Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 2

Chapter 24,104 wordsPublic domain

Fué la Naturaleza con los Borjas pródiga en extremo, dotándoles de todas aquellas cualidades en que estriba el secreto de la irresistible influencia que ejercen algunos seres privilegiados, hembras y varones, en el ánimo de los demás mortales. Eran de cuerpos bien trazados, de sangre alborotada y ardentísima, de despierta inteligencia, de valor temerario y de una voluntad férrea que les hacía aptos para las grandes empresas a que la desmedida ambición les empujaba. Presumían de ilustre y antiquísima prosapia, que hacían remontar hasta el siglo XI, pretendiendo entroncar con la Casa Real de Aragón en Don Ramiro I, quien tuvo, fuera de matrimonio, a D. Sancho, primer Señor de Aybar y abuelo de Pedro de Atarés, el insigne caudillo que acompañó a su pariente D. Alfonso _el Batallador_ en la conquista de la tierra baja, y al ganarse la villa de Borja fué su primer Señor, y en su palacio residió y descansó de las fatigas bélicas, habiendo contraído matrimonio con D.ª Garcenda de Bearne y rehusado la Corona de Aragón, que los navarros y aragoneses le ofrecieron a la muerte de _el Batallador_. Pero descendieran o no de Pedro de Atarés, lo cual no aparece suficientemente probado, ello es que hallamos a los Borjas heredados en Játiba, después de la conquista de Valencia, en cuyo repartimiento figuraron en 1240, y los vemos dos veces elevados a la Silla de San Pedro, primero con Calixto III, Alonso de Borja, en 1455, y luego, en 1492, con su sobrino Rodrigo de Borja, que fué Alejandro VI.

Pero no debió ciertamente Alonso de Borja a la antigüedad de su linaje y a los méritos de sus antepasados: primero, el Obispado de Valencia; luego, la púrpura, y por último, la tiara. Cuando con él se enemistó su antiguo soberano y protector el Rey D. Alfonso, por no haber hallado en el Papa la ductilidad y sumisión que esperaba del Secretario a quien tanto había favorecido, recordóle, por boca del enviado napolitano en Roma, su humilde origen y el haber enseñado a leer en el pueblecillo de Canals y cantado la epístola en la iglesia de San Antonio; como si no fuera razón de más para sentirse ufano y satisfecho el llegar, por el propio valer y los servicios prestados a su Rey y a la Iglesia, a la alta autoridad que San Vicente Ferrer habíale predicho.

Tres años duró el Pontificado de Calixto III, y su principal preocupación fué la política oriental y la cruzada que promovió contra los turcos, los cuales, apoderados de Constantinopla, constituían una seria amenaza para la Europa. El ánimo esforzado y varonil del Papa no decayó un instante, a pesar de las trabas que a su actividad ponían los quebrantos de su gastada naturaleza y la poca ayuda que encontró en los Príncipes de quienes más la esperaba. Oriundo de una nación en que el _puñar con infieles_ había sido durante siete siglos la cotidiana labor de todo buen cristiano[7], creía que la voz del Papa sería por todos escuchada y que bastarían las bendiciones e indulgencias, juntamente con el producto de los diezmos, para alistar un ejército poderoso al que Dios daría la victoria; habiendo hecho voto solemne de reconquistar Constantinopla y siendo esta reconquista, según frecuentemente repetía, la cosa que, después de su salvación eterna, más ardientemente deseaba. No logró Calixto ver a los turcos expulsados de Constantinopla, ni parece probable que hayamos de verlo en nuestros días por las mismas razones que entonces lo frustraron, o sea por el desacuerdo entre las Potencias europeas; pero sí tuvo el Papa la satisfacción, que fué la mayor de su vida, de ver contenida en Belgrado la avanzada turca y deshechas las huestes de Mohamed por un puñado de húngaros y cruzados y por obra de tres Juanes, de quienes se dijo, como del vencedor de Lepanto, que habían sido enviados por Dios: el héroe húngaro Hunyadi, que levantó a su costa un ejército de siete mil hombres y dirigió la batalla; el septuagenario fraile Capistrano, que capitaneó y alentó a los cruzados, y el Cardenal Carvajal, Legado y compatriota del Papa, uno de los más grandes purpurados de su tiempo, que fué el alma de la empresa y el organizador de la victoria, y si de ella no se sacó mayor partido no fué por culpa del Papa y su Legado.

