Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 1

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre =iguales= y las versalitas como MAYÚSCULAS. * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia. * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

LUCRECIA BORJA

OBRAS DEL AUTOR

=Relaciones entre España y Austria= durante el reinado de la Emperatriz Doña Margarita, Infanta de España, esposa del Emperador Leopoldo I.—Madrid, 1905.—En 4.º

=España en el Congreso de Viena= según la correspondencia oficial de D. Pedro Gómez Labrador, Marqués de Labrador.—Madrid, 1907.—En 4.º con un fotograbado.

=Ocios diplomáticos.= La jornada del Condestable de Castilla a Inglaterra para las paces de 1604. La embajada de Lord Nottingham a España en 1605.—Rubens diplomático.—Antonio Van Dyck.—Madrid, 1907.—En 4.º

=Relaciones entre España e Inglaterra= durante la guerra de la Independencia. Apuntes para la Historia diplomática de España, de 1808 a 1814, con prólogo del Excmo. Sr. D. Antonio Maura. Tomo 1. 1808-1809. Desde el Dos de Mayo hasta la batalla de Talavera. Madrid, 1911.—Tomo II. 1809-1812. Desde la batalla de Talavera hasta la de Arapiles. Madrid, 1912.—Tomo III. 1812-1814. La Embajada del Conde de Fernán-Núñez.—El Congreso de Viena. Madrid, 1914.—En 4.º, tres volúmenes.

=La Misión del Barón de Agra a Londres en 1808.=—Madrid, 1909.—En 4.º

=El Rey José Napoleón.=—Madrid, 1911.—En 4.º

=La Embajada del Conde de Gondomar a Inglaterra en 1613.= Discurso leído ante la Real Academia de la Historia, en el acto de su recepción pública, el 25 de Mayo de 1913.—Madrid, 1913.—En 4.º mayor.

=El estilo diplomático.= Discurso leído ante la Real Academia Española en el acto de su recepción pública, el 4 de Junio de 1916.—En 4.º mayor.

=Las Mujeres de Fernando VII.=—Madrid, 1916.—En 4.º, con cinco retratos.

=El Palacio Barberini.= Recuerdos de España en Roma.—Madrid, 1919.—En 4.º, con una lámina.

=El Papa de Velázquez.=—Madrid, 1920.—En 4.º mayor, con una lámina-retrato.

=La Embajada del Marqués de Cogolludo a Roma en 1687.=—Madrid, 1920.—En 4.º, con una lámina.

=El Duque de Medinaceli y la Giorgina.=—Madrid, 1920.—En 4.º

=Algunos cuadros del Museo del Prado.= Cómo se recobraron y salvaron de segura ruina los de Rafael que se llevó Bonaparte. París.—En 8.º mayor, con láminas.

=Fernando VII, Rey Constitucional.=—Historia diplomática de España de 1820 a 1823.—Madrid, 1922.—En 4.º

[Ilustración: PINTURICCHIO SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA Supuesto retrato de LUCRECIA BORJA.]

MARQUÉS DE VILLA-URRUTIA DE LAS RR. ACADEMIAS ESPAÑOLA Y DE LA HISTORIA

LUCRECIA BORJA

ESTUDIO HISTÓRICO

[Ilustración]

FRANCISCO BELTRÁN LIBRERÍA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA PRÍNCIPE, 16—MADRID

ES PROPIEDAD DERECHOS RESERVADOS

El porqué de este libro.

No es sólo en España donde los historiadores modernos, impulsados acaso por el espíritu caballeresco de la raza, han salido a la palestra, enristrando algún potísimo documento, en defensa de la honra de egregias damas asendereadas y maltrechas, y así como a Don Quijote se le antojaron en la venta hermosas doncellas las mozas del partido que ayudaron a armarle caballero, así también las que gozaron en vida fama de impenitentes pecadoras, se nos presentan ahora con ropa de pudibundas matronas y esposas ejemplares, que murieron casi casi en olor de santidad y sin el menor tufillo de carnal y pecaminoso ayuntamiento.

