Lucrecia Borja: Estudio Histórico
Part 7
[57] Este collar conocíanlo los banqueros y joyeros de Roma y Florencia por haberlo tenido repetidas veces en prenda por préstamos hechos al Duque Hércules, y en 1510, por causa de la guerra que tuvo que sostener Ferrara, empeñó Alfonso de Este las alhajas de Lucrecia y fundió la plata.
Acostumbrada Lucrecia a las fiestas de la Corte pontificia, quiso renovarlas en la de Ferrara, tan luego como por el fallecimiento del Duque Hércules heredó sus Estados D. Alfonso. Encantaban a la nueva Soberana los saraos y los bailes, que le permitían lucir sus naturales gracias y sus trajes y joyas y recibir los homenajes y agasajos de sus amartelados admiradores, entre los que se encontraban, en primer término, Pedro Bembo y sus dos cuñados el Cardenal Hipólito de Este, que había cortejado también a D.ª Sancha, y por temor a César había huído de Roma, y el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Con estas diversiones alternaban otras más groseras que para entretenerla le ofrecía el Duque, una de las cuales era la de mantear a unos cuantos infelices cortesanos, y para que el espectáculo resultara más regocijado, quiso una vez que se hiciera lo propio, no con hombres, sino con mujeres, y mandó traer a tres deshonestas meretrices, quienes al verse por los aires vigorosamente manteadas, lejos de atender al pudor y de pensar en arroparse, mostraron gratuitamente y sin el menor recato, a la escogida concurrencia, las herramientas de su oficio. Mas no se escandalizó la Duquesa de Ferrara, que cosas peores había visto en Roma.
IV
Las proyectadas bodas españolas de Lucrecia Borja con don Cherubín de Centelles y D. Gaspar de Prócida.—Su matrimonio con el Señor de Pesaro, Juan Sforza.—La ceremonia nupcial.—La boda del Duque de Gandía, D. Juan, con su cuñada Doña María Enríquez, viuda del primer Duque.—Consejos que le dió el Papa.—Celébrase la boda en Barcelona.—La de D. Jofre de Borja con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey Alfonso II de Nápoles.—Los Sforza.—Relaciones de la Corte de Milán con las demás de Italia.—El Señorío de Pesaro.—Lucrecia en Pesaro.—Ludovico _el Moro_ abre las puertas de Italia a Carlos VIII de Francia.—Caen en poder de los franceses Julia Farnesio, su hermana Jerónima y su suegra Adriana Milá, y las rescata el Papa.—Carlos VIII en Roma.—Encamínase a Nápoles.—Fuga de César y muerte de Djem.—Fácil conquista de Nápoles y sus desastrosos efectos para el ejército francés.—La Liga contra Francia.—La batalla de Fornovo.—Regresa a Roma a fines de Octubre de 1495 Lucrecia, y en Mayo de 1496 hacen su entrada Jofre y Sancha.—Tres meses después llega de España el Duque de Gandía para capitanear el ejército pontificio en la campaña contra los Orsini, y es derrotado en la batalla de Soriano.—Asesinato del Duque de Gandía.—Dolor del Papa.—¿Quién fué el asesino?—Aunque no probada, parece probable la culpabilidad de César.—Cae en desgracia en el Vaticano el Señor de Pesaro.—Se declara nulo, por impotencia, su no consumado matrimonio con Lucrecia.—Del ofendido marido parte la acusación de incesto contra el Papa.
