «¿Puedo creer--le dije--que dos meses de prisión sufridos le parezcan bastante castigo?». Ofrecióme hablarle si yo lo deseaba. A mi vez le rogué insistentemente que me hiciese aquel favor.

Díjome dos días más tarde que G... M..., no sólo había parecido sensible a los elogios que de mí le hiciera, y por ende dispuesto a dejarme ver de nuevo la luz del sol, sino que le había mostrado deseos de conocerme más particularmente y que se proponía hacerme una visita en mi prisión. Aunque su presencia no me era muy grata, la consideré como un paso hacia la libertad.

Vino efectivamente a San Lázaro. Le encontré de aspecto más serio y menos necio que en casa de Manon. Dirigióme unos discursos llenos de buen sentido sobre mi mala conducta y añadió, con vistas a justificar sus propios desórdenes, que le es permitido a la debilidad de los hombres el proporcionarse algunos placeres que la naturaleza exige, pero que las indelicadezas y las triquiñuelas culpables merecían ser severamente castigadas. Escuchábale yo con un gesto de sumisión de que pareció satisfecho. Ni siquiera me mostré ofendido por algunas burlas sobre mi pretendida fraternidad con Manon y sobre las muchas capillitas que seguramente haría en San Lázaro, puesto que tal placer hallaba en tan piadosa ocupación. Pero escapósele, desgraciadamente para él y para mí, decir que Manon habría hecho también unas cuantas muy lindas en el _hospital_. Pese al escalofrío que me causó la palabra _hospital_, aún tuve fuerzas para, dominándome, rogarle con dulzura que se explicase. «Sí--dijo--hace dos meses que cursa prudencia en el _hospital general_ y quiera Dios que la lección le haya aprovechado tanto como a vos la de San Lázaro».

Aunque hubiese sabido que me esperaba una eterna prisión o aún la misma muerte, no hubiera sido dueño de mí ante la espantosa noticia. Arrojéme sobre él con tan furiosa rabia, que en el esfuerzo perdí la mitad de mis fuerzas. Quedáronme, pese a ello, suficientes para cogerle por el cuello y arrojarle al suelo. Iba a estrangularle cuando el ruido de su caída y algunos gritos agudos que apenas le dejaba libertad de lanzar, atrajeron a mi cuarto al superior y a algunos religiosos que le libertaron de mis manos.

Había yo mismo, casi perdido las fuerzas y hasta el aliento. «¡Oh, Dios mío!--clamaba entre suspiros--¡Justicia del cielo! ¿Viviré aún tras semejante infamia?». Quise arrojarme de nuevo sobre el bárbaro que acababa de asestarme aquél golpe. Sujetáronme. Mi desesperación, mis gritos y mis lágrimas, pasaron el límite de lo imaginable. Hice cosas tan raras, que todos los asistentes, que ignoraban la causa, mirábanse con tanto terror como sorpresa.

G... M... mientras tanto ponía orden en su traje, arreglábase la peluca y la corbata y en el despecho de verse tan maltratado ordenó al superior que me vigilase más severamente que nunca y que me aplicase todos los castigos acostumbrados en San Lázaro. «No, señor, no es con personas de la cuna del caballero, con quienes usamos tales procedimientos. Por otra parte, es de tan buen natural que me cuesta trabajo creer que sin razón se haya entregado a tales excesos». Aquellas palabras acabaron de exasperar a G... M..., que salió de allí profiriendo amenazas contra el superior, contra mí y contra cuantos osaran oponerse a su voluntad.

El superior, habiendo dado órdenes a los frailes para que le acompañasen, quedó a solas conmigo. Conjuróme a que le dijese prestamente de qué procedía todo aquel escándalo. «¡Oh, padre mío!--dije llorando como un niño--; imaginaos la más odiosa crueldad, figuraos la barbarie más abominable; eso es lo que G... M... ha tenido la crueldad de hacer. ¡Oh, me ha destrozado el corazón! ¡Jamás me consolaré! Quiero contároslo todo. Sois bueno y tendréis piedad de mí». Narréle abreviada la historia de mi pasión por Manon; la situación floreciente en que nos hallábamos cuando fuimos robados por nuestros criados; las ofertas que G... M... había hecho a mi querida; cómo cerraron el trato y como fué roto. Claro es que presentándole las cosas del modo más ventajoso para nosotros. «He ahí--continué--las fuentes del celo que G... M... siente por mi conversión. Me ha hecho encerrar aquí con el fin de vengarse. Se lo perdono; pero, padre mío, eso no es todo; no se ha contentado con robarme la más cara mitad de mi vida, sino que además la ha hecho encerrar en el _hospital_; acabo de saberlo de sus mismos labios. ¡En el _hospital_, padre mío! ¡Oh, cielos, mi adorable amada, la reina de mi corazón en el _hospital_, como la más infame de las criaturas! ¡Dónde hallar fuerzas para no morir de dolor y de vergüenza!».

