Manon Lescaut

Part 13

Chapter 134,042 wordsPublic domain

Nos dimos a la vela. El viento nos fué propicio. Obtuve del capitán un lugar aparte para mí y para Manon. Tuvo la bondad de mirarnos desde un principio de manera diferente que a nuestros míseros compañeros. No creí incurrir en ningún pecado afrentoso diciéndole que Manon y yo estábamos unidos en matrimonio. Desde el primer día habíala llevado aparte, y para atraernos su simpatía habíale contado una parte de nuestros infortunios. Nos acordó su protección, y palmarias señales de ella recibimos durante la travesía. Nos hizo dar de comer decorosamente, sin contar con que las consideraciones que nos guardaba nos hicieron respetar por nuestros compañeros de miseria. Mi atención estaba siempre alerta para que Manon no sufriese la menor incomodidad. Notábalo ella, y aquello, junto con la idea de la extrema miseria a que por su amor me había rebajado, hacíanla tan tierna y apasionada, tan atenta a mis menores deseos, que era entre ella y yo un pugilato de servidumbres de amor. No tenía ni la menor nostalgia de Europa. Al contrario; según avanzábamos hacia América sentía esponjarse mi corazón y se hacía en él la paz. Si hubiese estado seguro de no carecer de las cosas más necesarias para la vida hubiese dado gracias a la Fortuna por haber dado aquel giro favorable a mi existencia de desdichas.

Después de una navegación de dos meses llegamos, por fin, a la orilla deseada. El país, a primera vista, no nos ofreció nada de agradable. Eran llanuras yermas e inhospitalarias en que apenas veíase algún arroyo y algún árbol deshojado por el viento. No se veía rastro de hombres ni animales; pero habiendo el capitán ordenado que disparasen algunos tiros de nuestra artillería, no tardamos en ver aparecer a unos ciudadanos de la Nueva Orleáns que se aproximaron a nosotros con vivas señales de júbilo. No habíamos visto la villa, que se halla oculta por aquel lado tras una pequeña colina. Nos recibieron como a emisarios del cielo.

Los pobres habitantes apresuráronse a hacernos mil preguntas sobre el estado de Francia y de cada una de las provincias donde habían nacido. Abrazábannos como a sus hermanos y como a compañeros amados que venían a compartir su soledad y su miseria. Con ellos tomamos el camino de la ciudad; pero al avanzar vimos con pena que lo que nos habían elogiado como una gran ciudad no era sino un villorrio miserable constituido por algunas pobres cabañas. Habitábanlo seiscientas o setecientas personas. La casa del gobernador nos pareció algo mejor por su tamaño y por su situación. Hállase defendida por algunas fortificaciones hechas con tierra, en torno de las que corre un largo foso.

Fuimos llevados a su presencia. Conferenció largamente con el capitán y luego fué pasando revista, una a una, a todas las mujeres de la remesa. Eran treinta, pues habíamos hallado en Havre otra banda que se reunió a la nuestra. Después de haberlas examinado atentamente, el gobernador hizo llamar a algunos jóvenes de la ciudad que se desesperaban en espera de una esposa e hizo echar a suertes. No había aún hablado a Manon, pero cuando ordenó retirarse a los demás nos hizo quedar a ella y a mí. «Me dice el capitán que estáis casados y que ha podido apreciar durante el viaje que se trata de dos personas de talento y mérito. No quiero escudriñar en las razones que han causado vuestra desgracia, pero si es verdad que tenéis tanto mundo como vuestro aspecto me hace creer, podéis estar seguros que haré cuanto esté en mi mano para endulzar vuestra suerte, y a la vez vosotros me ayudaréis a hallar alguna distracción en este lugar desierto y salvaje».

Contestéle del modo que creí más conveniente para confirmarle en la idea que se había formado de nosotros. Dió entonces algunas órdenes para hacernos preparar alojamiento y nos invitó a quedarnos a cenar con él. Encontréle muy tratable para ser el jefe de una penitenciaria. En público no nos hizo pregunta ninguna sobre el fondo de nuestras aventuras. La conversación fué general y, pese a nuestra tristeza, Manon y yo nos esforzamos en distraerle.

