Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Part 17

Chapter 174,069 wordsPublic domain

Vida devota y ejemplar fué la de Lucrecia. Fundó conventos y hospitales, frecuentó iglesias y monasterios, leyó libros ascéticos y meditó sobre la misericordia de Dios y los milagros de sus Santos. Decíase en Ferrara, según escribió Juan Gonzaga a su sobrino el Marqués Federico, que hacía diez años que llevaba cilicio, y cerca de dos que se confesaba todos los días y comulgaba tres o cuatro veces al mes. Pero estas prácticas religiosas no la hicieron olvidar sus deberes de madre y de soberana. Dedicaba buena parte de su tiempo a la educación del heredero, que tuvo por maestro a Pedro Antonio Acciaiuoli, y a cuyas lecciones de latín asistía, y en 1518 presenció, en unión de varios gentiles-hombres y literatos, el examen del Príncipe, que había cumplido los diez años y se acreditó de prodigio por la facilidad con que traducía el latín y el griego. Llamáronla los ferrareses madre del pueblo, porque se afanó en remediar los males que eran natural consecuencia de la guerra, empeñando sus joyas y renunciando a las galas que había tanto estimado. E intentó también la ardua reforma de la moda femenina en punto a los escotes, introduciendo la gorguera para cubrir la parte del pecho y de la espalda que, en todo tiempo y en menor o mayor grado, han gustado de lucir desnuda cuantas damas presumen de hermosas, bien formadas y elegantes. Este solo intento bastaría para probar cuán apartada vivía ya Lucrecia de las mundanas pompas y vanidades, ella que tanto se había preocupado de vestidos y afeites y había disputado el cetro de la moda a su cuñada de Mantua.

El 14 de Junio de 1519, tras una laboriosa gestación y con un no menos laborioso parto, dió a luz Lucrecia una niña que, por lo endeble, fué inmediatamente bautizada, teniéndola en la pila Eleonora de la Mirandola y poniéndosele por nombre el de Isabel María. Vivió la criatura poco tiempo, mas viva estaba el 17 de Noviembre de aquel año, pues en aquella fecha, habiendo sabido Alfonso que en la Corte de Francia se le tenía una tercera esposa, escribió a su hermana Isabel «que no quería casarse porque no estaba en edad de hacer semejante locura, tanto más cuanto que tenía _cinco hijos_ que educar».

A consecuencia del parto le sobrevino a Lucrecia un poco de fiebre, de la que creyeron se vería pronto libre; pero lejos de mejorar, fué empeorando, y los médicos quisieron sangrarla y empezaron por cortarle el pelo, por habérsele subido la sangre a la cabeza; lo cual, escribía el secretario del Duque a la Marquesa de Mantua el 21 de Junio, «pone en peligro su vida y no durará ya mucho». Al día siguiente diéronla por muerta, y el mensajero enviado por los Gonzagas, Carlos Ghisio, que acababa de llegar, avisó la hora a que había expirado la Duquesa. Había tenido un paroxismo, y creyéndola muerta, los secretarios ducales extendieron los partes de defunción, con expresión del día y hora del fallecimiento, y los cerraron para enviarlos a las demás Cortes. Había perdido la palabra y la vista; pero se presentó luego una pequeña mejoría, y gracias a un caldo y otras cosas sustanciosas que le dieron descansó y los médicos dijeron que si no se repetía el paroxismo había esperanzas de salvarla. El 23 escribía Prosperi a la Marquesa de Mantua: «Con la gracia de Dios, la señora Duquesa ha estado algo mejor: ayer noche mejoró un poquito, y esta mañana se ha ganado algo, de suerte que ya no hay el temor de antes.» Pero el día 24, que era viernes, se agravó de tal modo Lucrecia, que no hubo lugar a dudas sobre el funesto desenlace que de hora en hora se aguardaba, creyendo los médicos que aún podría durar hasta la noche, y en efecto, pasó el día en los afanes de la muerte, perdido ya el conocimiento y la palabra, y a la una de la madrugada, en presencia de su marido y de sus hijos, entregó su alma al Señor, que la acogió en el seno de su divina misericordia.