[7] Para fomentar la guerra contra los moros dió a Enrique IV de Castilla una Bula de Cruzada en la cual por vez primera se concedieron indulgencias para los difuntos. También envió a aquel Rey una espada bendita que se conserva en la Armería Real.

Faltóle desde luego el eficaz apoyo de los Príncipes a quienes acudió, y sobre todo el del poderoso Rey de Aragón, que lo era entonces de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, y cuyas disputas con el Papa amargaron el Pontificado de Calixto III. A tal punto se agriaron las relaciones entre el Rey y el Papa, que éste le dirigió un Breve en que le decía: «Sepa Vuestra Majestad que el Papa puede deponer al Rey»; a lo que contestó el aragonés: «Sepa Su Santidad que si el Rey quiere, encontrará los medios para deponer al Papa». Así las cosas, llegó a Roma, con un numeroso y lucido séquito, la hermosa Lucrecia de Alagno, que la voz pública tenía por manceba del Rey, aunque D. Alfonso pretendiera que no pasaban de platónicas sus amorosas relaciones con la dama. Recibióla el Papa con gran agasajo; pero se negó a la anulación del matrimonio que el Rey solicitaba, fundado en la esterilidad de la Reina María, para poder contraer segundas nupcias; con lo cual, lejos de haber servido el viaje para suavizar asperezas, contribuyó a hacerlas mayores. Causa principal de la enemistad era la negativa del Papa a reconocer como heredero de Nápoles al Infante D. Fernando, hijo natural de D. Alfonso[8], que en 1436 vino a Italia con el futuro Calixto III, que fué también su maestro. Al fin vióse libre el Papa de su acérrimo enemigo, que murió el 27 de Junio de 1458; mas no le sobrevivió mucho Calixto, que después de haber luchado tenazmente con la muerte durante quince días, entregó su alma a Dios el 6 de Agosto.

[8] No se supo con certeza quién fuera su madre. Pontano refiere variedad de opiniones y se inclina a que lo había sido la Infanta D.ª Catalina, cuñada del Rey. Zurita y Bofarull piensan que lo tuvo en D.ª Margarita de Hijar, dama de la Reina. El Papa Calixto III decía que no era hijo de D. Alfonso sino de un hombre bajo y de vil condición, por lo que algunos tenían por su padre a un moro bastardo, de Valencia.

La exagerada afición a los suyos, llamáranse Borjas o fueran simplemente catalanes, única debilidad de Calixto III, suscitóle la animadversión de los romanos, y como quiera que se hablase del matrimonio del Prefecto de Roma, D. Pedro Luis de Borja, con una Colonna, bastó esto para que se echaran al campo en guerra abierta contra el Papa los Orsini. Un historiador moderno compara a los nepotes Borjas con los Claudios de la Roma Imperial, y pudiera decirse de Calixto III lo que de Napoleón dijo Stendhal: que hubiese sido una suerte para él no tener familia. Corría por las venas de los Borjas sangre de conquistadores. Calixto III españolizó la Curia y Alejandro VI y su hijo César intentaron crear para el Papado el poder temporal a que después dió vida Julio II; mas su dominación fué efímera en Italia, y a la muerte de Calixto estalló fragoroso y potente el odio amasado contra aquellos catalanes que habían sido, durante tres años, señores de Roma. En la madrugada del día en que expiró el Papa huyó el nepote Prefecto, temeroso de caer en manos de los Orsini, y se refugió en Civitavecchia, en cuyo castillo falleció de la malaria el 26 de Septiembre siguiente. Y no le faltó razón a D. Pedro Luis para temer el odio popular que se sació en los españoles, muriendo asesinados no pocos de los que ejercían mando. Saqueó la plebe el palacio del Cardenal D. Rodrigo de Borja, a la sazón ausente, y las casas de muchos españoles que se habían puesto en salvo, y aun las de algunos romanos afectos a los Borjas. Dió entonces el Cardenal D. Rodrigo prueba de valor, pues después de haber favorecido la fuga de su hermano el Prefecto, regresó a Roma y aquí permaneció sin que le intimidara la cólera de sus enemigos, ni le afligiera el desamparo en que le dejaron sus antes numerosos amigos. Debióle su elección Pío II, Eneas Silvio Piccolomini, de Siena, e intervino también muy principalmente en la de sus sucesores, el veneciano Pedro Barbo, Pablo II; Francisco de la Rovère, Sixto IV, y el genovés Cibo, Inocencio VIII, hasta que, al fin, llegó su hora, y como era el Cardenal que tenía más que dar, sea con buenos medios, sea con malos, salió del Cónclave con la tiara adjudicada al mejor postor, como se dijo en Roma.

