Lucrecia Borja: Estudio Histórico
Part 8
Debió éste a la desmedida ambición de su tío Ludovico la mayor de sus desventuras. Llamado por _el Moro_ entró en Italia Carlos VIII, el 3 de Septiembre de 1494, a la cabeza de un poderoso ejército, con el propósito de conquistar a Nápoles. Dos años duraron, para preparar esta guerra, las negociaciones de la Corte de Milán con la de Francia y las demás de Italia, negociaciones que fueron el origen netamente italiano de la diplomacia moderna y en las que rayó a tal altura la habilidad del _Moro_, que su nombre hízose verbo, y se llamó entonces _ludovicheggiare_ el arte de la intriga en que parecía el milanés maestro, así como el nombre de Maquiavelo adjetivándose tomó carta de naturaleza en todas las lenguas y hasta en nuestros días sirve para designar la poco escrupulosa astucia florentina. Contaba a la sazón Carlos VIII unos veinticuatro años y no valía gran cosa, ni de cuerpo ni de espíritu, a juicio de los Embajadores venecianos, siendo pequeñuelo y mal formado, feo de cara, con ojos abultados que debían ver poco, nariz aguileña más grande y gorda de lo debido, boca de labios gruesos siempre abierta, con un movimiento espasmódico de la mano muy desagradable, y tardo y confuso de palabra. Halagábale la idea de la conquista de Nápoles, porque creía que quedaría así la Italia bajo su dominio y el Papa dependiente de nuevo de Francia, y que vendría él a ser señor de Europa. Los primeros pasos de Carlos VIII en Italia acrecentaron sus ilusiones, pues apenas encontraron sus tropas seria resistencia, y las pocas guarniciones que se defendieron fueron pasadas a cuchillo, sin perdonar a los inermes viejos, mujeres y niños. El 17 de Noviembre entró lanza en ristre, al frente de su ejército, en Florencia, y el 28 abandonó la ciudad, encaminándose a Roma, no sin haber antes robado los franceses, según Commines, cuanto pudieron del tesoro de antigüedades juntado por los Médicis, que había ya sufrido el previo saqueo de la plebe.
Había el 22 publicado un manifiesto dirigido a la Cristiandad, en que declaraba no ser su ánimo el hacer conquistas, sino el libertar del poder de los turcos los Santos Lugares, para lo que iba a tomar posesión del reino de Nápoles, que le correspondía, y sólo pedía al Papa el paso por los Estados de la Iglesia, que si le fuese negado obtendría por la fuerza, a pesar de las tristes consecuencias a que esto pudiera dar lugar, amenazando, de una manera apenas velada, con la reunión del Concilio y la deposición de Alejandro VI.
Con tal rapidez caminaron los franceses, que en sus manos cayeron Adriana Milá, Julia Farnesio y su hermana Jerónima, mujer del florentino Giannozzo Pucci, que salieron de Capodimonte para reunirse en Viterbo con el Cardenal. Lleváronlas a Montefiascone con las veinticinco o treinta personas que componían su comitiva, y el Capitán Ives d’Allegre dió parte al Rey, que no quiso ver a la bella Julia, por cuyo rescate pidió el Capitán tres mil ducados. Consternado el Papa, acudió al Cardenal Ascanio Sforza y a Galeazzo de San Severino[66] para que intervinieran cerca de Carlos VIII, el cual dió orden de que fueran puestas en libertad aquellas damas. Escoltadas por cuatrocientos franceses llegaron, el 1.º de Diciembre, a las puertas de Roma, donde se hizo cargo de ellas el Camarero de Su Santidad, Juan Marrades, y el Papa salió a su encuentro vestido de jubón negro, listado de brocado de oro, una bella faja a la española, con puñal y espada, botas españolas y gorra de terciopelo muy galana. Cuando lo supo Ludovico censuró a su hermano y a San Severino por haber contribuído a la restitución de aquellas mujeres, que eran el corazón y los ojos del Papa, y por cuyo medio se hubiese de él obtenido cuanto se quisiera, pues no podía vivir sin ellas. Los franceses no habían sacado más que tres mil ducados por el rescate, cuando el Papa hubiese dado más de cincuenta mil.