Publicó Gregorovius la última carta que escribió Lucrecia desde su lecho de muerte al Papa León X el 22 de Junio, la cual dice así:

«Santísimo Padre y Beatísimo Señor mío: Con toda la posible reverencia de ánimo beso los pies de Vuestra Beatitud, y humildemente me recomiendo a su santa gracia. Después de haber sufrido mucho durante más de dos meses a consecuencia de un penoso embarazo, quiso Dios que diera a luz una niña al amanecer del día 14 de este mes, y esperaba que con el parto se aliviase mi mal. Pero ha sucedido lo contrario, y me veo obligada a rendirme a la naturaleza. Y es tan grande el don que nuestro clementísimo Creador me ha hecho, que tengo conciencia del fin de mi vida y siento que dentro de pocas horas, después de recibir todos los Santos Sacramentos de la Iglesia, saldré de este mundo. En este momento, como cristiana, aunque pecadora, me he acordado de suplicar a Vuestra Beatitud que por su benignidad se digne darme del tesoro espiritual algún sufragio, dispensando a mi alma su santa bendición, como se lo pido devotamente. Y a su santa gracia recomiendo a mi marido y a mis hijos, todos servidores de Vuestra Beatitud. En Ferrara, el 22 Junio 1519, en la hora 14.—De Vuestra Santidad humildísima sierva, _Lucrecia de Este_.»

Y Gregorovius se pregunta: «¿Es posible que escribiera esta carta en su lecho de muerte, con ánimo tan sereno y tan digno, una mujer sobre cuya conciencia pesaran las enormidades de que se acusó a la hija de Alejandro VI?» La respuesta es fácil. La carta es un mero documento cancilleresco, que no pudo escribir ni dictar Lucrecia, que el 22 de Junio estaba en la agonía, perdido a ratos el conocimiento y la palabra y sin darse cuenta de cuanto la rodeaba.

No testó Lucrecia en su última enfermedad, pero tenía escrito de su mano un testamento y había rogado al Duque que lo tuviera por válido. No lo cumplió, sin embargo, el Duque, por haber sido beneficiados con demasiada largueza institutos religiosos y ciudadanos privados.

En la carta que escribió Alfonso a su sobrino Federico de Mantua participándole el fallecimiento de Lucrecia a la hora de ocurrido, decíale: «No puedo escribir esto sin lágrimas; tanto me pesa verme privado de una tan dulce y cara compañera, porque lo era para mí por sus buenas costumbres y por el tierno amor que entre nosotros existía.»

El 22 de Junio, cuando se creyó que había fallecido la Duquesa, corrió la voz de que se le estaba preparando la tumba en la iglesia de Santa María de los Angeles, donde estaban enterrados los Estenses, Nicolás III y sus hijos Lionelo, Hércules I y Segismundo; pero en la noche del sábado 25 tuvo lugar la traslación del cadáver a la iglesia interior del _Corpus Domini_, habiendo sido enterrado en la misma sepultura en que yacía el de su suegra D.ª Leonor de Aragón, gran protectora, como Lucrecia, de aquellas monjas clarisas. En el convento del _Corpus Domini_ había pasado Lucrecia algunas temporadas para reponer su salud y aliviar sus penas, huyendo de la tristeza y pesadumbre del castillo, y debió habitar, porque conserva el nombre de Lucrecia Borgia, la casa de Juan Romei, frente a la del Cardenal Hipólito, que Hércules I confiscó y dió a las Clarisas, que la incorporaron luego a su convento.

El entierro de Lucrecia fué una imponente y sentida manifestación de duelo. Acompañáronla hasta su última morada su marido y sus hijos, la nobleza, el clero y el pueblo todo de Ferrara, para el que fué una verdadera pérdida la de la bienhechora Duquesa. Su sepultura está en el centro de la iglesia, al pie del altar, y en ella están enterrados, además de su suegra, su marido Alfonso I y sus hijos Alejandro e Isabel, según reza la siguiente inscripción:

[Ilustración]

D. O. M. ALPHONSO DUCI FERRARIE, MUTINE REGII MARCHIONIS ESTENSI COMITI RODIGII PRINC. CARPI DOMINO COMACHI PROVINCIARUM FRIGNANI ET CARFAGNANE IN ROMANDIOLA. ELEONORA ARAGONE MATRI. LUCRETIE BORGIE UXORI ALEXANDRO & ISABELLE FILIIS.