Apenas puso el pie en Italia tuvo Rodrigo de Borja por amiga a la fortuna, que le otorgó con largueza y sin tasa sus favores. Dedicado casi desde la infancia a la carrera eclesiástica, entonces una de las más conspicuas y lucrativas, sobre todo para los parientes del Papa, que gracias al imperante nepotismo se ennoblecían y enriquecían a su sombra, cuidó Calixto III de prepararlo para los más altos destinos dándole por preceptor de Humanidades a Gaspar de Verona y enviándole luego a Bolonia con su primo Luis Juan del Milá, que iba a encargarse del gobierno de aquella ciudad, donde residió Rodrigo quince meses en el Colegio de San Clemente, fundado por el Cardenal Gil de Albornoz para estudiantes españoles, y cursó el Derecho canónico en aquella Universidad, no menos reputada que la de Salamanca. Durante su ausencia, y en un Consistorio secreto, confirió el Papa el capelo a sus dos sobrinos, el 20 de Febrero de 1456, y el joven Cardenal, que apenas contaba veinticinco años[9], fué enviado como Legado a Ancona, y al año siguiente, con escándalo de toda la Curia, obtuvo el codiciado cargo de Vicecanciller, que era la primera dignidad eclesiástica después del Papa. En él proveyó también Calixto III, en cuanto falleció el Rey D. Alfonso, el Arzobispado de Valencia, que desde su elevación al Pontificado había quedado vacante por no haberse rendido el Papa a los apremios del Rey, que lo pretendía para su hijo bastardo D. Fernando.

[9] Según el documento publicado por Villanueva en su _Viaje literario a las iglesias de España_, nació en Játiba, en Julio de 1431. Burchard declara que en su presencia dijo el Papa a los Cardenales, el 1.º de Enero de 1498, que el día anterior había cumplido 67 años y que había nacido en Año nuevo que era domingo. Y como no era domingo el 1.º de Enero de 1431 debió nacer, según Pastor el 1.º de Enero de 1430.

Con la muerte del Papa Calixto padeció un eclipse la estrella de los Borjas, mas no así la del Cardenal Vicecanciller, que continuó en su puesto y sin menoscabo de su influencia en los Cónclaves y en la Curia. Como Legado _a latere_, para preparar la cruzada contra los turcos que proyectaba Sixto IV, pasó a España en 1472, desembarcando el 20 de Junio en el Grao de Valencia.

