Part 12
Tan consternado me hallaba con sus palabras que hubiese podido estar hablando durante una hora sin que se me hubiese ocurrido interrumpirle. Me dijo que no había ido a verme al _Chatelet_ para conservar más libertad de movimientos no mostrando amistad por mí; que en las horas que llevaba en libertad había tenido la pena de ignorar dónde me hallaba y que había deseado ardientemente verme para darme el único consejo de que creía podía venir algún bien para Manon, pero que se trataba de un consejo peligroso en el cual me rogaba ocultase siempre que él había tenido parte, y era elegir algunos valientes que tuviesen bastante audacia para atacar a los guardas encargados de escoltar a Manon en cuanto hubiesen salido de París con ella. No esperó que le hablase de mi indigencia. «Ahí tenéis cien _pistolas_--díjome ofreciéndome una bolsa--que pueden seros de alguna utilidad. Me las devolveréis cuando vuestros asuntos estén en orden». Añadió que si el cuidado de su reputación se lo hubiese permitido él mismo me hubiese ofrecido la ayuda de su brazo y de su espada.
Aquella generosidad me emocionó hasta el llanto. Empleé en testimoniarle mi gratitud toda la vivacidad que mi aflicción me dejaba aún. Pregunté si no se podía esperar nada por el camino de las súplicas del Jefe Superior de Policía. Díjome que ya había pensado en ello pero que le parecía inútil, pues una gracia de aquella naturaleza no podía pedirse sin una razón y que no veía qué razón podía aducirse para interesar a tan alto y severo personaje, y que si algo podía esperarse en tal sentido era interesando a G... M... y a mi padre en nuestro favor y haciendo que ellos mismos implorasen del Jefe Superior de Policía la revocación de su sentencia. Ofrecióme hacer todos los esfuerzos imaginables para ganar a nuestra causa al joven G... M..., aunque creía hallarle un poco frío con él, tal vez por algunas sospechas concebidas a su cuenta en nuestro asunto. Aconsejóme no omitir por mi parte esfuerzo para tratar de ganar la voluntad paterna.
No era ni mucho menos empresa fácil para mí y no sólo por la dificultad natural de realizarla, sino por otra razón que me hacía temer mostrarme ante él. Habíame escapado de nuestro alojamiento, faltando a sus órdenes, decidido a no volver más desde que supe el triste destino de Manon. Temía no me detuviese contra mi voluntad y aun no me obligase a seguirle a provincias. Mi hermano mayor había empleado en otros tiempos aquel método. Sin embargo, encontré un medio de verme con él sin peligro: citarlo en un sitio público y hacerme anunciar a él con un nombre supuesto. Tomé aquel partido; T... fuése a ver a G... M... y yo por mi parte al Luxemburgo, desde donde envié a avisar a mi padre que un caballero que era su servidor le aguardaba. Temí tuviese algún reparo en venir, pues la noche se aproximaba, pero poco después vile llegar seguido de un lacayo. Roguéle tomásemos por un paseo solitario en que pudiésemos hablar a solas. Dimos lo menos cien pasos sin despegar los labios. Supongo comprendería que tantos preparativos no se habían hecho sin un motivo de importancia. Esperaba, pues, mi discurso: yo meditaba.
Por fin hablé. «Señor--díjele temblando--, sois un buen padre. Me habéis colmado de bienes y me habéis perdonado un número infinito de faltas. El cielo me es testigo de que tengo por vos los sentimientos filiales más tiernos y respetuosos. Pero me parece que vuestra severidad...--¡Mi severidad!...--contestó mi padre, que debía de hallar que hablaba yo con excesiva calma para la medida de su impaciencia--. ¡Ah, señor!--repliqué--, paréceme si que vuestra severidad es excesiva en el trato que habéis infligido a la desdichada Manon. Habéis escuchado a G... M... Su odio os la ha representado con los más negros colores. Os habéis hecho de ella una idea odiosa. Sin embargo, es la más dulce y amable criatura que se vió jamás. ¡Pluguiera al cielo que hubieseis deseado verla un momento! Estoy seguro que os habría parecido tan encantadora como a mí. Hubieseis tomado su defensa; hubieseis detestado las negras astucias de G... M...; hubieseis tenido compasión de nosotros. Estoy cierto de que vuestro corazón no es insensible y os hubieseis dejado enternecer».
