Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 16

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Distinguían los filósofos del siglo XVI tres clases de amor: el _divino_, que es la contemplación de la belleza como imagen de Dios; el _casto_, que es la contemplación de la belleza en sí misma, y el _lascivo_, propio de los brutos y fuera de la razón. El divino y el casto, a que se dió el nombre comprensivo y genérico de _amor platónico_ era permitido a las señoras casadas. Torquato Tasso, en un _Discorso sulla Gelosia_, concretó las ideas de la sociedad galante de su tiempo. Después de decir que el amante no puede tener celos del marido de la mujer amada, «porque al comenzar el amor se presuponía la condición de que el marido fuese poseedor de su mujer», añade: «No es tampoco molesto el amor de la mujer a su marido, porque puede muy bien amar infinitamente al marido e infinitamente al amante, sin mengua del uno ni del otro, porque son amores de cualidad y naturaleza diversa. Se ama al marido como compañero en la generación de los hijos, como partícipe en el gobierno de la casa, como consorte de la vida y de los pensamientos, y, en suma, como el hombre a quien las sagradas leyes la han unido con indisoluble lazo; al amante se le ama de un modo muy distinto.» Esta era la _servidumbre amorosa_ del siglo XVI; mas no siempre se mantenía el amor en los confines del platonismo lícito y los maridos vengaban en sangre la mancillada honra. En veinte días murieron por infieles, a manos del ofendido marido, cuatro damas muy principales; pero ninguna de las Duquesas de Ferrara tuvo el triste fin de Parisina.

Del apasionado amor de Bembo dan testimonio sus cartas a Lucrecia. Había nacido Pedro Bembo en Venecia, en 1470, y educádose en Florencia, donde era su padre Embajador y donde adquirió el estilo elegante que caracteriza sus obras. Estudió después el griego, en Sicilia, con Agustín Lascaris, y filosofía, en Ferrara, con Nicolás Leoniceno. Empezó allí a darse a conocer por sus poesías, en que se transparentaba la licencia que deshonraba su conducta. Tuvo tres hijos y una hija en una mujer que fué su manceba y su musa. León X lo hizo su secretario, y a la muerte del Papa se retiró a Venecia, pero Pablo III le confirió el capelo en 1538 y el Obispado de Bérgamo, que desempeñó como pastor dignísimo, muriendo en 1547. Su manía de imitar a Cicerón le hizo poner en boca del Papa expresiones propias de un romano pagano, como la de «creado Pontífice por los Decretos de los dioses inmortales», y dicen que no leía la Biblia ni recitaba el breviario por no echar a perder su latín.

