Manon Lescaut

Part 10

Chapter 104,145 wordsPublic domain

Asombróle de tal modo que G... M... hubiese podido seducir a Manon, que, ignorando la parte que yo mismo había tenido en mi desgracia, ofrecióse espontáneamente reunir a todos sus amigos para emplear sus brazos y sus espadas en libertar a mi querida. Hícele comprender que todo aquel ruido podía sernos perjudicial a ella y a mí. «Guardemos nuestra sangre para el último extremo. Medito un medio menos ruidoso y del que espero igual éxito». Ofrecióse a hacer, sin excepción, cuanto le pidiese. Y habiéndole repetido que tan sólo se trataba de hacer llamar, con pretexto de hablar con él, a G... M..., y hacerle faltar de su casa una hora o dos, salió conmigo para complacerme.

Discutimos sobre el pretexto de que podía valerse para entretenerle tanto tiempo. Aconsejéle empezar por enviarle una carta fechada en un figón, citándole urgentemente para un asunto de tal importancia que no admitía espera. «Espiaré--le dije--el momento de su salida y no me costará trabajo introducirme en la casa, no siendo, como no soy, conocido sino de Manon y de Marcelo, mi criado. En cuanto a vos, podéis decirle que el asunto importante de que deseáis hablarle es un asunto de dinero. Que acabáis de perder no sólo el vuestro, sino mucho más sobre palabra. Necesitará tiempo para procurároslo, y yo tendré el que me hace falta».

M. de T... hizo ce por be todo lo que yo le había encargado. Dejéle en el figón, donde escribió inmediatamente su carta. En cuanto a mí, fuí a colocarme a algunos pasos de la casa de Manon, vi llegar al portador de la misiva, y partir a poco G... M... a pie y seguido de un lacayo. Tras de darle tiempo para salir de la calle, me aproximé a la puerta de la infiel, y pese a mi ira, llamé con el respeto con que lo haría en un templo. Felizmente, fué Marcelo quien vino a abrirme la puerta. Hícele una seña y, aunque nada tenía que temer de los demás criados, le pregunté si podía conducirme al cuarto donde estaba Manon sin ser notado. Dijo que era cosa fácil, con sólo subir con cuidado la escalera principal. «Vamos pronto--le dije--, y trata de impedir que suba nadie mientras yo esté allí». Así llegué sin tropiezo al cuarto de Manon.

Hallábase ella entregada a la lectura. En tal ocasión fué cuando mejor pude admirar el carácter de aquella criatura. En vez de parecer aterrada o asombrada al verme, no dió sino esas ligeras pruebas de sorpresa naturales cuando nos encontramos con una persona que creemos lejos. «¡Ah, sois vos, amor mío!--exclamó viniendo a abrazarme con la ternura habitual--¡Dios mío, qué audaz sois! ¡Quién hubiese podido esperaros hoy en tal lugar!». Me desprendí de sus brazos, y, en vez de corresponder a sus caricias, la rechacé con desdén y retrocedí dos o tres pasos para alejarme de ella. Aquel ademán no dejó de desconcertarla. Permaneció inmóvil y fijó sus ojos en mí, cambiando de color. Tan contento me hallaba en el fondo de volverla a ver que, pese a los numerosos motivos de ira que tenía contra ella, apenas encontraba fuerzas para hacerle reproches. Sin embargo, mi corazón sangraba aún por la cruel ofensa que me había inferido. Llamé en mi auxilio a la memoria para exaltar mi indignación, y traté de encender en mis ojos otros fuegos que no fuesen los del amor. Como permaneciese yo un rato en silencio y Manon reparase en mi agitación, vile temblar al parecer de miedo.

No pude resistir tal espectáculo. «¡Ah, Manon!--dije con tierna queja--¡Infiel, perjura Manon! ¿Por dónde comenzaré mis reproches? Os veo pálida y temblorosa y aun soy tan sensible a vuestros menores sufrimientos, que temo afligiros excesivamente con mis reproches. Pero he de decíroslo Manon, tengo el corazón lacerado por la crueldad de vuestra traición. Esos golpes no se descargan sobre un enamorado si no se ha decidido su muerte. ¡La tercera vez, Manon! ¡Las llevo bien contadas! ¡Imposible olvidarlo! En vos misma está decidir en esta hora suprema, pues mi pobre amor no puede resistir semejante trato. Siento que va a sucumbir y que está próximo a partirse de dolor. ¡No puedo más!--gemí sentándome en una silla--. Apenas si me es dado sostenerme y hablar».