Interrumpióme al ver que el fuego con que hablaba no me permitía acabar. Quiso saber a dónde iba a parar con mi inflamado discurso. «¡A imploraros la gracia de mi vida, que no podré conservar ni un día más si Manon parte para América!--No, no--díjome con tono severo--. Prefiero verte muerto que sin honra y sin decoro.--¡No sigáis adelante!--dije, cogiéndole por el brazo--¡Arrancadme esta vida odiosa e insoportable, pues en el estado de desesperación en que me arrojáis la muerte será un favor para mí! ¡Es regalo digno de la mano de un padre!--No te daría sino lo que mereces--replicó--. Conozco a muchos padres que no hubiesen esperado tanto tiempo para ser tus verdugos, pues mi bondad excesiva es lo que te ha perdido».
Arrojéme a sus plantas: «¡Ah, si aún os queda un poco de amor por mí--clamé, abrazándome a sus rodillas--no os mostréis duro e implacable ante mis lágrimas. Pensad que soy vuestro hijo... Acordaos de mi madre, a quien amabais tiernamente. ¿Hubieseis sufrido que la arrancasen de vuestros brazos? No, la hubieseis defendido hasta la muerte. ¿Es que los demás no tenemos también corazón? ¿Puede serse implacable después de haber gozado una vez de las dulzuras del amor?--¡No me hables más de tu madre!--replicóme con irritado acento--. Su recuerdo no sirve sino para atizar mi indignación. Tus desórdenes la matarían de pena si hubiese vivido bastante para verlos. Acabemos ya esta entrevista que me importuna y no me hará cambiar de resolución. Me vuelvo a casa y te ordeno que me sigas».
El tono duro y seco con que me intimó aquella orden me hizo comprender que su corazón era inflexible. Alejéme algunos pasos con el temor que se le ocurriese la idea de detenerme por su propia mano. «No aumentéis mi desesperación--díjele--forzándome a desobedeceros. Es imposible que vaya con vos. No lo es menos que viva después de la dureza con que me habéis tratado. Os doy mi eterno adiós. Mi muerte, de la que tendréis pronto noticia, hará tal vez más paternales vuestros sentimientos para conmigo». Como volviese la espalda para abandonarle, gritó colérico: «¿Te niegas a venir conmigo? Ve, corre a tu perdición. ¡Adiós, hijo ingrato y rebelde!--¡Adiós!--díjele con ciego arrebato--¡Adiós, padre cruel y desnaturalizado!».
Salí en seguida del Luxemburgo. Anduve por las calles como un loco hasta dar en casa del señor T... Alzaba, mientras iba caminando, las manos al cielo para invocar todas las potencias celestiales. «¡Oh, cielos!--repetía--, ¿seréis siempre implacable para los míseros mortales? ¡Sólo de vos puedo esperar ayuda!».
T... no había vuelto aún a su casa, pero regresó después de estarle esperando unos momentos. Su gestión no había dado mejor resultado que la mía, y así me lo dijo con abatido rostro. El joven G... M..., aunque menos irritado que su padre contra mí y contra Manon, no había querido tomar sobre sí el impetrar piedad para ella. Habíase excusado, alegando el temor que a él mismo inspiraba aquel viejo vengativo que habíase enfurecido ya una vez, reprochándole sus proyectos amorosos por lo que a Manon atañía.
No me quedaba, pues, más camino que el de la violencia, tal y como T... me había trazado el plan; a él reduje todas mis esperanzas. «Son bien endebles--díjele--; pero la más dulce y grata para mí es la de perecer en la empresa». Dejéle, rogándole me auxiliase con sus votos, y ya no pensé sino en asociarme unos camaradas a quienes contagiar mi valor y resolución.