El grande amor que Alejandro VI profesó a los hijos que tuvo en la Vannozza, y especialmente a Lucrecia, hízole procurar, por toda clase de medios, el engrandecimiento y encumbramiento de los varones, al par que el de la hija predilecta, a quien buscó marido desde su más tierna edad, y sin que en el matrimonio contara para nada la voluntad de la contrayente. Trató primero de casarla en España con un D. Cherubín Joan de Centelles, Señor del valle de Ayora, en el Reino de Valencia, y hermano del Conde de Oliva[58], firmándose el contrato en Roma el 26 de Febrero de 1491, y como hasta el 18 de Abril de 1492 no cumplía ella los doce años, en el mes de Junio siguiente debía confirmarlo por palabras de presente. Ignórase el motivo de que quedara sin efecto este contrato; pero pocos meses después, el 30 de Abril de 1491, concertóse la boda de Lucrecia con otro noble español, don Gaspar de Prócida, Conde de Almenara, hijo del Conde de Aversa D. Juan Francisco y nieto de D.ª Leonor de Prócida y de Castelleta, familia que vino con la Casa de Aragón a Nápoles, donde afincó. El advenimiento de Rodrigo Borja al solio pontificio hizo que le pareciera don Gaspar poco partido para la hija del Papa, y el 8 de Noviembre de 1492 quedó disuelto el concertado enlace y anulado el 10 de Junio de 1498 por Breve de Su Santidad, en que se consideraba ilegal la disolución que por error y sin la suficiente dispensa indujo a Lucrecia a unirse en matrimonio con Juan Sforza; matrimonio que tampoco se había consumado y había sido declarado nulo; pero el Breve se expedía a solicitud de Lucrecia, _para evitar escándalo_, por haberse casado D. Gaspar con otra mujer de quien tenía sucesión.
[58] Alfonso V de Aragón dió título de Conde de Oliva, en 1448, a Francisco Gilabert de Centelles, su Camarlengo, por premio a sus servicios en las guerras de Nápoles. Extinguida la descendencia masculina, recayó el Condado en una hembra, Magdalena, que casó con el quinto Duque de Gandía, D. Carlos de Borja, hijo de San Francisco.
El primer marido de Lucrecia fué el Señor de Pesaro, Juan Sforza de Aragón[59], hijo natural de Constanzo y nieto de Alejandro, hermano de Francisco, Duque de Milán, que en 1445 compró en 20.000 florines de oro el Señorío de Pesaro a Galeazzo Malatesta[60]. En 1490 había enviudado Juan de Magdalena Gonzaga, hermana del Marqués de Mantua Francisco I, y su tío el Cardenal Ascanio sugirió al Papa esta boda, que por los apellidos y parentescos del novio parecía ventajosa, y fué aceptada. Firmóse el contrato el 2 de Febrero de 1493, y el 9 de Junio hizo su entrada en Roma el Señor de Pesaro con una lucida comitiva, en la que figuraba el indispensable bufón Pedro Mambrino. La ceremonia nupcial se celebró el día 12 siguiente en el Vaticano, y están esencialmente de acuerdo en su descripción el Embajador del Duque de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena, y Pier Gentile de Varano, uno de los muchos corresponsales que hoy llamaríamos _reporteros_, de la Marquesa de Mantua, Isabel de Este. No asistieron más Embajadores que el dicho de Ferrara, el veneciano, el milanés y uno del Rey de Francia. La novia estaba lujosamente vestida y se adornaba con muchas joyas; pero quien entre las mujeres llamóles más la atención por su belleza fué Julia Farnesio, «de la que tanto se habla», dice Bocaccio; y el Varano, al nombrarla, añade: _la quale invero e una bella cosa da vedere e dicessi essere la favorita del Papa_. A la ceremonia religiosa siguió una égloga pastoral en honor del Papa, obra de Seraphin, y la comedia de Plauto _Menechmes_, «Los gemelos», en latín, que no gustó a Su Santidad y no dejó que se acabara. Bailaron luego las damas, «y con asistencia del Papa y de todos nosotros, dice el Obispo de Módena, se pasó la noche: si bien o mal, queda a juicio de Vuestra Señoría».
[59] El apellido Aragón con que figura Sforza en el contrato de boda era el de su madrastra Camila, Princesa de la Casa de Nápoles, con quien casó Constanzo, y de la cual no tuvo sucesión.
[60] Alejandro, tras larga carrera militar, tuvo un reinado tranquilo y juntó una espléndida biblioteca en Pesaro, donde pasaba su tiempo en pías y eruditas conversaciones.