[66] Galeazzo era uno de los doce hijos de Roberto San Severino, cuatro de los cuales sirvieron con las armas _al Moro_ y fueron personas conspicuas en su Corte. Galeazzo casó con Blanca Sforza, hija natural de Ludovico y de Bernardina de Corradis, y tomó, después de la boda, el apellido de Sforza Visconti, siendo tratado como miembro de la familia.
Llegó Carlos VIII a Roma, según lo había anunciado, a fines de Diciembre; y el día de San Silvestre, declarado fausto por los astrólogos, hizo su entrada en la Ciudad eterna por la puerta del Pueblo y la vía Lata, el actual Corso. Seis horas, de las tres a las nueve, duró el desfile del lucido ejército francés, a cuya cabeza marchaban, armados de picas y alabardas, los gallardos mercenarios suizos y tudescos, seguidos de los ballesteros gascones, los arqueros escoceses, la caballería pesada y ligera, los treinta y seis cañones de bronce de grueso calibre, con las culebrinas y falconetes, siendo esta artillería la que más honda impresión produjo en los romanos. Cabalgaba el Rey entre el Cardenal Ascanio Sforza y el de la Rovère, y tras él venían otros seis Cardenales; D. Próspero y don Fabricio Colonna, con todos los Generales italianos, entremezclados con los altos dignatarios y nobles franceses, que le acompañaron hasta el Palacio de San Marcos, que se le destinó como alojamiento.
Empezaron luego las pláticas. Pretendía Carlos que le entregara el Papa el castillo de Sant’Angelo y a Djem, el hermano del Sultán, y que César Borja le acompañara como legado; es decir, como rehén, hasta Nápoles. A la entrega del castillo negóse el Papa, y en él se encerró con seis Cardenales y la guardia española, que mandaba su sobrino Rodrigo Borja, hermano del Cardenal Juan. Los cinco Cardenales que rodeaban constantemente al Rey, y sobre todo, Ascanio Sforza y Julián de la Rovère, enemigos entrambos del Papa, y entre sí no menos enemigos, insistían en que se convocase el Concilio para la reforma de la Iglesia y la deposición de Alejandro VI como simoníaco. La palabra reforma, como reconoce el propio Commines, no era más que un pretexto, y en cuanto a la simonía, siendo la acusación fundada, no parecía el más indicado para formularla el Cardenal Ascanio, que había sido el trujamán de la feria. Asestados los cañones contra el castillo, que hubiera podido ser fácilmente batido, y convencido de ello el Papa, decidióse a capitular, y el 15 de Enero de 1495 se firmó un convenio, cuyas principales condiciones fueron que César siguiera al ejército francés durante cuatro meses, que Djem quedase en poder del Rey mientras peleaba contra los turcos; que el castillo de Sant’Angelo continuase en poder del Papa, y que el Rey prestase obediencia al Papa y no le molestase en cosa alguna espiritual ni temporal, antes bien, le defendiese contra cualquier ataque. Ratificado el convenio y prestada en consistorio la obediencia, tomó Carlos VIII el camino de Nápoles, con gran satisfacción de los romanos, que habían tenido que mantener y soportar un ejército numeroso, cuyos discordes elementos eran harto levantiscos e indisciplinados, y con no menor alegría de Alejandro VI, que había salido con bien del más apretado lance de su vida, en que tan a punto estuvo de perder la tiara.
En Velletri, los Embajadores del Rey Católico formularon sus quejas y protestas, y no habiéndolas atendido el francés, D. Antonio de Fonseca rasgó los capítulos del convenio hecho con Francia y arrojó los pedazos a los pies del Rey. Pidiéronle que dejase en libertad a César, pero éste cuidó de recobrarla por sí mismo y desapareció de Velletri, disfrazado de palafrenero, sin cuidarse del bagaje, cargado en diecisiete mulos; mas cuando se abrieron los baúles, que debían contener sus ropas y enseres de casa, porque la plata había quedado rezagada, halláronlos vacíos los franceses.