Por la noche nos hizo llevar a la habitación que nos habían preparado. Nos encontramos con una miserable cabaña con muros de barro y de madera, compuesta de tres habitaciones y un granero. Había hecho poner cinco o seis sillas y algunas otras cosas necesarias para la vida.

Manon pareció aterrada a la vista de tan triste morada. Era más por mí que por ella por lo que se sentía afligida. Cuando quedamos solos sentóse y púsose a llorar amargamente. Impúseme el deber de consolarla; pero cuando me dijo que era más por mí que por ella por lo que lloraba con tanto desconsuelo, y que el motivo de su aflicción era pensar en las privaciones que por ella me imponía, tomé sobre mí la misión de consolarla y hacer aquello menos triste. «¿De qué he de quejarme si tengo cuanto deseo en el mundo? ¿No me amáis? ¿Qué otra dicha puedo haber deseado? Dejemos al cielo el cuidado de nuestra fortuna. La situación no es tan desesperada. El gobernador es un hombre considerado; ha mostrado estima por nosotros; no dejará, seguramente, que carezcamos de lo preciso. Por lo que a la miseria de nuestra cabaña y a la tosquedad de los muebles se refiere, habréis podido observar que hay aquí pocas gentes mejor alojadas que nosotros. ¡Eso sin contar con que vos sois admirable alquimista, porque todo lo transformáis en oro con vuestra sola presencia!».

--Entonces seréis la persona más rica del universo--díjome--, pues si es verdad que jamás hubo amor como el vuestro, no menos verdad es que jamás ser humano fué más tiernamente amado que lo sois vos. Quiero ser justa para conmigo misma--continuó--y confesar que nunca merecí la prodigiosa devoción que me mostráis. Os he causado penas y sinsabores que han necesitado de toda vuestra bondad para hallar perdón. He sido infiel, ligera y aun, amándoos con toda mi alma como os amé siempre, fuí hasta ingrata. Pero nunca podéis imaginaros hasta qué punto he cambiado. Las lágrimas que tantas veces visteis brotar de mis ojos ni una sola vez fueron motivadas por mis propios males. Ésos dejé de sentirlos cuando vos vinisteis a compartirlos conmigo. No lloraba sino de ternura y compasión por vos. No podré consolarme de haberos hecho sufrir ni un solo momento. No ceso de reprocharme mi liviandad ni de admirar vuestra abnegación por una infortunada indigna de ella, que con toda la sangre de sus venas no podría pagarla--añadió con abundancia de lágrimas y suspiros.

Su llanto, su discurso y el tono en que lo había pronunciado hicieron sobre mí tan gran impresión que creí sentir partírseme el corazón. «Tened cuidado--díjela--, tened cuidado, mi adorada Manon; no tengo fuerzas para soportar pruebas tales de vuestro amor, pues no puedo habituarme a júbilo tan grande. ¡Oh, Dios mío!--gemí--. Ya nada os pido, estoy seguro del corazón de mi Manon, que es cuanto deseo para ser feliz. Ya no cesaré de serlo nunca. Ya soy feliz.--Lo seréis--respondióme--si de mí hacéis depender vuestra felicidad, y por lo que a mí se refiere ya no sé dónde hallar la mía».

Me acosté con aquellas ideas, que hacían de mi cabaña un palacio digno del más poderoso monarca del mundo. América parecióme después de eso un lugar de delicias. «Es a Nueva Orleáns--decíale frecuentemente a Manon--donde hay que venir si queremos gozar de las delicias del amor. Es aquí donde puede amarse sin celos, sin interés y sin infidelidades. Nuestros compatriotas vienen a buscar oro, ¡no saben que hemos hallado tesoros mucho más valiosos!».

Cultivamos cuidadosamente la amistad del gobernador. Algunas semanas más tarde me dió un pequeño destino que había vacado en el castillo. Aunque no era cosa muy admirable, aceptéla como un don del cielo, pues me colocaba en condiciones de vivir sin ser una carga para nadie. Tomé un criado para mí y una doncella para Manon. Nuestra pequeña fortuna quedó en orden. Yo, por mi parte, era muy ordenado; Manon no lo era menos. No dejábamos pasar ninguna ocasión de hacer un favor o ser útiles a nuestros convecinos. Aquella servicialidad y nuestro natural simpático y deferente nos atrajeron las simpatías de la colonia toda. En poco tiempo llegamos a estar tan considerados que pasábamos por ser las primeras personalidades de la colonia después del gobernador.