Apenas falleció D. Pedro Luis de Borja, primer Duque de Gandía, cuando el 28 de Agosto de 1488, según ya queda dicho, el Deán de Valencia D. Juan López, como Notario apostólico, otorgó poder a D. Francisco Prats para que, en nombre de D. Juan de Borja y como procurador suyo, se trasladase a España y firmase las capitulaciones matrimoniales con su cuñada D.ª María Enríquez, y en la propia fecha dispensaba el Papa Inocencio VIII los impedimentos de edad y parentesco. El 13 de Diciembre de aquel año se firmaron en Valladolid las nuevas capitulaciones, debiendo celebrarse el matrimonio _in facie Ecclesiæ_ tres años después y obligándose los padres de doña María Enríquez a pagar la dote pasados treinta días de la consumación del matrimonio. Pasaron, sin embargo, cuatro años sin que el concertado enlace se llevase a cabo, por razones políticas o particulares del Rey D. Fernando; pero con la elevación de Rodrigo de Borja al solio pontificio cambiaron las cosas de aspecto. Pocos días después de la boda de Lucrecia, el 19 de Junio de 1493, llegó a Roma, para prestar la obediencia como Embajador de los Reyes Católicos, D. Diego López de Haro, «caballero de mucho valor y de los más señalados que hubo en su tiempo», según Zurita, el cual manifestó a Su Santidad que el nuevo Duque de Gandía sería bien recibido en la Corte de España y que le harían graciosa donación de un buen Estado. Regocijó esto al Papa, y el 2 de Agosto embarcó D. Juan en Civitavecchia, colmado de regalos, obra de los mejores orífices italianos y con el equipaje de un magnate, como se ve en el inventario escrito por Ginés Fira, de sus alhajas, ropas y otros objetos, que se conserva en el archivo de la Catedral de Valencia y ha sido publicado por el Sr. Sanchís y Sivera con otros interesantes _Documentos y cartas privadas que pertenecieron al segundo Duque de Gandía_[61]. Igualmente numeroso y escogido eran el personal y servidumbre que le acompañaba, compuesto de gentiles-hombres, pajes, mayordomos, camareros, escuderos, músicos, _burberestador_ (desbravador) y _el patje que porta les camises a la senyoria_.
[61] Valencia, 1919.
Entrególe el Papa a mano una carta llena de excelentes consejos y encargos, que reiteró en las instrucciones que hizo redactar a Mosén Fira, que como secretario había de acompañar al Duque. Debía oír misa todos los días; no ser mentiroso ni chismoso; servir con asiduidad y diligencia al Rey, la Reina, el Príncipe y los Infantes, ganándose sobre todo la voluntad de la Reina; guardarse de cualquier clase de juegos, especialmente el de dados, pues si los tocaba para jugar jamás volvería a verle la cara. Encargábale en las instrucciones que al llegar a Valencia fuese a besar las manos a su tía D.ª Beatriz de Arenós, guardándole cuantas atenciones pudiese, por ser dicha tía la única hermana de Su Santidad y persona de tanta virtud y merecer, y que tratase de granjearse su voluntad, porque tenía muchos bienes y no era cosa de que fuera a disponer de ellos en favor de alguna otra persona. Y siendo la intención de Su Santidad que regresase el Duque a Roma lo más pronto posible para servirle, consultaría con el Papa respecto a cuándo debía venir y si debía traer a la Duquesa si no estuviese preñada, pudiendo venir con ella D.ª Beatriz. Y en otra carta dábale instrucciones respecto al traje y joyas con que debía hacer su entrada en Barcelona, y le recomendaba que no se quitase los guantes hasta que llegase a Barcelona, pues la mar estropeaba las manos y debía cuidárselas, porque era cosa que en nuestra tierra se miraba mucho.
El 24 de Agosto se celebró la boda en Barcelona, y de ella daba cuenta Carlos Canale a un su amigo en los siguientes términos:
«Esperaban la llegada del Duque los más altos dignatarios de la Corte, e hizo su entrada en una mula parda, que le estaba preparada, guarnecida toda de brocado, y él suntuosamente vestido con un valioso collar de rubíes y un hermosísimo diamante en la gorra. Cabalgó entre el Infante de Granada y el Duque de Cardona, que lo acompañaron por la calle que llaman Larga hasta el palacio donde estaban el Rey y la Reina y el Príncipe su hijo. Cuando llegaron ante Sus Majestades se puso el Rey en pie y el Duque se arrodilló y le besó la mano, e hizo lo mismo con la Reina y habló a Sus Majestades dignamente. Y hecho esto, vino el Príncipe, que estaba en otra cámara del palacio, trayendo de la mano a la novia. El Duque se desposó con ella ante Sus Majestades, y no la besó, porque no es costumbre el besar, como se hace entre nosotros.»