Otro contratiempo fué la repentina muerte de Djem, natural efecto de su licenciosa vida; pero aunque en nada pudo aprovechar al Papa, atribuyóse al veneno de los Borjas.
La campaña de Nápoles se redujo, para los franceses, a un triunfal paseo. El Rey Alfonso abdicó en su hijo Fernando II (Ferrantino) y se refugió en Sicilia, adonde también vino a parar el nuevo Rey cuando entró Carlos VIII en la ciudad de Nápoles. No volvió a hablarse de la cruzada contra los turcos, ni el Rey de Francia pensó más que en gozar de aquel paraíso terrenal, poblado de seductoras Evas, que con toda clase de frutas le tentaban[67]. Y si a la tentación sucumbió el Rey, con harta más facilidad hubieron de rendirse sus capitanes y soldados, que, como buenos hijos de Marte, sentían la poderosa atracción de Venus. No les fué, sin embargo, benigna la alma Diosa: el implacable mal que cantó Fracastoro[68] hizo en los invasores gran estrago, y de él no se libraron Reyes ni Papas.
[67] Entre las preseas del Rey de Francia que cayeron en poder de los italianos en la batalla de Fornovo, y en su mayor parte le fueron devueltas por Francisco Gonzaga, figuraba un libro con los retratos de las beldades italianas cuyos favores había gozado Carlos VIII, libro que el Marqués retuvo y envió a Mantua juntamente con unos hermosos tapices.
[68] _Syphilis, sive de morbo Gallico._ Hay una traducción francesa, con notas, de Macquer y La Combe. Aunque la materia es delicada, el autor la ha tratado de una manera muy decente.
Mientras Carlos VIII y su ejército campaban en Nápoles sin cuidarse del resto de Italia, Ludovico _el Moro_, arrepentido de haber traído a los franceses y ofendido de la altanería con que el Rey le había tratado, dió oídos a los venecianos y entró en la Liga contra Francia, que formaron con el Papa los Reyes Católicos y el de Romanos, que fué luego el Emperador Maximiliano, dándosele el mando del ejército al Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Alzáronse también los napolitanos, cansados del mal gobierno extranjero, y el 20 de Marzo tuvo Carlos que emprender la retirada. Quiso, a su paso por Roma, ver al Papa; pero Alejandro esquivó la entrevista, yendo primero a Orvieto y luego a Perugia. El 6 de Julio se encontraron los dos ejércitos en Fornovo, junto al Faro, y trabaron reñidísima batalla, atribuyéndose ambas partes la victoria: los italianos, porque quedaron dueños del campo, y los franceses, por haber conseguido su propósito de abrirse paso. Aprovechó la ocasión _el Moro_ para hacer, el 9 de Octubre, en Vercelli, las paces con Carlos VIII, prescindiendo de los venecianos, con lo que creyó verse libre de unos y de otros, y sólo logró enemistárselos más hondamente.
Estando en Perugia el Papa hizo venir a Juan Sforza, que llegó con su mujer el 16 de Junio de 1495, pasó allí cuatro días y se volvió a Pesaro. Había estado Sforza a sueldo de los venecianos; pero no se le vió en la batalla de Fornovo ni en el sitio de Novara, y hechas las paces en Vercelli regresó a fines de Octubre a Roma con Lucrecia.
Jofre de Borja siguió la suerte del Rey de Nápoles; acompañóle a Sicilia y con él volvió a Nápoles, haciendo su entrada en Roma con D.ª Sancha, el 20 de Mayo del año 1496. El Papa los recibió en el Vaticano, en su trono, rodeado de once Cardenales, e hizo sentar a sus pies, en sendas almohadas, a Lucrecia a la derecha y a Sancha a la izquierda. Era entonces Pascua, y a las fiestas con que la Iglesia las celebra concurrieron las dos jóvenes princesas, que se sentaron, con escándalo de los romanos, en las sillas de coro, entre los Canónigos.