También están enterrados en el _Corpus Domini_ los hijos de Lucrecia, Hércules II y Leonor, que profesó en aquel convento, y sus nietos Alfonso II con su primera mujer, Lucrecia de Médicis, y Lucrecia, hija primogénita y natural de Hércules II, que fué, como su tía Leonor, clarisa, y murió en olor de santidad.

Extraño es que Gregorovius, después de insertar la carta en que el Marqués Juan de Gonzaga daba cuenta a su sobrino Federico del entierro de Lucrecia en el convento del _Corpus Domini_, en la misma sepultura en que yacía la madre del Duque, añada, a renglón seguido, que no se encuentran en Ferrara las tumbas de Lucrecia Borja y de los Este. ¿Cómo no las vió cuando visitó la ciudad con un guía tan excelente y erudito como Citadella? ¿Cómo no leyó el _Compendio histórico de las iglesias de Ferrara_, que el beneficiado de aquella catedral, D. Marco Antonio Guarini, escribió y publicó en 1621?[118]. De haberlo leído se hubiera enterado de que, además de los Estenses enterrados en Santa María de los Angeles y en el _Corpus Domini_, yace en la iglesia de Jesús, en un mausoleo que erigió Alfonso II, su segunda mujer, D.ª Bárbara de Austria, hija del Emperador Fernando I; en San Bernardino, Segismundo, hermano de Alfonso I; en San Benito, Alfonso, Marqués de Montecchio, hijo de Alfonso I y de Laura Dianti, con su segunda mujer, Violante Segni; en San Pedro Pablo, César Estense Trotti, hijo natural de Hércules II; en San Cristóbal, el Duque Borso y su hermano Alberto; en San Agustín, Laura Eustochia Dianti, tercera mujer de Alfonso I, con su nieto Alfonsino y su nuera Julia de la Rovère, hija del Duque de Urbino y primera mujer del Marqués de Montecchio, que en ella tuvo a César, Duque de Módena, al Cardenal Alejandro, a Leonor y a Alfonsino, y en Santa María del Consuelo, Marfisa de Este, hija natural de D. Francisco, Marqués de Massalombarda y nieta de Lucrecia Borja, último vástago de la Casa de Este que quedó en Ferrara cuando, a la muerte de Alfonso II, fué incorporada la ciudad a los Estados de la Iglesia.

[118] _Compendio Historico dell’origine, acrescimento e Prerogative della Chiese e Luoghi Pij della Città e Diocesi di Ferrara_, per D. Marc Antonio Guarini, Ferrarese, Beneficiato della Catedrale. Ferrara, 1621.

Otro historiador de los Borjas, de fácil lectura, pero no siempre fidedigno, el francés Carlos Yriarte, fué a buscar los restos de Lucrecia en el templo de San Francisco, donde, según las crónicas más respetables, debían descansar en el oscuro subterráneo, negro panteón de los primeros Príncipes de la Casa de Este; pero no pudo encontrar ni siquiera una lápida sepulcral: todo había sufrido tal cambio y tal trastorno, que no se veía una escultura, ni un nombre, ni un escudo de armas, ni una fecha, ni un vestigio o símbolo que se pudiera descifrar o interpretar. ¿Cuál sería el oscuro subterráneo del templo de San Francisco que tomó Yriarte por negro panteón de los Este, donde yacían, _según las crónicas más respetables_, los restos de Lucrecia, y donde no halló trazas ni vestigios de que hubiera sido allí enterrado ningún cristiano?

Quince años sobrevivió a Lucrecia Borja el Duque Alfonso I, y si no quiso hacer la locura, según él decía, de contraer terceras nupcias, por lo que renunció a la mano que le ofrecieron varias Princesas, encontró consuelo a su larga viudez en una bellísima ferraresa, mujer del pueblo, que le hizo padre de dos hijos varones, Alfonso y Alfonsino, los cuales pretendieron haber sido legitimados por subsiguiente matrimonio contraído _in articulo mortis_ en presencia de pocos testigos. La Santa Sede declaró inexistente el matrimonio, y los primeros que consideraron ilegítimo al D. Alfonso fueron los Estenses sus hermanos. Hércules II le excluyó como espúreo de la investidura de Ferrara que le concedió Pablo III en 1539, y en el árbol genealógico de la familia, publicado en 1555, figuraba con la cruz roja, señal de bastardía. Sus otros dos hermanos, el Cardenal Hipólito y el Marqués de Massalombarda, D. Francisco, cuando de él hablaban llamábanlo públicamente _nuestro ilustrísimo bastardo_. Con la Bula _Prohibitio alienandi_, que prohibía a los hijos ilegítimos la investidura de los feudos eclesiásticos, dió Pío V un golpe mortal a la Casa de Este, porque no reconociendo como legítimo al Marqués de Montecchio, D. Alfonso, no podrían heredar sus hijos y Ferrara vendría a poder de la Iglesia a la muerte de Alfonso II, que se sabía en Roma no tendría herederos directos.