Un historiador alemán, como sus compatriotas concienzudo y minucioso, dedicó, a orillas del Tíber, largas horas de paciente busca en los archivos, y no pocas vigilias al estudio de la Roma medioeval, y en sus andanzas topó, en la Corte de Alejandro VI, con la hija de aquel Papa, la sin par Lucrecia Borja, puesta en solfa por Víctor Hugo y Donizetti. Prendóse de ella, como tantos otros, y se propuso, siquiera fuese tardíamente, rehabilitarla ante la mal informada posteridad, acabando con la leyenda romántica y con los adjetivos denigrantes que afeaban los amores de una dama que no había nacido ciertamente para figurar un día con aureola en los altares ni en la Historia como heroína, ejecutora o inspiradora de gloriosas hazañas. Era una mujer por cuyas venas corría la sangre española y ardentísima de los Borjas, no entibiada en su mezcla con la romana y plebeya, no menos alborotada de la Vannozza, y ni heredó de sus padres virtudes que ellos no poseyeron ni pudo tampoco sustraerse al ambiente de abominación y de lujuria que se respiraba en la Corte pontificia. Pecó como otras muchas hijas de Eva que probaron y saborearon la fruta prohibida y de ella luego se nutrieron y hartaron; mas pudo alegar como disculpa la de un temperamento excesivo, al que servía de aguijón el mal ejemplo de cuantos la rodeaban: padres y hermanos, tías, cuñadas y primas, sin que bastaran a apaciguarlo y refrenarlo ni su voluntad flaquísima ni su conciencia por completo embotada. Predominó en Lucrecia la hembra enamorada, y más que a su belleza, cuidada con esmero y realzada por el exquisito y dispendioso gusto con que se vestía y adornaba, rendíanse a su encanto cuantos se le acercaban y disfrutaban de su trato. Sumisa en Roma para sus enlaces matrimoniales a los antojos de la familia, vióse obligada en Ferrara, para satisfacer los propios, a contenerlos dentro de los límites de la honestidad y la prudencia, impuestos por un marido celoso y una Corte hipócritamente pudibunda. Falleció en edad temprana, antes de que el tiempo le hiciera sentir demasiado sus ultrajes; pero sus últimos años, muertos ya sus padres, sus tres hermanos, sus hijos Rodrigo y Alejandro, fueron de preparación para la muerte, que por obra de la divina misericordia presintió ya próxima. Apartóse de los placeres mundanos, que tanto le gustaron; entregóse a lecturas ascéticas poco amenas, atenazó con cilicios la carne hermosa y pecadora, fundó conventos y enriqueció los existentes, y cuando llegó la Descarnada, hallóla tan bien dispuesta al duro trance, que no quedó en el ánimo de los ferrareses duda alguna de que aquella alma bendita había ido derechamente al cielo.

Con estos datos, un historiador español se hubiera apresurado a instruir el expediente de beatificación de la Duquesa de Ferrara, para aumentar el ya crecido número de santos famosísimos con que ha poblado España la Corte celestial, pues española era, y muy mucho en sus sentimientos, gustos y aficiones, la gentilísima Lucrecia. No se ha atrevido, sin embargo, a tanto el historiador alemán. Propúsose Gregorovius solamente limpiar a su heroína de todo el fango que sobre ella había vertido la calumnia, tanto la de sus contemporáneos italianos, como la del dramaturgo francés que la sacó a las tablas sin el más mínimo respeto a la verdad, y rehabilitarla, dejándola reducida a las modestas proporciones de una pecadora común y corriente, sin los descomedidos apetitos meretricios de una Mesalina, y sin otra participación que la de mera comparsa en el terrible drama de que fueron protagonistas los Borjas, y Roma teatro durante el papado de Alejandro VI[1]. Lograra o no el sabio tudesco su propósito, ello es que su libro sobre Lucrecia Borgia fué muy leído y acreció el interés que la hija de Alejandro inspiró siempre, no sólo durante su vida, intensa y breve, sino después a cuantos se aficionaron a la historia del Renacimiento italiano y se sintieron poderosamente atraídos por la magia de la grande enamorada, que cada cual veía y pintaba a su manera, según su fantasía, y sin poner mano en el velo que cubría la esfinge. Rasgólo Gregorovius, y su libro pareció una revelación que satisfizo, sin embargo, a pocos. La diosa bajó del pedestal y las gentes quedaron muy mohinas al ver que el supuesto monstruo apocalíptico era una mujer de carne y hueso, de la talla y condición de los demás mortales y con las flaquezas propias de su sexo. Era el fin de una leyenda que, como tantas otras, desaparecía por obra de uno de esos roedores de bibliotecas y de archivos que se nutren de libros y papeles viejos y se complacen en rehacer la Historia, arrancando a la Humanidad sus ilusiones respecto del pasado.

