Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 5

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Heredó D. Juan de su hermano Pedro Luis el Ducado de Gandía, y por su enlace con D.ª María Enríquez emparentó con el Rey Católico. Del de Nápoles obtuvo, al casarse Jofre, el Principado de Tricarico, y luego el de Teano y el Ducado de Sessa, que su viuda vendió en 1506 al Rey Católico y éste hizo de él merced al Gran Capitán. Era Gandía el predilecto de su padre, _el ojo de Su Santidad_, según decía Canale. Dedicáronlo a la carrera de las armas para que fuera estirpe de un linaje que había de ser, tal como Alejandro lo soñaba, uno de los más ilustres en Italia y España. César y Jofre se vieron, sin vocación, destinados a la Iglesia. Al de Gandía lo retrató Pinturicchio en el fresco de la _Disputa de Santa Catalina_, siendo el gallardo mozo, jinete en un caballo blanco y tocado con un turbante, porque gustaba mucho de vestir a la turca en competencia con el Príncipe Djem, que también figura en el fresco[38]. En punto a costumbres, pecaba de enamorado y mujeriego, como el padre, y tenía además la pasión del juego y la afición al vino, sin que estos vicios se vieran compensados por virtudes o calidades que los hicieran disculpables; siendo justificada la opinión de los españoles que, según Bernáldez[39], le tenían por un _muy mal hombre, soberbio, muy enlodado de grandeza e de mal pensamiento, muy cruel y muy fuera de razón_. Ansiaba el Papa tener a su lado a aquel hijo predilecto, a quien suponía grandes dotes militares, y para apresurar su regreso de España nombróle Capitán general de la Iglesia, aun reconociendo su poca edad e inexperiencia, pero dando como razón del nombramiento el haberlo pedido el Rey D. Alfonso y los principales condotieros, el Señor de Pesaro (su yerno), el de Piombino, D. Próspero Colonna y otros Señores y Barones que no querían estar a las órdenes de un Capitán que no fuera de la sangre del Papa. Puesto al frente de las tropas pontificias destinadas a castigar a los Orsini, quedó en la batalla de Soriano derrotado su ejército y demostrada su incapacidad, viéndose obligado Alejandro a hacer las paces con aquellos poderosos Barones romanos, émulos de los Colonnas. Y para rescatar a Ostia, que había quedado en poder de los franceses, apeló el Papa a la amistad de Gonzalo de Córdoba, que con mil infantes y seiscientos caballos se apoderó en ocho días de la plaza. Hizo su entrada en Roma el Gran Capitán acompañado del Duque de Gandía, y allí se vió la diferencia entre un verdadero General, hombre de Estado, y un Príncipe de teatro, cubierto de oro y alhajas.

[38] El Sr. Sanchís reproduce, como retrato de D. Juan, el de la tabla de principios del siglo XVI, que existe en el Colegio de Corpus Christi, de Valencia, y representa a la Virgen con el Niño, teniendo a sus lados a Santo Domingo y Santa Catalina y a sus pies dos grupos de hombres con trajes de la época. Sospecha Bertaux que dicho cuadro fué pintado por algún discípulo de Pablo de S. Leocadio con destino al oratorio de la Duquesa de Gandía, que se lo encargó en 1507, y que el Duque es el hombre que en el grupo de la derecha está arrodillado, coronado de flores, con las manos juntas en actitud suplicante, y a quien sujeta por detrás y amenaza herirle con un largo puñal un asesino. Este retrato es muy semejante al del fresco del Pinturicchio.

[39] _Historia de los Reyes Católicos._ Sevilla, 1870.