La inocencia misma de nuestras ocupaciones y la tranquilidad de que gozábamos continuamente nos llevó a rememorar insensiblemente las ideas religiosas. Manon nunca fué una mujer descreída; tampoco yo era uno de esos libertinos que se jactan de unir la irreligión a la torpeza de costumbres. La experiencia comenzaba a hacer en nosotros las veces de los años. Nuestras charlas, plenas de reflexión, hicieron nacer en nosotros el deseo de un amor honesto. Fuí el primero en proponer aquel cambio a Manon. Conocía bien su corazón y sabía que era recta y justa en su sentir. Hícele comprender que faltaba algo a nuestra dicha. «Es--díjele--la bendición del cielo. Nuestras almas son demasiado bellas y nuestros corazones demasiado justos para vivir voluntariamente en el olvido de nuestros deberes. Pase que hayamos vivido así en Francia, donde tan imposible nos era dejar de amarnos como legalizar nuestro amor; pero en América, donde no dependemos sino de nosotros mismos, donde no tenemos por qué respetar las leyes arbitrarias del abolengo y la fortuna, donde hasta nos creen ya casados, ¿qué puede impedirnos que nos casemos efectivamente y que santifiquemos nuestra unión con un juramento que autoriza la Iglesia? Por lo que a mí atañe, nada de nuevo os ofrezco al ofreceros mi mano y mi corazón, pero estoy dispuesto a renovar la oferta al pie de los altares».

Parecióme que aquellas palabras llenábanle de alegría. «¿Me creeréis si os digo que mil veces pensé en ello desde que estamos en América? El temor de disgustaros me hizo sepultar ese pensamiento en lo más hondo de mi corazón. No tengo la pretensión de aspirar a ser vuestra esposa.--¡Ah, Manon!; pronto serías la de un rey si al cielo pluguiese que hubiese nacido con corona. No vacilemos más. Ningún obstáculo podemos temer. Hoy mismo quiero hablar al gobernador y decirle que hasta hoy le mentimos. Dejemos temer a los amantes vulgares las cadenas irrompibles del matrimonio. No las temerían si, como nosotros, estuviesen seguros de llevar siempre las del amor». Fuíme, dejando a Manon transida de júbilo por aquella resolución.

Estoy seguro que no habría un hombre honrado en el mundo que no aprobase mi determinación en las circunstancias en que yo me hallaba; es decir, atado irremisiblemente a una pasión que jamás podría romper y perseguido por remordimientos que no debía ahogar. Pero ¿habrá alguien que pueda tachar de injustas mis quejas si lamento la crueldad de los cielos que rechazaron, qué digo rechazaron, castigaron como tremendo crimen un plan hecho tan sólo para agradarle. Habíame dejado caminar tranquilamente por los más arriesgados vericuetos del vicio y reservaba el más tremendo de sus castigos para cuando intentase marchar por las sendas de la virtud. Temo carecer de las fuerzas necesarias para acabar la narración del más funesto lance que sucedió jamás.

Fuí a ver al gobernador, tal y como había quedado con Manon, para rogarle consintiese en la celebración de la ceremonia de nuestro matrimonio. Me hubiese guardado muy bien de hablarle a él ni a nadie si hubiese creído que su capellán, que era el solo sacerdote que había en la ciudad, me hubiese hecho aquel favor sin su intervención; pero no esperando que éste se aviniese al secreto, había tomado la determinación de obrar abiertamente.

El gobernador tenía un sobrino llamado Sinelet, a quien quería mucho. Era un hombre de unos treinta años, valiente, pero iracundo y violento. No estaba casado. La vista de Manon había encendido una pasión en su pecho y la constante vista de su belleza durante los nueve o diez meses que llevábamos allí habíala atizado hasta hacerle consumirse en ella. Sin embargo, como se hallaba persuadido, igual que su tío y todo el resto de la ciudad, de que me hallaba casado con ella, había dominado su amor hasta no dejar traslucir nada, y aun en varias ocasiones había puesto verdadero celo en servirme.