Al primero que se me ocurrió recurrir fué al guardia de corps que me había servido ya para detener a G... M... También proyectaba ir a pasar la noche a su casa, no habiendo tenido ánimos para procurarme alojamiento. Le hallé solo. Mostró gran alegría al verme, pues me creía en el _Chatelet_. Ofrecióme sus servicios; le expliqué los que podía prestarme. Tenía bastante buen sentido para apreciar todas las dificultades, pero también bastante generosidad para correr los riesgos.
Pasamos una parte de la noche en madurar mi proyecto. Hablóme de los tres soldados de la guardia de que se valiera en la última ocasión como de tres valientes. T... habíame informado con exactitud del número de los arqueros que debían guardar a Manon en el camino; no eran más que seis. Cinco hombres valientes y resueltos serían bastante para sembrar el pánico entre aquellos miserables, incapaces de defenderse decorosamente si pueden librarse de los riesgos del combate con una cobardía.
Como no carecía de dinero, el guardia de corps aconsejóme no escatimar nada para asegurar el éxito de nuestro ataque. «Necesitamos--dijo--caballos, pistolas y un mosquete cada uno. Yo me encargo de hacer mañana los preparativos. Hacen falta también tres trajes de paisano para los soldados, que, claro es, no osarán mostrarse en una aventura así con los uniformes del regimiento». Puse en sus manos las cien _pistolas_ que me diera T... y que fueron gastadas al siguiente día hasta el último céntimo. Los tres soldados desfilaron ante mí; les animé con promesas y para ilusionarles más di a cada uno diez _pistolas_.
Llegado el día en que la empresa había de tener lugar envié uno al _hospital_ desde por la mañana temprano, para cerciorarse por sus propios ojos de la partida de los arqueros con su presa.
Aunque no había tomado tal precaución sino por un exceso de inquietud y previsión, resultó que era absolutamente precisa. Había confiado en algunas indicaciones erróneas que me habían dado sobre el camino que debían seguir y creía que era en la Rochelle donde la lamentable caravana iba a embarcar. Hubiese malgastado mis esfuerzos de esperar en el camino de Orleans. Fuí informado por el soldado de guardia que era de Havre-de-Grâce de donde partiría el barco para América.
Corrimos a la Puerta de San Honorato, cuidando de ir por distintos caminos. Nos reunimos en los límites del barrio. No tardamos en ver venir los seis guardias y los dos míseros coches que tropezasteis en Passy hace dos años. Aquel espectáculo estuvo a punto de quitarme las fuerzas y hasta el conocimiento. «¡Oh, fortuna!--gemí--¡Cruel fortuna! ¡Dame la muerte o la victoria!».
Nos consultamos un momento sobre la manera de llevar a cabo el ataque; los arqueros no iban arriba de cuatrocientos pasos delante de nosotros y podíamos cortarles el paso con sólo cruzar un pequeño campo al que bordeaba el camino real. Los guardias de corps fueron de opinión de hacerlo así, para caer de improviso sobre ellos, sembrando el pánico en sus filas. Aprobé su idea y fuí el primero en picar espuelas al caballo. Pero la fortuna mostróse sorda a mis ruegos.
Los arqueros, viendo a cinco caballeros galopar hacia ellos, no dudaron fuése con intención de atacarles. Pusiéronse a la defensiva, preparando sus bayonetas y sus fusiles con aire de resolución.
Aquello que no tuvo otra consecuencia que exasperar nuestra furia en el guardia de corps y en mí, robó de golpe y porrazo el valor de nuestros pusilánimes compañeros. Paráronse como de común acuerdo y habiendo cambiado algunas palabras entre sí, volvieron grupas y a todo galopar de sus caballos dirigiéronse hacia París.
