Manon Lescaut

Part 11

Chapter 114,075 wordsPublic domain

Acercóse a Manon que lloraba sentada en el lecho. Díjole algunas irónicas galanterías sobre el imperio que ejercía sobre el padre y sobre el hijo y del buen uso que de él hacía. Aquel vetusto monstruo de incontinencia quiso tomarse algunas familiaridades con ella. «¡Guárdate de tocarla!--grité--¡No habría nada, por sagrado que fuése, capaz de librarte de mis manos». Salió dejando en el cuarto tres arqueros con el encargo de hacernos vestir rápidamente.

No sé cuáles eran entonces sus designios respecto a nosotros. Quizás nos hubiese dejado en libertad si le hubiésemos dicho dónde se hallaba su hijo. Pensé, mientras me vestía, si no sería aquél el mejor partido. Pero si se hallaba en tales disposiciones al dejar nuestro cuarto, volvió con otras muy distintas. Había ido a interrogar a los criados de Manon, que habían sido detenidos por los arqueros. Nada pudo sacar de los que G... M... había puesto a su servicio; pero, cuando supo que Marcelo nos había servido antes a nosotros, decidió hacerle hablar intimidándole con amenazas.

Era un muchacho fiel, pero sencillo y tosco. El recuerdo de lo que había hecho en el _hospital_ para libertar a Manon, junto al terror que G... M... le inspiraba, causaron tal impresión sobre su alma simple, que creyó que le iban a llevar al potro o a la rueda. Prometió decir todo lo que sabía si le perdonaban la vida. G... M... comprendió, por tales palabras, que había en nuestros asuntos algo más serio y más criminal de lo que hasta entonces se figurara. Ofreció a Marcelo, no sólo la vida, sino una recompensa si lo confesaba todo.

El desdichado le contó una parte de nuestros proyectos, aquélla de que no nos habíamos recatado para hablar delante de él, puesto que en ella había de intervenir forzosamente. Cierto que ignoraba los cambios que habíamos introducido en París, pero le habíamos informado al salir de Chaillot del proyecto y del papel que en él debía representar. Contó que nuestra intención era engañar a su hijo; que Manon iba a recibir o había recibido ya diez mil francos, que según nuestros planes no debían volver nunca ya a manos de los herederos de la casa G... M...

Después de hacer aquel descubrimiento el viejo subió presto a nuestro cuarto. Entró en el gabinete donde le fué fácil encontrar la suma y las alhajas. Volvió a nosotros, el rostro arrebatado de ira, y enseñándonos lo que dió en llamar nuestra rapiña nos abrumó a injurias. Mostró a Manon el collar de perlas y los braceletes. «¿Los reconocéis?--díjole con sonrisa burlona--No es la primera vez que los tenéis en vuestro poder. ¡Los mismos, a fe mía! ¡Se ve que eran de vuestro agrado, buena moza!... Ya no me cabe duda.--¡Pobres criaturas--añadió--; son encantadoras a decir verdad las dos! ¡Lástima que sean un poco canallas!».

Mi corazón ardía de rabia ante aquel afrentoso discurso. Hubiese dado por ser libre... ¡Justo cielo!, ¿qué no hubiese yo dado por ser libre un momento? En fin, violentéme para decirle con una parsimonia que no era sino refinamiento de furor: «Acabemos, señor, con sus injuriosas burlas. ¿De qué se trata? ¿Qué pretende hacer de nosotros?--Se trata, señor caballero--díjome calmosamente--, de ir al _Chatelet_. Mañana será de día y veremos más claro en el asunto, y espero que entonces me dirá por fin dónde está mi hijo».