Falleció Alfonso I, a los cincuenta y ocho años de edad, el 31 de Octubre de 1534 y le sucedió su hijo Hércules II, a cuya educación había dedicado especialísimos cuidados su madre. No conoció ésta a su nuera ni sospechó que pudiera serlo Renata de Francia, la hija de Luis XII y hermana de Claudia, la mujer de Francisco I, a quien sus cuñados estenses calificaban de _monstruo_, tanto por su fealdad como por sus aficiones heréticas, habiendo acogido en Ferrara a Calvino y a Clemente Marot y amparado a cuantos eran, por protestantes, perseguidos. Los franceses que con Renata vinieron a Ferrara no se resignaban a vivir en aquella ciudad malsana para los forasteros, excesivamente fría en invierno y de calor sofocante en el verano, que Clemente Marot llamaba _un pantano lleno de mosquitos_.

Renata, que era al llegar de Francia muy católica y aun supersticiosa, abandonó, influída por Calvino, las antiguas creencias y prácticas religiosas, y durante doce años dejó de oír misa y de confesar y comulgar, lo cual, en una Corte feudataria del Papa y en una familia representada siempre por uno de sus Príncipes en el Colegio Cardenalicio, había de ser motivo de asombro y de escándalo. Llegó éste a un punto que creyó Hércules que debía intervenir la Iglesia, y se instruyó contra Renata un proceso que dió por resultado la aparente conversión de la Duquesa, la cual siguió, sin embargo, su correspondencia con Calvino, y cuando regresó a Francia, a la muerte del Duque, su marido[119], abrazó sin recato la causa de la Reforma, y hubiera perecido en París, como hugonote, la noche de San Bartolomé, a no haber sido por su cercano parentesco con el Rey. Retiróse a su castillo de Montargis, donde murió, quince años después, en el más triste abandono. Estando una vez en Lyon Alfonso II, estalló allí la peste y su madre le convidó a su castillo, que se había conservado libre del contagio; pero él le contestó que prefería morir entre apestados que vivir entre herejes.

[119] Renata partió de Ferrara el 2 de Septiembre de 1560, no expulsada por su hijo Alfonso II, sino voluntariamente, por no poder soportar que la llamaran _la Duquesa vieja_.

Fué el matrimonio poco afortunado aun políticamente, porque sometido Hércules a la influencia francesa, vióse obligado a tomar parte en la guerra que Pablo IV (Caraffa), aliado de Enrique II de Francia, promovió a los españoles, y a la que éstos pusieron victorioso término con la batalla de San Quintín, ganada por Manuel Filiberto de Saboya. Obligado el Papa a hacer las paces con Felipe II, a quien tanto odiaba, ajustáronlas en Cavi el Duque de Alba y el Cardenal Caraffa, quedando Hércules excluído del tratado, y como contaran con el apoyo de España el Duque de Toscana, Cosme de Médicis, y el de Parma, Octavio Farnesio, vióse el de Ferrara _entre dos perros mordientes_ y aceptó la mediación que le ofreció Cosme I para la paz, que se hizo sobre la base del matrimonio de Alfonso, hijo y heredero de Hércules, con Lucrecia, la hija de Cosme y de Leonor de Toledo[120]. Suscitó este matrimonio gran oposición por parte de Francia, que ofreció a Alfonso la mano de la hermana del Rey, Margarita de Valois, con dote mayor que la de Renata; mas se frustró la negociación matrimonial y Margarita casó con el vencedor de San Quintín, Manuel Filiberto de Saboya. En Septiembre de 1541 se presentaron a Carlos V, en Luca, Hércules y Cosme, cabalgando el Duque de Ferrara a la derecha del Emperador y el de Toscana a la izquierda, y esto fué causa de una cuestión de precedencia, que duró treinta años, y se resolvió en favor de Cosme cuando obtuvo del Papa y del Emperador el título de Gran Duque de Toscana, que le dió la primacía sobre todos los demás Duques reinantes italianos.

