Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 3

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[13] Era hija del Cardenal Pedro Taglaria de Aragón y de la bella Julia Campana, famosa cortesana de Ferrara, en quien la hubo, dice un cronista, _furtivamente_. Tuvo una corte de poetas y la protegió D.ª Leonor de Toledo, Duquesa de Florencia. Después de haber ganado con su belleza y con su arte una fortuna, murió en la miseria en una taberna del Transtevere. (G. Biagi.—_Un etèra romana Tullia d’Aragona._ Firenze, 1897.)

[14] G. Passini.—_Veronica Franco, celebre poetessa e cortigiana_, 2.ª edición, Venezia, 1888.

Mas no bastó a los humanistas para su solaz el renacimiento de aquellas ilustres cortesanas. No les bastaron los placeres a que naturalmente nos inclina la flaqueza humana. Parecióles digno de imitación y de encomio el ejemplo de los filósofos helenos, y ensalzaron y practicaron el pecado nefando a que los griegos dieron nombre. Ya desde principios del siglo XIV se conocía en Venecia, en Nápoles, en Siena. Dante tropezó en el Infierno con estos pecadores, entre los cuales estaba su propio maestro, Brunetto Latini, y el Obispo de Florencia, Andrés de Mozzi, y otros que fueron todos clérigos o letrados insignes de gran fama, y San Bernardino de Siena los amenazó en sus sermones con todas las iras y castigos del cielo. No se puede decir, como Ariosto, que de este vicio estaban infestados todos los humanistas; pero es indudable que en el número de los que por ahí pecaron figuró Angel Poliziano, cabeza de los humanistas en la Corte de Lorenzo de Médicis, y el cronista veneciano Sanuto, y el Embajador de Venecia cerca de Inocencio VIII, Antonio Loredano, que por el escándalo perdió su puesto, caso que pudiera en nuestros días repetirse, si el nefando pecado, público y notorio ya en varias residencias, llegase alguna vez a cometerse en forma que, traspasando los límites de la maledicencia diplomática, adquiriese las proporciones del manifiesto escándalo.

Consideróse entonces como uno de los castigos del cielo, anunciados por San Bernardino, un mal que causó aún mayores estragos que la peste, y que los italianos llamaron francés por suponerlo importado de Francia por el ejército de Carlos VIII, que ocupó a Nápoles y allí vivió entregado a Baco y a Venus; mientras que los franceses lo bautizaron de napolitano, teniéndolo por enfermedad propia de aquel reino.

No respetó el terrible mal ni aun a los que habían de sentarse en la Silla de San Pedro. No era, a la verdad, ejemplar la vida de aquellos Cardenales mundanos como Ascanio Sforza, Riario, Orsini, Balue, Savelli, Sanseverino, Julián de la Rovère, que nada tenían que echar en cara a Rodrigo de Borja. Vivían todos como príncipes seculares, en regios palacios, con centenares de servidores, los más de ellos armados, y paseaban por la ciudad a caballo, ataviados militarmente y con la espada al cinto, y acompañados de lucida escolta. Cazaban, jugaban, banqueteaban, cortejaban a casadas y doncellas, tomaban parte en las fiestas del Carnaval y se permitían toda clase de desenfrenos, sin desdeñar el meretricio. Profundamente mundana era la personalidad más importante del Sacro Colegio, el Cardenal Julián de la Rovère, que fué luego el Papa Julio II, verdadero hombre del siglo XV por la fuerza de la voluntad, la impetuosidad de la acción y la grandeza de sus proyectos e ideas, el cual tampoco guardó el celibato, pero sí cierta decorosa seriedad.

Hubo ésta de echarse de menos en Rodrigo de Borja, a quien nadie pudo disputar la palma de mujeriego y lujuriante. El Papa Pío II, que profesaba al Cardenal Vicecanciller un verdadero afecto, hubo de amonestarle por cierta fiesta que dió en Siena, de la que excluyó a padres, hermanos y maridos, para que no presenciaran cosas que el pudor obligaba a callar y no permitía llamar por su nombre[15]. Pero las amonestaciones y consejos, siquiera fuesen tan autorizados y prudentes, de poco sirvieron para morigerar a aquel _uomo carnalesco_, que de mozo como de viejo, de Cardenal como de Papa, amó con pasión y hasta el fin a las mujeres, a quienes atraía como el imán al hierro[16].