No me contestó; pero, apenas me vió sentado, se arrodilló y, apoyando la cabeza en mis rodillas, ocultó el rostro entre mis manos. Sentí que por un momento las humedecía con su llanto. ¡Dios de Dios, pensad qué turbación no agitaría mi alma! «¡Ah, Manon, Manon!--repuse con un suspiro--Es ya tarde para llorarme cuando me habéis matado primero. Fingís una tristeza que estáis lejos de sentir. El mayor de vuestros males es indudablemente, el de mi presencia, que siempre vino a interrumpir vuestros placeres. Abrid bien los ojos y veréis quién soy. No se llora así por un desdichado a quien se traicionó y abandonó cruelmente». Seguía besando mis manos sin cambiar de postura. «Inconstante Manon--añadí aún--, mujer ingrata y sin fe, ¿a dónde, a dónde están vuestras promesas? Amante versátil y cruel, ¿qué has hecho del amor que me jurabas aún hoy mismo? ¡Justos cielos! ¿puede una infiel burlarse de nosotros así, después de invocaros fervorosamente? ¿Es el perjuro quien obtiene la recompensa? ¿La desesperación y el abandono son para la constancia y la fidelidad?».

Aquellas palabras mías fueron acompañadas de tan amargas reflexiones que, mal de mi grado, dejé escapar algunas lágrimas. Manon lo notó en el cambio de mi voz. Rompió, por fin, el silencio. «Bien se ve--dijo con tristeza--que soy culpable, cuando tal dolor pude causaros; pero que el cielo me castigue si creí serlo o si tal pensamiento me asaltó siquiera».

Aquel discurso me pareció tan desprovisto de sentido común y buena fe que no pude librarme de mi primer impulso de cólera. «¡Horrible disimulo!--exclamé--Veo mejor que nunca que eres una vil y una pérfida. Ahora es cuando conozco tu miserable carácter. Adiós, ruin criatura--dije, poniéndome en pie--, mejor quiero morir mil veces que tener trato alguno contigo. ¡Que el cielo me castigue si te honro con una sola mirada! Quédate con tu nuevo amante; ámale; ódiame a mí; renuncia al honor y al sentido de lo justo; me es igual, de todo me he de reir ya».

De tal modo la espantó la explosión de mi voz que, siempre de rodillas, me miró temblorosa, no osando respirar. Di aún algunos pasos, en dirección a la puerta, sin separar los ojos de ella. Pero hubiese hecho falta ser inhumano para permanecer indiferente ante tantos encantos. Tan lejos me hallaba de poseer esa bárbara fuerza que, pasando de golpe al extremo opuesto, volví hacia ella o, por mejor decir, precipitéme sin reflexionar. La cogí en mis brazos y le di mil tiernos besos; la pedí perdón de mi violencia; confesé que era un bárbaro y que no merecía ser amado de una criatura como ella.

La hice sentar y me arrodillé, a mi vez, rogándole me escuchase así. Luego, todo lo que un amante, sumiso y apasionado, pueda discurrir, de respetuoso y tierno, lo encerré en pocas palabras dándola excusas. Supliquéla, como singular favor, que me perdonase. Dejó caer sus brazos en torno a mi cuello, diciéndome, con dulce acento, que era ella la que necesitaba de perdón, por las penas que involuntariamente me causaba, y que comenzaba a temer, no sin razón, que no me pareciese suficiente lo que en descargo suyo iba a decirme. «¡A mí!--interrumpí--¡Si no os pido justificación ninguna! Apruebo cuanto hicisteis. No soy yo quién para pedir razones de tu conducta. Soy feliz, y me doy por satisfecho si mi Manon no me priva de la ternura de su corazón. Pero--continué--sin necesidad de volver sobre mi estado de espíritu, ¡oh, poderosa Manon, que a capricho creáis mis alegrías y dolores!, humildemente, después de mostrarte mi arrepentimiento, ¿no me será permitido hablaros de mis penas y mis sufrimientos? Quisiera saber de vos misma qué ha de ser de mí hoy, y si pensáis firmar mi sentencia de muerte, pasando la noche con mi rival».

