Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 6

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En la pléyade de _Las Claras Mujeres_ del Renacimiento no tiene derecho a figurar Lucrecia Borja. Había aprendido lenguas, música y dibujo en Roma, y más tarde, en Ferrara, admiráronse mucho sus bordados de seda y oro, para los que debió tener por maestro al bordador de Leonor de Aragón, el español Jorba[46] famosísimo en su arte. El biógrafo de Bayard decía de ella, en 1512, que «hablaba español, griego, francés y un poquito también correctamente el latín, y en todas estas lenguas escribía y hacía versos». Tenía Lucrecia tanto de española como de italiana, y no es extraño que ambas lenguas le fueran igualmente familiares, y sobre todo, el valenciano, que era la lengua materna que hablaba siempre el Papa con los suyos. Sus cartas a Bembo, dos en español y siete en italiano, muestran algún sentimiento, pero ninguna profundidad espiritual. La caligrafía es desigual: a veces los trazos enérgicos y duros recuerdan la del padre, otras veces la escritura clara y menuda se asemeja a la de Vittoria Colonna. En ninguna de sus cartas se ve que poseyera el latín; mas algo debía entenderlo puesto que el Papa la dejó en el Vaticano como representante suyo, con facultad de abrir sus cartas. Muy somero debía ser también su conocimiento del griego, que es posible aprendiera con Ludovico Podocatharo, médico de Inocencio VIII y secretario de Rodrigo Borja, que lo hizo Obispo y Cardenal. Y aunque en alguna Historia de la Literatura italiana figura Lucrecia como poetisa, ni sintió el estro divino, ni de sus versos se conoce más que una canción española en una de sus cartas a Bembo, canción que debió tomar de alguno de los cancioneros españoles que poseía[47], como las que se tuvieron por poesías de Bembo, compuestas en español para Lucrecia, y fueron simplemente copias que hizo para su uso, de estrofas de Alonso de Cartagena, Juan de Tapia, Juan Alvarez Gato y Diego López de Haro. Verdad es que el enamorado Bembo, en una poesía latina dedicada a Lucrecia, la llama poetisa y dice que cuando declama versos en lengua vulgar parece nacida en tierra italiana, y cuando toma la pluma y compone versos y poemas, son versos y poemas que emanan de las Musas. Pero ni los Strozzi, ni Ariosto, ni Aldo, ni otros muchos de sus contemporáneos, que no anduvieron parcos en el elogio de Lucrecia, no hubieran dejado de otorgarle las palmas de la poesía de haber sabido que también la cultivaba la Duquesa de Ferrara, y aun hubiera salido a relucir su tía D.ª Tecla de Borja, hermana de Alejandro VI, poetisa muy loada por el gran poeta Mosén Ausias March. Para lo que sí tenía dotes y gracia especialísimas era para el baile y, sobre todo, para las danzas españolas. El Prete que informaba a la Marquesa de Mantua de cuanto pasaba en la Corte de Ferrara, le escribió que tenía la Duquesa dos bufones españoles que cuando bailaba iban gritando por la sala: «Miren la gran señora, qué linda es de cara y qué bien baila: poco y bueno.»

[46] El Sr. Sanchís en su trabajo sobre _El arte del bordado en Valencia en los siglos XIV y XV_, cita a un Luis de Sent _Jordi_, a quien se le llama maestro.

[47] Los libros que figuran en el inventario de Lucrecia, publicado por Luca Beltrami (Polifilo. _La Guardaroba di Lucrezia Borgia._ Milano, 1903), son quince; de ellos, cuatro españoles: Un libro de coplas a la española, en pergamino, miniado de oro, cubierto de terciopelo carmesí, con cantoneras y broche de plata, en una bolsa de gamuza roja; un libro manuscrito de canciones de varios autores y al principio los proverbios de D. Iñigo López (el Marqués de Santillana), encuadernado en cuero encarnado, con cantoneras y broche de latón (este Cancionero Estense se conserva, aunque con distinta encuadernación, en la Biblioteca de Módena); una _Vita Christi_, en español, y el _Dodese del cristiano_, en valenciano.