En Ostellato, la espléndida villa de los Strozzi, adonde solía ir Lucrecia, conociéronse e intimaron el poeta veneciano y la española Duquesa, _tan elegante y nada supersticiosa_, según aquél escribía. Enamoróse de ella perdidamente Bembo, y durante los tres años, de 1503 a 1506, que pasó en Ferrara manifestóle su pasión de todos modos. Frecuentó su trato, escribióle apasionadas cartas, cantó en verso y en prosa su belleza y sus virtudes, y le dedicó, el 1.º de Agosto de 1504, su diálogo sobre el amor, _Gli Asolani_, que al año siguiente imprimió Aldo en Venecia, y se lo envió a Lucrecia con una dedicatoria. Según Gregorovius no cabe dudar de la pasión del veneciano; pero no puede afirmarse que correspondiese a ella Lucrecia traspasando los confines de lo lícito. Las cartas de Bembo se han publicado con sus obras. Hay algunas que no fueron dirigidas a Lucrecia, sino a una desconocida a quien cortejó con éxito en sus mocedades. Las que le escribió Lucrecia se conservan en la Biblioteca Ambrosiana de Milán. Púsolas en boga Lord Byron y las publicó, en 1859, Bernardo Gatti[115]. Son nueve: siete en italiano y dos en español, con una canción española y un dorado mechón de pelo. Las cartas son autógrafas; de la autenticidad del mechón duda Gregorovius; pero en todo caso, dice, no pasó de ser una prenda de afecto que obtuvo de Lucrecia el afortunado Bembo. Hay quien cree que al tal dorado mechón se referían los siguientes renglones de una carta que Bembo le escribía el 14 de Julio de 1503: «Cada día halláis, con ingeniosa invención, manera de avivar mi fuego, como lo habéis hecho hoy con la que _orla_ vuestra lucidísima frente»; pero más bien que al pelo el verbo _cingere_ indica la _lenza_ o cinta que ceñía la frente. Ello es que traspasara o no los confines de lo lícito este afecto, no puede negarse que fué algo más que pura amistad o mero _flirt_, a los que tan naturalmente inclinada era Lucrecia. Gustaba infinito del tributo que a su belleza y gracia se rendía, y si este tributo no lograba siempre interesar su corazón y aprisionar su caprichosa voluntad, no era ella, sin embargo, insensible a ciertas tentaciones, de las que su honestidad había salido alguna vez malparada. Parece que Lucrecia, complaciéndose, con refinada coquetería, en atizar el fuego en que ardía Bembo, llegó a temer que fuera un incendio inextinguible y que la envolvieran sus llamas, y esto era lo que esperaba el poeta, el cual, citando un proverbio castellano leído en un libro de la amiga, «quien quiere matar perro, rabia lo levanta», le manifiesta su esperanza de que, queriendo ella apagar aquel amoroso furor, lo adquiera por contagio. No hay pruebas de que se realizara la esperanza que acariciaba Bembo, y hay que dejar a Lucrecia el beneficio de la duda; pero en el fondo y en el secreto de su alma compartió el afecto del rendido galán. La muerte de su hermano obligó a Bembo a partir de Ferrara. La ausencia y el tiempo no lograron apagar por completo la amorosa llama: el amor del poeta fué poco a poco tornándose en dulce melancolía hecha de recuerdos; pero el suyo borróse bien pronto del corazón de Lucrecia, entregada, si no con todo su cuerpo, con toda su alma, a una nueva y más seria amistad amorosa.

[115] _Lettere di Lucrezia Borgia a Messer Pietro Bembo_, dagli autografi conservati in un Codice della Biblioteca Ambrosiana. Milano, 1859.

Menos conocidos que los amores de Lucrecia y Bembo han sido los de la Duquesa de Ferrara con su cuñado el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga, de que tenemos noticia por los documentos hallados y publicados por Luzio. De ellos resulta que fué Lucrecia quien se enamoró del marido de Isabel de Este, su cuñada, el cual, por sus retratos y por el busto que de él se conserva en el palacio de Mantua, debió ser uno de los hombres más feos de su tiempo. Las relaciones lícitas o ilícitas de Lucrecia y Francisco, que la Marquesa de Mantua llamó _púdico adulterio_, porque no parece que el pecado llegara materialmente a consumarse, dieron principio en una excursión que hizo la Duquesa de Ferrara a Borgoforte. En el horrible drama de la Casa Estense, del que fué Julio la primera víctima por la ferocidad del Cardenal su hermano, se contentó Lucrecia con el papel de espectadora, y mientras sus cuñados ferrareses andaban empeñados en una mortal lucha fratricida, disfrutaba ella, en Borgoforte, la grata compañía del cuñado mantuano. El simple anuncio de la visita de la Duquesa llenó de gozo al Marqués; excusándose de que no fuera Borgoforte digno de recibirla, aunque cuidaría de que encontrase todas las comodidades posibles. De Borgoforte a Mantua la distancia era corta, y Francisco llevó a Lucrecia a su capital para que allí recibiera los obsequios y aplausos de los mantuanos, escribiéndole Alfonso una carta para agradecerle cordialmente los agasajos que había dispensado a su mujer.