Cuentan los historiadores aragoneses Abarca y Zurita que le recibió el Papa sentado en su solio y rodeado de su familia, de los Cardenales y de la Corte, y que cuando se inclinó Gonzalo para besarle el pie se levantó Alejandro y le besó en la frente, manifestándole su gratitud por el servicio que le había hecho y dándole por su mano la rosa de oro con que solían los Papas premiar cada año a los beneméritos de la Santa Sede. Mas como al despedirse le diese el Papa algunas quejas de los Reyes Católicos, que él mejor que nadie conocía, respondióle el Gran Capitán con libertad y rudeza de soldado, llegando a decirle «que le valía más no poner la Iglesia en peligro con sus escándalos, profanando las cosas sagradas, teniendo con tanta publicidad cerca de sí y en tanto favor sus hijos, y que le requería reformase su persona, su casa y su Corte, que bien lo necesitaba la cristiandad». Enmudeció el Papa, asombrado de que supiese apretar tanto con palabras un soldado, y que así hablara al Pontífice, en punto de reformas, un hombre no aparecido del cielo.

Muy otro era César; no porque tuviera menos vicios que su hermano, sino porque estaba dotado de mucho mayor entendimiento y sagacidad. Animoso condotiero y astuto político, desleal y falso, según era entonces uso, león y raposo a la par, como debía ser, a juicio de Maquiavelo, el perfecto Príncipe, había heredado del padre la jocunda serenidad propia de la familia; pero era terrible en sus odios y venganzas, y su crueldad pareció, aun en aquellos tiempos, excesiva. Su desmedida ambición no conocía obstáculos ni escrúpulos, y fiel a su lema _aut Cesar aut nihil_, después de haber sido señor potísimo en Italia, murió en España oscuramente, no como Capitán, sino como soldado al servicio de una causa mezquina e ingloriosa. Claro es que no le llamaba Dios por el camino de la Iglesia, aunque lo recorrió en breve tiempo, sin pararse en barras. A los siete años era Protonotario Apostólico; diez años después, Obispo de Pamplona; al siguiente, Arzobispo de Valencia, y al otro, Cardenal. Para que pudiera ordenarse le dispensó Sixto IV el impedimento de honestidad por ser hijo de Cardenal y de mujer casada, y para hacerlo Cardenal lo declaró Alejandro VI hijo legítimo de la Vannozza y de su marido Domenico d’Arignano. Harto sabía César que en la carrera eclesiástica no podría llegar a la meta, o sea al papado, y como no bastara a su ambición la púrpura cardenalicia, aspirando a más altas grandezas mundanas y aun a coronas reales, colgó en cuanto pudo los rojos hábitos talares. No le estorbaron, sin embargo, para sus aventuras amorosas, que tempranamente empezaron con la Fiammetta y siguieron después con honestas meretrices y deshonestas damas, demostrando en ellas que al heredado apetito acompañaban las dotes necesarias para dejar satisfechas a cuantas invitaba a compartirlo. Entre las damas figuró durante algún tiempo su cuñada D.ª Sancha de Aragón, mujer de su hermano Jofre, y la leyenda, que ha hecho de estos Borjas unos monstruos de crueldad y de concupiscencia, no se ha detenido ante el incesto, acusando a Lucrecia de haberlo cometido con su padre y con su hermano.

César, que tenía puestos los ojos en la corona de Nápoles, aspiró a enlazarse con Carlota de Aragón; pero ni ésta ni el Rey Fadrique, su padre, prestáronse a la boda, y Luis XII, deseoso de ganárselo, hízolo Duque de Valencia, en Francia, y cuando fué a Chinon como portador del capelo para Amboise y de la dispensa para que pudiera el Rey casarse con Ana de Bretaña, ofrecióle la mano de la bellísima Carlota de Albret, hermana del Rey Juan de Navarra. El 12 de Mayo de 1499 celebróse en Chinon, con gran pompa, el matrimonio; que aquel mismo día y noche quedó ocho veces consumado, según lo participó César a su padre por medio de un correo despachado al efecto[40]. Escribió también Carlota a Su Santidad, muy contenta con el marido, que la había dejado satisfecha. Mas duró poco la luna de miel, pues a los cuatro meses partió el Duque Valentino para Italia, y su azarosa vida y temprana muerte le impidieron volver a reunirse con su esposa y conocer a su hija, fruto de su efímera temporada conyugal[41].