De Lucrecia no existe, según Gregorovius, más retrato que el de las dos conocidas medallas. La de Filippino Lippi (reproducida en este libro), modelada en cera en Bolonia en 1502 y ejecutada en 1505, cuando ya era Duquesa de Ferrara[48], es una de las más bellas del Renacimiento. En ésta, que llama Yriarte la medalla heroica, Lucrecia está con el cabello suelto, sin adorno ni detalle ninguno indumentario. En el reverso, que es precioso, hay un amorcillo atado a un laurel, teniendo a sus pies un violín y un papel de música: del árbol pende, rota, la aljaba, y en el suelo está el arco con la cuerda rota; alrededor se lee la siguiente inscripción: _Virtuti ac forma pudicitia prœciosissimum_, que quería decir que había pasado el tiempo de los amores libres, estando ya atada al laurel, que simbolizaba la Casa de Este. La otra medalla, atribuída a Caradosso y llamada la de _la redecilla_ por el peinado, tiene más carácter de retrato y sus detalles coinciden con los que Yriarte cree retratos de Lucrecia, si bien, en punto a traje y peinado, existe igual coincidencia con los de otras damas de su época. El cabello, aplastado en ondas regulares, que cubren parcialmente la frente y baja en cocas que ocultan por completo las orejas, está recogido por detrás en una coleta, que llamaban _cuazzone_ las milanesas, dejando libres dos rizos o tirabuzones que caen a ambos lados de la cara. La _lenza_ o hilo que ciñe la cabeza y la bordada redecilla en la parte posterior del cráneo, completan el peinado. Esta descripción del de Lucrecia es la del de Beatriz de Este en el busto de Cristóforo Romano, que se conserva hoy en el Louvre.

[48] Esto dice Friedländer, Director del Gabinete Numismático, de Berlín. En el Gabinete de la Biblioteca Nacional de París, hay una medalla atribuída a Medioli, y en el Museo del Prado, entre las medallas del legado de D. Pablo Bosch, hay otra, que también posee el Marqués de Laurencín, atribuída a Geremia, cuyo anverso es parecido al retrato de Lucrecia de Lippi, pero en el reverso aparece el de Alfonso de Este.

Crowe y Cavalcaselle, después de discutir los supuestos retratos de Lucrecia, creen, como Gregorovius, que no existe ninguno auténtico y que hay que atenerse a las medallas, y de la misma opinión es el Marqués Campori. Pero si no se ha podido encontrar ningún retrato de mano de un gran artista contemporáneo, hay cuatro, a juicio de Yriarte, que son la reproducción del único retrato de Lucrecia. Uno es el de Ferrara, que poseía Mgr. Antonelli; otro, el del Museo de Nimes; el tercero, el de Florencia, de Mr. Spence, y el último, reproducido en color por Yriarte en su libro _Autour des Borgia_, el del Sr. Gugenheim, de Venecia. Estas cuatro Lucrecias, dice, vistas por el mismo artista el mismo día, con la misma redecilla, el mismo collar, el mismo traje del dibujo de Dosso Dossi, representan el mismo personaje que fué, probablemente, retratado por un hermano de este artista, pintor oficial de la Corte de Ferrara[49].

[49] Habiendo sabido que el Señor Duque de Solferino creía poseer en su palacio de Centellas, de Barcelona, un retrato de Lucrecia Borja, me permití escribirle preguntándole si era cierto, y rogándole me enviase, en caso afirmativo, una fotografía. Nada puedo decir de este retrato, porque el Señor Duque no se ha dignado contestarme.