Salió a recibirle, por encargo del Rey de Castilla don Enrique IV, el Obispo de Sigüenza D. Pedro González de Mendoza, que andaba harto desabrido por la tardanza del Papa en darle el capelo que pretendía y que esperaba ahora lograr por medio del Cardenal Legado. Fué éste muy festejado en Valencia, si bien no plugo a sus paisanos, que le habían conocido apenas sacristán de Játiba, la excesiva ostentación de su riqueza, de la que daba muestra su lujosamente ataviada comitiva. De Valencia pasó por tierra a Tarragona para hablar con el Rey de Sicilia, D. Fernando, y luego a Barcelona para avistarse con el Rey D. Juan II, partiendo de aquellos Estados para Castilla el 29 de Octubre. Recibiéronle en Madrid con gran acompañamiento, debajo de palio: los Grandes y Prelados iban delante y el Rey le llevaba a su mano derecha, costumbre de España de mucha honra. No sabemos si con los agasajos y festejos pudo el Legado darse cuenta de que la ignorancia estaba apoderada de los eclesiásticos en España en tanto grado, según dice Mariana, que muy pocos se hallaban que supiesen latín, dados de ordinario a la gula y a la deshonestidad, y lo menos mal a las armas. En cuanto a la simonía, muy común y reputada mera granjería en España, no podía sorprender a quien venía de Roma y de ella había luego de valerse para llegar a la Silla de San Pedro. Fué portador de la dispensa del Papa para el matrimonio que D. Fernando había contraído tres años antes con la Princesa D.ª Isabel, hermana del Rey de Castilla, y aunque usó de gran diligencia para apaciguar y sosegar aquel Reino, no pudo conseguirlo por estar las voluntades enconadas y ser él mismo más aficionado, como era natural, al partido de D. Fernando, que con todas sus fuerzas pretendía adelantar. Con este intento pasó a Alcalá de Henares, donde estaban D. Fernando y D.ª Isabel, y de allí a Guadalajara, sin otro objeto que el de granjearse la Casa de Mendoza y apartarlos del Rey y del Maestre de Santiago. No olvidó D. Fernando los servicios que el Legado prestara a su causa, y comprendió, desde luego, la importancia y conveniencia de contar en la Curia con un Cardenal tan hábil, tan influyente y tan español como el de Borja, amistándose con él estrechamente. Apadrinó el Cardenal al Príncipe D. Juan, primogénito de D. Fernando y D.ª Isabel, nacido en 1478, y cuando tuvo noticia de la toma de Granada, hecho glorioso y fausto para la Cristiandad y para España, lo celebró con una fiesta genuínamente española y nunca vista en Roma, a saber: con una corrida de toros. Y siendo ya Papa otorgó a los Reyes de España el título de Católicos, y en las tres famosas Bulas de 3 y 4 de Mayo de 1493 reconoció nuestra soberanía en América y fijó la línea de demarcación entre las posesiones españolas y portuguesas. Era la Italia entonces teatro de intrigas y de guerras en que cupo parte principal y muy lucida al astuto D. Fernando. La sangre aragonesa de Alejandro VI movíale a seguir la política de aquel gran Rey, cuyas altas dotes había tenido ocasión de apreciar como Legado del Papa en España. Durante veinticinco años mantúvose fiel a la política española, y cuando en los últimos de su vida se apartó de ella, no por propia convicción, sino rendida su voluntad a la de su hijo, el prepotente César, los hechos probaron que el afrancesamiento había sido para los Borjas una lamentable y desastrosa equivocación.

Ya hemos dicho, con Mariana, que como el Cardenal Borja era el que tenía más que dar, sea con buenos medios o con malos, salió del Cónclave con el Pontificado. Superaba en riqueza, según Giacomo de Volterra, a todos los Cardenales, excepto a Estouteville. Las rentas que percibía de numerosos beneficios eclesiásticos, de muchas Abadías en Italia y España y de sus tres Obispados de Valencia, Porto y Cartagena, además de su oficio de Vicecanciller, que producía 8.000 ducados de oro al año, eran enormes. Grande era también la cantidad de su vajilla de oro y plata, de sus perlas y joyas, de sus trajes, de sus ornamentos de seda y oro, de sus libros de varia disciplina, y todo de tan fastuosa magnificencia, que sería digna de un Rey o de un Papa.

El palacio que edificó entre el puente de Sant’Angelo y el Campo dei Fiori, y que regaló, al ser elegido Papa, al Cardenal Ascanio Sforza, hoy propiedad del Duque Sforza Cesarini, con cuyo nombre se conoce, estaba alhajado con extraordinario lujo, del que podemos darnos cuenta por una carta que el Cardenal Ascanio Sforza escribió a su hermano Ludovico _el Moro_, el 22 de Octubre de 1484, y en la que al hablarle de una cena con que le obsequió aquel día el Vicecanciller, en unión de otros tres Cardenales, describía la magnificencia de la decoración interior del palacio. Las paredes de la primera sala estaban todas cubiertas con tapices de asuntos históricos. De allí se pasaba a otra sala más pequeña, cubierta también con preciosos tapices las paredes y con alfombras el pavimento, en armonía con los demás adornos de la sala, en la que había una cama con dosel de raso carmesí y un aparador en que lucía la vajilla de oro y plata con piezas primorosamente labradas que eran una maravilla. Seguían dos salas: la una con tapices y alfombras y una cama de parada con dosel de terciopelo alejandrino, y la otra, aún más rica, con cama de aparato con dosel de brocado de oro y en el centro una mesa con un tapete de terciopelo alejandrino, rodeada de unas sillas de madera de finísima talla.