[15] He aquí la traducción castellana de la carta de Pío II:

«Amado hijo: Cuando hace cuatro días se juntaron en los jardines de Juan de Bichis algunas damas de Siena entregadas a la mundana vanidad, olvidaste, según hemos sabido, la dignidad del cargo que desempeñas y te entretuviste con ellas desde las 17 hasta las 22. Tuviste por compañero a quien la edad, si no el honor de la Santa Sede, hubiera debido recordarle su deber[A]. Hemos oído que se bailó disolutamente, sin omitir ninguno de los atractivos del amor, y que tu conducta fué la de cualquier joven mundano. Lo que allí ocurrió el pudor obliga a callarlo, porque no sólo el hecho, sino hasta el nombre es indigno de tu posición. Los maridos, padres, hermanos y parientes de aquellas damas, casadas y solteras, no fueron admitidos, para que vuestro placer pudiese ser más desenfrenado. Os encargasteis, con pocos criados, de dirigir y de animar los bailes. No se habla hoy en Siena sino de tu ligereza, que anda hoy en boca de todos. Es verdad que en estos baños donde es grande el concurso de clérigos y seglares eres la fábula de todos. Es indecible nuestro disgusto porque esto redunda en desdoro del oficio y dignidad sacerdotal. Se dirá que nos enriquecemos y encumbramos, no para vivir honestamente, sino para procurarnos los medios de satisfacer nuestros antojos. De ahí el desprecio de los Príncipes y de las Potencias y el cotidiano sarcasmo de los legos. De ahí que se nos eche en cara nuestra manera de vivir cuando reprendemos la de los demás, y que las censuras alcancen al Vicario de Cristo porque tolera tales cosas.

[A] Mons. de Robau.

»Tú, hijo amado, estás a la cabeza de la diócesis de Valencia, la primera de España; eres, además, Canciller de la Iglesia, y, lo que hace más reprensible tu conducta, figuras entre los Cardenales que con el Papa forman el Consejo de la Santa Sede. Dejamos a tu juicio si conviene a tu dignidad el cortejar doncellas, el enviar fruta y vino a tu predilecta y el pasar el día sin pensar más que en solazarte deleitosamente. Por culpa tuya se nos censura y padece la memoria de tu tío Calixto que, a juicio de muchos, hizo mal en cubrirte de tantos honores. Si buscas excusas con la edad, no eres tan joven que no puedas comprender los deberes que tu dignidad te impone. El Cardenal debe ser irreprensible y modelo de conducta moral a los ojos de todos. ¿Podremos, acaso, enojarnos si los Príncipes de la tierra nos dan calificativos poco honrosos, si nos disputan la posesión de nuestros bienes y nos obligan a someternos a sus mandatos, cuando somos nosotros mismos los que nos inferimos estas heridas y los que nos aparejamos estos males, menoscabando, cada vez más, con nuestras acciones, la autoridad de la Iglesia? Nuestro castigo en este mundo es la vergüenza, y en el otro el consiguiente padecer. Ponga tu prudencia coto a estas vanidades y tenga presente tu dignidad, para evitar que ganes fama de pisaverde entre las damas. Si tales hechos se repitieran Nos veríamos obligados a hacer ver que ocurren sin nuestra aprobación, antes bien, muy a pesar nuestro, y nuestra censura no te favorecería. Siempre te hemos querido y te hemos creído digno de nuestra protección porque parecías hombre serio y morigerado. Haz de modo que podamos seguir teniendo de ti la misma opinión y nada contribuirá más a ello que el llevar una vida más seria. Tu edad, que promete todavía mejora, nos permite amonestarte paternalmente.

»Petriolo, 11 de Junio de 1460.»

[16] Cuando en 1464 acompañó a Pío II en su viaje a Ancona enfermó allí y el médico dió pocas esperanzas _Maxima quia paulo ante non solus in lecto dormiverat_.