El buen padre, al verme en tal estado de aflicción trató de consolarme. Díjome que jamás se figuró mi aventura del modo que acababa de narrársela; que sabía sí, que vivía yo de un modo desordenado, pero que creyó también, que lo que moviera a G... M... a mezclarse en ello, era una vieja amistad con mi familia, lo cual corroboraron sus mismas explicaciones, que lo que acababa de contarle cambiaba mucho las cosas y que no dudaba, que la narración fiel de los hechos, repetida por él al jefe general de Policía, contribuiría a devolverme la libertad. Preguntóme por qué no había pensado yo en avisar a mi familia, puesto que ella nada tenía que ver en mi cautiverio. Dile satisfactoria respuesta haciéndole ver mi temor de causar una pena a mi padre y mi propia vergüenza. Ofrecióme por fin, ir él mismo a ver al jefe general de Policía. «Aunque no sea más--añadió--que para prever algo peor por parte de G... M..., que ha salido asaz malhumorado de aquí y que es persona harto influente».

Aguardé el regreso del padre, con las inquietudes y zozobras de un infeliz que espera su sentencia. Era para mí terrible suplicio figurarme a Manon en el _hospital_. Aparte de la infamia que pesaba sobre el lugar, ignoraba cómo la tratarían allí, y esto, unido a ciertas particularidades que había oído de aquella mansión de horror, renovaba en todo momento mi angustia. Tan decidido estaba a ayudarla fuése como fuése, que hubiese prendido fuego a San Lázaro si no hubiese visto otro modo de salir de allí.

Púseme a pensar sobre los caminos que me quedaban por seguir si el jefe general de Policía perseveraba en mantenerme prisionero contra mi voluntad. Puse mi ingenio a prueba y recorrí todas las posibilidades. No vi nada que pudiese garantizarme una evasión segura y temí verme aún más vigilado si fracasaba en una tentativa. Pensé qué amigos podían ayudarme, pero, ¿por qué medios hacerles saber mi situación? Por fin creí haber trazado un plan hábil y propúseme madurarlo mejor después que el superior hubiese regresado, si sus gestiones habían sido infructuosas.

No tardó en volver; no vi desde luego en su rostro las señales de júbilo que anuncian por anticipado una buena noticia. «He hablado--díjome--al jefe general de Policía, pero le he hablado demasiado tarde. El señor de G... M... fué al salir de aquí, y de tal modo le previno en contra vuestra que estaba a punto ya de enviarme nuevas órdenes para hacer aún más severa vuestra prisión. «Sin embargo, cuando le he puesto al corriente del verdadero fondo de vuestros asuntos se ablandó, y riéndose un poco de la incontinencia del viejo G... M..., me ha dicho que, de todos modos, habría que dejaros aquí seis meses para darle una satisfacción, tanto más cuanto que la estancia aquí os será provechosa. Me ha encargado que os trate bien y podéis estar seguro de que no tendréis queja de mí».

La explicación del buen superior fué lo bastante larga para darme tiempo de reflexionar, y así llegué a la conclusión de que mostrar excesiva impaciencia por la libertad sería exponerme a echar por tierra todos mis planes. Le aseguré, por el contrario, que, dada la dura necesidad de permanecer allí, era grato consuelo para mí su estimación. Le rogué acto seguido que me concediese una gracia que, no siendo importante para nadie, me serviría a mí de gran consuelo. Limitábase a avisar a un amigo mío, un santo sacerdote que estaba en San Sulpicio, de que me hallaba en San Lázaro y a la vez permitirme recibir su visita. Aquella gracia me fué concedida sin demora.

