Manon Lescaut

Part 14

Chapter 141,102 wordsPublic domain

Mi alma no siguió a la suya. Sin duda, el cielo no me creyó suficientemente castigado; ha querido que siga arrastrando una vida lánguida y miserable. Renuncio voluntariamente a llevarla jamás más feliz.

Pasé más de veinticuatro horas los labios en el rostro y en las manos de mi adorada Manon. Mi primera idea fué morir, pero pensé al segundo día que, después de mi muerte, su cuerpo estaría expuesto a ser pasto de las bestias feroces. Hice el proyecto de enterrarla y luego esperar la muerte tendido sobre su fosa. Estaba ya tan próximo a ella por la debilidad que el ayuno y el dolor me habían causado que me costaba trabajo tenerme en pie. Me vi precisado a recurrir a los licores que había traído; ellos devolviéronme las fuerzas necesarias para el triste oficio que iba a desempeñar.

No era empresa difícil cavar la tierra en el lugar donde estaba, que era una llanura cubierta de arena. Rompí mi espada para servirme de ella para abrir el hoyo, pero me fué menos útil que mis manos. Abrí un foso profundo. Sentéme aun junto a ella y la contemplé con arrobo, sin resolverme a cerrar su tumba. Al fin sentí que mis fuerzas comenzaban a faltarme nuevamente, y temiendo carecer de ellas para mi triste misión, sepulté para siempre en la tierra a la criatura más bella y amable que existió jamás. Tendíme acto seguido sobre su tumba, el rostro vuelto a la tierra, y cerrando los ojos con el designio de no volverlos a abrir, impetré la ayuda del cielo y esperé la muerte.

Lo que os costará trabajo, sin duda, creer es que durante el desempeño de esa triste misión no brotó ni una lágrima de mis ojos, ni un suspiro de mi pecho. La profunda consternación en que estaba sumido y la determinación tomada de morir cortaba el curso a toda manifestación de desesperación y dolor. Así es que no permanecí mucho tiempo en aquella postura sin perder el conocimiento.

Después de lo que acabáis de oir, el fin de mi historia tiene tan poco interés que no merece la pena que os dais en escucharla. Trasladado el cuerpo de Sinnelet a la ciudad, y examinadas cuidadosamente sus heridas, halláronse con que no solamente no estaba muerto sino que aquéllas carecían de importancia. Contóle a su tío cómo habían sucedido las cosas y su generosidad llevóle a dar cuenta de la mía. Me hicieron buscar, y mi ausencia, junto con la de Manon, hicieron creer en una fuga. Era ya tarde para salir en mi seguimiento, pero el día siguiente y el otro empleáronse en mi busca.

Halláronme, sin dar señales de vida, tendido sobre la tumba de Manon, y los que así me encontraron, casi desnudo y sangrando por mi herida, no dudaron que había sido robado y asesinado. Me llevaron a la ciudad. El movimiento del traslado me volvió a la realidad. El suspiro que proferí al abrir los ojos y mi gemir al encontrarme entre los seres vivientes, les hicieron comprender que aun era hora de prestarme auxilio; diéronmelos con demasiada fortuna. No dejé de ser encerrado, sin embargo, en severa prisión.

Instruyéronme proceso, y como Manon no parecía, acusáronme de haberme deshecho de ella en un impulso de ira y celos. Conté, claro es, mi lamentable aventura. Sinnelet, pese a los transportes de dolor que la narración le produjo, tuvo la generosidad de solicitar gracia para mí. La obtuvo.

Estaba tan débil que se vieron obligados a trasportarme desde la prisión a mi lecho, donde permanecí tres meses víctima de grave dolencia. Mi odio a la vida no disminuía; invocaba constantemente la muerte y durante mucho tiempo me obstiné en rechazar todos los remedios. Pero el cielo, después de haberme castigado con tanto rigor, tenía el designio de hacerme útiles mis desgracias y sus castigos; iluminóme con sus luces, que hicieron brotar en mí ideas dignas de mi nacimiento y educación.

Habiendo comenzado a renacer la tranquilidad en mi espíritu, aquel cambio fué seguido de mi curación. Dejéme llevar por entero de las inspiraciones del honor y seguí desempeñando mi modesto empleo en espera de los barcos de Francia, que visitaban una vez al año aquella parte de América. Estaba resuelto a volver a mi patria para borrar con una vida ejemplar el escándalo de mi conducta. Sinnelet había tomado sobre sí el cuidado de hacer trasladar el cuerpo de mi amada a un lugar digno.

Fueron seis semanas después de mi curación cuando, paseando un día por la orilla del mar, vi llegar un barco a quien los negocios traían a Nueva Orleans. Esperé al desembarco de la tripulación. ¡Cuál no seria mi sorpresa al reconocer a Tiberio entre los que se encaminaban a la ciudad! Díjome que el único objeto de su viaje había sido verme y convencerme que volviese a Francia; que habiendo recibido la carta que le escribí desde el Havre había corrido allí en persona para llevarme la ayuda que le pedía y había experimentado vivísimo dolor al saber mi marcha, y que hubiese partido tras de mí si hubiese hallado barco dispuesto a ello, que habíalo buscado durante meses en varios puertos, habiendo encontrado por fin uno en _Saint-Maló_ que levaba anclas para la Martinica habíase embarcado con la esperanza de encontrar allí un pasaje fácil para Nueva Orleans. Que habiendo sido apresado el barco por los corsarios españoles y llevado a una de sus islas habíase escapado gracias a su habilidad, y después de diversas aventuras había hallado la ocasión en la marcha del barco que le había traído con felicidad hasta mí.

No podía menos de sentirme lleno de gratitud por un amigo tan generoso y constante. Le llevé a mi casa e hícele dueño de cuanto poseía. Contéle cuanto me había sucedido desde mi salida de Francia, y para darle una alegría con la que no contaba, díjele que las simientes de virtud que había sembrado antaño en mi espíritu comenzaban a producir frutos de que podía estar orgulloso.

Pasamos dos meses juntos en Nueva Orleans en espera del barco que venía de Francia, y tras hacernos, por fin, a la mar, tomamos tierra hace quince días en _Havre-de-Grâce_. Escribí a mi familia al llegar. He sabido por la contestación de mi hermano mayor la triste nueva de la muerta de mi padre, a la que temo, con harta razón, que mis desvaríos hayan contribuido. Como el viento era favorable para Calais, me embarqué en seguida con designio de ir a casa de un caballero de mi familia donde mi hermano me espera.

FIN

[Ilustración]