De los consejos del Papa no hizo gran caso D. Juan, mozo a la sazón de diecisiete años, jugador, bebedor y mujeriego, y cuando llegó a noticia de Su Santidad que de los 2.600 ducados que llevara el Duque a mano había gastado 2.000 en el juego y en ribalderías, y que, lejos de haber consumado el matrimonio, en lo que ponía Alejandro gran empeño, había tenido abandonada a la Duquesa para andar de noche por la ciudad _matando perros y gatos_, acaso en compañía del Príncipe heredero D. Juan, con quien vivió bastante íntimamente tan luego como los reyes se marcharon, dejándole de lugarteniente general; airóse mucho el Papa e hízoselo así saber al Duque en carta de fin de Noviembre. Pero si no se corrigió el Duque en punto al gasto, pudo sí dar gusto a Su Santidad participándole, en 27 de Febrero siguiente, que ya estaba encinta la Duquesa.
Mientras en Barcelona se celebraba con regia pompa el matrimonio del Duque de Gandía, su hermano D. Jofre se desposaba por poder en Roma, el 16 de Agosto, con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey de Nápoles, D. Alfonso II, _el Bizco_, y hermana del Duque de Bisceglia, que había de ser el segundo marido de Lucrecia. El 11 de Mayo del año siguiente[62] el Cardenal Juan de Borja, Legado pontificio enviado a Nápoles para la coronación del Rey D. Alfonso, casaba de presente a Jofre, que sólo contaba trece años, con la hija del Monarca aragonés, que llevaba en dote el Principado de Squillace. El 20 de Mayo de 1496 hicieron su entrada en Roma, él vestido a la española y ella a la napolitana. Era él, según Scalona, moreno de cara y de mirada lasciva, el pelo largo y tirando a rojo, y pareciendo tener catorce o quince años. Ella, que cabalgaba entre Lucrecia y el Embajador de España, aparentaba tener unos veintidós años (aunque no pasaba de los diecisiete), era naturalmente morena, de ojos glaucos, nariz aguileña y con una buena mano de colorete. Fué el matrimonio de Jofre infelicísimo, y según pública voz de que se hizo eco un Embajador ferrarés, no llegó nunca a consumarse, y no porque pecara de esquiva la hermosa y enamoradiza Sancha, que después de haber otorgado sus favores al Cardenal de Valencia, no supo negarlos al Duque de Gandía, y a celos de rivales y envidias de hermanos atribuyóse el fratricidio.
[62] Gregorovius da como fecha el 8 de Mayo. Pastor el 7. El Cardenal de Monreal en carta a Juan de Marrades, fecha en Nápoles el 12 de Mayo, dice que los casó el día anterior, que era domingo. La coronación del Rey D. Alfonso había tenido lugar el jueves anterior, día de la Ascensión, es decir, el 8, según consta en carta que el Rey dirigió al Papa participándoselo, así como las mercedes concedidas a D. Juan y a D. Jofre de Borja. Ambos documentos, conservados en el Archivo de la Catedral de Valencia, figuran entre los publicados por el Sr. Sanchís.