[1] Quien primero trató de rehabilitar a Lucrecia Borja en Italia, fué el Marqués Campori, de Módena, en un breve artículo que publicó en 1866 en la _Nueva Antología_, con el título de _Una vittima della Storia—Lucrezia Borgia_.

Pero si acabó la leyenda para los que creyeron, y fueron los más, que era el Evangelio cuanto les decía Gregorovius, hubo también no pocos, entre los que profesan o por afición cultivan la Historia, que se permitieron tratar de apócrifo el tal Evangelio, y siguieron revolviendo archivos a caza de papeles que pusieran en claro la vida y milagros de Lucrecia Borja, la cual, a través de los siglos, nos atrae con la misma irresistible fuerza del encanto con que sedujo a sus contemporáneos. El autor de la _Historia de los Papas desde el fin de la Edad Media_, el Barón Luis de Pastor, que representa hoy a la República austriaca cerca de la Santa Sede, sin dejar de la mano la obra magna, de la que lleva publicadas ya seis tomos que alcanzan hasta el Pontificado de Pablo IV, al tratar del de Alejandro VI, con su escrupuloso y desapasionado amor a la verdad, no deja bien parados al Papa y a su hija predilecta. Y la pelea sigue encarnizada entre los caballeros andantes, dispuestos a romper lanzas en favor de Lucrecia, y los que ponen todavía en duda su honestidad, muy discutida en Roma, y la sinceridad de su arrepentimiento y conversión en Ferrara.

Esto ha dado lugar a una literatura copiosísima, obra de historiadores y novelistas, dramaturgos y pornógrafos que en Italia como en Francia, en Alemania como en Inglaterra, inspirados por las gestas de los Borjas, dedicáronse a escribirlas, los unos con ánimo de arrancar a los archivos su secreto, los otros con fines puramente literarios, deformando o transformando los hechos según los gustos y el propósito del autor. En España no ha despertado el debido interés entre los historiadores la vida de esta ilustre española, hija de un Papa.

El marqués de Laurencín ha publicado una _Relación de los festejos que se celebraron en el Vaticano con motivo de las bodas de Lucrezia Borgia con Don Alonso de Aragón_, que escribió la hermana del novio Doña Sancha, acrecentándola con muy curiosas noticias y aclaraciones, en su mayor parte inéditas, que nos dan a conocer los principales personajes que a las bodas asistieron y en la Relación se nombran, uniendo su elogio a los del autor de _Las Quincuagenas y batallas_, el buen capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, que vió a Lucrecia muchas veces y la tuvo por «persona muy hermosa, sabia e valerosa señora, e por dicho de muchos de aquel tiempo, era clarísima e pocas a ella semejantes, cuyas excelencias no se podrían decir sin muchos renglones y en poco tiempo». Pero el vulgo se contenta con conocer a _Lucrezia Borgia_ por la ópera de Donizetti aún más que por el drama de Víctor Hugo, y la gente culta se ha dado por enterada y satisfecha con el libro de Gregorovius.