Frisaba en los sesenta cuando empezaron sus amores con Julia Farnesio, que apenas contaba quince abriles, y de cuya peregrina hermosura se hicieron lengua los romanos, que por antonomasia llamábanla _la Bella_ y también, impíamente, _la esposa de Cristo_. Lorenzo Pucci, el Embajador florentino, que la vió un día en casa de Adriana Milá, calentándose al fuego con Madonna Lucrecia, _la hija de Nuestro Señor_, después de haberse lavado la cabeza, operación frecuente y necesaria para las que, como Lucrecia, se enrubiaban a la veneciana, dice que parecía Julia un sol con la dorada cabellera que le llegaba hasta los pies. No tuvo la fortuna de pasar a la posteridad retratada por un gran artista, como le sucedió a Laura di Dianti, la amiga del Duque de Ferrara, Alfonso del Este, cuya belleza fijó en el lienzo el famoso Tiziano. Pretende el Vasari que Pinturicchio la pintó en una sobrepuerta del apartamento de los Borgias, en el Vaticano, como una Virgen a quien adora el Papa Alejandro VI; pero ni la Virgen que está en la sobrepuerta de la Sala de la Vida de los Santos se parece en nada a Julia, por los retratos que de ella trazaron con la pluma sus contemporáneos, ni está ante ella en adoración el Papa, maravillosamente retratado en el fresco de la Resurrección, en la Sala de los Misterios. Hay quien supone que es Julia, y no Lucrecia Borja, como hasta ahora se ha creído, la protagonista de la Disputa de Santa Catalina, la joven que, ricamente vestida de azul y rojo y suelta la dorada y copiosa cabellera, aparece ante el trono del Emperador; porque Julia Farnesio, que tenía entonces diecinueve años, gozaba en la Corte Pontificia de lugar preeminente como favorita oficial de Alejandro VI[17].

[17] Es pura leyenda la de que sirvió de modelo a la Justicia en el mausoleo de su hermano Pablo III, que en el estilo de Miguel Angel hizo Guillermo della Porta en San Pedro; estatua cuya desnudez veló Teodoro della Porta, en el Pontificado de Clemente VIII, con una lámina de hierro que se confunde con el mármol.

En ella tuvo el Papa una hija que se llamó Laura, y cuyo _indecente parecido_ proclamaba a voces su paternidad, la cual tampoco ocultaban los Farnesios, que en el lenocinio fundaron su grandeza, ni podía ignorarla el apartado y pacientísimo marido, Orsino Orsini, _el Tuerto_, que para el caso resultaba ciego, emparentado asimismo con el Papa por su madre Adriana Milá, sobrina de Alejandro VI, y zurcidora del matrimonio de su hija y del adulterio de su nuera.

Esta Laura Orsini, apenas cumplidos los trece años y declarada núbil a ojo y fe de notario[18], casó el 16 de Noviembre de 1505 con Nicolás de la Rovère, sobrino del reinante Julio II, enemigo declarado de Alejandro VI, a quien públicamente llamaba _Marrano_, nombre con que se designaba a los judíos conversos. Celebróse la boda con gran pompa en el Vaticano, y a la ceremonia y al banquete de familia, presididos por el Papa, asistió la madre de la novia, doblemente viuda[19], llamando la atención por su gran dignidad y espléndida belleza, no afectada por los años ni por los escrúpulos de una conciencia estrecha. La sobrina de Su Santidad pasó a Urbino en compañía de la Duquesa Leonor de Gonzaga, mujer de intachable reputación; mas no pudo decirse lo mismo de la de Donna Laura, que sin duda heredó de sus padres descomedidos apetitos que no bastaba a satisfacer el cuitado marido. Ello es que pocos años después escribía el poeta Tebaldeo al Conde Baltasar Castiglione, que era D.ª Laura mujer de quien se debía huir, pues por haberla él servido quince días, temía que le durara quince años el recuerdo de aquella intimidad, por lo que aconsejaba al árbitro de las elegancias del Renacimiento que añadiera a sus letanías: _A consuetudine Lauræ, libera nos Domine_.

[18] Declaró un notario que, _por su aspecto_, parecía núbil.

[19] _El Tuerto_ murió en Agosto de 1500, trágicamente, sepultado bajo los escombros del techo de su habitación.