Encontréle con su tío cuando llegué al castillo. Como no tenía ningún motivo para ocultarme a él no vi inconveniente en explicarme en su presencia. El gobernador me oyó con la bondad acostumbrada. Contéle parte de mi historia, que pareció escuchar con agrado, y cuando le rogué asistiese a la ceremonia que proyectaba tuvo la generosidad de ofrecerme costear el gasto que ocasionase la fiesta. Me fuí muy contento.

Una hora más tarde vi llegar al limosnero a mi casa. Creí que venía a darme algunas instrucciones respecto a mi boda; pero después de saludarme fríamente, díjome que el gobernador me prohibía ni aun pensar en ello, pues tenía otros proyectos respecto a Manon. «¿Otros proyectos respecto a Manon?--interrogué, con el corazón oprimido por mortal angustia--¿Y cuáles son, señor limosnero?». Contestóme que no debía yo ignorar que el señor gobernador era el amo allí y, por lo tanto, que habiendo sido Manon enviada desde Francia para uso de la colonia era de su incumbencia disponer de ella; que no lo había hecho hasta entonces porque la creía casada, pero que habiendo sabido de mis mismos labios que no era así había determinado entregársela al señor Sinnelet, que estaba enamorado de ella.

La ira pudo más que la prudencia. Ordené altivamente al limosnero que saliese inmediatamente de mi casa, advirtiéndole que ni el gobernador, ni Sinnelet, ni el pueblo entero osarían poner mano en mi mujer o mi querida, como quisiesen llamarla.

Participé en seguida a Manon el funesto mensaje que acababa de recibir. Supusimos que Sinnelet había ejercido presión sobre su tío después de mi marcha y que todo era el resultado de un siniestro propósito madurado desde hacía tiempo. Eran los más fuertes. Nos hallábamos en la Nueva Orleans perdidos como en medio del mar; es decir, separados del resto del mundo por enormes espacios. ¿Dónde huir en un país desconocido, desierto o habitado por bestias feroces y por salvajes tan bárbaros como ellas? Sabíame estimado en la población, pero no podía esperar conmoverlos hasta obtener un auxilio proporcionado a mi mal. Hubiese necesitado dinero y era pobre. Por otra parte, el éxito de una revuelta popular era incierto, y si la fortuna nos era adversa nuestra desgracia no tendría remedio.

Daba vueltas en mi cabeza a todas aquellas ideas. Comuniqué algunas a Manon; concebí nuevas, sin esperar su respuesta; tomaba una determinación que abandonaba en seguida pareciéndome descabellada; hablaba solo, contestaba en voz alta a las preguntas que me formulaba yo mismo; en fin, hallábame en un estado de agitación que a nada podría comparar, pues nunca fué igualada. Manon no apartaba de mí los ojos. Por mi turbación juzgaba de la magnitud del peligro y temblaba por mí y por ella misma. La pobre criatura no osaba expresar su miedo.

Después de infinidad de reflexiones detúveme en la determinación de ir a ver al gobernador y tratar de ablandarle con las ideas de la caballerosidad y el recuerdo de mi respeto y su afecto. Manon quiso oponerse a mi marcha. Decíame, con los ojos bañados en llanto: «¡Vais a la muerte; os matarán; no os veré más; quiero morir con vos!». Costóme grandes esfuerzos convencerla de la necesidad en que me veía de salir y de la conveniencia de que ella se quedase en casa. Prometíle volver en seguida. Ignoraba, igual que yo, que era sobre ella sobre quien debía caer toda la cólera de los cielos y la rabia de nuestros enemigos.

Fuí al castillo. El gobernador hallábase allí con su limosnero. Rebajóme para enternecerle a sumisiones que me hubiesen hecho morir de vergüenza si otra hubiese sido la causa que las motivase; ataquéle por todas las razones que debían impresionar un corazón que no fuése el de un tigre feroz y cruel.

El bárbaro no opuso a mis razones sino dos razones que repitió cien veces. «Manon--díjome--depende de mí. He dado palabra a mi sobrino». Estaba decidido a contenerme hasta el último extremo; contentéme, pues, con decirle que le creía demasiado amigo mío para desear mi muerte, a la que consentiría antes que en la pérdida de mi amada.