No es, pues, extraño que cuando a la muerte de Inocencio VIII se reunió el Cónclave, entre los aspirantes a la tiara se contara el Cardenal Borja, que si bien como español era malquisto, poseía tan cuantiosa riqueza, que podía ser ésta la que decidiera la elección en su favor, según acertadamente preveía el enviado de Ferrara Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena. Con siete votos seguros y cuatro probables contaba Sforza, y no pasaban de nueve los de Julián de la Rovère, que era el candidato de Francia y de Génova[10]. El 6 de Agosto empezó el Cónclave, y cuando el día 10, después de varias votaciones, se convenció Sforza de que no tenía ninguna probabilidad de sentarse en la Silla de San Pedro, prestó oídos a las tentadoras promesas de Borja, que le ofreció, no sólo el Vicecancillerato y su palacio de Roma, sino también el castillo de Nepi, el Obispado de Erlau y otros beneficios. Al Cardenal Orsini le aseguraron las importantes ciudades de Monticelli y Soriano, la Legación de la Marca y el Obispado de Cartagena; al Cardenal Colonna, la Abadía de Subiaco con todos los castillos adyacentes; al Savielli Cività Castellana y el Obispado de Mallorca; al Pallavicino, el de Pamplona; al Michiel, el de Porto; a los demás, ricas Abadías y pingües beneficios, llegando así a reunir catorce votos. Faltábale uno, y con el soborno de sus familiares se obtuvo el del Cardenal Gherardo, anciano de noventa y cinco años cumplidos y notoriamente desmemoriado que decidió la elección. Esta fué anunciada al rayar el día 11 de Agosto de 1492.

Cuantos conocieron al Papa Alejandro VI están conformes en pintarlo como hombre de gallarda presencia, alto, fornido y bien trazado, reconociéndole todos grandes dotes de inteligencia, siquiera fuese mediocre su cultura, una astucia natural y una vasta pericia en el manejo de los negocios, sobre todo cuando había en ellos dinero de por medio. El Obispo español Bernardino López de Carvajal, creado Cardenal de Santa Cruz en Jerusalén, encomiaba, en 1493, la soberana belleza y la fuerza física del nuevo Pontífice, belleza que, por los retratos que de él se conocen, y especialmente por el del Pinturicchio, en el famoso fresco del apartamento de los Borjas, en el Vaticano, no sería hoy igualmente apreciada. Otro prelado español, Juan López, el futuro Cardenal de Capua, Secretario del Papa, escribía, el 28 de Marzo de aquel mismo año, a don Enrique Enríquez, padre de la Duquesa de Gandía: «Estos otros Pontífices antepasados ninguno ovo de tan sublime natura, ni tan temido cuanto Papa Alejandro por su luenga experiencia, acertísimo ingenio y vehemencia en las acciones... Se viésedes, Señor, y contemplásedes como nosotros acá vemos en su regimiento y gobierno Su Beatitud, con qué gracia y suavidia fabla, con qué justicia y clemencia donde conviene se tempra, con qué devoción religiosa y liberalidad en las cosas pías se porta, vos maravillaríades por cierto. Da sus audiencias públicas _speso_ (a menudo) fasta a las pobres vegezuelas, y con qué paciencia y sufrimiento. Espende y gasta lo que tiene en justos y buenos usos la mayor parte; e dá y dará tal razón delante Dios y el mundo de su gloriosa vida que todos devemos de estar contentos y asombrados.»

[10] El Agente del Marqués Gonzaga, Antonello de Salerno, en despacho fecho en Rimini, el 21 de Julio de 1492, cuenta que a la cabecera del moribundo Inocencio VIII estuvieron a punto de venir a las manos los dos Cardenales Borja y Julián de la Rovère.