Puso algún tiempo en meditar su respuesta. «Caballero mío--díjome, recuperando su aspecto tranquilo--, si, desde luego, os hubieseis explicado con tal claridad os hubieseis ahorrado no pocos sinsabores y a mí una escena harto penosa. Puesto que vuestro padecimiento sólo viene de vuestros celos, os hubiese curado al momento, ofreciéndoos seguiros inmediatamente, aunque fuése al fin del mundo. Pero he creído que era la carta que os escribí, bajo las miradas inexorables de G... M..., y la muchacha que os enviamos lo que provocaba vuestra indignación. Temí que pudierais mirar mi carta como una burla y a la joven enviada por G... M... como un síntoma de que renunciaba a vos para unirme definitivamente a él. Este pensamiento me ha llenado de consternación, pues por muy inocente que yo fuése, no podía ocultárseme que las apariencias no me eran favorables. Sin embargo, quiero que seáis mi juez después de explicaros la verdad de lo sucedido». Hízome saber entonces todo lo que le había pasado desde que había encontrado a G... M... que la esperaba en el mismo lugar donde ahora nos hallábamos. Habíale recibido, efectivamente, como a la primera princesa del mundo. Habíale enseñado todas las estancias de una limpieza y una riqueza admirables. Entrególe diez mil libras en su gabinete, añadiendo algunas alhajas, entre las que se hallaba el collar y los brazaletes de perlas que ya una vez le diera el padre. Hízole servir, por los nuevos criados que tomó para ella, ordenándoles que de allí en adelante le mirasen como a su dueña y señora; hízole, en fin, ver la carroza y los caballos y todo el resto de sus presentes. Después de lo cual propúsole una partida de juego para esperar la hora de la comida. «Confieso--dijo--que quedé deslumbrada por tanta magnificencia. Pensé que sería una tontería renunciar a tales bienes, contentándonos con llevarnos las diez mil libras y las alhajas; que igual yo que vos habíamos hecho nuestra fortuna y que podíamos vivir agradablemente a expensas de G... M... En vez de proponerle el teatro, decidí sondearle, en lo que a vos se refería, para ver las facilidades que podríamos hallar para la ejecución de mi sistema. Le he encontrado persona muy tratable. Preguntóme qué pensaba de vos y si no me había causado tristeza abandonaros. Contesté que érais tan amable y os habíais comportado siempre de tal modo conmigo que era natural que no pudiese odiaros. Confesó que no carecíais de méritos y que él mismo había sentido vivo impulso de simpatía por vuestra persona. Quiso saber, cómo creía yo, que tomaríais mi marcha, sobre todo cuando supieseis que estaba en sus manos. Contestéle que la fecha de nuestro amor era tan vieja ya, que había tenido tiempo de enfriarse un poco; que al mismo tiempo pasabais por una crujía material, así que tal vez no miraseis mi pérdida, que os libraba de pesado fardo, como gran desgracia. Añadí que no dudando que os conduciríais pacíficamente no había vacilado en deciros que venía a París para ciertos asuntos, que habíais consentido en ello y que habiendo venido vos también no parecíais muy inquieto cuando os dejé. Si le creyese capaz--díjome entonces--de convivir amistosamente conmigo, sería yo el primero en ofrecerle mis servicios y mis atenciones. Contesté que conociéndoos como os conocía no dudaba de que os comportaríais correctamente, sobre todo--añadí--si él podía ayudaros en vuestros asuntos, harto desarreglados desde la riña con vuestra familia. Interrumpióme, para hacer protestas de ofreceros toda la ayuda que de él dependiese, y hasta si queríais embarcaros en un nuevo amor os presentaría a una querida muy linda que había dejado para amarme a mí.

»Aplaudí su idea--añadió--, para borrar toda sospecha en él, y afirmándome más y más en mi proyecto, no hacía sino pensar en la manera de avisaros de lo que sucedía, por miedo a que os alarmaseis con exceso al verme faltar a vuestra cita. Fué con tal intención con la que le propuse enviaros a vuestra nueva amiga aquella misma noche por tener un pretexto para escribiros. No hubo más remedio que recurrir a aquella astucia, pues no tenía esperanzas de que me dejase sola ni un instante.