En este caso me encontraba cuando vine a Roma. Mis aficiones diplomáticas habían pasado por una crisis dolorosa y padecido un amargo desengaño. La fortuna, como mujer, al fin y al cabo antojadiza y más apegada a jóvenes que a viejos, después de haberme otorgado durante muchos años, y acaso con inmerecido exceso, sus favores, volvióme las espaldas y se acopló con quien, en acecho, aguardaba mi caída. En las postrimerías de una vida consagrada a _la luciente ociosidad_ con que los profanos, que aspiran a gozarla, estigmatizan a los profesionales de la carrera diplomática, no cabía ya el cambiar de oficio, viniendo éste a ser una segunda naturaleza por fuerza de la costumbre, que tenía ya más de cincuenta años en su abono. Gracias a un ilustre y bondadoso amigo que me tendió la mano para que pudiera, no sin trabajo, levantarme, vime restituído a mi carrera y volví a servir al Rey en la Embajada de Roma con no menor celo que en las de Londres y París. Y teniendo en cuenta, aquí como en todas partes, que la ociosidad, siquiera sea luciente, es madre de todos los vicios, procuré evitarla y dediqué los ratos de vagar a la lectura de libros y papeles viejos, siendo los libros amigos que no cambian, y el más seguro trato el de los muertos, nunca engañoso.

Entre los libros que cayeron en mis manos, interesáronme sobre manera los referentes a Lucrecia Borja, que no son pocos, extrañando, como queda dicho, que no hubiera tentado la pluma de los historiadores españoles tan ilustre dama, en cuyo favor ha salido únicamente a la palestra, dispuesto a romper lanzas con su caballeresco espíritu, mi buen amigo el Marqués de Laurencín, director de nuestra Real Academia de la Historia. No pretendo recoger el guante, ni aporto al pleito ningún nuevo documento que pueda servir para su fallo. Mi propósito, mucho más modesto y proporcionado a mis fuerzas, se reduce a dar a conocer a Lucrecia Borja a los españoles que ignoran quién fué o que sólo la conocen por el libro de Gregorovius o la ópera de Donizetti. Es un mero trabajo de vulgarización, basado sobre los datos publicados por los historiadores que hicieron objeto de sus pesquisas a los Borjas. En Inglaterra, como en Francia, abundan esta clase de libros en que la Historia no se nos presenta como maestra de la vida, palmeta en mano y con las severas tocas de dueña quintañona, sino como garrida institutriz, risueña y parlera, que nos divierte al par que nos instruye con su amena charla. Se guardan muy bien los autores de entrar en liza de erudición con esos varones sesudos en cuyas obras se masca el polvo del archivo; pero no se recatan de aprovechar los papeles que éstos encontraron y publicaron, para levantar con los acopiados materiales, no un palacio de sólidos cimientos y vastas proporciones, sino un modesto pabellón de recreo para que en él se cobijen los aficionados a las cosas de antaño, que prefieren la Historia ilustrada con anécdotas y estampas a la que abunda en documentos inéditos y se cae por pesada de las manos.

Muy digna de encomio es la intención de los que quieren despojar a la Historia del manto y del coturno para ponerla al alcance de los simples mortales; mas no siempre corresponden las obras a la sana intención, y pudiera suceder lo propio en el presente caso. Si así fuere, perdónenmelo Lucrecia Borja y el lector amigo, a cuya benevolencia me encomiendo.

I

Don Alonso de Borja, Obispo de Valencia, viene a Italia acompañando al Rey D. Alfonso V de Aragón.—Cúmplese la profecía de San Vicente Ferrer y es elegido Papa, como Calixto III, a la muerte de Nicolás V.—Su Pontificado.—El disculpable nepotismo.—Los hijos de su hermana Isabel: Pedro Luis, Prefecto de Roma, y Rodrigo, Cardenal Vicecanciller de la Iglesia.—Los Borjas.—Antigüedad de su linaje.—La política de Calixto III.—La cruzada contra los turcos.—La batalla de Belgrado.—Su disputa con el Rey D. Alfonso.—Su fallecimiento.—Estalla el odio de los romanos contra los catalanes.—Huye y muere en Civitavecchia Pedro Luis.—Regresa a Roma Rodrigo.—Su influencia en la elección de Pablo II, de Sixto IV y de Inocencio VIII.—Su carrera eclesiástica.—Cursa el Derecho en la Universidad de Bolonia.—Es nombrado Cardenal a los veinticinco años y al siguiente Vicecanciller de la Iglesia.—Pasa a España, en 1472, como Legado _a latere_ de Sixto IV.—Su riqueza.—Elección simoníaca de Alejandro VI.—Elogios que del nuevo Papa hacen los Prelados españoles.—La inmoralidad de Rodrigo de Borja y la del Renacimiento en Italia.—El _uomo carnalesco_ que era el Papa.—Sus amores con Julia Farnesio.—Su hija Laura Orsini casa con el sobrino de Julio II.—D. Juan, el infante romano.—Los hijos de la Vannozza y de Rodrigo de Borja.