Era natural que esto pensasen y escribiesen del Papa los prelados españoles que habían de ser por él agraciados con la púrpura, y que el advenimiento de Alejandro VI fuese saludado con júbilo por los catalanes, parientes y conterráneos de Su Santidad, que a Roma acudieron de nuevo, atraídos por el dinero de San Pedro y con ánimo de recobrar el menoscabado señorío. De la inmoralidad de Rodrigo de Borja nada nos dicen los escritores, sus contemporáneos, italianos y españoles, porque era cosa común y corriente, no sólo en Italia, sino en España, donde abundaban, en los más ilustres linajes, los hijos fornecinos, y no era óbice la bastardía para llegar a los más altos puestos, incluso el trono. No podía, por tanto, causar sorpresa la vida licenciosa del Cardenal Borja y de sus hijos bastardos, porque así vivían los Príncipes italianos de su tiempo, los eclesiásticos como los seglares. Siete Príncipes, ninguno de ellos fruto de legítimo matrimonio, recibieron, en Ferrara, a Pío II, y en el mismo caso se encontraban, según escribió aquel Papa, la mayor parte de los que, a la sazón, gobernaban la Italia: Fernando de Aragón, en Nápoles; Francisco Sforza, en Milán; Borso de Este, en Ferrara; Segismundo Malatesta, en Rimini.

El Renacimiento con el culto de la antigüedad pagana, que resurgió en las letras y las artes, hizo que también resurgieran vicios y costumbres que al amparo de la filosofía florecieron en Grecia, patria de pensadores y de estetas. La prostitución vulgar del siglo XV, aceptada como mal menor y tenida por oficio vil, y aunque necesario, despreciable, pasó a ser a principios del siglo XVI artículo, no sólo de necesidad, sino de lujo, y adquirió formas más afinadas y atractivas. Las que se llamaban simplemente _pecadoras_ se convirtieron, a imitación de las heteras griegas, en _cortesanas_, nombre que, según Burchard, se daba a las _meretrices honestas_, las cuales vivían suntuosamente en Roma y no se contentaban con poseer todos los secretos del arte para conservar, realzar y adornar la corporal belleza, haciéndola más seductora y lucrativa, sino que también nutrían con provechosa enseñanza su entendimiento para que la plática, culta y amena, fuera un encanto más que les captara el ánimo de los Príncipes de la Iglesia y de los grandes señores que las frecuentaban. Una de las más famosas entre las romanas, la Imperia, tuvo por amigo al banquero Agustín Chigi[11], y por maestro al _Strascino_ de Siena[12], y esmaltaba sus cartas con citas griegas y latinas, y sólo otorgaba a escogidos primates sus codiciados favores. Tulia de Aragón[13] se distinguió como cortesana y poetisa, y también Verónica Franco[14]. Bandello conoció en Milán a la majestuosa Catalina de San Celso, que tañía y cantaba maravillosamente y recitaba poesías, y acaso fuera ella la cortesana de quien dice Aretino que se sabía de memoria a Petrarca y Bocaccio e innumerables versos latinos de Virgilio, Horacio y Ovidio, y por su amena conversación, tenía fama la española Isabel de Luna, mezcla bizarra de bondad de corazón y de procaz e impudente malignidad.

[11] Riquísimo banquero, hijo de un Embajador de Siena. Vino a Roma, ayudó a César Borja y obtuvo la confianza de Julio II y la superintendencia de la hacienda pontificia. Se hizo construir, por Baltasar Peruzzi, el palacio llamado de la Farnesina, que decoraron al fresco los más ilustres artistas del siglo XVI, y en el que obsequió con suntuosos banquetes a León X y su Corte. Arruinados los Chigi vendieron el palacio a los Farnesios, de donde le vino su actual nombre, y extinguida esta familia en 1731 pasó a la Corona de Nápoles, y el último Rey la dió en _enfiteusis_ al Duque de Ripalda. Hoy es propiedad de su hija la Duquesa de Santa Lucía y lo habita el Príncipe Chigi, descendiente del primer propietario.

[12] Nicolás Campani, llamado el _Strascino_ de Siena, autor de un célebre _Lamento_ sobre el mal francés.