Los demás supuestos retratos, el del Tiziano, de la Galería Doria, de Roma; el de Giorgione, del Museo de Dresde, y el de Dosso Dossi, de Londres, de Mr. Henry Doetsche, no tienen el menor parecido con Lucrecia. El de la Galería Doria, y el del Museo Nacional de Stockholmo, son réplicas o copias del que hoy está en la Galería de Sir Herbert Cook, en Richmond. De Venecia pasó a Praga a poder del Emperador Rodolfo II; de allí a Stockholmo, como botín de guerra; vino a Roma con la Reina Cristina de Suecia; a su muerte pasó a la familia Azzolini, de quien lo adquirió el Príncipe Livio Odescalchi, y luego a la Galería del Duque de Orleans, en el Palacio Real, en 1721; vendiólo Felipe Igualdad a un banquero de Bruselas, y fué, por último, a parar a Londres; lo compró allí el Conde de Suffolk en 52.000 francos, y de otras manos pasó a las de su actual poseedor. Lo grabó Sadeler, en Praga, y le dió el nombre de _Lucrecia Borgia_; pero Malœvre, que lo grabó, en 1786, para la _Galerie du Palais Royal_, lo cambió por el de _La Esclavona_, con el que figuraba en el catálogo de Roma[50]. Aunque esta Esclavona en nada se asemeja a Lucrecia, un autor italiano, Portigliotti, que recientemente ha maltratado a los Borgias[51], cree, sin embargo, inducido a error por Sadler y por Ridolfi, que éste es el retrato de la Duquesa de Ferrara, que pintó Tiziano al mismo tiempo que el del Duque, que se encuentra en el Museo del Prado. En cuanto al del Duque, ya probó cumplidamente Justi que no es Alfonso de Este el retratado, e intentó, equivocadamente, demostrar, por semejanza con unas medallas, que era Hércules II, el hijo de Alfonso y de Lucrecia. Los Sres. Allendesalazar y Sánchez Cantón[52] identifican, con fehacientes datos, el personaje, que es Federico Gonzaga, primer Duque de Mantua, hijo de Isabel de Este, a quien retrató Tiziano, en Mantua, en 1530.

[50] El cuadro del Museo de Stockholmo, designado como _Retrato de una Señora de calidad_, procede de la colección del Rey Gustavo III, en la que era conocido como _Retrato de la Princesa Laura d’Este_, siendo ésta la Laura Dianti, la _donna amata_ de Alfonso de Este, que casó con ella a la muerte de Lucrecia.

[51] _I Borgia._ Milano, 1921.

[52] _Retratos del Museo del Prado._ Madrid, 1919.

Se ha dicho, y se ha repetido tantas veces, que el Pinturicchio retrató a Lucrecia, y que ésta es la Santa Catalina de Alejandría, del famoso fresco de la Sala de los Santos, del apartamento de los Borjas en el Vaticano, reproducida al frente de este libro, que ha llegado a tenerse por cosa cierta, aunque para afirmarlo no haya ningún dato ni fundamento serio. No hay autor contemporáneo que lo diga. El propio Vasari, que ha creído ver a Julia Farnesio en una Virgen, que está, según ya queda dicho, en una sobrepuerta de la Sala de los Santos, no hubiera dejado de hacernos saber que la protagonista de la disputa de Santa Catalina era la hija de Alejandro VI. En nuestros días surgió la idea de que Pinturicchio no se había contentado con retratar al Papa, sino que había querido dejar a la posteridad el recuerdo de la prole y de la Corte de Alejandro VI, retratándola en sus frescos de las salas de los Borjas. Y el Conde Lemmo Rossi Scotti, que había pasado largas horas contemplando y copiando estos frescos, se persuadió de ello y quedó convencido de que la Santa Catalina de Alejandría no era otra que la propia Lucrecia, siquiera no se pareciese a la Lucrecia de las medallas y de los cuatro retratos que Yriarte tiene por reproducciones del perdido de Dossi; mas hay que tener en cuenta la diferencia de edad, pues apenas contaba trece años cuando pintó su fresco el Pinturicchio[53].

[53] En el arca de bronce que guarda las reliquias de San Maurelio, en la iglesia de San Jorge, de Ferrara, hay una placa votiva, de plata, que representa a Lucrecia Borja ante el Santo, con su hijo Hércules y cinco de sus damas. El parecido con las medallas es grande aunque se ve que es ya una mujer de más de treinta años. La ha reproducido el Sr. Michele Catalano en su opúsculo _Lucrecia Borgia, Duchessa di Ferrara_. Ferrara, sin año, publicado en el de 1921.

No podía competir Lucrecia con Julia Farnesio en hermosura. Los que la miraron con enamorados ojos la tuvieron por la propia Venus, y puestos en el caso de Paris no hubieran vacilado en darle la fatal manzana. Pero si no reunió el conjunto de perfecciones físicas, que valieron a Julia Farnesio el ser llamada _la Bella_ por antonomasia, y si, a juicio de la Marquesa de Cotrone, de las tres Princesas que se juntaron en Ferrara: Isabel de Este, Isabel Gonzaga y Lucrecia Borja, llevábase la palma de la belleza la primera; reconocía la Marquesa que Lucrecia, sin ser una hermosura, tenía _una dolce ciera_, frase italiana que, literalmente traducida, sería una cara dulce, pero que expresa algo intraducible, un especial encanto, que seducía a cuantos la veían y trataban, y cuyos efectos se hacían sentir con más fuerza en los hombres, a quienes, por natural instinto de femenina coquetería, se complacía en someter dulcemente a sus antojos y mandatos.