Aun antes de la excursión a Borgoforte habíase Lucrecia aficionado a su cuñado, y esta afición era de sus doncellas conocida. En la primavera de 1504 fueron los Marqueses de Mantua a Ferrara para las fiestas de San Jorge, y habiendo tenido que ausentarse el Marqués, las dichas doncellas le escribieron un mensaje colectivo, expresándole su sentimiento por verse privadas de su presencia, especialmente Madonna Angela (Borja) y M.ª Polixena (Malvezzi), «que contemplan el afecto que le profesa nuestra Excelentísima Duquesa, la cual no cesa, en todas sus conversaciones, de hacer de él dulcísima memoria». En otra carta de la misma fecha (8 de Mayo de 1504) y de la misma mano, firmada por Polissena, trazaba ésta un cuadro de la Corte de Ferrara y de una fiesta dada a la Marquesa de Mantua, en que el Duque estuvo sentado entre las dos más hermosas doncellas, adornándose todos los invitados con guirnaldas de flores; «pero nada, añadía, fué del agrado de la Excelentísima Señora y de su servidora, porque no estaba Vuestra Serenísima Señoría presente». A fines de 1504 fué despedida la Malvezzi por _sapientísima_, según Prosperi, y Luzio cree que fué por demasiado curiosa en espiar los actos de la Duquesa y por demasiado libre en contar cuanto veía y aun lo que no veía, pues cuando regresó a Bolonia refirió a Juan Gonzaga, que se lo escribió a su hermano el Marqués, que según noticias de Ferrara, habiendo sabido el Duque la fuga del Valentino, corrió a participárselo a la Duquesa, su mujer, y la encontró en su cuarto en conversación a solas con el Cardenal Hipólito, lo cual le sorprendió mucho. El chisme de la Malvezzi no tenía, sin embargo, ningún fundamento.

Por orden de su padre emprendió Alfonso un viaje para visitar las Cortes de Francia, Flandes e Inglaterra, desde donde debía regresar a Ferrara, pasando por España; pero en Inglaterra le llegaron despachos anunciándole la enfermedad del Duque Hércules y se apresuró a venir a recoger el último suspiro de su padre, que murió el 25 de Enero de 1505. Ciñó entonces Lucrecia una de las más preciadas coronas italianas y vió realizado el sueño de su vida en aquella Corte de Ferrara, de la que fué el alma, conquistando con su belleza y con su gracia la simpatía de todos sus vasallos.

En sus amores con Francisco Gonzaga sirvió de tercero a la Duquesa el poeta Hércules Strozzi, testimonio con Tebaldeo de la honestidad de Lucrecia, en la ya citada octava del _Orlando Furioso_. Hércules y su padre Tito emularon a Bembo en las poesías que a Lucrecia dedicaron, y aun le superaron en la expresión, porque eran mayores poetas; pero su devoción, claro está, era puramente estética y literaria[116]. Las cartas de Strozzi al Marqués de Mantua, firmadas con el nombre de _Zilio_ (equivalente a _Giglio_, o sea lirio), obran en el Archivo Gonzaga y son pocas, porque las anteriores al 23 de Marzo de 1508 fueron restituídas al poeta y sólo se conservan las que recibió Francisco desde fines de Marzo a fines de Junio; es decir, las inmediatamente anteriores al trágico fin de Strozzi. En ellas se designa a Lucrecia con el nombre de _Bárbara_, que era el de la mujer de Strozzi; a Alfonso, con el de _Camilo_; al Cardenal Hipólito, con el de _Tigrino_, y a la Marquesa de Mantua, con el de _Lena_. Estas relaciones empezaron cuando apenas acababa el idilio con Bembo, cuyos últimos resplandores vemos en las desoladas cartas del poeta veneciano. Tenía éste una fraternal amistad con Strozzi, a quien había hecho confidente de sus amores, y si no se atrevió Strozzi a revelarle los nuevos de Lucrecia, que había en él depositado su confianza, debió disuadirle de que volviera a Ferrara, para evitarle un desengaño.

[116] Hércules dedicó a Lucrecia un epicedio en la muerte de César, en el que la dice que de la estirpe de los Estes y los Borjas, nacería el héroe prometido, del que sería ella madre.

En Enero de 1507 fué el Marqués de Mantua a Bolonia para abocarse con el Papa Julio II, y a la ida, como a la vuelta, se detuvo en Ferrara, donde la Duquesa lo obsequió con esplendidísimos y frecuentes bailes, en que tomaron parte activa algunos Cardenales, como el de Narbona y Cornaro, y tanto bailó Lucrecia, que era bailarina apasionada, que se procuró un aborto. La primera danza se la concedió al Marqués, que estaba enmascarado.

