Lucrecia Borja: Estudio Histórico
Part 4
[28] En 1841 reimprimió Luis de Usoz, en Londres, el _Cancionero de burlas provocantes a risa_, publicado en Valencia en 1519, y hablando en sus _Advertencias previas_ de Alejandro VI, dice que «pocos años antes de ser Arzobispo cayó en amor con cierta dama, viuda con dos hijas, que había venido con su familia de Roma a Valencia. Rodrigo, hecho ya dueño del honor de la madre, y crecidas en tanto las hijas, las puso también asechanzas; pero la muerte de la madre puso un dique a su carrera de lascivias. Dejó bajo el cuidado de la madre a las muchachas; e puso la una monja en un monasterio y a la otra, llamada Catalina y que otros llamaban en Valencia _Rosa Vannozza_ tomó por concubina y de ella tuvo muchos hijos antes y después de ser Papa».
No sabemos de dónde tomó Usoz estas noticias que tenemos por apócrifas y no las citaríamos si no fuera por lo del nombre de _Rosa_, porque las tres veces que Burchard la menciona en su _Diario_, la primera, cuando saquearon su casa los soldados de Carlos VIII; la segunda, cuando al repasar por Roma los suizos, camino de Francia, les quitaron algunos bagajes los hombres de César en venganza del hecho anterior, y la tercera, cuando dió a sus hijos una cena en su viña la noche del asesinato del Duque de Gandía, la llama solamente _domina Rosa_, omitiendo su apellido.
Don Juan de Borja segundo probó, ante la Corte de justicia de Valencia, por medio de una justificación de testigos, que su padre del mismo nombre y Doña Lucrecia de Borja eran hermanos, hijos ambos de la propia madre y ésta la noble _D.ª Bennosa_.
Y en el instrumento de 29 de Enero de 1483 en que se daba tutor a D. Juan de Borja, cuya madre (la Vannozza) había contraído segundas nupcias, se decía que su abuela materna D.ª Mónica era viuda de un Jacobo Pinctor y estaba excusada por su edad senil y que los parientes que había en Roma, por parte de la madre, hábiles para el cargo eran Juan Bautista y Paulo, hijos del maestro Antonio de Brixio o Brixia, familia no conocida.
No fué una de tantas famosas cortesanas de las que entonces pululaban en Roma y entre las que descollaron, por cantidad y calidad, las españolas, según el testimonio de _la Lozana Andaluza_, de Francisco Delicado, digna compañera de _la Nanna_, protagonista de los _Ragionamenti_, de Pedro Aretino. Debió ser, en su mocedad, doncella honesta, y figúrasela Gregorovius como una de esas hermosas romanas, recias y voluptuosas, que tienen algo de la grandeza de Roma y en las que se juntan y acoplan Venus y Juno. Pero no pudo sustraerse a los ultrajes del tiempo, para las mujeres hermosas tan sensibles, y cuando pasaron los cuarenta no fué la costumbre, a pesar de su fuerza de atar, bastante poderosa para retener al ya maduro amante que por ley fatal de la edad se refocilaba y creía remozarse con el íntimo trato de las apenas núbiles doncellas. Una de éstas, _la Bella_, Julia Farnesio, vino a ocupar el puesto que durante veinte años había fecundamente usufructuado la Vannozza, la cual se jubiló con honores de madre, por serlo de los hijos predilectos de Alejandro VI, y continuó el Papa dispensándole a título, por decirlo así, familiar y en forma menos íntima, su bondadosa protección.