Tres meses después, el 10 de Agosto, hizo su entrada, no menos solemne, en Roma el Duque de Gandía, que dejó a la Duquesa en Valencia y trajo al Papa, según se dijo, como recuerdo de España, una bellísima valenciana; mas debió ser chisme propalado por los Embajadores venecianos y por _el Moro_, enemistado ya con Alejandro. Ardía éste en deseos de castigar a los Orsini, que por odio a los Colonna se habían puesto de parte de los franceses. Cuando tuvieron que capitular en Atella, a fines de Julio, los que al mando de Montpensier habían quedado en el reino de Nápoles para defenderlo, cayeron en poder del Rey Fernando II, Virginio Orsini y su hijo Juan Giordano, con lo que se vieron privados los Orsini del jefe de la familia y del más valiente de sus capitanes. Parecióle a Alejandro la ocasión propicia para acabar con aquellos poderosos Barones y apoderarse de sus bienes, y llamó al Duque de Gandía para ponerle al frente del ejército pontificio como Capitán general, a quien acompañaría el Duque de Urbino Guidobaldo. Pero la batalla de Soriano, en que quedaron los pontificios completamente derrotados, el Duque de Urbino prisionero y el de Gandía herido levemente en la cara, obligó al Papa a hacer las paces con los Orsini y acabó con las ilusiones que se había forjado sobre los talentos militares de su hijo predilecto, a quien más le hubiera valido morir como soldado en el campo de batalla.
La noche del 14 de Junio de 1497 tuvo lugar, en la viña de la Vannozza, junto a San Pedro _ad vincula_, un banquete a que asistieron sus dos hijos, Juan y César, y gran número de amigos, entre ellos el Cardenal Juan Borja _el Joven_. Era ya tarde cuando los dos hermanos y el Cardenal montaron sus mulas y se encaminaron con una pequeña escolta al Vaticano. Al llegar al Palacio Cesarini, que habitaba el Cardenal Ascanio Sforza, se despidió el Duque de Gandía de sus dos compañeros con el pretexto de una cita a que debía ir solo, y sin hacer caso a los Cardenales que trataron de persuadirle de que se hiciese escoltar por unos cuantos hombres de los que llevaban consigo, fuese con un solo lacayo y un enmascarado que había traído al banquete y que desde hacía un mes iba todos los días a visitarle[69]. En la plaza de los Hebreos despidió el Duque al lacayo con orden de que le aguardara allí una hora, y que si al cabo de ella no volvía, tornase a palacio, y tomando a las ancas al enmascarado, espoleó la mula y al trote desapareció en la oscuridad. Como no regresara el Duque a palacio a la mañana siguiente, sus familiares dieron parte al Papa, el cual atribuyó la ausencia a alguna aventura galante que le obligaba a aguardar las sombras de la noche para abandonar la casa hospitalaria en que se albergaba. Pero llegó la noche, y no habiendo Gandía parecido, inquietóse sobremanera Su Santidad y ordenó se le buscara por todas partes. Encontraron la mula que montaba y al lacayo gravemente herido, que no pudo dar explicación ninguna, y finalmente, el 16 de Junio, por un eslavo, mercader de leña, que tenía su almacén a orillas del Tíber, junto al hospital de su nación, y se hallaba de guardia en una barca, se supo que en la noche del martes 14, a las dos de la madrugada, desembocaron por la izquierda del hospital dos hombres, que después de haber mirado a su alrededor y visto que no había nadie, se marcharon. Vinieron a poco por el mismo sitio otros dos hombres, que cerciorados de la soledad, hicieron una señal y apareció entonces un caballero en un caballo blanco, que llevaba atravesado en la silla un hombre muerto, cuya cabeza y brazos pendían de un lado y las piernas del otro, sosteniéndolos a uno y otro lado los otros dos hombres, todos ellos enmascarados. Llegaron a la orilla del Tíber, al sitio en que se echan al río las inmundicias, y allí arrojaron el cadáver. A la pregunta del caballero de si se había ido bien a fondo, contestaron afirmativamente, y los cinco hombres, dos de los cuales montaban la guardia, desaparecieron por otra calle que daba al Hospital de Santiago. Y habiéndosele echado en cara al mercader eslavo que no hubiese dado aviso al Gobernador, respondió, y esto pinta la Roma de los Borjas, que había visto en su vida echar al río más de cien cadáveres sin que a nadie le importase nada.