«¡Dios mío! ¿qué hacer ahora?--díjome el guardia de corps que parecía tan anonadado como yo ante aquella infame deserción--No somos sino dos». Habíame quedado mudo de furor y de asombro. Detúveme dudando si mi primera venganza no debía de emplearla en la persecución y castigo de los cobardes que así me abandonaban. Mirábales huir y volvía al mismo tiempo mis ojos a los arqueros. Si me hubiese sido posible partirme en dos, hubiese caído a la vez sobre los dos objetos de mi odio.
El guardia de corps, que dióse cuenta de mi incertidumbre por mis miradas de espanto, rogóme prestase oídos a sus consejos. «No siendo sino dos, sería locura atacar a seis hombres que están tan bien armados como nosotros y que parecen esperarnos a pie firme. Hay que volver a París y escoger mejor a nuestros hombres y mañana alcanzarlos. Los arqueros no podrán hacer grandes jornadas con esos pesados carromatos y no nos costará gran trabajo».
Medité un momento sobre aquel partido pero, no viendo por todas partes sino motivos de desesperación, tomé una resolución verdaderamente extrema, y fué, después de dar las gracias a mi compañero por sus servicios, despedirme de él, y luego, en vez de atacar a los arqueros, acercarme sumiso a ellos y rogarles me permitiesen incorporarme a su caravana para acompañar a Manon hasta Havre-de-Grâce y pasar luego con ella al otro lado del mar. «Todo el mundo me persigue o me traiciona--díjele al guardia de corps--, nada puedo esperar de nadie, no aguardo nada de la fortuna, ni menos auxilio de los hombres. Mis males han llegado a la meta, no me queda sino someterme. Así, que cierro los ojos a la esperanza. Pluga al cielo recompensar vuestra generosidad. Adiós. Voy a ayudar a mi mala suerte a consumar mi ruina corriendo a ella voluntariamente». Inútilmente hizo esfuerzos para convencerme que debía de volver a París. Roguéle que me dejase a merced de mi destino y que se fuése él, pues temía que los arqueros siguiesen creyendo en una intención de ataque por nuestra parte.
Fuí hacia ellos con paso lento y tal consternación en el semblante, que no pudieron creer en una intención de ataque. Sin embargo, permanecían a la defensiva. «Tranquilizaos señores--díjeles abordándoles--, no os traigo la guerra; vengo tan sólo a pediros gracia». Roguéles siguiesen su camino sin desconfianza y expliquéles, mientras caminábamos, el favor que esperaba de ellos.
Consultáronse sobre cómo debían recibir aquella confesión. El jefe del destacamento tomó la palabra en nombre de los demás. Respondióme que las ordenes que tenía para vigilar a sus cautivas eran de rigor extremo; que, sin embargo, parecíales tan simpático y buena persona, que él y sus compañeros faltarían un algo a su deber, pero que, como comprendería aquel sacrificio había de costarme algo. Quedábanme quince _pistolas_ y no tuve inconveniente en decirles lo que constituía mi capital. «Pues bien, seremos generosos; no os costará sino un _escudo_ por hora hablar con la mujer que queráis; es el precio corriente en París».
No les había hablado de Manon, en particular, porque no entraba en mis planes que conociesen mi pasión. Imagináronse primero que no era sino una fantasía muchachil la que me hacía buscar una distracción con aquellas criaturas. Pero, cuando creyeron notar que estaba enamorado, aumentaron de tal modo el tributo, que al salir de Nantes, donde dormimos el día que llegamos a París, mi bolsa estaba exhausta.
¡Para qué deciros cuál fué el triste motivo de mi conversación con Manon durante el camino, ni la impresión que su vista causó sobre mí cuando hube obtenido de los guardias la libertad de acercarme al carricoche! ¡Ah! las palabras no son capaces, sino de dar a medias idea de lo que sucedía en nuestro corazón. Pero imaginaos a mi infortunada amiga sujeta por una cadena que le rodeaba la cintura, sentada sobre un haz de paja, la cabeza apoyada en la pared del vehículo y el rostro pálido y humedecido por las lágrimas que brotaban de sus ojos a pesar de tener los párpados cerrados. Ni aun había tenido la curiosidad de abrirlos al oir el ruido que hacían sus guardianes ante el temor de ser atacados. Su ropa estaba sucia y en desorden, sus manos delicadas expuestas a las crueles caricias del frío, aquel rostro capaz de convertir al universo a la idolatría, parecía devastado y presa de un abatimiento sin límites.