Tenía, sin embargo, la certeza al salir de allí de que nada podía esperar de aquel viejo terco, capaz de condenarme mil veces por su sobrino. Pero yo persistía en mostrarme sereno y moderado, decidido en el fondo a si llegaban a cometer grandes injusticias conmigo dar a América el espectáculo de una de las más sangrientas y horribles escenas de amor que pudiesen soñarse jamás.

Volvía a mi casa meditando en todo aquello cuando el destino, que debía querer acelerar mi ruina, me hizo topar con Sinnelet. Debió leer en mis ojos una parte de mis pensamientos. Ya he dicho que era valiente; vino a mí. «¿No me buscabais?--díjome--Comprendo que mis intenciones os molestan y supuse siempre que habríamos nosotros dos de andar a estocadas. Veamos quién es el más feliz». Díjele que tenía razón, que sólo mi muerte podía acabar con nuestras diferencias.

Nos alejamos un centenar de pasos de la ciudad. Cruzáronse nuestras espadas y casi a un tiempo le herí y le desarmé. Tanto le irritó aquella desgracia que se negó a pedirme gracia de la vida y a renunciar a Manon. Tal vez asistíame el derecho de acabar con una y otra, pero la sangre generosa que corría por mis venas no podía desmentirse nunca. «Recomencemos--díjele--y pensad que es sin cuartel». Atacóme con terrible furia. He de confesar que no era muy ducho en las armas, no teniendo como preparación sino tres meses de sala en París. Pero el amor guió mi espada. Sinnelet no dejó de traspasarme un brazo de parte a parte, pero yo, a mi vez, le di un golpe tan violento que cayó a mis pies sin sentido.

Pese a la alegría que nos produce la victoria tras de mortal combate, no pude por menos de reflexionar sobre las consecuencias de aquella muerte. Conociendo, como conocía, el cariño del gobernador por su sobrino estaba cierto que no le sobreviviría ni una hora. Pues con ser apremiante este temor, éralo menos que otro. Manon, el bienestar de Manon, la necesidad de perderla, perturbábame hasta nublar mis ojos e impedíame reconocer el lugar donde me hallaba. Sentía lo sucedido con Sinnelet y la muerte, que pusiese fin a todo, parecíame el único recurso a mis penas.

Pero hubo un pensamiento que me hizo reaccionar y recobrar mi presencia de espíritu. «¡Cómo! ¡Quiero morir para acabar mis penas! ¿Puede haberlas mayores que perder lo que amo? ¡Ah! ¡Suframos todos los dolores con tal de ser un consuelo para ella y dejemos el morir para cuando nuestra presencia sea inútil!».

Tomé el camino de la ciudad. Volví a mi casa, donde hallé a Manon medio muerta de miedo y de inquietud. Mi presencia la reanimó. No podía, sin embargo, ocultarla el terrible accidente que acababa de tener lugar. Ante la narración de la muerte de Sinnelet y de mi propia herida cayó desvanecida en mis brazos. Tardé más de un cuarto de hora en hacerle recobrar el conocimiento.

[Ilustración]

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Yo mismo estaba medio muerto de espanto, no viendo, como no veía el menor rayo de esperanza para su salvación y la mía. «Manon, ¿qué hacemos ahora? ¡Dios mío!, ¿qué será de nosotros? Tengo forzosamente que alejarme; ¿queréis quedaros vos aquí? Sí, quedaros; aún podéis ser feliz. Yo parto lejos, para buscar la muerte entre los salvajes o bajo las garras de las fieras».

Alzóse, pese a su debilidad, y me cogió la mano para llevarme hacia la puerta. «Huyamos juntos--díjome--. No perdamos un instante. Pueden haber hallado el cuerpo de Sinnelet y entonces no tendríamos tiempo de partir.--Pero, Manon adorada--díjela enloquecido--, decidme dónde queréis que vayamos. ¿Veis algún recurso? ¿No sería mejor que trataseis de vivir aquí sin mí y que voluntariamente llevaseis mi cabeza en ofrenda al gobernador?