No alcanzó Lucrecia mayor ventura, si bien por distintos motivos que su hermano Jofre, en su matrimonio con el Señor de Pesaro. Con título de Duques gobernaban los Sforzas a Milán desde que en 1540 vino a señorearla Francisco Sforza, uno de los más grandes capitanes de su tiempo, tipo cabal del condotiero italiano del siglo XV, que sirvió con igual celo a los Visconti contra los venecianos y a éstos contra aquéllos, y casó con Blanca Visconti, última descendiente de los Visconti milaneses. Tuvo Francisco veinte hijos, once de ellos bastardos, y entre los legítimos a Galeazzo María, casado con Bona de Saboya, que le sucedió y murió asesinado; a Hipólita, esposa de Alfonso II de Nápoles, que gozó fama de culta entre las mujeres italianas del Renacimiento; al Cardenal Ascanio, que más de una vez estuvo a punto de ser Papa, y a Ludovico _el Moro_, que casó con Beatriz de Este[63], hija del Duque Hércules de Ferrara y de D.ª Leonor de Aragón, hermana de Alfonso II, e hizo de la Corte de Milán una de las más renombradas y fastuosas de Italia. Cuando en 1493 se desposó con Lucrecia Juan Sforza, reinaba nominalmente en Milán Juan Galeazzo, el nieto de Francisco, casado con su prima hermana Isabel de Aragón, la hija legítima de Alfonso II, que no sin razón se firmaba _Isabella d’Aragonia Sforcia, unica en disgrazia_; pero quien en verdad reinaba era el entonces Duque de Bari, Ludovico _el Moro_, que a la muerte de su sobrino Juan Galeazzo, atribuída a un veneno, y que pudo ser mero efecto de la gula, usurpó la corona que correspondía a Francisco, el hijo del difunto, que se llevó después Luis XII a Francia, y allí murió sin sucesión y muy mozo de una caída de caballo en una cacería. Aunque eran los Sforzas de cuna modestísima, se ennoblecieron con la espada y el tálamo y emparentaron, directa o indirectamente, con los soberanos de las más famosas cortes italianas, y hasta con el Emperador y con el Papa. Con la de Nápoles, por los repetidos enlaces mencionados; con la de Mantua, en que brillaba Isabel de Este, mujer del Marqués Francisco Gonzaga y hermana de Beatriz; con la de Ferrara, por el matrimonio de Alfonso I de Este, el tercer marido de Lucrecia, que casó en primeras nupcias con Ana Sforza, hermana de Juan Galeazzo. La hermana de Ana, Blanca María, fué la segunda mujer del Emperador Maximiliano, y su media hermana Catalina, una de las hijas bastardas de Galeazzo María, mujer primero de Jerónimo Riario, Conde de Forli, después de Jacobo Feo de Savona y, por último, de Juan de Médicis, de quien tuvo a Juan de Médicis, Capitán de las Bandas Negras, adquirió fama de hembra casi virago y de gran ánimo[64], y cuando se vió sitiada en Forli por los asesinos de Riario, que para rendir la fortaleza en que se había refugiado, la amenazaron con dar muerte a sus hijos, que tenían en rehenes, portóse como el más esforzado varón, y lejos de ocultar su sexo, hizo de él deshonesto alarde desde la muralla, para que los sitiadores vieran que no habían de faltarle hijos, como, en efecto, los tuvo de sus dos sucesivos maridos.
[63] Pidió en 1480 la mano de Isabel de Este, pero como estuviera ya prometida a Francisco Gonzaga, primogénito del Marqués de Mantua, le ofrecieron la de Beatriz, que tenía entonces cinco años, habiendo Ludovico cumplido ya los veintinueve.
[64] _Femina quasi virago et de gran animo_, la llamó Martín Sanuto.
Estrechas fueron también las relaciones de la Corte de Mantua con la de Urbino, a la que dió tanto renombre el Conde Baltasar Castellón con su libro _El Cortesano_, primorosamente traducido al castellano por Boscán. El Duque Guidobaldo, último de los Montefeltro, casó con Isabel Gonzaga[65], cuñada de la gran Marquesa Isabel de Este, y la hija de ésta, Leonor Gonzaga, fué después Duquesa de Urbino por su enlace con Francisco de la Rovère, sobrino e hijo adoptivo de Guidobaldo, que murió sin sucesión. Otra hermana de Guidobaldo, Inés, se desposó con Fabrizio Colonna y tuvo por hija a la famosa poetisa Victoria Colonna, Marquesa de Pescara, que entre sus muchos e ilustres amigos contó a Miguel Angel, y le inspiró no pocos madrigales y sonetos. Disfrutó asimismo en Urbino de la hospitalidad de aquellos Duques, tan amantes de las letras y las artes, el desterrado Julián de Médicis, hijo de Lorenzo _el Magnífico_ y hermano del Cardenal Juan, que fué luego León X; hombre flaco de suyo, y a mayor flaqueza reducido por el frecuente comercio con las damas, una de las cuales le hizo en Urbino padre del célebre Cardenal Hipólito, tan admirablemente retratado por Tiziano. Este comercio, aún más que el trato con Castellón, Bembo y otros discípulos de Apolo, de que hablaba Ariosto en una de sus sátiras, _hacíale el destierro más humano_. Vuelto a Florencia en 1512, fué Capitán general y Gonfaloniero de la Santa Iglesia, y después Duque de Nemours por su matrimonio con Filiberta de Saboya, tía de Francisco I, Rey de Francia. No olvidó Julián la hospitalidad de Urbino, y mientras vivió, cediendo a sus ruegos, se abstuvo León X de realizar su propósito de despojar a Francisco de la Rovère del Ducado para dárselo a su sobrino Lorenzo, hijo de su hermano mayor Pedro y de la ambiciosa Alfonsina Orsini, a quien casó con Magdalena de la Tour d’Auvergne, hija del Conde Juan de Boulogne, que por su madre Catalina de Borbón estaba emparentada con la Casa Real de Francia. Murió Magdalena al dar a luz a Catalina de Médicis, esposa de Enrique II y madre de tres Reyes, y pocos días después falleció Lorenzo del mal francés que padecía.