Casada su hija, desapareció Julia Farnesio de Roma, y a principios de 1509 contrajo segundas nupcias con un napolitano oscuro, que si bien tenía escasos medios de fortuna, poseía, al decir de las mujeres, inestimables prendas naturales que despertaron la curiosidad y la afición de Madonna Julia, la cual se hallaba a los treinta y cinco años solicitada por el recuerdo de las pasadas concupiscencias, seniles y sacrílegas, y por el ansia de arder, sin asomo alguno de pecado, al fuego de una sangre moza, que se le antojaba dispuesta a cumplir espontáneamente y con largueza todos sus deberes. Apartóse de las gentes para que no le robasen, las siempre envidiosas amigas, el tesoro de que quería gozar a solas, y cuando llegó su hora, antes de los cincuenta[20], pudo estimarse dichosísima por no haber conocido los desmedros y achaques de la vejez, que son en este mundo el mayor padecer y castigo de la mujer hermosa.

[20] Murió el 24 de Marzo de 1524.

Yriarte cree[21] que no fué Laura Orsini el único fruto de los amores de Alejandro VI con la bella Julia, y pretende que en ellos tuvo a un D. Juan, infante romano, nacido en 1498 y reconocido por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, primero como hijo de César y de mujer soltera, y luego por hijo suyo y de la dicha mujer, que se ignora quién fuese. Otorgóle el Papa el Ducado de Nepi y después el de Camerino, y túvolo a su lado en el Vaticano, donde se crió con Rodrigo, el hijo de Lucrecia y de Alfonso de Aragón, demostrando Alejandro VI una especial predilección por ambos pequeñuelos. Esto dió lugar a que la maledicencia pública propalara la voz, que acogieron los poetas Sannazzaro y Pontano, y los historiadores y políticos Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Guicciardini y otros, de que el Papa tuvo a D. Juan en su propia hija Lucrecia, separada a la sazón de su marido Juan Sforza, cuyo matrimonio se anuló por impotencia; pero el Tribunal de la Historia, por falta de pruebas, ha absuelto a Alejandro VI del nefando incesto, reputándolo calumniosa especie a que no fué extraño el despedido y despechado Sforza. Del infante romano habremos de tratar más adelante.

[21] El profesor de Oxford, Mr. W. H. Woodward, en su biografía de _Cesare Borgia_, tiene también por hijo de Julia a un Rodrigo Borja que nació en 1503; es decir, en el último año del Pontificado de Alejandro VI, y cuando éste había cumplido ya más de setenta.

Otros bastardos tuvo el Cardenal Borja en diferentes y desconocidas mujeres. De Jerónima de Borja tenemos noticia, por su contrato de boda con Juan Andrés Cesarini, de 24 de Enero de 1482, en el que la reconoce el Cardenal por hija y la llama _hermana del noble adolescente Pedro Luis y del infante Juan_. Otra hija, Isabel, casó el 1.º de Abril de 1483 con el noble romano Pedro Juan Mattuzi, y cuando a la muerte de Alejandro VI se derramaron por Roma los Orsini clamando venganza, entraron en casa de Mattuzi y se llevaron a su mujer y a una bellísima hija casada para vengar en ellas los ultrajes de que habían sido víctimas, por parte de los Borjas, las mujeres de la familia Orsini.

Pero los bastardos más famosos fueron los que engendró Rodrigo en la romana Vannozza de Cattaneis, con quien mantuvo amorosas relaciones durante veinte años, siendo de ellas fruto, según rezaba la lápida, ya desaparecida, que cubría su sepultura en la Iglesia de Santa María del Popolo, en Roma, César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y Lucrecia, Duquesa de Ferrara.

No se cita en la lápida, obra del fideicomisario y albacea Jerónimo Pico, a Pedro Luis, a quien tuvo Mariana por primogénito de la Vannozza, y cree Gregorovius muy probable que lo fuera, y lo mismo opinan Oliver[22] y Höfler[23]. Debió nacer en 1463, porque en la Bula de su legitimación, de 5 de Noviembre de 1481, le llama Sixto IV _adolescente romano_, hijo _tunc Diacono Cardenali et soluta_, y al ser nombrado tutor de su hermano menor, Juan, en 29 de Enero de 1483, debía tener al menos veinte años. El Rey Fernando el Católico le concedió privilegio de legitimación y naturalización el 9 de Octubre de 1481, y en 20 de Mayo de 1485, el título de _Egregius_, extensivo a sus hermanos, a quienes nombra por este orden: a César, a Juan y a otro, cuyo nombre está en blanco, que debe ser Jofre; fundándose este título en los méritos que contrajo en la conquista de Ronda, en cuyo arrabal entró el primero por la fuerza de las armas, según afirma el Rey haberlo visto por sus propios ojos. En igual año y con fecha 3 de Diciembre, en Alcalá de Henares, le vendió el Rey en 63.121 timbres, tres sueldos y nueve dineros, la villa de Gandía, y como había sido ya vendida el 4 de Junio de 1470 a la ciudad de Valencia por su padre don Juan II de Aragón, que fué Duque de Gandía, le impuso D. Fernando la obligación de satisfacer a la ciudad las cantidades entregadas por ella y de depositar las sobrantes en la Tesorería Real, como se hizo el 14 de Diciembre, y el día 20 le hizo el Rey merced del título de Duque perpetuo y hereditario, que continuó en la Casa de Borja hasta su extinción, por línea directa y varonil, de esta famosa raza en 1748[24].