[69] Según Bernáldez, el enmascarado era una meretriz que arregló la cita, sabiendo que a ella acudiría el Duque.
Aquel mismo día los pescadores encargados de arrancarle al río su secreto, encontraron el cadáver del Duque no lejos de Santa María del Pueblo y cerca de un jardín perteneciente a Ascanio Sforza. Halláronle degollado y con nueve heridas en el cuerpo; pero nada le faltaba, ni del traje, ni de las joyas, ni del dinero que tenía en la bolsa. Era, pues, evidente que no había sido el robo el móvil del delito[70].
[70] En algunos detalles discrepa de esta versión la que da en sus _Batallas y quincuagenas_, el Capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y por vez primera ha publicado el Marqués de Laurencín, Oviedo llegó a Roma en el año de 1500, tres años después del asesinato de Gandía, «cuando la común opinión de todos lo ponía a cuenta y cargo de D. César Borja por cosas e señales e causas que era para lo tener por averiguado, que otro no lo pudiera hazer ni lo osara cometer». El estafero o mozo de espuelas del Duque, que le acompañaba, llamábase Campo, y dióle su amo el encargo de que fuera a buscar sus armas secretas y le aguardara en determinado sitio y allí le aguardó hasta el alba, y no habiendo parecido el Duque, tornó a palacio con las armas. En cuanto a la máscara que sacó al Duque del banquete, dice Oviedo que oyó afirmar al Campo que era D. Micalet Corella, bastardo valenciano, de la Casa del Conde de Cocentaina, mal hombre y de pequeña estatura (por lo que pudieron tomarle por mujer) que fué después muy favorecido por el Valentino, y adquirió siniestra fama como ejecutor de sus venganzas.
Grande fué el dolor de Alejandro por la muerte de aquel hijo que compartía con Lucrecia la predilección paterna. Encerróse en el castillo de Sant’Angelo y no quiso ver a nadie, ni en dos días probó alimento ni bebida, ni pudo conciliar el sueño, llorando amargamente y lamentándose a voces. En el Consistorio del 19 de Junio, a que asistieron todos los Cardenales presentes en Roma, excepto Ascanio Sforza, y los Embajadores de la liga, el español, el napolitano, el veneciano y el milanés, dió el Papa rienda suelta a su pena. «Amábamos, dijo, al Duque de Gandía sobre todas las cosas del mundo, y daríamos con gusto siete tiaras por volverlo a la vida. Dios, por nuestros pecados, ha querido mandarnos esta prueba, porque no merecía el Duque de Gandía muerte tan terrible y misteriosa. Ha corrido la voz de que el autor de ella es Juan Sforza. Estamos seguros de que no es verdad, y aún menos de que lo sea su hermano o el Duque de Urbino. Dios perdone a quien lo haya cometido. Estamos resueltos a atender de aquí en adelante a nuestra reforma y a la de la Iglesia. Confiaremos ésta a seis Cardenales y a dos auditores de la Rota. Los beneficios se conferirán únicamente a los que los merezcan. Queremos renunciar al nepotismo y empezar la reforma por nosotros mismos para pasar después a la de los demás miembros y llevar esta obra hasta el fin.» El Embajador español, Garcilaso, excusó la ausencia del Cardenal Ascanio Sforza, que rogaba a Su Santidad no diese crédito a la voz de que era el asesino, y se había puesto a la cabeza de los Orsini, y que si lo permitía el Pontífice, comparecería para justificarse personalmente, no habiendo asistido al Consistorio por temor a la furia y venganza de los españoles. «Dios nos libre—contestó el Papa—de tener tan terrible sospecha de un Cardenal que siempre tuve por hermano, y será, cuando comparezca, el bienvenido.» Pero a pesar de estas buenas palabras y de que no se sentía el Cardenal culpable, creyó más prudente, en vista de la hostilidad de los españoles, apartarse de Roma y pasó a Genazzano.