[120] Era D.ª Leonor hija del Virrey de Nápoles D. Pedro, Marqués de Villafranca.

Cuando reinaba en Ferrara el hijo de Lucrecia Borja, Hércules II, cuya esposa Renata de Francia albergaba a Calvino y sus secuaces y favorecía secretamente la Reforma, que había de profesar luego públicamente en Francia, llegó a Ferrara y se alojó en el palacio ducal un Borja procedente de España, que había sido magnate prócer con fama de valido en la Corte de Carlos V, y se encaminaba a Roma, no para vestir la púrpura cardenalicia, que quería otorgarle Pablo III, sino para servir como humildísimo y valeroso soldado en la Compañía de Jesús, que a la sazón reclutaba y capitaneaba San Ignacio de Loyola, y que había de dirigir más tarde como tercer Prepósito general el cuarto Duque de Gandía, San Francisco de Borja. Tenía _el Padre Francisco_, como se le llamaba entonces, cercano parentesco con el Duque de Ferrara. Su abuelo Don Juan, asesinado en Roma, era hijo de Alejandro VI y hermano de Lucrecia, y su padre, primo hermano de Hércules II, casó en primeras nupcias con D.ª Juana de Aragón[121], hija natural del Arzobispo de Zaragoza, D. Alonso, que lo era, a su vez, del Rey Católico D. Fernando; de suerte que descendía el Santo de un Papa y de un Rey, siquiera tuviese esta descendencia más de natural que de legítima. Habíase educado en la Corte de Carlos V, y llegó a adquirir tal valimiento con el César, que le hizo Marqués de Lombay, título que desde entonces llevó el primogénito del Duque de Gandía, y le casó con D.ª Leonor de Castro y de Meneses, noble dama portuguesa y amiga de la infancia de la Emperatriz D.ª Isabel. Murió la augusta señora en Toledo, y hubieron los Marqueses de Lombay de acompañar el cadáver, por orden del Emperador, hasta Granada, donde debía ser enterrado en la Capilla Real. Al destapar el ataúd, la horrible podredumbre del antes hermosísimo rostro produjo tal impresión en el Marqués, que exclamó: _Nunca más, nunca más servir a señor que se me pueda morir_; y resolvió no servir sino a Dios, renunciando a las mundanas grandezas y entrando en religión si perdiese a su esposa[122]. No pudo, sin embargo, realizar desde luego sus propósitos, porque el Emperador le confió el gobierno de Cataluña, que desempeñó con el mayor celo y acierto durante cinco años; pero ya por este tiempo, según nos dice el Cardenal Cienfuegos[123], el Virrey, con gusto de la Marquesa D.ª Leonor, mudó en comercios de ángel el amor y trato conyugal[124]. Y estando una vez en oración ante un crucifijo de bronce, hablóle éste con voz sensible, diciéndole: «Si tú quieres que deje a la Duquesa más tiempo en esta vida, yo lo dejo en tu mano; pero te aviso que a ti no te conviene.» Respondióle que no dejase cosa alguna a su arbitrio, ofreciéndole la vida de la Duquesa, la de sus hijos y la suya para que dispusiese de todo según fuese de su mayor agrado. La resignación del Duque tuvo por inmediato efecto los mortales accidentes que sobrevinieron a la Duquesa, y para los que no encontraban explicación ni remedio los médicos. Murió, pues, santamente, y pudo el viudo, dejando establecidos a sus hijos[125] y arreglados todos sus asuntos en Gandía, entrar en la Compañía de Jesús y luego en el cielo, como uno de los más grandes entre los Santos españoles, que allí abundan, y con fama muy otra de la que alcanzaron los Borjas en Italia.

[121] En ella tuvo el tercer Duque de Gandía siete hijos, y además, durante este matrimonio, _un hijo bastardo natural_, según dice en su testamento, aunque era en rigor adulterino, habido en una noble señora, D.ª Catalina Díaz. Contrajo luego segundas nupcias con D.ª Francisca de Castro y Pinos, que le hizo padre de otros diez hijos.