»Rió de mi proposición; llamó a su lacayo, y tras de preguntarle si sabría encontrar a su antigua amiga, mandóle de un lado para otro en su busca. Creyó primero que era a Chaillot donde había que ir a buscaros, pero yo le desengañé diciéndole que, al separarnos, os prometí ir al teatro, y si algo me lo impedía o se presentaba alguna dificultad me esperaríais en una carroza en la esquina de la calle de San Andrés, y que, por lo tanto, más valía enviaros allí a vuestra nueva amante, aunque no fuése más que para impedir que os consumieseis de aburrimiento toda la noche. Díjele también que no estaría de más escribiros dos palabras para advertiros de aquel cambio, que os costaría trabajo explicaros si no. Consintió, pero me vi obligada a escribir en su presencia, y claro que me guardé muy bien de explicarme abiertamente en mi carta. He ahí--concluyó Manon--la manera como han sucedido las cosas. No os oculto nada, ni de mí ni de mis intenciones. La joven vino; la hallé bella, y como no dudaba de que mi ausencia os entristecería deseé sinceramente os entretuviera unos momentos, pues la fidelidad que en vos deseo es la del corazón. Me hubiese gustado poder enviaros a Marcelo, pero no tuve ni un momento para explicarle lo que había de deciros». Remató su narración contándome la perplejidad en que la carta del señor T... sumió a G... M... «Dudaba si dejarme o no, y me afirmó que su ausencia no podía durar, y esto es lo que me hace veros con inquietud y lo que me hizo también mostrar sobresaltada tristeza».

Escuché el discurso con paciencia. Hallaba en él infinidad de cosas crueles y mortificantes para mí, pues la intención de su infidelidad estaba tan clara que ni aun había intentado ocultarla. No podía esperar de G... M... que la dejase toda la noche como a una vestal. Era, pues, con él con quien esperaba pasarla. ¡Qué confesión para un amante! Pensé, empero, que yo era en parte culpable de su falta por haberla puesto en antecedentes de la pasión de G... M... y también por mi complacencia y ceguedad al entrar en el plan que ella había concebido. Por otra parte, por uno de esos recodos particulares a mi carácter, sentíame enternecido por la ingenuidad de su confesión y por la manera abierta y buena con que me contaba todos los detalles, aun aquéllos que más debían de ofenderme. «Peca sin malicia--me dije a mí mismo--. Es ligera e imprudente, pero también recta y sincera». Añádase a esto que el amor bastaba por sí solo para cerrarme los ojos sobre todas sus faltas. Hallábame, a decir verdad, demasiado satisfecho con la idea de robársela aquella misma noche a mi rival. Díjele, sin embargo: «Y la noche, ¿con quién la hubieseis pasado?». Aquella pregunta, que formulé tristemente, pareció confundirla. No me contestó sino con evasivas. Tuve lástima de su confusión e interrumpiendo mi discurso dije que naturalmente pensaba que me siguiera inmediatamente, sin demora. «Lo haré--dijo--; pero ¿no aprobáis mi proyecto?--¡Ah!, no basta--dije a mi vez--, ¿no basta que haya aprobado cuanto hicisteis hasta ahora?--Cómo, ¿ni aun siquiera nos llevaremos los diez mil francos? Me los dió y son míos». Aconsejela que lo abandonase todo, y que aprovechásemos el tiempo para alejarnos rápidamente de allí, pues aunque sólo media hora llevaba con ella, comenzaba a temer el regreso de G... M... Sin embargo, tales instancias me hizo para convencerme de que no nos fuésemos con las manos vacías que creí complacerla concediéndole algo, puesto que tanto me había concedido a mí.

Cuando nos preparábamos a marchar oí, con un estremecimiento de terror, llamar con grandes golpes dados en la puerta de la calle. No dudé que era G... M..., y en la turbación que aquella idea puso en mi espíritu, dije a Manon que era hombre muerto si se dejaba ver. Efectivamente, aun no era yo bastante dueño de mí mismo para contenerme a su vista. Marcelo puso fin a mis penas entregándome una carta que acababan de darle para mí. Era de T...