Nombróse inmediatamente la comisión para la reforma de la Iglesia, y los Cardenales que la compusieron tomaron muy a pechos su encargo y redactaron una Bula que ponía coto a todos los más conocidos abusos; pero a su aprobación y publicación se fueron dando largas y quedó, por fin, condenada a perpetuo olvido cuando se aplacaron, con el tiempo, el dolor y el arrepentimiento de Alejandro VI y de él se enseñorearon de nuevo y con más fuerza sus pasiones y carnales apetitos.
Quién fuera el asesino del Duque de Gandía no se sabe hasta hoy con absoluta certeza. Además del Cardenal Ascanio y del Señor de Pesaro, atribuyóse el crimen a los Orsini, y a esta opinión se inclina la autorizada del Barón de Pastor, en su _Historia de los Papas_, aunque sin datos bastantes que la afirmen. Rechaza, en cambio, la versión del fratricidio, universalmente admitida _algunos años más tarde_. La primera alusión a César la hallamos en un despacho del Enviado de Ferrara en Venecia, de 22 de Febrero de 1498, es decir, ocho meses después del crimen, y dos años más tarde, cuando por orden de César fué estrangulado el segundo marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón; el Embajador veneciano Capello escribía desde Roma que «el asesino era el mismo que mató al Duque de Gandía y lo echó al Tíber». A raíz del crimen daba de él cuenta a su Gobierno el Embajador florentino Bracci, y le decía: «Quien ha dirigido la cosa tiene entendimiento y valor y es un gran maestro»[71]. Y Scalona escribía al Marqués de Mantua: «La cosa, si no ha sido hecha, ha sido mandada hacer o aconsejada por persona _que tiene los dientes largos_.»
[71] Despacho de 17 de Junio de 1497.
_Dientes largos_ teníanlos los Orsini; mas después de haber obtenido con la victoria de Soriano y el subsiguiente acuerdo cuanto apetecían, no parece que sólo por vengar anteriores agravios hubieran cometido el crimen. Y no es tampoco verosímil que si el Papa los tuvo por asesinos de su hijo los hubiese dejado en paz buen número de años, puesto que no comenzó hasta fines de 1502 la implacable persecución de aquellos poderosos Barones. Es más: en los primeros meses de 1498, pocos después del asesinato de Gandía, trató el Papa de casar a Lucrecia con un Orsini, y si el proyecto matrimonial no se llevó a cabo, debióse al deseo de Alejandro VI de enlazar a sus hijos con los de la Casa de Aragón para favorecer las ambiciosas miras de César, que soñaba con la corona de Nápoles.
De no ser los asesinos los Orsini, ¿quién sino César tenía los dientes largos y podía considerarse gran maestro, según lo acreditó más tarde con el engaño de Sinigaglia? Manteníase todavía el Cardenal de Valencia en la sombra, entregado al toreo de reses bravas, la caza y las mujeres, por lo que no recayeron en él las primeras sospechas; pero como las pesquisas de la policía para descubrir a los sicarios resultasen vanas y el delito quedase impune y envuelto en el más profundo misterio, se creyó que había un interés en echar tierra al asunto, siendo la impunidad preferible al escándalo. Y la voz pública designó entonces a César como autor del fratricidio. ¿Qué razón pudo tener para deshacerse tan criminalmente de su hermano? Dicen los que defienden su inocencia que no pudo ser el codicioso deseo de apoderarse de los bienes del Duque de Gandía, puesto que tenía éste un hijo que había de heredarle, ni tampoco porque fuera D. Juan obstáculo a sus ambiciones, después de haber demostrado en su campaña contra los Orsini su completa incapacidad. No eran ciertamente los bienes de Gandía los que el Cardenal codiciaba, sino el puesto del hijo predilecto, ojo derecho de Alejandro[72], que le disputaba la primacía con el Papa y los favores de Sancha y el cariño de Lucrecia, que los maldicientes suponían incestuoso. Prescindiendo de los celos del amante, bastábale la envidia de Caín para impulsarle al crimen, sin el cual no hubiera podido señorear la voluntad del padre y ser, mientras vivió Alejandro, el alma y el brazo del Pontífice.
[72] El 18 de Marzo de 1493 escribía Canale, hablando de _su hijastro_ el Duque de Gandía: _es el ojo de Su Santidad_.