Tuvo al año siguiente que ir a Venecia el Duque Alfonso para justificarse con la Serenísima y dió orden de que si en su ausencia daba a luz Lucrecia, a quien dejaba ya próxima a salir de su cuidado, no se le diese parte al Marqués de Mantua. Y a esta época corresponden las cartas de Strozzi, que se conservan en el Archivo mantuano, las cuales, por la letra, el papel, la tinta, son, evidentemente, suyas, comparándolas con las que tienen su firma. No puede de ellas deducirse que tuviera el Marqués arte ni parte en el fruto de bendición que esperaba Lucrecia, porque la soñada y prometida felicidad no parece que hubiera llegado a ser una realidad para los enamorados cuñados. El 2 de Abril le dice: «La Duquesa espera de hora en hora, el parto: Madonna _Bárbara_ dice que si no se lo avisa se lo perdone y acepte la buena intención.» El 4 de Abril dió a luz Lucrecia el tan ansiado heredero, a quien pusieron el nombre del abuelo paterno. La participación oficial llevóla a Mantua Prosperi, pero únicamente para la Marquesa; excusándose con el Marqués en una esquela en que le decía no se había dado parte, en nombre del Duque, a potentado alguno. Alfonso escribió desde Venecia, el 5 de Abril, a su cuñado, participándole el feliz alumbramiento de la Duquesa, y Strozzi, en carta del 9, reiteraba el sentimiento de Lucrecia por la prohibición de su marido de anunciarle el parto, doliéndose de la perfidia de Camilo.

Envió entonces el Marqués de Mantua a Ferrara a Benedetto Capilupi para disipar, en lo posible, el malhumor del Duque y felicitarle por el nacimiento de Hércules con protestas de fraternal y cordial amistad. Acogiólo Alfonso benévolamente y le hizo ver al _putino che era bello et ben compito d’ogni cosa_.

Partióse el Duque para Francia y dió esto lugar a una carta que el 25 de Abril escribió Strozzi, apremiando a Francisco para que viniese a Ferrara: «Madonna _Bárbara_, decíale, os ama muchísimo, más acaso de lo que pensáis, porque si creyeseis que os ama tanto como siempre os he dicho, seríais más ardiente de lo que sois en escribir y en tratar de venir donde ella estuviese. Os doy palabra de que os ama mucho, y que si continuáis de la manera que sabré mostraros, si no conseguís vuestro intento, quejaos de mí, que os lo permito. Mostradle que la amáis ardientemente, que de vos no pide otra cosa. Poned la mayor diligencia en venir a verla y veréis cuántas fiestas os hará, y comprenderéis entonces que os digo aún menos de lo que hay.» Con la propia fecha escribió al Marqués otra carta, para que pudiera mostrarla, firmada con su nombre.

Bien fuera porque Francisco Gonzaga estaba realmente enfermo, bien porque repugnara, según Luzio, a su carácter leal, el consumar el adulterio, o más probablemente por el temor que le inspiraban los Estenses, ello es que, desde Abril a Junio, a pesar de las instancias de Lucrecia, no se movió de Mantua. Alfonso regresó de Francia con extraordinaria celeridad, el 13 de Mayo, vistiendo luto por su tío y cuñado Ludovico _el Moro_, y el 6 de Junio, en la esquina del Palacio, apareció, cosido a puñaladas, el cadáver de Hércules Strozzi.