Tuvo, según Pastor, tres maridos: el primero de ellos un tal Domenico d’Arignano, con quien la casó el Papa en 1474. Cuando Alejandro VI quiso, en 1493, dar el capelo a su hijo César, Arzobispo ya de Valencia, al que para poder ordenarlo había dispensado Sixto IV, el 1.º de Octubre de 1480, del impedimento canónico, por defecto de nacimiento honesto, como _nacido de Cardenal Obispo y de mujer casada_[29], «salió nombrado Cardenal con probanza de muchos testigos, que juraron no ser hijo del Papa, sino de Dominico Ariñano, marido que era de la Zanozia; probanza que pasó por Rota y por el Consistorio, sin que casi persona se atreviese a hacer contradicción; tal era el poco miramiento de aquel tiempo». Esto dice Mariana, siguiendo en este punto al cronista Infessura; pero Gregorovius pone en duda que existiera este marido o que el matrimonio fuera legalmente reconocido, y se funda en que el contrato de boda con Carlos Canale expresa que pasa con éste a segundas nupcias, y en una donación a la iglesia de Santa María del Popolo, en que se declara viuda del dicho Canale y llama a Jorge de Croce su primer marido, obligándose los Agustinos a decir una misa en el aniversario del fallecimiento de cada uno de ellos, sin hacer mención del Arignano, de quien dice no hay más noticia que la del Infessura. Pero no conoció, sin duda, Gregorovius la Bula de 19 de Septiembre de 1493 en que se dice a César que había nacido del legítimo y constante matrimonio de Domenico d’Arignano, militar y doctor en leyes, y de Vanotia de Cathaneis, mujer romana, y habiendo fallecido el Domenico y quedado viuda, en ella procreamos a nuestro querido hijo el noble varón Juan de Borja, Duque de Gandía.
[29] _De Episcopo Cardinali genitus et conjugata._
Después de haber sido Vannozza por largo tiempo la amiga del Cardenal Borja, dióla éste por marido, en 1480, al milanés Jorge de Croce, para encubrir así unas relaciones que continuaron, sin embargo, a ciencia y paciencia del elegido esposo. De éste tuvo un hijo, o al menos pasó por tal, el llamado Octaviano, que murió en 1486, el mismo año que su padre, y en 1481 dió a luz Vannozza otro, a quien pusieron por nombre el de su abuelo paterno, Jofre, y el Papa lo reconoció, el 6 de Agosto de 1493, por hijo suyo y de mujer viuda[30]. Para Croce obtuvo el Cardenal, del Papa Sixto IV, un empleo de Secretario apostólico, y era natural que con el aumento de familia y la paternal munificencia del Vicecanciller fuera Vannozza adquiriendo casas y viñas y las tres conocidas hosterías _el León_, _la Vaca_ y _el Gallo_, y se enriqueciera a la par el predestinado y bonísimo marido, que fundó para él y los suyos una capilla en la iglesia de Santa María del Popolo.
[30] _Nobis genitus et muliere vidua._
No le parecía al Cardenal que la viudez fuese estado que conviniese a la Vannozza, por lo que la instó para que tomara nuevo marido que pudiera defenderla, administrar su fortuna y mantener el decoro de la casa. Y por complacerle, a los pocos meses de enterrado Croce, casó, el 8 de Junio de 1486, con el mantuano Carlos Canale, conocido como humanista en su ciudad natal, donde estuvo al servicio del Cardenal Francisco Gonzaga, y a la muerte de éste pasó a Roma con el Cardenal Sclafetano, de Parma. Habíalo conocido Borja en casa de ambos Cardenales y parecióle que, como hombre de ingenio y bien relacionado, sería para la Vannozza un buen marido. No le había servido, sin embargo, su ingenio para hacer fortuna, por lo que si aceptó la mano que le ofrecían, fué con ánimo y esperanza de que tuvieran la merecida recompensa los servicios que pudiera prestar a un Cardenal de la pujanza y largueza de Rodrigo Borja. No se sabe si Vannozza llegó a tener sucesión del Canale como del Croce; pero síntomas hubo de ella, puesto que Ludovico Gonzaga, Obispo de Mantua, dió poder a su agente en Roma para que le representara como padrino. Lo que sí se sabe es que Canale se mostraba muy satisfecho de haber emparentado, por conducto de la Vannozza, con el Papa, y de tener por hijastros[31] a los que con un elegante eufemismo llamaban los romanos «sobrinos de un hermano de Su Santidad». Canale, cuyas armas cuartelaba Vannozza con la de los Borjas, según puede verse en una pila de agua bendita donada a la iglesia de Santa María del Popolo, que se conserva en la sacristía, murió antes que el Papa[32], de suerte que al fallecimiento de éste buscó la viuda la protección de la gente de armas de su hijo César, a cuyo frente, por la enfermedad del Valentino, estaba el Príncipe de Squillace, Jofre, con el valenciano Miguel Corella, el Don Michelotto, de siniestra memoria, ejecutor de las justicias del Duque. Envió César a su madre, a su cuñada D.ª Sancha y a las mujeres de todas clases que tenía consigo, a Cività Castellana, y de allí pasó con ellas a Nepi, hasta que por enfermo, y a instancias de los Cardenales españoles, obtuvo, del bondadoso y compasivo Pío III, permiso para regresar a Roma y vino entonces a habitar con su madre el Palacio del Cardenal de San Clemente, en el Borgo, que había el Papa Alejandro dado al de Squillace; pero no considerándose en él seguro, trasladóse luego con los suyos al castillo de Sant’Angelo.