[65] La hermana mayor de Isabel, Clara Gonzaga, casó con Gilberto, Duque de Montpensier, y su hijo Carlos, Condestable de Borbón, murió al frente de las tropas de Carlos V, en el asalto de Roma en 1527.
El Señorío de Pesaro era uno de los menos importantes de las Marcas. La antigua _Pisaurum_, ciudad edificada, según se dice, por los sículos, que de España pasaron a Sicilia, tomó su nombre del río, que hoy se llama Foglia, a cuya orilla derecha se extiende hasta el mar en un risueño y espacioso valle. Fué colonia romana, y a la caída del Imperio corrió la suerte de las demás ciudades italianas: Vitiges la destruyó; Belisario la reedificó, e incorporada al Exarcado, formó la Pentápolis con otras cuatro ciudades sobre el Adriático: Ancona, Fano, Sinigaglia y Rimini. Pasó a ser longobarda cuando se apoderó Astolfo de Rávena y luego al poder del Papa por donación de Pepino y Carlomagno. Se hicieron después Señores de Pesaro los Malatesta, que lo eran de Rimini, y por un tratado de tiempo del Cardenal Gil de Albornoz quedaron reconocidos como Vicarios de la Iglesia. Establecióse en Pesaro una rama secundaria de los Malatesta, hasta que, viéndose amenazado Galeazzo Malatesta por su pariente Gismundo, y no teniendo fuerzas con que defenderse, vendió en 1445 la ciudad en 20.000 florines de oro, según se ha dicho, a Francisco Sforza, que la cedió a su hermano Alejandro, casado con una sobrina de Galeazzo.
El 8 de Junio de 1494 hizo Lucrecia su entrada en Pesaro bajo una lluvia torrencial que deslució el recibimiento que le tenían preparado sus vasallos y no permitió a la bella y risueña ciudad presentarse como tal a los ojos de la nueva Señora, que debió encontrar también harto modesto el palacio en que se alojó, comparándolo con los que había habitado y visto en Roma. Dice, sin embargo, Gregorovius, que si en su matrimonio con Sforza gozó Lucrecia la felicidad de la vida, fué ciertamente en los días que pasó en Pesaro, que la hicieron vivir como reina de un pastoral idilio; pero quizás ella misma, añade, empezó a encontrar monótona y vacía su existencia en Pesaro, sobre todo por las frecuentes ausencias del marido como condotiero del Papa y de los venecianos. Parécenos que la imaginación de Gregorovius, que unas veces suple y otras desfigura la copiosa documentación, no siempre fielmente transcrita, que acompaña la historia de Lucrecia Borja, estuvo más acertada al suponer que Lucrecia se aburría soberanamente en Pesaro, que no al pintarla feliz con su marido y echándole de menos cuando los deberes militares le obligaban a ausentarse; porque no bastan su indolente pasividad y su absoluta sumisión a la voluntad paterna para explicar y justificar su conducta respecto a Sforza en el proceso de anulación del matrimonio. Era Lucrecia apegadísima a los suyos, parientes y españoles. A Ferrara la acompañaron como damas dos Borjas, Jerónima y Angela, hermanas del Cardenal Juan de Borja, _el Joven_, y entre las españolas que llevó a Pesaro iba Juana López, sobrina del Datario y después Cardenal Juan López, que allí casó con Juan Francisco Ardizio, médico y confidente de Juan Sforza.