El crimen quedó impune y ante la pasividad de la justicia, que no dió el menor paso para descubrir al asesino, ocurre, desde luego, la sospecha de que fué obra del Duque, tanto más, cuanto que en una carta confidencial de Jerónimo Comasco al Cardenal Hipólito, se cita el nombre del asesino, soldado audaz y sin escrúpulos, que se llamaba Masino del Forno. Quizás quiso Alfonso suprimir al tercero, que, según escribía Strozzi a Francisco, «exponía por él la vida mil veces por hora», y al que Isabel de Este, antes su protectora y amiga, mostraba una instintiva malquerencia en una carta que acaso sirviera para abrir los ojos a su hermano. Esta hipótesis parece más seria y verosímil que la corriente del amor de Alfonso por la bella Bárbara Torelli, que el 26 de Mayo de 1508 casó, en segundas nupcias, con Hércules Strozzi. Atribuye Luzio el asesinato a disgustos de familia. Bárbara, de su primer matrimonio con Hércules Bentivoglio, tuvo dos hijas, que casaron, la una con Galeazzo Sforza de Pesaro, y la otra, con Lorenzo Strozzi, el hermano de Hércules. Andaba ella en pleito con su primer yerno, y éste o sus parientes, según Luzio, irritados con el segundo Hércules que había Bárbara elegido por marido, decidieron suprimirlo. Mas la impunidad de un asesinato, que produjo gran impresión en Ferrara, por ser Hércules Strozzi poeta de gran fama y cortesano muy bienquisto, y Bárbara mujer tan bella como culta, y sobre el que guardan silencio los escritores contemporáneos, quita fuerza a la versión de Luzio y robustece la de la responsabilidad del Duque, a quien el Papa Julio II acusó, entre otras cosas, de la muerte de Strozzi en la filípica contra Alfonso I, que tuvo que oír en Roma, en Junio de 1510, el jurisconsulto Carlos Ruini, enviado para aplacar al Papa, arrebatado de ira contra el Duque por su alianza con los franceses.

Lorenzo Strozzi reemplazó al asesinado hermano en el servicio de tercero que prestaba a Lucrecia. El 30 de Junio escribió ésta, de su puño y letra, a Francisco, recomendando a Lorenzo como no menos devoto servidor que su hermano Hércules, y desde Reggio escribía Strozzi al Marqués que «la Duquesa deseaba _parlare a bocha_ con él, y le rogaba viniese a Gonzaga y de allí a Reggio, de donde tendría ella que volver a Ferrara dentro de ocho o diez días por la partida del Duque, porque sería la cosa del mundo que le daría más gusto. Y como yo le dijese que V. E. estaba en cama, me contestó que mandaría decir en Reggio y en Ferrara tantas oraciones, que le sería concedida la gracia de que sanase pronto V. E. y pudiese venir a verla, y que si a ella le fuese lícito, no tardaría tanto en ir a hablarle y visitarle, y que el mal de V. E. le duele tanto como si fuera propio. La Duquesa había estado muy mal de un flujo de sangre, pero estaba ya bastante bien, y que si esto no se lo hubiera impedido hubiese escrito de su puño una carta a V. E. para rogarle que viniese de todos modos a Reggio, y aunque ya le he dado las excusas de V. E. por no poder venir, me ha encargado le escriba, y he hecho cuanto la Duquesa me ha ordenado».

Contestóle el Marqués por mano de su Secretario Tolomeo Spagnoli, el 25 de Agosto, en una carta en que, a través de la fraseología oficial, se transparenta el constante afecto cohibido por la enfermedad y por la prudencia. Atribuye el Marqués a las oraciones de Lucrecia el sentirse más aliviado desde hacía cuatro días, y entre las razones que le hacían desear su curación, una de las principales era la de poder volverla a ver.

Después del asesinato de Hércules Strozzi, evitó Francisco Gonzaga toda relación directa con Lucrecia, a pesar de los seductores convites que le envió por medio de Lorenzo Strozzi para que honrara con su presencia las fiestas del Carnaval y los soberbios espectáculos teatrales de Ferrara en 1509. Pocos meses después cayó Francisco en poder de los venecianos, y durante todo el año que duró su prisión en Venecia, la correspondencia de Lucrecia con su cuñada Isabel se limitó a un frío cambio de cortesías y noticias; pero apenas salió el de Mantua de las garras del León de San Marcos, Lucrecia, que había procurado confortar al prisionero con secretos auxilios, pareció renacer. Volvió Lorenzo Strozzi a emprender sus peregrinaciones a Mantua, y sus cartas al Marqués abundan en alusiones al amor de Lucrecia.