[31] En carta que escribió el 25 de Noviembre de 1492 a un Fray Jorge de Mantua, solicitaba le enviase el Marqués un buen caballo _para el Duque de Gandía mi hijastro, que lo demás corre de mi cuenta_.
[32] El 1.º de Abril de 1500 escribía Cristóbal Poggio, Embajador mantuano en Venecia, que Carlos Canale había muerto de fiebre.
Contra los Borjas y los españoles desatóse por segunda vez, con más fuerza, la cólera de los romanos, exacerbada por la mayor duración del Pontificado. Era natural que Alejandro VI, como Calixto III, ateniéndose al consejo de «a los tuyos con razón o sin ella», favoreciese en primer término a sus parientes y luego a sus conterráneos. De los cuarenta y tres Cardenales que creó Alejandro, diecinueve eran españoles, no menos merecedores de la púrpura que los italianos. Españoles fueron sus médicos, Pedro Pintor, autor de un tratado _De morbo gallico_ dedicado al Papa, y el valenciano Gaspar Torella; su bibliotecario, el catalán Pacell, que obtuvo el puesto que pretendía Poliziano; su camarero, Pedro Calderón, _el Perotto_, asesinado, según la leyenda, por el propio César en presencia del Papa; su bufón, Gabrielleto, y los soldados que formaban su guardia, capitaneada por su sobrino Rodrigo Borja, mercenarios reclutados en España, de donde vino también una legión de pecadoras, igualmente mercenarias, dispuestas siempre a entrar en la amorosa lid y a señorear, como el soldado español, la tierra extranjera que pisaban. Y fué tan grande el número de ellas[33], que se dijo había más en Roma que frailes en Venecia. Pero cuando llegó el fin del Pontificado de Alejandro VI, que las tales tuvieron _por su mejor tiempo_, a duras penas se salvaron los españoles de la sañuda persecución de los romanos; distinguiéndose en aquella ocasión, por la acogida que dispensó en su casa a sus perseguidos compatriotas, el Cardenal Carvajal, según lo atestiguó Alonso Hernández, de Sevilla, paniaguado de su Eminencia y autor del poema _Historia parthenopea_, escrito en honor del Gran Capitán[34].
[33] Según Infessura, había en Roma, en 1490, antes de que se conociera el mal francés, 6.800 mujeres públicas, sin contar las concubinas, y según Sanudo, 11.654 en Venecia, en 1500.
[34] Tu casa fué el arca donde han escapado toda nobleza de gente d’España, según el gran odio, rancor y gran saña, que tanto Alexandre nos ovo dexado...
César puso todas sus esperanzas en el Cardenal d’Amboise, Ministro y privado de Luis XII, que aspiraba a la tiara, y a quien prometió los votos de los once Cardenales españoles; pero éstos, manteniéndose unidos, se atuvieron a las instrucciones del Rey Católico, y se negaron a votar al francés. No era, sin embargo, posible sacar triunfante a ningún español, siquiera tuviese las dotes del Cardenal Carvajal, por lo que aceptaron al anciano y achacoso Francisco Piccolomini, propuesto por Julián de la Rovère como Papa depósito, según se llamó después al elegido sólo para poco tiempo. En efecto, no duró un mes el Pontificado de Pío III.