El primer Borja que vino a Italia en 1420, acompañando a D. Alfonso V de Aragón, _el Magnánimo_, Rey de Nápoles, fué D. Alonso, hijo de Domingo de Borja, Señor del lugar y de la Torre de Canals, cerca de Játiba, calificado de _Mosén_ y de _Doncel_, que casó con Francina o Francisca Martí. Nació D. Alonso en dicha Torre de Canals el 31 de Diciembre de 1378, y fué estudiante y luego profesor de Derecho en la Universidad de Lérida y uno de los más reputados jurisperitos de su tiempo. Siendo todavía un modesto clérigo se encontró con San Vicente Ferrer, el cual le dijo que «sería un día ornamento de su patria y de su familia y se vería revestido de la más alta autoridad que puede alcanzar un mortal»; profecía que, andando el tiempo, se cumplió y no la olvidó el Papa Calixto III, que canonizó al elocuente predicador dominicano. Era don Alonso, no sólo peritísimo en jurisprudencia, sino también especialmente apto para la diplomacia, y habiéndose de ello percatado el Rey D. Alfonso de Aragón, lo tomó a su servicio como secretario y consejero, y pudo apreciar su gran capacidad y su destreza en cuantos asuntos puso mano, tanto eclesiásticos como políticos y civiles. A él se debió la renuncia del antipapa Clemente VIII[2], que premió Martino V con el Obispado de Valencia[3], y obra suya fué también la reconciliación del Rey D. Alfonso con Eugenio IV, que le valió la púrpura, asignándosele como iglesia titular la antigua basílica de los Cuatro Santos Coronados. Vino entonces a establecerse en Roma desde Nápoles, donde había estado ayudando muy eficazmente a su soberano a reorganizar aquel reino, y a la muerte del Papa Nicolás V, no habiéndose podido poner de acuerdo los Cardenales italianos, por la rivalidad entre los Orsini y los Colonna, recayó la elección del Cónclave, el 8 de Abril de 1455, en D. Alonso de Borja, a cuya amistad con el Rey de Nápoles, muy digna de tenerse en cuenta, uníanse los muchos años y los muchos achaques, que prometían un brevísimo Pontificado.

[2] Gil Sánchez Muñoz, nombrado Papa por los dos Cardenales de Pedro Luna (Benito XIII) en Peñíscola.

[3] El 20 de Agosto de 1429 recibió en Peñíscola el orden sacerdotal y al día siguiente fué consagrado por el Cardenal Pedro de Foix como Obispo de Valencia.