[40] Esto dice Burchard, _Matrimonium... consumasse et fecisse octo vices susccesive_. Luis XII escribió al Papa que Valencia había roto cuatro lanzas más que él, dos antes de la cena y seis por la noche, siendo costumbre en Francia que se consumase el matrimonio de día.

[41] Luisa de Borja, la hija de César, casó a los dieciséis años, con Luis II de la Trémoille, muerto en la batalla de Pavía, y cinco años después contrajo segundas nupcias con Felipe de Borbón-Busset.

Estaba aún en la infancia cuando su padre entró en tratos para casarla con Federico Gonzaga, el primogénito de Isabel de Este, Marquesa de Mantua, del que había sido padrino de bautismo; tratos que, muerto César, se renovaron en 1516 y no tuvieron éxito porque los mentores del Príncipe mantuano, enviado a la Corte de Francisco I para completar su educación, calificaron la novia de «pequeñuela, fea de cara y nariguda y con una señal en la frente que la hacía parecer aún más fea», no bastando a compensar estos defectos físicos la pingüe dote y «el ingenio vivo y pronto, natural en quien era hija de español y de gascona».

Tuvo César dos hijos naturales: Jerónimo y Camila, que estuvieron en Ferrara al cuidado de Lucrecia. Jerónimo casó en 1537 con una Pizzabeccari y en 1545 con Isabel Pío, de los señores de Carpi. Camila entró a los cinco años en el Convento de Clarisas del _Corpus Domini_, y habiendo mostrado su inclinación a la vida monástica, edificó Lucrecia la iglesia y convento de San Bernardino, en el que profesó Camila, tomando el nombre de Lucrecia, y allí está enterrada. Del Jerónimo se sabe, por el Diario de un tal Jacoppo Ranieri, de Bolonia, que «el 4 de Marzo de 1542 fueron decapitados tres ferrareses que vinieron a Poggio, por encargo de un hijo del Duque Valentino, para matar a un tal Castrone», el cual, por cierto, fué asesinado el 15 de Noviembre de 1546, junto a la puerta de San Jorge, en Ferrara, no habiendo podido escapar a la venganza del Borja, que debía tener sobre su conciencia la desaparición de tres Lambertini, Señores de Poggio, a cuyo servicio estaba el Castrone.[A]

[A] Conrado Ricci. _Anime dannate. Il figlio di Cesare Borgia._ Milano, 1918.

Jofre, Príncipe de Squillace en el Reino de Nápoles, el menor de los hijos que tuvo Rodrigo de Borja en la Vannozza, y a quien, por Bula de 6 de Agosto de 1493, reconoció como hijo suyo y de mujer viuda[42], estaba destinado a seguir, como César, la carrera eclesiástica que empezó tempranamente, puesto que era ya canónigo de Valencia a los diez años; pero razones políticas movieron al Papa a cambiar de parecer y a casarlo con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey D. Alfonso II de Nápoles; habiéndose celebrado el matrimonio por poder, en Roma, el 16 de Agosto de 1493, y representando a la novia su tío Fadrique, Príncipe de Altamura, que recibió el anillo nupcial con risa de los asistentes y del Papa, que lo abrazó. El 11 de Mayo del año siguiente se casaron de presente en Nápoles, cuando Jofre sólo contaba trece años. Dos más tenía Sancha, que a los ocho se había desposado con Honorato de Gaetani, desposorios anulados por una Bula de 17 de Septiembre de 1493, casando Gaetani el 8 de Diciembre con Lucrecia, hija natural del Rey Fernando.