[22] «D. Rodrigo de Borja (Alejandro VI), sus hijos y descendientes» Informe de D. Manuel Oliver y Hurtado. _Boletín de la Academia de la Historia._ Tomo IX. Madrid, 1886.

[23] Höfler. _D. Rodrigo de Borja (Papst Alexander VI) und seine Söhne, D. Pedro Luis, erster, und D. Juan, zweiter Herzog von Gandia aus dem Hause Borja._ Wien, 1889.

[24] Hubo doce Duques de Gandía por descendencia directa y masculina de los Borjas, hasta que extinguida en 1748 pasó el Ducado a D. Francisco Pimentel y Borja, Duque de Benavente. Este no tuvo hijos varones y su hija y sucesora, la famosa Duquesa de Benavente, D.ª María Josefa, casó con D. Pedro de Alcántara Téllez Girón, Duque de Osuna.

Tanto por el afecto que profesaba a su antiguo Camarlengo, como por el interés de atraerse la benevolencia del Cardenal Vicecanciller, arregló el Rey Fernando el matrimonio del Duque de Gandía con D.ª María Enríquez y Luna, hija de D. Enrique Enríquez de Quiñones, hermano de la Reina de Aragón D.ª Juana, y Mayordomo mayor de su sobrino el Rey D. Fernando; pero D. Pedro Luis murió en Roma, en Agosto de 1488[25], sin haber consumado el matrimonio y dejando por heredero del Ducado de Gandía y demás bienes a su hermano Juan, aún menor de edad, según testamento otorgado el 14 del mismo mes y año, en el cual legó 11.000 timbres como dote a su hermana Lucrecia. El Ducado de Gandía dejado a Juan, la dote legada a Lucrecia y la fecha del nacimiento de Pedro Luis, cuando ya habían empezado las relaciones de la Vannozza con el Cardenal Rodrigo, son datos que confirman la opinión de Mariana y la de los autores que la siguen.

[25] Gregorovius dice que Pedro Luis murió muy joven, en España, antes de 1491, y Béthencourt da como fecha de su fallecimiento el 3 de Septiembre de 1488. Murió en Roma, si no el mismo día en que otorgó su testamento, pocos después, porque el 28 el Deán de Valencia, D. Juan López, que ejercía el cargo de notario apostólico, extendió un instrumento público de poder a favor de Francisco Prats, para que en nombre de D. Juan de Borja y con el cargo de procurador suyo, se trasladase a España y firmase las capitulaciones matrimoniales con su cuñada D.ª María Enríquez que, siendo todavía innúbil, había quedado intacta. Y como el nuevo Duque no había cumplido aún los catorce años, pues sólo contaba doce, necesitaba la dispensa de edad y la del impedimento de parentesco, que el Papa Inocencio VIII, a instancia de D. Rodrigo de Borja, otorgó al instante en la misma fecha. Los restos del primer Duque de Gandía fueron trasladados de Roma a Gandía, en cuya Colegiata, reedificada por D.ª María Enríquez, están enterrados muchos de sus sucesores. D.ª María nació en 1479, casó el 24 de Agosto de 1493, con D. Juan, segundo Duque de Gandía; enviudó el 14 de Junio de 1497, y puestos en orden su Casa y Estados pudo entregarlos a su hijo D. Juan y entró en el Convento de Santa Clara, en 1511, y en él murió en 1537, con el nombre de Sor María Gabriela. En este Convento había ya profesado su hija Isabel y profesaron también cinco hijas del tercer Duque de Gandía, hermanas de San Francisco de Borja.