Comunicábame que habiendo ido G... M... a buscar dinero a su casa, aprovechaba el tiempo para comunicarme una idea muy divertida que se le había ocurrido. Que creía que no podía vengarme de mi rival de modo más sabroso que comiéndome su cena y acostándome con mi querida en el lecho que había pensado disfrutar con ella, y que aquello le parecía empresa fácil si podía contar con tres o cuatro hombres que tuviesen bastante valor para detenerle aquella noche y bastante fidelidad a mí para guardarle a la vista hasta la siguiente mañana; que, por lo que a él se refería, prometíame entretenerle aún una hora con razones que tenía pensadas ya.

Enseñé la misiva a Manon y le conté de qué astucia me había valido para llegar hasta ella. Mi invención y la de T... le parecieron admirables. Nos reímos a nuestras anchas unos minutos; pero como la hablase de la última como de una broma, quedé asombrado al ver que le parecía cosa muy digna de pensarse y que aun me la proponía como algo cuya realización le encantaba. En vano fué que la objetase la dificultad de hallar así, sin más ni más, gentes capaces de detener a G... M... y vigilarle luego; díjome que, por lo menos, había que intentarlo, puesto que T... nos garantizaba una hora por lo menos. Y en respuesta a mis demás objeciones limitábase a decirme que yo actuaba de tirano y que no tenía la menor complacencia para con ella. Nada le pareció más divertido que aquel proyecto. «Tendréis su mesa, dormiréis en su lecho y mañana temprano partiréis llevándoos su dinero y su querida, y así estaréis bien vengado del padre y del hijo».

Cedí a sus instancias, pese a los avisos de mi corazón, que parecía presagiarme una catástrofe. Salí con intención de encargar a dos o tres guardias de Corps con quienes Lescaut me había puesto en relación se encargasen del cuidado de detener a G... M... Sólo a uno hallé, pero era hombre resuelto que en cuanto supo de lo que se trataba me garantizó el éxito. Tan sólo me pidió diez _pistolas_ para recompensar a tres soldados de la Guardia, a cuyo frente pensaba ponerse. Roguéle que no perdiese el tiempo. Reuniólos en menos de un cuarto de hora. Esperábales yo en su casa, y cuando todo estuvo dispuesto llevéles yo mismo a la esquina de la calle por donde G... M... había forzosamente de pasar camino de la morada de Manon. Encarguéles que no le hiciesen sufrir malos tratos, pero que le guardasen tan estrechamente hasta las siete de la mañana que yo pudiese descansar en la absoluta seguridad de que no se les escaparía. Díjome que su designio era llevarle a su cuarto y allí obligarle a desnudarse y aun a acostarse, mientras él y sus bravos pasaban la noche jugando y bebiendo.

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Permanecí con ellos hasta que vi venir a G... M..., y entonces me retiré a un sitio oscuro para ser testigo de escena tan extraordinaria. El guardia de corps abordóle pistola en mano para advertirle amablemente que no quería ni su vida ni su bolsa, pero que si oponía resistencia o gritaba veríase en el caso doloroso de saltarle la tapa de los sesos. G... M..., viéndole sostenido por tres soldados y temiendo, sin duda, recibir un tiro si hacía algún gesto, no opuso resistencia. Vi llevárselo como a un cordero.

Volví a casa de Manon, y para quitar toda sospecha en los criados, díjele, delante de ellos, que no debíamos esperar a G... M... para cenar, que asuntos urgentes reteníanle mal de su grado, y que me había encargado viniese a excusarle y a ocupar su sitio, cosa que miraba yo como singular honor, por tratarse de dama tan bella. Supo secundarme hábilmente. Nos sentamos a la mesa. Mientras los lacayos nos servían, conservamos un continente grave. En fin, después de despedirles o autorizarles a que se retirasen, pasamos una de las mejores noches de nuestra vida. Advertí a Marcelo, en secreto, que buscase un coche y le encargase estuviese a las seis en punto de la mañana a la puerta. Fingí abandonar a Manon a media noche, pero en seguida, habiendo vuelto a entrar gracias a la ayuda de Marcelo, dispúseme a ocupar el sitio de G... M... en la cama igual que lo había ocupado en la mesa.