[42] _De Nobis genitus et muliere vidua._

Era Sancha mujer de gran belleza, como su madre Trusia, hija de Ursula Caraffa, de Gaeta, y de Antonio Gazella, Señor de Campello, Secretario de Fernando y su Embajador en Milán y en Roma. La sangre real aragonesa que corría por sus venas, al mezclarse con la napolitana, resultó ferventísima e hízola por demás enamorada y pecadora, sin que para su salacidad hallase freno ni remedio el cuitado marido, que apenas varón la noche de la boda tuvo que habérselas con aquella hembra harto viripotente[43]. Jofre, que según decía su hermano César era hombre para poco, resignóse a la constante infidelidad de su mujer, y mientras ésta llamaba la atención de los romanos por su hermosura y sus amores, y pasaba de los brazos del Cardenal de Valencia a los del Duque de Gandía, causa, según se dijo, del fratricidio atribuido a César, buscaba el pacientísimo marido el venal consuelo que en su infortunio le ofrecían las menos honestas meretrices y andaba con otros españoles a caza de nocturnas aventuras, en una de las cuales tuvo un encuentro con los esbirros y quedó malherido, con gran disgusto de Su Santidad. A la muerte de Alejandro VI púsose al lado de César y le acompañó a Nepi, mientras D.ª Sancha, a quien, para mayor seguridad, dejó en el Castillo con los dos pequeñuelos Rodrigo y Juan, tomó el camino de Nápoles con Próspero Colonna para tratar de recuperar sus bienes en aquel reino. Reuniósele el marido cuando fué con César a Nápoles; pero no duró la unión más que una semana y tuvo que volverse el Príncipe con su hermano a casa del Cardenal Borja, cuyos esfuerzos, así como los del Gran Capitán y los de la Reina de Hungría y la Duquesa de Milán, resultaron vanos para reconciliar a los mal avenidos cónyuges. No es cierto que Jofre corriera la misma suerte que César y estuviera con él preso. Veíasele todos los días con el Gran Capitán, con quien cabalgaba y triunfaba, faltándole solamente para colmar su felicidad, según escribía Pandolfini, recobrar a su mujer, que no quería saber nada con él. Un año después[44], y en edad tempranísima, falleció sin sucesión D.ª Sancha, y pasó el viudo a segundas nupcias con doña María Milán de Aragón, de los Condes de Albaida por su padre, y Villahermosa por su madre, en quien tuvo descendientes, siendo la última D.ª Ana de Borja, que a principios del siglo XVII trajo a la Casa de Gandía el principado de Squillace por su matrimonio con D. Francisco de Borja. Dice Gregorovius que no se sabe el fin que tuvo Jofre; pero en una carta de 2 de Enero de 1517 daba Lucrecia al Marqués Francisco Gonzaga la noticia del fallecimiento de su querido hermano el Príncipe de Squillace, que le había sido comunicada por un correo enviado por don Francisco de Borja, hijo del difunto.

[43] El Embajador mantuano en Venecia, Tosabezzi, escribía el 28 de Septiembre de 1497, que corrían voces de que D. Jofre no había podido nunca consumar el matrimonio con D.ª Sancha, por lo que pensaban casarla con el Valentino.

Contradice estas voces la carta del Cardenal de Monreal, que original se conserva en el Archivo de la Catedral de Valencia, fecha en Nápoles, el 12 de Mayo, y dirigida a D. Juan de Marrades dándole cuenta de la boda, para conocimiento del Papa, en los siguientes términos: «Después de levantarnos de la mesa el Rey y yo con todos los Grandes del Reino, acompañamos a D.ª Sancha y a D. Jofre hasta la puerta de la posada en que se alojaba el Príncipe fuera del Castillo nuevo y los acompañamos hasta su cuarto, y S. M. y yo la entregamos a las damas que la aguardaban en casa del Príncipe y a quienes tocaba meterla en la cama a ella y al Príncipe, y al Rey y a mí nos tocaba aguardar a que estuvieran en la cama y entramos luego en el cuarto y allí estuvimos hasta una hora antes de amanecer, mirando cómo estaban en la cama, y S. M. y yo bromeando con ellos, y el Príncipe estaba tan gracioso y animoso en la batalla que hubiera dado cualquier cosa porque lo hubiesen podido ver otros como yo le vi. Después de darle la bendición en la cama, nos fuimos... Mandé hoy por la mañana un camarero mío para saber cómo estaba el Príncipe, que estaba todavía en la cama, y le dijo en secreto que se había portado muy bien, y estaba tan alegre, que delante de él besó dos o tres veces a D.ª Sancha y daba gusto verlo». Y tanto satisfizo al Papa esta relación del Cardenal, que se apresuró a participar al Duque de Gandía, en carta del 18 de Mayo, que su hermano Jofre «había consumado el matrimonio con D.ª Sancha, su esposa, y _se había portado muy bien, aunque no tenía más que trece años_».