El primer documento diplomático que cita Yriarte para darnos a conocer a Lucrecia, tal como la vieron y pintaron sus contemporáneos, es la carta que escribió el 23-24 de Diciembre de 1493 a su hermano Giannozzo, Lorenzo Pucci, Embajador florentino cerca del Papa, que vió a Lucrecia con Julia Farnesio y Adriana Milá calentándose al fuego de la chimenea en el Palacio de Santa María dei Portici. Dice Yriarte, incurriendo en grave error, que Pucci encontró a Lucrecia parecida al Papa, _adeo ut vere ex ejus semine orta dici possit_. Mas no era a Lucrecia a quien se refería Pucci, sino a Laura, la hija de Julia Farnesio, la cual Julia, dice, «quiso que viese yo a la niña, que ya es grande, _et ut mihi videtur est simili Pontifici_». Dió suelta Julia a la rubia cabellera, que le llegaba hasta los pies, para que la peinaran, y parecióle a Pucci un verdadero sol. De Lucrecia sólo dice que se fué a quitar un peinador que tenía a la napolitana y volvió al poco rato lujosamente ataviada.

No sabemos si Julia era naturalmente rubia o si debía la dorada cabellera a alguna _lexía para enruviar_, como la que recomendaba Celestina, o a alguna de las recetas _a far capelli biondi come oro_ de las que juntó en sus _Experimenti_ Catalina Sforza, la señora de Forli. En cuanto a los decantados áureos cabellos de Lucrecia, aunque los autores del libro _Les femmes blondes selon les peintres de l’école de Venise_, los Sres. Baschet y Feuillet de Conches[54], la citen con Beatriz de Este y Juana de Aragón, como las tres únicas rubias verdaderas, no cabe duda de que había nacido morena, como era natural lo fuera, siendo hija de un valenciano[55] y una transteverina, y de que se teñía el pelo cada cinco días por lo menos, y cuando dejaba pasar una semana sin lavarse la cabeza quejábase de dolores que pudieran atribuirse a la mala condición del tinte. Cada cinco días tuvo que detenerse en su viaje de Roma a Ferrara, que duró veintisiete, y porque una vez transcurrió una semana sin haberse lavado la cabeza, hubo de dolerle, y se retrasó con este motivo la llegada a Ferrara.

[54] _Les femmes blondes selon les peintres de l’école de Venise_, par deux Vénitiens. París, Aubry, 1865.

[55] Cuando vino de Roma por Legado y pasó por Játiba, dijo que fué bautizado en la iglesia de San Pedro y llamado Rodrigo; que era _Narahinet_, hoc est, _Morenico_ y _Morrudet_.

Bernardo Zambotto, que la vió en Roma el día de su boda con Alfonso de Este, escribía: «Tiene veinticuatro años (tenía dos menos), es bella de cara, tiene hermosos ojos despiertos, es derecha de cuerpo y de estatura regular.» Cagnolo, que aquel día asistió a la ceremonia en representación de Parma, la describe: «De estatura mediana, esbelta; la cara más bien larga, la nariz bella y bien perfilada, los cabellos dorados, los ojos _blancos_, la boca un poco grande, los dientes relucientes, el pecho firme y blanco, _ornato con decente valore_: todo respiraba en ella la alegría y la sonrisa.» Si Cagnolo calificó de _blancos_ los ojos de Lucrecia fué porque el blanco del ojo debió llamarle más la atención que el color de la pupila, pues hubiera dicho que eran azules o negros si hubiesen sido decididamente de uno u otro color. El preferido de los griegos y de los italianos, según el florentino Firenzuola en su tratado _Della perfetta bellezza di una donna_, eran los ojos blancos con la pupila castaña. El color de los ojos de Lucrecia acaso fuera gris, pero desde luego no muy marcado, porque ninguno de los muchos poetas que cantaron en Ferrara su dulce mirar hizo mención del color de sus ojos[56]. Fijándose Yriarte en estas descripciones y en los retratos que tiene por auténticas copias del de Dossi, nos la pinta así: «La cara era llena, sin rasgos bien definidos; los ojos grandes, _blancos_, muy abiertos y distantes de las cejas, y almendrados de forma; la frente lisa y muy descubierta; el mentón entrante, que fué redondeándose cuando engordó con los años. En lo físico, como en lo moral, resulta algo dulce, blando, sin voluntad ni arranques, sin exaltadas alegrías y sin cóleras terribles, una mujer sin nervios, incapaz de oponerse al destino que la hace, en manos de Alejandro y de César, un instrumento demasiado dócil.»