Tratábase de mi amigo Tiberio; no que esperase de él la libertad, pero quería hacerle servir como instrumento inconsciente y ciego. He aquí, en una palabra, mi plan: quería escribir a Lescaut y encargarle a él y a nuestros comunes amigos del cuidado de libertarme. La primera dificultad estribaba en hacer llegar a él mi carta; tal era la misión de Tiberio. Sin embargo, como no conocía al hermano de mi querida, temía yo que no quisiese encargarse de aquella misión. Mis designios eran encerrar la carta de Lescaut dentro de otra dirigida a un buen hombre a quien conocía, rogándole la llevase a su destino; y como era preciso que yo viese a Lescaut para marchar acordes, quería indicarle la conveniencia de venir a San Lázaro y de pedir que te dejasen verme, tomando el nombre de mi hermano mayor y pretextando haber venido a París noticioso de lo sucedido. Demoraba para nuestra entrevista la adopción de los medios que nos pareciesen más fáciles y seguros. El padre Superior hizo advertir a Tiberio de mis deseos. El fiel amigo habíame perdido de tal modo de vista que ignoraba mis aventuras; sabía, sí, que estaba yo en San Lázaro, y tal vez no lamentase aquella desgracia que creía capaz de traerme al buen camino. Apresuróse a venir.

Nuestra entrevista estuvo llena de amistad. Quiso informarse de mis disposiciones. Abríle sin reservas mi corazón, excepto, claro es, en lo que a mi fuga se refería. «No es, ciertamente, ante vuestros ojos, querido amigo, ante los que quiero mostrarme como no soy. Si habéis creído encontrar un amigo sensato y arrepentido, un libertino convertido por milagro del cielo, en una palabra, un corazón desengañado del amor, y vuelto del maléfico encanto de su Manon, me habéis juzgado demasiado favorablemente. Me encontráis tal y como me dejasteis ha cuatro meses; siempre enamorado y siempre desgraciado por ese fatal amor en el que no me canso de buscar mi dicha».

Me respondió que mi confesión me hacia indigno de disculpa, que se veían muchos pecadores de tal modo embriagados por la falsa felicidad del vicio que llegaban a preferirla a la de la virtud, pero que tenían la excusa de que eran imágenes de dicha aquéllas a las cuales se adherían fuertemente, y que estaban engañados; pero que reconocer, como reconocía yo, que el objeto de mi pasión no servía más que para hacerme culpable y desdichado, y continuar, sin embargo, arrojándome en la desgracia y el crimen, era una contradicción de ideas y de conducta que no hacía honor a mi buen juicio.

«Tiberio--le repliqué--, ¡qué fácil os es vencer cuando nada se opone a vuestras armas! Dejadme razonar, a mi vez. ¿Podéis sostener que lo que llamáis el honor y la virtud esté exceptuado de penas, de contrariedades y de inquietudes? ¿Qué nombre dais a las prisiones, a las cruces, a los suplicios y a las torturas de los tiranos? ¿Diréis, como los místicos, que tales suplicios del cuerpo son un bien para las almas? No osaréis decirlo; es una paradoja insostenible. Esa dicha que de tal modo loais está, pues, mezclada con mil penas, o, para hablar con propiedad, no es sino un tejido de padecimientos, al través de los cuales se entrevé la felicidad. Pues bien, si la fuerza de la imaginación puede hallar placer en tales dolores, porque pueden conducir al término feliz que se espera, ¿por qué tratáis de contradictoria e insensata en mi conducta una disposición semejante? Amo a Manon; aspiro, al través de mil dolores y contrariedades, a ser feliz con ella; el camino porque ando es de espinas, pero la esperanza de llegar a mi fin esparce siempre dulzura: y me creeré bien pagado, por un momento pasado con ella, de las penas y fatigas que sufro por alcanzarle. Todas las cosas ofrecen una gran semejanza, de vuestra parte y de la mía, y si hay diferencia es en favor mío, puesto que el bien que espero es un bien cercano y el otro está lejos; el mío es de la misma naturaleza de las penas, es decir, sensible al cuerpo; el otro es algo desconocido que no existe sino por la fe».