[44] Decíale Emilia Pía a la Marquesa de Mantua, en carta fecha en Urbino el 21 de Diciembre de 1504: «D. Gonzalo (el Gran Capitán) ha mandado celebrar exequias bellísimas a la Princesa de Squillace, en las que quiso se hallase reunida toda la familia, la cual quedó malcontenta, porque D. Juan de Cardona les había quitado toda la fortuna, dejándolos sin nada, salvo a una favorita suya a quien quedaron unos cuantos centenares de florines, y esto quizá porque era muy hermosa, según se dice, y natural de Fossombrone.»

A. Luzio y R. Reiner. _Mantova e Urbino._ Turín, 1893.

III

Nacimiento de Lucrecia.—Su educación encargada a Adriana Milá.—La religión.—Las lenguas y letras clásicas.—Las mujeres italianas del Renacimiento.—_Las Claras Mujeres_ de Jacobo de Bérgamo.—Los conocimientos de Lucrecia según el biógrafo de Bayard.—Sus retratos.—Las medallas de Filippino Lippi y Caradosso.—Los cuatro retratos que Yriarte supone reproducción del único retrato de Lucrecia, obra de Dossi.—La placa de plata del arca de San Maurelio.—_La Schiavona_, del Tiziano.—_La Santa Catalina_, del Pinturicchio.—Lucrecia según la describieron sus contemporáneos.—Los áureos cabellos de Lucrecia.—Su dulzura y su gracia.—La alegría de los Borjas.—Sus dos pasiones, según Catalano: el _flirt_ y las fiestas.—Su afición a los trajes y las joyas, y su rivalidad con Isabel de Este.—Carácter opuesto de las dos cuñadas.—Las fiestas y diversiones de la Corte de Ferrara.

Nació Lucrecia en Roma, el 18 de Abril de 1480, según el documento valenciano de sus esponsales con don Cherubín Joan de Centelles, hermano del Conde de Oliva[45], fecho el 26 de Febrero de 1491, en el cual se expresa que el matrimonio se llevaría a cabo en el mes de Abril del año 1492, en que cumplía Lucrecia, el día 18, los doce años. Y el Papa Alejandro VI, en una conversación que tuvo con el agente del Duque Hércules de Ferrara, y que éste refiere en despacho de 26 de Octubre de 1501, díjole que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en el siguiente Abril veintidós años. Esto no obstante, Pastor, siguiendo a L’Epinois y a Citadella, le echa un par de años más, dándola por nacida en 1478.

[45] Alfonso V dió título de Conde, en 1448, a Francisco Gilabert de Centelles, su Camarlengo, en premio a sus servicios en las guerras de Nápoles. Por la extinción de la línea masculina recayó el Condado en una hembra, Magdalena, que casó con el quinto Duque de Gandía, Carlos, hijo de San Francisco de Borja.