Aspiraba Julián de la Rovère hacía ya mucho, y con hartos méritos, a la tiara, que no había obtenido en el último Cónclave por la oposición de Ascanio Sforza, y para que no se malograran de nuevo sus deseos, que dependían de la voluntad de los Cardenales españoles, hechuras de los Borjas, abocóse con ellos y con César, y se los ganó, prometiendo al Duque el nombramiento de Gonfaloniero de la Iglesia y otras mercedes. Para obtener los votos restantes hasta el número necesario para asegurar la elección, no tuvo Julián más escrúpulos que Rodrigo, y adonde no llegaron las promesas alcanzaron las dádivas. Así es que del Cónclave, que fué el más breve en la larga historia del Papado, puesto que no duró más que un día, salió Papa, con el nombre de Julio II, Julián de la Rovère.
No eran hombres que pudieran entenderse César y el Papa, siendo igualmente grandes e irreconciliables las ambiciones del uno y del otro; pero como la fortuna, cansada de proteger al primero, se hubiera puesto de parte del segundo, era fácil de prever el fin de la dominación de los Borjas en Italia. Concertó César con el Papa que le entregaría las fortalezas que en la Romaña presidiaban sus gentes, y con este intento enviaron, de común acuerdo, a Pedro de Oviedo, cubiculario del Papa y Ministro que fué del Duque; pero arrepentido éste de lo concertado, escribió al alcaide que tenía en Cesena y se llamaba Diego de Quiñones, que prendiese y ahorcase a Oviedo, e hízolo así; lo cual tuvo el Papa por gran desacato, y mandó detener al Duque en Palacio hasta que se entregaran Cesena, Forli y Bertinoro. Entre tanto que esto se cumplía, acordaron estuviera el Duque detenido en Ostia, en poder del Cardenal Carvajal, el cual, cuando se entregaran las fuerzas, le pondría en libertad y le daría dos galeras para pasar a Francia. Luego que supo estos conciertos el Gran Capitán, envió a Ostia a Lezcano para que tratara con el Cardenal y le advirtiese que sería de grande importancia si pudiese persuadir al Duque se fuese a Nápoles, por excusar que aquel tizón no pasase a otra parte donde hiciese más daño, y le dejó para el efecto un salvoconducto del Gran Capitán. Entregáronse sin dificultad Cesena y Bertinoro; pero el alcaide de Forli, Gonzalo de Mirafuentes, navarro, no quiso entregar aquel castillo si no se le contaban quince mil ducados, que el Duque libró en Venecia. Púsole en libertad el Cardenal, y a su persuasión tomó César el camino de Nápoles, yendo a alojarse en casa del Cardenal Borja. Recibióle muy bien y agasajóle el Virrey; pero enterado éste de que el Duque, arrepentido ya de su resolución de ir a Nápoles, intentaba salirse del Reino por la posta, lo detuvo algún tiempo en Castelnovo, donde entregó su espada a Núñez Docampo, Gobernador del castillo, y después de haber alcanzado de él, con buenas palabras y la promesa de ponerlo en libertad, que se entregara Forli al Papa, acordó que don Antonio de Cardona y Lezcano lo llevaran a España, como se verificó el 20 de Agosto de 1504. Echóse en cara al Gran Capitán que hubiese faltado a su palabra, por lo que, al saberlo, dijo el Rey de Francia que «de aquí en adelante la palabra de españoles y la fe cartaginesa corrían parejas»; pero, a juicio de Mariana, el Gran Capitán, como tan prudente que era, tuvo en cuenta que los grandes Príncipes deben obrar lo que conviene y es justo sin mirar mucho a su fama y qué dirán.
Estuvo el Duque Valentino preso en España, primero en Chinchilla y luego en Medina del Campo, hasta el 20 de Octubre de 1506 en que logró evadirse, no sin peligro de su vida y harto maltrecho. Presentóse a su cuñado el Rey de Navarra, Juan de Albret, y peleando a sus órdenes, contra el Conde de Lerín, halló frente a Viana la muerte honrosa del soldado.