Comprendí, sin necesidad de grandes reflexiones, que era cosa de terribles consecuencias para nosotros vernos encerrados en el _Chatelet_. Preví, con un escalofrío, todas las derivaciones. Pese a mi orgullo dime cuenta de que había que inclinarse al peso de la adversa fortuna y tratar de obtener algo por el halago de mi más cruel enemigo. Roguéle con acento de sinceridad leal que me prestase un momento de atención. «Me hago justicia a mí mismo--le dije--. Confieso que los pocos años me han hecho cometer grandes faltas y que habéis sido lo suficientemente perjudicado por ellas para tener el derecho de quejaros; pero conocéis también la fuerza del amor y debéis saber lo que padece un infortunado a quien arrebatan lo que más ama; debéis comprender y perdonar que haya buscado una pequeña venganza o por lo menos creerme bastante castigado con la afrenta que acabo de sufrir. No hace falta ni prisión ni suplicios para hacerme confesar dónde se halla vuestro hijo. Está en lugar seguro. Mi intención no fué ni deshacerme de él ni ofenderos. Estoy pronto a deciros el lugar donde pasa la noche si nos concedéis en cambio la libertad».

El viejo tigre, en vez de sentirse ablandado por mi ruego, volvióme la espalda riéndose de mí. Dejó escapar tan sólo algunas palabras para mostrarme que conocía nuestros propósitos hasta en su origen. Por lo que a su hijo se refería dijo que se bastaba para encontrarle puesto que no le había asesinado. «Conducidles al pequeño _Chatelet_--ordenó a los arqueros--, y cuidad que no se escapen, pues el caballero es un lince y se ha escapado ya de San Lázaro».

Salió dejándome en el estado que podéis suponer. «¡Oh, cielos!--clamaba con desesperación--¡Acepto gustoso todos los castigos que queráis enviar sobre mí, pero que un malvado pueda hacerme víctima de tales tiranías es lo que más me desespera!». Los arqueros nos rogaron que no les hiciésemos esperar más. Tenían una carroza a la puerta. Ofrecí mi mano a Manon para bajar. «Ven, reina amada--díjele--, ven a aceptar el rigor injusto de la suerte. Tal vez quiera el cielo que algún día seamos más felices».

Partimos en la misma carroza. Arrojóse en mis brazos. No le había oído ni una sola palabra desde la llegada de G... M..., pero al hallarse sola conmigo díjome mil ternezas acusándose de ser la causa de mi desgracia. Aseguré que jamás me quejaría de mi suerte mientras ella no cesase de amarme. «No soy yo a quien debes de compadecer--continué--. Algunos meses de encierro no me espantan y desde luego prefiero el _Chatelet_ a San Lázaro. Pero, es por ti, alma mía, por quien tiembla mi corazón. ¡Qué destino para criatura tan bella! ¡Cielos! ¿Cómo tratáis así a la más acabada de vuestras obras? ¿Por qué no nacimos con cualidades acordes a nuestra miseria? Hemos recibido ingenio, gusto, sentimiento... ¡Qué triste el uso que de ellos hacemos mientras tantas almas bajas y dignas de esa suerte gozan de los dones y favores de la fortuna!».

Tales reflexiones dejáronme transido de dolor. Pero nada significaban si había de compararlas con las que miraban a lo porvenir, pues si he de decir verdad estremecíame de miedo por Manon. Había estado ya en el _hospital_, y aunque hubiese salido, no ignoraba yo lo peligrosas, por sus consecuencias, que eran ciertas recaídas en aquel lugar. Hubiese querido participarle mis temores pero temí alarmarle con exceso. Temblaba por ella sin osar comunicarle mis zozobras y abrazábale con tiernos suspiros para por lo menos asegurarle de mi amor, que era el único sentimiento que osaba expresarle. «Manon--díjele--, háblame con franqueza; ¿me amáis siempre?». Contestóme que le mortificaba el que pudiese dudarlo. «Pues bien, ya no dudo y afrontaré a todos nuestros enemigos con esa fe. Emplearé todo mi esfuerzo en salir del _Chatelet_ y mi sangre no servirá de nada si no empleo hasta la última gota en sacaros de allí en cuanto yo me vea libre».

Llegamos a la prisión. Nos pusieron en lugar aparte a cada uno. Aquel golpe me fué menos cruel por haberlo previsto de antemano. Me recomendó Manon al portero haciéndole saber que yo era persona distinguida y ofreciéndole una recompensa. Abracé a mi amada antes de separarme de ella. La conjuré a no afligirse con exceso y a no temer nada mientras estuviese yo en el mundo. No careciendo yo de dinero díle algo a ella y pagué al portero un mes de pensión adelantado para ambos.