Tiberio pareció espantado de aquel razonamiento. Retrocedió dos pasos diciéndome con aire muy serio que no solamente atacaba, con lo que acababa de decir, al buen sentido, sino que era además un desdichado sofisma de impiedad y de irreligión. «Pues--terminó--ese paralelo entre el término de vuestras penas y el que propone la religión, es una de las ideas más monstruosas y libertinas que pueden darse».

«Confieso que no es justo--repliqué--. Pero, tened cuidado, pues no es sobre él sobre lo que se basa mi razonamiento. Mi intención ha sido explicar lo que considerais como contradicción en la perseverancia de un amor desgraciado. Y creo haber probado que si contradicción existe es tanto para vos como para mí. Sólo desde ese punto de vista he considerado las cosas iguales y desde ese punto de vista, queráis o no, lo son.

»¿Sostenéis que el objeto de la virtud es infinitamente más elevado que el del amor? ¿Quién lo niega? ¿Pero es acaso de eso de lo que se trata? ¿No se trata de las fuerzas que uno y otro puedan prestar para sobrellevar las penas? Juzguemos por los efectos. ¡Cuántos desertores no habrá de la severa virtud y cuán pocos en cambio del dulce amor! ¿Me responderíais, acaso, que los sufrimientos que hay en el ejercicio del bien son evitables, que no existen ya cruces ni tiranos y que son muchas las gentes virtuosas que llevan una vida dulce y tranquila? Os responderé que también hay amores dulces y afortunados y aun llegaré a hacer una salvedad en mi ventaja, y es que el amor, hartas veces mentiroso, no promete por lo menos sino satisfacciones y ventajas, mientras que la religión quiere que se entregue uno a prácticas tristes y mortificantes. No os alarméis--le dije al ver su celo próximo a escandalizarse--. Lo único que quiero es demostraros que no hay peor sistema para curar un corazón del amor que descubrirle dulzuras y prometerle mayores dichas en la virtud. Tal como somos es indudable que nuestra felicidad está en el placer; desafío a cualquiera a demostrarme lo contrario; sentado esto, sólo me resta afirmar que el corazón no necesita grandes razonamientos para llegar a la certeza de que de todos los placeres los más sabrosos son los del amor. Bien pronto se da cuenta de que le engañan cuando le ofrecen más placeres fuera del amor, y este engaño le dispone a desconfiar de las promesas más sólidas.

»Predicadores que intentáis llevarme a la virtud, decidme que es indispensable, necesaria; pero no pretendáis convencerme de que no es severa y penosa. Estableced bien que las dulzuras del amor son pasajeras, que están prohibidas, que serán castigadas con eternas penas y, cosa que tal vez me impresione más que nada, que cuanto más bellas y gratas sean, más generoso será el cielo para recompensar el sacrificio de renunciar a ellas, pero no me neguéis tampoco que tal y como están hechos nuestros corazones, son en este bajo mundo nuestras más perfectas felicidades».

Aquel final de mi discurso devolvió la tranquilidad a Tiberio que me confesó que tenían algo de razonable mis pensamientos. La sola objeción que me opuso fué preguntarme por qué no era fiel a mis principios sacrificando mi amor a la esperanza de aquella renumeración de que tan alta idea me formaba. «¡Oh!, amigo mío--respondí--, es que reconozco mi debilidad y mi miseria. Bien sé que es mi deber poner mis actos al tenor de mis ideas, pero, ¿está en mi mano realizarlo? ¿De qué sobrenaturales auxilios no necesitaría yo para olvidar los encantos de Manon?--Dios me perdone--repuso Tiberio--, creo hallarme ante uno de nuestros jansenistas.--No sé lo que soy--repliqué--, no sé tampoco lo que debiera ser, pero demasiado experimenté la verdad de lo que afirman».

Nuestra conversación tuvo por el pronto la ventaja para mí de avivar la piedad de mi amigo. Comprendió que había más debilidad que malicia en mis desórdenes. Su amistad estuvo en lo sucesivo más dispuesta a prestarme su ayuda, sin la cual hubiese perecido infaliblemente. Sin embargo, guardéme de descubrirle mi intención de escapar de San Lázaro. Roguéle tan sólo se encargase de mi carta. Habíala preparado antes de su llegada y no me faltaron pretextos para justificar mi necesidad de escribirla. Tuvo la honradez de cumplir con exactitud mi encargo, y así, Lescaut recibió mi misiva antes de la noche.