Durante aquel tiempo, nuestro enemigo malo trabajaba laborando por nuestra perdición. Mientras nos entregábamos a los locos arrebatos del placer, la catástrofe estaba suspendida sobre nuestras cabezas. Pero, para mejor comprender las circunstancias de nuestra ruina, hay que explicar las causas.

A G... M... seguíale su lacayo cuando los guardias de corps le detuvieron. El muchacho, aterrado de la aventura de su amo, huyó desandando el camino, y por primera providencia, para tratar de socorrer a su señor, fué a advertir al viejo G... M... de lo que sucedía.

Tales nuevas no podían por menos de alarmarle. Su vivacidad era extremada para sus años. Quiso, para empezar, saber de boca del lacayo todo lo que su hijo había hecho aquella tarde; si se había querellado con alguien, si había intervenido en alguna riña, si había acudido a algún lugar sospechoso. El criado, que creía a su señor en el más espantoso de los peligros, y por ende, mirábase como obligado a todo para salvarlo, descubrió al viejo cuanto sabía de su pasión por Manon, de los gastos hechos por ella, de cómo pasara la tarde en su casa hasta cerca de las nueve que había salido y de la desgracia acaecida al regreso. Fué bastante para hacer sospechar al viejo que el asunto de su hijo era una querella amorosa. Aunque eran las diez y media de la noche, no dudó en ir a casa del jefe superior de Policía. Rogóle diese órdenes apremiantes a todos sus subordinados y tras pedirle una guardia para sí mismo, corrió a la calle donde su hijo había sido detenido. Recorrió todos los lugares en que esperaba encontrarle, y por fin, no hallando trazas de él, hízose llevar a casa de la querida, donde esperaba que tal vez hubiese regresado ya.

Iba a acostarme cuando llegó. Cerrada la puerta del cuarto, no oí llamar a la de la calle. Entró seguido de dos arqueros, y tras informarse inútilmente de lo que había sido de su hijo, sintió deseos de conocer a la querida, para ver de obtener alguna luz en el asunto. Subió a su habitación, acompañado siempre de los arqueros. Íbamos a meternos en la cama, cuando abrió la puerta y con su presencia heló la sangre de nuestras venas. «¡Dios santo, el viejo G...!»--díjele a Manon. Salté para coger mi espada. Desgraciadamente, habíase enredado en mi cinturón. Los arqueros, que vieron mi ademán, se aproximaron para arrebatármela. Un hombre en camisa, es hombre vencido. Me quitaron el arma.

Aunque turbado por aquel espectáculo, G... M... no tardó en reconocernos. «¿Es ilusión de mis sentidos? ¿no tengo realmente ante mí al caballero Des Grieux y a Manon Lescaut?». Tan ciego me hallaba, por la ira, que ni aun le contesté. Pareció dar vueltas a algunos pensamientos en su cabeza y, como si súbitamente se inflamase de ira, gritó dirigiéndose a mí. «¡Ah, infortunado! ¡Estoy seguro de que has asesinado a mi hijo!». Aquella injuria me exasperó. «¡Viejo traidor!--respondí con orgullo--; ¡si hubiese querido matar a alguien, hubiese sido a ti!--Sujetadle bien--dijo a los arqueros--. Es preciso que me dé noticias de mi hijo. Le haré ahorcar mañana si no me dice inmediatamente dónde se halla.--¡Me harás ahorcar!--repliqué--Es a tus iguales a quienes hay que mandar a la horca. Sabe que soy de sangre más noble y pura que la tuya. Sí--añadí--, sé que ha sido de tu hijo, y si sigues agotando mi paciencia, le haré estrangular antes de que sea de día y tú correrás igual suerte que él».

Fué imprudencia mía decirle que sabía dónde estaba su hijo, pero el exceso mismo de mi cólera, me hizo cometer esa torpeza. Llamó inmediatamente a otros cinco o seis arqueros que aguardaban a la puerta y les encargó se asegurasen de toda la servidumbre de la casa. «¡Ah, señor caballero!--díjome con tono burlón--¡Con que sabéis a dónde está mi hijo y le haréis estrangular! Contad con que a mi vez sabré poner buen orden a las cosas». Comprendí entonces la torpeza que había cometido.