Aquella proposición no sirvió sino para aumentar su ardor; hube de seguirla. Tuve aun, al partir, la presencia de ánimo de coger algunos licores fuertes que había y todas las provisiones que pude llevar. Dijimos a nuestros criados, que se hallaban en el cuarto contiguo, que nos íbamos a dar nuestro paseo vesperal (teníamos aquella costumbre), y nos alejamos de la ciudad con más prontitud de lo que la endeble fragilidad de Manon me dejaba esperar.

Aunque seguía indeciso respecto a la meta de nuestro viaje, no dejaba de acariciar algunas esperanzas, sin las que hubiese preferido la muerte a la incertidumbre de lo que podía ser de Manon. Había adquirido suficiente conocimiento del país en casi diez meses que llevaba en América para no ignorar la manera como aprovisionaban a los salvajes. Podía uno ponerse en sus manos sin riesgo de una muerte segura. Había incluso aprendido algunas palabras de su lengua y algunas de sus costumbres en las varias ocasiones en que les había visto.

Junto a aquella mísera esperanza tenía otra que radicaba en los ingleses que, como es sabido, tienen, como nosotros, establecimientos en aquella parte del Nuevo Mundo. Pero espantábame la distancia; antes de llegar a sus colonias teníamos que atravesar grandes planicies, cuyo recorrido exigía días enteros, y algunas montañas tan altas y escarpadas que su acceso parecía difícil a hombres toscos y vigorosos. Pensaba, sin embargo, que podíamos contar con dos ayudas: los salvajes para guiarnos, los ingleses para recibirnos en sus colonias.

Anduvimos cuanto permitieron las fuerzas de Manon, que fueron unas dos leguas, pues aquella incomparable amante negóse a detenerse antes. Abrumada al fin de cansancio, confesóme que no podía más. Era noche ya; sentámosnos en medio de una enorme llanura, sin haber podido hallar un árbol para cobijarnos. Su primer cuidado fué cambiar los vendajes de mi herida, que ella misma había curado antes de la marcha. Fué inútil que me opusiese a su voluntad; hubiese acabado de abrumarla de pena si la hubiese negado la satisfacción de creerme a gusto y libre de peligro antes de mirar por su propia conservación. Me sometí unos minutos a sus deseos y recibí sus cuidados en silencio y avergonzado. Pero cuando hube satisfecho su anhelo de ternura, ¡con qué fervor no di yo suelta a la mía! Despojéme de mis ropas para hacer que, extendiéndolas sobre ella, su lecho fuése menos duro. Púseme, aun contra su voluntad, a emplear todas mis artes en paliar las incomodidades. Calenté sus manos con el fuego de mis besos y el aliento de mis suspiros. Pasé toda la noche en vela, junto a ella, implorando del cielo le concediese un sueño dulce y sosegado. ¡Dios mío, cuán sinceros eran mis votos y cuán riguroso fuisteis al no escucharlos!

Perdonadme si en pocas palabras acabo esta narración que me destroza de pena. Os cuento desgracias que jamás tuvieron iguales; toda mi vida está destinada a llorarlas. Pero aunque las tengo perpetuamente presentes en mi memoria, mi ánimo flaquea y parece vacilar de horror cada vez que intento expresar con palabras mi recuerdo.

Habíamos pasado tranquilamente una parte de la noche; creíala dormida y casi no me atrevía a respirar por miedo a turbar su sueño.

Al amanecer noté, al tocar sus manos, que las tenía frías y temblorosas. Apretélas contra mi pecho para devolverles su calor. Notólo, y con un esfuerzo, para devolverme la caricia, murmuró con voz débil que creía ya llegada su última hora.

No atribuí a aquellas palabras otra trascendencia que al lenguaje corriente en la desgracia y no contesté sino con los tiernos consuelos del amor. Pero sus frecuentes suspiros, su silencio ante mis preguntas y las frecuentes crispaciones de sus manos, entre las que estrechaba las mías, me hicieron temer que se aproximaba el fin de sus males.

No me pidáis que os describa mi pena ni que os cuente sus últimos momentos.

La perdí. Aun en la agonía recibí de ella pruebas inolvidables de amor. Eso es cuanto aún tengo fuerzas para deciros de aquel deplorable y triste accidente.