Vino a verme al día siguiente y consiguió sin dificultad pasar por mi hermano. Mi alegría al verle en mi habitación fué extremada. Cerré la puerta con precaución. «No perdamos ni un solo minuto--le dije--. Dadme primero noticias de Manon y dadme después un buen consejo para romper los hierros de mi prisión». Aseguróme que no había visto a su hermana desde la víspera de nuestra detención, y que si había conseguido saber algo de ella y de mí fué sólo a fuerza de indagaciones y cuidados. Y, en fin, que habiéndose presentado dos o tres veces en el _hospital_, habíanle negado el permiso para comunicar con ella. «¡Desgraciado G... M...!--rugí furioso--¡cuán caro me lo has de pagar!».

--Por lo que a vuestra liberación se refiere, es empresa más difícil de lo que podéis suponer. Hemos pasado gran parte de la noche dos amigos y yo estudiando el edificio y llegamos a la conclusión de que dando vuestros balcones a un patio rodeado de construcciones, costaría mucho trabajo sacaros. Por otra parte, habitáis el tercero y es imposible meter aquí ni cuerdas ni escalas. No veo, pues, ninguna ayuda que pueda venir de fuera. Es pues, en la casa misma donde hay que hallar los recursos.

--No--respondí--; lo he examinado todo, especialmente desde que mi prisión es menos severa gracias a las bondades del superior, la puerta de mi cuarto no se cierra ya con llave y disfruto de libertad para pasearme en las galerías que corresponden a las celdas de los frailes; pero todas las escaleras están obstruidas por fuertes puertas que tienen buen cuidado de mantener cerradas noche y día, de modo que es imposible que la habilidad baste a salvarme.

«Esperad--rectifiqué después de haber meditado sobre una idea que me pareció excelente--; ¿podríais prestarme una pistola?--Muy fácilmente--me contestó--; ¿pero es que queréis matar a alguien?». Aseguréle que me hallaba tan lejos de la idea de matar a nadie, que ni aun era necesario que la pistola estuviese cargada. «Traédmela y no faltéis por la noche a las once frente a esta casa y acompañado de dos o tres de vuestros amigos. Espero poder ir a reunirme con vosotros». Quiso inútilmente otras explicaciones, pero yo le dije que una empresa tal y como la que yo meditaba sólo después del éxito podía parecer razonable. Le rogué abreviase su visita a fin de que le fuése más fácil tener acceso hasta mí al día siguiente. Efectivamente, le dejaron entrar sin oponer más dificultades que la vez primera. Su aspecto era grave y no hay nadie que no le hubiese tomado por un hombre de honor.

Cuando me vi en posesión del instrumento de mi libertad no dudé ya del éxito de mi empresa. Era extraño y arriesgado; pero ¿de qué no sería yo capaz con los motivos que me animaban? Había yo observado, desde que me era permitido salir de mi cuarto y pasearme por las galerías, que todas las noches el portero entregaba todas las llaves al superior, y que momentos después reinaba profundo silencio, que denunciaba a las claras que todo el mundo dormía en la casa. Podía yo, sin obstáculo, ir por una galería de comunicación, desde mi cuarto al de aquel padre. Mi idea era quitarle las llaves, asustándole con la pistola si oponía resistencia a dármelas, y ya con ellas abrirme paso. Esperé con impaciencia. El portero vino a la hora de siempre, es decir, un poco después de las nueve. Dejé pasar aún una hora para asegurarme de que todos, frailes y criados, estaban dormidos. Salí al fin con mi pistola y una vela encendida. Llamé suavemente a la puerta del superior, procurando meter el menor ruido posible. Oyóme a la segunda vez, y creyendo, sin duda, que se trataba de algún religioso que se había puesto enfermo, vino a abrir. Tuvo, sin embargo, antes de franquear la entrada, la precaución de preguntar quién era y qué querían de él. No tuve, pues, más remedio que dar mi nombre, pero lo hice con tono quejumbroso para darle a entender que me hallaba enfermo. «¡Ah!, sois vos, querido hijo... ¿Qué es lo que os trae a tales horas?». Entré en la habitación y ya allí le declaré sin ambages que me era imposible seguir más tiempo en San Lázaro; que la noche me parecía propicia para marcharse de allí y que esperaba de su amabilidad me diese las llaves o me abriese él mismo.