Mi dinero dió resultados óptimos. Pusiéronme en un cuarto limpio y bien arreglado y me aseguraron que Manon tenía uno igual.

Ocupéme en seguida de los medios de apresurar mi libertad. No había nada de realmente criminal en nuestra aventura, y aun suponiendo que el intento de robo se probase, gracias a la declaración de Marcelo, no ignoraba yo que las intenciones no podían castigarse. Decidí escribir en seguida a mi padre para rogarle viniese a París en persona. Causábame menos vergüenza, como ya he dicho, estar en el _Chatelet_ que en San Lázaro. Esto sin contar que, aunque conservaba todo mi respeto por la autoridad paterna, la edad y la experiencia habían disminuido mucho mi timidez. Escribíle, pues, y en el _Chatelet_ no pusieron inconveniente a la salida de mi carta. Era, sin embargo, una molestia que hubiese podido ahorrarme de saber que mi padre llegaba a París al siguiente día.

Había recibido la carta que le escribiera ocho días antes. Tuvo una gran alegría; pero por mucho que mi conversión halagase su deseo no creyó poder confiar del todo en mis promesas. Tomó así el partido de venir en persona a asegurarse de mi conversión y trazar su línea creada al tenor de la sinceridad de mi arrepentimiento. Llegó al día siguiente de mi prisión.

Su primera visita fué a Tiberio, a quien indicábale yo que debía dirigir la respuesta a mi carta. No pudo saber de él ni mi domicilio ni mi estado presente. Tan sólo supo mis principales aventuras desde que me escapé de San Sulpicio. Tiberio le habló con elogio de las buenas disposiciones que viera en mí en su última visita. Añadió que me creía libre de Manon, pero que así y todo, causábale sorpresa que le tuviese sin noticias desde hacía ocho días. Mi padre no se dejó engañar. Comprendió que había algo que escapaba a la penetración de Tiberio en aquel silencio de que se quejaba, y tanta maña dióse en seguir mi rastro que a los dos días de su llegada supo que me hallaba en el _Chatelet_.

Antes de recibir su visita, que me encontraba muy lejos de creer inminente, recibí la del Jefe Superior de Policía, o, mejor dicho, para llamar las cosas por su nombre, sufrí un interrogatorio. Hízome algunos reproches, pero he de confesar que no se mostró ni severo ni desagradable. Me dijo que me compadecía por mi mala conducta; que había mostrado gran falta de tacto al hacerme enemigo de un señor como G... M...; que había que reconocer que en mi asunto había más imprudencia que malicia, pero que no por eso dejaba de ser la segunda vez que me veía sometido a los fallos de un Tribunal y que hubiese sido de esperar que me volviese más formal después de dos o tres meses de lecciones en San Lázaro.

Contento de tenérmelas que haber con un juez razonable, expliquéme con él de un modo tan sensato y respetuoso que pareció satisfecho en extremo de mis respuestas. Díjome que no debía de entregarme a la desesperación, pues estaba dispuesto a servirme por simpatía a mi nacimiento y a mi juventud. Me tomé la libertad de recomendarle a Manon, y recomendársela loando su dulzura y buen natural. Rióse para decirme que no la había visto aún, pero que le habían hablado de ella como de una persona harto peligrosa. Aquellas palabras exaltaron de tal modo mi ternura por ella que prorrumpí en mil razones inflamadas de pasión en defensa de mi pobre amada, y aun no pude contener mis lágrimas. Ordenó que me llevasen nuevamente a mi habitación. «¡Amor, amor!--murmuró el grave magistrado al verme salir--, ¿no te reconciliarás nunca con la prudencia?».

Hallábame rumiando mis ideas de siempre y meditando sobre la conversación que acababa de tener con el Jefe Superior de Policía cuando sentí abrir la puerta de mi celda: era mi padre. Aunque debía estar preparado para la visita, que esperaba algunos días más tarde, impresionóme de tal modo que me hubiese precipitado en cualquier abismo que se hubiese abierto ante mis pies para rehuir su vista. Abracéle con señales inequívocas de mi turbación. Sentóse, sin que ni él ni yo hubiésemos abierto aún la boca.