Muerto César, refugiado en Nápoles Jofre y reinante Lucrecia en Ferrara, donde nunca se atrevió Vannozza a presentarse, la feliz e infeliz madre de los Borjas quedó en Roma y volvió a su casa de la plaza Branca, hoy Cairoli, contando con la protección de los Farnesios, emparentados con el Papa por la boda de Laura Orsini, la hija de Alejandro VI y de _la Bella_. Para salvar su fortuna donó, el 4 de Diciembre de 1503, a su capilla gentilicia de Santa María del Popolo, las casas que poseía en la plaza Pizzo di Merlo, reservándose el usufructo vitalicio y comprometiéndose los Padres Agustinos a decir una misa el 24 de Marzo por el alma de Carlos Canale, otra el 13 de Octubre por la de Jorge de Croce, y otra el día en que ella muriera. Los últimos quince años de su vida fueron para Vannozza de apacible y digno reposo. Gozó de la grandeza de los hijos, que alcanza refleja a los que tuvieron la fortuna de engendrarlos, y en ella no vieron ya los romanos a la concubina de Alejandro VI, sino _a la magnifica e nobile Madonna Vannozza_, que Paulo Jovio llamó _donna dabene_; es decir: señora honrada, madre de la Duquesa de Ferrara, que cantó Ariosto en su _Orlando furioso_, y del famoso César que fué _el Príncipe_ ideal de Maquiavelo. Contaba con medios bastantes de fortuna para que no le faltasen amigos en el Sacro Colegio, aunque de él hubiesen ya desaparecido los Cardenales hechuras de los Borjas. A la vida devota la inclinaban, naturalmente, sus muchos años; los recuerdos de la lejana mocedad, alborotada y pecadora; la muerte del potente protector y de los hijos y maridos, y el ambiente romano con sus iglesias, que pasaban entonces de trescientas, sus poblados conventos de frailes y de monjas y sus innumerables hermandades y obras pías, que servían para que el alma adormida despertase a tiempo, y la descarriada oveja, que abundaba en Roma, cansada de triscar por montes y por valles, se restituyera al redil con las primeras sombras de la noche. La vida devota y la frecuentación del confesor en busca de absolución y de consejo, no la obligó a apartarse del trato de las gentes que gustó de cultivar, no sólo en edad propicia a tentaciones, sino cuando después de haber a ellas sucumbido estaba ya harta y satisfecha.
Murió a los setenta y seis años, el 26 de Noviembre de 1518, y fué su fallecimiento anunciado, según la costumbre romana, por un pregonero que gritó: «El Señor Pablo participa que ha muerto Madonna Vannozza, madre del Duque de Gandía. La difunta pertenecía a la Hermandad del Gonfalone.» Fué enterrada con gran pompa, como si fuera un Cardenal, en su capilla gentilicia de Santa María del Popolo, junto a su hijo D. Juan, el Duque de Gandía, y a sus honras acudió la aristocracia y burguesía romana, que formaba parte del Gonfalone, y el Papa León X se hizo representar, cosa nunca vista, por dos de sus camareros.
Siete años después, Marcantonio Altieri, guardián del Gonfalone, haciendo el inventario de los bienes de la Hermandad, enumeraba los valiosos donativos de joyas y otros socorros de la Vannozza que habían permitido cancelar obligaciones y alimentar crecido número de pobres y niños, por lo que la Hermandad acordó por unanimidad, no sólo solemnizar sus exequias con toda esplendidez de honores y pompa, sino también recordar su memoria con un magnífico y grandioso monumento, que no se llevó a efecto. Por pública aclamación se resolvió igualmente festejar en adelante el día de las exequias en Santa María del Popolo, donde estaba enterrada, con misas, concurso de hermanos, profusión de cirios y hachas y toda clase de devociones, y esto, no sólo para recomendar su alma a Dios, sino para demostrar al mundo que odiaban la ingratitud.
Dijéronse, por los Padres Agustinos de Santa María del Popolo, las convenidas misas durante doscientos años, al cabo de los cuales, según Gregorovius, las suprimió la autoridad eclesiástica, bien fuera porque las estimara bastantes para sacar de penas el alma de Vannozza, si estaba aún purgando en el otro mundo sus pecados, bien porque empezaba a levantar cabeza una conciencia crítica e histórica. Más tarde, añade, un sentimiento de odio, y quizá de vergüenza, hizo desaparecer la lápida sepulcral con su epitafio. Creemos, sin embargo, que esta desaparición no se debió a un sentimiento de odio, harto tardío, sino simplemente a la acción destructora del tiempo que acabó por borrar el epitafio y por gastar la piedra, como sucedió con otras tumbas que sin motivo alguno corrieron igual suerte que la de Vannozza en Santa María del Popolo.