[56] En una de sus poesías latinas, dijo Hércules Strozzi que la mirada de Lucrecia, ora inflamaba, ora helaba y petrificaba; quien mira al sol, queda ciego; quien se fijaba en Medusa, quedaba hecho piedra, y quien miraba a Lucrecia quedaba primero ciego y luego petrificado. _Fit primo intuitu cœcus et inde lapis._

La dulzura y la gracia constituían el principal encanto de Lucrecia, además de la ingénita alegría heredada del padre, que caracterizaba a todos los Borjas. No heredó la lujuria paterna, que hubiera hecho de ella una ménade; pero mujer, al fin y al cabo, flaca de voluntad y no desprovista de temperamento, no pudo resistir a las tentaciones y a ellas sucumbió, debiendo parecerle sus amorosos lances pecadillos de poca monta, acostumbrada a los que cometían sin recato alguno cuantos la rodeaban.

La escasa fortuna que tuvo en sus dos primeros enlaces matrimoniales, disuelto el de Sforza por la supuesta impotencia del marido, y el segundo por el asesinato de D. Alfonso de Aragón, obra de César, no turbó en ella la alegría de vivir y pasó a terceras nupcias con Alfonso de Este, sonriente y regocijada, sin que la amedrentara la suerte que cupo en la Corte de Ferrara a la infeliz y enamorada Parisina. Y tanto bailó la noche que se publicó en Roma la noticia de la concertada boda, que tuvo un acceso de fiebre que la obligó a guardar cama el día siguiente.

Tampoco la afligió grandemente la muerte del Duque de Gandía ni la de Pedro Calderón, el _Perotto_, Camarero de Su Santidad, asesinados ambos por orden o por mano del Cardenal de Valencia. Otras eran o debían ser, en aquellos momentos, sus preocupaciones, porque anulado ya su matrimonio con Sforza, de quien estaba hacía tiempo separada, dió a luz un hijo que tuvo, según se dijo, por obra del tal _Perotto_ y que creemos fuera el infante romano Juan, reconocido, cuando tenía tres años, por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, como hijo primero de César y luego del propio Papa habido en mujer soltera.

Gregorovius y los ferrareses pretenden hacer de Lucrecia dos mujeres distintas: la Lucrecia romana, que viviendo en la Corte de Alejandro VI fué acaso pecadora, sin que de sus pecados haya noticia cierta, y la Lucrecia, Duquesa de Ferrara, dechado de virtudes, que vivió adorada por sus vasallos y murió casi en olor de santidad.

Las dos pasiones de Lucrecia, dice Catalano, fueron el _flirt_ y las fiestas. Respecto al _flirt_ cree que las relaciones amorosas de la Duquesa con el veneciano Bembo y con su cuñado el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, acreditadas por cartas fehacientes, fueron pecados de pensamiento y de palabra, que no llegaron a ser obras; pero fuera o no un mero _flirt_, que de ello hablaremos en su lugar, resulta desde luego evidente que Lucrecia era naturalmente enamoradiza y que en Ferrara dió al corazón, por lo menos, lo suyo, cuidando de no comprometer su reputación y la honra del marido, porque si bien éste, como joven, anduviese de día buscando su placer en varias partes, y hacía muy bien, según decía Su Santidad, era hombre capaz, si se creía afrentado, de tomar cruenta y cruelísima venganza.

La otra pasión de Lucrecia, no menos femenina, pero mucho más inocente, era la de los trajes, las joyas y las fiestas. En Roma competía en el vestir con su cuñada Sancha; pero en Ferrara la competencia fué más seria, porque la entabló con otra cuñada, Isabel de Este, que pasaba por ser la mujer más elegante de Italia y por tal se la tenía también en Francia, donde la moda no había todavía sentado sus reales para ejercer desde allí, sobre todas las partes del mundo, un perdurable imperio.