Como permaneciese en pie, descubierto y con los ojos bajos, díjome gravemente: «Sentaos, caballero, sentaos. Gracias al ruido escandaloso de vuestros libertinajes y de vuestras indelicadezas, he hallado el lugar en que morábais. Es la triste ventaja de tales méritos el no poder permanecer ocultos. Vais a la celebridad por un camino infalible. Espero que la meta será pronto la _Greve_ y que disfrutaréis de la gloria de veros expuesto a la pública admiración».

No contesté nada. Continuó: «¡Qué desdicha para un padre, después de haber luchado por un hijo y no haber regateado medios para hacer de él un hombre honrado, hallarse con que no es sino canalla que les deshonra! Se consuela uno de una pérdida de fortuna; el tiempo la borra y la pena disminuye. Pero ¿qué remedio contra un mal que aumenta de día en día, como sucede con los desórdenes del hijo vicioso que pierde todo sentimiento de honor. ¿No dices nada, desdichado?--añadió--¡Ved qué aire contrahecho de modestia, qué hipócrita humildad! ¿No se le creería acaso, al verle así, un hombre honrado, digno de su raza?».

Aunque comprendía merecer una parte de sus ultrajes parecíame que los llevaba demasiado lejos. Creíme con derecho a hacerme oir.

«Os aseguro, señor, que la humildad con que me presento ante vos no es fingida; es la actitud natural en un hijo que siente infinito respeto por su padre, mucho más cuando se muestra irritado con él. No pretendo tampoco pasar por el hombre más sensato y ecuánime. Reconozco que merezco vuestros reproches, pero os conjuro a que en ellos pongáis un poco más de bondad y a que no me tratéis como al más perverso de los hombres. No merezco tales epítetos. Es el amor, bien lo sabéis, el causante de todas mis faltas. ¡Fatal pasión! ¿No conocéis su fuerza? ¿Vuestra sangre, que es manantial de la mía, no sintió jamás sus ardores? El amor me hizo con exceso tierno, apasionado, fiel, quizás complaciente con exceso a los deseos de una querida encantadora. He ahí mis crímenes. ¿Veis ahí alguno que os deshonre? Veamos, padre querido--continué con ternura--, un poco de piedad para un hijo, lleno siempre de respeto y de afecto por vos, y que no ha renunciado, como creéis, al honor y al deber, y que es mil veces más de compadecer de lo que podríais pensar». Vertí algunas lágrimas como acompañamiento de tales palabras.

Un corazón paterno es la obra maestra de la Naturaleza; reina en él, por así decirlo, y ella misma maneja todos sus resortes. El mío, que unía a su calidad de padre el ser un hombre de talento y de gusto natural, sintióse tan impresionado del giro que había dado yo a mis disculpas que no fué dueño de ocultarme el cambio habido en su espíritu. «¡Ven, pobre caballero, ven a abrazarme! Me das lástima». Le abracé. Me estrechó contra su pecho de un modo que denunciaba a las claras lo que sucedía en su corazón. «Pero ¿de qué medio nos valdremos--dijo--para sacarte de aquí? Explícame todos tus asuntos, sin disfrazar la verdad».

Como no había nada en realidad, mirando bien al fondo de mi conducta, que pudiese deshonrarme, sobre todo si se le comparaba con otros jóvenes de mi clase y de mi tiempo, y que, en el siglo en que corremos, no son miradas como vergüenzas, ni una querida guapa, ni el arte para forzar la mano a la fortuna en el juego, hice a mi padre una confesión sincera de la vida que había llevado. A cada falta que confesaba, tenía buen cuidado de añadir ejemplos célebres que disminuyesen su fealdad.