Los diez años que aún vivieron, de 1509 a 1519, fueron para Lucrecia y Francisco muy poco venturosos. Esperaba la Duquesa poder visitar de nuevo Mantua, donde el Marqués le estaba preparando un suntuoso apartamento en el Palacio de San Sebastián; pero se lo impidieron los acontecimientos políticos, sus continuos partos y abortos y los duelos que hubieron de afligirla.

El 9 de Agosto de 1510 excomulgó Julio II al Duque Alfonso y lo desposeyó de todos sus feudos eclesiásticos. Vióse, pues, Ferrara empujada a la guerra en estrecha alianza con Francia, y en la jornada de Ravenna, el 11 de Abril de 1512, la artillería de Alfonso decidió la suerte de la batalla en favor de los franceses, pero la muerte de su caudillo Gastón de Foix hizo que la victoria resultase, al fin y al cabo, un triunfo para las armas pontificias. Con grandes agasajos fueron recibidos en Ferrara el famoso Bayard y los caballeros franceses que salvaron la ciudad de caer por sorpresa en manos de Julio II, y al escribir la biografía de Bayard _su leal servidor_, se expresó, respecto de Lucrecia, en estos términos: «Sobre todo, la buena Duquesa, que era una perla, acogió a los franceses con gran distinción, y todos los días los obsequiaba con maravillosas fiestas y banquetes, según se usaba en Italia. Me atrevo a decir que ni en su tiempo, ni aun mucho antes, no se ha visto una más gloriosa Princesa, porque era bella, buena, dulce y cortés con todos, y si bien su marido era Príncipe entendido y valiente, ella, con su cortesía, le prestó buenos y grandes servicios»[117]. Privado del apoyo francés, vióse obligado Alfonso a ir a Roma para recibir la absolución del Papa, y a punto estuvo de correr la misma suerte de César Borja, de la que le salvaron su precipitada fuga y la ayuda de los Colonna, que lo condujeron a Marino, de donde pudo regresar disfrazado a Ferrara. Al fin puso término a la guerra, en 1513, la muerte de Julio II, al que sucedió, con el nombre de León X, Juan de Médicis. Cuando llegó a Ferrara la noticia del fallecimiento del Papa Julio, visitó Lucrecia muchas iglesias para dar gracias a Dios, y rogó al nuevo Pontífice le renovara la indulgencia plenaria que le había concedido Alejandro VI para ella y veinticinco de sus familiares que ella designase.

[117] _Le Loyal Serviteur. Histoire du bon Chevalier, le Seigneur de Bayard._

A las angustias e incertidumbres de la guerra juntáronse, para Lucrecia, los quebrantos de la salud, debidos a las frecuentes y laboriosas gestaciones y alumbramientos, y los duelos con que el Señor quiso probarla en sus últimos años, arrebatándole a los seres más queridos. En 1509 dió a luz a su segundo hijo, el Cardenal Hipólito, y desde 1514 a 1519 tuvo a Alejandro, a Leonor, a Francisco y a Isabel. Sufrió en aquellos años pérdidas crueles: en 1512, la de su hijo primogénito Rodrigo, Duque de Bisceglia; en 1516, la del pequeñuelo Alejandro; en 1517, la de su hermano Jofre, Príncipe de Squillace; en 1518, la de su madre Vannozza, y en 1519, la precedió de pocos meses en la tumba el amicísimo Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Murió éste el 29 de Marzo de 1519, y en la sentida carta de pésame que escribió Lucrecia a su cuñada, la Marquesa viuda, decíale que esta muerte le había causado tanta tristeza y dolor, que más necesitada estaba ella de consuelo que en estado de poder consolar a nadie, y sobre todo, a quien, por la gran pérdida sufrida, debía sentir mayor afán; mas como no tenía remedio y así lo había querido el Señor, había que conformarse con su voluntad.

La conducta irreprochable de Lucrecia en sus últimos diez años hicieron que le fuera más benévolo el juicio de Isabel de Este y de Isabel Gonzaga. La Duquesa de Urbino la visitó en Mayo de 1518, y la Marquesa de Mantua, disgustada del marido, que estaba entonces entregado al Secretario Spagnoli, menudeaba sus visitas a Ferrara para concertarse con sus hermanos respecto a la manera de resistir la influencia del favorito del Marqués.