Ocupaba todo mi tiempo en observarla mientras caminaba a caballo al lado del carricoche. Tan poco en mis cabales me hallaba, que estuve a punto de caer varias veces. Mis suspiros y mis constantes exclamaciones me valieron algunas miradas de ella. Entonces me reconoció y pude observar que su primer impulso había sido arrojarse del coche para venir a mí, pero retenida por la cadena, volvió a caer en la primitiva actitud.
Rogué a los arqueros que por compasión se detuviesen un momento; cedieron por avaricia. Dejé mi caballo para sentarme a su lado. Estaba tan debilitada y vencida que permaneció largo rato sin poder hablar ni mover las manos. Durante aquel tiempo humedecílas con mis lágrimas, e incapaz de hablar yo mismo, permanecimos así, largo rato, en la más triste situación que es dado imaginar. No menos triste fueron nuestras razones cuando hubimos recobrado el uso de la palabra. Manon habló poco; diríase que el dolor y la vergüenza habían alterado los resortes de su voz, que era débil y temblorosa. Dióme las gracias por no haberle olvidado y también por la alegría que la proporcionaba--díjome suspirando--, verme una vez aún para poder darme un postrer adiós. Pero cuando le aseguré que no había en el mundo fuerzas capaces de separarme de ella y que estaba dispuesto a seguirla al fin del universo para cuidarla y servirla, para amarla y para ligar mi destino a su miseria, la pobre criatura entregóse a tan intensas y dolorosas emociones que llegué a temer por su vida ante el fuerte sacudimiento experimentado. Todos los movimientos que agitaban su alma parecían reflejarse en sus ojos. Teníalos clavados en mí. A veces abría la boca sin tener fuerzas para concluir de pronunciar las palabras que iba a decir. Algunas se le escapaban, sin embargo. Eran de admiración por mi amor, de protesta contra su exceso, de duda ante la posibilidad de haberme inspirado una pasión tan perfecta y de súplica para que renunciase al proyecto de seguirle, y buscar lejos de ella una felicidad digna de mí que, decía, no podía darme.
Pese a la crueldad de mi suerte, hallaba mi dicha en sus miradas y en la seguridad de mi amor. Había perdido, es verdad, todo lo que el resto de los hombres estiman, pero tenía el corazón de Manon, que era lo que yo más estimaba. Vivir en Europa o en América... ¿qué me importaba, si era feliz y si vivía con ella? ¿No es acaso el universo entero patria común para dos seres que se aman? ¿No encuentran el uno en el otro padre, madre, amante, amigos, riquezas y felicidad?
Si algo me inquietaba era la idea de ver a Manon expuesta a las privaciones de la indigencia. Figurábame ya en su compañía en un país inculto y poblado por salvajes. «Seguro estoy--decíame a mí mismo--que no los habrá tan salvajes y crueles como mi padre. A lo menos nos dejarán en paz. Si las descripciones que de ellos se hacen son exactas, viven según las leyes de la Naturaleza, no conocen ni las fatales leyes de la avaricia que dominan a G... M..., ni las fantásticas preocupaciones del honor que hacen de mi padre un enemigo. No molestarán, pues, a dos amantes a quienes verán vivir con igual sencillez que ellos». Por aquel lado estaba tranquilo.