Educóse en casa de Adriana Milá, hija de Pedro Milá, primo hermano del Cardenal Borja, y mujer de Ludovico Orsini, señor de Bassanello, de quien tuvo a Orsino Orsini, _el Tuerto_, marido de Julia Farnesio. Gozó Adriana de gran valimiento con su tío el Cardenal, aun antes de ser suegra de _la Bella_, y lo atribuye Gregorovius a que había ya mediado en otras intrigas y aventuras de Rodrigo y estaba al tanto de sus secretos y pecados. Pero la razón de que le confiara la educación de su hija predilecta debió ser porque Vannozza, concubina y madre ejemplar, no era mujer de letras ni había todavía adquirido, con el íntimo trato cardenalicio, esa culta gracia natural femenina, desenvuelta y perfeccionada, que se designaba entonces con la palabra latina _pudor_, y que hubo de poseer Lucrecia en alto grado.

No hay ningún dato que permita afirmar o suponer que estuvo de educanda en el convento de San Sixto, en la vía Appia, pues sólo se sabe que a él se retiró en 1498, cuando, separada de su primer marido, dió a luz un hijo cuya paternidad se atribuyó a _Pedro Calderón_, el primer Camarero de Su Santidad, y que pudo ser el _infante romano_ Juan, reconocido por las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501 como hijo de César y del Papa.

En la educación de toda mujer italiana entraba entonces, como ahora, en primer término, la religión, cuyas prácticas se consideraban esenciales y se guardaban ostensiblemente hasta por las más grandes y empedernidas pecadoras. Es, pues, seguro que tanto Vannozza como Adriana cuidarían de que conociese Lucrecia, desde su más tierna infancia, las verdades de nuestra santa religión y cumpliera todos los preceptos de la Iglesia. En esto mostróse Lucrecia siempre puntualísima, y mereció los elogios del Embajador de Ferrara en Roma, quien escribía al Duque que era _no menos católica, temerosa de Dios e iba a confesarse en Nochebuena para comulgar el día de la Natividad_.

Además de la religión, era base de la enseñanza, común a ambos sexos, el conocimiento de las lenguas clásicas y de los tesoros literarios, griegos y latinos, cultivando también las mujeres la elocuencia y la poesía, la música y el dibujo, a que, naturalmente, las convidaba el florecimiento de las Bellas Artes. Brillaron las mujeres italianas del Renacimiento por su superior cultura en varias disciplinas, siendo tanto más admiradas cuanto que no andaban reñidos el entendimiento y el saber con la belleza y con la gracia. Jacobo de Bérgamo, en el libro que escribió en 1496 sobre _Las Claras Mujeres_, cita, entre otras, a la veneciana Casandra Fedeli, que era a fines del siglo XV maravilla de su tiempo y tan maestra en Filosofía y Teología, que competía con los más doctos varones, y con ellos discutía públicamente en presencia del Dux Agustín Barbarigo, suscitando con su elocuencia y con su gracia el entusiasmo del auditorio. La bella mujer de Alejandro Sforza, de Pesaro, Constanza Varano, era también muy versada en poesía, elocuencia y Filosofía, trayendo siempre entre manos a San Agustín y San Ambrosio, San Jerónimo y San Gregorio y a Séneca y Cicerón. No fué menos erudita su hija Bautista Sforza, que casó con Federico de Urbino. La famosa Isotta Nugarola de Verona estaba también muy familiarizada con los Santos Padres, que tampoco les eran desconocidos a Isabel de Este y a Isabel Gonzaga. De Hipólita Sforza, la mujer de Alfonso II de Aragón, Rey de Nápoles, dice el de Bérgamo que reunía una cultura finísima, una maravillosa elocuencia, una belleza rara y un nobilísimo pudor femenino. Gran renombre alcanzó como poetisa Vittoria Colonna y de la Trivulzia, de Milán, que a los catorce años llamaba la atención por su elocuencia; dícese que cuando los padres se dieron cuenta de las extraordinarias dotes de la niña, que tenía apenas siete años, la dedicaron a las Musas para que éstas la educaran.

[Ilustración: LUCRECIA BORJA Medalla de Filippino Lippi. ANVERSO REVERSO]