El nuevo Papa, que tomó el nombre de Calixto III, era un respetable anciano probo y recto, ducho en negocios, erudito en leyes y cánones, afable en su trato, de vida honesta y buena fama, sin que la pública maledicencia pudiera echarle en cara, en punto a castidad, ningún pecado de los que eran a la sazón harto frecuentes en la Corte de Roma y de los que no se vieron exentos muchos Cardenales y aun algunos Papas[4]. Pero con todas estas excelentes cualidades faltábale a Calixto III, para su popularidad, una condición esencialísima: la de ser italiano. Y no sólo era extranjero, sino español o _catalán_, que así llamaban a cuantos, atraídos por el esplendor de la tiara y el nepotismo del Pontífice español, su ilustre compatriota cuando no pariente, acudieron a Roma para engrandecerse, según Escolano, _a costa de la bolsa de San Pedro_ y con apetitos tales que para satisfacerlos hubiéranse necesitado diez pontificados. Malquistos y temidos eran estos catalanes, gente soberbia, batalladora y prepotente, con sentada reputación de avara[5], cuya dominación en Sicilia y Nápoles llegó a hacerse insoportable y odiosa. El nepotismo del Papa tenía fácil explicación, y de haberse mantenido dentro de prudentes límites no hubiesen sido justificadas las censuras e indignación de los romanos. La avanzada edad y precaria salud de Calixto III moviéronle a buscar en los suyos los instrumentos necesarios para el gobierno de la Iglesia, que confió a sus sobrinos, y principalmente a los hijos de su hermana Isabel, casada con Jofre de Borja, hijo de Rodrigo Gil de Borja y de la catalana Sibila D’Oms o Doms. Fué Isabel madre de Pedro Luis, Príncipe Nepote, Capitán general, Prefecto de Roma y Duque de Spoleto; y del Cardenal Rodrigo, Obispo de Valencia y Vicecanciller de la Iglesia, sobre el que derramó el Pontífice las más altas dignidades y los más pingües beneficios eclesiásticos y seculares[6]. Otras tres hermanas tuvo el Papa: Juana, que casó con Mateo Martí y no tuvo sucesión; Catalina, mujer de Juan del Milán o Milá, cuarto Barón y Señor de Masalavés, y madre de Pedro del Milá, Camarero mayor del Rey D. Alfonso V, de cuya hija Adriana, casada con Ludovico Orsini, Señor de Bassanello, hemos de hablar más adelante, y de Luis Juan del Milá, que llegó tempranamente a Cardenal y a Obispo de Segorbe y luego de Lérida, y al fallecimiento de su tío regresó a España, donde vivió oscurecido y murió casi octogenario; y Francisca, que hizo en su casa vida religiosa y gozó fama de beata.

[4] Tuvo, probablemente antes de recibir las órdenes sagradas, un hijo natural, Francisco de Borja, nacido en Játiba, del que no se oyó hablar hasta la accesión de Alejandro VI, que le hizo Arzobispo de Cosenza y Cardenal de Santa Cecilia, siendo generalmente conocido como el Cardenal Cosentino. Los editores de los _Monumenta Historica Soc. Jesu_ lo tienen por hijo de un Juan Borja, hermano legítimo o ilegítimo de Jofre de Borja y Doms, el cuñado de Calixto III, padre de Alejandro VI; murió en Octubre de 1511, excomulgado por Julio II como cismático por su participación en el Concilio de Pisa.

[5] Decía un proverbio: _los catalanes, de las piedras sacan panes_, y Dante en _El Paraíso_ hace que Carlos Martel aconseje a su hermano Roberto que huya de _l’avara poverta di Catalogna_.

[6] Además de estos dos hijos tuvo Isabel tres hijas que casaron y quedaron en España. No tuvieron sucesión ni Tecla, mujer de Mosén Vidal, de Vilanova, ni Beatriz, que lo fué de D. Ximén Pérez de Arenós, Señor de Castelnovo, la cual sobrevivió pocos días a su hermano el Papa. La mayor, Juana, contrajo matrimonio con Pedro-Guillén Lanzol, de Romani, Señor de Villalonga, y sus hijos, por autorización del Papa Alejandro VI, tomaron el nombre materno de Borja anteponiéndolo al de Lanzol, lo cual dió lugar al error en que incurrió el P. Mariana y los historiadores que le siguieron, incluso Gregorovius, de reputar padre de Alejandro VI a Jofre de Borja Lanzol, que era su sobrino carnal. Este Jofre casó con Juana de Moncada y tuvo en ella numerosa prole. De sus tres hijos varones, Rodrigo, el primogénito, fué Capitán de la Guardia del Papa, y los otros dos, Cardenales. Juan, llamado _el Menor_ para distinguirlo de su tío el Arzobispo de Monreale, sucedió a César en el Arzobispado de Valencia, y Pedro Luis sucedió a su hermano y fué el último Borja Arzobispo de Valencia. De las hijas, cuatro, D.ª Leonor, D.ª Marquesa, D.ª Ana y D.ª Isabel casaron en Valencia, y en Italia las otras dos, D.ª Jerónima y D.ª Angela, que acompañaron a Ferrara a Lucrecia Borja.