Isabel, como mujer honrada a carta cabal, y religiosa, había visto con malos ojos la boda de su hermano Alfonso con la hija del Papa, sobre cuyas costumbres llegaron hasta Ferrara y Mantua las voces poco halagüeñas que corrían en Roma. Mas se resignó, sabiendo que obedecía a la razón de Estado que aconseja tales enlaces entre Príncipes, soliendo los italianos mitigar sus rigores con alguna bella y complaciente amiga, que les ayudaba a soportar el matrimonio y contribuía al aumento de la familia con una abundante prole de reconocidos bastardos, y esto sucedía en todas partes, en Roma y en Nápoles, y en Milán, y en Florencia, y en Ferrara. Las relaciones de Isabel de Este y Lucrecia Borja fueron siempre corteses, pero nunca llegaron a ser amistosas, porque lo estorbaba el opuesto carácter de las dos cuñadas. La Marquesa de Mantua era la encarnación del Renacimiento triunfante. Su prodigiosa actividad se ejercitaba en múltiples y variadas esferas. Poseída de una insaciable curiosidad, quería saberlo todo, verlo todo, hacerlo todo. Ocupábase en los negocios de Estado, supliendo las deficiencias del marido y concibiendo la política, como se practicaba entonces en Italia, para vivir al día, que no era poco, dados los revueltos tiempos que alcanzó, desde la invasión francesa de Carlos VIII hasta el saqueo de Roma por las tropas del Emperador Carlos V, coronado después en Bolonia por el Papa Clemente VII. No sintió el arte, pero protegió a los artistas, que se llamaban Mantegna y Francia, Miguel Angel y Rafael, Lorenzo Costa y Perugino, Tiziano y Correggio, y con sus obras adornó el _Paradiso_ y los _Camerini_ del palacio de Mantua. Fué ardiente coleccionista de antigüedades y viajera infatigable, y cantó acompañándose con el laúd, e inventó trajes y cofias y empeñó a menudo sus joyas para sufragar las empresas bélicas del versátil Marqués o los caprichos artísticos de la Marquesa, y no dió a su espíritu ni a su cuerpo instante de reposo, ni dejó que el amor le robara momento alguno de su atareada vida. Y como era, además de amable, hermosa, tuvo muchos amigos y pocos enemigos, y la cantaron los poetas, y de ella hizo el Ariosto honrosa mención en su _Orlando furioso_.

Claro es que también obtuvo Lucrecia puesto no menos honroso en el poema del poeta ferrarés; pero desde luego se comprende que no congeniara ni pudiera competir con su cuñada de Mantua. No atraían a la hija de Alejandro las letras ni las artes: su biblioteca era exigua y copioso el inventario de sus ropas y alhajas. Su perezosa actividad no traspasaba los límites del cuidado de su persona y del cultivo de aquellas artes que, como la danza, contribuían a realzar su ingénita gracia y a conquistarle la admiración y el aplauso cortesano. Los trajes y las joyas eran su principal preocupación, y fué su mayor afán el empuñar el cetro de la moda, que estaba entonces en manos de la Marquesa de Mantua. En cuanto a las alhajas, túvolas en abundancia y muy valiosas, siendo su especial predilección las perlas. Su padre había dicho a los enviados del Duque de Ferrara, mostrándoles un cofrecillo lleno de perlas: _Quiero que mi hija sea la princesa que en Italia tenga más perlas y las más hermosas_. Y, por su parte, díjole el Duque de Ferrara que aunque no era tan rico como el de Saboya, podría enviar a su futura nuera joyas tan bellas como las de éste, y que tendría Lucrecia piedras preciosas más valiosas y en mayor número que las que había poseído la Duquesa su esposa. Y entre las alhajas que le regaló, cumpliendo lo ofrecido, figuró un collar de gruesas perlas que había sido de la Duquesa D.ª Leonor de Aragón[57]. Otro collar de brillantes y rubíes, también de su madre, lo vió Isabel, con tanto disgusto como envidia, ciñendo el cuello de su cuñada el día de su entrada en Ferrara.