«Cierto que vivía con una querida, sin hallarme ligado a ellos por vínculos matrimoniales, pero el duque de... sostiene dos a la vista de todo París; y el señor de... tiene, hace diez años una, a la que guarda una fidelidad que no ha guardado nunca a su esposa legítima. Las dos terceras partes de las gentes honradas en Francia, consideran como una honra tener una. Cierto también, que usé de algunas supercherías en el juego, pero el marqués de... y el conde de... no tienen otras rentas; el príncipe de... y el duque de... capitanean una pandilla de caballeros de la misma orden». Por lo que se refiere a nuestros designios, respecto de la bolsa de G... M... hubiese podido probar con igual facilidad que no me faltaban precedentes, pero me quedaba aún demasiado sentimiento del honor, para no condenarme a mí mismo en compañía de cuantos en tal sentido pudiera proponerme por ejemplo, de modo que rogué a mi padre me perdonase aquella debilidad en gracia a las dos grandes pasiones que me la inspirase; la venganza y el amor.

Interrogóme sobre si conocía algún medio de apresurar mi libertad y de forma que evitase el escándalo. Participéle los sentimientos favorables a mí, mostrados por el jefe superior de Policía. «Si alguna dificultad hay--expúsele--vendrá de G... M..., así que creo no estaría de más le viéseis». Me lo prometió así.

No me atreví a suplicarle intercediese por Manon. No fué falta de audacia, sino más bien efecto del miedo que me hacía temer irritarle y de resultas sugerirle algún plan funesto para ella y para mí. Aún está por saber para mí si ese temor no ha sido la causa de los mayores infortunios, impidiéndome explorar las disposiciones de mi padre e intentar sugerirle ideas de simpatía y compasión por mi infortunada querida. Tal vez hubiese excitado su piedad; tal vez le hubiese puesto en guardia contra las impresiones desfavorables que iba a recibir del viejo G... M... ¿Qué sé yo? Mi fatal destino hubiese sido quizás más fuerte que todos mis esfuerzos, pero a lo menos no hubiese tenido sino a ella y la crueldad de mis enemigos a quienes acusar de mis desgracias.

Después de dejarme mi padre, fuése a hacer una visita a G... M... Encontróle con su hijo, a quien el guardia de corps había honradamente devuelto su libertad. Jamás he sabido detalles de su conversación, pero no me ha sido difícil adivinarlos al juzgar sus mortales efectos. Fueron juntos, quiero decir, claro es, los dos padres, a casa del jefe superior de Policía, del que solicitaron dos favores; uno hacerme salir en seguida del _Chatelet_, el otro encerrar a Manon por todo el resto de sus días o enviarla a América. Empezábase por aquel entonces a embarcar multitud de gentes sin ley ni fuero para el Mississipi. El jefe de Policía dióles palabra de hacer partir a Manon en el primer barco.

El señor G... M... y mi padre vinieron juntos a traerme la buena nueva de mi libertad. G... M... hízome un cumplido sobre el pasado y habiéndome felicitado por la dicha de tener tal padre, exhortóme a seguir en lo futuro su ejemplo. Mi padre ordenóme le presentase mis excusas por la pretendida falta cometida con su familia y darle además las gracias por haber interpuesto sus buenos oficios para devolverme la libertad.

Salimos juntos sin haber pronunciado ni una palabra que se refiriese a mi querida. Ni aun osé hablar de ella a los carceleros en su presencia. ¡Inútiles hubiesen sido por otra parte mis recomendaciones! La orden cruel había llegado al mismo tiempo que la de mi libertad. Aquella desdichada fué llevada una hora más tarde al _hospital_, para incorporarse a otras infortunadas criaturas condenadas a compartir su suerte.

Habiéndome mi padre obligado a acompañarle a la casa donde moraba, eran casi las seis cuando conseguí, escabuyéndome a sus miradas, volver al _Chatelet_. Pensaba enviar algunos refrescos a Manon y recomendársela al portero, pues no creía me permitiesen verla. Tampoco había tenido aún tiempo de pensar en los medios de libertarla.

Pregunté por el conserje. Había quedado satisfecho de mi generosidad y cortesía, así es que mostró gusto en servirme. Hablóme de la suerte de Manon como de una desgracia que lamentaba por que sabía me causaría pena. No comprendí aquel lenguaje. Hablamos pues algunos momentos sin entendernos. Al fin, notando que necesitaba una explicación, me la dió tal y como ya tuve el honor de deciros y aún siento horror a repetir.