Según el tal epitafio, era Vannozza madre de los Duques César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y de la Duquesa Lucrecia de Ferrara. ¿Quiere esto decir que el mayor de los cuatro fuese César? No andan los autores de acuerdo respecto de la fecha de su nacimiento, que varía de 1474 a 1476. Gregorovius sostiene que nació en 1476, fundándose en los despachos de los Embajadores del Duque Hércules de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio y Saracini; el primero de los cuales, en Febrero y Marzo de 1493, daba a César dieciséis o diecisiete años, y el segundo, en 26 de Octubre de 1501, refería una conversación que había tenido con el Papa, quien le dijo que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en Abril veintidós años y el Duque de Romaña veintiséis. De mayor peso son las razones, basadas en Bulas pontificias, en favor de la fecha de 1474, que es la asignada por Burchard. En la primera Bula de legitimación, de 1.º de Octubre de 1480, se dice que tenía _seis años cumplidos_ y no había llegado al séptimo, y en otra Bula de Inocencio VIII, de 12 de Septiembre de 1484, se dice que estaba _en el nono_; de suerte que, según Oliver, la época de su nacimiento queda reducida al espacio que hay entre el 13 de Septiembre y el 1.º de Octubre de 1475. Esta es la fecha que fija Pastor, teniendo a la vista un documento por él hallado en el Archivo Vaticano, y es el nombramiento de César para el Arzobispado de Valencia en 31 de Agosto de 1492, en el que le dice el Papa que, nombrado por Inocencio VIII Obispo de Pamplona a los diecisiete años, había desempeñado laudablemente el cargo y tenía ya unos _dieciocho años_[35]. Tanto de esta Bula como de las otras dos citadas por Oliver se deduce que César nació en 1474 y no 1475, puesto que el 1.º de Octubre de 1480 tenía seis años cumplidos y dieciocho el 31 de Agosto de 1492.
[35] _Ad presens in decimo octavo vel circa tue etatis anno constitus._ En la Bula de la misma fecha dirigida al Clero de Valencia, que publica el Sr. Sanchís, empléase igual expresión: _hodie in decimo octavo vel circa suæ etatis anno_.
En cuanto a la cuestión de la primogenitura, a pesar de la respetable opinión del Barón Pastor[36], que es la de Gregorovius, Oliver, Höfler, el Marqués de Laurencín y la generalidad de los historiadores, que tienen por mayor a Juan, creemos, con el Sr. Sanchís, que lo fué César. Además del epitafio de Vannozza y del orden en que el Rey Católico los nombra al hacer a ellos extensivo el título de _Egregio_ concedido a Pedro Luis de Borja, hay en abono de esta opinión, no sólo la de Burchard[37], que es terminante, sino varias pruebas documentales, como el instrumento de tutela a favor de Pedro Luis, hecho en 29 de Enero de 1483, en que se llama a Juan _infante_, el testamento otorgado por Pedro Luis el 14 de Agosto de 1488, en que al nombrar a Juan su heredero le sujeta a curadoría hasta que llegue a los veinte, y, en fin, la dispensa _ex defectu ætatis_, dada el 28 del propio mes y año por el Papa Inocencio VIII al segundo Duque de Gandía para las capitulaciones matrimoniales con D.ª María Enríquez, por no haber cumplido los catorce años, contando entonces sólo _doce_, según el Breve de dispensa, por lo que debió nacer en 1476. Por último, la antes citada Bula del 19 de Septiembre de 1493, que declara a César hijo legítimo, dice que Juan fué procreado después, cuando Vannozza era ya viuda.
[36] Me dice el Barón Pastor que en la nueva edición que va a publicar del tomo III, escrito hace muchos años, rectifica esta opinión y reconoce que César fué el mayor de los dos hermanos.
[37] _R. d. Cardinalis Valentinus dicti ducis frater germanus et natu major_, dice en su Diario el 10 de Agosto de 1496.