[122] No tiene fundamento alguno la pasión amorosa del Marqués de Lombay por la Emperatriz Isabel. _La conversión de San Francisco de Borja_ es una leyenda que aparece por vez primera en un artículo del Marqués de Molins, publicado en el _Semanario pintoresco_ el 10 de Julio de 1836. En él se inspiró el Duque de Rivas para escribir su romance _El solemne desengaño_, y a este asunto dedicó una novelita Alarcón, y Campoamor uno de sus _Pequeños Poemas_, titulado _Los amores en la luna_. El año de 1896 se estrenó en Madrid una zarzuela, _El Duque de Gandía_, escrita por D. Joaquín Dicenta, y puesta en música por los maestros Llanos y Chapí, la cual tuvo poco éxito y está ya olvidada.

[123] La heroyca vida, virtudes y milagros del grande San Francisco de Borja, antes Duque cuarto de Gandía, y después tercero General de la Compañía de Jesús. Escrivióla el Eminentísimo y Reverendísimo Padre Don Álvaro Cien-Fuegos, Cardenal de la Santa Iglesia de Roma, Arzobispo de Monreal, &c. 3.ª impresión con la dedicatoria al Almirante. Año 1726. Madrid.

[124] Tuvo San Francisco en doña Leonor de Castro, ocho hijos, cinco varones y tres hembras.

[125] El primogénito D. Carlos, quinto Duque de Gandía, casó con Magdalena de Centelles, Condesa de Oliva. D. Juan, que casó dos veces, fué Legado en Portugal y en Alemania, y Mayordomo mayor de la Emperatriz María, mujer de Maximiliano II y de la Reina D.ª Margarita, esposa de Felipe III. D. Álvaro casó con su sobrina, la cuarta Marquesa de Alcañices, hija de su hermana Doña Juana. La mayor, D.ª Isabel, fué mujer del Conde de Lerma y Marqués de Denia, D. Francisco de Rojas. La tercera, Dorotea, murió a los catorce años en el Convento de Santa Clara, antes de que profesara. D. Fernando falleció a los veinticinco, y D. Alonso, marido de D.ª Leonor de Noronha, administró los bienes del Duque de Gandía, su hermano, y pasó a Praga para representar al Rey D. Felipe II y cuidar de los intereses de su hermana la Emperatriz viuda D.ª María.

El 3 de Octubre de 1559 murió Hércules II, y empezó a reinar su hijo Alfonso II, último de los Duques de Ferrara, cuyo primer acto fué poner en libertad a su tío abuelo el octogenario Julio, que había estado cincuenta y tres años y ocho meses preso en un calabozo del castillo, siendo el asombro de Ferrara cuando apareció en la calle vistiendo el mismo traje que llevaba el día en que su hermano, Alfonso I, conmutó en cárcel perpetua la pena de muerte a que le había condenado. En el transcurso de más de medio siglo había cambiado la moda, y el apuesto Julio de los bellos ojos, en mal hora alabados por Angela Borja, no había podido enterarse de sus variaciones y salió trajeado con galas de mozo, que aun en su tiempo hubieran parecido impropias de sus años.

Tuvo Hércules en Renata sólo dos hijos varones: el heredero Alfonso y el Cardenal Luis; y tres hembras: Ana, Lucrecia y Leonor. Era tradición en la familia de Este que el segundogénito fuera Cardenal. Habíanlo sido los dos Hipólitos, el hermano y el hijo de Alfonso I, y era preciso que Luis abrazase la carrera eclesiástica, aunque no tuviese a ella la menor afición. A los quince años fué Obispo de Ferrara y a los veintitrés Cardenal; mas se indispuso luego con el Papa por su carácter violento y altanero y por su vida mundana y escandalosa, de la que hacía público alarde para mostrar la repugnancia que la impuesta carrera le inspiraba. Cuando Alfonso, viéndose sin herederos y sin esperanza de tenerlos, propuso a su hermano el Cardenal que renunciara la púrpura y contrajese matrimonio, era ya tarde. Veinte años antes hubiera podido enlazarse con Juana de Borbón, viuda del Duque de Enghien; pero a ello se opusieron entonces su hermano el Duque y su tío el Cardenal Hipólito. Ahora estaba ordenado _in sacris_, y aunque tenía poco más de cuarenta años era un hombre acabado por la vida licenciosa que había llevado y por las enfermedades que había contraído.