Entre los recientes apologistas de Alejandro VI, que para rehabilitarle han apelado, según Pastor, a la indigna alteración de la verdad histórica, figuran el dominicano Ollivier[26] y el escolapio Leonetti[27]. Niega el primero la autenticidad del epitafio, mientras el segundo, haciendo caso omiso de Bulas de legitimación, despachos de diplomáticos y testimonios contemporáneos, pretende que los hijos de Vannozza no lo fueron del Papa, sino de un su hermano que quedó rezagado en España o de un hijo del Prefecto de Roma, Pedro Luis, hermano de Rodrigo, que murió soltero y sin conocida sucesión en 1458 o del padre del Cardenal Juan de Borja el joven, porque César le llamó hermano al participar su fallecimiento, o de cualquiera de los treinta Borjas que se encontraban en Roma. Compadecido el Papa de aquellos hijos de la Vannozza, engendrados por un Borja que se contentó con darles su apellido, sin que esto conste en documento alguno, viéndolos condenados a padecer varios padrastros, los recogió, los educó, los casó, los encumbró y los quiso como si fueran sus propios hijos, dando así lugar a que muchos los tuvieran por tales. ¡Hipótesis peregrina la de que estos hijos de la Vannozza, que Alejandro VI reconoció por suyos y carnales en documentos fehacientes, tuvieran por padre a un hermano de Rodrigo, hasta ahora desconocido, que quedó en España y desde allí los procreó en una romana que no salió de Roma!

[26] _Le Pape Alexandre VI et les Borgia._ París, 1870.

[27] _Papa Alessandro VI, secondo documenti e carteggi del tempo._ 3 vol. Bologna, 1880.

II

Quién era la Vannozza.—Sus maridos.—Domenico d’Arignano.—Jorge de Croce.—Carlos Canale.—A la muerte de Alejandro VI estalla de nuevo en Roma, y con más fuerza, el odio contra los Borjas y los españoles.—Elección de Francisco Piccolomini, Pío III, y de Julián de la Rovère, Julio II.—Negociaciones y disputas del Papa con César Borja.—Capitulación de las fortalezas de la Romaña.—César pasa a Nápoles con un salvoconducto del Gran Capitán, que lo prende y envía a España.—Se evade del castillo de la Mota, de Medina del Campo, y muere frente a Viana peleando al servicio de su cuñado, el Rey Juan de Navarra.—Los últimos y devotos años de la Vannozza.—Sus hijos.—Juan II, Duque de Gandía, casa con D.ª María Enríquez, viuda de su hermano Pedro Luis.—El retrato del Pinturicchio en el apartamento de los Borjas.—Se desacredita como Gonfaloniero de la Iglesia, derrotado por los Orsini en la batalla de Soriano.—César, el Duque Valentino.—Su ambición.—Su carrera eclesiástica.—A la muerte de su hermano Juan cuelga los hábitos, aunque no le estorbaban en sus aventuras amorosas.—Casa en Francia con Carlota de Albret.—Jofre, Príncipe de Squillace.—Destinado primeramente a la Iglesia, contrae después matrimonio con Sancha de Aragón, hija natural de Alfonso II de Nápoles y se resigna a la constante infidelidad de su mujer.—Muere ésta y pasa a segundas nupcias con María Milá de Aragón.

¿Quién era esta Vannozza, durante largos años fiel amiga del Cardenal Rodrigo de Borja y _la feliz e infeliz madre_ de sus ilustres hijos, según la antefirma de las cartas que les escribía? Sábese que se llamaba Vannozza, diminutivo de Juana, y que su apellido era de Cataneis, aunque usaba en sus cartas familiares el de Borja[28]; que era romana y vivía en la Plaza Pizzo di Merlo, llamada hoy Sforza Cesarini, en una casa de su propiedad cercana al palacio del Cardenal; que fué madre de cuatro de sus hijos, según rezaba su epitafio; que tuvo dos o tres maridos, de los cuales había ya enviudado antes de que muriera Alejandro VI; que alcanzó después tres Pontificados y murió en el de León X en avanzada edad y gozando fama de respetable, piadosa y benéfica señora, habiendo repartido, en vida y en muerte, su fortuna entre iglesias, hospitales y cofradías.