Jamás apoplejía causó efecto más rápido y terrible. Caí con palpitaciones de corazón tan dolorosas, que perdí el conocimiento y pude creerme libertado de la carga de la vida para siempre. Aún quedábame algo de aquella impresión cuando recobré el conocimiento. Volví los ojos a todas partes y aun me palpé para convencerme de si me quedaba algo de la desdichada condición de ser viviente. Verdad es que, de seguir tan sólo el natural instinto que nos hace desear libertarnos de nuestras penas, nada podía parecerme más dulce que la muerte en aquella hora de angustia y consternación. La misma religión no podía amenazarme después del tránsito con nada más atroz que las crueles convulsiones que me atormentaban. La muerte, sin embargo, sólo a mí hubiese sido útil; Manon necesitaba de mi esfuerzo todo y juré emplearlo en su servicio sin vacilaciones.

El portero prestóme toda la asistencia que hubiese podido esperar del mejor de mis amigos. Recibí sus servicios con vivísima gratitud. «¡Dios mío, os veo compadecido de mis penas! Todo el mundo me abandona. Mi mismo padre cuéntase entre mis perseguidores más crueles. Nadie tiene piedad de mí. Vos sólo, en la mansión de la crueldad y la barbarie, tenéis lástima del más miserable de los hombres».

Aconsejóme no salir a la calle hasta haberme repuesto un tanto del estado de turbación en que me hallaba. «¡Dejad, dejad!--respondíle saliendo sin hacer caso--Os volveré a ver antes de lo que creéis. Preparadme el más lúgubre de vuestros calabozos. Voy a hacer méritos para ser dueño de él».

Efectivamente, mis primeras resoluciones llegaban nada menos que a deshacerme de los dos G... M... y del jefe superior de Policía y caer acto seguido a mano armada sobre el _hospital_ con cuantos pudiese interesar en mi pleito. Mi mismo padre, con serlo, apenas si escapaba de la venganza que conceptuaba justa, pues el portero no me había ocultado que él y G... M... habían sido los autores de mi infortunio.

Pero cuando hube dado unos pasos por la calle y el aire fresco calmado un poco mis nervios y mi irritación, mi furor dejó sitio poco a poco a sentimientos más razonables. La muerte de nuestros enemigos no hubiese servido de nada a Manon y en cambio me hubiese quitado toda manera de ayudarle. Ensamblé todas mis fuerzas y todos mis pensamientos para trabajar por la liberación de Manon, dejando el resto para después del éxito de aquella empresa.

Quedábame poco dinero y aquello era una de las bases por donde había que empezar. No veía sino tres personas de quienes pudiese esperarlo; M. de T..., mi padre o Tiberio. Había pocas probabilidades de obtener algo de los dos últimos y avergonzábame de cansar al otro con mis abusos. Pero no es ciertamente en las horas de desesperación cuando se guardan las consideraciones. Fuíme inmediatamente al seminario de San Sulpicio sin preocuparme de si sería reconocido o no. Hice llamar a Tiberio. Sus primeras palabras diéronme a entender que ignoraba aún mis últimas aventuras. Aquello me hizo cambiar en mi plan, que era emocionarle, compadecerle con mi infortunio. Habléle de la alegría que había tenido al ver a mi padre y roguéle me prestase algún dinero para pagar mis deudas antes de abandonar París. Ofrecióme su bolsa para coger lo que quisiese. Cogí quinientos francos de seiscientos que había en ella y le ofrecí un recibo. Pero era demasiado delicado para aceptarlo.

Volví a casa de M. de T... Con él no guardé reserva de nada. Hícele la exposición de mis desgracias y de mis penas. Sabía ya hasta los menores detalles por la precaución que tuvo de seguir la aventura del joven G... M... hasta su fin. Escuchóme, sin embargo, y pareció compadecerme mucho. Cuando le pedí consejo sobre el modo de salvar a Manon díjome que veía tan poca luz de esperanza en ello que de no hacer el cielo un milagro había que renunciar a toda ilusión; que había ido por el _hospital_ intencionadamente después de encerrada ella allí y que ni aun él pudo obtener permiso para verla; que las órdenes del Jefe Superior de Policía eran muy rigurosas, y que para colmo de desdicha la banda de infelices con quienes estaba condenada a partir debían de hacerlo el siguiente día.