Pero no me hacía ilusiones por lo que a la parte material de la vida se refería. Había experimentado con harta frecuencia que existen necesidades imprescindibles para una criatura delicada como Manon, acostumbrada a una vida cómoda y regalada. Estaba desesperado de haber malgastado inútilmente mi dinero y de que el poco que aun me quedaba amenazase acabárseme por la bribonería de los arcabuceros. Pensaba que con una modesta suma hubiera podido, no sólo defenderme contra la miseria una temporada en América, donde el dinero escasea, sino emprender alguna empresa duradera.
Aquel pensamiento engendró el de escribir a Tiberio, a quien siempre encontré propicio a prestarme la noble ayuda de su amistad. Escribíle desde la primera villa por donde pasamos. No le daba otra razón sino el gran apuro en que me veía en Havre-de-Grâce, donde le confesaba había ido acompañando a Manon. Le pedía cien _pistolas_. «Hacedlas llegar a mi mano--decíale--por el jefe de las postas. Ya veis que es la última vez que os importuno; pero viéndome forzado a abandonar a mi infortunada amante no puedo dejarla ir al destierro sin alguna ayuda que mitigue su situación».
Los arcabuceros hiciéronse tan intratables, cuando pudieron juzgar de la violencia de mi pasión, y agobiáronme con tales exigencias, que pronto me vi reducido a la última miseria. El amor, de otra parte, no me permitía administrar mi bolsa. Pasaba todo el tiempo junto a Manon, y no era ya por horas sino por días enteros como había que medirme el tiempo. En fin, agotado mi tesoro, me vi a la merced de aquellos seis miserables que me trataban con insoportable grosería. Testigo fuisteis en Passy. Vuestro encuentro fué un feliz respiro que me acordó la Fortuna. Vuestra piedad ante mi infortunio, la sola recomendación para vuestro corazón generoso. Vuestro donativo me permitió llegar al Havre, pues los arqueros guardaron más fe a su promesa de la que les creía capaces.
Llegamos. Fuí al correo. Tiberio no había tenido aún tiempo de contestarme. Me informé con exactitud del día en que podría recibir su carta. Resultó que no podía llegar sino dos días después, y por una burla cruel de mi destino, que el barco en que nos íbamos salía por la mañana el mismo día en que debía de llegar el dinero. No puedo pintaros mi desesperación. «¡Cómo--clamé lleno de angustia--aun en la desgracia misma he de distinguirme por el exceso de mi mal!». Manon me contestó: «¡Bah! ¿Merece vida tan miserable nuestros trabajos por conservarla? Muramos en el Havre, mi amado caballero: ¡Que la muerte acabe de un golpe con nuestras miserias! ¿Debemos ir a buscarla a una tierra ignorada, donde deben esperarnos dolores sin cuento, puesto que de ella han querido hacer un castigo para mí? ¡Muramos!--repitió--. O por mejor decir, ve a buscar la dicha en los brazos de otra amada menos infortunada que yo.--No, no--respondíle--, es para mí una dicha ser desdichado con vos».
Sus palabras hiciéronme temblar. Juzgué que estaba abrumada por sus penas. Esforcéme en tomar un aire tranquilo para quitarle aquellas funestas ideas de muerte y desesperación. Resolví comportarme así en lo futuro y tuve ocasión de aprender que no hay nada capaz de inspirar confianza a una mujer como la intrepidez del hombre a quien ama.
Cuando hube perdido la esperanza de recibir ningún socorro de Tiberio, vendí mi caballo. El dinero que obtuve, junto con el que aun me quedaba de vuestra liberalidad, formaba la modesta suma de diecisiete _pistolas_. Gasté siete en comprar algunas cosas precisas a Manon y guardé las otras diez avaramente, como base de nuestra futura fortuna en América. No me costó gran trabajo hacerme recibir en el barco. Buscábase entonces gente joven dispuesta a unirse a la colonia. El pasaje y la comida me fueron concedidos de un modo gratuito. Como el correo de París debía marchar al siguiente día, dejé una carta para Tiberio. Era sincera y capaz de enternecerle, puesto que le hizo tomar una resolución que sólo podía venir de un amigo sincero, lleno de infinita ternura y generosidad por otro amigo desgraciado.